Una disculpa por tardar la actualización, antes que el mundo iniciara la primera fase de su ruina, tuve qué dedicarme a sacar doble trabajo que no se podía quedar pendiente; luego, preparar las medidas de seguridad para ocultarnos en nuestras madrigueras y, ya saben, comprar mucho papel de baño. Se complicó escribir, pero aquí estamos. Si siguen vivos, escríbanme, yo les estaré dejando mensajes a través de esto.

Quien no sobreviva no me escriba…

Es un chiste. Positivos, vamos a sufrir pero esperemos que salgamos a flote, hay mucho elsanna por escribir y vale la pena seguir con vida para leerlo.

Un abrazo de zombie a zombie.

Capítulo 9.

Elsa tenía tantas maneras de hacer sentir especial a Anna, que a menudo la pelirroja se cuestionaba la idea de cómo serían las cosas si sus padres no hubieran muerto, ¿Elsa seguiría siendo la misma hermana ausente o, en algún punto de su vida, después de todos esos años, la muchacha rubia se habría vuelto a acercar a ella? ¿Sería tan galante, protectora y romántica con ella incluso, si Anna jamás le hubiese sacado el guante aquella trágica noche?

Anna cambiaría todos sus caballos pura sangre por conocer esa respuesta.

―¿De verdad… de verdad tú hiciste esto… por mí?

Un par de lágrimas rodaron por sus mejillas pecosas, se sorbió ruidosamente los mocos echándose aire con la mano para volver a respirar. Las reacciones de Anna siempre eran las mejores recompensas para Elsa, valían cada centavo y segundo de su inversión.

―Un tanto caro y, seguro te costará algunos vestidos ―bromeó la rubia―, pero creo que tu sacrificio valdrá la pena cuando veas a los caballos ancianos sentarse a tomar el té en una mecedora afuera de sus caballerizas de retiro.

Un chillido agudo le hizo saber a la reina que la princesa se encontraba felizmente excitada y, por tanto, sin palabras, algo que se le estaba haciendo costumbre cuando se trataba de Elsa, o de algo que Elsa hizo por ella.

―Elsa, de verdad, es… hermoso que hicieras esto por mí, bueno, por mí y por los caballos, los viejos ahora podrán descansar, hicieron tanto por el reino y es justo que sus últimos años de vida los pasen como cualquier ser vivo merece y…

―Anna ―interrumpió la mayor, permitiéndole a la más joven hacer una pausa para tomar aire ―, creo que serías una excelente reina. Y personalmente me da pena reconocer que carezco de las virtudes que hacen de ti una mujer excepcional.

Los ojillos llorosos de la muchacha estaban fijos en su hermana, brillaba en ellos una emoción que luchaba por mantenerse cautiva, sus sentimientos correteaban de un lado a otro dentro de ella, buscando su lugar. Elsa era… tan romántica, y siendo honesta le causaba bastante envidia que esas cualidades tan galantes de su hermana en algún momento dejarían de pertenecerle, para pertenecerle a alguien más. Pero antes de que eso pasara siempre se podía disfrutar del momento, así que la muchacha pecosa se limpió las lágrimas y se arrojó a los brazos de la mayor, quien tuvo qué echarse hacia atrás para sostener el peso de la chiquilla.

―Sabía que iba a gustarte ―le dijo Elsa, cuando la pelirroja clavó sus ojillos esmeralda en los azules de la reina.

Juana de Arco podía ser un personaje fascinante, pero realmente a quien Anna consideraba el héroe de su vida era a Elsa, y la joven parecía luchar aún para encontrar las palabras adecuadas qué decirle.

Sus brazos reposaban delicadamente sobre el pecho de la reina, sosteniendo sus hombros, y su rostro tan cerca del de su hermana, que parecía que acababan de besarse, o estaban a punto de hacerlo, un pensamiento que vagó fugazmente por la mente de la más joven, creyendo que no había mejor forma de mostrarse agradecida por tan descomunal obsequio.

Un carraspeo de garganta interrumpió los pensamientos de la pecosa, quien se giró para encontrarse con la presencia de Kristoff y su fallido intento de caballero real.

―Buenos días―carraspeó de nuevo él, ocultando los nervios detrás de sus desafinadas palabras.

