Capítulo 1


La gente de antaño solía utilizar muy a menudo un viejo refrán que dice:

Por muy buena que sea la oferta, al diablo jamás le abras la puerta.

Aziraphale siempre sonreía al recordar este refrán. En su caso, él tenía muy claro que no podía permitirse el lujo de "jamás abrir la puerta", porque si no la abría era muy probable que un molesto Crowley la destruyera con una patada voladora y entrara como una exhalación preguntando a gritos si estaba bien. Luego, se la reparaba con un chasquido de dedos, porque, en el fondo, esa serpiente bípeda era todo un caballero.

Aziraphale sonrió con ternura cuando la imagen de su mejor amigo cruzó su mente. Una chispa de alegría brilló en esos bellos ojos azul cielo cuando echó un vistazo al viejo reloj de pared y se dio cuenta de que pronto podría volver a disfrutar de su compañía.

Últimamente, Crowley solía llamar mucho a su puerta. Había tomado la costumbre de visitarle casi todos los días para conversar y así poder pasar un rato juntos, tomando una copa de vino en camaradería. El susodicho siempre se presentaba en la librería temprano, una hora antes de lo acordado, y solía tomarse una siesta mientras esperaba a que Aziraphale terminara de hacer sus tareas. Dormir era el pasatiempo favorito de su amigo, siempre que tenía tiempo lo invertía en eso.

En el pasado, no había ningún lugar confortable para que el pelirrojo pudiera echar una cabezadita, ya que Aziraphale no era muy aficionado a las siestas, por lo que no tenía ninguna cama en su trastienda. Sin embargo, eso no fue ningún impedimento para Crowley, que apareció un día de la nada con un colchón bajo el brazo, como quien lleva un libro o un cuaderno. Con toda la naturalidad del mundo, saludó a Aziraphale alzando la mano y colocó el colchón en la trastienda. La mirada aturdida del ángel en ese momento no tenía precio. Tras varios segundos de balbuceo incoherente, Aziraphale solo pudo atinar a preguntarle:

- "C-Crowley. Qué... Tú… ¿D-disculpa?"

A lo cual, su amigo respondió:

- "Te disculpo."

Aziraphale suspiró irritado.

- "L-Lo que quiero decir es, ¿qué es eso?" – señaló el ángel con un gesto un tanto exasperado.

- "Ah, sí. Es una cama."

Sin añadir más detalles a esta extensísima explicación de los hechos, el demonio colocó sabanas de seda negra sobre su nueva cama y se tumbó en ella muy ricamente.

- "¡Ya sé que es una cama! Lo qué quiero saber es por qué está aquí." – dijo mientras se llevaba la mano a la sien y la masajeaba lentamente para prevenir un dolor de cabeza inminente – "Crowley, por favor. ¿Qué te he dicho sobre traer basura a mi tienda?"

- "¿La cama? ¿Una basura? Qué terrible blasfemia acabas de soltar por esa angelical boquita tuya, ángel.

Oh señor, dame paciencia…

Y eso fue lo que pasó. A pesar de las protestas de Aziraphale, a día de hoy la cama seguía justo allí, en la parte trasera de la librería, para el uso y disfrute de un pelirrojo demoníaco que solía dormir allí plácidamente, tan campante, como si estuviera en su propia casa.

Pero la cosa no quedaba aquí. Su relación no solo se basaba en siestas y charlas con abundante alcohol de por medio. También tenían la costumbre de salir por ahí para cenar en cualquier restaurante que se les antojara. Luego, tras una espléndida comilona, solían pasear por la ciudad bajo la luz de la luna o sentarse en un banco del parque para admirar el deslumbrante brillo de las estrellas. Era un plan magnifico, que por supuesto, no era nada gay. Para nada. Por supuesto que no. ¿Acaso dos amigos, claramente llenos de testosterona, no pueden admirar cuerpos celestes, los dos solos… después de una cena claramente no romántica con velas y música de violín de fondo?

Oh cielos. ¿A quién quería engañar? Sonaba un poco sospechoso. ¿Pero qué de malo había en ello? No hacían daño a nadie. Aziraphale realmente disfrutaba mucho de la compañía de Crowley cuando realizaban este tipo de actividades "amistosas". Amaba conversar con él, pasear con él, viajar con él, comer con él. No quería renunciar a nada de esto por ningún motivo. Simplemente no podía renunciar a esto. Le hacía demasiado feliz.

El caso es que, como ya era habitual, Aziraphale quería quedar con Crowley para salir a cenar esa misma noche. Tenía muchísimas ganas de probar el nuevo restaurante que una encantadora pareja de italianos había abierto recientemente al otro lado de la ciudad. Parecía un lugar muy refinado, con una atmósfera acogedora, una decoración exquisita y un menú que le hacía salivar con tan solo pensar en él. ¡Definitivamente tenían que ir a probarlo!

