Blight:
Es raro cómo las lesiones afectan tu mente tanto como tu cuerpo. No me refiero a los golpes con los que he lidiado toda mi vida gracias a mi padre, hermanos y otros en el Distrito 7. Hablo de lesiones de verdad, como las que te provoca la arena. Lesiones que entran en la categoría de muy, muy malas. Desde que los Juego comenzaron, mis sentidos han estado en alerta máxima. Todo parecía más nítido, más claro. Probablemente un efecto secundario positivo de estar en un continuo y perpetuo terror. Pero ya no más. De hecho, todo lo contrario. Desde la trampa de los Vigilantes en las ruinas mi mente y pensamientos están borrosos. Mi cuerpo abatido siente menos agonía de la que debería. Y no tengo más energía para sentir miedo. La carne le dice a la mente que morirá pronto, y el cerebro le responde que no podría interesarle menos.
Recuerdo haberme arrastrado a través de la cortina de humo gris y polvo. Cómo pude aferrarme a mi bastón y mochila durante ese terrible viaje, no lo sé. Sólo sé que cada movimiento de brazos y piernas era tortura y cómo el simple pensamiento de levantarme me tiraba al suelo. Mi mente estaba lo suficientemente lúcida como para no ceder a la tentación de gatear hacia una de las puertas en la calle. Finalmente, después de horas, encontré un edificio en ruinas con una esquina en pie. No era mucho, pero me cubría de la nube de polvo. Sé que intenté formar una especie de campamento, pero el bastón y la mochila resbalaron de mis dedos insensibles. Me hice un ovillo de miseria mientras el himno sonaba y la cara de Chip aparecía en el cielo.
Los Vigilantes parecieron pensar que había sufrido demasiado por ahora y me dejaron en paz durante la noche. Quizás había tributos más interesantes en los que concentrarse. Los Profesionales habían tenido ya dos días para prepararse y seguramente habían estado peinando la región buscando otros tributos. Agradezco a los Vigilantes por el hecho de que sea una arena muy grande, de las más grandes que recuerdo. Despierto al mediodía del tercer día de los Juegos. Paso toda la tarde en mi esquina, mascando carne seca y tomando agua. Sé que debería moverme o me arriesgo a que me encuentren los Profesionales o a que el Capitolio se aburra de mi y las trampas se activen de nuevo, pero no puedo hacer que mi cuerpo coopere. Agreguen a eso que no puedo respirar, como si tuviera piedras clavadas en mi pecho. Justo ahora, morir en una esquina no parece tan mala idea, y la inconsciencia coquetea conmigo con los brazos abiertos.
Carajo Jason. Basta. Para ya de mirarme con ésa estúpida sonrisa de niño. Deja de recordarme que te prometí que volvería a casa para decir que lo siento. Realmente no quiero pararme ahora y no hay nada que puedas hacer al respecto. Oh, Oh fantástico. ¿Así que vas a tomarte de las manos con Madme Lucia y mi madre? Todos intentarán que camine hacia ustedes. Si, genial idea. Caminaré desde aquí al Distrito 7. Díganle al Capitolio que tengo un pendiente que no puedo aplazar. Brillante plan Jason. Brillante.
¿Qué es esto? Oh, una mano. ¿Para levantarme? Eso es dulce Jason. Muy dulce. Si, eso fue sarcasmo. Ya me levanté ¿feliz? ¿no? Como quieras entonces. Oh ¿quieres montar? ¿Y crees que me ganarás en una carrera? No lo intentes, podría ganarte con las manos atadas a la espalda y mis pies en botas de plomo. ¡Hey! ¡No huyas de mí cuando te hablo! ¡Si, te hablo a ti Jason! ¿A dónde vas? ¡Vuelve aquí!
Jason vuelve aquí.
Vuelve.
Mis ojos se abren y recuerdo dónde estoy. Sin Jason, sin Madame Lucia. Sigo en la aren.