Elsa observó al montañero, se había puesto zapatos, no los mismos con aquellas puntas horrorosas que acostumbraba, su calzado nuevo tenía hebillas y brillaban de limpios. Se peinó los cabellos hacia atrás y un corbatín que descuadraba con el resto de su atuendo sobresalía de su camisa blanca. Elsa estimaba a Kristoff y realmente nunca le había importado su apariencia ―aunque llegó a preguntarse si de verdad Anna encontraba en él un verdadero atractivo―, pero en ese momento la reina de las nieves lo veía como una competencia tan marcada, que tuvo qué reñirse internamente por haber criticado su carente sentido de la moda en una mirada despectiva que Anna le recriminó, del mismo modo que hacía Iduna cuando la joven princesa se negaba a socializar en las reuniones importantes.

No obstante le esbozó una sonrisa inevitablemente falsa cuando su hermana le contó, a tropezones, lo que Elsa le había regalado. La soberana, quien no dejaba de alimentar a su niña interior, sintió una punzada victoriosa cuando vio en los ojos del montañero una expresión de vacío al saberse impotente para ofrecerle a su novia regalos de esa magnitud, y esa pequeña victoria le resultó suficiente por el momento. Así que nada más había qué hacer, su trabajo estaba hecho y podía retirarse antes que las muestras de amor de la pareja le revolvieran el estómago.

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Por suerte para la reina, Anna mantuvo a Kristoff entretenido con los caballos ese día, que no le dejó tiempo al montañero para que la pasara a buscar. Y de cualquier forma, el éxito de los contratos en los que trabajó tan duro para comprarle los caballos a Anna, propició el interés de otras naciones por hacer negocios con el Reino de Arendelle, su buena fama le resultó efectiva para mantenerse alejada por unas horas de la futura pareja de esposos.

A las cuatro de la tarde, cuando el silencio reinaba en el castillo y solo se escuchaba la pluma de Elsa garabatear informes, dos llamados a su puerta que no atendió, y un peculiar aroma a hierbas y especias la distrajo.

Honeymaren llegó hasta su lugar con una pequeña charola bien surtida de alimentos.

―Perdone, mi señora, fui designada para atenderla y noté que estuvo ausente en la comida, así que me tomé el atrevimiento de esperar el momento adecuado para preguntarle si le apetece algo del menú de hoy.

La reina detuvo su escritura y se acomodó delicadamente las gafas, mirando a la moza.

―¿Qué hora es?

―Las cuatro y treinta, mi señora.

―Por dios, no me di cuenta del tiempo. ¿La princesa…?

―La princesa y su prometido se sentaron junto s a la mesa, sí, señora, ambos se encuentran ahora en sus clases.

―No es su prometido ―gruñó Elsa ―, no todavía.

Honeymaren le sonrió, aún de pie, esperando sus indicaciones.

―Comprendo y acato, su majestad. ¿Desea que le sirva la comida?

Elsa se quitó las lentillas y acarició el puente de su nariz, esperando con eso quitarse de la mente la imagen de su hermana caminando hacia el altar de la mano de Kristoff.

―Por favor.

La moza se dispuso a llenar un plato pequeño y mientras sus manos trabajaban entre los utensilios y frutas, los ojos de Elsa la escudriñaban discretos.

Honeymaren tenía una espalda recta y un poco ancha, perfecta para sostener el grueso trenzado azabache típico de ella. Aunque parte de su personal llevaba uniforme, algunos empleados northuldras tenían permitido usar indumentaria distintiva de su pueblo; debido al verano, la joven portaba una camisa sin mangas que dejaba al descubierto sus largos brazos y permitía apreciar las marcadas líneas de su atlética figura.

Era conocido por todos que los northuldras eran guerreros, gente que vivía de los recursos de la naturaleza y que preferían mantenerse alejados de la vida cotidiana de un arendeliano común. Muchos de ellos, jóvenes especialmente, llegaban a Arendelle motivados por el sistema académico a servicio de la nación. Honeymaren y su hermano vinieron para aprender artes y, aunque Ryder abandonó sus estudios para dedicarse a los caballos, su hermana permaneció en los grupos de atletas, demandada por su excelente condición física.

―Gerda mencionó que volviste a tus actividades con las telas.

La voz de la reina sonó tan tranquila, que los músculos de la joven, contraídos como cada vez que estaba cerca de ella, se relajaron.

―No sé si usted se ha dado cuenta, majestad, pero Gerda la adora, así que me solicitó especialmente ocuparme de usted, ya que demandó con cierta… exigencia mi presencia esta mañana.

―Es que te fuiste sin avisar, yo no sabía que Hilde volvería tan pronto ―se apresuró a responder la arendeliana, como si tuviera la necesidad de justificar sus demandas.

