Me encanta leer sus teorías, es fascinante ver que no todo está perdido en este mundo, ustedes son muy inteligentes, solo espero no decepcionarlos, ja, ja.

Capítulo 8.

―¡No, no fue esto lo que pedí! Dije café, no té.

Gerda hizo un gesto a la moza que se había quedado rígida a mitad del estudio, sin saber qué hacer. La empleada a cargo del personal y de mayor confianza de la reina, ordenó a la joven que se retirara y trajera lo que la soberana pidió. La muchacha salió despavorida de la biblioteca.

―Su majestad…

―¿Dónde está Honeymaren?

Preguntó, lo que a Gerda tomó por sorpresa.

―¿Su majestad?

―¿No se supone que te ayudaba a poner el orden aquí?

―Sí, mi señora, pero Hilde se ha recuperado y ha vuelto a su lugar, y Honeymaren al suyo, con las telas.

Elsa estaba enfadada, llevaba días trabajando en completa calma con Honeymaren casi pegada a su puerta, la muchacha recibió órdenes para que se dedicara, hasta que Hilde volviera, exclusivamente a subsanar las necesidades de la reina, la cual parecía satisfecha con su trabajo, incluso se llegó a notar cierta química entre ambas, como si se entendieran a la perfección. Y ahora, de un día para otro, así sin más, la northuldra se fue.

Su enfado se sumaba a que esa mañana, antes de que Anna apareciera para el desayuno, un tímido Kristoff con una legión de gallos causando estragos en su garganta, pidió permiso para hablar con Elsa más tarde, a solas.

La máxima arendeliana se perturbó por aquello, en la voz y el peinado de Kristoff estaban escritas sus intenciones sobre la charla, el día había llegado, el montañero le pediría la mano de Anna y ella se la tendría que otorgar. Como niña caprichosa la soberana se imaginó negando la solicitud, porque Anna todavía era muy joven y lo de Hans había pasado "recién hace tres años"; y que la pelirroja debía tener plena seguridad sobre aquello, aunque la rubia sabía que su hermana lo deseaba más que a cualquier cosa.

Tuvo qué decirle que sí, que pasara más tarde y lo recibiría en su despacho, mientras ideaba una excusa perfecta para disculparse por no poderlo recibir cuando el montañero la fuera a buscar.

Un aroma delicado inundó sus fosas nasales, la soberana levantó la cabeza para observar su bebida caliente.

―Esto no es…

―No, no es café, su majestad, discúlpeme, viene en camino, pero antes de que usted tenga lo que pidió, me permití ofrecerle ese té de menta que rechazó, es su favorito; y admito que he sido atrevida, pero también la conozco, mi señora, y esta bebida la relajaba cuando era niña, cuando sus… poderes no podían ser controlados…

Elsa no tuvo que admitirle nada a Gerda, el aroma del té se lo dejó claro, no tardó en surtirle efecto y ahora hasta se sentía agradecida, pero aún sin ganas de hablar con Kristoff.

―Gerda… ¿puedes dejarme a solas un momento, por favor?

Ordenó la reina, y la jefa de las empleadas obedeció, dando la vuelta, no sin antes escuchar que la llamaban de nuevo.

―Y Gerda… gracias. Anna dice que debo conocer otros nombres aparte del tuyo, pero es que tú y Kai siempre han sido suficientes para mí.

Sonreí, porque simplemente esa niña no hacía más que inspirarme ternura y cariño.

―Anna tiene razón, ¿o qué hará usted el día que yo me vaya, y que Kai tampoco esté?

La muchacha lanzó un casi inaudible chillido mientras se dejaba caer sobre el respaldo de su silla, lo que hizo a la jefa de empleadas reír. Gerda adoraba a Anna y, a pesar de que a ella le tocaba limpiar sus travesuras la mayoría de las veces, la pelirroja era una luz en el castillo para todos, alegre y simpática. Pero Elsa tenía estas manías, detrás de su dura y formal imagen de reina, de ser simplemente adorable, lo que a la jefa de empleadas con mucha frecuencia le recordaba a la soberana cuando era una bebé, una bebé rubia platinada, la futura reina de Arendelle, rodeada de guardias y haciendo pucheros para que le dieran su galleta.

―Buenos días, su majestad ―y salió de la biblioteca, alcanzando a escuchar un grito desde adentro.

―¡Y dile a Honeymaren que venga a mi oficina!

Gerda agachó los hombros, ya se le pasaría, como si no lo supiera Gerda.

Minutos más tarde, cuando ya la reina se encontraba sumida en el trabajo, dos llamados a su puerta revelaron la presencia de Anna, quien se quedó parada bajo el umbral esperando a que se le concediera permiso.

―No necesitas eso, lo sabes.

