Jason:

Me duele la cabeza. Y mucho.

Admito que he tenido una cantidad poco saludable de resacas en mi corta vida, algo inevitable cuando tus amigos son los hermanos Gavin, pero nunca había experimentado algo como esto. Se siente como si un nudo de dolor presionara insistentemente mi cerebro, me duele todo el cuerpo y mis ojos cegados parecen no poder procesar la cantidad de luz que entra por la minúscula ventana de mi cuarto. La cama parece de metal y todo a mí alrededor se mece, como si estuviera en una hamaca. Debió ser una noche intensa.

A pesar de mi estado, consigo abrir los ojos por completo. El sol acaba de salir, puedo darme cuenta por su posición justo por encima del lago.

El lago.

El cráneo me pulsa aún más violento al intentar ponerme de pie. Mi grito de dolor no se alcanza a escuchar del todo gracias a la tela cubriendo mi boca. Pierdo el balance y vuelvo a caer incapaz de sostenerme, pues mis manos se encuentran atadas frente a mí.

Lentamente y tragándome el pánico, miro a mi alrededor. Estoy en una especie de cabaña de metal, el cual se encuentra corroído por los años. El armatoste se balancea de un lado a otro y, a menos que siga muy mareado, sospecho que se está elevando a muchos pies por encima del suelo. La cabaña es pequeña, no alcanza ni los dos metros cuadrados, y de altura ni hablamos. Para alguien con mi constitución, provoca la incómoda sensación de ser un pollo en una jaula.

A ambos lados hay bancas cortas, también de metal, y logro sentarme en una de ellas con bastante esfuerzo. Por fin veo hacia el lago y el sol saliente, completamente perdido y sin la menor idea de cómo llegué aquí. Cuando veo en la otra dirección el corazón se me cae hasta los pies.

Es la ciudad de los gigantes.

Por todos los dioses, estoy en la arena.

Todo vuelve tan de repente que tengo que descansar la cabeza en el vidrio. La celebración en el Siete, los agentes de paz en el callejón, el olor penetrante de la tela que me dejó dormido. Mi primer pensamiento es que no es justo. ¡Tengo diecinueve! ¡Logré pasar todas las Cosechas!

Y tengo que dar un par de bocanadas de aire para calmarme. Tiene que haber una explicación racional para esto, y cualquiera que fuera el caso, lo primero que hay que hacer es salir de aquí. Vuelvo a inspeccionar todo y me doy cuenta que la cabaña en donde estoy está pegada a la enorme rueda en el muelle donde los Juegos comenzaron hace casi dos semanas.

Como una confirmación de mis pensamientos, puedo ver la Cornucopia alzándose al pie de la montaña de escombros que cubre el muelle. Mi cabaña es una de las treinta que giran lentamente en la rueda y calculo que en dos minutos estaré abajo, donde podré rodar hacia la libertad, pero sobretodo, lejos de este embrollo.

Espero a que mi cabaña alcance el punto más alto de la rueda y comience su lento descenso. Mis entrañas gruñen y se retuercen desesperadas, haciendo eco del miedo que se apodera de mí, pues nunca, nunca, he estado tan alto en mi vida. Estoy muy por encima de los árboles más altos del Distrito Siete. Lucho por ponerme de pie cuando la rotación está por llegar al punto más bajo y me preparo para saltar, la cabaña se inclina un poco hacia adelante y tenso mis músculos para saltar.

En ese momento, la sensación de dolor más fuerte que he sentido en toda mi vida me recorre el cuerpo entero, haciendo que todas mis terminaciones nerviosas sientan que se están quemando, y efectivamente dejándome hecho un guiñapo en el suelo, al tiempo que la cabaña comienza a ascender otra vez.

Una suave voz femenina emana de todos lados mientras yo sigo tirado, sudando hasta gotear por las pestañas e intentando respirar como pez fuera del agua.

