¡Feliz navidad y próspero año nuevo!

Los saludo así porque ya se vienen estas fechas y con todo lo que me tardo, seguro que nos volvemos a ver hasta el siguiente año. Nuevamente y aunque suene repetitiva, les pido perdón por todo lo que tardo en actualizar; las razones siguen siendo las mismas y en verdad lamento no tener más tiempo para dedicarlo a escribir. Una vez más haré lo posible por no tardar tanto.

Agradezco a quienes me escriben y desgraciadamente no puedo responderles por medio de la página; mil gracias por sus bellos mensajes a todos y por todo su apoyo. Muchas gracias por seguir conmigo y los guerreros de caparazón en esta loca aventura.

Espero que este capítulo les guste y advierto que tiene algunas palabras altisonantes. Ya sin más que decir ¡Comenzamos!

Capítulo 7.

La primera noche del club de los hermanos Hamato había sido un total éxito; los cuatro jugaron, comieron diversas golosinas y los tres menores finalmente compartieron el enorme secreto del mayor de los guerreros, el cual por cierto había dejado más dudas que alegrías, si es que debía dejar alguna a alguien. Para poder hacerse de respuestas, el segundo al mando no se le ocurrió otra cosa que…

¡ ¿Preguntar a Usagi?! — gritaron los dos menores al unísono.

Sí. — respondió el mayor.

¡ ¿Te has vuelto loco?! — continuó Donatello.

¿En serio necesitas preguntar?— cuestionó Mikey haciendo reír al genio.

¿Qué tiene de mala mi idea?— ambos quelonios lo vieron como si le hubiera crecido una nueva cabeza. — Me parece lo más lógico.

Y lo más arriesgado.

¿Por qué crees que…?— iba a preguntar el segundo al de naranja, cuando…

¡Usagi es un samurái, Rafael!— le recordó el más listo. — Lo único que conseguirás al ir ante un samurái y preguntarle directamente sobre su vida sexual es que te parta en dos con su espada.

¡¿Y acaso crees que me quedaré esperando el golpe?!— respondió el temperamental, totalmente seguro de sí mismo y con una gran sonrisa en el rostro ante el desafío. — ¡Ja! Quiero ver que se atreva a atacarme.

Quizás no lo haga por respeto a Leo. — agregó Don mientras recogía sus cosas.

¿Por respeto o por…?— continuaba el menor molestando al apasionado quelonio, hasta que el más listo le llenó los brazos con varias cosas.

¡Ya deja, déjalo en paz Mikey! Y termina de recoger tus cosas. — el menor aceptó el trabajo, pero el mayor de los tres interrumpió preguntando.

Y ¿Quién de ustedes va a preguntarle?— los menores le vieron impactados.

¿Y entonces…?

¡ESTÁS LOCO!— respondieron ambos para luego, con varias cosas en brazos, se fueron rumbo a la salida.

¡ ¿Por qué?!— les siguió Rafael tomando la hielera y varias cajas de golosinas. — ¡Es lo más obvio si queremos saber si fue verdad!— trataba de convencerlos. — Y uno de ustedes tendría que ir a preguntarle. — los menores pararon en seco al escuchar esto.

¡ ¿Nosotros por qué?!

Porque si yo me lo llego a encontrar ¡Le rompo los dientes de conejo por haber mancillado a mi hermano!— una sonora carcajada no se hizo esperar por parte de los dos menores.

¡¿Mancillar?!— se burlaba Donnie. — ¿Es en serio?

¡Jajajaja! ¡Los dientes de conejo!— exclamó divertido el de naranja.

¡No le veo la gracia!— reclamaba disgustado el mayor.

¡¿Al menos sabes lo que significa "Mancillar"?!— preguntó Don entre risas, el de rojo lo pensó un momento.

¿Qué no lo usan en las películas cursis para cuando te tiraste a alguien?— el silencio de ambos hermanos dejó dubitativo al mayor. — ¿Qué no…?— el de morado solo alzó la vista al cielo en busca de paciencia.

Leo fue por su propia voluntad con Usagi. — le recordó Don. — Así que no tienes nada que cobrarle.

Eso es lo que parece ya que Leo…contó la historia de una manera tan…— rosa era la palabra que quería usar, pero se trataba de su hermano mayor; así que se abstuvo. — Pero la realidad es otra. — sin darle mucha importancia a lo que el mayor de los tres contaba, Don y Mikey terminaron de recoger lo que faltaba y lo entregaron al gruñón.

¡Vámonos!— lo que no pensaron nuestros amigos al abrir la puerta para volver a sus habitaciones, fue que el enorme pasillo que debían cruzar para llegar a las escaleras, estaba totalmente oscuro.

Y…— empezó Donnie mirando al frente.

¿Quién va a ir primero?— preguntó Rafael.

¿Y quién va al final?— les siguió el menor temblando. De inmediato los tres empezaron a acomodarse con el fin de obtener el lugar del centro, aquel que estuviera protegido por los otros dos, pero solo se estaban empujando y tirando las cosas.

No vamos a salir de aquí nunca. — expresó el más listo cansado de los empujones y de tratar de evitar tirar sus pertenencias.

¿Qué tal si llamamos a Leo?— ofreció el menor. — Para que venga por nosotros.

¡Claro que no!— exclamó el rebelde. — ¡Solo es un pasillo! ¡Y somos ninjas! No pasará nada. — los más chicos no parecían del todo convencidos.

Pues ve tú al frente. — ordenó Don, pero.

¡Vamos todos al mismo tiempo!— usando sus celulares como lámparas y formando una fila de tres totalmente apretados para cubrir el ancho del espacio; los hermanos empezaron a avanzar a paso veloz el pequeño camino.

Y…— rompió el silencio el menor de los tres para no entregarse al miedo que la oscuridad del tercer y solitario piso imponía. — ¿En serio piensas preguntar a Usagi?— preguntó algo nervioso, más por el interés de escuchar voces amenas que por "Desmentir" la historia de Leo, pues él en realidad la creía por completo.

A mí me gustaría que lo hicieras. — reveló el guerrero de gran intelecto a sus compañeros mientras avanzaban tratando de distinguir algún ruido o sombra ajena a las suyas. — Pues a pesar de que todo lo que contó encaja con el tiempo que estuvo fuera; no me vendría mal un poco más de información. — el mayor los vio de reojo con molestia.

Ya les dije que yo no quiero preguntarle.

Pues yo no le voy a hacer. — le advirtió el de morado.

¡Ni yo!— agregó el menor. Cuando al fin llegaron los tres a donde estaban las escaleras, comenzaron a bajar a toda prisa hasta que pudieron llegar al iluminado segundo piso.

¡AAAAHHHHH!— exhalaron los tres al ya por fin encontrarse sanos y salvos.

Debimos irnos con Leo. — opinó el menor sosteniéndose del barandal del pasillo que iba hacia su cuarto. Los otros dos no contestaron, pero estaban de acuerdo.

¿Y Entonces…? ¿Cómo vamos…?— Rafa trató de retomar el tema, pero sus hermanos lo ignoraron por completo.

Yo me voy a tomar una merecida ducha. — informó el ninja pony al tiempo que entraba a su cuarto por ropa. — En verdad que necesito una ducha bien fría.

¡Asco!— exclamó Don rumbo al cuarto de Leo. — Yo me voy, tengo que ver el tratamiento de…— Rafa lo interrumpió.

¿Y entonces…?— la insistencia de Rafael ya estaba comenzando a sacar de quicio al tercer quelonio.

¿Y entonces Rafa? Yo no tengo idea de qué más hacer para saber si fue verdad o no. — respondió cansado el más listo. — Fuera de un examen médico invasivo que me muestre si hay alguna cicatriz interna como resultado de su primera vez, no sé me ocurre nada más. — luego lo pensó un momento. — Es eso o el pentotal sódico (Suero de la verdad) ahora sí, ya no se me ocurre nada más. — el silencio inundó el pasillo ya que el mayor de los tres meditaba seriamente hacer uso de algunas de las dos opciones que le dieron, hasta que el menor salió de su cuarto y dio su opinión al respecto.

El suero no serviría de nada porque Leo no se lo tomaría por su cuenta y escondido en alguna bebida lo descubriría de inmediato. — eso era cierto. — Y el examen médico ¿Quién les dice que no ha seguido teniendo actividad con alguien más últimamente? Eso no se lo preguntamos. — las palabras del ninja naranja horrorizaron al mayor de los tres guerreros y dejaron muy pensativo al más listo.

¡¿Ustedes creen que se esté acostando con alguien?! ¡ ¿Ahora mismo?!— reinició con la paranoia el de rojo.

¿En su cuarto?

¡NO CEREBRO DE CAPARAZÓN!— gritó al pequeño.

Pero si tú dijiste ahora mismo. — nadie hizo caso al menor.

Con alguien en casa del señor V o incluso…con el mismo señor V. — llegó Rafa a la conclusión completamente pávido. — ¿Ustedes creen que esos dos…estén…?

No creo que eso sea posible. — opinó Donnie algo divertido ante la expresión en la cara del apasionado, pero luego meditó un poco lo anterior. — Y si así fuera, es asunto de ellos ¿No crees?— expresó dubitativo. — Leo es libre de decidir con quién lo hace y, bueno; es su padrino, no creo que se pueda ¿O sí?

Lo dudo. — agrego Migue pisando los primeros escalones rumbo al primer piso. — No sé si su religión le permita hacerlo con la familia. — el silencio ante esta última idea acompañó a cada uno de nuestros amigos por el resto de la velada.

Gracias a la historia de Leo y a las conclusiones que dio Miguel Ángel antes de irse a dormir, la noche que pasaron los muchachos fue de lo más…agitada, loca, ardiente y escalofriante de sus jóvenes vidas. Cada uno muy a su manera se presentó en alguna escena de la historia que les contó su hermano y estelarizó una emocionante escena junto a un hermoso varón de piel verde que les besaba y guiaba en una experiencia homosexual nunca antes experimentada por ellos. El sueño era muy profundo, el placer onírico delicioso y las experimentadas manos de la tortuga de bandana azul los preparaba para al fin penetrarles y darles un maravilloso orgasmo; fue una noche espléndida, en especial porque en ese preciso momento, no había prejuicios ni barreras, solo había placer sin entendimiento hasta que desgraciadamente la alarma del despertador los sacó de golpe de su mundo y los obligó a darse de frente con el mundo real. Cuando los chicos se dieron cuenta del estado deplorable de sus sábanas a causa de su alucinada aventura, ninguno pudo evitar flagelarse con el látigo de la duda y la vergüenza.

