Caminos torcidos del destino.

Hermann Wirth había sufrido un shock terriblemente fuerte cuando se enteró que aquella quien tendría la amabilidad de mostrarle todo lo que debía saber de Agartha, era muda. Su ira silenciosa floreció como un brote primaveral, para luego ser pisoteada por la resignación. La chica frente a sus ojos era hermosa, no cabía duda, y tampoco es que ahora, con aquella revelación, fuese un completo desperdicio. En realidad, aunque anhelaba conocer la lengua y las costumbres de aquella tierra mítica de la que la rubia provenía, la situación no era del todo desesperanzadora.

El señor Wirth, en verdad, no quería hacerle daño a Charlie, sin embargo, por el bien de la ciencia, estaba considerando hacerla un espécimen de estudio en el laboratorio. ¿Qué lo detenía? El aspecto noble de aquella chica.

En efecto, Hermann sabía que, en cualquier sociedad, había castas o clases sociales, incluso en un mundo como el que se imaginaba lo era Agartha; las ropas, la suavidad de las manos, la blancura de la tez y los modales suaves y refinados que le había mostrado al presentarse… todo ello le decía a Hermann que Charlie no era una persona cualquiera con la que podía realizar sus experimentos, a riesgo de malentendidos con lo que él consideraba, sus futuros aliados.

Es por ello que decidió acogerla y tratarla con respeto mientras se resolvían los obstáculos que tenían para abrir el portal de manera más segura y duradera. Luego de ello, dependiendo si en verdad la chica era una noble o una ciudadana corriente de su lugar de origen, decidiría si tomarla como esposa o quizá relegarla a calidad de mascota.

Justo en ese momento, la belleza rubia de ojos bovinos cuyo nombre le era completamente desconocido, lo miraba como si tuviese muchas interrogantes para él. Desgraciadamente, ellos no podían comunicarse de forma oral, por mucho que ambas partes lo desearan.

Sentados en la sala de visitas de la mansión a las afueras de Berlín, perteneciente a la familia Wirth desde hacía algunas generaciones atrás, Hermann trató de ganarse la confianza de su invitada.

Tocando su propio pecho, Hermann pronunció su nombre. Su bigote tupido y rubio se movió al compás de sus labios mientras cada sílaba era pronunciada, tratando de lucir lo más amable que podía. Para Charlie, él era todo un acontecimiento.

La joven princesa del infierno nunca había visto humanos antes, así que, para ella, casi cualquier humano era fascinante. No sabía que, a pesar de que eran más parecidos entre sí que los demonios, los humanos tenían tantas características únicas entre ellos.

En realidad, a Charlie le había llamado la atención la porción de cabello que su anfitrión poseía sobre sus labios. Le recordaba a la cola de la demonio gato que tenía a bien diseñar el vestuario que ella siempre usaba. Marie, se llamaba; una chica con altos estándares de la moda que siempre hablaba alegremente. Un poco ingenua, aunque siempre trataba mal a los "plebeyos" con los que se cruzaba.

Cuando el hombre de mediana edad, de cabello rubio y bigote tupido se presentó frente a ella en el lugar donde la mucama redonda la había dejado mientras se retiraba a quién sabe dónde (Charlie pensaba que quizá tenía que volver a sus labores), ella simplemente no pudo moverse por el impacto.

Charlie, al conocer a la mucama, había pensado que los humanos eran todos pequeños y regordetos, sin embargo, la nueva persona que se había presentado frente a ella era completamente diferente a lo que imaginaba.

Aquello la llenó de emoción, tanto, que sin pensarlo tomó de las manos a aquel hombre, como solía hacerlo con algunos demonios que se le habían presentado en el palacio real y que habían sido amables con ella.

Para Hermann, aquello había sido una sorpresa, y fue entonces que pensó en que, si la chica era noble, debería tomarla como esposa. Aquel pensamiento, si él lo hubiese expresado y si Charlie tuviese la capacidad para entenderle, seguramente habría cubierto de inseguridades y miedo a la joven rubia, sin embargo, en aquel momento ella era feliz en su ignorancia.

Por eso, cuando tomaron asiento en el sofá donde ella había estado vagando, escuchando el suave murmullo de la radio hasta que Hermann arribó, ella mostraba una sonriente cara llena de expectativas con respecto a aprender más sobre los humanos.

