Renacimiento
Alesteir Doucet murió el 4 de abril de 1937, a las 12:37 pm por electrocución.
Cuando le capturaron, había sido todo un evento a nivel nacional y ocupó primeras planas durante semanas. En primera por su calidad de figura pública y su relación estrecha con el investigador que llevaba el caso. Efectivamente, Alesteir Doucet y Marco Aronica eran conocidos que asiduamente frecuentaban una cafetería para hablar sobre las extrañas desapariciones al inicio de su relación fraternal, y que al final, se habían convertido en camaradas, en propias palabras del mismo detective, casi hermanos.
Tristemente para Marco, Alesteir lo había utilizado para evadir la justicia, hasta que cometió un desliz durante una conversación que causó sospechas en el detective.
Debido a ello y las heridas que obtuvo durante la pelea para arrestarle, el detective Marco Aronica se había jubilado prematuramente y se había mudado a California. El caso había recorrido todo Estados Unidos de América y durante semanas se habló de lo peligroso que era el aceptar ayuda de civiles en los casos sonados de la policía.
Cuando empezó la investigación de sus antecedentes, la dura infancia de Alesteir y su primera víctima, la sociedad que apenas empezaba a salir de la gran depresión, se partió en dos bloques. Había gente que apoyaba la ideología que Alesteir enarbolaba sin saberlo, que pugnaban por la justicia por la propia mano cuando la ley no era capaz de resolver querellas, y había quien decía que, por más justificadas que eran las muertes de sus víctimas, él era un monstruo igual a los que había matado.
Los medios explotaron nuevamente cuando, por boca del mismo Alesteir, se supo cómo se deshacía de la mayoría de los cadáveres. Aquellos que lo habían defendido empezaron a retractarse; acusaciones del consumo de carne humana durante la peor parte de la gran depresión empezaron a filtrarse con aquel escándalo y algunos periódicos y programas de radio difundieron rumores sobre que, seguramente, el hábito caníbal lo había obtenido durante aquella época.
Su detención, y la declaración de que parte de la carne de su padre, la primera de sus víctimas, había sido vendida a una carnicería del mercado francés de la ciudad por medio de una red que se dedicaba a aquello expresamente causó indignación general. Los ánimos se crisparon mientras que la secretaría de salud y la de agricultura trataba de poner orden en las diversas quejas que empezaron a salir a raíz de ese macabro descubrimiento.
Pronto, pasaron de la celebridad caníbal a hablar sobre los estragos y las terribles consecuencias de la gran depresión, hasta que empezó a ser olvidado, al punto de que, ahora, su muerte había pasado completamente desapercibida en el anonimato.
El cuerpo del homicida caníbal fue enterrado en el cementerio de St. Louis, donde había sido enterrada su madre previamente. Asistieron sólo tres personas al funeral presidido por el sacerdote Gilbert, quien había sido su confesor: Franklin, Roses y Marco Aronica, ya que desgraciadamente, Joseph se encontraba en el trabajo.
A Alastor le pareció divertido el hecho de que las personas que se mantuvieron cerca el día de su funeral, fuesen quienes lo habían conocido durante sus días más oscuros.
Por supuesto, se enteró de todo aquello por la boca del padre Gilbert, quien era el que había obrado para su cuasi milagroso rescate de las garras de la muerte.
Alastor no sabía si agradecerle a dios, o a su socio Lucifer, por el hecho de no haber muerto de aquella manera vergonzosa que le estaba esperando hasta hace unos días.
Aunque, probablemente, a quien debía agradecer sería a Adolf Hitler y a la necesidad del gobierno de USA de infiltrarse en sus organizaciones. También, al hecho de que él era un elemento desechable pero que, debido a sus circunstancias, el mejor postor para uno de esos maravillosos puestos en aquellas tierras lejanas.
La parte mala para él, era que debía alejarse de su amada Nueva Orleans.
Aunque, viendo el lado positivo de las cosas, un cambio de aires no le vendría mal. Además, en la oferta de trabajo, se le permitiría dejar a flote a sus instintos asesinos si había necesidad de ello.
Por supuesto, Alastor entendía que el gobierno no quería desechar a una de esas buenas y maravillosas personas en las que había invertido tanto durante años simplemente porque sí. Además, había pocos de ellos, si no que ninguno, que estuviese tan versado como él en el ocultismo, y necesitaban a alguien así.
Así que, gracias a su conocimiento de ciertas cosas que la gente común no sabía, él había sido elegido. Entonces, tenía seis meses para aprender todo sobre su nuevo trabajo.
Serían los seis meses con mayor expectación de su vida. La libertad total se encontraba tan sólo a seis meses y un viaje en transatlántico.
En efecto, empezó a estudiar alemán y las bases de arqueología germánica con gran efusividad y ahínco. Su único inconveniente sería el segundo al mando en el proyecto al que había sido arrastrado casi sin querer.
