Blight:

Aún estoy pensando en el extraño encuentro que tuve con Jason de camino a casa. Jamás le he dicho más de nueve o diez palabras, y la mayoría de ellas han sido sarcasmos e insultos. En mi defensa es uno de los amigos de Jonel, en su defensa, ha sido de los más tolerables. Llegan a casa cuando es demasiado noche para seguir en los bosques, ya que Abel y Jonel son las cabecillas del grupo. Normalmente Jason y yo nos tratamos con indiferencia, aunque ha habido sus excepciones. Como cuando me encerró en el lugar donde guardamos las astillas, grité casi toda la tarde hasta que los agentes de paz me sacaron y me llevaron a casa, aún recuerdo la paliza que me dio papá por eso. También estuvo esa vez que me aventó un balón tan fuerte que caí de espaldas sin aliento. Y siempre con eso de elfo. La palabra ha rodado en su boca tanto como en la de los demás.

Claro que si confesara que en realidad lo soy, las cosas serían mucho peores.

¿Por qué me siguió entonces? No intentó estorbar mi trabajo ni hizo ninguna broma a mis expensas, no es que en mi ambiente eso sea muy fácil, pero aun así parecía genuinamente amable. Y cuando hablamos de la Cocecha, la mirada en sus ojos era terrible, y ni siquiera es elegible. Por un momento deseé que Jason fuese mi amigo, de verdad. Y por el más pequeño de los segundos me permití imaginar que éramos algo más. ¿Cómo se sentiría si alguien en el distrito quisiera ser algo más que mi amigo?

Alejo todo pensamiento en cuanto veo la puerta de casa, como siempre, entro por la parte de atrás y me estiro un poco en la manta que me sirve de cama, al lado de la estufa. Papá duerme en el único cuarto y Abel y Jonel comparten la sala donde nos reunimos a ver los Juegos. No me quejo, en verano dejo la puerta de atrás abierta, así que no hace tanto calor, y en invierno puedo poner fuego sin que se den cuenta. Además de un poco de soledad e independencia de mi familia.

A penas he puesto la cabeza en el suelo cuando un gruñido que pudo bien haber sido de un perro rabioso me levanta de golpe.

—¡Levántate huevón! ¡Esto no es una posada para holgazanes! ¡Arriba YA!

El cariñoso de papá. Ha comenzado a beber desde temprano, y por alguna razón dudo que la causa sea el estrés que le causa que su hijo pequeño sea elegible para la Cosecha. Me levanto y me pongo frente a él. Como el resto de los hombres en el distrito, es un hombre enorme. No le he heredado nada más que los ojos, azules, casi grises, ojos que me miran entrecerrados y molestos.

— La plaga de mi vida. —Murmura— Debí ahogarte cuando naciste.

— Así es, pero en tu infinita bondad me diste la oportunidad de tomar tesela y contribuir en lo que pueda a esta familia que tanto me ha dado. —Me sé el discurso de memoria.

— Vístete, si llegas tarde a la Cosecha te echaré a los agentes de paz y venderé lo que quede de ti.

— Falta una hora para la Cosecha y la plaza está a unos minutos de aquí. —Le dije levantando una ceja— Además yo no me iré dando tumbos, como otros.

En cuanto acabo de hablar me agacho, ya que veo venir el golpe, pero papá es tan rápido que me da en la oreja derecha. Doy unos pasos atrás, casi quemándome los zapatos con las brasas aún encendidas, me golpeo contra la estufa pero no le doy la satisfacción de hacerle saber que me dolieron ambos golpes.

Me dedica una última mirada de desprecio. — Vístete para la Cosecha Blight. —Dice enfatizando mi nombre con un escupitajo.

Peleo en contra de la ola de odio que me llena, y la saco a modo de sentido suspiro. No tiene ningún caso. Debería estar, estoy, acostumbrado a esto. Sólo faltan dos años para cumplir dieciocho, y adiós a las Cosechas, podré aplicar para una residencia propia. Dos años. Parece una eternidad.

Me han dicho que mi padre solía ser uno de los hombres más dulces del distrito. Era el líder de su grupo de leñadores y todos querían trabajar para él. Sencillo, guapo, compasivo, siempre recogiendo flores en el bosque, metiéndolas en su saco y presentándolas a mi madre cuando regresaba a casa. A penas si recuerdo esos días. Tenía siete cuando nos levantamos una mañana para encontrar el lugar de mamá vacío. Los agentes de paz se burlaban, diciendo que ella y el jefe de ellos habían tenido un amorío por meses. Que a él lo habían reasignado al Distrito 2 y ella se había marchado con él.