La northuldra bajó la cabeza hacia los alimentos, con una sonrisa discreta dibujada en el moreno rostro.

―No pensé que notaría mi ausencia, majestad… ―expresó con rebosante orgullo, mientras Elsa se echaba sobre el respaldo de su silla cuestionándose la misma idea. Ella jamás había demandado el servicio de nadie que no fueran Kai o Gerda, pero ahora sentía que necesitaba a Honeymaren a su lado, la mayor parte del tiempo de ser posible.

Volvió a observar a la moza, haciendo énfasis en sus facciones, definitivamente era linda y a pesar que se encontraban en una posición dispar ―una de pie y la otra sentada―, evaluó que la northuldra sería algunos centímetros más pequeña que ella, lo cual le resultó extrañamente atractivo a la arendeliana.

―¿Acaso piensas que no me preocupo por mi personal, Honeymaren?

―Bueno… yo no dije eso ―mencionó la joven tímidamente ―. Tal vez es solo que usted no expresa sus… intereses de manera que otros los podamos notar.

La elección de palabras llamó la atención de la reina, le pareció que hubo en ellas un asomo de coquetería debido a que Honeymaren se incluyó entre sus intereses personales y pocas veces manifestados, lo cual en ningún momento consideró molesto. Quizá se volvía blanda con las personas.

―¿Comes conmigo?

―¿Disculpe?

―No quiero hacerlo sola, y he descubierto que me viene bien tu compañía, estoy pensando seriamente pedirle a Gerda que te asigne permanentemente para mi servicio.

Los ojos de la moza se clavaron en la espectacular imagen de la rubia mujer, cómodamente plantada en su posición de soberana y con un gesto autoritario que era tal vez, la respuesta al flirteo que la northuldra lanzó antes que ella. Pero entonces Elsa suavizó su mirada y se irguió sobre su asiento, haciendo a un lado el libro de cuentas que hasta unos segundos acariciaba con los dedos. ¿Acaso estaba cayendo en un sutil juego de galante coquetería?

―Si… claro… siempre y cuando no tengas inconveniente en cambiar de actividades… Tal vez te gusta más trabajar con telas y yo…

―Yo… ―la muchacha finalmente hizo a un lado su trabajo para enfrentar la gélida mirada de su señora ―estaría feliz de estar siempre a su servicio, majestad, mi lealtad será siempre suya y lo que usted disponga para mí será acatado en lo absoluto y con excepcional sometimiento… mi reina.

Cuando Honeymaren alzó los ojos, rompiendo la reverencia con la que pronunció sus palabras, la mirada de la rubia la cohibió más de lo que una guerrera como ella estaría dispuesta a aceptar. Ryder se mataría de la risa si lo supiera.

―No me vuelvas a abandonar, mañana hablaré con Gerda sobre esto.

Honeymaren no la haría, no cuando aquellas palabras fueron pronunciadas con tan tierno gesto de niña. Esta reina no solo tenía el poder del hielo, la magia la cubría de tal forma que haría caer reinos enteros con uno de sus pucheros infantiles.

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Algunas horas más tarde, después de una entretenida charla y una ducha relajante, la reina se encontró llamando a la puerta de su hermana.

A pesar de lo tedioso que le resultó el día con Kristoff en medio de las dos, Anna no tenía la culpa de las cosas que la reina sentía por ella, era de hecho, la menos culpable, y de alguna forma la conversación con Honeymaren le ayudó a fortalecer esa idea; tal vez no todo estaría perdido una vez que Anna se marchara, si Honeymaren estaba ahí, había esperanzas para ella, la cercanía con la northuldra le resultó, incluso, como un bálsamo que le aliviaba un dolor constante.

―Me preocupa un poco tu confianza, ¿sabes? ¿O es que esperabas a otra persona? ―preguntó la reina, luego que le fuera concedido el paso sin que se anunciara.

Anna refunfuñó.

―¿A quién se supone que debo esperar? Sabía que eras tú, siempre llamas a mi puerta de la misma forma. Tus manías son… demasiado marcadas.

Elsa observó a la muchacha pelirroja ir de un lado de su habitación a otro, inquieta. El corazón se le constriñó a la máxima arendeliana al morderse la lengua con su consejo sobre las palabras "confianza" y "habitación" en una misma línea.

―Me quedé esperando a Kristoff ―atinó a decir, como su respuesta a la persona que Anna podría estar esperando tan confiadamente. Una sonrisa maliciosa y discreta se asomó a los labios de la más joven, oculta entre su ritual nocturno.