Jonathan Vince era un hombre práctico y cuadrado. Demasiado apegado a sus principios, y eso era de admirar, pero muy aburrido a los ojos de Alastor. Tenía que admitir que el tipo era bastante inteligente al no confiar en él y hacerlo notar, aunque el hecho lo hacía sentirse bien, porque, ¿no era gracioso que, siendo el dueño de la correa que le habían colocado, aún tengan precauciones cuando él estaba en su presencia? En efecto, aquel era su único punto entretenido que evitaba que la veta sensible de Alastor deseara asesinarlo en el acto.
No había pasado ni un mes luego de su muerte simulada, cuando empezó a verlo nuevamente rondando por el edificio militar en el que lo habían recluido mientras continuaba con su formación. Parecía ser, querían empezar a adiestrarlo en el arte militar, aunque a ojos de Alastor, eso no sería necesario. No emitió queja alguna cuando el instructor de manejo de armas se presentó en la sala en la que habitualmente tomaba sus clases, luego de que su profesor de alemán se despidiera nerviosamente.
El hombre que entró, contrariamente a lo que eran sus guías en las materias académicas, era macizo y de apariencia dura y delgada. El cuerpo de un francotirador. No era alto, pero tampoco podría llamársele un hombre pequeño, en realidad, era de una altura promedio. Sus ojos delataban su profesión, parecidos a los de un águila, penetrantes y hoscos; de hecho, podrían dársele el título de intimidantes si la persona que los viese en aquel momento fuera alguien común, pero para Alastor, él apenas si era un prospecto de entretenimiento.
—"Él es el mayor Christian Garneau, un especialista británico con el que tenemos el placer de colaborar." —Jonathan Vince, con su eterno gesto de disgusto al ver a su prospecto de espía, empezó con las presentaciones. La cara del susodicho mayor no había cambiado para nada. Era lo que se esperaba de un militar de carrera: cuadrado y aburrido. Garneau simplemente extendió la mano, una extremidad firme de dedos largos, anchos y cuadrados como él mismo, tan diferentes a la mano delgada, huesuda y de apariencia noble de Alastor.
—"Albert Maillet. Un placer. ¡Por supuesto que lo es!" —Respondió el ex convicto, entonando su nuevo nombre dado. Era bastante convincente el hecho de que no hubiesen cambiado en absoluto sus orígenes acadianos y mestizos. Claro, a él personalmente le hubiese agradado quedarse con su "verdadero" nombre, como lo consideraba era Alastor, pero sabía que ello no sería posible.
La hosca mano del militar fue sacudida fuertemente por un hombre más alto, pero de apariencia mucho más delgada y desvalida. Eso encendió alarmas en Garneau; el hombre al que le presentaban, tenía el aspecto de un académico y un dandy man suave como la mantequilla, así que creía que sería una pérdida de tiempo tratar de enseñarle cosas a alguien como él, pues seguramente sería tragado en la primera adversidad de su nueva ocupación. Era de esperarse, pues Christian Garneau no sabía que quien se presentó como Albert Maillet era en realidad un reconocido asesino; la prensa, en su época, se había autocensurado y su rostro, que sólo fue famoso a nivel local, simplemente fue difundido por medio de la caricatura oficial del juicio; así que, para todos, incluso para alguien que lo hubiese conocido en persona, sería difícil aceptar que Alesteir Doucet era realmente Albert Maillet. En especial por los cambios estéticos que le habían hecho, pequeños, y apoyados por técnicas de maquillaje que eran parte de su formación actual.
Garneau sólo gruñó un poco como respuesta al efusivo saludo de Alastor, para luego ser dirigidos por Jonathan Vince hacia un campo de tiro techado. El lugar era gris, si una pisca de color y adornos, algo común en la estética militar que al ex convicto ya tenía un poco hastiado.
—"¿Alguna vez has tenido un arma en tus manos, hijo?" —La voz de Garneau era grave, como la de un alcohólico de carrera. Alastor soltó una pequeña risa burlona luego de la pregunta, ¿será acaso que el buen Jonathan no le había dicho nada de su persona a este individuo?
—"¡Oh! ¡Por supuesto! Soy un gran aficionado a la cacería.". —El mayor Garneau no era un experto socializando, en realidad, sabía que la mayoría de las ocasiones, su aspecto daba miedo y se enorgullecía de ello. Por eso, la continua sonrisa amable de aquel joven de cabello castaño lo descolocaba un poco. En efecto, el tipo parecía una persona común, amable y buena, sin embargo, su sexto sentido le decía que ocultaba algo. ¿Esta sensación de ser acechado era porque sabía que el tal Albert era un espía? ¿Es así como una persona común se sentía al permanecer en presencia de un agente que había sido elegido para infiltrarse en filas enemigas? No lo sabía, pero le incomodaba. No al grado de odiar al tipo, pero sí al grado de desconfiar de él.