Miró de nuevo el reloj. Teniendo en cuenta que Crowley llegaba siempre más temprano de lo acordado, no iba a tardar mucho más en aparecer. Le propondría su excelente plan desde el mismísimo momento en el que pusiera un pie en la tienda de libros. Seguro que aceptaría.

El problema era lo ocupado que estaba el ángel últimamente. Todavía tenía mucho trabajo reorganizando todos sus ejemplares más antiguos. Si quería salir con su amigo más tarde, tendría que darse prisa…

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Crowley llegó allí a los pocos minutos, tal y como era de esperarse. Esta vez había decidido ignorar la puerta e invocar una especie de portal de fuego. No había absolutamente ninguna necesidad de hacer esto, pero quedaba muy bien y eso era lo que importaba.

Cuando el alegre Aziraphale le contó su plan al pelirrojo, este se mostró muy entusiasmado con la idea. Probablemente, a Crowley le gustaba muchísimo ese restaurante italiano, dado el grado de entusiasmo que mostró.

Sin embargo, aún era muy pronto para salir a cenar. Y para colmo, al ángel le quedaban todavía varias tareas pendientes. Así que Crowley, sin nada más que hacer, decidió invertir su tiempo en dormir en la trastienda hasta que Aziraphale estuviera preparado para salir.

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Toda la estancia estaba tenuemente iluminada gracias a la pequeña lámpara de su escritorio y a los últimos rayos de sol de un rojo atardecer. Curiosas sombras se proyectaban cuando su luz chocaba contra las numerosas torres de libros y los viejos muebles que decoraban la librería. Las motas de polvo en suspensión parecían brillar al reflejar la luz que se colaba por las ventanas, creando un ambiente bastante fascinante. El silencio que reinaba en ese momento era un tanto abrumador, pero era confortable. Todo estaba en paz.

Aziraphale suspiró lentamente, cansado pero feliz.

Finalmente, había terminado todos sus quehaceres. Era bastante tarde, más de lo que había previsto en un principio. Con suerte, todavía estaban a tiempo de llegar al restaurante a una hora razonable.

Esta vez decidió no malgastar varios minutos preparándose tal y como haría un humano. Simplemente chasqueó sus dedos. En un instante, apareció elegantemente vestido con un traje de hombre de los años cincuenta, de color blanco y beige. Su reluciente cabello blanco estaba peinado hacía atrás de forma impecable, salvo por un pequeño mechón que caía hacía un lado. Realmente, lucía espectacular.

Echó un último vistazo a su alrededor para asegurarse de que todo estaba en orden.

Ahora tan solo tenía que despertar a su amigo, tomar la chaqueta a juego con su traje y cerrar la tienda con llave.

Embozó una sonrisa tímida cuando dirigió su mirada hacía donde se encontraba Crowley. Tenía que despertarle, lo cual, era siempre una experiencia muy agradable que disfrutaba en secreto. La razón de su alegría era muy simple: "su bella durmiente" era bastante adorable cuando dormía, pero aún más cuando se acababa de despertar. Al contrario de lo que se podría esperar de un demonio, nunca se despertaba de mal humor. Sus ojos se ponían en funcionamiento mucho antes que su cerebro, así que no era de extrañar que se le quedara mirando embobado con los parpados ligeramente caídos, víctima del atontamiento que provoca el sueño. Se frotaba los ojos como un niño pequeño e incluso, alguna que otra vez, juraría que le vio sonreír dulcemente por unos breves instantes. Pero claro, si le mencionaba algo de esto era muy probable que lo negase todo y le respondiera de forma malhumorada con la típica frase: "Soy un demonio y los demonios no hacen esas cosas" o "¡Yo no soy lindo, lindo lo serás tú!"

Ilusionado por la idea de ver la reacción de un Crowley recién levantado, se acercó sin demora hasta el lugar donde descansaba su amigo. Este se encontraba acostado de lado sobre la pequeña cama envuelta en sábanas negras tan lustrosas que parecían sacadas de otro mundo. Seda negra, ¿en serio? Bueno… era típico de él, si tenía que dormir tenía que hacerlo con estilo.

El ángel se arrodilló muy lentamente, para quedar a la altura en la que se encontraba esa cara tan familiar que le había acompañado a lo largo de la historia. El plan era sacudir su hombro e incordiarle lo suficiente para que se despertara.

Sin embargo, todo pensamiento se desvaneció de su mente cuando estuvo arrodillado a su lado, tan cerca de él.