―Creo que lo entretuve un poco, Kristoff no es un chico de caballos, ¿sabes? ―y luego volvió la cabeza como si resintiera ese aspecto de su novio ―. Es triste que solo esté enfocado en los renos, tal vez debería… no lo sé, expandir sus horizontes.

Elsa no habló, pero estaba completamente de acuerdo.

Kristoff era útil para muchas cosas, pero él se enfocaba tanto en aquello que podía hacer bien, que descuidaba cualquier otro tipo de enseñanza, sobre todo si tenía qué ver con formalidades a las que, sin necesidad de confesarlo, Elsa entendía que menospreciaba, considerándolas cerca de lo inútil.

Por supuesto que Anna ignoraba este aspecto de Kristoff, o eso es lo que Elsa creía, hasta esa noche, primera vez que la notó fastidiada con la resistencia de su novio al mundo en el que Anna nació. Sin embargo no lo podía culpar, el chico creció solo y acostumbrado al trabajo rudo para sobrevivir, así que la práctica siempre le resultaría suficiente a un hombre como él, y aunque le parecía admirable, también era una de esas cosas que a menudo desesperaban a Elsa, si bien mantenía un trato cordial y amistoso con el joven.

Elsa mantuvo por mucho tiempo el deseo porque Anna encontrara a un hombre que además de amarla, la supiera cuidar en cada una de sus necesidades, como mujer, amiga, confidente, princesa y esposa, algo que Elsa siempre se ocupó de nutrir dentro de sus posibilidades, Anna no merecía menos, y si aquello implicaba educar un poco a su novio, Kristoff formaba parte de las inversiones entonces.

Sin embargo, la rubia sabía que su hermanita era de gustos menos pretenciosos, y si Hans ayudó en algo, fue en romper con el estereotipo del amor romántico de un príncipe con el que la pelirroja soñó tanto de niña; Anna ya no buscaba eso, y su relación con Kristoff fue conducida con mayor madurez, alimentando primeramente su amistad antes que su noviazgo. Elsa estaba satisfecha, quería, ante todo, que Anna fuera feliz, aunque esa felicidad la encontrara junto a un hombre con quien sus padres jamás le habrían permitido matrimoniarse.

―Él será un príncipe muy pronto, tal vez cuando ese tiempo llegue él…

―Lo dudo ―interrumpió Anna ―. Pero ojalá así sea.

―Lo será ―respondió la mayor, alzando la cabeza para encontrarse con una Anna en cortas enaguas y tirantes para dormir.

Se veía preciosa con el cabello cobrizo suelto sobre los pecosos hombros, descalza y con el cielo nocturno haciéndole fondo, las estrellas titilando junto a la luna fuera de la ventana hacían que su esbelta y menuda figura resaltase.

Elsa quiso acercarse y pasar sus manos por toda ella, pero solo atinó a suspirar. Pensó que Anna acostumbraba dormir con el cabello trenzado, fue una bonita revelación que también lo dejara suelto, ya que siempre le gustó su cabello.

―Elsa, ¿estás bien?

―Sí ―dijo sobresaltada la rubia ―. Me retiro, solo vine a desearte las buenas noches y pedirte que si ves a Kristoff antes que yo el día de mañana… por favor le informes que lo estaré esperando ―suspiró hondamente, aceptando su destino escrito por las decisiones que su hermana tomara, a pesar de que la reina era ella.

Por su parte, Anna le esbozó una débil sonrisa, como si tuviera un nudo atorado en la garganta impidiéndole hablar, Elsa esperó otro par de segundos pero al ver que su hermana titubeaba y dedicaba miradas ansiosas a sus artículos de noche, dio por terminada la conversación.

―Le diré a Kristoff que te pase a buscar… ―se apresuró a decir la pelirroja antes que la rubia desapareciera de su vista ―. Y Elsa… muchas gracias por los caballos. Espero un día llegar a corresponderte de la misma manera.

Elsa asintió con la cabeza luego de mirarse tímidamente los dedos.

―Que tengas buenas noches, Anna.

―Buenas noches…

Supo que Anna dijo algo más, pero no alcanzó a comprender porque la pelirroja pareció más bien haberlo susurrado, y lo que Elsa más deseaba era huir de su habitación y de la sensual imagen que le prodigaba su hermana incitándole los malos pensamientos.

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La joven rubia regresó a su propia cámara, esperando que la ducha de más temprano la ayudara a relajarse, sentía el cuerpo adolorido por las tensiones de ese día y lo único que siempre la confortaba en momentos de angustia, era el viento fresco de la noche.