El primero de todos la mayoría de las veces en levantarse era Splinter, lo cual le permitió esta vez ser testigo de algo que siempre había exigido y hasta ahora vio realizado, el que sus tres pequeños quelonios limpiaran sus habitaciones, aunque parecían algo alarmados al hacerlo; Donatello agradeció en silencio el que ahora el sensei ayudara con el tratamiento de su hermano en lugar de él, pues francamente no se habría atrevido a entrar a la recámara de Leo y verlo recostado en su cama, no después de lo que hicieron en la pensión japonesa de su sueño. El sólo recordarlo de nuevo le ponía toda la cara roja.

Después llegó la hora de ir a clase y esta sorprendentemente para el roedor se llevó en completo silencio y orden, era como si cada uno de los muchachos supiera que el otro no estaba en condiciones para tolerar alguna broma pesada u observación bochornosa hacía su persona y se apiadara de él; era eso o no querían arriesgarse a ser señalados también. Luego llegó la hora de preparar el desayuno y ninguno de los tres hermanos le preguntaba al otro el porqué de su incómodo silencio, por el contrario, los chicos comenzaron a trabajar cada uno en una increíble y muda armonía; cada uno tomó su lugar en la cocina y por primera vez en mucho tiempo no hubo necesidad de gritarle al encargado de sacar los ingredientes del refrigerador lo que necesitaba el que cocinaría o lo que se requería para preparar el jugo por parte de quien tuviera esta tarea.

Sin que ninguno de nuestros amigos se diera cuenta, Leonardo llegó a la cocina dispuesto a saludar como acostumbraba hacerlo, pero a tiempo su abuelo le pidió que guardara silencio y prestara atención al milagro que se estaba dando en la cocina. Miguel Ángel estaba frente a la estufa acomodando las sartenes que se necesitarían cuando el encargado del refrigerador, o sea Rafael, llegó en silencio y le dejó la cesta de huevos para luego llegar con Donatello y entregarle una bolsa de naranjas, luego el pequeño se dio cuenta que faltaba el tocino y de inmediato este llegó sin siquiera ser pedido por parte del segundo al mando.

Lo único que hacía ruido en esa cocina era la televisión que en ese momento mostraba el programa que Mikey acostumbraba ver "Juventud paranormal"; en ese capítulo una de las jóvenes del grupo de cazafantasmas hacía supuestamente de interprete entre este mundo y el de los muertos, pues según ella, estaba hablando con el espíritu de la fallecida abuela de los clientes en turno.

Y… ¿Tú abuela falleció?— preguntaba la muchacha a una mujer mayor de 45 años.

¿Mí abuela? Sí. — admitió desconcertada la clienta.

¿Tú abuela falleció, verdad?— insistía la joven del programa de manera entusiasta.

Sí, hace ya más de 10 años.

¡Lo sé! Ella está aquí ahora y te quiere decir "Hola". — la cámara enfocaba a una "Medium" de alrededor de 25 años, rubia, cabello largo y de bonita figura.

¿En serio?

¡Sí! ella es muy insistente, me habla mucho y quiere decirte muchas cosas más.

¿En serio? ¿Cómo qué?

Ella dice que estarás bien, que crees que tus plegarias no son escuchadas pero lo hacen y te piden que no pierdas la fe. — la mujer con la que hablaba la joven médium se veía "Muy" sorprendida con la consulta.

¿Y tú a quién estás buscando contactar?— preguntaba ahora de manera directa a una señora mayor 65, al parecer madre de la anterior consultante.

A mi hermano menor, él murió muy joven.

Bien, parece que ya lo tengo aquí, sí, ya estamos conectados. — continuaba la serie mientras los muchachos la escuchaban y trabajaban a la vez.

Leo les miraba impresionado, si lo hubieran ensayado quizás no se vería tan bien como estaba, no había escándalo de ollas ni se escuchaban las clásicas preguntas con un "Y yo qué sé" o "Si siempre los haces revueltos para qué preguntas" como respuestas; abuelo y nieto se miraron un momento impresionados para luego el mayor de los quelonios interrumpir tan bello espectáculo con un.

¡Buenos días chicos!— los tres guerreros casi brincaron hasta el techo cuando escucharon su voz.

¡Bu… buenos días!— saludó primero Don.

¡Hola!— le siguió Mikey y Rafael solo dio un movimiento de cabeza.

¿En qué les ayudo?

Ya…— inició Don.

Terminamos. — finalizó Mikey.

Bueno. — aceptó el mayor tomando asiento en su lugar de siempre, prácticamente corriendo a Rafa que estaba cerca de ahí colocando los platos y vasos. — ¿Todo bien?— preguntó al sentir la timidez de todos.

¡Sí!— respondió el menor.

Sin problemas. — le siguió el genio.

¿Por qué no habría de estar todo bien?— finalizó el de rojo dejando más extrañado al ninja azul, pero antes de que pudiera hacer alguna otra pregunta, llegaron juntos el maestro Splinter y Abril.

¡Buenos días chicos!

¡Buenos días Abril!— respondieron los cuatro, tres de ellos más que felices de poder dar un giro total al ambiente que reinaba en la casa desde la mañana.

¡¿Cómo has estado?!— preguntó Leo.

¿Nos acompañas a desayunar?— le siguió Don.

¡Por supuesto! Incluso traje un postre. — mostró una caja blanca de cartón con letras en rosa de una conocida pastelería.

¡SIIIIIII!— celebraron los muchachos la llegada del pastel al tiempo que lo tomaban de las manos de la pelirroja y lo acomodaban al centro de la mesa.

¿Y a qué se debe tan agradable presente?— preguntó Leo mientras sus hermanos comenzaban a rebanar el pan.

¡Sí! ¿Qué celebramos?— preguntó Mikey cortando la primera rebanada.

Pues, celebramos una futura reconciliación. — todos la miraron extrañados.

¡ ¿Una reconciliación?!

¡¿De quién?!

De Casey y Rafael.

¡ ¿QUÉÉÉÉÉÉÉÉ?!

No entiendo.

¡Es simple!— se explicó la joven. — Ayer hablé con Casey por laaargo rato y estuvo de acuerdo conmigo en tener una charla con Rafael esta tarde en el taller y así poder limar asperezas y volver a nuestra vida normal.

¡¿Es en serio?!— pidió saber Don entregando a su amiga una rebanada del postre.

¡Sí!

¡¿Casey estuvo de acuerdo en tener un dialogo con Rafael?!— continuó preguntando el de morado.

Sí.

¡¿Así de fácil?!— preguntó ahora Leo.

¿Es difícil creerlo?— todos los presentes miraron con curiosidad a la chica. — ¡Ok, ya entendí! Fue una estúpida pregunta.

Dudo que se vayan a presentar. — declaró Don bajo la mirada asesina del de rojo.

¡Yo tambeng!— se sumó el menor con la boca llena de pastel.

Bueno…— comenzó a admitir la pelirroja picoteando su postre. — Es verdad que vengo hablando con él desde que empezó todo esto.

¿Hablando?— la volvió a interrogar el joven líder que la conocía muy bien. — ¿Sólo hablando?

¡Ok, está bien! Hemos estado discutiendo y al fin logré que aceptara hablar con Rafael para arreglar esto ¿Qué opinas?— preguntó al otro miembro de la futura conversación.

Creo que perdiste tú tiempo linda, no iré. — sentenció el rebelde comiendo su pan.

¡ ¿Por qué no?!— reclamó la mayoría.

¡Porque no quiero ir! ¡Yo no soy el que está equivocado, es él!

Pero es una buena oportunidad para reunirse y hablar. — opinó Leo con un considerable plato de cereal en lugar de un desayuno lleno de merengue.

Ya es hora de que todo vuelva a la normalidad. — apoyó Splinter a su primogénito y a la linda pelirroja con una taza de té en sus manos. — A pesar de sus cerradas ideas, el señor Jones no deja de ser familia.

¡¿Pero por qué tengo que ir yo a buscarlo?!— renegaba el menor.

¡Van a ser los dos al mismo tiempo!— señaló Abril al apasionado. — Y soy yo la que los está obligando, ninguno de los dos tuvo que dar su brazo a torcer; su hombría continuará intacta ya que ambos me están dando gusto de aparecer ¿Te parece mejor así?— puesto de esta manera ya no parecía tan malo, pensaba Rafael.

No estoy muy seguro.

¡Ya no pongas más pretextos!— exclamó Leo para sorpresa del de rojo. — Ambos son amigos desde hace años, no puedes dejar se acabe tan fácilmente. — Rafael le miró impactado.

¡¿Y me lo dices tú?!— todos le miraron intrigados. — ¡Fue a ti a quien rechazó! Y por consiguiente a todos los demás ¿Cómo es que quieres que vaya e intente que vuelva?

Porque todos merecen una segunda oportunidad. — Rafael quedó desarmado con esto último, pues él había obtenido una. — Así que te recomiendo que al menos te presentes y conversen.

Está bien. — aceptó el terco guerrero. — Dile que lo veré esta tarde. — pidió a su amiga completamente vencido. — Pero les advierto. — anunció. — Que si continua con sus tonterías y se vuelve a retirar, no voy a detenerlo ¿Entendido?

¡Sííí!— exclamaron los presentes dejando en claro que no lo molestarían si esto llegara a pasar.

¡Me alegra que lo vayas a intentar!— exclamó contenta la joven pelirroja. — Y… ¿Qué hay de nuevo? ¿Qué ven en la tele?

La basura paranormal de Mikey.

¡Oye!— el desayuno continuó.

Entre risas los muchachos comenzaron a compartir los últimos acontecimientos de la casa, los negocios personales de cada uno y obviamente el exitoso resultado del club de los hermanos la noche anterior; obvio, sin llegar a contar ninguna intimidad…por ahora; con una gran sonrisa Abril escuchaba interesada sobre el convivio en el tercer piso y lo mal que lo pasaron cuando tuvieron que salir solos. Antes de que el tiempo continuara corriendo, Splinter recordó a su segundo hijo que era hora de iniciar con sus deberes domésticos.

Rafael, anoche dejé la lista de la despensa y los cupones junto a la tostadora. — el susodicho miró a donde le señalaban. — No olvides usar también los vales que nos mandó Vaudoux-san, ya que estos expiran mañana ¿Entendiste?

¿Tengo que ir ahora?

Más tarde tienes clase conmigo y después quedaste en ir al taller a ver al señor Jones. — le recordó.

¡Demonios!