Su corazón se enterneció al observar la expresión que mostraba el pelirrojo mientras dormía, tan tranquila y serena, desprovista de toda maldad. Despojada de cualquier mueca de preocupación o irritación.

Y que bello era...

Hermoso rostro, pálido, de rasgos finos y angulosos.

Labios entreabiertos, secos, pero aun así, sumamente apetecibles. Tan tentadores como el peor de los pecados.

Cabellos rojo sangre. Mechones rebeldes desperdigados de forma caótica enmarcando su rostro.

De pronto, Aziraphale sintió la imperiosa necesidad de acariciarle y permitir que esos finísimos cabellos de fuego se enredaran entre sus dedos. De hecho, antes de que se diera cuenta, su mano ya se había movido en dirección a Crowley. Se detuvo a medio camino, dudando de si lo que iba a hacer era correcto o no. Después de todo, lo último que quería era provocar alguna situación molesta o incómoda para ambos.

Tras vacilar durante un par de segundos, se atrevió a poner la palma de su mano muy suavemente sobre la parte superior de su cabeza. Notó un leve cosquilleo a lo largo de su brazo cuando finalmente hundió las yemas de los dedos entre las rebeldes hebras rojizas. Mientras jugueteaba con ellas, disfrutando de su suavidad, una sonrisa de infinito amor apareció en su rostro. Por más que luchó, no pudo reprimir ese sentimiento de satisfacción que nacía dentro de él.

Su mano se fue deslizando lentamente desde su pelo hasta una de sus cálidas mejillas. De nuevo, sintió otro cosquilleo más intenso que el anterior. Algo parecido a… ¿una breve descarga de energía? Si, algo parecido. Era una reacción muy normal, puesto que él era un ser de luz y Crowley era un ser de oscuridad. Ambas energías tendían a repelerse por naturaleza. Por este motivo, tanto ángeles como demonios rechazaban cualquier tipo de contacto físico entre ellos, encontrándolo incómodo e incluso repugnante.

En un principio, antes de que su amistad empezara a desarrollarse, tanto Aziraphale como Crowley evitaban tocarse más de lo estrictamente necesario. Sin embargo, el hecho de pasar tanto tiempo en este mundo haciéndose compañía el uno al otro había provocado que ambos desarrollaran algún tipo de "inmunidad", por llamarlo de algún modo. Lo que antes era un toque incómodo se había transformado en algo… distinto. No sabía cómo explicarlo, pero no era para nada desagradable.

Que extraño. Hace seis mil años nunca se hubiera imaginado que el tacto de un demonio llegaría a gustarle.

Tan distraído estaba cavilando este tipo de pensamientos que no percibió como su mano abandonaba la mejilla del pelirrojo para delicadamente recorrer un camino desde su cuello hasta su hombro.

Las mejillas del ángel se tiñeron de rojo cuando se dio cuenta de que había empujado las sabanas hacia abajo al deslizar sus dedos por su hombro. Estas habían rodado grácilmente hasta su cintura, revelando un torso desnudo que ascendía y descendía suavemente con cada acompasada respiración.

"¿Q-Que está haciendo medio desnudo?" – gritó internamente. – "Desnudándose en casas ajenas. Menudo indecente."

Por lo que pudo deducir, Crowley tenía calor y se había quitado la camisa para dormir más cómodamente.

Aziraphale no pudo hacer otra cosa salvo mirarle fijamente.

- "En su forma humana, su cuerpo siempre parece estar unos grados por encima de la media." – murmuró suavemente para sí mismo.- "Quizás esto también forma parte de su naturaleza demoníaca."

La mano que aún mantenía apoyaba sobre su hombro comenzó a acariciar gentilmente su espalda desnuda. Primero de arriba abajo, muy despacio. Luego, haciendo círculos, hasta acabar dibujando pequeños corazones con la yema del dedo índice. Por más que luchó consigo mismo, no pudo hallar la fuerza de voluntad necesaria para detenerse. Le gustaba el tacto de su piel y el hormigueo que sentía al rozarla suavemente con sus dedos.

Llegados a este punto, Aziraphale no pudo evitar sentir curiosidad. Quería…

Quería tocarle. Quería abrazarle. Quería buscar refugio en el calor que emanaba ese cuerpo. Quería enroscarse en él como una serpiente y disfrutar de la experiencia de hallarse en sus brazos.

Estos extraños pensamientos empezaron a invadir su mente, tentándolo y aterrorizándolo al mismo tiempo.

No debía. Eran amigos. Los amigos no se desean. Y los amigos no se aman de la forma en la que Aziraphale amaba a este hombre. Lo que debía hacer era reprimir todos estos sentimientos que yacían en el fondo de su corazón, no solo por respeto a la amistad que habían forjado, sino porque todo esto que sentía no estaba bien. Era pecado.