Para ese momento, la febril y juvenil mente de Charlotte Magne ya había creado planes para aumentar su comprensión sobre la condición humana y así poder saber cómo ayudar a los demonios (quienes habían sido humanos en algún momento) a redimirse.

Sin embargo, las cosas no iban a ser fáciles para ella ni para las ambiciones de Hermann Wirth.

Tratando de comunicarse en vano, Charlie simplemente comprendió que las palabras "Ich bin Hermann" era un nombre y parecía pertenecerle a su interlocutor.

Cansada de los infructíferos esfuerzos por establecer un contacto real, Charlie buscó con la mirada por todo el lugar mientras el hombre empezó a recitar palabras como si esperara a que ella reaccionara a alguna de ellas. En efecto, Hermann empezó a enlistar nombres de chica conocidos por él, esperando que alguno de ellos fuese parecido, o al menos, agradable para ella.

De pronto, Charlie encontró lo que había estado buscando silenciosamente.

Caminó hacia una pequeña mesa al fondo de la estancia; la mesa era de madera barnizada con un diseño modesto pero elegante. Sobre ella, había un globo terráqueo, una curiosidad que había captado la curiosidad de Charlie algunas horas atrás, cuando recién la habían escoltado mostrándole la propiedad Wirth. Junto al globo, se encontraba la herramienta que ella tanto había buscado; sabía que la había visto en algún lugar.

Era un pequeño libro de notas.

Las primeras páginas estaban llenas de letras ilegibles para Charlie, pero a ojo humano, no eran más que una lista de compras. Seguramente, aquel objeto pertenecía a Frau Anna y lo había dejado allí con la conmoción del despertar de la invitada de su amo.

Un lápiz afilado y pequeño se encontraba pegado al lomo de aquel librillo gracias a una especie de elástico especial para ello. A pesar de que en el infierno había objetos similares, a Charlie todo aquello le pareció muy interesante.

Hermann simplemente se limitó a observar a la chica que se había levantado abruptamente; fue una total sorpresa para él el hecho de que su invitada tomara la iniciativa y decidiera tratar de comunicarse con él de manera escrita.

Cuando Charlie al fin terminó de escribir en una de las hojas del libro de notas, acercó el objeto a Hermann con un rostro ansioso. Ella esperaba que alguno de los idiomas que había aprendido de los humanos funcionara.

Sin embargo, ella no contaba con que la escritura noble del infierno no fuese la misma que la humana. Era algo que nunca le habían enseñado. Por supuesto que algunos trabajadores del palacio, como el pintor real Boticcelli, le habían enseñado palabras en diversos idiomas humanos, pero ellos siempre habían escrito todo en el lenguaje demoniaco, simplemente porque saberlo era uno de los requisitos para trabajar con la nobleza del infierno.

En ese aspecto, Charlie era una completa ignorante. Y era de esperarse, pues nunca tuvo mayor contacto con los pecadores fuera de los que trabajaban para su padre de manera directa.

Apenas si en algunas ocasiones pudo convencerle de apoyar sus ideas caritativas, y, aun así, el legajo común de demonios con el que había tenido contacto en algún momento de su vida siempre se había comunicado con ella por medio del lenguaje común infernal.

Era de esperarse, pues, aunque los demonios que recién llegaban al infierno habían hecho sus propias comunidades y gustaban ellos mismos de separarse entre sí, había la necesidad implícita de mantenerse comunicados con los nativos del lugar de alguna manera u otra.

Lo que Charlie había escrito en ese papel donde había depositado todas sus esperanzas, rezaba, en los cinco idiomas humanos que conocía, lo siguiente:

"Hola, me llamo Charlotte Magne, pero puedes decirme Charlie. No sé cómo llegué aquí, y espero puedas ayudarme a volver a donde pertenezco. ¡Espero que nos llevemos bien!"

De nada había servido su diligencia al haber escrito todo eso en inglés, italiano, francés, latín y griego, pues Hermann no tenía la menor idea de lo que los garabatos que ella había hecho en la hoja significaban.

Pero, aun así, Hermann estaba completamente emocionado. Había obtenido de primera mano una muestra de la escritura de la mítica tierra a la que pertenecía su invitada. Los ojos del señor Wirth brillaban con tal ahínco, que Charlie creyó que al fin había encontrado una manera de comunicarse con él.

La decepción golpeó su corazón de manera abrupta cuando se dio cuenta de que no era así. Hermann Wirth y ella no podían comunicarse más que con mímica, y eso era un hecho.

