Encuentro fortuito

El sonido del vals de las manecillas del reloj inundaba la estancia decorada bellamente, como una casa de muñecas victoriana; contrariamente al diseño del lugar, la actual dueña de la habitación portaba un lindo vestido moderno de falda amplia, estampado a cuadros en color rosado, un color que según Frau Anna, le sentaba de maravilla y acentuaba su preciosa cabellera rosada con tonos melocotón.

Era obvio que la forma de vestir tanto en el infierno como en la tierra serían diferentes, aunque no creía que tanto. La moda en la tierra tenía un aire rústico y cómodo que a Charlie empezó por gustarle, no obstante, también tenía aspectos elegantes que podrían incluso gustarle a su madre.

Charlie se encontraba sentada frente a un escritorio delicado tallado en madera rojiza; entre sus manos había un libro de imágenes, como el que se usaba para enseñarle a los niños pequeños a leer. Era un regalo que Hermann Wirth le había dado unos pocos días después de haber llegado a este mundo.

Lo primero que pensó fue que era algo decepcionante el hecho de que no comprendiera la escritura, pero el libro se entendía bastante bien… excepto porque había algunos dibujos de animales u objetos que ella nunca había visto en su vida.

Frau Anna había sido bastante paciente con ella, y eso la alegraba; aquella amable y regordeta mujer alemana se tomaba su tiempo por las tardes para mostrarle el alfabeto y algunas palabras escritas, y aunque Charlie tenía progresos, no era suficiente para explicar su situación. Habían pasado tres meses desde su llegada a la tierra, y ella apenas podía escribir su nombre y algunas frases prefabricadas, pero era lo suficiente como para darse a entender un poco.

En primera instancia, la forma de escritura de los humanos era completamente diferente, acostumbrada ella a los símbolos infernales y a los glifos comunes que conformaban su lenguaje escrito netamente pictográfico, la simplicidad del alfabeto humano fue abrumador.

Pero lo que más la sorprendió, y lo que más amó de aquel mundo suave y precioso en el que habitaba la humanidad, era la música.

El sonido era tan nuevo, tan atrapante, tan… no tenía palabras para describirlo. Incluso si no entendía por completo la letra de las canciones, la cautivaban enormemente.

Un par de golpeteos en la puerta de la habitación la sacaron de su inquisitivo aprendizaje. A poco rato, la figura de Frau Anna con una bandeja en las manos apareció tras la puerta luego de que Charlie la recibiera con una sonrisa silenciosa.

—"¡Señorita! ¡No debería esperar a que le traiga algo de comer! Estudiar tanto no le hará ningún bien si se enferma."

Charlie simplemente se encogió de hombros mientras juntaba sus manos como pidiendo disculpas. Aquel ademán la hacía parecer una niña pequeña, cosa que siempre ablandaba el corazón de Frau Anna, que terminó cediendo mientras negaba con la cabeza.

La charola fue colocada en una pequeña mesa de la habitación. Aquel rincón de su estancia, en específico, era una sala destinada a que Charlie recibiera visitas (femeninas, obviamente, según el punto de vista de Hermann) en cuanto fuese presentada a la sociedad.

Y es que, a pesar de que a simple vista ella podría parecer humana, había muchas cosas que hacían notar la naturaleza de Charlie; su altura fuera de lo común, de casi un metro noventa, su belleza, su color de cabello que parecía artificial y hecho de hilos de plata y oro, aquellos ojos negros como pozos, sin pupilas; sus uñas, gruesas y agudas, negras, como si el esmalte en el cartílago fuese permanente. Sobre todo, tras esos labios carnosos y de apariencia suave que parecían haber sido pintados de labial negro, se escondían unos incisivos agudos y largos.

Ella era hermosa, mística y, aunque de apariencia humana, sobrenatural. En efecto, emanaba un aura casi como la de un ángel, pero también, a Hermann, aquellos pequeños detalles en la fisionomía de Charlie le hacían recordar viejas historias sobre seres sobrenaturales del folklor europeo: los vampiros.

¡Pero, por supuesto, Charlie no era ni algo cercano a un vampiro! Ella era un demonio, nada más que la única hija del gobernante supremo del infierno. Aunque eso no lo sabía el señor Wirth.