Salió al balcón envuelta en su fino vestido de noche color púrpura, el aire era denso y agradable, el fiordo se miraba en calma y la luna, tan quieta como las estrellas que aún parpadeaban le inspiraba paz, como una fiel compañera que velaba por ella en las pesadillas esperando el momento para arrullarla. Le confesó en voz alta sus secretos, como si pudiera oírla, una costumbre de dos noches atrás y a sabiendas que los aposentos de su hermana quedaban del otro lado, a media luna de distancia.

La atribulada mujer cerró los ojos y miró de nuevo al cielo despejado, dirigiendo un par de disculpas a la presencia simbólica de sus padres por todos los sentimientos que la ahogaban, sabía que ellos no podían oírla y quizás eso de alguna forma lograba mitigar sus pesares, ella no tendría cara qué mostrarles si estuvieran vivos, ¿con qué falta de vergüenza acudiría a su padre por un consejo si detrás de sus intenciones estarían ocultos sus pecados? ¿Con qué descaro abrazaría a su madre si con las mismas manos que la tocaba deseaba tocar el cuerpo de su hija?

Aunque hicieron mal en confiar en ella esto era lo que había y Anna estaba bajo su cuidado, y solo tenía qué hacer el resto de las cosas bien, así que Anna se casaría con Kristoff y por fin Elsa tendría un momento de paz. Lo peor que podría pasarle, también era lo mejor.

Regresó a la cama sin abandonar la tristeza que cargaría con ella por muchos días, pero en definitiva sintiéndose más animada. Unas horas de descanso y estaría lista para comenzar de nuevo, dispuesta a continuar con los propósitos para los que había nacido.

Perezosamente se descalzó los zapatos de noche y suspiró, sus manos no tardaron en desconocer la superficie lisa del objeto oculto que crujió bajo las sábanas. Un latido le saltó nerviosamente cuando cogió con cuidado el trozo de pergamino y lo desató.

"Puedo explicarlo, su majestad, pero antes que otra cosa permítame decirle que jamás huí, nunca lo haré, mientras usted esté con vida mi corazón y mi alma están ligados a este lugar, como fantasma que deambula atrapado en un recuerdo del tiempo. Mi ausencia se debe a cosas que le explicaré esta noche, si me permite entrar a su habitación otra vez.

Por favor, no vaya a negarse, mi dama de hielo, porque toda la molestia que ha sentido usted por estos días con mi ausencia, son semejantes a mi deseo por verla, por acariciarla y de nuevo besar sus labios. Me siento como un condenado al calabozo, atado de pies y manos, y azotado por duros golpes de la vida. Estoy herida, su majestad, muy herida, ayúdeme a sanar, se lo suplico".

Las cejas de Elsa se arrugaron como primera reacción, ¿es que esta mujer pensaba que las cosas se solucionan con una misiva llena de lagunas sin aclarar? Mucho había arriesgado la reina por ceder a esa aventura y ahora su orgullo estaba golpeado, ¿la anónima pensaba que sería tan sencillo irse para después volver y, en el momento que lo quisiera, disponer de su atención y su persona?

El lado racional de Elsa se inclinaba a defender esa postura, pero la soberana, por mucho que intentara minimizarlo, también tenía humanidad, y este aspecto poco valorado de ella la orillaba a sentir más que a pensar. ¿Y si de verdad la mujer se encontraba herida, o enferma? Tal vez habría sufrido un accidente y estaba en reposo, recuperándose, y ahora clamaba por su ayuda.

El dilema entre ambas ideas la hizo deambular por su habitación con el trozo de pergamino en la mano, más angustiada que alegre. La puerta no tenía puesto el seguro y si ella no tomaba una decisión en ese momento, en escasos minutos alguien entraría por ella y se plantaría delante de su rostro justificando su ausencia con total descaro. Elsa no estaba dispuesta a creerlo todo, si bien tenía conocimiento de enfermedades terribles que se esparcían por el continente en esos días, y que tal vez llegaron a Arendelle para dañar a su gente.

¿Y si era mentira? ¿Cómo iba a saberlo? ¿De qué manera lo podría determinar sin tener qué consultar a un médico que la llenara de preguntas? El trozo de pergamino estaba atado por una fina tela blanca y la reina entendía que su amante deseaba mantener el anonimato de sus reuniones, lo que Elsa ya no consideraba prudente, tal vez era el momento de quitarse, literalmente, la venda de los ojos y enfrentar a su amante cara a cara, sin más secretos de por medio.