—"¿Cacería?" —Jonathan Vince arqueó una ceja, parecía entre divertido e impresionado por la facilidad con la que el hijo de puta de Alesteir mentía. Buscó en los bolsillos de su saco del conjunto gris que llevaba puesto, y sacó una cajetilla de cigarrillos. Ofreció uno al mayor Garneau, e ignoró a Alastor. Éste lo dejó pasar por el momento; le parecía más entretenido disfrutar de la incomodidad que había nacido en el hecho de que, al parecer, Vince no tenía permitido dar detalles de la vida de Alesteir Doucet antes de transformarse en lo que era ahora.
—"Sólo un aficionado. En lo personal, me gustaba mucho cazar cerdos salvajes. Solía viajar a Texas a menudo sólo para disfrutar de ello."
—"Y que lo digas" —Susurró Jonathan, con un cigarrillo en los labios, buscando un encendedor. El mayor Garneau sacó uno de entre sus pertenencias y le ofreció fuego.
—"¿Alguna vez fueron a cazar juntos?" —Preguntó curioso Garneau. El humo que había ingresado en los pulmones de Vince segundos antes fue expulsado con un bufido, como si Jonathan fuese una máquina de vapor.
—"No, pero sus proezas llegaron a mis oídos. Por eso está aquí." —Respondió secamente. —"Este maldito, puede no parecerlo, pero logró dispararle en el cuello a un cerdo salvaje a más de quinientos metros sin una mira telescópica." —En efecto, aquel cerdo salvaje no había sido otro que Marco Aronica. Fue un milagro que el detective sobreviviera, o eso es lo que habían dicho hasta que el mismo Alesteir confesó que simplemente le había disparado en el cuello para paralizarlo, no para asesinarlo. Eso había dejado frío a Jonathan, haciéndolo decidir que necesitaba a aquel psicópata en sus filas, pues a pesar de que no le agradaba, Jonathan Vince sabía reconocer el talento.
Garneau resultó plenamente impresionado. No cualquiera lograba una hazaña así.
—"Creía que tu vista era mala" —Le confesó a Alastor mientras señalaba los lentes que utilizaba comúnmente.
—"Sólo de cerca. Veo perfectamente de lejos, podría presumir que veo mucho mejor algo que está a mas que quinientos metros que algo que se encuentra frente a mi nariz." —Bromeó un poco, mientras se entretenía con el cambio de ambiente que se había logrado.
Garneau asintió mientras pensaba que Dios había repartido talentos y habilidades extrañas a la gente más inverosímil. Era una fortuna que el talento de Albert estuviese en las filas de USA y Gran Bretaña, y no en las de los Alemanes. La guerra que había iniciado hace poco en Europa lo había hecho aprender bastante de la política militar del tercer Reich, como se había autodenominado el nuevo gobierno alemán, y sentía en sus huesos que una de dimensiones tan grandes como la Gran Guerra se libraría tarde o temprano. Era por eso que su país de origen, los aliados del mismo, y podría jurar que básicamente todo el mundo, necesitaba oídos en las filas alemanas.
En poco tiempo, el militar se dio cuenta de la habilidad que Albert tenía. No era simplemente un talento nato, se notaba que se había pulido por años. Además, parecían gustarle las armas; cada palabra, cada característica y forma de montaje que Garneau comentaba a Albert, éste las absorbía como una esponja. Era rápido, preciso y mortal.
Incluso en el combate cuerpo a cuerpo había superado sus expectativas. Esto le llevó a preguntarse muchas veces, ¿quién era Albert Maillet y por qué era tan letal?
Charlie despertó en una habitación que no reconocía. Su cabeza que le daba vueltas y la oscuridad del lugar, al inicio, la hicieron pensar que se había desmayado, pero a poco rato, se dio cuenta. Esto no era su hogar. El olor era diferente. La sensación, la cantidad de energía en el aire… Esto último era tan decadente y mínimo, que respirar le dolía. Quiso usar su poder para iluminarse un poco, pero le era casi imposible. Le dolía usarlo. ¿Dónde estaba? ¿Por qué la cantidad de energía en el ambiente era tan poca que no podía usar su poder propio siquiera? No quería aceptarlo, pero empezó a tener miedo.
Su ansiedad creció cuando, luego de levantarse y chocar contra algunos muebles desconocidos, trató de hablar consigo misma en voz alta y no pudo.
Su voz. Se había ido.
Su desesperación salió en modo de miedo, casi rozando al llanto. Estaba en un lugar desconocido, donde no podía usar sus poderes y cuando lo intentaba, era doloroso, y también, no podía hablar.
Una voz en su cabeza le susurraba que se calmara. Era ella misa tratando de no romperse, porque sabía que, si lo hacía, nunca entendería la situación en la que se encontraba.