Un poco resignada, Charlie dejó al hombre llamado "Ich bin Hermann" regodearse con lo que ella le había dado. Era un poco tierno a los ojos de ella que el hombre se emocionara tanto con una muestra de su escritura, y era algo incomprensible para ella el por qué lo hacía, pero verlo alegre la hacía un tanto feliz, pues pensaba que, si el hombre que estaba frente a ella era lo suficientemente alegre y estaba lo suficientemente contento con su vida actual, seguramente él no tendría la necesidad de pecar e ir al infierno.

Su meta, ahora que entendía que a pesar de sus esfuerzos no podía intervenir como deseaba en el mundo humano, era tratar de hacer que las personas que habitaban en el lugar no cayeran al infierno, haciéndolos felices. Luego, pensó que quizá ese era el motivo por el que la habían enviado allí.

Charlotte Magne, en su pequeña y alocada cabeza llena de nubes y cosas alegres, penó que quizá Dios la había escuchado en algún momento y le había dado aquella oportunidad. Seguramente, se dijo, era por eso que ella no podía hablar. ¡Le habían dado la oportunidad de redimir pecadores incluso antes de que cayeran al infierno! Era obvio que le iban a imponer algunas condiciones, sólo que, deseaba que al menos pudiese comunicarse con ellos un poco mejor, o haber charlado sobre la manera de hacerlo antes de que la enviaran a la tierra.

En su inocencia e ingenuidad, ella creía que todo esto era un plan de aquel Dios misterioso que había expulsado a su mismo padre, Lucifer, del paraíso. Y ello la hizo sentirse bien consigo misma; no obstante, eso no era ni por asomo cercano a la realidad.

Fue así que Charlie empezó a hacer planes en su cabeza sobre cómo mejorar la vida y la percepción de la felicidad de sus primeros pacientes: Hermann Wirth y Frau Anna.


Alastor suspiró profundamente, dejando que el suave aroma del café inundara su sistema olfativo; el sol del verano matinal aún no lo golpeaba a la cara y la brisa fresca de mar adentro le dejaba un regusto a sal que lo deleitaba. Su franca sonrisa ahora era completamente real mientras disfrutaba de las atenciones del trasatlántico de primera clase que el gobierno de USA había tenido a bien en pagarle.

Originalmente, su viaje debería haber iniciado tres meses después, sin embargo, Alastor había roto toda expectativa y había logrado terminar su formación en la mitad de tiempo. En ese aspecto, el ex convicto estaba completamente orgulloso, pues su capacidad de aprendizaje siempre había sido buena y gustaba de exponerlo cada vez que tenía la oportunidad.

Así, inició su viaje desde un puerto de florida a mediados de Julio, disfrutando de la belleza de la estación corriente y los privilegios del ticket de primera clase que el joven acomodado Albert Maillet, único hijo y heredero de una pequeña cadena de Hoteles de lujo en Nueva Orleans, tenía.

Por supuesto, su vida como hijo de los Maillet era una farsa completa, sin embargo, era extraño que el mismo gobierno de los Estados Unidos de América le hubiese dado una identidad tan notable.

Alastor recordaba ciertos rumores sobre Albert Maillet. Aquella familia de origen acadiano había tenido bastante suerte y buen ojo con los negocios, no así con la descendencia. El joven Albert había muerto recientemente por una enfermedad desconocida que padecía desde su nacimiento, cosa que lo hacía evitar los círculos sociales. Su muerte no fue obituada, y pocas personas lo sabían, incluso el mismo Alastor se había enterado hasta que le entregaron su nueva identidad. Así como habían ocurrido las cosas, esa era una oportunidad de oro tanto para el gobierno como para la familia Maillet.

Era toda una oportunidad que ninguna de las partes dejaría pasar, eso sí.

Por un lado, Alastor no había muerto gracias a ello, y tenía la ligera sospecha de que su fecha de ejecución de alguna manera coincidía con la fecha de muerte del joven Maillet. Por el otro, había investigado por sí mismo escuchando rumores aquí y allá en las contadas ocasiones que lo habían dejado vagar por la ciudad más cercana como prueba de control para determinar si era seguro adelantar su incursión al viejo mundo, usando viejos contactos de información en el mundo de los practicantes del vodoo.

Los Maillet eran una casa fallida que se había metido con cosas que no podían manejar, tanto que, en el mundo del oscurantismo, se decía que su hijo había muerto como sacrificio por su fortuna.