¡Vamos! Te acompaño. — dijo Leo poniéndose de pie y dejando su plato sucio en el lavabo.

¡¿Qué?! ¡¿Para qué?!

Quiero comprar algunas cosas.

¿Cosas? ¿Qué clase de cosas?

No lo sé aún. — todos lo miraron extrañados.

¿No tienes una lista hecha?— preguntó su padre a pesar de saber que su hijo no podía escribir ni una sola letra.

En realidad, no necesito comprar nada.

¿Entonces?— preguntó Don.

Es solo que…— trató de explicarse. — Siento que debo salir.

¿Sientes?— preguntó el menor. — ¿A qué? ¿Desde cuándo?

No lo sé, desde que me levanté he estado sintiendo la necesidad de hacer algo y creo que debo salir de casa.

¿A qué?— pidió saber Don.

No lo sé aún. — explicaba desconcertado mientras era observado por todos.

Y…— tomó la palabra Abril. — ¿Ya te había pasado antes?

Sí, con mi padrino, cuando viajamos. — todos parecían nerviosos ante esta respuesta.

¿Y qué pasaba?— quiso saber Mikey.

Me encontraba con personas en, situaciones difíciles.

¿Difíciles?

Sí, con problemas. — esto no gustó a nadie.

¿Y es necesario que salgas?— quiso saber Splinter claramente preocupado.

Yo, quiero hacerlo. — Leo lo pensó mejor. — Creo que debo hacerlo. — sonrió de manera relajada. — Nunca ha pasado nada malo, no se preocupen. — pidió y se retiró a buscar sus cosas para salir con su hermano.

Esperemos que sea cierto. — correspondió el padre la sonrisa de su hijo; pero cuando este se retiró, se dirigió al segundo al mando con seriedad. — Rafael. — el chico prestó atención. — No lo dejes solo en ningún momento ¿Entendiste?

No necesitas decírmelo.

Así llegues tarde con Casey. — le dijo ahora Abril. — Yo lo pondré al tanto.

Y no dejes de comunicarte. — pidió Don.

Iremos a donde sea si hace falta. — aseguró Mikey. — O mejor aún, si se presenta algo malo, lo traes de vuelta así se enfade con todos. — la familia se vio conforme con esto último.

De acuerdo. — sin más qué decir tomó la lista y los cupones, para luego salir tras Leonardo rumbo al centro comercial.

Ya con sus ropas listas y una mochila por parte del mayor, ambos hermanos comenzaron a viajar rumbo al centro comercial con una larga lista de cosas por adquirir y varios recortes dentro de una bolsa para ser canjeados. Mientras Rafa conducía, Leo echaba un vistazo a los encargos, a simple vista las palabras solo eran puntos y garabatos sin sentido alguno, pero si pasaba los dedos sobre la escritura y cerraba los ojos, podía entender mejor lo que estaba escrito. Aún le costaba unir las palabras, pero al menos leía y comprendía el texto.

Caff…— empezaba a leer con Rafael prestando atención. — Fé, café. — repitió cuando al final comprendió. — ¿Café? ¿No habías comprado hace poco?

Dos latas grandes, pero parece que Donnie se baña en esa cosa en lugar de tomarla. — esto no gustó a Leo.

Hablaré con él cuando regresemos. — Rafa sonrió ante esta vieja y entrañable costumbre de su hermano. — No está bien que tome tanto.

Suerte con eso. Por cierto ¿Cómo vas con la lectura?

Pues…— eso parecía evidente. — Papá me ha estado ayudando.

¿En serio?

Sí, a veces yo le ayudo con sus vasijas y él a mí con la lectura. — el de rojo sonrió ante esta imagen.

Me alegra que su relación esté cada día mejorando. — compartió con sinceridad. — ¿Le dirás lo que nos dijiste anoche?— Leo le miró. — Lo de Usagi.

No lo sé, supongo.

¿Temes que no lo acepte?— el de azul lo pensó un momento.

No lo sé. — no quiso continuar.

Y…— preguntó el conductor sobre el mismo tema. — ¿Sí fue cierto?— Leo no comprendió.

¿Qué?

Eso…— al fin se atrevió a retomar el tema él solo. — El que hayas tenido, ya sabes, con Usagi. — Leo comprendió. — ¿Fue en serio?

Claro que fue en serio ¿Por qué me lo preguntas?

Porque… ¡No lo puedo creer! Yo. — Leo sonrió divertido. — No te veo así.

¿Así cómo?

¡Así!— exclamó el de rojo. — ¡Sobre el sexo! qué seas más experimentado que yo ¡No lo creo! Digo...— Leo empezó a reír. — Yo tengo más tiempo que tú viendo vídeos y revistas porno. — comenzó a enumerar el atrevido quelonio. — Yo tengo más tiempo manejando el tema con los muchachos e incluso con Casey Jones, todos sabemos más de sexo que tú que siempre estuviste entrenando en el dojo y ahora resulta ¡Que ya no eres virgen!— el primogénito no pudo evitar reír a carcajadas. — ¡¿Cómo es eso posible?!

Pues ¿Qué te puedo decir? Fui muy afortunado. — este comentario horrorizó al conductor.

¡¿Afortunado?! ¡No hablas en serio ¿Verdad?!

¿No te parece?

¿Cómo puedes decir que fuiste muy afortunado, cuando según tú historia ese sujeto fue quien te…te…?

¿Según mi historia?— Rafa no quiso quedarse a discutir ese punto.

¡¿Cómo puedes estar tan contento si nos dijiste que ese tipo te…te…?!

¿Penetró?

¡No digas eso!— Leo se vio entretenido con el miedo del otro. — ¡¿Cómo puedes estar tan feliz?!

¡¿Y por qué no habría de estarlo?! ¡Me salí con la mía en un momento de mi vida en la que jamás imaginé siquiera llegar a probar un solo beso!— por ese lado tenía razón, admitió Rafael, pero…

¿En serio lo hiciste?

¡¿Y volvemos a lo mismo?!

¡Es que no me lo puedo creer!— exclamaba el de rojo. — ¿En serio lo hiciste?

¡Claro que lo hice! ¿Cómo esperas que te lo demuestre?— el ninja rojo se encogió de hombros en señal de tampoco saberlo.

Algo se me ocurrirá, tenlo por seguro. — Leo sonrío con picardía.

Eso lo dudo, no tienes tanta imaginación. — ante esta respuesta, Rafa solo chasqueó los dientes en señal de rechazo.

En cambio yo. — Rafa prestó atención. — Tengo ideas de sobra. — expresó insinuante logrando que un extraño escalofrío corriera por el cuerpo de Rafael al escucharlo; esta sensación lo fue recorriendo desde la cabeza hasta su parte más íntima y fue a morir a sus pies. No supo o no quiso saber exactamente qué fue lo que quiso decir su hermano, pues el tono sugerente que usó y la media sonrisa que adornaba sus labios al final lo pusieron nervioso.

Al fin llegaron al supermercado, un lugar no muy grande como esas cadenas más populares, pero sí bien acondicionado para cubrir todas sus necesidades. Rafael estacionó la camioneta frente a una pared, al costado izquierdo del negocio si lo llegas a mirar de frente; vistiendo pantalones de mezclilla, chamarras, gorras y bufandas de sus respectivos colores para cubrir sus identidades, ambos hermanos bajaron en busca de suministros.

La tarea asignada se fue llevando de manera tranquila por ambos guerreros; gracias a la ayuda de su abuelo y la compañía de sus amigas, Leo pudo encontrar varias de las cosas anotadas en la lista, desgraciadamente para el segundo al mando, el que su hermano mayor charlara con estas "Personas" le daba una apariencia de loco a los ojos de los demás, pues se la pasaba hablando solo y francamente lo estaba molestando.

Leo. — le llamó la atención desde la entrada al pasillo donde este se encontraba buscando mermelada. — ¡Leo!— este miraba las jaleas a mitad del andén.

¿Cuál se supone que es la que se canjea con los cupones?— preguntó el guerrero de azul a sus acompañantes.

La que dice que es receta de la abuela en la etiqueta. — señaló amablemente Chris a un lado del chico.

¿Esta?— preguntó a su izquierda, donde obviamente no había nadie.

Leo. — al fin llegó Rafa a su lado.

¿Mmm?

No hables solo. — pidió el de rojo.

¡No estoy solo!— le recordó el primogénito, pero.

¡Eso sólo tú lo sabes!— el ninja azul retiró la vista de los frascos de mermelada para percatarse de las miradas curiosas que la mayoría le estaban lanzando.

¡Aaahh! ya entiendo. — ya con el punto aclarado, Rafa tomó los frascos permitidos por sus cupones y volvió al carrito.

¿Acaso le molesta que hables con nosotras?— preguntó Latoya mirando de manera rencorosa al impulsivo quelonio mientras avanzaba por el pasillo.

Solo me está cuidando. — aclaró el primogénito al tiempo que sacaba sus audífonos para simular que hablaba por el manos libres del celular.

Sigo sin perdonarle lo que te hizo. — compartió Khan con su amo y sus amigas. — Aún siento que necesita un buen escarmiento. — las chicas apoyaban esto último, pero Leo les recordó.

Está prohibido.

¿Ni un pequeño susto?

Ni un miserable "Bu". — todas guardaron silencio, pues no iban a convencerlo.

¡Ni hablar!— exclamó Madeleine resignada, para después ponerse seria. — Chicas ¿Sienten eso? mejor tomamos nuestras posiciones.

¡Sí!— exclamaron las demás para luego separarse, cuatro de las guardianas se posaron en los puntos cardinales, a cinco o seis metros de distancia de Leo creando una especie de barrera protectora a su alrededor, mientras su abuelo y Madeleine se quedaban a sus espaldas.

Es una energía oscura. — compartió Yoshi con la joven herramienta. — Y se está acercando.

Está dentro del mismo edificio. — opinó Mad. — Pero no debería estar aquí con nosotras, no entiendo.

Quizás no sea una entidad. — les compartió Leo mirando a todos lados en busca de alguna sombra o criatura oscura que huyera de la presencia de sus guardianas, pero nada, hasta que una mujer mayor de edad, vestida con un vestido café con flores amarillas, medias largas negras, zapatos de piso de tela negros y al menos dos suéteres puestos, ambos tejidos avanzó lentamente rumbo al área de cajas, apoyada de una jovencita que la iba cuidando.

Ahí está. — señaló el japonés. Todos prestaron atención a esta persona, la mujer tenía la piel muy pálida casi gris, el cabello seco y pegado al cráneo sin vida; de sus ojos y boca brotaba una especie de baba negra a modo de lágrimas o saliva y su temperatura a pesar de la distancia se podía percibía muy baja; caminaba con mucha dificultad y en sus manos llevaba una veladora.

