Blight:

Para alguien que ha dormido toda su vida en el suelo, o en lo alto de un árbol, el interior del municipio es un lugar de belleza incomparable. Como dije, es el único edificio de piedra del Distrito 7 y el capitolio no reparó en gastos para su construcción. De seguro fue planeado así, para recordarnos a todos de la omnipresente y magnifica presencia del capitolio sobre nuestras cabezas. Aun así no dejo de asombrarme por los grandes pilares de mármol y la solemnidad de las estatuas. Quizá es un síntoma de que moriré pronto, el tratar de disfrutar con detalle las experiencias que me quedan.

Dos agentes de paz me escoltan hasta un pequeño cuarto de estar. Tiene paneles de madera y hay una chimenea con un reloj repiqueteante encima. Me siento en una silla cubierta por un material que no sabía que existía, jamás había tocado algo tan suave.

Todo lo que quiero es cerrar los ojos un momento, aunque por supuesto mi cuerpo se niega a hacerlo. Lo tributos tienen una hora para decir adiós a sus amigos y familia. Ya puedo escuchar los llantos desde el cuarto contiguo. Imagino que la familia Lourdes está sacando toda la ira y tristeza reprimidas mientras pueden, mientras no haya cámara alguna apuntándoles, lista para entretener al capitolio con su desdicha. El sonido revuelve un poco mi estómago. No puedo estarme quieto en el sofá así que me levanto y comienzo a caminar de un lado a otro del cuarto, esperando a que alguien venga. La fila detrás de mi puerta no puede ser tan larga, obviamente, pero ahora estoy hambriento por cualquier clase de contacto humano que no tenga un uniforme de agente de paz. Así que espero.

Y espero.

Y sigo esperando.

El reloj ha marcado felizmente media hora, y me he deshecho de la esperanza de que alguien venga a despedirse. Por un momento pensé que el Alcalde quizás viniera a decirme algo, podría simpatizar con lo que estoy pasando, o encargarme a su hija. Pero no lo culpo por pasar con ella los sesenta minutos enteros.

Me dedico a ver por la enorme ventana cerca de la chimenea, absorbiendo lo último que puedo de casa. Me hace feliz no ver a nadie fuera, lo único que tengo para todos en este miserable lugar es un frío desprecio. Pero no dejo de pensar en los bosques y en los árboles en los que he dormido tantas veces. El nudo en mi estómago se hace cada vez más apretado. No puedo dejar de pensar en que soy el único tributo en la historia de los Juegos que no tiene un hogar al cual regresar. Nadie por quien pelear. Y sin eso, no tiene caso ¿O si?

Desearía pasar unos momentos con los caballos.

Quince minutos faltan para que se complete la hora, y escucho que la puerta se abre con suavidad. Mi estómago salta y el nudo en él se me sube hasta la garganta. Puedo sentir cómo me regresa la sangre al cuerpo en una onda cálida, hasta reconocer los pasos tan familiares en la fina alfombra, entonces el calor desaparece como si alguien me hubiera tirado el invierno encima. Antes de voltearme por completo, me concentro en mi cara, no quiero que muestre ninguna emoción.

Abel está ahí, piernas separadas, brazos cruzados. Connell está junto a él, con la sonrisa que pone cuando atrapa a una rata y se prepara a cortarle la cola con el hacha. Tobin, Ram, Ercole, todos detrás de él con la misma mirada que tendría una manada de lobos al encontrar un venado herido. He soportado nueve años de insultos, golpes y abusos y a pesar de que sé que son los últimos minutos que jamás pasaré en su presencia no tengo nada que decirles.

— En el baño de sangre del año pasado, el chico del 8 fue tomado del pelo por uno de los Profesionales, que cortó su garganta tan profundo que casi le quita la cabeza. Mi apuesta fue que eso te pasa a ti. —Dijo Connell, liderando el ataque.