La buena sombra de Alastor le había traído jugosas relaciones que aquella casa tenía con ciertos conocidos suyos, entre ellos, Rose.

Rose era una muy buena amiga suya que había tenido contacto con él mucho antes de que su desliz desafortunado lo llevara a la cárcel. Ella era una mujer en una edad ya avanzada, pero con un porte y elegancia que le recordaba a una joven reina; se decía que Rose manejaba a la clase política del país, y que su influencia era tal que ella podía decidir incluso la política exterior del país.

Lo último que supo de ella fue por medio de un mensaje corto en el que se lamentaba no poder ayudarlo debido a lo público y escandaloso que era su caso. Alastor la entendía, así que no guardó resentimiento para con ella, pero en estos momentos, si él pudiese sentir amor hacia alguien más aparte de sí mismo, seguramente le diría que la amaba.

Alastor había llegado a la conclusión de que Rose había sido quien movió todos los hilos para su liberación y su posible reinserción a la sociedad en un mundo lejano y nuevo. Y estaba en lo correcto, de cierto modo.

Lucifer y Alastor habían cerrado un trato años antes, y el regente del infierno cumplía su palabra, a pesar de que el contratista en cuestión arruinara todo por un mero juego. Así pues, en realidad todo había sido ordenado y planeado por Lucifer, y como una broma del destino, el mismo estaba enviando a su contratista al encuentro de su hija perdida, Charlie.

Fue así como Lucifer y Rose obraron el milagro que Alastor estaba viviendo, aunque no todo era felicidad para el caníbal.

La parte "mala" de aquel trato era un dolor en el trasero. Literal y figurativamente.

Albert Maillet tenía una mucama llamada Vagatha. Ésta mucama era como su sombra y permanecía a su lado todo el tiempo. Literalmente todo el tiempo.

Ésta era su correa con el gobierno norteamericano.

Alastor había considerado matarla en cuanto llegara a su destino, sin embargo, no podía. No cuando necesitaba los recursos monetarios federales que tan alegremente le enviarían para la manutención de ambos y de su vida lujosa. Y no es que Alastor no pudiese conseguir los fondos por sí mismo, pero ello le llevaría tiempo y por tanto, tenía que esperar el momento justo.

También, no estaba seguro si había otras personas involucradas en su vigilancia.

La presencia de Vagatha no sería tan mala, si la joven no tuviese una actitud terrible y agresiva. En realidad, no tenía nada contra las mujeres, pero esa chica en cuestión, parecía un hombre tosco y amargado.

La cosa cambiaba mucho cuando se encontraban en público, pues ella tenía que asumir su rol de empleada, pero en la soledad de su camarote, ella no paraba de amenazarlo y desconfiar de él.

Al inicio era algo gracioso que lo incitaba a provocarla, pero con el pasar de los días, él estaba cansándose. Esperaba que su contraparte también cayera en el aburrimiento, si no, le sería muy difícil controlarse y eliminarla.

Incluso en ese momento de relajación, la joven de piel canela y ascendencia latina y mulata lo miraba por la espalda, parada estoicamente con su uniforme, a la espera de otra orden de su amo.

El rostro de Vagatha no era bello, pero si no tuviese la manía de ocultar uno de sus ojos con su cabello, podría pasar por bonita debido a su cuerpo bien proporcionado. El ojo que deliberadamente ocultaba era uno de vidrio, falso, así que Alastor entendía el por qué lo hacía, aunque no le importaba en lo más mínimo.

Ella era una molestia con la que tenía que lidiar de manera profesional y luego, cuando al fin estuviese bien asentado y seguro de que nadie más lo vigilara, se desharía de ella aludiendo un ataque racial o alguna de esas cosas comunes que pasaban en la Alemania de Hitler hoy día.

Una sonrisa torció sus labios al imaginar aquello.

—"Patience et espoir" —Se susurró a sí mismo, riendo ante la casualidad de aquella línea en el libro que se encontraba leyendo. Probablemente, El conde de Monte-cristo no era más que su propia historia contaba de manera diferente.


Lucifer, aunque no lo parecía, estaba nervioso. Su hija, la única y preciada hija, heredera al trono, había desaparecido de la nada. Llamó a todos los príncipes y eruditos, los magos reconocidos, todos concluían que la princesa en cuestión no se encontraba en el infierno, pero tampoco sabían en qué otro lugar podría encontrarse.