Parece un cadáver. — opinó Mad mirando a la mujer que con paso lento y cansado iba rumbo a la caja registradora en compañía de su nieta, quien no parecía enferma, pero sí agotada.

Pronto lo estará si no recibe ayuda. — señaló Leo comenzando a seguir a las mujeres para estudiar mejor a la señora, pero un carrito de supermercado impidió que siguiera avanzando; uno llevado por su hermano.

Bien, creo que ya llevamos todo lo que hay en este pasillo. — anunció Rafa mirando la lista, completamente ajeno a lo que estaba ocurriendo. — Ahora vamos a los refrigeradores por leche y... ¿Exactamente qué quisiste decir en la camioneta?— cambió el tema por completo, pero no le hicieron caso.

¿Dónde está la señora?— preguntaba y buscaba al mismo tiempo.

¿Quién?

¡La señora y su nieta!

¿Qué señora?— dejando a su pequeño hermano de lado un momento, Leo salió del pasillo para tratar de encontrar a las mujeres sin éxito alguno.

¿Dónde están?

Acaban de salir. — informó Khan a su amo.

Ya van por el estacionamiento. — agregó Evelyn.

Bien, síganlas y vean dónde viven. — señaló a las dos chicas, las cuales de inmediato obedecieron y desaparecieron.

¿Qué sucede?— preguntó Rafael extrañado de verlo dar órdenes al vacío.

Había una mujer enferma o algo así. — explicaba el mayor mirando por donde se fueron sus amigas. — Tenía una energía que la estaba dañando y…

¿Y…? ¿Qué es lo que pretendes hacer con ella? ¡Tú no eres médico! ¿Para qué la quieres ver?

Es que…— lo pensó un momento. — No creo que sea una enfermedad física. — esto alteró al segundo.

Cómo que, ¿te refieres a…?— una de esas cosas paranormales, ambos lo sabían sin siquiera mencionarlo. — ¡No puede ser!

Parece que por eso tenía que salir de casa. — Rafa no se vio contento.

Genial, vámonos a casa.

¡¿Estás loco?!

No ¡Tú eres el que está loco si crees que voy a permitir que veas a esa persona!

¡Pero necesita ayuda!

Pues les damos la dirección de tú padrino y listo, volvemos a casa. — dicho esto, Rafael dejó de lado los carritos de compras, tomó a su hermano del brazo y comenzó a avanzar rumbo a la salida. — Llamaré a los chicos para decirles que…

¡Espera un momento! ¡No podemos irnos a casa! ¿Qué hay de las compras? ¿Y de la señora? ¡Hay que ayudarla!

Por las compras podemos venir más tarde Donnie y yo; y de la señora. — Leo le escuchó con atención. — Les damos la dirección de tu padrino para que les ayude y…— esto no parecía convencer al primogénito.- Quieres hacerlo tú ¿Verdad?

Para eso estoy estudiando. — el de rojo se veía confundido, pues no sabía si debía apoyarlo en esta loca aventura o regresarlo a la guarida sin escuchar pretexto alguno; pero había algo que le impedía ignorar el caso.

Si te ayudo…— comenzó a negociar. — ¿Prometes pedir ayuda a tu padrino si todo se pone feo?

Lo prometo. — el segundo lo seguía pensando, hasta que agregó.

Y me aclaras también lo que me quisiste decir en la camioneta ¿De acuerdo?— Leo sonrió divertido.

Es muy simple en verdad, pero está bien. — ya estando de acuerdo con todos los términos, llevaron con dificultad al menos cuatro carritos llenos de mercancía a la caja registradora, tuvieron que esperar a que la cajera registrara cada cupón y por fin a la camioneta; en el camino, empujando dos carritos llenos, uno al lado del otro, Rafael empezó a preguntar todos los detalles sobre la siguiente misión a cumplir.

Y exactamente ¿Qué es lo que vamos a hacer?— Leo le seguía de cerca llevando los otros dos de la misma manera, pero a diferencia del menor, él podía hacer que se fueran derecho y sin problemas gracias a sus habilidades.

¿A qué te refieres?

¡¿Cómo que a qué?!— llegó el de rojo junto a la camioneta golpeando el costado de la misma con uno de los cochecitos. — ¿Solo piensas llegar ante esa señora y recitarle un conjuro o vas a hablar con sus familiares o qué?— Leo lo meditó un momento. — ¿Qué es lo que piensas hacer?

Pues…— era obvio que no lo había pensado bien. — Cuando la señora estaba en la tienda, todos pudimos sentir su energía.

¿Todos? ¿Te refieres a…?

Sí, a las chicas, el abuelo y yo. — la cara que puso el segundo dejaba en claro que no le gustó ser excluido, pero no había de otra. — Su presencia era, ella despedía un olor fétido. — explicó extrañando a su hermano. — Su energía era enferma, cuando se acercó al pasillo sentí mucho frío y mucha pesadez.

¿Y cómo piensas ayudarla?

Lo que sea que esté dañando a esa mujer quizás también esté afectando a su familia, podríamos hablar con ellos y ofrecerles un tratamiento. — esto hizo gracia a Rafael.

Un tratamiento ¿Eh? Como si fueras un médico.

Digamos que uno espiritual.

Luego de esto se hizo el silencio y empezaron a guardar sus compras. Rafael francamente no quería llevar a Leonardo a donde esta mujer estuviera; bueno, la verdad era que tampoco él quería tener nada que ver con algún problema espectral, pero…como sobreviviente de un espeluznante suceso paranormal, no podía ser indiferente a las necesidades de otros en semejante situación.

Luego de formar en fila los carritos y dejarlos a un lado, el quelonio de rojo tomó asiento frente al volante y vio muy serio a su hermano en la parte trasera de la camioneta, parecía estar escuchando indicaciones.

¿Qué sucede?

Ya la encontraron.

¡AAYY ¿POR QUÉ NOS METEMOS EN ESTOS LÍOS?!— exclamó el ninja rojo al cielo para luego preguntar. — Bien ¿A dónde vamos?

Empieza a conducir, ahora te digo. — ordenó el mayor para luego comenzar a concentrarse.

¿Qué haces?

Hago una oración para nuestra protección.

Súper. — "Celebró" el conductor encendiendo el auto y comenzando a salir del estacionamiento. Leo informó.

Evelyn dijo que entraron en uno de los restaurantes que está cruzando la calle. — Rafa miró a dónde estaba el área de comida, una zona parecida al supermercado con un gran estacionamiento y varios locales formando una media luna. — Busca un restaurante que se llama "¡Ay Jalisco…!"

¡¿Ahí Halizco?! ¿Dónde? Ahí hay como siete establecimientos.

Es ¡Ay, Jalisco! Y es el último de la línea. — el primogénito miró los negocios luego de que su hermano llevara el coche hasta el lugar. — ¡Ese de allá!— señaló para luego sacar algo de su mochila.

Mientras Leo hacía algo en las paredes del vehículo, el ninja rojo llegó a donde señalaron, un establecimiento bastante modesto y gris comparado con todos los que estaban cerca de él y en especial el primero de la fila, el cual tenía temática latina y lucía obscenamente alegre, con música de mariachi en vivo y muchos adornos en colores rojos, verdes y blancos tanto dentro como fuera del negocio.

Ya llegamos. — dijo apagando la camioneta frente a lo que parecía también un restaurante mexicano. — ¿Qué estás haciendo?

Dibujo algunas protecciones para el auto.

Eso suena bien ¿Y nosotros?

Ya estoy en ello. — luego de susurrar una pequeña oración sus acompañantes espirituales salieron de inmediato a recorrer el negocio completo y limpiarlo de cualquier entidad que pudiera lastimar a su amo y acompañantes. Su entrada al lugar fue como una fuerte ráfaga de viento que sacó de su lugar a más de una cosa dentro del edificio.

¡Listo!— informó Yoshi a su nieto. — Ya pueden entrar. — Leo agradeció con una inclinación de cabeza.

¡Vamos!— llamó a Rafael arreglando su "Disfraz". — A menos que quieras quedarte. — el de rojo de inmediato arregló su bufanda, la gorra y salió por la puerta del chofer dejando muy en claro cuál era su decisión.

Listos para lo que fuera, ambos hermanos se acercaron a la entrada del negocio, el cual estaba vacío de clientes y prácticamente también de empleados, el lugar parecía estar vacío. El restaurante como el antes mencionado era enorme, tenía al menos unas 25 o 45 mesas que en sus buenos tiempos debieron estar todas llenas. La decoración ya no estaba, había algunas plantas prácticamente muertas y la luz era tan escasa que hacía ver todo gris; lo único bueno a su favor hasta ahora, era que la temperatura era agradable, pero no gracias a la calefacción, si no a la visita de los guardianes de Leonardo.

Nuestros amigos entraron al local mirando a todos lados, el de azul en busca de los dueños y el segundo tratando de atrapar alguna cosa escalofriante que los estuviera observando en algún rincón; a pesar de no poder verlos en realidad. De pronto unas voces llegaron hasta a ellos desde la parte trasera de la cocina, la joven de la tienda con unos 20 años de edad, cabello negro largo agarrado en una cola de caballo, blusa blanca, pantalones de mezclilla y mandil blanco explicaba a un hombre de al menos unos 48 años de edad, cabello corto lacio y negro con canas, camisa deportiva azul rey y pantalón negro lo que había estado escuchando.

¡Te digo que la puerta se abrió de golpe!— volvía a explicar la mesera al dueño del restaurante. — ¡Yo la cerré con llave y de pronto…!— la chica guardó silencio al ver que tenían clientes. — Ah…— ante la sorpresa de la chica su acompañante se giró de manera violenta para enfrentarse a lo que la había hecho callar, pero al ver que eran comensales su semblante cambió a uno más gentil.

¡Ah! Bien… bienvenidos eh…— saludó aturdido. — ¿Mesa para dos?— preguntó ya más concentrado. — ¿O prefieren para llevar?— ambos hermanos se vieron un momento antes de contestar.

Eh…yo…— empezó Rafa sin saber qué decir exactamente, luego miró a Leonardo.

No vinimos a comer. — empezó el primogénito extrañando a quienes los atendían.

¿Entonces?— preguntó a la defensiva el dueño del negocio.