El sonido del reloj que contaba cada segundo que pasaba retumbaba fuertemente en la habitación, haciendo eco en sus pensamientos, apremiándola a decidir, faltaba un minuto para las doce y sentía la presión hundiéndola, no había tiempo para conjeturas, debía decidirlo ya.

Escuchó el picaporte moverse y su corazón se quedó quieto por un segundo, suficiente para que tomara el pañuelo y alcanzara a vendar sus ojos.

Después se reñiría por ser tan débil.

Silencio y quietud reinaron a su alrededor, como si ningún ruido existiera más que los pasos de su amante acercándose por su espalda. Elsa estaba de pie frente a la cama, con las manos aún sostenidas en el aire, mismo gesto que empleaba cuando creaba superficies de hielo.

La cercanía de su secreto la atrapó en esa posición incómoda, suavizando sus brazos cuando delgados dedos se enredaron entre los suyos y el choque de una respiración erizó los vellos de su piel descubierta a través del escote de su vestido, al parecer, su amante era de menor estatura, la revelación le resultó adorable y le devolvió la confianza, su altura era una ventaja que usaba a menudo para imponer autoridad, sobre todo cuando se sentía amenazada.

Giró levemente la cabeza mientras la respiración de su compañera se volvía profunda, como si intentara ahogar sus palabras, de perpetuar el silencio aun cuando tuviera mucho qué decir. Elsa se preguntaba si finalmente escucharía su voz pero en lugar de eso, el tacto caliente y suave de una mejilla en su espalda y la caída de revoltosos mechones de cabello sobre su hombro le produjeron un cosquilleo que volvió a erizarle la piel desnuda, lo que fue recibido con unos labios que se alargaron en una sonrisa, ante lo cual la reina se sintió avergonzada.

Intentó girarse pero su amante lo impidió con destreza, los brazos que sujetaban los suyos eran fuertes y dominantes y aunque Elsa era una de esas personas que amaba tener el control, esta vez, su cuerpo cedía ante la intrusa, y mientras luchaba por mantener su mente razonable un hilillo de humedad recorrió su piel descubierta desde la mitad de su espalda hasta su cuello, donde su amante se detuvo para aspirar su aroma, cual elixir de la vida eterna frente a sus ojos.

Y entonces, un beso, un beso en una de las partes más sensibles del cuerpo de la reina que no solo la hizo estremecer, sino que además de doblegar su entereza, doblegó también su espíritu y el resto de su cuerpo, obligándola a inclinarse sobre la cama, sosteniendo su peso en las palmas de sus manos mientras largos dedos recorrían con ansiedad el borde de su escote, de momentos con caricias, de momentos con ligeros rasguños que se perdían entre la respiración entrecortada de su anónima, un claro indicio de que el escote la mataba, la fulminaba como un disparo inesperado. La aturdida intrusa, con su único aliento de vida le bajó irresistiblemente una manga de su vestido hasta la mitad del hombro derecho, víctima inocente que atrapó una filosa mordida a la par que inquietas manos acariciaban el resto de su piel acalorada.

Reconociendo que tomaba absoluto control sobre la reina, la anónima tomó su tiempo para admirar tan perfecta obra, Elsa estaba a su merced, vulnerable y consciente que su amante la deseaba, pero incapaz de decidir por dónde comenzar. Y a pesar de que jamás había experimentado un momento como ese, Elsa lentamente se puso de pie, dispuesta a contribuir con su nula experiencia, tal vez porque también lo deseaba, y no existiría mejor momento para hacerlo.

Se giró para encontrarse con la anónima frente a frente y durante varios segundos, la mezcla de sus respiraciones agitadas fue la orquesta que animó la noche, la gobernante de Arendelle entendió entonces lo que su amante le pedía.

No se trataba de cualquier mujer, el secreto tras su puerta era una dama, una dama que esperaba una respuesta..

Y tal vez fue su silencio, sus nervios y las vibraciones de su cuerpo lo que respondieron por ella porque enseguida, en un abrir y cerrar de ojos, aquellos cálidos labios que la besaron por primera vez reclamaron otra vez los suyos, partiendo de pequeñas mordidas en su oreja, besos delicados sobre la mandíbula, caricias faciales sobre las comisuras de su boca y finalmente, una lengua húmeda abriéndose paso entre sus dientes.

La reina inclinó la cabeza hacia atrás y sintió filosos colmillos clavándose en su cuello, deseosos y ardientes, raspando todo a su paso y fijando su marca en el otro hombro de Elsa, quien gruñó por el ligero dolor rendido al placer.