Suspiró muchas veces y sollozó otras para apaciguarse un poco, tantas que la luz del día empezó a notarse mientras lo hacía.
Aquello era nuevo para ella, y también, le trasmitía que no estaba en el infierno.
Por la amplia ventana de la habitación en la que la habían confinado, un paisaje nuevo y esperanzador se le presentó.
Nunca había visto un cielo tan azul.
Nunca había visto un bosque verde.
Los bosques de las afueras de Berlín la habían encantado con su brillantez matutina. A Charlie le dolía respirar, pero la sensación fresca, el olor de los pinos y abetos, los sonidos extraños de pequeños seres voladores… ¿esos eran las tan mencionadas aves en las canciones de los pecadores que llegaban al infierno? ¿Esto, acaso, era el paraíso? ¿Cómo había llegado a un lugar así de maravilloso?
De pronto, se dio cuenta de algo esponjoso flotando en el cielo. ¿Esas eran nubes blancas? Nunca había tenido la oportunidad de ver algo así de lindo en el infierno. Y el sol… esa cosa redonda que no podía ver directamente y que brindaba una cálida luz y una claridad hermosa a este mundo extraño.
Todo su miedo anterior, se desvaneció como la oscuridad de la noche. Incluso, había olvidado que no podía hablar. Un sonido lastimero y quedo, casi espectral, semejante al que haría una banshee, salió de sus labios.
Inmediatamente llevó sus manos a su boca. ¿Es que el precio para poder ver aquel mundo maravilloso era aquel? No sabía si en verdad estaba en el cielo, o en algún otro lugar maravilloso como el mundo humano, pero sabía que tenía que haber un motivo.
También, ella estaba consciente de que su papá la estaría buscando, así que, decidió que sea donde sea que se encontrara, encontraría el por qué había sido traída tan abruptamente, y también, una manera de regresar a casa con su familia.
Aún de pie junto a la ventana, disfrutando de aquel mundo nuevo, escuchó el sonido de la puerta abriéndose. Una mujer con ropa de mucama entró, con la cabeza gacha y casi de puntillas. Cuando Charlie se acercó por detrás mientras la mucama cerraba la puerta, ésta última dio un grito y saltó sorprendida, agarrándose el prominente pecho.
—"¡Oh! ¡Mi querido Dios, señorita, ¿quiere matarme de un susto?!" —La mucama le recriminó a Charlie, con su redonda cara enrojecida. Por supuesto, Charlie no entendía ni una palabra, aunque tampoco era como si pudiera responder.
Frau Anna era una mucama robusta que había servido por años a la familia Wirth. El día anterior, su señor la había sorprendido cuando la llamó para que cuidara a una señorita desconocida. Lo único que le había dicho es que era alguien extranjero de suma importancia, y que era una invitada de honor y se le debería tratar como tal. No necesitaba nada más para cumplir las órdenes de su amo, pues ella misma lo había criado y sabía que, a pesar de que tenía obsesiones extrañas, el dulce señor Wirth no dañaría a nadie, mucho menos a una jovencita tan linda como la que se encontraba en aquella habitación.
Aunque linda, parecía que aquella chica rubia no tenía modales, pues ni siquiera respondió a su llamada de atención. A poco rato, tuvo que disculparse por su mal pensamiento para con ella, cuando se dio cuenta de que la niña no podía hablar.
—"Una pena" —Se dijo a si misma Frau Anna cuando la verdad se develó.
Sin embargo, a pesar de que no podía hablar, la chica parecía escuchar perfectamente. Los sonidos de las aves afuera le llamaban la atención, y el ruido de la radio, cuando Frau Anna tuvo a bien encenderla para entretener a su invitada, la fascinó.
Era como tener a una pequeña nuevamente en casa. Como si la chica de cabello rubio y cara de muñeca apenas estuviese descubriendo el mundo.
Entonces, se dio cuenta que todo el rato la había estado llamando "señorita".
Decidió hacer una rápida llamada telefónica a su amo para notificar que la jovencita que había llevado a casa la noche anterior al fin había despertado.
Y también, por supuesto, para preguntar por el nombre de tan encantadora niña.
Nota de autor:
Pobre Charlie, no sabe en qué lugar fue a caer, pero al menos tendrá a una aliada.
Luego, creo que a Hermann no le va a gustar que ella sea muda. Además, me siento mal por Lucifer porque ahora no sabe dónde está su hija, y tampoco sospecha que fue invocada a la tierra porque las invocaciones que él conoce son diferentes.
Y Alastor…. Es una lástima que no le hayan permitido quedarse con el nombre que él considera "verdadero".
Como esta historia está casi terminada pero no quiero abrumarlos, planeo subir capítulos cada jueves.
No puedo esperar a mostrarles lo que sigue.