La pelirroja comenzó a dar pequeños pasos acercándose al escritorio de su hermana mayor, con las manos escondidas detrás de su espalda, como si ocultara una travesura recién hecha.

―¿Pediste verme?

La soberana tardó varios segundos en atender, mientras calculaba cifras, no se dignó a levantar la cabeza.

―Siéntate ―le dijo, como una orden ―. Me alegra que finalmente hayas abandonado tus aposentos para ver el mundo.

―¿Estás enojada?

―¿Por qué lo estaría? ―refunfuñó, acusándose a sí misma de lo obvio ―Lo siento, no, no estoy enojada. Y no pedí verte, solo le dije a "tu novio" que te vería más tarde.

―¿A él o a mí?

La rubia finalmente alzó la cabeza y la miró.

―¿Así que ya sabes que "tu novio" me solicitó audiencia?

―No, ¿lo hizo?

―Vamos, Anna, sabemos de qué va esto.

―¿Sabemos? Porque creo estar perdida. ¿De qué hablaron tú y "mi novio"? ―enfatizó, Elsa jamás se refería a Kristoff como el "novio" de Anna ―Espera… ¿él lo va a hacer? ―Preguntó la pelirroja, cubriéndose la boca con sus manos ―¿Hoy?

Elsa rodó los ojos discretamente, para que Anna no se diera cuenta, y suspiró.

―No lo sé, solo quiere que hablemos ―y se apresuró a agregar ―. No te hagas ilusiones, puede ser por otra cosa.

―Ay… ―exclamó la otra muchacha, echándose aire con las manos ―. Yo creo que no, yo creo que es eso. Elsa… Kristoff va a hacerlo.

Antes de que la rubia pudiera decir algo, la muchacha rodeó el escritorio y la abrazó, sin permitirle a su hermana ponerse de pie. A pesar de lo mucho que le gustaba abrazar a Anna, esta vez el cuerpo de la reina sintió un pinchazo ante su tacto. La incomodó.

Anna se irguió y ocupó el lugar en el escritorio frente a Elsa.

―Ahora sí, ya es el momento. Ya no te negarás a que me case, ¿cierto, hermana? Estoy lista.

"Si quiero lo hago", pensó la rubia internamente, "soy la reina y deberás hacer lo que yo te ordene, te guste o no". Por supuesto jamás lo diría en voz alta.

―Si estás segura, espero que no pase lo mismo que con Hans ―disparó.

Rápidamente el gesto de la pecosa se tornó serio, bajó las manos y enfrentó a Elsa, con las cejas ceñidas.

―¿Por qué mencionas a Hans en esta conversación?

―Recuerdo que te mostraste muy enamorada de él.

―Sabes que la situación fue diferente.

―Por supuesto ―dijo la rubia, sabía que estaba molestando a Anna, pero no le importó, ya su día era malo, nada podría empeorar ―, lo fue. Tú solo querías salir de aquí.

―No, yo quería vivir aquí.

―Bueno, me equivoqué, me disculpo. En realidad tú querías sentirte amada, entrar por cualquier puerta que se te abriera.

―¡Elsa! ―contestó la otra, furiosa, Elsa estaba estrujando su corazón, a punto de hacerlo pedazos ―No te permito que…

―Yo soy la reina ―se irguió la mayor, en toda su fenomenal altura, pasando seis centímetros sobre Anna ―. Y puedo… ―siseó ―decirte que no.

Anna se quedó de pie delante de ella, tan cerca que sus respiraciones casi golpeaban contra sus rostros. Elsa tenía las cejas ceñidas, de una forma que Anna nunca le había visto, no parecía solamente estar enfadada, se le notaba cierta tristeza, frustración y miedo.

―Elsa ―le dijo Anna, tomando su noble rostro entre sus manos ―, ¿por qué haces esto?

Elsa la miró a los ojos por breves segundos, antes de apartar la mirada hacia su escritorio con un montón de papeles apilados en las orillas y un centro vacío, donde antes encontrara las notas de su otro amor, uno que ya extrañaba y que continuaba ausente, como sus misivas.

―Lo siento ―dijo finalmente con los hombros caídos ―. Me excedí.

La pelirroja suspiró, haciendo una pausa para encontrar su paciencia, jamás se habían hablado de aquella forma, no después de aquél fatídico día donde Anna le arrebató un guante de su mano. Quizá las dos se acordaron de eso porque el cuerpo de ambas pareció resentirlo, ya ninguna estaba a la defensiva, y la escarcha que se había formado en las paredes de la biblioteca comenzó a desvanecerse.

―¿Qué te pasa, Elsa? Habla conmigo, hermana.

―Estoy bien, solo… demasiadas cosas qué hacer ―mintió, como no le gustaba.