De la nada, papá se entregó a la bebida. Se volvió vengativo, amargado y cruel. Usó el albohol para bloquear los rumores que llegaban a sus oídos. El hombre que se casó con la puta del agente de paz. El padre de los hijos del capitolio. Aún va a trabajar los bosques, pero no habla con nadie, y nadie se atreve a decirle nada por miedo a su legendario temperamento. Y claro, lo único que hace con las flores ahora es pisarlas.

Abel y Jonel son hijos de mi padre. Grandes, rubios y musculosos. Pocos cabales y un rencor que se extiende hasta el Distrito 12. Abel es el peor, especialmente ahora que pasa sus noches en la taberna con papá. Jonel no es mucho mejor, ni los chicos de su grupo. Pero yo, soy la viva imagen de mi madre. Cabello negro, de facciones delicadas, complexión no tan robusta. Mack, la única persona con la que interactúo con civilidad, una vez me dijo que mamá era la mujer más bella del Distrito 7 y que tengo su carisma y ternura. Me irrité hasta que me di cuenta que la intención de Mack no era insultarme.

Asi que tengo todo el carisma y ternura de mamá, y le recuerdo a mi padre todos los días a la mujer que lo humilló. Así es como obtuve mi nombre, Blight. La plaga de su vida. Y ha sido mi nombre desde entonces, dudo que alguien se acuerde del verdadero.

Los ojos llenos de odio de papá son reemplazados en mis pensamientos por otros que tardo en reconocer. Con enojo descubro que son los de Jason y me hacen querer verme bien en la plaza. Mientras me lavo la cara y froto a conciencia mi piel, sigo reprimiéndome por el vano sentimiento que me invade. Me recuerdo a mi mismo que ni siquiera me gusta Jason, mientras saco un par de pantalones café claro y una playera azul oscura. Viéndome en el espejo, me da gusto ver que he crecido desde el año pasado, y unos pequeños músculos comienzan a verse en los brazos. Si veo a Jason en la plaza, me veré más como un hombre y menos como un mocoso que acaba de bajar de un árbol.

He estado ya veinte minutos en el baño intentando que mi cabello deje de esponjarse por detrás. Que los dioses me ayuden, me he convertido en una nenita.

Abel y Jonel están en la sala intentando hacer que la televisión funcione. La única estación que se ve claramente está mostrando la Cosecha en el distrito 10. Me doy la vuelta en silencio, esperando salir sin que me vean, pero no tuve suerte.

¿Vas a algún lado elfo?

— Me apetece dar una vuelta por ahí Abel. Y si sabes lo que te conviene deberías hacer algo con tu apariencia antes de ir a la plaza, papá anda muy insistente con ese tema.

— Solo contigo musgo. —Dice Abel con una risita—. A nosotros ya no nos preocupa la suerte.

— Deberías rezar para que la suerte esté de mi favor. Es mi tesela la que te metes a la boca todas las noches.

La sonrisa que Abel me dedica es fría. Tanto que me corre un hilo frio por la espalda.

— No creo que tengamos que preocuparnos más de eso.

No tengo idea de a qué se refiere. Su mirada dice más que la molestia repentina de papá o los comentarios de sus amigos. Me fijo en Jonel, que está sentado en el sofá a su lado, concentrando su atención en la niña del Distrito 10 que llora histérica mientras sube a la plataforma. Decido que no quiero estar cerca de ninguno de los dos. Salgo de casa, y en cuando cierro la puerta tras de mí me echo a correr.

Debo ir a la plaza, debo reportar mi nombre a los agentes de paz, pero mis piernas me llevan en una dirección diferente. No está lejos del lugar donde ponen la madera asignada a mi calle para la semana, ahí donde Jason me encerró aquella vez. Detrás de la pequeña cabaña hay tres o cuatro rocas, remuevo una de ellas y saco tres estatuas de madera: un hombre, una mujer y un pequeño gato. Eran los dioses de la casa de mamá. Papá los tiró cuando ella se fue, pero los encontré y los escondí aquí. No me acuerdo quiénes se supone que eran. Pero al ver a la pequeña figura de la mujer, se exactamente quien quiero que sea.

Por favor mamá, no dejes que sea yo. Por favor que no sea yo. Que no sea yo.

