Advertencia: Este capítulo tiene contenido sexual. Quedan avisados.
"S-Solo… un momento. Nada más." – balbuceó azorado mientras se quitaba los zapatos junto con los calcetines. También se deshizo del exceso de ropa, quedándose solo con una fina camisa blanca y con sus pantalones largos. – "N-No va a pasar nada."
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Capítulo 2
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Sus manos empezaron a temblar levemente debido a los nervios, sobre todo cuando tomó la sabana y la apartó hacia un lado con sumo cuidado para poder meterse en la cama. Desvió la mirada para evitar echar un vistazo al torso desnudo de Crowley, hasta que se arropó nuevamente con la sabana.
Ambos quedaron acostados de lado, cara a cara.
Lo primero que notó, nada más acomodarse junto a él, fue un calor muy acogedor que emanaba directamente del cuerpo de su acompañante. Tan… cálido.
Tal y como había previsto, era una sensación celestial.
Bueno… ¿infernal?
Oh cielos, solo sabía que le encantaba.
Lo siguiente que notó fue el agradable olor de Crowley mezclado con el suave aroma de su perfume favorito. Esta fragancia, dulce pero masculina, impregnaba todo a su alrededor. Tanto el calor que le abrigaba como el aroma que percibía en el aire le hicieron sentir de forma extraña. Como si… hubieran encendido una llama en su interior. Tenía mucho calor.
No supo cómo interpretar esta sensación tan confusa. Pero… algo si sabía con certeza: se sentía bien.
Demasiado bien.
Sin embargo, el miedo y la vergüenza no le dejaban disfrutar plenamente de esta experiencia. No se atrevía a rodearle con sus brazos. Tampoco se atrevía a mirarle a la cara. Apenas se atrevía a sobrepasar esos cinco centímetros que le separaban de su cuerpo y de su adictivo toque electrizante. Permaneció inmóvil como una estatua durante un largo rato, sufriendo autentico pavor por la posibilidad de ser descubierto si hacia cualquier movimiento, por leve que fuera.
Su cara estaba tan roja que parecía que se la había restregado contra un radiador.
Su pobre corazón latía acelerado.
Tragó saliva.
Había llegado muy lejos. ¡No podía echarse atrás ahora! Al menos tenía que llegar a abrazarle y establecer contacto físico.
Irónicamente, en el Cielo los ángeles no tenían la costumbre de abrazarse ni nada por el estilo. El cariño se mostraba por medio de palabras o acciones. Sin embargo, vivir tanto tiempo en el plano terrestre le había "humanizado". A veces sentía la necesidad de expresar más a menudo su afecto de la forma en la que los humanos lo expresaban. Esta era la ocasión que había estado esperando.
Podía hacerlo.
¡Tenía que hacerlo!
Cerró sus ojos fuertemente, reuniendo el valor necesario para tal hazaña. El problema era que… le daba un poco de vergüenza. Y por eso mismo no se atrevió a hacer absolutamente nada durante un buen rato…
Esto era ridículo. Era tan solo un abrazo. A un demonio, claro, pero no podía ser tan difícil.
"Puedo hacerlo"- se repitió mentalmente. Extendió sus brazos en el aire… de forma demasiado épica para un gesto tan simple.
De repente, Crowley susurró algo…
Toda la determinación que había reunido hasta el momento se evaporó tan rápido como un cubo de hielo en las llamas del infierno.
¡No puede ser! ¿Crowley estaba despierto?
Aziraphale abrió lentamente los ojos. No recordaba la última vez que estuvo tan asustado en su vida. Echó un vistazo directamente al frente, esperando encontrar la mirada confusa de esos bellos ojos dorados que tanto había admirado por siglos y milenios.
Sin embargo, esos ojos permanecían cerrados. No estaba despierto. Tan solo estaba balbuceando algo en sueños.
El suspiro de alivio que escapó de los labios del ángel fue tan sonoro que podría haber jurado que despertaría no solo a Crowley sino a los transeúntes que pasaban por delante de la librería. Si no fuera por el simple hecho de que era un ángel, ahora mismo estaría maldiciendo hasta al mismísimo arcángel Michael.