Anna le alzó cuidadosamente la cabeza para que la volviera a mirar.

―Tiendes a eso últimamente.

―Es porque… ―se detuvo ―, no importa, solo quiero decir que lo siento. Necesitas estar aquí para recordarme quién está por encima de todo, incluso de mí.

―Pero tú eres la reina.

―Pero tú… ―"doblegas a la reina", pensó entre sí, pero cambió sus palabras ―, me importas más, quien porte la corona es lo de menos; como hermana y princesa de Arendelle siempre serás mi primer amor.

La mirada que Anna le dedicó tras sus palabras le resultó indescifrable a Elsa, pudo ver la timidez y el nerviosismo de la princesa expresado a través del acostumbrado mechón de cabello cobrizo ordenado detrás de su oreja, pero además, vio en sus ojos otro brillo, uno que nunca había visto en su hermana, ni siquiera al tratarse de Kristoff.

Sin premeditarlo la rubia se encontró sonriéndole a Anna, y de repente su mirada se enfocó en sus labios, que fueron relamidos por una rosada lengua que se asomó, y luego Elsa pareció ver un mordisco, cuando levantó la vista se dio cuenta que, en efecto, Anna se mordía el labio, así que no estaba imaginándose aquello.

El cuerpo de Elsa lentamente se inclinó sobre la pelirroja, casi a punto de tocarla cuando la puerta de su oficina se abrió de nuevo y Honeymaren entró tras el anuncio de Kai.

Los ojos azules de la rubia pasaron de Anna, a la northuldra.

―Su majestad, siento interrumpir, Gerda me dijo que ordenó verme.

Como si la hubieran empujado, Elsa se apartó de Anna y ocupó de nuevo su silla, las dos muchachas la miraban, esperando que se decidiera a atender a alguna.

La reina tardó unos segundos antes de reponerse y tomar una decisión, quería que Anna se quedara, pero también necesitaba hablar con la northuldra, aunque se había olvidado de los reclamos en su contra. La presencia de Honeymaren siempre le causaba cierto nerviosismo a la rubia, era ya una moza diferente desde el día que Gerda la eligió como suplente, ahora se notaba más segura, y claramente tenía confianza con la reina. Eso todos lo sabían, incluso Anna lo llegó a escuchar por los pasillos, en el palacio los secretos se mantenían por poco tiempo, siempre había un mozo soltando la lengua, y Honeymaren ya era blanco de envidias.

Incluso de la de ella.

Pero extrañamente esto era algo que Elsa deseaba mantener fuera del conocimiento de Anna.

Cuando se dio cuenta de su encrucijada, titubeó.

―Ahm…

Anna continuó con la atención fija en Elsa, ignorando deliberadamente la presencia de Honeymaren, y como si esperara que su hermana se decantara a favor de ella por esa vez, o por todas.

La northuldra habló de nuevo desde su lejana posición.

―Aprovecho para comunicarle, su majestad, si me lo permite, Ryder me encargó informarle que está todo listo, lo que usted ordenó.

"Ryder, los caballos", recordó Elsa. El día anterior pidió a Kai que esa mañana el caballerizo tuviera lista la sorpresa que adquirió para Anna, cuando a la pelirroja se le pasara la bilis de hace días tras su discución en la mesa, y eso ya había ocurrido, e incluso llegó caído del cielo, ahora que Elsa le jaló los nervios a la pelirroja.

Al final no le resultó tan difícil. A pesar de que no lo pretendía, la rubia mujer se regocijó en el poder que le facilitaba hacer ciertas cosas, podía darle a Anna lo que ella quisiera, y técnicamente lo que quisiera, cosas que Kristoff jamás podría ofrecerle. Anna debía tenerlo en cuenta si insistía en casarse con el hombre reno. Kristoff era nadie al lado de Elsa.

Le caía bien el montañero, pero le caía mejor si sus manos se conservaban lejos de su hermana.

―Gracias, Honeymaren, ¿puedes volver en una hora? Necesito mostrarle algo a la princesa.

―Como usted ordene, mi señora ―la muchacha realizó una formal reverencia, al final de la cual miró a Elsa con un rayo de desesperanza, como si algo se le partiera por dentro, obligándola a renunciar a un sueño que estuviera confesándole a su reina.

La soberana de Arendelle siguió con la vista a la northuldra hasta que esta abandonó la oficina.

―Hm, hm.

Volvió su vista a Anna, que esperaba mirándose las uñas. Elsa entonces recordó su propósito.

―¿Me acompaña, su alteza?

La pelirroja sonrió, cual gesto triunfal después de una cruenta batalla donde venció sin esfuerzos.

xxx

En el capítulo anterior, por error dice Capítulo 6, bueno, es 7.

Gracias por seguirme, :')