¿Pero dónde diablos estoy?
Me doblo de dolor. Mi mente comienza a aclararse y a multiplicar el dolor en mi cuerpo. Parece que ella se está curando sin él. Miro al rededor y me doy cuenta que sigo en medio de la Ciudad de los Gigantes pero en un área desconocida. Debí caminar en trance durante horas a juzgar por el sol. Creo que mi mente simplemente dejó de funcionar y forzó a mi cuerpo a hacer lo que necesitara sin importar las consecuencias. Eso o Jason apareció y me cargó hasta aquí. Lo que es estúpido. Estoy en esta arena, no Jason. Aunque eso no quiere decir que no me alegra haberle visto.
Estoy en una sección de la ciudad en la que todo está compuesto por altas montañas de escombros, no edificios parcialmente intactos. La excepción está frente a mí. Es un edificio bajo conservado casi entero, a excepción del techo. Si tuviera que adivinar diría que era un templo. Un retrato de lo que asumo es una diosa con cabello verde y una corona está montado sobre la puerta junto a su nombre. Starbucks. bueno, con suerte será piadosa si levanto mi campamento en su templo. Entro y pongo mis cosas en el suelo. Y ahora es cuando me preocupo porque a pesar de tener un poco de energía mi respiración no ha mejorado en absoluto. Quiero dormir más que nada, pero quiero mantenerme despierto hasta que el himno suene. Me he perdido un cañón. La cara de la chica del 11 aparece en el cielo por unos segundos. El sello le sigue y no hay quien me pare. Me quedo dormido usando la mochila de almohada.
La lluvia me despierta al cuarto día. Cuando me paro ya estoy mojado gracias a que no hay techo sobre mí. Me quedo quieto unos momentos, mirando cómo el polvo que se me ha quedado pegado a la piel por dos días comienza a resbalar. Bueno, al menos estoy más o menos limpio ahora. Sé que hoy es el día que debo volver al juego. Los Vigilantes me han permitido un descanso, y ahora estoy seguro de que ha terminado. Tengo que mostrar que aún puedo y quiero ganar o me arriesgo a que me pongan una horrible prueba.
Lo primero que hago es poner mis tres botellas de agua bajo los chorritos que caen de las paredes. En cuanto se llenan las purifico y bebo con ansias, sabiendo que debo rehidratarme. Mientras se vuelven a llenar comienzo a atender mis heridas. Me quito la chaqueta, la camisa, el cinturón y los pantalones. Mi cabeza y cara parecen estar intactas, mis piernas y brazos están rojos y cubiertos de laceraciones y cortes, pero parece que la ropa los ha protegido de lo peor. Pero mi espalda. No puedo verla pero sé que es malo. A penas he tocado la herido un sordo dolor me hace sisear. No está sangrando pero siento que duele por dentro, lo cual deja ver que es aún peor de lo que pensé. Tengo bastantes vendas así que aplico crema anti-infección por todo mi cuerpo y sobretodo en la espalda y me hago un vendaje por el estómago. Para cuando me visto de nuevo la lluvia ha terminado. Estoy poniéndome la chaqueta cuando suena un cañón. Me congelo al instante, escuchando y minutos después otro cañón suena.
No pierdo tiempo especulando, pero me encantaría que los Profesionales comenzaran a volverse unos contra otros. Aunque es muy posible que vea las caras de Charlie o Devon en el cielo. El pensamiento a penas ha cruzado mi mente cuando me doblo de nuevo de dolor, un terrible dolor y mi cuerpo es recorrido por un severo ataque de tos. Siento como si fuera a toser mi esófago entero. Mis manos están sobre mi boca hasta que el ataque termina y cuando las muevo mis palmas están cubiertas en sangre.
—No —susurro—. Dioses no —Esto es malo. Sé que inhalé una gran cantidad de polvo e incluso pequeñas partículas de escombro, pero el daño es mucho peor de lo que imaginé. Sé por instinto que han dañado mis pulmones. También sé que no hay nada en mi mochila que sea útil pero eso no me detiene de buscar.