Mi nombre es Leonardo y él es mi hermano Rafael. — inició. — Estábamos en el supermercado cuando vimos a una señora vestida de café que estaba enferma, me dijeron que estaba aquí y vinimos a ayudarla. — terminó dejando a los encargados del negocio totalmente confundidos.

¿Cómo?— preguntó el caballero. — ¿Quién le dijo…son médicos?

No. — respondió el ninja rojo.

¿Entonces…?— pidió saber la joven mesera. — ¿De qué quieren ayudar a mi abuela?— Leo tomó la palabra.

Sé que esto sonará raro, pero…soy un aprendiz de houngans. — los restauranteros parecían no comprender. — Aprendo vudú. — explicó y el miedo se apoderó de ambos.

¡Aahh no!— exclamó el hombre como si le hubieran dicho que eran satanistas.

¡Mejor váyanse de aquí! — pidió la chica "Amablemente" pero Leo continuó.

Yo vi a la señora en la tienda y sentí que estaba siendo afectada por una entidad oscura. — se explicaba con toda sinceridad, aunque parecía que sus palabras más que ayudar, estaban aterrando a sus interlocutores. — Así que…— al saber ya por dónde iba el asunto, el dueño del negocio arremetió furioso contra su hija.

¿Hablaste con estos sujetos?

No.

¡¿Cuándo les pediste ayuda?!

¡No lo hice!

¡¿Entonces quién?! ¡No creo que haya sido tu abuela ¿O sí?! Ella no puede hablar.

¡No lo sé! ¡Yo no hablé con nadie!— se defendió. — ¡Ni ella! ¡Yo solo la acompañé al mercado, es todo!— al ver el escándalo que Leo armó, Rafael trató de interceder contando su experiencia como un sobreviviente.

Mire. — inició, mientras su hermano miraba a un lado del restaurantero. — Sé que…— lamentablemente no llegó muy lejos.

¡Fuera de aquí!

¡¿Qué?!

Lo que ustedes quieren es sacarnos el dinero con limpias milagrosas para el mal de ojo que nos echaron y quién sabe qué más pendejadas van a inventar pero no va a suceder, porque no les vamos a permitir que…

Su nombre es José Luis Martínez y ella es Luz María, su hija mayor, está divorciado porque su esposa no soportó todos los descalabros que han sufrido a causa del ente que les enviaron hace un año y la única que le acompaña es ella y su madre, Rosario, ese es su nombre ¿Verdad?— interrumpió el primogénito al dueño del negocio, el cual, junto a los otros dos oyentes se quedó boquiabierto.

¿Qué…?

¿Cómo…?— quiso saber la chica, cuando tranquilamente Leo reveló.

Su abuelo paterno me está diciendo todo. — tanto la mesera como el dueño del negocio de los cuales ahora sabemos sus nombres, se miraron aterrados y más pálidos que la cera misma, pues no sabían exactamente si estaban de pie frente a un verdadero espiritista o ante un minucioso estafador; y francamente no tenían idea de a cuál de los dos debían tener más miedo.

Cómo, ¿Cómo que mi papá? No, no entiendo. — el aprendiz de houngans sin problema alguno continuó.

Es un hombre mayor de piel morena y canas en el cabello y la barba corta pegada a la piel, tiene mucho estómago y es como de mi estatura. — ambos, padre e hija estaban temblando al ir reconociendo la descripción. — Me dice que su nombre es Juan José, que su madre se llamaba Margarita y le decían doña Mago. — la chica cubrió su boca para evitar soltar una especie de chillido. — Dice que ella falleció antes que él de manera natural a los 98 años acostada en su cama y que a usted le habría gustado fuera igual con él. — para este punto tanto José Luis como Luz María que estaba a su lado comenzaron a llorar.

¡Ay por dios!— susurró la joven con las manos cubriendo sus labios y varias lágrimas corriendo por sus mejillas. — ¡Ay papá!— el hombre tomó la palabra.

¿Cómo saben, eso?

Mi hermano, él, puede hablar con ellos. — dijo "Ellos" Rafael para no sonar teatral al decir "Muertos". — Ahora ¿Van a atendernos?— preguntó haciendo que ambos familiares se miraran uno al otro en espera de su opinión.

Si lo prefieren espero que Don Juanjo me lo cuente todo. — sugirió Leo, asombrando más a los ahora clientes, pues esa era la manera en la que acostumbraban llamar al abuelo; por lo que sin objeción alguna aceptaron cooperar. Señalando la mesa más cerca del grupo, los cuatro tomaron asiento y empezaron a compartir.

¿Quieren darme sus abrigos?— preguntó la chica con más amabilidad, pero.

No gracias.

Así estamos bien.

Bueno. — empezó el dueño del negocio a compartir. — Yo fui el primero que se vino desde Guadalajara hace ya 25 años porque no nos estaba yendo bien en la familia; mi padre Juanjo era chofer de microbuses y mi madre Rosario vendía cena en la entrada de la casa; con una mesa y un anafre mi jefa trabajaba y gracias al cielo le llegaba gente.

Ella sí que sabía cocinar. — aportó la chica orgullosa.

Como pudieron mis viejos sacaron adelante a sus cuatro hijos, no pudieron mandarnos a una universidad cara, pero sin comer y sin estudios no nos dejaron. — contaba orgulloso. — Un día un amigo me dijo que se venía pa' los estados unidos con un tío a trabajar y me animé a irme con ellos, no le gustó a mi má pero yo ya estaba decidido.

Al llegar empecé a trabajar haciendo de todo, desde la limpieza hasta de cocinero, así viaje de california a nuevo México y de ahí hasta acá, a Nueva York. Obviamente jamás dejé de enviar dinero a mi familia y poco a poco me hice de algunas cositas; me establecí, renté un apartamento y me compré un coche no muy moderno pero jalador. Luego de dos años me llamaron mis hermanas pa' decirme que mi pá había tenido un accidente en el micro y que se había lastimado la espalda, nada serio pero no quise que siguiera manejando y me los traje a conocer la gran manzana. — recordaba con cariño, un sentimiento que hizo sonreír a nuestros amigos al imaginarse lo anterior.

Ya conmigo y acomodados en un apartamentito de dos cuartos, empezamos los tres a trabajar y a mandar algunos dólares de vez en cuando a mí hermano mayor Santiago y mis hermanas Tomasa y Teresa que se quedaron en México con sus propias familias. — para este momento Luz ofreció unas bebidas a los "Brujos".

Un día mis viejos me propusieron rentar un localito para volver a vender comida, yo la verdad no sabía si hacerles caso pero jamás pude negarles algo e invertí en su visión de hacer un pequeño restaurante; y nos fue muy bien, el primer año pudimos hacernos de una casita propia. — con ambas manos hizo ademan de ser algo pequeño. — Luego le fuimos construyendo más cuartitos y así hasta que le pusimos tres pisos, compramos este terreno y construimos el restaurante y también conseguimos nacionalizarnos. — los muchachos no pudieron evitar mirar a todos lados, en verdad el lugar era grande y bien acondicionado, en sus mejores tiempos debió lucir imponente.

¿Y cuándo empezó a irles mal?— quiso saber Rafael, padre e hija se miraron un momento antes de responderle.

Todo comenzó por culpa de mi hermano Santiago. — reveló con rabia José. — Él siempre fue un cabrón. — admitió para sorpresa de los chicos. — Siempre fue ambicioso, egoísta, envidioso, un verdadero hijo de…— se detuvo ya que la madre del susodicho también era la suya. — Él trabajaba como chofer de una línea de autobuses, viajaba de ciudad en ciudad y en uno de tantos viajes conoció a una mujer llamada Amelia, la cual ya venía con dos mocosos y luego le dio otros tres. A nadie en la casa le gustaba esa señora, porque además de ser unos diez años mayor que él, decían también que era bruja, que tenía familia en Catemaco y que sabía hacer no sé qué porquerías...sin ofender. — se dirigió a Leonardo, quien con una risita dejó en claro que no se había ofendido.

Como acá nos iba bien y él perdió la chamba (El trabajo) por manejar tomado, empezó a llamar a cada rato para pedir dinero, hasta que mi apá y yo le dijimos que mejor se viniera a trabajar, él aceptó y le mandamos pal' pasaje. Mi hermana Teresa no estaba de acuerdo con eso pero mis padres le dijeron que no iban a dejar a uno de sus hijos desamparado y así llegó mi hermano con todo y vieja ¿Cómo le hizo pa' traerla? No sabemos, pero llegaron solo a darnos problemas.

¿No querían trabajar?— preguntó Rafael interesado.

No en el puesto en el que queríamos que empezaran; ellos llegaron pensando que serían amos y señores, que llegarían a trabajar a la hora que se les viniera en gana, empezaron a maltratar a los empleados, a los clientes, los quisimos poner en el puesto de meseros y no les gustó; les enojó que no fueran parte del manejo del negocio, eso era cosa de mis viejos, mi esposa en ese entonces y yo; discutíamos todas las noches hasta que de plano les dijimos que "Ya les habíamos ayudado a cruzar, ahora busquen por otro lado". — el hombre se veía arrepentido.

Ahí comenzó todo a salir mal. — continuó Luz ya que su padre se veía muy afectado para continuar. — A los seis meses que llegaron mis tíos mi abuelito se enfermó. Empezó con un fuerte dolor en el estómago y luego la espalda, lo llevaron al doctor y le dijeron que era cáncer estomacal en una fase muy avanzada. — padre e hija tenían un nudo en la garganta.

Mi pobre viejito sufrió mucho. — continuó el señor. — Ninguna medicina le calmaba el dolor y tenía horribles pesadillas, decía que un enorme bulto negro se le aparecía todas las noches y le clavaba unas largas uñas en la panza. — explicaba José con la voz quebrada y el rostro cubierto de lágrimas a pesar de haberlas limpiado varias veces. — Cuando le ayudaba a bañarse, le llegué a ver varios arañazos pero, creía que se los hacía él porque le dolía el estómago; muchos me han dicho que esa enfermedad es como un fuego que te quema por dentro y, pues… — el hombre no pudo seguir.

Con mi abuelo enfermo y todos cuidándolo, mi tío Santiago entró directo a manejar el negocio. Él y su esposa se dedicaron a administrarlo. — Rafa los miró sorprendido.

¡Se salió con la suya el desgraciado!— ambos le dieron la razón.

Yo no tenía cabeza para hacer cuentas. — continuó José. — Apenas si nos separábamos de mi apá, mi esposa decía que cada vez que los buscaba para pedirles cuentas le sacaban la vuelta, si les pedía recibos o las ventas, le decían que ya habían hablado conmigo o con mi madre, no la dejaban ver los libros administrativos y que ya ni los meseros y los cocineros estaban a gusto porque les trataban a gritos y veían cómo se gastaban lo que debía ser para los comestibles en otras cosas. — ambos hermanos estaban impresionados.

