"Aun así, sin poderes, Anna enfrentó a los gigantes".
Capítulo 6.
Siendo sincera, las razones para que la vida resultara mejor de lo esperado estaban quizá, a la vuelta de la esquina, o tal vez en el ala siguiente del castillo. Elsa creyó que el destino de sus días se encerraría entre las paredes de la fría biblioteca, detrás del enorme y viejo escritorio de su padre que, muy a su pesar, tuvo que recibir reparaciones porque Elsa se negaba a cambiar ese mueble por uno nuevo, los recuerdos de Agnarr, el anterior rey, se encontraban grabados en la fina madera tallada; en ese cuarto, Agnarr le dictó a Elsa las más distinguidas lecciones, entre ellas la de ser, antes que una mujer, una reina.
En su tiempo la princesa Elsa recibió innumerables propuestas casamenteras; decenas de muchachos, entre príncipes, duques, guerreros, reyes, entregaron personalmente finas solicitudes de cortejo para pedir la mano de la futura reina de Arendelle; su nombre engalanaba las charlas y reuniones de las más altas esferas internacionales, con la herencia de un reino productivo, próspero y de acelerado crecimiento que venía integrado en su linaje, uno de los más puros de Europa, sobraba decir; cualquiera se sentía tentado por aquella gloria. Y muy a pesar de que la enigmática fama de la "princesa escondida" precediera siempre a su apellido, y de que su aspecto físico fuera conocido por pocos, suficientes para deducir que de hecho, la princesa no era mal parecida. El rey Agnarr rechazó las solicitudes por considerarlas insuficientes para su hija, Elsa no era solo su predecesora, ni su primogénita, Elsa era Elsa, estoica y poderosa, a pesar de su semblante tímido y serio, y Agnarr murió sin encontrar a nadie a la altura de ella.
Probablemente las rígidas virtudes del antiguo rey, muy apreciadas por la actual reina, eran la aceptable herencia de su padre por las cuales rechazó a Hans como pretendiente de Anna. Además de que Elsa conocía el linaje de Hans, lo que Agnarr vio en los pretendientes de Elsa seguramente fue lo que su primogénita vio en aquél monstruo irredimible disfrazado de príncipe enamorado, ante lo cual, por su sabia determinación aquella noche, se encontraba satisfecha.
Contenta y agradecida porque el recelo de su padre la condujera a vivir este momento, donde la garbosa figura de la reina Elsa se izaba entre los reinos del mundo como un ser inalcanzable, la soberana de Arendelle jamás reduciría el significado del amor a la expectativa de vivir un "felices para siempre", quizá su persona no fue educada para combatir con los ejércitos, sino para gobernar desde la comodidad de una oficina moldeada a sus necesidades. Pero ninguna de esas voluntades impuestas por los reyes que la antecedieron, significaba que a ella le atraían las cosas fáciles, era, incluso, una mujer de voluntades firmes, aún si las cuestiones que la demandaban ahora ya no se columpiaban entre largos e inacabables pergaminos con leyes de mercado, sino más bien, en líos de faldas. El hecho de que las cosas en el amor funcionaran con esa magia en las expectativas de Anna y la mayoría de las doncellas entre sus edades, y que la princesa fallara al primer intento, orillaba a la reina a pensar que siempre podrían salirse de las costumbres, y qué mejor si no fuera Anna quien las tuviera qué probar, sino ella, por aquello de los errores.
Si se permitía nadar un rato más en las aguas de la honestidad, ella tampoco estaba siendo cuidadosa, sentía una conexión, algo invisible y excepcional que la unía a su amante nocturna, por quien destrabó el pestillo de sus aposentos algunas noches más, donde ella y su secreto se encontraron en la oscuridad y el silencio, con algunas caricias que erizaron su piel, como un frío más poderoso que el suyo. Pero sabía que la aventura nublaba su razón de igual forma, la conexión no lo era todo.
Aun así la reina ya no opuso resistencia a la compañía, después de todo, ella solo estaba ahí, observándola y robándole de vez en cuando un beso, y montones de suspiros.
Una mañana Elsa despertó con labios pintados en su mejilla y un par de sensaciones cosquilleando en su vientre, la noche anterior, su amante le llevó pastel y chocolate caliente que envolvieron la recámara con su delicioso aroma, para festejar el éxito de los contratos por los cuales Arendelle cerró fructíferos negocios; Elsa se arriesgó al pensamiento de ser envenenada, pero cuando nada pasó, fue sencillo dejar el pestillo de su puerta destrabado la siguiente noche.
¿Podría decir que estaba enamorada? No, poco concebible dado el tiempo y el anonimato, si bien la persona que se colaba a su habitación por las noches era alguien que trabajaba en el castillo, Elsa todavía desconocía su nombre, su imagen, su completa personalidad y, por si acaso, aún dudaba de sus verdaderas y últimas intenciones, solo para sentir que no se dejaba caer en aguas profundas sin saber nadar. Así que era imposible llegar a una conclusión.
Y tampoco podía caer en el error de su hermana, sobre todo porque en el pasado ella misma abrió la boca rompiendo las ilusiones de la niña por su primer amor, y porque pensar en que, si su situación se perfilaba de manera semejante, heriría su orgullo. Elsa podría ser tímida, asocial y melancólica, pero la reina tenía esta arrogancia interior que no le permitía pronunciarse sobre aquello, menos porque la pelirroja continuaba cuestionando sus inusuales sonrisas matutinas.
Podría decirse que no era la misma mujer, se veía mejor, hasta parecía relajada, y tenía tiempo para Anna, Olaf y sus amigos.
