Jason:
Los Juegos del Hambre son de vista obligatoria en todo Panem. Incluyendo a los Distritos.
Especialmente los Distritos. Después de todo, por ellos fueron creados, para que el espectáculo de ver a nuestros familiares, amigos, vecinos matarse entre sí nos haga reprimir cualquier pensamiento rebelde que podamos tener.
No hubo trabajo hoy. Los campamentos de leñadores están cerrados en los días importantes de los Juegos. En años pasados los he visto en casa con mi madre. Algunas veces se nos unen mi hermana y su esposo, aunque rara vez los vemos, ya que viven en uno de los poblados aledaños. Dos años atrás, toda la familia se reunía en la casa de mis tíos para ver a mi primo competir en el segundo Vasallaje. Cameron era el tributo más prometedor que el distrito había visto en años, obteniendo un nueve en el entrenamiento y recibiendo un buen número de donaciones. Era tan hábil con el hacha que los Profesionales lo invitaron a unirse a su pequeño grupo de caza y vimos cómo llegó a los doce finales. Luego, mientras los Profesionales que quedaban luchaban con la eventual vencedora, a Cameron le disparó una pequeña con dardos venenosos. Aún puedo escuchar los aullidos de mi tía al ver la cara de su hijo hinchada y contorsionada por el veneno. Al día siguiente, pequeños montones de comida aparecieron en su puerta.
Ver los Juegos del Hambre desde la Taberna no podría ser más diferente. Casi me recuerda a las imágenes que muestran del Capitolio, con la gente vitoreando y mirando expectantes la pantalla. Estoy de vuelta para ver la Ceremonia Inaugural, y me juré a mismo que sólo tomaría dos cervezas. No olvidaré pronto la última resaca que tuve. Lo que es aún peor es haber perdido el amuleto que le iba a dar a Blight, el que hizo mi padre. El único recuerdo que tengo de él. La culpa me duele más que el dolor de cabeza.
La Taberna está a reventar, como siempre. Las enormes pantallas emitiendo las primeras imágenes de la Inauguración. Burgen, Abel y Jonel fueron sentados en lugares de primera fila, junto a la barra, donde las meseras no dejan de rellenar sus tarros. El grupito usual los rodea, riendo y bromeando. De hecho, parece que es más grande que de costumbre. Todos están ansiosos por ver a Blight desde que se fue al Capitolio. Me preocupa lo que pueda ver en pantalla. Cada año los tributos son vestidos fastuosamente y exhibidos para todo Panem. Le rezo a todos los dioses que a Blight le toque un buen estilista. Ya ha sido humillado frente al distrito y no necesita repetir la experiencia frente a toda la nación.
Igual que anoche, Connel y Abel me hacen gestos para que me les una. Lo hago de mala gana. En el transcurso de éstos días mi amistad con todos ha decaído, al menos en mi mente. Sin embargo me siento en el lugar de siempre, al lado de Ercole y con un asentimiento de cabeza le pido a la mesera que me traiga un tarro. Intento ocultarme tras ella y no escuchar los comentarios de los Juegos.
Por desgracia Abel me da una palmada, tiene junto a él a un hombre bajo con cara de ido que usa un traje dos tallas más grande.
— Jason, conoce a Jono— Abel dice con un giño. —Él será nuestro corredor de apuestas. Aún no has hecho la tuya.
— Por ahora, casi todos apuestan por el baño de sangre, seguido por eliminación por profesionales. Y van siendo cada ves menos, hay unas pocas que dicen que llegará a los primeros ocho pero nadie ha sido tan tonto como para apostar por su victoria. —Su sonrisa le hace dar un vuelco a mi estómago y debo quitarme de encima las ganas de azotarlo contra la pared, tomarlo del cuello y sacudirlo como a un perro por hablar de la muerte de un chico que jamás ha conocido.
En lugar de eso, saco algunos sesterceres de mi bolsa y los pongo en la mesa.
— Listo. Tienes una a que Blight gana.
Las cejas del corredor no pueden subir más o llegarían al cielo. Antes de que pueda decir nada, Abel suelta una risotada.
— ¡Si tienes tantas ganas de tirar tu dinero a la basura, mejor cómprale a tus amigos una ronda! —Pronto mi dinero es convertido en cervezas y Jono se ha ido, seguramente a recoger más apuestas. Un murmullo colectivo se hace presente entre los que están más cerca de las pantallas.
— ¡Ya empieza! ¡Ya empieza!