¿Y no cuidaban del señor?

Lo visitaban, se quedaban un rato, pero hasta ahí; nada de ayudar con su limpieza o los medicamentos. — explicó la joven.

Ya para diciembre, mi viejito se nos murió. — continuó el actual dueño. — Cuando ya me sentí más dispuesto le fui a pedir cuentas a Santiago, quería que me dijera por qué el negocio se estaba viniendo abajo, por qué dos de mis mejores cocineros y cuatro meseros se habían ido disgustados al no haber recibido sus salarios en dos meses y se quejaban de haber sido maltratados por él y su esposa, Luz me decía que en la internet la clientela se quejaba por el trato al cliente y que la comida sabía mal.

¿Y qué le dijeron?

Los dos le echaron la culpa a todo mundo, discutimos y los corrí; luego me enteré que ya tenían casa de tres pisos y doble cochera con camioneta del año, que habían mandado traer a sus hijos y un sobrino de Amelia desde México y que pondrían un negocio; todo con nuestro dinero. Obvio los fui a buscar y exigí me devolvieran todo lo que habían gastado, y con cara dura Santiago y el sobrino se me vinieron a los golpes, me dijeron que no nos debían nada y me gritaron que ahí le parara o me iría muy mal.

¡No lo puedo creer!— expresó Rafael con ganas de ir a partirle la cara al susodicho. — ¡¿Y no hizo nada?!

¡Cómo crees! No iba a dejar que me robaran y se fueran tan gusto; no podía demandarles por falta de pruebas, así que les iba a mandar a la migra si no me devolvían mi dinero, les di una fecha para que me regresaran todo y de inmediato nos llamaron para negociar.

¿Y…?

Nos llamaron al restaurante de enfrente. — señalaron hacía afuera, el otro local lleno de vida.

¡¿Los desgraciados se colocaron frente a ustedes?!— gritó Rafael furioso.

Los muy infelices. — respondió Luz.

El día de la cita fuimos mi amá y yo. — continuó José. — De inmediato nos atendieron con exagerada amabilidad y nos sirvieron de comer. — esto no gustó a Leo. — Se disculparon sobre el dinero y dijeron que nos pagarían todo, que como familia debíamos ayudarnos y una sarta de pendejadas. — agregaba disgustado. — Yo sabía que nos estaban viendo la cara, pero mi jefa me pidió que les diera la oportunidad.

Al fin madre. — opinó Leo. — Y fue desde ese día que ella se puso mal.

Sí. — continuó la chica. — Y fue igual a como le pasó a mi abuelito, pero en lugar del estómago, a ella le diagnosticaron cáncer cerebral. — empezó a quebrarse su voz. — Dicen que está muy avanzada y que ya no se puede hacer nada por ella, además...— se detuvo un momento para tratar de contener los sollozos. — El bulto que decía mi abuelito que veía, no solo ella lo ve también; ahora hasta nosotros lo hemos visto.

¡¿Es en serio?!— pidió saber Rafael.

Es una cosa más alta que yo. — describía José. — Robusta, como si fuera un basquetbolista calvo de ojos blancos y con la cara derretida.

Lleno de arrugas o como surcos. — ayudaba su hija. — No lo sé, es espeluznante y hiede. — trataba de describirlo. — Como si se estuviera pudriendo en nuestro pasillo.

¿En su casa?—

La chica dijo sí a Rafa con un entusiasta movimiento de cabeza.

Trae las uñas largas y tiene la boca llena de colmillos muy delgados, como piraña. — continuó el padre. — Siempre que mi viejita grita es porque esa cosa ya la anda rondando y la ataca. — inevitablemente el hombre se puso a temblar. — Nosotros también tenemos arañones en las piernas y la espalda, ya no hallamos cómo deshacernos de esas cosas.

¿De esas cosas?— pidió saber el de rojo. — ¿Son más de uno?

Me refiero a todo lo que pasa en la casa y en el local. — señaló a su alrededor el restaurantero. — Las mesas y sillas se mueven aquí y en la casa, la silueta de una sombra o de plano toda la imagen de un hombre vestido de negro se aparece en el baño de las mujeres, unas dicen que sale de las paredes o que lo han visto en el espejo parado atrás de ellas; ha encerrado a los clientes en el baño y a los empleados en el refrigerador; más de una vez hemos tenido que ir a forzar las puertas para sacarlos ya casi histéricos, porque decían que estaba todo oscuro adentro y que había alguien con ellos hablándoles y lastimándolos.

Ya nos han amenazado con golpearnos. — informó Luz. — A veces logramos evitar los problemas regalando la comida, pero en otras ocasiones...— obviamente habían tenido que dar dinero para salir bien librados.

Y en la casa es peor. — continuó el señor. — Nos encierran en los cuartos, la comida se echa a perder muy rápido, araña paredes y techos. — Rafael no pudo evitar sentir que vivía un dèjá vu, pues con cada palabra se sentía cada vez más identificado con el sufrimiento de estas personas.

¿Han hecho algo para arreglar el problema?— preguntó el segundo al mando, llevando prácticamente las riendas de la entrevista.

Fuimos a la iglesia a la que iba mi jefa cada domingo a pedirle al cura que limpiara la casa, pero no sirvió de nada; m'ija estuvo investigando en la internet. — más puntos de comparación. — Y llamó a unos supuestos videntes y curanderos que nos vendieron un montón de hierbas y amuletos para que hiciéramos unas limpiezas y nada.

También llamamos al programa de los chavos que se dedican a investigar estas cosas y solo nos querían sacar más dinero. — informó la joven sorprendiendo a Rafael.

¿Llamaron a los de Juventud paranormal?— pidió saber curioso y divertido el quelonio. la respuesta de la familia fue de burla y molestia hacía los antes mencionados.

¡Pinche bola de desgraciados!— expresó el padre disgustado. — Vinieron con una larga lista de precios en la que incluía el quedarse con todos los derechos del material que grabaran si aparecíamos en televisión.

¡¿Es en serio?!

¡Sí!— continuó la chica. — La sola investigación tenía un precio, si el caso era digamos "Simple" había un costo para resolverlo y si era en verdad interesante como para aparecer en televisión nos hacían un contrato donde renunciábamos a ciertos derechos sobre el material que grabarían en nuestra casa y además pagaríamos digamos una cuota por las investigaciones. — Rafa rió impresionado.

¡No lo puedo creer! Y Mikey que cree que esos sujetos son honestos.

Y… ¿Ustedes tienen un programa también?— quiso saber la muchacha llamando la atención de ambos.

¿Nosotros?— preguntó Leo.

¡No!

Entonces ¿Por qué nos siguieron? Y ¿Cómo supieron que mi abuelita necesitaba ayuda?— Rafael señaló a su hermano mayor.

Todo fue cosa de él. — confesó. — Yo la verdad…ni quería venir. — ambos restauranteros le miraron sorprendidos.

Y ahora ¿Qué sigue?— quiso saber el señor. — Ya les contamos todo ¿Ahora qué quieren hacer?

Lo primero es hacer una limpia para sacar lo que la está envenenando. — esto dejó asombrados a los familiares de la mujer.

Se lo dieron en la comida ¿Verdad?— preguntó la muchacha recibiendo una respuesta afirmativa por parte del ninja azul. — ¡Ya ves! ¡Te lo dije! ¡Fue esa desgraciada la que le hizo esto!

¡Pinche vieja hija de puta!— exclamó furioso José. — ¡Estos cabrones de lo más campantes mientras nosotros…!— no pudo continuar debido a su frustración.

No puedo creer que tío Santiago haya permitido esto. — compartía Luz incrédula. — ¡A sus propios padres!

¡Ese…hijo de su…! Siempre fue una víbora el cabrón.

¿Pero a ese grado?— preguntó Rafael sin poder obtener respuesta, pues Leo interrumpió.

Tranquilícense ahora. — pidió el de azul poniéndose de pie. — Y mejor empecemos con la limpieza, ya se hace tarde.

¿Y cómo hacemos eso?— preguntó Rafael, consiguiendo con su pregunta que la atención de todos se posara sobre su hermano.

Me encantaría poder llevarla a la casa de mi padrino, pero él estará fuera con el profesor y llegará hasta la noche.

¿Entonces?

Lo haremos aquí, en el patio; así que necesitaremos agua caliente para el baño del final, algunas cosas ya las tengo conmigo y…— empezaba a formular la lista el primogénito, cuando José preguntó.

Sí, pero… ¿Cuánto nos van a cobrar por esto?— pedía saber preocupado. — Porque yo la verdad, no les puedo pagar hoy, no todo. — negociaba, cuando Rafael aseguró.

Nadie le está cobrando nada. — luego lo pensó un momento y miró a su hermano mayor. — ¿O sí?

Claro que no, lo único que nos interesa es ayudarla.

Pero…— tomó la palabra Luz María. — Han de cobrar algo ¿No? Todos los que vimos antes querían algo.

Yo no, ya que ustedes no vinieron a consultarme, fui yo el que los buscó. — respondió Leo con toda tranquilidad. — Así que empecemos con esto antes de que oscurezca y esa cosa tome más fuerza. — dicho esto, de inmediato los restauranteros y Rafa se pusieron a sus órdenes.

Tanto el apasionado guerrero como los Martínez empezaron a preparar las cosas necesarias para la limpieza y baño de doña Rosario. Primero hicieron una lista de lo que se necesitaba para que Rafael y Luz fueran a comprarlo, lo que no podía conseguirse tan fácilmente Leo lo tenía en su mochila y José junto al aprendiz de houngans se encargarían de preparar el patio trasero para la limpieza y agua caliente para que tomara una ducha en el baño del sótano que afortunadamente contaba con área de regadera. Antes de empezar, Leonardo se tomó un tiempo a solas para prepararse y cambiarse de ropa; unos minutos después salió al encuentro del señor José, su hija y su hermano, quienes no se esperaron verlo envestido en una túnica blanca con capucha y la máscara de demonio que ya conocía el de rojo.

¡Ay mi dios!— exclamó la chica al verlo acercarse.

Ahora les voy a poner esto. — dijo al tiempo que les dibujaba con una especie de aceite algo en la frente tanto a los "Clientes" como a su hermano. — Es para su protección. — cuando terminó, pidió a los familiares del paciente. — Ahora por favor, lleven a su familiar al patio. — obedientes ambos se retiraron, Rafael aprovechó.