—¡Bienvenido Jason! Por favor, no intente escapar de su carrito en la noria. Usted no corre peligro. ¡Gracias por participar en los quincuagésimos segundos Juegos del Hambre!

Cuando me he puesto de pie de nuevo, la cabaña, o carrito, o cabina, o lo que fuera ya estaba a mitad del camino hacia arriba. Esta vez estaba decidido, voz etérea o no, voy a salir de aquí incluso si es lo último que hago.

Esta vez, para que no puedan detenerme, espero hasta que el carro esté a unos cinco metros del suelo. Sé que dolerá pero logro saltar sin titubear, listo para arremeter contra la puerta y entonces el dolor vuelve. Pensé que era imposible que se sintiera peor. Estaba equivocado. Me encuentro en el suelo otra vez e incluso la tela en mi boca no ha logrado contener los gritos que sacuden mi dolorido cuerpo. Me hago bolita intentando mandar mensajes a mi cerebro para que se relaje y se recupere, pero sólo puedo sentir los efectos latentes de las mil lanzas de fuego que me atravesaron.

La voz vuelve:

—¡Bienvenido Jason! Por favor no intente no intente escapar de su carrito en la noria. Un rastreador ha sido insertado en su cuerpo, este rastreador administrará un leve impulso deshabilitador si usted intenta escapar o interferir con los Juegos de cualquier modo. Esta precaución es para su protección. Le recordamos que usted no corre ningún peligro. ¡Gracias por participar en los quincuagésimos segundos Juegos del Hambre!

Pierdo la cuenta del tiempo que me quedo ahí acostado. Mi cuerpo se rehúsa a cooperar conmigo pero mi mente está corriendo a mil por hora. Estoy en la arena. Tengo que quedarme en la rueda o arriesgarme a sufrir un dolor incomparable. El Capitolio dice que no estoy en riesgo. Esto seguro es una mentira, pero también significa que no estoy aquí para competir; después de todo ellos nunca niegan que veintitrés chicos mueren aquí cada año. Así que si no estoy aquí para luchar por mi vida, ¿para qué…?

Lo entiendo en un segundo de iluminación. Blight. Estoy aquí por Blight.

Saben que no necesita armas o comida y me han traído para él. De alguna forma el Capitolio se ha enterado de nosotros, acerca de lo que sentimos y me usan como carnada. Me asalta un sentimiento arrebatador por pararme sobre la rueda y gritarle que no lo haga, que se aleje, pero sospecho que eso cae en la categoría de "interferencia".

Y la injusticia me invade de nuevo, esta vez por él. ¿Por qué todo, siempre, tiene que estar en su contra? El Distrito, su mentor, los Profesionales, los mutos y ahora esto. Los Vigilantes sí que lo están llevando al límite de su constitución mental en sus esfuerzos por entretener a la población.

Mientras mi carro en la rueda alcanza el suelo, abro los ojos de improviso al escuchar algo diferente al crujir del aparato. Alguien está trepando por el desperdicio, caminando hacia mí. Logro levantarme y mirar hacia afuera del carro, esperando con todas mis fuerzas que no sea Blight, y al mismo tiempo no puedo contener el sentimiento de alivio que siento sólo de pensar en verlo con vida una vez más. Para mi horror, veo a Link, el maníaco del Distrito Uno parado a casi cuarenta metros de la rueda. Me escondo antes de que me vea.

Link lleva una lanza y una espada, y claramente monta guardia en la entrada del muelle, listo para cortar en pedazos a los otros tres tributos. No hay rastro de Charlie, Blight o el otro chico, ese del Cuatro. Recargo mi cabeza sobre el metal, rezando porque Blight no sea lo suficientemente estúpido para caer en la trampa de los Vigilantes, y sospecho que los otros carros tienen comida, medicamentos y otros artículos de supervivencia para atraer a los tributos al conflicto final. Yo y mi suerte, quedar atrapado en el medio.