Levanto la mirada. Ya que en la repetición de las cosechas estuve más que ebrio, ésta es mi primera impresión de la competición de Blight. Como es usual, cuando los carruajes con los Profesionales pasan por la calle principal, son recibidos por gritos y vítores estridentes. Lucen confiados, saludando a la multitud y levantando los brazos, haciendo señales de victoria y flexionando los músculos. No han trabajado un día de sus vidas. Han pasado cada uno de sus años entrenando para matar niños para el Capitolio.
Pasan uno por uno. Distritos uno, dos, tres, cuatro. Los comentaristas no paran de hablar sobre cada tributo y cada vestuario, prediciendo las nuevas modas y los posibles patrocinadores. Los estilistas son entrevistados para que puedan hablar de lo que acaban de mandar al desfile. El Distrito 6 pasa en la pantalla, sus tributos vestidos en horrendos y antaños uniformes de ferrocarrileros. En la taberna se hace el silencio. Una mujer enorme vestida por completo en plata está al aire, hablando con uno de los presentadores.
— ¡Pero por supuesto Antonia, Blight Gavin ha sido el sueño de todo estilista! Confiado, seguro y muy guapo seguro que lo has notado… —Una carcajada recorre la taberna, tan estridente que dejan de oírse sus palabras. A penas se ha calmado a tiempo para escuchar a Lucia anunciando: — ¡Les presento a Blight y Charlotte, los elfos del Distrito 7!
El revuelo que esto causa es indescriptible. Abel está llorando de la risa y su puño golpea la barra con emoción, los demás le dan golpecitos de aprobación en la espalda. Vítores, insultos, aplausos, y bromas de toda clase llenan el ambiente. Quiero enterrar la cara en las manos. No puedo ver esto. De todas las cosas que pudieron haberle hecho, ésta es la peor. Lo destruirá a él y cualquier chance que tuviera. Pero no puedo apartar la vista. Es cuando Blight aparece y el silencio vuelve.
Está vestido como un elfo del bosque. También Charlie. Pero lejos de verse ridículos, patéticos o tontos, se ven increíbles. Como si los dioses hubiesen tomado forma humana. Su cara, antes llena de tierra y suciedad de los establos, ahora resplandece con los símbolos pintados en ella y su cuerpo semi desnudo. Parece brillar. Pero brillan más sus ojos, que barren a la multitud con ésa forma tan peculiar que tiene de mirar. Como si nada pudiera tocarlo.
Los comentaristas están histéricos, chillando y hablando sin parar de lo maravilloso que es todo esto. Las cámaras siguen al Distrito 7 por un largo tiempo, más que a cualquier otro. Entonces viene el momento donde se suelta el caballo y Blight lo monta y lo calma. Es en ése instante cuando me doy cuenta que el Capitolio no romperá a Blight, no importa lo que le haga. Porque está actuando como yo lo vi en los establos ayer. Concentrado en el momento y nada más, ni siquiera en el camino frente a él que es llenado de rosas y confeti.
El nivel de ruido en la Taberna vuelve, pero en un tono muy diferente. El Presidente Snow sube al pódium y comienza el discurso, veo a mis compatriotas que intercambian miradas divertidas. El discurso acaba y los carruajes dan la vuelta. Cada vez que la cámara se posa en Blight los comentaristas especulan cuántos patrocinadores estarán fascinados con los misteriosos y excitantes tributos del 7. Mucho tiempo es gastado en hablar de la belleza de Charlie, pero es el espectáculo que dio Blight con el caballo el que ha hecho la noche. No puedo evitar notar que Blight está diferente en el tramo de regreso. Sus ojos miran al infinito y su boca es una línea apretada. No parece saber dónde está. Quizás sólo está concentrado en su montura. Antes de que pueda seguir especulando, los tributos han desaparecido dentro de la inmensa torre.
Jonel voltea a ver a su familia.
— Esto lo cambia todo.
— No. —Dice Burgen, está tan borracho que me sorprende que le haya entendido— No cambia nada.
— ¡Claro que si! Se supone que no iba a tener patrocinadores. ¡Ellos harán la diferencia! ¡Recuerda a Cora! ¡Recuerda a…!
— ¡Calla ahora mismo idiota! ¡No tendrá patrocinadores! ¡Ahora cierra el hocico y tráeme otra cerveza!
— Pero si…
— Jonel, eres un idiota. —Dice Abel— ¿Quién maneja los acuerdos con los patrocinadores?