¿Estás seguro que puedes hacer esto solo?

Es una limpieza, ya lo he hecho antes. — el segundo le miró desconcertado. — ¿A quién, cuándo?— preguntó, pero no le dijeron nada. — ¿Me contarás luego?

Lo dudo. — respondió Leo con una sonrisa detrás de su máscara. — ya que todo estaba listo, ambos hermanos salieron al patio donde ya se encontraban los Martínez sosteniendo a la señora entre los dos en espera de la siguiente indicación.

Van a escucharla gritar y llorar. — advirtió Leo a la familia mientras ungía y dibujaba con el mismo aceite la frente del paciente. — No tienen por qué preocuparse, no está siendo lastimada. — Rafael sintió un escalofrío al escuchar esas palabras, pues eran casi las mismas de hace tanto tiempo. Al terminar con la protección, hizo una seña para que lo siguieran y colocaran a la abuela de pie en el centro de un dibujo, escrito o pentagrama a palabras de José, que Leo había dibujado en el patio.

¿Y ahora…qué?— preguntó Luz.

Vayan con Rafa y recen, pidan a san Lázaro por la salud de su familiar.

¡¿A san Lázaro?!— le extrañó José. — ¿En serio?

¿A quién esperaba?

José no contestó.

Ya en silencio por parte de los presentes, Leonardo empezó a rezar y entonar una especie de cántico en un idioma que Rafael reconoció como africano. Después prendió un incensario que empezó a despedir el humo de algunas hierbas y tabaco, el aprendiz empezó a rodear a la paciente con la humareda para que esta lo respirara y también el humo cubriera todo su cuerpo sin dejar de entonar su oración. Para este momento, la señora empezó a hincarse y a verse algo inquieta.

¡Aaahh! ¡Aaahhh!— se quejaba más y más fuerte; dejando el incensario al frente de la paciente, Leonardo la tomó de la cabeza, concentró su energía y empezó con sus oraciones.

Ag, geseën en eerbied Babalu-Aye, Weegskaal hierdie vrou elke siekte en spel weg van dit alles fout en korrupsie vlek. help om haar terug te kry die vreugde van die lewe en die gesondheid van liggaam en siel. Amen. — **(Oh, bendito y venerado Babalú-Ayé, líbra a esta mujer de toda enfermedad y hechizo, aparta de ella toda mancha de error y corrupción. ayúdala a recuperar la alegría de vivir y la salud de cuerpo y alma. Amén)**. — después dio a beber a su paciente una especie de brebaje, el cual de inmediato la señora trató de tirar pero el aprendiz le obligó a beberlo todo.

Para sorpresa de la familia y del mismo Rafael, el día al principio soleado comenzó a nublarse, el viento en el patio trasero del negocio se soltó con tal frialdad, que los tres empezaron a ponerse nerviosos.

Ag, geseën en eerbied Babalu-Aye, Weegskaal hierdie vrou elke siekte en spel weg van dit alles fout en korrupsie vlek. help om haar terug te kry die vreugde van die lewe en die gesondheid van liggaam en siel. Amen. — ** (Oh, bendito y venerado Babalú-Ayé, líbra a esta mujer de toda enfermedad y hechizo, aparta de ella toda mancha de error y corrupción. ayúdala a recuperar la alegría de vivir y la salud de cuerpo y alma. Amén) **. — concentrado repetía una y otra vez la oración, al tiempo que vertía parte del líquido sobre la cabeza y rostro de la señora, para sorpresa de la familia, la mujer de avanzada edad empezó a gritar como si algo terrible estuviera luchando por permanecer en su interior. Al ver que la limpieza estaba dando resultado, Leonardo le dio de nuevo a beber del brebaje, esta intentó retirarse, alejarse lo más posible del contacto con el hechicero, pero este la tomó por la nuca y le obligó a ingerir el líquido.

¡Aaarrrgggg!— gritó la señora para después empezar a sufrir arcadas.

La escena se veía aterradora. Tanto el hijo como la nieta de Rosario más de una vez intentaron impedir que fuera lastimada, pero Rafael los obligó a permanecer en su lugar en silencio; ambos querían dar por terminada la sesión y llevar a la pobre anciana a su cama, pero de pronto, esta empezó a vomitar una especie de baba negra mal oliente.

¡ ¿QUÉ DIABLOS ES ESO?!— exigió saber aterrada la muchacha abrazada de su papá.

¿Qué…?— quiso preguntarle José a Rafael, pero este solo pudo pedirles que continuaran guardando silencio. De pronto el ruido de arcadas por parte de la mujer llamó de nuevo la atención de los testigos, viendo aterrados cómo en ese viscoso líquido también se podían observar una especie de piedras o coágulos de sangre qué fácilmente podían pasar por viseras o pedazos de sus propias entrañas. Leonardo dio de nuevo el brebaje a la paciente para que terminara de tirar lo que tanto la estaba enfermando.

Geseënde Babalu-Aye, julle wat mag oor genesing het, verwyder alle kwaad uit hierdie vrou. — ** (Bendito Babalú-Ayé, tú que tienes poder sobre la curación, remueve todo mal de esta mujer.)** — pedía Leo con devoción, eliminando todas las energías malignas que ahí se hubieran extraído.

La limpieza al fin terminó dejando a la anciana bastante cansada y confundida. A los ojos de Leonardo su rostro ya estaba limpio, no había nada de esa cosa negra escurriendo de los orificios de la cara y estaba seguro que poco a poco comenzaría a gozar de mayor lucidez. Las cosas extrañas que al parecer se habían desatado también parecían volver a la normalidad; el viento frío que movía los árboles cercanos de la propiedad lentamente se fueron calmando y la nubosidad que había convertido una tarde soleada en un día tormentoso, prometía revertirse en poco de tiempo.

José y su hija no sabían ahora qué hacer, decir que no estaban asustados habría sido mentira, pues en ninguna de las otras ocasiones que habían llevado a la señora a "Curar" nada de lo anterior había pasado. Cuando Leonardo les llamó la atención, casi dieron un brinco hasta el techo.

Señor Martínez, señorita. — ambos prestaron atención. — Ahora deben llevarla a bañar.

S, sí. — respondió el hombre dando el primer paso rumbo a su madre. Cuando se agachó para ayudarle a levantarse, pudo notarla más despabilada, como más concentrada, pues al momento de él acercarse, ella lo vio directamente a los ojos. — Vamos viejita. — la nieta de inmediato fue a ayudar dejando solos a los dos hermanos.

¡Cielos!— exclamó Rafael avanzando rumbo a su hermano. — Debo admitir que eso estuvo, raro. — Leo sonrió detrás de la máscara. — Y ahora qué sigue para ellos ¿Con esto tendrá la señora?

No. — comenzó a recoger sus cosas. — Ella necesitará unas cuantas visitas más para estar totalmente recuperada.

¡¿Tendremos que verla de nuevo?!

No exactamente, les daré la dirección de mi padrino y en su casa será más fácil seguir con su tratamiento.

Al menos. — se alegró el de rojo. — Y ¿Qué hay de la cosa que los espanta en su casa?— Leo le miró con interés.

En verdad te preocupa esta familia ¿Verdad?— gracias al disfraz Rafael pudo esconder lo rojo de su cara.

¡No exageres! es solo que…no tiene chiste que todo tu trabajo aquí se desperdicie si esa cosa seguirá molestándolos. — el mayor rio divertido.

Hoy no podremos ver lo de su casa, los muchachos han estado llamando desde hace rato y en la tarde ya tengo todas las citas ocupadas. — el de rojo se vio desconcertado.

¿Llamando? ¿Cómo sa…?— sacó el celular y lo revisó. — ¡Demonios! ¡¿Ya es tan tarde?!— habían como seis llamadas perdidas y diez mensajes sin contestar. — Seguro ya nos estarán buscando. — de inmediato marcó al celular de Donatello. — ¿Y sobre esa cosa?— volvió a preguntar antes de que le contestaran.

Les daré indicaciones, no te preocupes. — aseguraba sentándose un momento en el piso del patio, obviamente cansado.

¿Estás bien? Eh, ah… ¡¿Hola, Donnie?!— al fin contestaron.- ¡Espera un momento! No ¡NO ME GRITES! ¡Él está bien!— luego miró a su hermano. — ¿Estás bien?

Me gustaría algo de beber.

De acuerdo.

Con azúcar. — el segundo se fue a buscar la bebida, cuando se encontró con don José.

Ah…disculpe ¿Puedo tomar una bebida? Se la pagaré.

¡Claro! Toma todo lo que quieras, los refrigeradores están de ese lado.

Gracias. — se retiró dejando al hombre con su hermano. — ¡Sí Don, ahora te cuento todo!— se escuchaba desde el interior que estaba teniendo problemas.

¿Cómo está la señora?— el hombre se veía muy feliz.

¡Empezó a hablar!— compartió con lágrimas en los ojos. — Y ya nos pidió de comer…— su voz sonaba quebrada. — Hacía tanto tiempo que ya ni hablaba; hacía algunas cosas, como ir por su veladora para ahuyentar a esa cosa, prenderla, de hecho prendía todo lo que tenía a la mano; se había vuelto peligrosa, no comía ni hacía nada más desde hace como seis meses; llevamos tanto tiempo alimentándola a la fuerza con papillas y ahora…hace ratito nos pidió de comer. — Leonardo escuchaba satisfecho. — No sé cómo podré pagarte lo que has hecho.

No hay nada que pagar. — le aseguró. — Lo único que le pediré es que la lleve a la dirección que mi hermano le dará. — en ese momento llegaba Rafael con un jugo de naranja para Leonardo y una cerveza que ya estaba bebiendo él en la otra mano. Leo de inmediato lo reprendió.

¿Pero qué estás…?— o al menos lo intentó.

¡Él me dijo que tomara lo que quisiera!— se defendió al tiempo que le entregaba su bebida.

Pero no debis…

¡No m'ijo! No lo regañe. — intervino José. — Yo le dije que tomara todo lo que quisiera, de hecho, ahorita mismo les voy a preparar una birria que…

No gracias, no podemos quedarnos. — lo frenó Leonardo, para de inmediato ser apoyado por su hermano.

Precisamente a eso venía. — mostró el celular. — Ya nos están buscando, debimos llegar hace como varias horas, Don dice que no es bueno que te mal pases y que debimos llegar ya a comer. — esto llamó la atención del restaurantero.

¿Estás enfermo?

Diabetes. — respondió el de rojo. — Se le baja el azúcar a cada rato; por eso nos quieren ya en casa para revisarte.