Voy a vomitar. Veo hacia abajo y me concentro en la alfombra, en lo cara que debe ser y en cómo la voy a comprar cuando gane.

— Cállate la boca Connell —Interviene Ram— No va a morir en el baño de sangre. ¿A que no musgo? Va huir a los árboles como el elfo que es. Así le da la oportunidad a los vigilantes de que lo hagan salir con fuego, el clásico gato y ratón con los Profesionales. Al capitolio le gusta un buen show.

La alfombra no es suficiente. Compraré el sofá y dormiré en él todo el dia.

Es ahí cuando te harán gritar —Se suma Ercole— Quieren patrocinadores. Harán al Capitolio feliz con tu muerte. Gritarás tanto mientras te cortan pedazo a pedazo. Al menos yo sé dónde empezaría.

Y el reloj. Compraré el reloj. No conozco a nadie en el distrito que tenga uno. Seré el primero.

Quizás se haga amigo de alguno de los lindos animales en la arena. Como con sus ponies. Y luego, en la noche, los mutantes lo harán pedazos. Como a esa chica del distrito doce en el Vasallaje, cuando los colibrís mutantes le atravesaron la garganta. ¿Recuerdas cómo salió la sangre disparada? Apuesto a que la tuya cae más lejos que la de ella elfo.

Pasados unos minutos he comprado prácticamente todo el municipio.

— Estás muy callado elfo. ¿Aún no te asustas eh? —Abel habla finalmente, y es cuando decido hacerlo también.

— Lo sabías. ¿Verdad?

— Fue mi idea. —Confiesa con una sonrisa oscura.— Papá no es lo suficientemente listo para que se le ocurriera sólo. Bueno, fue mía y de Eamon de hecho, pero créeme, papá no podía esperar cuando le dijimos que teníamos una cura para la plaga de su vida: Los Juegos del Hambre.

¿Y Jonel? —Las palabras se atoraban en mi garganta.

No estaba muy feliz al respecto, pero es porque apenas hace un año que no es elegible para la Cosecha. Al final cedió, apostó por mutantes, por cierto.

¿Por qué? Sólo quiero que me digas eso.

No es algo de lo que tengas que preocuparte ¿o si? Tu único trabajo es morir, elfo. E intenta que sea bueno, tenemos mucho dinero de por medio.

Los agentes de paz vienen a sacarlos y casi les agradezco. El nudo en la garganta amenaza con salir en cualquier momento en forma de insultos, lágrimas y berridos, no importa la cantidad de determinación que tenga, no podré aguantar mucho más. Van saliendo con una nueva serie de insultos que no puedo ya digerir. Abel me dedica unas últimas palabras antes de salir.

— No te lo tomes tan mal, elfo. Papá siempre dijo que debemos hacer lo que esté en nuestras manos para contribuir a la familia, y tú lo harás por mucho tiempo. Felicidades. —La puerta se cierra y colapso en el sofá, tomando uno de los pequeños cojines y enterrando en él mi cara. Grito todo lo que quiero, todos los insultos que se me ocurren, todas las barbaridades que estoy pensando hasta que siento que mi garganta se va a partir.

El reloj dice que faltan cinco minutos para la hora. No puedo esperar cinco minutos. Quiero salir de éste asquerosamente bello lugar. Me estoy moviendo hacia la puerta para pedirle a los agentes de paz que me lleven a la estación de una buena vez cuando sin que yo la toque, la puerta se abre una vez más. Me paro de repente, como al encontrarme con una pared. Jason está entrando y mirándome como lo hizo en el establo, como si supiera, o mínimo como si quisiera entender lo que me está pasando. Como si le importara.

Tiene la respiración entrecortada, como si hubiera corrido una buena distancia. Me ve con su cara de niño, tan extraño encontrarla pegada a ése enorme cuerpo.

— Hey —Saluda.

No le hago caso. Cruzo los brazos y veo hacia abajo, al ver mi playera azul marino recuerdo cómo había esperado que Jason la viera. Bueno, ahora lo está haciendo.