La plaza está decorada con afiches de colores y grandes pancartas y tapices. Hay un aire festivo en el aire. Camarógrafos están posados en lo alto de algunas tiendas y casas de los más adinerados del distrito, los que con sus tallados, o productos pueden evitarse el viaje a los bosques. Ruidosos hombres se pueden oír en la taberna, donde los leñadores disfrutan de la tarde libre antes de salir a la plaza. El escenario ha sido construido frente al Municipio*, la única estructura de piedra en el Distrito. Sus enormes pilares de mármol y brillante cúpula dorada son imponentes.

Estoy parado con los otros chicos de dieciséis, esperando a que la ceremonia comience. La plaza está casi llena. Casi todo el pueblo está aquí, así como una buena parte de los pueblos aledaños, que son muy pequeños. No todos pueden atender a la Cosecha, en especial los más alejados, así que hacen Cosechas previas, para determinar qué familias tienen que asistir. Vivimos en un gran distrito, he oído que el único más grande es el Distrito 11.

Hay cinco sillas en el escenario, cuatro de ellas ocupadas. Tres son para antiguos Campeones, el más viejo de ellos es Jules. Mack me dijo que Jules puede dormir con los ojos abiertos, así no tiene que poner atención a la Cosecha. Vera, que ganó sus juegos apuñalando a sus oponentes mientras dormían, uno por uno y el más reciente, hace diez años de su victoria, Eamon. El amor del Capitolio, las mujeres y alguno que otro hombre se desmayan a su paso. Ni siquiera yo puedo negar que a los veinticinco, es el hombre más guapo que haya visto. Aún así no me cae nada bien, nunca hemos hablado pero es el hombre que le dio el primero vaso de alcohol a mi padre cuando mamá se fue. Siempre beben juntos.

El Alcalde Lourdes está sentado a la derecha de los Campeones y es todo un modelo de compostura y buenos modales. Manos cruzadas, mirada al frente y cabeza en alto. El sitio vacante es de nuestra escolta, Tutti Marble. Ni idea de dónde esté ahora.

A las cinco en punto el reloj del municipio comienza a dar sus campanadas, haciendo que la plaza se llene aún más de la gente que estaba esperando hasta el último segundo para salir de casa, o de la taberna. Tutti sale detrás de los leñadores, coqueteando sin un ápice de vergüenza, su traje verde chillón resalta de manera grosera, aunque no tanto como su peluca de panal de abeja y las flores tatuadas en sus mejillas.

Tutti toma su lugar junto a Eamon, no sin antes darle un largo y mojado beso. El Alcalde Lourdes carraspea y se levanta de su asiento. Me preparo para el aburrido discurso. El mismo de todos los años, cómo la antigua América colapsó por su propia mano y la ayuda de la furia de la naturaleza. Cómo Panem surgió como una nueva y poderosa nación. Cómo nosotros, los distritos, traicionamos la confianza del Capitolio al rebelarnos en los Días Oscuros. Y cómo, a modo de castigo, cada año ofrecemos como tributo a un hombre y una mujer entre doce y dieciocho años para masacrarse unos a otros en los Juegos del Hambre. Nada que no hayamos oído antes. Nada que no hayamos visto ya año tras año. Cada uno de los que estamos aquí parados, temblando de miedo sabemos la razón.

A penas escucho el Tratado, no porque no quiera, sino porque el Alcalde habla muy bajito. Es una leyenda aquí en 7 y todos estamos muy orgullosos de él. Yo no recuerdo el largo invierno que azotó al Distrito hace trece años, pero todos conocemos la historia. Cómo nos moríamos de hambre, cómo el Alcalde organizó a algunos leñadores, comerciantes y agentes de paz para salir a cazar y encontrar comida. El Capitolio se enteró, por supuesto y como cazar está completamente prohibido, el Alcalde y su esposa fueron llamados al Capitolio para enfrentar cargos de alta traición frente al mismísimo presidente Snow.

El discurso que le dio al presidente es conocido: "Hombres fuertes producen mucha madera, hombres débiles, nada." Él defendió sus acciones apelando que lo hizo por el bien del Capitolio, había roto las reglas sólo porque no toleraba la idea de fallarle a la capital y no dar la cuota de madera necesaria. Sus palabras fueron repetidas por muchos agentes de paz que aseguraban que les habían dado una justa cantidad de comida también para que no murieran de hambre y pudieran continuar con el orden de la ciudad. El Distrito 7 había pasado de ser un revoltoso, a ser el Distrito que arriesgó su vida por el Capitolio. Desde ese día, cazar y recolectar frutos de los bosques está permitido en el Distrito, siempre que tengas una licencia. Incluso se permitió la apertura de la taberna. El impuesto en el alcohol es exorbitante, pero el Capitolio prefiere tener un lugar específico donde reunir a los hombres y que los agentes de paz les den un vistazo.