"Mi corazón no puede soportar esto ni un minuto más"- susurró en tono deprimente- "Mejor me voy, antes de que pase algo de lo que pueda arrepentirme. Después de todo, era una mala idea."
Se dio la vuelta lo más lentamente posible, pero justo cuando estaba dispuesto a incorporarse volvió a escuchar un nuevo susurro. Su amigo volvía a hablar en sueños.
Se quedó absolutamente inmóvil, esperando prudentemente a la oportunidad perfecta para escapar sin perturbar el descanso del pelirrojo. Sin embargo, su escapatoria se vio frustrada por un inesperado brazo que le rodeo gentilmente por la cintura.
Por un momento, Aziraphale pensó que su corazón se había salido del pecho, literalmente.
No tenía claro si su cuerpo fue arrastrado o si el mismo Crowley fue quien se movió hasta quedar imposiblemente pegado a él. El repentino acercamiento desató un inesperado choque de energías: luz contra oscuridad. Dos auras opuestas, enemigas por naturaleza, se enfrentaron entre si por unos breves instantes. La intensidad electrizante de este choque dejó a ambos sin aliento.
Si antes Aziraphale estaba confundido, ahora no tenía claro ni quien era. Solo sabía que su cuerpo entero temblaba a causa de esa descarga de energía que prácticamente le obligó a llevarse las manos a la boca para reprimir un agudo quejido. Lo primero que sintió fue una punzada de dolor, que rápidamente fue sustituida por algo muy distinto, que le hacía sentirse aturdido, confundido y ... contra todo pronóstico, terriblemente excitado...
El cuerpo de su compañero, caliente como el fuego, también se estremeció contra el suyo. Escuchó como Crowley soltaba un grave gruñido desde lo más profundo de su garganta. Sonaba amenazante, peligroso e… irresistiblemente sensual. Sus labios estaban a milímetros de distancia de su oído, así que el gruñido retumbó contra su tímpano, estremeciéndole, obligándole a experimentar unas sensaciones confusas que jamás había sentido antes. El cosquilleo del aliento del demonio contra su sensible oído le provocó fuertes escalofríos que recorrieron su espina dorsal. De inmediato, el vello de su piel se erizó ante la oleada de placer que invadió su cuerpo y nubló sus sentidos.
Sus bellos ojos celestes se inundaron de lágrimas.
Gimió.
Gimió muy fuerte.
Ni siquiera las manos que había colocado sobre su boca pudieron acallar el vergonzoso sonido.
"¿C-Crow… ley? " – le llamó con la respiración agitada. Pero no le respondió. Supuso que, a pesar de todo lo que estaba pasando, Crowley seguía medio dormido. Eso, sin embargo, no le impidió mover su mano a través del cuerpo del ángel para manosearlo muy, muy despacio, de arriba abajo, sintiendo cada curva oculta por debajo de la camisa. Probablemente, Crowley también estaba experimentando la misma excitación y actuaba en consecuencia.
Aziraphale trató de ignorar a duras penas todo esto. Se obligó a sí mismo a respirar profundamente. Tenía que calmarse, mantener el control. Lastima que eso no fuera nada fácil teniendo en cuenta la posición en la que se encontraban. Crowley había acomodado su barbilla en el hueco entre su cabeza y su cuello. También había conseguido colar una de sus piernas entre las suyas, enroscándose a ellas cual serpiente a un árbol. Estaban cerca, peligrosamente cerca el uno del otro. A pesar de que Aziraphale llevaba una camisa, podía percibir claramente cada musculo del pecho desnudo de su amigo contra su espalda.
Además, algo sospechosamente caliente y muy rígido le estaba haciendo presión justo en… la parte baja de…
Oh, no.
No, no, no.
Esto no estaba bien.
Tenía que evitar que la situación escalara a más. Tenía que marcharse. Tan solo tenía que levantarse y ya está. Era muy fácil. Super sencillo.
Pero entonces…
¿Por qué no se movía?
Era por culpa de esa mano que estaba explorando obscenamente cada rincón de su cuerpo, ¿no es así? Esa que había conseguido colarse bajo su ropa y le brindaba caricias prohibidas.