Un grito demente corta la calma y resuena por la arena, el sonido que me daba escalofríos incluso de escucharlo por televisión en la taberna. Me paro como resorte, ignorando las protestas de mi físico. Esta mirada hacia la ciudad de los gigantes me saluda con la inconfundible silueta de Abel, el muto de piel dorada que corre hacia el muelle con la velocidad de un fantasma del Bosque Oscuro. Y en su lomo, con la mirada más determinada que le visto nunca, está Blight.

El carro me lleva cada vez más arriba, y tengo que esforzarme por ver la escena debajo de mi. Link claramente no está feliz de ver al muto, recordando sin duda las terribles muertes de tres de sus aliados. Con todo y eso, no llegas a ser un Profesional siendo un cobarde y Link se prepara para bajar al gigante que se le viene encima. Nunca tuvo oportunidad. El muto lo ve y a pesar de los intentos de Blight de controlarlo la bestia carga contra él. Link apunta su lanza hacia el cuello del animal, intentando matar dos pájaros de un tiro. Abel se encabrita y levanta ambas patas delanteras con furia, una de ellas haciendo contacto con la cabeza de Link que se desploma como una muñeca de trapo. No suena el cañón, lo que indica que no ha muerto, pero al menos está noqueado hasta nuevo aviso. Quiero gritarle a Blight que acabe con él mientras puede pero Abel se lanza hacia la rueda a todo galope y Blight hace gala de sus imposibles maniobras a caballo, montando de pie sobre él, con el báculo en mano.

Por un momento, ambos desaparecen de mi vista, quedando justo debajo de la rueda, y tras unos segundos, aparece Abel del otro lado relinchando con orgullo.

—¡Sal de aquí Abel! —escucho a Blight gritar. El muto bufa preocupado—. ¡Vamos, vete! Ya no te quiero aquí. ¡Por favor corre!

Abel lanza un último grito de agitación y galopa al final del muelle. Pasan minutos eternos sin ver o escuchar a Blight. Sospecho que ha saltado de la montura hacia los metales que componen el cuerpo de la rueda, pero no puedo verlo por ningún lado.

Y entonces entra dando una maroma a mi carro y me deja sin aliento. Es tan diferente del muchacho enojado y abatido que vi en el Palacio de Justicia la última vez. Está sucio, sus ropas rotas y raídas, tiene una serie heridas y cicatrices que cuentan su historia, pero se mueve diferente, como un hombre que ha sufrido lo peor que cualquiera puede sufrir y pudo con ello. Sus ojos grises azulados son lo único que no ha cambiado, y me miran con una combinación de alegría y dolor que encienden un fuego en mis entrañas, uno de los buenos, y me hace sentir como si nada pudiera lastimarme mientras pueda mantener mi vista en este muchacho de dieciséis años.

—Jason. Oh Jason. Dioses lo siento tanto —saca un cuchillo de su cinturón y corta la mordaza de mi boca.

—¡Blight! Blight, yo…

—No. No hables, voy a sacarte de aquí —sus manos en mi cara son tan firmes como sus palabras, y sella el momento con un abrazo que me aprieta como si nunca quisiera dejarme ir. No tengo objeciones—. Todo esto es mi culpa. Lo siento. Es mi culpa

—Nada de esto es tu culpa Bli…
—¡Pero lo es! Fue la carta, la estúpida carta que Eamon me hizo escribir antes de los Juegos. Es así como supieron que eras la única cosa en el mundo que me haría venir aqu… —corta su propio discurso para cortar mis ataduras—. Bueno, no importa. Ahora te vas.

—¿Me escribiste una carta? —es lo único que pude decir. Blight vuelve a mirarme y a pesar del peligro y los horrores de las últimas tres semanas aún veo el fuego del que me enamoré con la expresión exasperada que me dedica.

—Si cuate, te escribí una carta pero no creo que sea el momento apropiado para hablar sobre ella.

—Oh, claro. Escape primero, charla después —mascullo aclarándome la garganta—. Y entonces… decía algo… ya sabes, ¿algo bueno?