— Iba a venir con los demás. —Vuelve a hablar— Pero me quedé atorado en la multitud… Pensé que sería demasiado tarde. No quería que te fueras sin decirte que…

— Dime —Mi voz está inusualmente calmada—. ¿Cuál es tu apuesta? ¿Baño de sangre? ¿Mutantes? ¿Profesionales?

¿Qué? —Su ceja izquierda se arruga en confusión.

¿Flechas? ¿Espadas? ¿Una lanza?

— Blight, no sé de lo que me…

— ¿Vigilantes? ¿Desastre natural? ¿Deshidratación? ¿Inanición? —Estoy gritando antes de que lo note. Odio todo lo que tenga que ver con éste hombre, desde sus agujetas desatadas, pasando por el modo en que sus manos están metidas en sus bolsillos, hasta su cara de falso dolor.

Lo odio. Más que ninguno de los otros. Y me odio a mí mismo por querer que él, de todo el distrito, esté de mi lado. Pero no lo está, lo dijo él mismo. Iba a venir con los otros. Le tocó la mala suerte de llegar solo.

Blight, sólo vine a desearte…

— ¿Buena suerte? ¿Felices Juegos del Hambre? ¡Claro, gracias, mi día de la Cosecha va fantástico pedazo de mierda!

— Quería decirte que espero…

— ¿Que muera? Si, tu Abel y Jonel y todos los demás ya lo dejaron claro. No podían esperar para verme partir ¿O si?

— ¿Ellos dijeron…? —Parece que empieza a entender lo que pasa.

Vete al carajo Jason.

— Blight. Yo nunca…

— ¿Recuerdas la vez que me encerraste? ¿Y la pelota que me dejó tirado? ¿Tú nunca hiciste nada de eso?

— ¡Lo siento! ¿Está bien? ¡Perdóname! —Él también se pone a gritar. Me he quedado sin palabras el tiempo exacto para que logre colar otra frase entre mi silencio. Y es la que menos habría esperado—. ¿Tienes un símbolo? ¿Del Distrito?

— ¿Qué? —Símbolo del Distrito. ¿Está jugando? ¿Realmente cree que quiero algo que me recuerde a éste lugar? Parece que sí, pues está alzando la mano hacia mí. Y me está mirando de una manera… La expresión de su cara me hace no poder contener un sollozo. No quiero mirar lo que tiene en la mano, así que toma la mía y pone el objeto suavemente en mi palma.

No tengo idea de lo que pasó allá afuera. No sé por qué. Nunca, jamás he querido lastimarte Blight. Y quiero que tomes esto, para que tengas una razón para pelear. Mi padre la hizo para mí, hace mucho tiempo.

Por fin veo lo que tengo en la mano. Es una moneda de madera, un amuleto de cierta forma. Lleva grabado un caballo rampante, casi perfecto. Mi puño se cierra alrededor de ella y por fin lo veo a los ojos.

Sal de aquí.

Si Jason parecía herido antes, no es nada comparado con la ola de profundo dolor que pasa por su cara.

Blight…

¡Sal de aquí! ¡Sal y regresa con tus amigos y ojalá se pudran todos! ¡No significas nada para mí! ¡Cuando muera, será sólo para restregártelo en la cara maldito… maldito… malnacido!

Jason camina de espaldas hasta tocar con su mano el pomo de la puerta. La abre de golpe, pero antes de que pueda voltearse para marcharse, le he aventado su preciosa moneda a la cara. Le da en el pecho, donde rebota y cae al suelo. No puede haberle hecho ni un rasguño, pero por como me mira, parece que he querido atravesarle con una lanza.

Se agacha y la toma. Se va sin mirar atrás y vuelvo a colapsar en el sofá. El último minuto que me queda lo paso obligándome a no llorar.