El Alcalde Lourdes volvió como un héroe, pero nadie desafía al Capitolio y se sale con la suya. Regresó sólo. Se dice que el presidente Snow le tomó un especial aprecio a su mujer y la tomó en su servicio como otra concubina, como recordatorio de quién tiene verdaderamente el control.

Hoy, dos niños seguirán recordándonoslo.

Tutti toma el estrado en cuanto el Alcalde acaba.

— ¡Bienvenidos y felices Juegos del Hambre! ¡Que la suerte esté siempre de su lado! —Dice ella con su voz chillona, nos dedica a todos un gran guiño. Miles de comentarios sobre su cabello me cruzan por la cabeza y casi me gustaría que saliera mi nombre sólo para poder decírselos.— ¿Quién de ustedes hermosas señoritas y estoicos caballeros tendrá el honor de representar a su distrito en los cincuentaidosavos Juegos del Hambre? ¡Es tiempo de enterarse!

Camina a la primera bola de cristal, que contiene miles de pequeños papeles. Mete la mano y la revuelve durante algunos segundos. Creo que sabe lo asustados que estamos, niños y padres y en general todo el mundo, lo sabe y le encanta. Lo disfruta. No puedo controlar mi molestia y odio de la cara, es una suerte que las cámaras no me enfoquen.

Al fin toma un papel, lo abre y anuncia con voz resonante:

— ¡Charlotte Lourdes!

Un grito ahogado recorrió a la multitud, mientras Charlotte Lourdes se aproxima a la tarima, alejándose de las demás chicas de diecisiete y acercándose a su padre. La tragedia de ésta pérdida no se le escapa a nadie. Todos conocemos a Charlie. Después de haber perdido una esposa ante el Capitolio, ahora era más que seguro que perdería a su hija menor también.

— ¡Qué emocionante! —Exclama Tutti acercando a la joven a ella en una especie de abrazo. Charlie hace lo posible por no voltear a ver a su padre, quien en cambio no aparta su mirada de ella. Como si quisiera absorber cada segundo que le quedaba de la imagen de su hija. Se podía oír a sus hermanas llorando en la multitud. Tutti pregunta si hay voluntarios, y como es natural no hay ninguno. Tutti se vuelve a ver al Alcalde. — Debería estar orgulloso, ¡Qué tributo más hermoso! —El Alcalde no le devuelve la mirada, pero si éstas pudieran matar, el resto del distrito habría acabado con Tutti Marble en un segundo. Ella pide una ronda de aplausos y la recibe. Es lo que se debe hacer y los agentes de paz están vigilando, pero es muy corta. Lo menos que podemos hacer.

— Y ahora, conozcamos al guapetón que acompañará a nuestra Charlotte al escenario. Debo decir que los hombres son lo que más me gusta de este distrito. Siempre saben cómo hacer a una chica del Capitolio feliz. —Le sonríe a Eamon, que le dedica la sonrisa más deseada en Panem. Tutti dirige su atención a la urna con nombres de chicos. Ahí está mi nombre, veinticinco veces. Dioses por favor, que no sea yo. No importa que papá me mate a golpes, que Abel y Jonel se burlen de mi el resto de mi vida, incluso si me exponen como elfo ante todos y me cacen como perro por todo el distrito. Que no sea yo.

Tutti toma el papel. Lo abre. Lo lee

— ¡Merrill Mason!

No soy yo

Merrill Mason se abre paso hacia el escenario. Lágrimas corren por sus mejillas. Lo conozco, me ayudaba con los caballos. Es uno de los seis hijos de ésa pobre familia. Sólo tiene trece.

Otra vez, Tutti llama a los voluntarios que brillan por su ausencia. Jamás he conocido a alguien lo suficientemente valiente para ofrecerse. No somos Distritos como el 1, 2 o el 4, que entrenan a sus niños para los Juegos. Así que la voz que grita no tiene sentido alguno de ser. Y no tiene sentido tampoco que me suene tan familiar.

— ¡Nos ofrecemos! ¡Nos ofrecemos para competir en los Juegos del Hambre!

¿Papá?