— Mentores
— ¿Y quién manda regalos en la arena?
— Mentores —Atina a decir Jonel después de una pausa.
— ¿Y quién es el mentor de Blight?
— Um… Eamon
— ¿Y de quién fue la idea de mandar a Blight a los juegos?
— Tuya… y de… ¡Oh! ¡Eamon! —
— Idiota.
No puedo apartar la mirada de Abel. Ni siquiera recuerdo haberme parado o haber caminado hacia él. Se voltea a verme.
— ¿Necesitas algo compañero?
No respondo. Sólo estrello mi puño contra su cara.
Las maldiciones de Abel no pueden ser escuchadas debido al barullo que se hace. Incluso yo estoy gritando a todo pulmón.
— ¡Maldito de los Dioses, peón del Capitolio, asqueroso, vil y repugnante…!
— ¡¿Cuál es tu problema?! —Me grita Abel mientras intenta levantarse del suelo. Burgen se acerca a mí y sus ojos prometen mucho dolor, pero estoy demasiado ido para que me importe.
— ¡Tu planeaste esto! ¡Tu y todos ustedes! ¡Están lucrando con su muerte! ¡Eso es todo lo que es para ustedes bastardos!
— ¿Y a ti qué mas te da? Solo es Blight.
— ¡Es tu hermano! ¡Tu propio hermano, maldito…!
— ¿Y qué es de ti? —Se ha levantado y sus ojos destellan malicia— ¿Qué es mi hermano de ti, Jason? No me digas que te has estado doblando para los caballos como él.
Levanto mi puño una vez más, dispuesto a golpearlo hasta que no quede nada de mi mejor amigo, pero una fuerte mano toma mi muñeca y me da la vuelta. Me retuerzo e intento zafarme pero pronto son dos contra uno y tengo unas copas encima. No es sino hasta que salgo a la plaza y veo a Blight montando un caballo en las pantallas gigantes que se me baja la adrenalina y me doy cuenta que las manos que me sostienen llevan guantes blancos, el miedo me invade cuando subo más la vista y me encuentro con sendos cascos. Agentes de Paz.
El Edificio de Justicia está frente a la Taberna y soy llevado por una puerta pequeña, el ala donde me encuentro es de cemento sólido y nada más. Entro a un cuatro con una silla de metal y una linterna colgando del techo. Un Agente de Paz se queda fuera y el otro me avienta a la silla.
— Así que te gusta causar problemas.
— No… Yo no quería…
Me da un golpe en la mejilla. Duro.
— No hables a menos que te haga una pregunta. Te gusta causar problemas.
— ¡No! Yo…
Otro golpe. Aún más fuerte.
— Causar disturbios durante la transmisión de los Juegos es una ofensa seria.
Me quedo callado esta vez. Aún así me golpea.
— Eres un loco peligroso. ¿Sabes cómo tratamos aquí con gente como tú?
Más golpes, en todo el cuerpo.
— ¿En qué otra actividad subversiva estás inmiscuido?
— Ninguna.
— ¡No me mientas niño!
— ¡No lo hago!
— ¡Dije que no más mentiras…!
La interrogación es detenida por voces acaloradas en la puerta. Parece ser que alguien quiere entrar y el otro Agente no lo deja. La puerta se abre de un tirón y un joven Agente aparece en la puerta.
— Señor, intenté detenerlo, de verdad, pero dijo que…
Sus palabras son interrumpidas por una figura masiva que bloquea la luz de la puerta. Me quedo sin aliento, pensando que es una nueva amenaza, pero un suspiro de alivio me recorre el cuerpo al ver que es Mack, que está mirando al Agente de Paz con odio mal disimulado.
— Deja ir al muchacho.
— ¿Bajo las ordenes de quién? —Pregunta haciendo un gesto de asco.
— Las del Jefe Core. No tienes derecho a mantener detenido a éste chico.
— Interrumpió la vista obligatoria de los Juegos del Hambre.
— Ya había terminado cuando perdió la cabeza. No tienen fundamentos. Suéltalo.
— Los Agentes de Paz no tienen que tener razones para interrogar sospechosos de subversión, harías bien en recordar eso. —El Agente da un paso al frente, claramente tratando de intimidar a Mack.
— El Jefe Core va a saber de esto. —Mack da otro paso al frente, y dada su estatura resulta más efectivo.
— Muy bien. —No puede ocultar su disgusto en la voz— Todos sabemos que tienes al Jefe en tu bolsillo, pero sería mejor que mantuvieras la cabeza gacha por una vez, o el Capitolio puede darse cuenta de que Core se entiende con subversivos.