Las manos de Frau Anna se movieron como si su trabajo natural fuese servir el té. Charlie había descubierto que aquella infusión humana sabía mucho mejor en la tierra que en el infierno, donde lo había probado por primera vez. Ella era una amante del sabor dulce de las infusiones afrutadas que Frau Anna hacía, y también, de los pequeños sándwiches suaves y esponjosos que la ama de llaves hacía.

Por supuesto, Frau Anna no era la única trabajadora de Hermann Wirth, pero sí era la única que se le tenía permitido estar en las mismas habitaciones con Charlie.

Hermann Wirth había sido muy claro y estricto con aquel detalle. No quería que se filtrara ninguna información sobre su nueva invitada hasta la presentación oficial a los medios del Reich. Incluso había mandado invitaciones a celebridades en el pequeño círculo de los ocultistas, como a Madame Rose y a la propia familia Crowley, quienes se habían afiliado al tercer Reich de manera discreta, pero en quienes confiaba debido a los estrechos lazos que los unían con la familia Wirth.

Él había dispuesto entonces para ella un itinerario de estudio para comunicarse con las personas al menos de manera básica, y también de etiqueta. Con respecto a lo último, ella era toda una princesa, y aunque parecía que tenía ciertas costumbres extrañas como tomar ambas manos de las personas que apenas conocía, creía que ello era parte de la educación en su lugar de origen.

Frau Anna estaba completamente complacida con las instrucciones de su amo; en realidad, para la vieja ama de llaves, quien tenía poca agudeza visual, aquellos pequeños detalles en las características de Charlie eran casi imperceptibles, aunque aceptaba que la chica tenía un aura especial en ella. Sobre todo, la piel de la princesa era fuera de ese mundo, tan suave como la seda y tan blanca como la nieve, era como ver a un hada de hielo, según sus palabras.

Es por ello, y por la actitud noble e ingenua de la rubia, que Frau Anna tenía una inclinación marcada por ella.

—"Señorita Lotte, ¿le agradó esta nueva mezcla de té?" —La cara rojiza de Frau Anna mostró una sonrisa sincera mientras le preguntaba. Ella parecía feliz incluso con los ojos, de color gris.

Habían pasado semanas hasta que encontraron un nombre semejante al de Charlie, de alguna manera, le agradó aquel diminutivo que le habían puesto luego de que ella había reaccionado al nombre de Charlotte. Frau Anna no estaba segura si su nombre real era Charlotte, pero le quedaba el mote de Lotte, y le agradaba tratarla como si fuese la señorita de la casa.

Había sido una pena que los Wirth sólo hubiesen tenido un hijo, siendo la señora quien más había sufrido al desear a una niña que compartiera sus gustos y sus aficiones, y también, en lo profundo del corazón de Frau Anna, ella había deseado una joven señorita. Era de esperarse, pues la fiel y leal ama de llaves que había sido nana del hijo único de los Wirth nunca había formado su propia familia; desde muy joven, ella se había advocado al cuidado de aquella familia noble que la había acogido en su seno cuando ella aún era casi una niña, primero como compañera de juegos de la hermana más joven del antiguo señor Wirth, la que tristemente tuvo un final prematuro, y luego como la nana de los hijos del hermano mayor.

Charlie asintió a la pregunta de la ama de llaves. Aún había cosas que no comprendía del idioma que los humanos hablaban en aquella región, pero esa frase era muy común en Frau Anna, tanto que Charlie creía que era un hábito en ella. En efecto, para la princesa del infierno, Frau Anna tenía talento pero carecía de autoconfianza, y creyó que si la ayudaba con ello, podría mejorar su record en la tierra, así que cada que podía, afianzaba su trabajo con alabanzas mudas.

No era mucho, pero era todo lo que podía hacer hasta poder comunicarse de alguna manera más directa.

Al menos, Charlie se alegraba de que ya podía escribir palabras sueltas para decir lo que pensaba. Así pues, ella empezó a tener la costumbre de llevar una pequeña libreta de anotaciones y un lápiz consigo.

Esos instrumentos los guardaba celosamente en los bolsillos de su ropa, o si por desgracia los conjuntos que bien le proporcionaba Frau Anna no poseían alguno, tomaba uno de tantos bolsos que el señor Hermann le había regalado.