Se había descartado la tierra prematuramente, debido a que las invocaciones nunca permitían llevar el cuerpo del invocado hasta allá si no había un ancla para el mismo. El libro de Stolas, objetos malditos, ese tipo de cosas que sólo cierto círculo de personas tenía, y que debían ser recargados constantemente con la sangre de gente espiritual, parchados con partes humanas o regados con energía en rituales para que puedan ser utilizados correctamente.

El hecho era que Charlie si había sido arrastrada hacia el mundo humano, peligrando su existencia misma, pues no tenía un ancla que protegiera su cuerpo por el desgaste al que es sometido al estar en la tierra.

Lucifer estaba completamente seguro que su hija había sido secuestrada por algún ángel malintencionado debido al haz de luz que se había presentado en aquel momento, cosa que lo hizo prepararse para otra declaración de guerra contra el paraíso.

No podía esperar a la próxima purga, él mismo invadiría si era necesario. Así pues, preparó sus huestes, hizo alianzas con los señores de todos los círculos. Todo para recuperar a su hija.

Uno de aquellos príncipes que había sido convocado fue Stolas, un demonio nativo que se había ganado el título de príncipe por sus propios medios. Y también un mago poderoso. Se rumoraba que él mismo había enseñado a Rasputín y a otros muchos a lo largo de su vida.

En la época moderna, él tendía a atender a círculos poderosos de casi todas las naciones humanas. Entre ellos, políticos y empresarios Alemanes.

Para Stolas, los humanos eran divertidos. Pretenciosos y avaros que se creían los dueños del mundo, y que al final, se arrastrarían hacia el fondo del infierno, rogando por un poco de poder mientras luchaban entre ellos para intentar convertirse en overlords.

Ese lindo y desesperanzador reality show que se había creado en sus largos y longevos años eran ya parte de su rutina, pero le seguía trayendo satisfacciones. Incluso antes del inevitable final de cada uno de aquellos que osaban pedir por su ayuda, Stolas exigía sacrificios y pagos, muchos de ellos incluso tenían que ver con hijos o las cosas más preciadas para sus demandantes.

Había pasado poco más de tres meses desde la desaparición de la princesa del infierno, cuando Stolas tuvo que viajar al mundo humano a visitar a uno de sus socios. Exactamente, América.

El nivel de mana en la tierra nunca había sido el suficiente para un demonio, sin embargo, Stolas notó algo inusual. Los niveles eran mucho más bajos aún.

Entonces, él pudo sentir la marca del señor infernal. No, era algo diferente.

Stolas, casi por accidente, se dio cuenta de que Charlie se encontraba en la tierra, y no en el paraíso como se pensaba.

Aquello era algo muy gracioso, y se mantuvo pensando por un par de días si comunicarlo a Lucifer. Era claro que si el gobernante del inframundo se enteraba de que Stolas ya conocía la información y no lo comunicó, seguramente el castigo sería terrible, incluso llegando hasta la misma Natasha. El pensamiento de que Natasha fuese castigada por su imprudencia lo detuvo de sus pretensiones sobre ocultar el hecho, pues sabía que Lucifer siempre obtenía la información tarde o temprano. No quería el mismo destino que había tenido Pazuzu, uno de los príncipes infernales, cuando le ocultó a Lucifer información preciada.

El problema ahora sería saber en qué lugar del mundo ella se encontraba.


Rose había sido una belleza en su juventud, y a pesar de que ya rondaba el centenar, los vestigios de su lozanía aún podían notarse tenuemente. En efecto, la clase era algo que la vejez no se podía llevar consigo, por más terribles que fuesen los años que a uno le caían encima; ¡y qué años!

Había vendido su descendencia, su humanidad e incluso a su propio esposo para llegar hasta donde estaba; y aunque en realidad hubiese deseado la eterna juventud en este mundo, con la comodidad del escaño en el que se había colocado por sí misma, sabía que, a pesar de que le esperaba el infierno, en su siguiente vida obtendría aquella lozanía deseada permanentemente.

Lo único que le quedaba ahora era esperar al momento en el que su urna mortal se desquebrajara al fin; en efecto, sólo tenía una última cosa que hacer, y era nombrar su sucesor.

¡Cómo hubiese querido que aquel que tomara la batuta tras ella fuese el niño de Nueva Orleans! Aquel joven le recordaba tanto a ella en sus buenas épocas… sin embargo, era una completa lástima que Lucifer tuviese otros planes para él luego del gran fiasco que fue al ser desenmascarado a nivel nacional.