"Crowl…ey. Por f…"- insistió. Estaba empezando a rogar por algo que ni siquiera él sabía bien qué era.- "Por fa…vor"
A pesar de sus balbuceos incoherentes, Crowley no despertó, ni tampoco detuvo en ningún momento su exploración. De hecho, parecía aún más excitado que antes. Las uñas de sus dedos se fueron transformando poco a poco en pequeñas garras lo suficientemente puntiagudas para erizar el vello de su piel cuando le arañaban. Con la yema de sus dedos le acariciaba gentilmente y con la punta de estas garras iba dejando ligeras marcas rojizas sobre su blanca piel de alabastro. No le hacían daño, más bien causaban un hormigueo que le hacía retorcerse inquieto contra el cuerpo caliente del demonio.
Mientras este le manoseaba sin piedad por todas partes, sus afilados dientes de serpiente se centraron en morder suavemente la parte más sensible de su cuello, succionándola de vez en cuando.
El sonrojado ángel sollozó ante todas estas muestras de atención. Todo esto era más que suficiente para mandarlo de vuelta al mismísimo paraíso del Edén.
Lágrimas de puro placer y excitación nublaron su visión.
Su corazón latía frenéticamente.
Fue en ese momento cuando Aziraphale notó que ese demonio estaba comenzando a mover sus caderas contra las suyas. La pelvis del pelirrojo se agitaba muy despacio, de adelante hacia atrás, buscando con ansias un poco de irresistible fricción. Su fuerte erección se presionaba contra su parte baja. Caliente. Demasiado. Caliente.
Llegados a este punto, Aziraphale no sabía qué hacer.
Una parte de su cerebro se negaba en rotundo a parar todo esto, mientras que la otra parte no hacía más que gritarle lo idiota que era. Tenía mucho que perder si seguía consintiendo todo esto.
¿Qué debería hacer?
Este momento de reflexión no duró mucho tiempo, ya que pronto oiría algo que le alteraría aún más:
"Mmm… A-Aziraphale." – gimió el demonio sensualmente. Su tono de voz era grave, cargado de deseo.
"¿¡Qué!?" – exclamó el incrédulo ángel, volteando la cabeza de forma brusca para tratar de verle la cara.
Se le quedó mirando con una mezcla de sorpresa, terror y excitación. Por un momento pensó que finalmente su amigo se había despertado y le estaba llamando, pero ese no era el caso.
"¿¡E-Estás fantaseando conmigo en tus sueños!?" – exclamó en voz alta sin podérselo creer. Era la única explicación posible que se le ocurría.
Por si quedaba alguna duda, el cruel destino hizo que inconscientemente Crowley volviera a confirmar lo obvio cuando restregó su palpitante erección contra su trasero desesperadamente mientras le llamaba por su nombre:
"Aziraphale…"
– "Hmmm" – gimió el susodicho en contra de su voluntad, esta vez fuerte y claro. Oír su nombre pronunciado de esa forma por los labios de su mejor amigo era demasiado para su ya maltrecho corazón.
Nuevos gemidos resonaron en la habitación cuando la mano del pelirrojo reptó por su estómago hasta llegar al borde del pantalón. Un muy excitado ángel se retorció contra su cuerpo cuando notó como esa mano intentaba colarse por debajo de la prenda.
-"¡Espera! ¡C-Crowley!" – le gritó mientras se giraba para encararle.
Fue justo en ese momento cuando toda esta excitación que sentía se vino abajo de golpe…
Y es que… cuando echó de nuevo un vistazo hacia atrás, vio algo que le heló la sangre. Gruesas lágrimas de horror se formaron en sus ojos cuando se dio cuenta de que Crowley estaba empezando a abrir y cerrar sus parpados.
Estaba despertando.
Aziraphale entró en pánico. El miedo a que le descubriera en esta posición se apoderó completamente de él.
No.
No podía permitirlo.
Aprovechando este momento de lucidez, decidió hacer lo que debería haber hecho desde el principio:
Se levantó de la cama de un brinco y salió corriendo como alma que lleva El Diablo. Lo cual no era una frase del todo errónea, dadas las circunstancias.
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Aziraphale no podía creer lo que acababa de pasar.