Volvió la cabeza a su lugar para ser recibida por un profundo y caliente suspiro que derritió su oído cual poeta declamando su obra más solemne. Involuntariamente giró el rostro y sus labios chocaron con aquellos que la escudriñaban, que buscaban encontrarla en cada rincón.

Las manos de la reina lentamente subieron hasta el rostro de la mujer y acariciaron sus mejillas, mientras con el pulgar recorría los labios medianamente carnosos que temblaban ante su toque, Elsa no estaba fría, Elsa estaba caliente. Elsa ardía.

La joven soberana bajó su mano hacia la de su compañera, tomándola con ligereza mientras acercaba su delgado cuerpo al suyo, y en cuanto sus pechos tocaron los de su amante, fue como un disparo de salida, el jinete avanzó a todo galope.

Sujetó a la reina por la espalda mientras la dejaba caer con cuidado sobre las finas sábanas de seda, llenando de besos su rostro y sin dejar espacios sin besar entre los hombros y el cuello que parecía fascinarle tanto. Elsa gruñía cuando los dientes se incrustaban en su piel y de no vivirlo ahora, la mujer jamás habría aceptado que el tacto de otra persona que no fuera Anna se sintiera tan bien.

Con la imagen de su hermana traída a su mente, se perdió entre las sensaciones del cuerpo que se movía sobre el suyo, como un danzante que amaba la música y se deleitaba entre ritmos y pasos diferentes. El alma se le salía del cuerpo cuando su amante se alejó, incitándola a estirar el brazo para alcanzarla antes de volverla a sentir sobre ella, esta vez a horcadillas, mientras movía sus caderas contra las de la reina, acto que le permitió a la arendeliana estirar sus manos y tocar el vestido que su amante llevaba encima, lo que la desquició por completo; revelando su fascinante gusto por las faldas; la soberana jamás se habría dado cuenta de cuánto podría llegar a gustarle el cuerpo de otra mujer de no haberlo tenido tan cerca.

Los movimientos de su amante permitieron que el vestido se le alzara y las manos de Elsa, inquietas a los costados, finalmente rozaron la piel de unas piernas en forma, suaves y duras. Ansiaba meter sus manos y tocarlo todo, descubrir el cuerpo de la mujer a sus expensas bajo entero conocimiento de que esta mujer la amaba y por tanto, la tenía a sus pies, bajo sus órdenes, como a ella le gustaba dominar a la gente.

Y justo cuando decidió llevar a cabo su hazaña, la mano de su secreto la detuvo y la atrapó llevándole ambas hacia arriba, pasando por su cabeza, mientras deslizaba las propias por todo el contorno de la rubia, para ser ella quien comenzara a levantar su vestido mientras besaba fogosamente la boca de su reina.

Elsa se sentía arder, le encantaba la sensación humana. Ignoraba hasta dónde podían llegar sus deseos pero por el momento estaban ahí, a punto de hacerla explotar como un volcán naciente. No se percató cuando ella misma comenzó a moverse siguiendo el vaivén del otro cuerpo, algo que su amante disfrutó porque Elsa la escuchó gemir, y mientras más se moviera la reina, más enloquecía su secreto.

En medio del éxtasis que provocaba la danza sobre la cama, el bonito y sensual vestido de la rubia le fue arrancado intempestivamente, dejando cada centímetro de su pálida piel al descubierto, lo que seguramente resultó la revelación de la noche, auspiciada por un profundo, largo y doloroso suspiro que hizo eco en la habitación.

Sintiéndose finalmente expuesta, Elsa se llevó de nuevo las manos al rostro para retirarse el vendaje, pero una vez más fue impedida por brazos fuertes que la sujetaron obligándola a permanecer quieta, en tanto sus manos eran separadas y su amante disfrutaba la vista de un cuerpo totalmente desnudo; bajo el vestido, como cada noche, Elsa no llevaba nada puesto, ya que de ningún modo esperaba visitas.

El cuerpo de su amante tembló encima de ella, antes de caer nuevamente rendido y continuar danzando sobre los trazos finos y delicados que alguien moldeó a favor de Elsa, esta vez con mayor deseo, entre besos, mordidas y caricias piel contra piel, y una lengua vaga que la seducía.

―Anna, no… ―expresó sonoramente la reina, dejando perpleja a su amante, ya que esta se detuvo de improvisto, gruñendo, incapaz de descifrar si lo hizo por deseo o fastidio. O tal vez, yendo muy lejos, asco y repulsión.