Como practicante de artes ocultas, ella lo respetaba. El chico se podría denominar como todo un erudito al respecto y su diligencia era refrescante y lo que se requería para la innovación en ese mundo tan competitivo y voraz.

¡Y, sin embargo, Lucifer lo tenía destinado para servir a los Crowley! Rose en realidad pensaba que aquello era un completo desperdicio.

El sonido del reloj de la sala de té donde Rose tenía inclinación de pasar sus horas de ocio la empezó a arrullar con su monótono tic-toc cuando al fin sus cavilaciones con respecto a lo que había ocurrido los últimos meses terminaron.

En efecto, ella tenía que buscar a un sucesor lo más pronto posible, pero ya no quería agobiarse con ello por el momento, simplemente quería algo de paz luego de toda la trifulca que había tenido que soportar debido a las constantes peticiones de la cúpula del poder en el país.

La mayoría de aquellos ratones mal denominados "hombres", temían a lo que podría suceder en el futuro. Habían ofrecido más sacrificios, más dinero, más devoción… pero, ¿quién podría estar seguro de que la parte contraria no estuviera haciendo lo mismo? Los demonios no eran afines a ningún bando en el mundo político de la tierra, y tampoco es que les interesara mucho; simplemente los humanos eran una especie de entretenimiento y recurso, ya era mucha fortuna para la humanidad misma el poder entablar contratos con ellos.

Suspirando profundamente para tratar de volver a su merecido descanso, alargó su delicada y arrugada mano para tomar la taza de su té favorito. Bajó la vista un momento, en busca de una de aquellas deliciosas galletas que su ayudante, Baptisme, tenía costumbre de hacer para ella.

Una mano desconocida le acercó la charola con aquella linda pastelería.

No, no era desconocida del todo. Era sobrenatural.

Rose conocía muy bien los rasgos delicados, como los de una muñeca, de la persona que se encontró sentada frente a ella.

O más bien, del ángel caído que había llegado a su casa sin invitación.

No era de extrañar, Lucifer podía ir y venir a voluntad en la casa de Rose debido a la cantidad ingente de objetos malditos que ella había juntado para ese propósito durante casi toda su vida. Se podría decir que, aunque no eran amigos, Lucifer y ella eran viejos conocidos con una relación que rozaba a la amistad.

—¡Querida Rose, no te has arrugado ni un poco más luego de la última vez que nos vimos! —La aludida tomó una de las galletas que el mismo rey del inframundo le había extendido, tratando de no mostrarse perturbada.

En efecto, que se presentase así ya era una costumbre, pero cada vez, era toda una sorpresa.

—¿Qué lo trae por aquí, mi señor?

Lucifer simplemente sonrió ante el saludo, entrecerrando los ojos amarillos como los de una serpiente, los cuales se anidaron en la cara arrugada de Rose, la vieja bruja que controlaba los círculos de poder de la nación que, en los próximos años, se convertiría en una de las más poderosas hasta llegar a ser la que llevase la batuta del mundo entero.

—Tengo un requerimiento de calidad prioritaria.

La voz del rey del infierno, a pesar de que parecía serena, tenía un acento de urgencia. A fuerza de los años pasados y los tratos cerrados, Rose conocía muy bien a su señor, y estaba segura de que lo que le iba a pedir era algo que, si tenía el atrevimiento de fallar de alguna manera, haría que su mera existencia desapareciera. O peor aún, que el apocalipsis se adelantara.

—Por supuesto, mi señor. Su palabra es mi orden.


Notas de autor:

¡Aquí está otro capítulo de esta historia! En verdad disfruto mucho escribir esto, es como una bocanada de aire fresco luego de tener cientos de cosas que hacer y planear.

Mi más sincero agradecimiento a quienes siguen esta pequeña historia, y a quienes esperan por la continuación de Beautiful consequences. ¡Por favor, tengan paciencia!

Espero que para el siguiente capítulo se dé el encuentro tan deseado de nuestra pareja principal. Tuve una pequeña punzada al poner a Vaggie de criada de Alastor, pero creo que al final esto fue conveniente y les aseguro que esto devendrá en interacciones deliciosas a nivel de desarrollo en la historia.

Gracias de nuevo por leer, me encanta leer sus comentarios, aunque soy mala respondiéndolos, hago mi mayor esfuerzo.