Y no es que mágicamente todo le fuera de maravilla porque, a pesar de que mucho habían servido sus citas nocturnas con su amante y de que, era seguro el hecho que comenzaba a gustarle más de lo aceptado, la joven soberana todavía mantenía peleas internas contra sus pensamientos más insolentes, aquellos donde incluso imaginaba a Kristoff ser atravesado por estalactitas de hielo, luego de pedirle la mano de Anna.
Tal vez era que Elsa solo se sentía celosa por pensar en el futuro de su hermana, o de ella sin Anna, y solo deseaba que la pelirroja jamás se fuera.
Esa mañana escuchó conversar a la pareja sobre su futuro, Anna se veía muy contenta ideando su vestido de novia, blanco como los cisnes que nadaban a la orilla del fiordo; a Kristoff con traje, zapatos y su rubia cabellera perfectamente peinada, el banquete, las zapatillas, el color de las flores en la iglesia, en dicho momento miró a Elsa y le dijo que los lirios quizá se verían bonitos, ahora que ella los estaba recibiendo le gustaron también a la pecosa, y que incluso, Honeymaren, la moza que fungía ahora casi como la mano derecha de Elsa, podría ser una de las damas de honor. Después volvió la cabeza a su novio y le preguntó quién lo acompañaría en el altar, porque era obvio que de su parte, Elsa la llevaría del brazo hacia los de "su esposo para toda la vida".
La joven rubia sintió el estómago revuelto y a punto de volver lo poco de la fruta que picó, en atención a una conversación que le provocó además de malestar, cansancio.
Se disculpó con los comensales para retirarse a su oficina, una tradición personal a la que recurría cada vez con mayor frecuencia; la pelirroja la vio retirarse desde que dejó la mesa, sin quitarle en ningún momento la mirada de encima.
Elsa solo deseaba que llegara la noche.
Xxx
Y llegada la noche la reina no conseguía explicarse de dónde provenían aquellos insanos pensamientos, ¿cómo es que de repente, solo así, empezó a sentir tanto por Anna? ¿Cuándo vio en su mirada más allá de lo que le estaba permitido? Si fuera posible, se enviaría a ella misma a la horca por tal insolencia, por esa grosería, por alta traición.
Se recostó sobre la cama y dejó vagar sus pensamientos. Anna nunca ha hecho nada para provocarle, es solo ella y su fijación por las caderas de la pelirroja, que se pronunciaban encantadoras con aquellos vestidos que le había dado por usar a la muchacha. Anna ahora se arreglaba los peinados, se ponía maquillaje, se calzaba zapatillas, pero Elsa lo adjudicaba a que la joven estaba madurando y por ende, su cuerpecillo terminaba por alcanzar sus formas femeninas, tan visibles, tan lindas, tan perfectas.
Incluso su andar era distinto, y sus ojos se iluminaban con un brillo especial, ella simplemente se veía segura, coqueta. Anna, de un día para otro, se convirtió en la mujer más hermosa que Elsa haya visto jamás.
Se alegraba por aquello, dándose vuelta en la cama, pero también se le clavaba una espina en alguna parte de su cuerpo cuando recordaba que muy pronto sería la mujer del hombre de los hielos, por quien cada día la pecosa amanecía más enamorada.
No, la enferma era Elsa, no Anna. Y juró que, si aquello seguía así, terminaría por visitar a Pabbi para que le diera una fórmula que acabara con eso, o con ella.
Leyó la hora, pasaban de las doce y nadie llegó. La reina se sentó sobre la cama, era la primera vez en cuatro semanas que su amante nocturna no aparecía.
"¿Qué habrá sucedido?" Se preguntaba la reina. Meticulosamente asomó su rubia cabeza por el pasillo, solo las luces radiantes de las antorchas titilaban en total quietud, como si nada las perturbara en esas horas.
Elsa sintió frío, se abrazó caminando por toda la recámara. Tal vez se le hizo tarde, tal vez se quedó dormida. Infinitas posibilidades de su ausencia pasaban por su mente. A lo mejor los guardias se quedaron más tiempo en el pasillo. Todo pudo suceder, cualquier cosa.
La soberana se tocó la frente, había añorado esa noche en los brazos de su amante. Ahora que los pensamientos de Anna se aferraban a ella más que nunca, Elsa necesitaba de su anónima, era la única que la hacía olvidar su tortura mental incestuosa.
Y además le gustaba estar con su amante, le gustaban sus brazos, le gustaba su aroma, y a pesar de su deseo por saber quién se ocultaba detrás, le encantaba su silencio.
Elsa estaba segura que poco a poco, así como comenzó, terminaría enamorándose de aquella misteriosa mujer, si es que no estaba dando ya los primeros pasos, esa era su realidad. Decidió que cuando Kristoff le pidiera la mano de Anna, ella se quitaría la venda y miraría a los ojos de su amante, y ese sería el momento donde finalmente se entregaría al amor sin reservas, ni complejos, sin prejuicios, ni temores, en total libertad, como el ser libre que era.
Lo cierto es que esa noche su amante no llegó, y el temor de la reina se reflejó en el vacío interno que sacudió su estómago cuando se dejó caer sobre la cama, completamente angustiada.
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Gracias por su tiempo para leer, y por el espacio que se toman para comentar esta historia.
En el capítulo anterior, olvidé hacer algunas aclaraciones respecto a los lirios, y es que son muchas páginas en Internet que escriben sobre ellos, y podemos encontrar la descripción de sus significados en diferentes colores, por ejemplo, algunos blogs mencionan lirios rojos, y otros rosa, algunos los llaman lilas y otros azules; pero en sí, intenté cuadrar todos estos blogs para tomar el significado que más se adapte a mi historia. Lo menciono por si alguien es conocedor de las flores y llegara a encontrar errores, bueno, se debe a esto.
Y sin nada más por el momento, nos leemos la próxima semana.