Crema para quemaduras, vendas, antídoto de rastrevíspula, crema anti bacterial, alcohol. Ningún reparador mágico de pulmones.
Es temprano en los Juegos, así que la medicina no debe ser tan cara pero sé que Eamon no me mandará nada. Es por eso que casi me pierdo de nuevo el paracaídas, hasta que cae a mis pies.
—Eamon, no lo hiciste... —abro el paquete. Tenía razón, no lo hizo. Eamon me mandó una botella de licor blanco, como el que sirven en la Taberna del Distrito 7 cuando la gente pide "shots" porque es muy fuerte. A diferencia de la navaja, el mensaje aquí es claro. Mi mentor, mi padre, hermanos y distrito están viendo. Siempre viendo. Y siempre riéndose del dolor que estoy pasando.
El deseo de aventar la botella lo más lejos posible me asalta de nuevo, pero sigo con mi política de no tirar nada que mis patrocinadores hayan pagado. Así que abro la botella y tomo un gran trago.
Mala idea Blight. La mayoría es escupido de inmediato. Buena suerte que no había prendido una fogata o me habría quemado la cara.
Así que no hay nada en mi mochila, nada de mi mentor. A menos que los Vigilantes decidan ponerme medicina en una bandeja de plata seguro moriré. Y las probabilidades de que eso pase son... bueno, sólo recuerden lo que pasó con Chip. El tomó uno de sus regalos y éste lo voló por los aires.
Algo acerca de ese recuerdo me parece raro. Algo no es como lo recuerdo. Y entonces me doy cuenta. Chip tenía su paquete, tenía el regalo. La trampa no se presentó hasta que tomó el otro. El mío.
Llega a mí una ola de entendimiento. Los Vigilantes nos darán lo que queremos. Chip necesitaba comida, le dieron comida. Pero su codicia activó la trampa. Si no hubiera activado la trampa tendría su comida... Así que si necesito medicina, los Vigilantes me la darán siempre y cuando no active la trampa. Pero para tomar la medicina debo volver a la Avenida de las Tentaciones. Un nombre apto supongo.
Estoy consciente de que mi teoría tiene problemas, pero es mi única esperanza, y tampoco es como si tuviera otra cosa que hacer. Levanto mi campamento de inmediato, sabiendo que podría tomar un para de horas volver al sitio donde murió Chip. Antes de salir como y bebo. En un momento de locura entierro un poco de fruta seca y vierto un poco de agua sobre la tierra en ofrenda a Starbucks. Creo que es de sabios mostrar gentileza a los dioses extraños. No es que Starbucks le haya ayudado mucho a los antiguos americanos pero no lo diré en voz alta en caso de que esté escuchando.
Me toma menos tiempo del que había anticipado el volver a la Avenida de las Tentaciones a pesar de tener otros dos ataques de tos, cada uno más sangriento que el anterior. Mi tiempo se acaba y no he tenido suerte en la avenida. Veo en cada puerta esperanzado, esperando, para ser recompensado con nada más que oscuridad y polvo. Llego al final de los edificios y me doy cuenta que era una esperanza vana. No hay nada aquí. Los Vigilantes no tienen mas interés en mí más que el de verme morir en un charco de mi propia sangre. Y mi familia habrá ganado. Dejo escapar un gruñido de coraje y frustración que no termina cuando el aire en mis pulmones se agota. Volteo y veo a través de la puerta del último edificio, mirando con incredulidad cómo un pedestal se levanta en medio del cuarto con un pequeño envase en el centro. La cruz roja en el envase lo evidencia aún más. Esta es la medicina. El regalo que necesito con desesperación. Pero... ¿dónde está la trampa?