Mi padre camina hacia donde estoy. Se detiene justo frente a la cuerda que nos separa de los de quince.

— Mi hijo, Blight Gavin se ofrece como voluntario para los Juegos del Hambre.

Se ha vuelto loco. Tutti no sabe qué decir.

Esto es altamente irregular. —Logra balbucear.

El Alcalde se levanta de su asiento: — Es una reverenda… —Comienza, pero es interrumpido por Eamon, que toma el micrófono.

Parece que tenemos un voluntario después de todo. Escuchemos lo que Burgen tiene que decir.

Papá me toma de los hombros y me saca de la columna.

Hablo en nombre de mi hijo, como jefe de la familia. Y él se ofrece para los Juegos. Es un honor para mí que represente a nuestro distrito.

Estoy más entumido que nunca en mi vida. No puedo ver, no puedo respirar. ¿Por qué hace esto? ¿Cómo es que no supe hasta éste momento? ¿Por qué? Dioses ¿POR QUÉ?

Consigo voltear a ver a mi padre. Quiero que me diga que es una de sus bromas de borracho. Lo único que puedo ver son sus ojos, que siempre me han visto con odio. Pero hoy, son ojos de asesino. Recuerdo lo que dijo Abel, que no necesitarían preocuparse más por mi tesela. Ahora sé por qué Jonel no podía verme a la cara. Lo sabían. Sabían sobre esto. Estaban más que listos para mandarme al capitolio. A morir.

La adrenalina me corre por las venas, aniquilando cualquier parte consciente de mi cerebro excepto la que con voz calmada y sin perder un segundo me aconseja. Si me quedo en el distrito, con mi padre y mis hermanos. Moriré. Y si me quieren tres metros bajo tierra con tanto ahínco, quién sabe lo que harían si los humillo en televisión nacional. Nadie en el distrito defendería al hijo de la zorra del agente de paz. Si voy, y el simple pensamiento me hace ahogarme con mi propia saliva, pero si voy al Capitolio, hay una en veinticuatro posibilidades de que no muera. Aquí, ninguna.

Esta adrenalina habla por mí. Me sacudo a mi padre de encima y veo directamente a Tutti.

— Me ofrezco como tributo.

— ¡Maravilloso! —Exclama de inmediato— ¡Excelso! ¡Qué Cosecha tan emocionante!

Subo al escenario, y apenas si noto a Merrill Mason que pasa corriendo a mi lado y se reúne con su familia. Mi garganta se cierra de golpe, miro a la gente. Escucho murmullos, risas ahogadas, risas no tan ahogadas. No distingo a mis hermanos. No quiero ver a mi padre.

— ¡Brindémosle a Blight un caluroso aplauso por su acto tan valiente!

El aplauso es mucho más animado que el que tuvo Charlie. Y de pronto un canto comienza a hacerse notar.

¡Elfo! ¡Elfo! ¡Elfo! —Veo de dónde proviene el sonido. Abel, Connell, Ram, Tobin, Ercole y los demás. Cantando, gritando y vitoreando. Más voces pronto se unen a las suyas. Están emocionados, de hecho están muy emocionados por verme partir a la masacre. No voy a llorar, muerdo mis mejillas hasta sangrar pero me niego a darles la satisfacción. No puedo decirles nada, pero no van a verme llorar.

Tutti parece que va a desmayarse de felicidad.

¡Qué hermoso! ¡Una verdadera muestra de solidaridad distrital! —El canto se vuelve una risa generalizada. Tutti rie con ellos pero no entiende la broma.

Siento una mano en mi hombro. Volteo a ver a Eamon que se pone a mi lado de inmediato. Su sonrisa, tan espectacular me recuerda a la de Abel. Recuerdo que éste hombre será mi mentor, el contacto que tendré con el exterior mientras esté en los juegos. El miedo que siento crece por alguna razón.

Tributos, dense la mano.

Volteo a ver a Charlie y le doy la mano con suavidad. Ninguno de los dos aprieta. Nos miramos el uno al otro. Veo la pena en sus ojos, y sé que es un reflejo de la mirada que le estoy dando a ella.

De reojo miro a la gente antes de que me lleven dentro del edificio. Quizás es mi imaginación, pero por un momento veo una figura familiar, donde el canto se inició, parada, como congelada en su lugar, y su mirada fija en mí.


*Edificio de Justicia.

No está de más repetir que ésta historia no es mía. Todas las ovaciones a Oisin55, y a Suzanne Collins.