Si ya estaba prohibido amar a un hombre, imagínate a un ser del infierno. Las consecuencias serían terribles. Si ofendía a Dios con su pecado, esta mandaría a sus ángeles a buscarle para que le sometieran a juicio. Y si le declaraban culpable…

No quería ni imaginárselo. No quería caer. No podía vivir sin la bendición de su creadora. Era parte de él, su luz le llenaba de dicha, y perderla significaba perderse a sí mismo.

¿Podría Dios perdonarle si le demostraba lo mucho que él amaba a este demonio?

La Creadora no parecía tener ningún inconveniente en que ambos fueran amigos, o de lo contrario, ya se habría manifestado en contra de esta relación. ¿Podría entonces ser capaz de aprobar un tipo de unión más… íntima?

Más de una vez había fantaseado con la loca idea de que Dios les diera su consentimiento. La absurda imagen de su creadora uniéndolos en sagrado matrimonio pasó por su cabeza. Ambos en el altar, con Dios y Lucifer de testigos, ... y Gabriel vestido de cura fulminándolos con la mirada más asesina que tuviera disponible. Ante esta imagen no supo si reír o cuestionar su cordura. Una cosa si era segura: esa boda sería un espectáculo digno de ver.

"Si claro, como si Crowley quisiera tal cosa." – pensó tristemente tras meditarlo por un momento. – "Ni siquiera sé con certeza si los demonios pueden amar de esa forma."

Contempló fijamente el rostro de la persona que amaba, como si estuviera esperando una respuesta de su parte. Como si con su mirada pudiera transmitirle todo su anhelo.

Tomó su mano entre las suyas para así poder tener la sensación de que estaban más cerca el uno del otro.

Arrodillado junto a él, acercó sus labios a su oído.

- "¿Puedes amarme?" - preguntó dulcemente en un susurro casi inaudible. Tan solo quería aferrarse a una esperanza, por débil que fuera. – "Dime, por favor... ¿me amarías?"

No hubo contestación. Como era de esperarse, Crowley permaneció dormido.

La habitación se sumió en un profundo silencio.

Aziraphale sintió una punzada de dolor en el pecho. Terriblemente consternado, se dio cuenta de algo muy preocupante:

Lo que más dolía no era el hecho de que pudiera perder la bendición de Dios por culpa de su amor pecaminoso.

Lo que de verdad dolía era el hecho de que Crowley no pudiera amarle de la forma en la que él anhelaba que le amasen. Eso parecía destrozarle el corazón más que cualquier otra cosa.

Su corazón se había vuelto demasiado humano…

A partir de esta revelación, la necesidad de abrazar a Crowley no hizo más que aumentar. Por un momento, deseó rebelarse, ignorar todas las normas, olvidar por un instante quien era…

Y como siempre, en este momento de debilidad ahí estaba esa insistente voz en su cabeza, que le hablaba a través de dulces susurros, persuadiéndole para que se atreviera a hacer todo eso que su corazón ansiaba desde hacía ya mucho tiempo. Le susurraba que si no tenía el valor de declarar sus sentimientos, al menos podía permitirse el capricho de acurrucarse a su lado y descubrir lo que se sentía al hallarse en sus brazos de una manera más íntima. Solo un simple abrazo, sin llegar a nada más. Tan solo un minuto y nadie se daría cuenta, ni siquiera Crowley.

Nadie había pecado por dar un simple abrazo, ¿no? Y si Crowley se despertaba podría decirle que tan solo estaba tratando de despertarle, ¿no es así?

Sí, eso no sonaba tan mal…

Tras varios minutos inmerso en un debate interno, sopesando los pros y los contras, decidió aprovechar esta oportunidad. Estaba jugando con fuego, pero si lo hacía apropiadamente nadie tenía por qué quemarse.

- "S-Solo… un momento. Nada más." – balbuceó azorado mientras se quitaba los zapatos junto con los calcetines. También se deshizo del exceso de ropa, quedándose solo con una fina camisa blanca y con sus pantalones largos. – "N-No va a pasar nada."


¡Primer fic!

He tenido que inventarme algunas cosas que no tenía muy claras, como por ejemplo, la temperatura corporal de Crowley. No sé si es más alta por ser un demonio o más baja por ser una serpiente. Al final he elegido ambas: alta en forma humana y baja cuando se transforma en serpiente.

Tampoco sé cuanto espacio tiene Aziraphale en su librería, pero quiero pensar que es muy grande. Lo suficiente para tener un poco de todo en la trastienda.

¿Qué les ha parecido? ¿Alguna recomendación?

Saludos