—¡Jason!

—Ya me callo —puedo ver una ligera sonrisa asomándose en su rostro antes de que una sombra oscura se acerque a nosotros al estar el carro hasta debajo de nuevo—. ¡Cuidado atrás!

El rastreador manda otro impulso a mi cuerpo al tiempo que el muchacho del Distrito Cuatro toma a Blight del cuello. Es fuerte, pero parece debilitado por días de inanición y Blight logra escaparse de su agarre. Yo logro colapsar de dolor. El carro inicia un nuevo ascenso y miro hacia arriba para encontrarme al chico del Cuatro cayendo con Blight por la ventana del carro. Un cuchillo plateado abandonado junto a mí.


Blight:

A penas me da tiempo de darme cuenta que caigo hacia mi muerte cuando alcanzo el suelo mucho antes de lo que había pensado. Todo el aire se me va de los pulmones y comienzo a toser de inmediato, pues los pulmones no me han sanado del todo. De inmediato puedo notar que he caído en el techo de un carrito, unos cuantos debajo del de Jason. Parece que la diosa Starbucks continúa favoreciéndome de vez en cuando y le agradezco con una plegaria entre suspiros.

—¡Blight! ¡Blight! —escucho a Jason gritar.

—¡Estoy bien! —grito en respuesta, casi al mismo tiempo Romani cae del cielo.

Ruedo lejos de sus pies, pero el espacio es limitado. No tengo armas, el cuchillo está con Jason y el báculo ha caído hecho pedazos al suelo. Me balanceo dentro del carro que tengo debajo y para mi gran fortuna tiene un par de armas filosas. Me decanto por un hacha y me volteo a tiempo para ver que Romani me ha seguido y ahora posee un machete. El metal encuentra metal y nos bloqueamos desesperados, intentando encontrar espacio para el golpe final.

Romani es superior en combate en todos los aspectos, pero yo no muero de hambre y he tenido oportunidad de curarme. A pesar de eso, necesito más espacio para maniobrar y me lanzo con otra pirueta de vuelta al techo del carro.

Claro que Romani me sigue y seguramente también todo Panem desde sus casas ve cómo dos niños pelean a unos veinte metros de altura sobre una rueda de la fortuna. Ya no hay forma de correr, no hay Abel que me lleve a un lugar seguro, ni árbol que escalar, ni lago donde nadar. Es hora de terminar con esto.

—Date por vencido Siete —murmura Romani—. Déjame terminar con esto y volver a casa.

—Todos queremos volver Cuatro. Después de lo que hiciste con Plautia y Devon, no serás tú.

—Pero aún no he muerto —comenta sonriendo—. Y tú tienes que cuidar a tu novio allá abajo.

Miro hacia donde me indica y puedo notar que Jason ha usado mi cuchillo para liberarse y ahora se encuentra fuera del carro, en el suelo. También puedo notar que he cometido el tercer error en la arena volviendo la vista hacia arriba y viendo al machete caer sobre mi cara.

Un desesperado movimiento para protegerme con el hacha es lo único que salva mi vida, sin embargo el filo del machete se encaja en mi hombro y grito de dolor. Puedo escuchar a Jason gritar algo. Romani me da una patada y su enorme fuerza me lanza volando hacia el piso. Afortunadamente ya no estaba tan alto y logro rodar hacia la salvación por segunda vez. Jason está a mi lado, pero antes de que pueda ayudarme a levantar, un inexplicable aullido de dolor escapa sus labios y se aleja de mí, con las manos en la cabeza.

El carro de Romani llega al punto más bajo, con él preparado para el golpe de gracia cuando pasa algo totalmente inesperado.