Si la hora que pasé en el municipio fue el infierno, el viaje al tren trae consigo una nueva serie de extraños retos. Al menos mi cara no está roja de llanto. Pero Charlie a mi lado está haciendo ésta cosa que sólo a algunas chicas les sale, en donde llora silenciosamente, y cada lágrima cae delicada, sin arruinar su cara en lo más mínimo. Al capitolio le encantará Charlie. De mí, no me importa lo que piensen, lo más seguro es que esté muerto y olvidado después de la primera hora en los Juegos.

Ir en un coche es una nueva experiencia, una que me habría gustado en otras circunstancias, en estos momentos apenas registro que llegamos a la estación. En cuanto salimos del carro, me ciegan los flashes y las luces que han puesto para grabar nuestra salida. Reporteros con tantas vestimentas y tan extrañas que forman un psicodélico arcoíris nos bombardean con preguntas increíblemente personales e intrusivas. Afortunadamente, Vera y Eamon están ahí para contestar por nosotros e insisten que todos tendrán largas entrevistas y jugosos detalles en cuanto pongamos pie en el Capitolio.

El tren nos espera. Charlie y yo estamos por abordar cuando se produce una conmoción entre la multitud. Alguien está gritando, pero no puedo distinguir la voz entre tanta gente. Probablemente un amigo de Charlie que no pudo decir adiós. En segundos un agente de paz vocifera a alguien que agarre a la criatura.

El reportero más cercano toma el brazo del agente y le pide que los deje grabar esto. Que será un gran material especial. Sin demora, un pequeño camino se ha abierto y una figura pequeña corre hacia el tren.

Para mi sorpresa, noto que es Merrill Mason. El chico por el que me ofrecí. Sin quererlo, muy muy obligado y con poca sinceridad, claro, pero no me había puesto a pensar hasta ahora que mis acciones le habían dado una segunda oportunidad en la vida a alguien. O quizás lo había pensado pero estaba demasiado ocupado compadeciéndome a mí mismo para realmente absorberlo. Por un momento me siento algo avergonzado y no sé por qué.

Merrill corre hacia mí. Una mano en su estómago, obligándose a tomar aire, y la otra sosteniendo a una pequeña niña que no podría tener más de tres. Una de sus hermanas de seguro.

Quería… yo quería… darte las gracias. —Logra decir entre bocanadas de aire— Tu… me salvaste.

— No me agradezcas, al final no fue decisión mía. —Le digo sin poder mirarlo.

Toma mi mano, ignorando mi incomodidad y las veinte cámaras apuntándole. —Gracias Blight, por mi familia. Gracias.

— ¡Bueno ya estuvo niño!

Merrill se da la vuelta antes que el agente de paz lo agarre y lo arrastre a casa, pero su pequeña hermana se suelta de su agarre y corre hacia mí lo más rápido que sus pequeñas piernas la dejan. Me agarra del pantalón y me pide con su dedo que me agache. Lo hago, miro a los ojos a ésta pequeñita.

— Tu —Pone un dedo en mi pecho. Los reporteros mueren de emoción. No puedo evitar sonreírle.

— Yo —La imito, señalándome.

Ganar. —Termina y mi sonrisa se desvanece.

Escucha bonita, yo no voy a…

¡No! —Grita y golpea mi nariz. Un coro de sonidos enternecidos se escucha desde la marea de reporteros. La niña los ignora y me mira muy seria. — Ganar. —Repite.

Ganar —Le digo.

Merrill toma su mano de nuevo y se la lleva.

Vamos Johanna —Alcanzo a escuchar antes de que desaparezcan por donde vinieron. Me volteo, la boba sonrisa aún en mi rostro, pero antes de entrar al tren, veo hacia atrás una vez más. No a los árboles, no al humo saliendo de las casas, ni siquiera a los establos. Si ésta va a ser la última vez que voy a ver al Distrito 7, entonces elijo ver a los pequeños Merrill y Johanna Mason alejándose.