Era demasiado para poder asimilarlo todo de golpe. Por un lado, estaba batallando una lucha interna entre su amor por Dios y su amor romántico. Por otro lado, estaba tratando de lidiar con las pecaminosas sensaciones que estaba experimentando su cuerpo. Y por otro, intentaba asimilar el hecho de que su mejor amigo le acababa de asaltar sexualmente "sin querer", regalándole así el momento más homo-erótico de toda su vida, tras seis mil años de amistad sin ningún tipo de experiencia sexual. ¡Seis mil años de amistad! ¡Seis mil! ¡Mira que rápido se dice y lo mucho que se tarda en cumplirlos! ¡SEIS MIL!
Esto era demasiado para él.
Si no se marchaba de aquí le iba a explotar la cabeza.
¿Pero a donde podía ir? No podía marcharse de la tienda, y menos en este estado.
Sin saber muy bien que hacer a continuación, decidió que la mejor opción era encerrarse en el diminuto cuarto de baño de la librería. No quería que Crowley lo viera tan alterado. Tampoco quería dar explicaciones. Tan solo quería ocultar su existencia y permanecer encerrado durante los próximos mil años, que pasaría mortificándose a sí mismo por ser el peor ángel de la historia. A parte de Lucifer, claro.
¿Aziraphale…? – llamó Crowley con la típica voz ronca de una persona que acaba de despertarse de la siesta.
Aziraphale casi suelta un grito al escucharle.
Sus manos temblorosas tomaron el pomo de la puerta del baño con brusquedad. Tras varias miradas nerviosas en dirección a la cama, se metió apresuradamente en ese pequeño habitáculo, cerrando la puerta con llave. Al oír el contundente sonido del pestillo no pudo evitar soltar un suspiro de alivio.
Después, todo quedo en silencio. Un silencio tan solo interrumpido por los sonidos agitados de su respiración y los latidos de su corazón desbocado, que retumbaban en sus oídos.
Apoyó su espalda contra la puerta. Respiró profundamente, tratando de olvidar todo lo que había pasado. Luego dirigió sus manos hacia su pecho, colocándolas sobre su corazón en un gesto casi desesperado para aplacar sus latidos.
Era inútil. No conseguía calmarse.
Sus manos seguían temblando. Sus mejillas seguían estando rojas como tomates.
Y sentía calor. Mucho calor. Sobre todo en la cara y en …
Oh no.
"Oh no. Por Dios. No, no, no." – balbuceó en medio de un ataque de pánico.
Se había percatado de algo bastante alarmante.
Miró hacia abajo con los ojos abiertos como platos. De inmediato sintió como una oleada de vergüenza le invadía al echarle un vistazo al sospechoso bulto que sobresalía prominentemente por debajo de sus pantalones.
"S-soy … soy el peor ángel de la historia" – declaró desconsoladamente.
¿Cómo era esto posible?
Hasta donde él sabía, los ángeles podían amar, pero eran incapaces de sentir deseos carnales. ¡Así que ESO de ahí abajo no debería estar así! Y a él no deberían gustarle las caricias de nadie. ¡Y menos las de un vulgar engendro degenerado del infierno, por el amor al Cielo!
…
Ok, no.
Tenía que calmarse.
Su mente estaba hecha un lio y no estaba pensando de forma racional.
No era culpa de Crowley. Todo esto era culpa suya. Fue él quien se metió donde no debía. Y definitivamente fue él quien decidió quedarse allí, disfrutando de la sensación de estar entre sus brazos. Podía haber escapado desde el principio. Después de todo, zafarse del abrazo de Crowley fue tan fácil que resultaba humillante. El demonio nunca le llegó a sostener con fuerza. Nunca llegó a despertarse si quiera.
¿Qué iba a hacer ahora?
Se sentía tan culpable y… tan… tan… depravado.
¿Cómo podría volver a mirarle a la cara la próxima vez que se encontraran? ¿Cómo iba a poder fingir que no le amaba?
Ya no podía hacer nada para enmendar su error.
Lo único que podía hacer ahora era quedarse encerrado ahí para siempre, donde nadie pudiera ser testigo de su vergüenza.