Con un chillido salvaje, Charlie sale del carro bajo él y comienza a arañarle y morderle. No sé cómo ha llegado ahí ni por qué estaba escondida en uno de los carros, pero es suficiente para tomar a Romani por sorpresa. Ambos luchan mientras la rueda comienza a subir el carro donde están. Él tiene el machete y el entrenamiento, pero la locura de Charlie le da una fuerza sobrehumana. Ella lo toma de las muñecas e intenta morder su garganta pero al darse cuenta de que no podrá cambia de objetivo y muerde su mano derecha, con lo que Romani tira su arma con un alarido.

Todo lo que Jason y yo podemos hacer es intentar ver lo que pasa mientras el carrito sigue subiendo, cada vez más alto. Al llegar al punto máximo, Romani la toma de la garganta y la empuja al borde y cuando le da el último empujón en cuerpo de Charlie se relaja, sus gritos dejan de escucharse y sé por instinto que ahora, cuando está a punto de morir ha vuelto a ser ella misma y a saber lo que está haciendo. En un último acto de desesperación, o valentía, se agarra de la playera de Romani y tira con todas sus fuerzas.

El grito de Romani dura cuatro segundos y el golpe que mi enemigo y mi hermosa compañera se dan al caer al suelo hace eco en el lago. Jason mira hacia otro lado. Yo no.


Jason:

No puedo decir que conocía a Charlie, pero las caras de sus padres y hermana mayor llenan mi cabeza al escuchar los dos cañones. El dolor es reemplazado por el conocimiento de que sólo una persona se interpone entre Blight y la victoria.

Una.

—Jason —Blight cojea hacia mí con una mano en el hombro.

—¿Estás bien? ¿Qué tan malo es?

—No es profundo, pero duele como todos los malditos dioses —dice sonriendo y negando con la cabeza. Una expresión que de inmediato cambia a miedo—. ¡Jason, abajo!

No pude reaccionar, sólo sé que sentí cómo alguien me empujó hacia un lado y escuché el silbido de una espada en el aire. Levanto la mirada buscando a Blight desesperado y me encuentro con Link avanzando hacia él, su cabeza aún sangrante por su encuentro con Abel. En una mano tiene su espada y en la otra la lanza, ambas atacando a Blight que hace lo posible por mantenerse fuera de su camino. Toda la forma y la elegancia ha abandonado a Link que le grita a Blight todos los improperios que el Distrito Uno puede ofrecer, y los ya conocidos bastardo y elfo. Blight no responde, está ocupado intentando buscar una salida, no está armado y poco a poco va llegando al final del muelle.

Un zumbido grave hace que me duela la cabeza, no es lo suficientemente fuerte para tirarme al suelo, pero sí para recordarme que no debo intervenir. Sólo puedo mira cómo Blight es forzado a aventarle un par de piedras que puede recoger en su camino hacia atrás. Link las evita con facilidad y a Blight se le acaba el espacio. Tiene tiempo de una última mirada desafiante antes de que Link se le venga encima.

Blight tiene toda su atención en Link, Link tiene toda su atención en Blight, y yo tengo toda mi atención en Link y Blight. A todos nos toma por sorpresa el muto dorado que se avienta sobre ellos hasta que lanza un alarido combativo a pocos metros de nosotros.

Link casi no logra esquivar el ataque, pero gira sobre sí mismo y entierra su lanza en el corazón del muto, que suelta un último de sus famosos chillidos y colapsa en el suelo junto a Blight, que ha logrado hacerse de un palo de metal muy parecido al de madera que cargó durante todos los Juegos. Ambos se miran con odio durante unos instantes y se enzarzan en una batalla más justa que la anterior.

Cada golpe de la espada es un intento de cortar la carne de Blight, y cada impacto del palo uno para reducir a pulpa la cabeza de Link. Estos dos no son los típicos finalistas de los Juegos del Hambre, las heridas que se han hecho mutuamente los ayudan a continuar con fuerza y coraje. Esto no es el Distrito Uno contra el Siete, ni siquiera es tributo contra tributo, esto es Blight contra Link. El ganador se queda con todo.