Elsa no solo pronunció aquél nombre a mitad de un momento tan íntimo y sensual, Elsa expresó el nombre de su amor verdadero. Elsa gritó el nombre de su hermana, en la cúspide de un orgasmo.

La respiración de las mujeres, profunda y pausada, fue mermando hasta formar parte de la música que esa noche tocaba en las afueras la serenidad de los grillos.

―A-Anna no debe saberlo. Anna sospecha…

Pasaron varios segundos antes de que su secreto consiguiera recuperarse y, mientras Elsa esperaba que se levantara y huyera, en lugar de eso, continuó, con un beso delicado en su mejilla y como si nada perturbador las hubiera interrumpido.

Fue de hecho, un impulso agradecido que motivó a su amante para enrudecer sus caricias, de repente mordió más, lamió más, besó más. De repente sus manos se enredaron en la espalda de la reina y atraparon su cuerpo en el aire para besarlo mientras lo suspendía con sus brazos a centímetros de la cama. De repente Elsa era consciente de la fuerza de su amante para embestirla, y por otros momentos derretirla con la suavidad de su tacto, obligándola a pedir, a suplicar por más. Su amante exigía su ruego, disfrutaba alejarse de ella para observarla morir en medio del deseo, solo para volver con más fuerza lamer sus pechos, a exprimir su sexo.

Elsa estaba a punto de gritar, porque aquello le gustaba, le encantaba de veras, por mucho rato se dejó tocar a expensas de que por vez primera, otra persona contemplaba su desnudez, su alma; y fue en ese momento, en ese justo tiempo de aquella hora en su habitación donde su cuerpo, delgado y frágil, arqueado por las sensaciones acumuladas, liberó su resistencia y finalmente gritó sin reproche aquél nombre, el de Anna, seguido por repeticiones suaves y constantes que finalmente se desvanecieron junto a un profundo y ansiado sueño. La reina, después de hacerlo se quedó dormida, con otro cuerpo exhausto descanso sobre su pecho.

¿Era esto lo que todos llamaban un acto de amor?

Xxx

A la mañana siguiente, desde la puerta de la alcoba real, una mujer se despedía de su bella amante, que yacía dormida con el sol reflejando su gloria sobre los mechones de su rubio cabello platinado esparcidos sobre la almohada, cual vista de un ángel naciendo.

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Cuando Elsa despertó un par de horas más tarde, la luz del astro le indicó que se había perdido el desayuno. Se incorporó lentamente sobre la cama mientras las sábanas resbalaban desnudando su cuerpo. Sentía algunas ligeras punzadas de dolor entre las piernas, pero nada que le molestara, hasta que se percató de los moretones y otras marcas sobre la piel que difícilmente lograría ocultar con cualquier vestido que usara.

La consciencia del tiempo le cayó como balde de agua fría y de un salto se puso de pie, si se había perdido el desayuno significaba que ya Gerda, o Honeymaren habían entrado a su habitación para hacer la limpieza, mientras ella estaba ahí, a plena luz del día con el alma al descubierto.

Con la jefa de empleadas mantenía una confianza fraternal, pero con Honeymaren… Elsa no sabía qué cara le pondría a la northuldra esa mañana cuando la encontrara en su oficina.

Antes de abandonar por completo la cama echó un vistazo alrededor, un trozo de pergamino reciclado estaba colocado sobre su mesita de noche. Elsa reconoció la caligrafía como la copia de otra misiva.

"Anna no lo sabrá".

Fue el mensaje.

La reina de Arendelle se llevó la nota a sus labios y la besó. También olía a miel del campo.

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Espero que… la espera ―valga la redundancia―, haya valido la pena. Sé que tenía otra cosa qué decirles pero ya no lo recuerdo. En fin, si llegaron hasta acá, muchas gracias por leer, espero aprovechar la cuarentena para terminar este fanfic que a lo mucho, le restan solo dos capítulos.

Seguramente encontrarán algunos errores de escritura, no tengo experiencia en la escritura erótica y a decir verdad, me pone muy nerviosa, pero, bueno, tenía qué escribirla, el vestido de noche de Elsa me orilló a eso, es hermoso y, claro que ella lo luce genial.

Y no sé si pega pero, mientras escribía la última parte de este capítulo, escuchaba esta canción, "recovery", de LP, pueden escucharla si no la conocen, es linda.

Como no se pueden dar abrazos (ni a la distancia), entonces les mando deseos de buena salud. ¡Que todos sobrevivan!