No entiendo nada más que mi orden de liberación. En segundos, Mack toma mi brazo y me levanta de la silla. Marcha hacia la puerta, la abre y sin una mirada atrás me arrastra fuera del edificio. No me mira hasta que estamos en la linde del bosque. Una vez ahí casi me azota contra el árbol más cercano.
— ¡Eres un idiota! ¡Te lo advertí! ¡Yo TE LO DIJE! ¿No te hablé sobre no hacer alborotos?
— Mack, lo siento…
— ¿Lo sientes? ¿LO SIENTES? —Se ríe— ¿Han oído eso? —Le grita a los árboles— El chico lo siente. Bueno, ya está todo bien ahora ¿no?.
Las emociones de la noche, la alegría de ver a Blight, el enojo ante el vicio del Distrio, el miedo de mi arresto y ahora la vergüenza que siento al fallarle a Mack tan espectacularmente amenazan con sobrepasarme. Entierro la cara en mis manos para no tener que verlo. Unos momentos horrendos pasan hasta que Mack suspira sonoramente y me da un trapo. Debo parecer confundido pues tiene que señalar mi cara para que entienda que debo limpiarme con él.
— Tienes suerte de que el Jefe de los Agentes de Paz sea más razonable que Trey. Si no hubiera estado aquí las cosas habrían sido mucho peores.
— ¿Cómo es que Core estuvo de acuerdo contigo?
— No lo hizo —Mack sonríe— Todos saben que tenemos entendimientos de clase monetaria.
— ¿Qué clase de…?
— Eso no te incumbe. Sólo digamos que la industria de la producción de alcohol aquí en 7 da buenas ganancias e incluso en Jefe no es bien pagado. Y en mi sótano caben una o dos botellas de whisky más. No quiero estar del otro lado de la gracia del Capitolio. El punto es muchacho, que te comportaste muy estúpido ahí dentro. Hay más en juego de lo que te puedes imaginar.
— Lo lamento de verdad Mack. Es sólo que no pude quedarme sin hacer nada mientras actuaban tan…
— Lo sé. Escucha Jason, sé que te gusta ése chico. Y sé que quizá un poco más que eso. Y sé que es más duro aún por lo de tu primo. Sin embargo tenemos que aceptar el hecho de que cuando Blight muera… no digas nada, todos queremos pensar diferente, pero la verdad es que muy probablemente morirá. Y cuando lo haga, mucha gente tendrá mucho dinero. Y todo el Distrito tendrá problemas.
— ¿A qué te refieres?
— Jason, Los Juegos del Hambre son un recordatorio de lo mucho que merecemos sufrir por los Días Oscuros. ¡No se supone que lucremos con ellos! Cuando el Capitolio se entere, y por los dioses que lo hará, todos tendremos un hacha en nuestros cuellos si bien nos va. Ya he contactado a tu hermana y está preparada para recibirte a ti, tu madre y mi familia en cuanto Blight muera. Si hay alguien más que necesites sacar de aquí prepáralo. Los pueblos de las afueras probablemente estarán más a salvo.
Un escalofrío recorre mi espina. Sin quererlo, las imágenes del Distrito 13, bombardeado, llegan a mi cabeza. ¿Éste es el destino que le espera a mi casa? ¿Mi familia? ¿Por la idiotez y la avaricia de unos cuantos?
— Así que a partir de ahora verás los Juegos conmigo, para que pueda mantenerte a raya. Lo que quieras decir, lo que quieras hacer, te lo guardas. Hay vidas en juego chico, no sólo la tuya o la de Blight.
Asiento con la cabeza.
— ¿De verdad te gusta eh?
— Yo.. Es que… Todo está pasando demasiado rápido. —A penas puedo hablar.
— Siempre lo hace chico. Siempre es así. —Dice dándome unas palmaditas amistosas en la espalda.
— Gracias Mack.
Me guía de vuelta a la casa, antes de irse me recuerda que Blight irá a la arena sin patrocinadores, sin aliados oficiales, sin ayuda del exterior. Pero que a pesar de todo lo que Burgen, Abel o Eamon puedan hacer, no pueden quitarle lo brillante, lo ingenioso y el enorme coraje y voluntad que carga consigo.
— Rézale a los dioses en que creas que eso sea suficiente para salir de ésta. Porque si no lo hace, todos nos iremos con él.