Bueno, no tiene caso quedarse a pensar en ello. Dejo mis cosas afuera, sabiendo que no me ayudarán ahora. Tomo aire y entro. Nada. Doy dos pasos adelante con cautela. Un suave zumbido llega a mis oídos y me quedo quieto lo que parece una eternidad pero es sólo un par de minutos. El zumbido es constante y no crece. Unos pasos más y no hay cambios.
Intento ignorar el hecho de que sin duda todo Panem está viendo esto. Todas las cámaras puestas en mí intentando averiguar cómo salvarme sin morir en el intento. Lentamente, con cuidado llego al pedestal. Cierro mis ojos. ¿El zumbido es más fuerte? No. Bueno, no tiene caso seguir aplazando esto. Pongo las manos en el paquete, tomo aire y lo levanto. En ese momento todas las luces del cuarto se prenden.
—¡Carajo!
Las luces iluminan sobre lo que he estado caminado. Nidos de rastrevíspula. Docenas de ellos, cada uno con cientos de enormes avispas doradas con veneno que produce locura y muerte. Y ahora, con las irritantes y calientes luces a todo lo que dan el zumbido definitivamente está creciendo.
No dudo ni un segundo. Tomo el envase y salgo corriendo del cuarto mientras las rastrevíspulas salen de sus nidos. Tomo mi palo y mochila esperando que no les haya dado tiempo de marcarme como presa pero claro, una de ellas vuela hacia mí como una bala. Me digo a mi mismo que es uno de los cuchillos de Tara y por pura suerte la golpea y la envía al suelo. La aplasto con mi bota.
Pero las otras están saliendo ya, lo sé. Esta es la trampa. Toma la medicina y escapa de las rastrevíspulas. Y no tengo esperanza de hacerlo. No soy lo suficientemente rápido con mis lesiones y no tengo con qué protegerme, no he recibido más ayuda que una navaja y una maldita botella de licor.
El zumbido ha crecido alarmantemente y tengo segundo para pensar en algo, pero mi mente trabaja más rápido que nunca. Saco la botella, la abro y corto un pedazo de mi playera que meto en el cuello de la botella, le pongo alcohol del que llevaba en la mochila y le prendo fuego. Toma sólo un segundo en prender y la aviento hacia la puerta en la que ya hay cientos de doradas enemigas.
El regalo de Eamon explota en una bola de fuego y humo que derriba el edificio. Tomo mis cosas y me alejo en caso de que alguna rastrevíspula sobreviva al fuego. Ninguna lo hace. En su lugar escucho docenas de explosiones pequeñas e imagino cada nido explotando como maíz en tetera.
Llego a un montículo de escombro y pasto antes de abrir en envase. Dentro hay un frasco de líquido azulado. Me lo tomo sin cuestionarlo, ignorando el sabor. El pensamiento de que podría ser veneno y todo esto podría ser una broma de los Vigilantes cruza mi mente pero entonces mi respiración mejora, tanto que hasta siento que el dolor de la espalda es menor. Agradezco a los dioses, las estrellas y sí, los Vigilantes. Me alejo del infierno detrás de mí lo más rápido que puedo, el fuego seguro atraerá atención innecesaria y además no hay nada, ni la más grande necesidad, que me haga volver a la Avenida de las Tentaciones.
Esa noche, mientras descanso en el templo de Starbucks y me acabo el conejo y el agua miro al cielo el logotipo de Panem, seguido de las imágenes de los chicos del 9 y 11 que son los que murieron esta mañana. Eso me deja a mí, seis Profesionales, Charlie, Qin Li, Bobbi y Devon en la arena. Sólo quedamos once. Diez más de los necesarios. Mañana debo volver al bosque parque y al lago para conseguir comida y agua, incluso si eso me pone en territorio de los profesionales. He sido lo suficientemente afortunado de no tener contacto con nadie más por dos días pero tengo el presentimiento de que eso acabará pronto. Mientras miro las estrellas desde el templo sin techo, sé que los Juegos del Hambre a penas van a empezar.