Entonces les pondré todo para llevar.

¡No! no es necesa…— no iban a hacerle caso.

Luego de limpiar el patio y recoger todas sus cosas, los muchachos llegaron al área de mesas donde Luz María, además de cuidar de su abuelita, quién comía con calma y agrado un tamal en hoja de plátano; ayudaba también a su padre a empacar dos platillos de todo lo que tenían preparado y de otros guisos que cocinaron en el momento para que degustaran en casa.

Mientras Rafael ayudaba a cargar al menos unas cuatro bolsas con unos cuatro recipientes térmicos dentro, Leo dio un último vistazo a doña Rosario antes de irse; tal parecía que la mujer estaría bien. Cargados con la mochila, Leo aún vestido de blanco y con toda la comida lista; los cuatro salieron rumbo a la camioneta.

¡No inventes!— exclamó Rafael viendo el cielo. — ¡¿Ya está oscureciendo?!

Ya casi son las siete. — señaló la joven mesera empezando a entregar la comida.

No debieron. — opinó Leo apenado. — Es mucho.

No m'ijo, al contrario. — agregó José. — Ustedes se tomaron muchas molestias por nosotros, esto es poco en comparación con lo que les debemos.

¡Muchas gracias!— exclamaron ambos hermanos al tiempo que hacían una reverencia (Un saludo al estilo japonés)

Antes de irnos. — tomó la palabra Leo mirando a Rafa, quien entregó de inmediato un papel. — Esa es la dirección de mi padrino Lázaro; ahí deben llevar a la señora para que podamos hacerle otras limpiezas y así terminar por completo con el daño que le hicieron. — esto alegró a los familiares de la abuela.

¿Eso quiere decir que volverá a ser como antes?— preguntó entusiasmada la chica.

A veces quedan algunas secuelas. — se sinceró el de rojo por propia experiencia.

Pero haremos lo posible porque no sean terribles. — agregó el de azul tranquilizando mucho a la familia.

Entonces mañana mismo la llevaremos. — aseguró don José con total disposición.

Ahí está escrito el horario y la dirección. — le recordó Leonardo. — Y no deberán preocuparse por el pago, yo hablaré con él. — sus ahora nuevos amigos sonrieron agradecidos. — Les dejé preparado para que también tomen un baño ustedes y por favor no se vayan a regresar a su casa, primero debemos limpiarla para que no afecte el tratamiento.

¡No, no se preocupen! Hablaré con un amigo que tiene unos apartamentos. — explicaba el dueño. — Es seguro que nos deja usar uno en lo que resolvemos todo.

Y si no me llaman. — Leo sacó su teléfono y susurró al micrófono "Mi número" y en la pantalla apareció, Luz rápidamente comenzó a copiarlo en su libreta de pedidos. — Yo podré conseguirles alojamiento.

¡Ay muchachos!— exclamó la joven luego de haber terminado de escribir. — ¿Cómo podremos pagarles por todo lo que hicieron?

Ya nos dieron mucho sin tener que hacerlo. — señaló Leo las bolsas.

¡Y eso no es nada! Tengan por seguro que serán bien recibidos siempre que vengan, ustedes y toda su familia ¡Gratis! Hasta que dios nos llame a todos a su reino ¡Es una promesa!

Y yo veré que mis futuros hijos y nietos la cumplan. — agregó Luz haciendo oficial el compromiso de su padre. Los chicos sonrieron agradecidos ante esta oferta.

¡Muchas gracias!

Entre abrazos, recomendaciones y promesas, ambas familias se despidieron y agradecieron por todo lo concedido ese día. Antes de salir del estacionamiento, Rafael no pudo evitar echar un vistazo al negocio que gozaba de extrema alegría y clientela, y no sentir mucha rabia.

Y pensar que esos desgraciados siguen festejando sin importarles lo mucho que han hecho sufrir a esta pobre gente.

No te preocupes. — compartió el de azul retirándose la máscara en la seguridad de la camioneta. — No les durará mucho.

¿A qué te refieres?

A que siempre que alguien manda un daño como este y se elimina, este se le regresa multiplicado.

¡¿Es en serio?!— preguntó entre impresionado y feliz el conductor.

¡Sí! Así que esa alegría malsana pronto se les acabará.

Como toda su buena suerte ¡Eso me gusta!— celebró el conductor para luego encender la radio.

Oye, por cierto. — el de rojo le miró con atención. — Te agradezco lo mucho que me ayudaste.

¿Eh?

Fuiste muy amable con esas personas y nos ayudaste consiguiendo las cosas para la limpieza, e incluso en la entrevista ¡Fuiste tú quien la dirigió!— el segundo al mando se vio apenado. — No me esperaba todo ese apoyo.

Bueno es que…— se sinceró. — Admito que no quería tener nada que ver con este tipo de cosas de nuevo pero, cuando empezaron a contar lo mucho que han estado sufriendo a causa de esta cosa, de esas arpías que llaman "Familia" yo, no pude evitar sentirme identificado con ellos. Yo sé que no recuerdas nada. — Leo le miró interesado. — Y es algo que en verdad agradezco; pero cuando estábamos buscando ayuda en internet y luego buscando al profesor, el estar contando nuestra desventura a uno y luego a otro en busca de apoyo y esperar a que te crean y te den una solución; ya sabemos lo que es esperar un milagro. — Leo sonrió conmovido.

Ahora entiendo porque te comprometiste tanto.

Y…— buscando cambiar el tema. — ¿Ahora qué sigue para ellos?

Pues, tendremos que limpiar el negocio, su casa y hacer unas cuantas limpiezas más a la señora.

¿Y ya con eso no volverán a ser atacados?

No, primero cerraremos las vías de acceso para esta energía y después eliminaremos todo mal del cuerpo de la mujer y también de paso de ellos mismos. Así podrán empezar de nuevo.

Eso me da mucho gusto.

En cuestión de minutos llegaron por fin a casa, no sin antes darse un tiempo en la habitación oscura para una merecida limpieza de cualquier energía que quisiera seguirles a pesar de las protecciones y las entidades que les estaban cuidando. Cuando ya salieron del cuarto ambos hermanos se encontraron de frente con los otros dos que de inmediato empezaron a regañarlos y a pedir explicaciones. Mismas que fueron entregadas en la mesa y con todos los interesados reunidos.

Acompañados de diversos y deliciosos guisos mexicanos, tanto Leo como Rafa contaron todo acerca de la señora que vieron en el supermercado y el cómo se le encontró y ayudó en el restaurante; que en agradecimiento les dieron toda esa comida y que además les seguirían viendo para terminar el tratamiento de doña Rosario.

¿Y crees que Vaudoux-san esté de acuerdo con ayudarles sin cobrar un solo centavo?— pidió saber Splinter a su primogénito, para después buscar en la bolsa de tamales otro de sabor queso.

Sí, no habrá problema; antes de irme a la cama le hablaré y me pondré de acuerdo con él.

¿No se enfadará?— preguntó interesado Mikey con un segundo plato de birria a medio terminar.

No conmigo. — aseguró Leonardo con una sonrisa. Y era cierto.

Bueno, me alegro que hayan podido ayudar a una buena familia. — tomó la palabra Donatello. — Pero no quiero que vayas a volver a malpasarte con cada caso que se te presente. — señaló. — No te estás recuperando para que de inmediato vayas a lastimarte trabajando. — le regañó.

Lo sé, pero…

Donatello tiene razón. — interrumpió el sensei a su primogénito. — A ninguno de nosotros le gustaría verte recaer a causa de algunas otras visitas tan extensas como esta.

No ayudarías a nadie así. — se incluyó Abril en la regañina, ya que a esas horas la habían llamado para preguntarle si los había visto. Obvio que se dejó ir a la guarida para saber todo lo ocurrido.

Lo comprendo. — aceptó el de azul. — Lo lamento, la verdad, ni siquiera supe qué hora era ya.

Fue mi culpa. — se incluyó Rafael. — Yo debí evitar que se extralimitara, y no estuve al tanto del horario por escuchar a la familia y ayudarles.

Lo entendemos perfectamente. — les aclaró Splinter. — Pero tomen en cuenta que esta vez corrieron con suerte y no hubo complicaciones ¿Pero qué tal la próxima vez?

No habrá próxima vez. — aseguró Rafael para sorpresa de Leonardo. — Me aseguraré de que no se vuelva a repetir.

¿A qué te refieres?— quiso saber el mayor.

A que iré contigo cada vez que tengas un caso de estos y me cercioraré que no expongas tu salud. — Leonardo sonrió aceptando a su nuevo ayudante.

Está bien.

De acuerdo. — aceptó Splinter. — Ahora coman, que ya también vas tarde con las citas de tu página. — esto alarmó al primogénito.

Es cierto. — apuró su comida.

Abril. — llamó el de rojo a su amiga. — ¿Hablaste con Casey?

Sí, hace rato. — informó. — Primero le llamé para preguntarle si los había visto, ya luego él llamó para saber qué había ocurrido y le conté que estaban ocupados con un caso paranormal.

¿Se enfadó porque no fui a verlo?

No te preocupes, te verá mañana temprano; cuando vayas a trabajar.

De acuerdo. — aceptó el de rojo para luego seguir con su platillo, pero en eso vio que Leo se levantó y dejó su plato en el lavadero.

Ya me retiro. — pasó corriendo rumbo al segundo piso.

¡¿Comiste bien?!— preguntaba el padre, pero en su lugar le respondió el más pequeño.

Sí, se terminó todo lo que le serví.

Muy bien.

¡Oye, espera!— le llamó Rafael tomando su mochila y siguiéndolo para entregársela. Al fin lo alcanzó en la escalera. — Toma. — Leo bajó a tomar sus cosas.

¡Gracias!

Y…antes de que te vayas. — Leo se giró y esperó en los primeros tres escalones. — ¿Qué quisiste decir en la camioneta? Con eso de que sabes cómo demostrarme que lo hiciste con... — Leo sonrió con picardía.

Es obvio Rafael. La única manera de hacerlo sin preguntar a Usagi, es enseñándotelo. — insinuante se le acercó al oído. — ¿Quieres hacerlo esta noche?— el de rojo retrocedió varios pasos sin dejar de mirarlo con pavor.

¡ ¿Acaso estás demente?!

¡Claro que sí! ¿Lo olvidaste? Tengo daño cerebral. — y riendo de manera discreta el primogénito subió a su habitación, dejando al temperamental guerrero preguntándose si hablaría en serio o no.

Fin del capítulo 7.