Blight:

De alguna forma he logrado llegar hasta la final de los Juegos del Hambre sin tomar ninguna vida directamente, pero eso se acabó. Al mirar a Link, bloqueando y atacando, intentando dejarlo fuera de combate, la sangre hierve con el deseo de matarle. Por Devon, y Plautia, por Abel. Y porque no puedo atacar a Eamon o el Capitolio, no si quiero que Jason esté bien. Estoy volcando todo mi odio en una sola persona.

Sé que estoy exhausto, sin embargo me siento extrañamente relajado y en calma, llevando a Link hacia el lago en una mímica inversa de lo que pasaba hace unos veinte minutos. Sus golpes son cada vez más desesperados y los míos más fuertes porque puedo saborear la victoria. Link está al borde del muelle ahora. Lanza un ataque contra mi cabeza y lo bloqueo efectivamente, enviando su espada al fondo del lago. Nos miramos a los ojos.

—Siempre te he odiado, asqueroso elfo.

—No lamento esto para nada —le respondo aventándole al agua helada del lago con un golpe de mi tubo. Por un momento lucha y sale un par de veces a la superficie.

—¡No sé nadar! ¡Por favor! ¡No quiero MORIR! —y desaparece una última vez.


Jason:

El dolor de mi cabeza desaparece cuando Link cae al lago.

Se acabó. Al fin, se acabó.

Me acerco a Blight que se encuentra de rodillas al lado de Abel, sus ojos cerrados en agradecimiento a su amigo.

—Blight.

—Jason —tan pronto como abre la boca, se lanza a mis brazos—. Todo acabará pronto. No sé cuánto tarde en ahogarse, pero no será mucho.

—Blight. No sabes cuánto lo siento. Por todo.

—También yo.

Lo miro a los ojos, determinado a decirle todo lo que siento, sin importarme que Panem entero nos vea.

—Blight yo...

—No.

—No qué?

—No me digas así. Mi padre me llamó Blight desde que mi madre se fue, ya sabes, la plaga de su vida. Ese no es mi nombre —se acerca tanto que sus labios rozan mi oreja, y con el suspiro más ligero me susurra—. Mi nombre es Levi.

—Te amo, Levi —contesto de la misma manera y nos fundimos en un abrazo. No sé cuánto tiempo duró, un par de minutos, una vida, sólo sé que no era suficiente y que era demasiado.

Blight se separa de mi al momento que sus pensamientos coinciden con los míos.

—Nadie se tarda tanto en ahogarse —musita. Y ambos caemos al suelo.


Blight:

Es el peor momento de mi vida.

Estoy en el suelo, viendo hacia arriba cómo Link está sobre de mí, mojado hasta los huesos per mucho más vivo de lo que me gustaría. Me mira con el mismo odio ferviente que siempre, su espada apuntándome al cuello. Tiembla como si no pudiera decidir dónde cortarme para lastimarme más y Jason escoge ese momento para levantarse entre tosidos. Link se da la vuelta y puedo notar cómo se da cuenta exactamente en dónde poner su espada.

Tengo cuatro segundos antes de que todo lo que me queda se convierta en ceniza. Link se aleja de mí, con la espada apuntada hacia un nuevo objetivo. Sus músculos se tensan, preparándose para la estocada. El sol brilla alegremente sobre un hombre a punto de asesinar, un hombre a punto de ser asesinado y un hombre que morirá de todas las maneras posibles.

Tres segundos. Jason sabe lo que va a pasar, ve a Link caminar hacia él, ve el arco de la espada descender con furia sobre su cuerpo, y decide dejar de ver aquello. En su lugar, escoge poner sus ojos en mí. Yo veo en ellos todo lo que siempre quiso decirme, y sin importar nada, en este momento, soy el hombre más amado en todo el mundo.

Dos segundos. Mis dedos alcanzan a tomar la lanza que acabó con la vida de Abel. En un movimiento me pongo de pie, arrojo el arma por el aire y me convierto en el vencedor de los quincuagésimo segundos Juegos del Hambre.

Medio segundo demasiado tarde.