Al inicio, Charlie se sintió un poco incómoda por abusar de la hospitalidad del señor Wirth, pero él le había respondido que ella era una invitada especial de un nuevo mundo desconocido. Obviamente, Charlie trató de explicarle que ella provenía del infierno, pero al ver la cara emocionada del hombre, no pudo sacarlo de su error. Además, el infierno contaba como un mundo diferente al suyo, ¿no?

También, tenía miedo de que, si los humanos conociesen la existencia del infierno, y basaran sus acciones en el miedo a ser enviados allí, todo lo bueno que hicieran se fuera por la borda. Era bien sabido que la gente que hacía buenas obras por motivos que los beneficiarían de alguna manera, también caían al infierno, y hacer cosas buenas para no caer en él se podría interpretar de igual manera.

Charlie soltó un pequeño suspiro luego de tomar el segundo sorbo de su té. El sabor de las flores de lavanda, mezcladas con tenues tonos de mora, inundó su paladar.

—"Por cierto, señorita Lotte, el vestido para la celebración a la que fue invitada ya ha sido entregado" —La ama de llaves parecía orgullosa. Y en efecto, lo estaba. El vestido que había elegido para la señorita era lo más hermoso y lo último de la moda, el mismo señor Wirth no había escatimado en gastos. Quería mostrar al ángel de Agartha, como él la había bautizado, en todo su esplendor.

Había ordenado que las gemas de la ropa que había traído Charlie consigo, cuando fue transportada a la tierra, adornaran aquel diseño. El resultado fue abrumador.

El vestido por sí sólo parecía hecho para una valkiria; con la tela blanca adornada con partes metálicas que engarzaban las piedras preciosas. No podía imaginar lo impactante que sería verlo puesto en la señorita Lotte, quien aparte de ser muy alta y con un porte que a veces podía imponer, era una belleza delicada y dulce. Aquella combinación seguramente impactaría a cualquiera que la viese.

Charlie sacó la libreta pequeña que llevaba consigo, y escribió unas pocas palabras en él, con una caligrafía que a los ojos de Frau Anna, era infantil. Era de esperarse, puesto que apenas si había aprendido el alfabeto, ya era bastante que ella empezara a formar palabras. Refinar su caligrafía podría esperar un poco más.

Las palabras escritas en un mal alemán eran: Alagar yo tu atención. Demasiado para mí.

—"¡No se preocupe por eso, señorita! Usted debe ser la más hermosa, además, ¿no estaba emocionada por conocer más personas como nosotros?"

Claro, Frau Anna y Hermann eran los únicos humanos que ella había visto, y estaba ansiosa por conocer a más de ellos. Sobre todo, era muy notorio que ella no era humana, el color de su piel, sus ojos, y otras cosas la delataban, pero, aun así, la habían tratado con calidez.

Y aunque Charlie sabía que lo hacían porque creían que ella era de un mundo recién descubierto, agradecía su amabilidad.

Sobre todo, si ella utilizaba aquella carta del mundo nuevo y hacía que las personas anhelaran el equilibrio y la amabilidad hacia otros como resultado, su misión estaría completa. La pregunta era, ¿cómo podría hacerlo? No sabía nada de la situación actual de la tierra, y aunque conocía un poco de sus costumbres, probablemente lo que sabía ya era muy anticuado, pues ella sólo se había reunido con pecadores de hace mucho tiempo, la mayoría, célebres.

La rubia llevó uno de los bocadillos de la charola a sus labios, pensativa. Tenía mucho que planificar si en realidad quería ayudar a las personas, y aquella fiesta en la que la revelarían al mundo podría marcar la diferencia.

Sonrió para sí dándose ánimos mientras saboreaba la comida. Tenía que poner manos a la obra sin descanso si era necesario. Todo por salvar a su gente, a los pecadores que ella tanto amaba.


Alastor había elegido una pequeña casa que le recordaba a la suya en Nueva Orleans, en las afueras de Berlín. El clima de Alemania no era su favorito, pero el bosque le traía una sensación de relajación que lo inundó. Incluso, empezó a planear el construir una pequeña cabaña como la que tenía en las zonas pantanosas de su ciudad natal.

Como amigo de Rosie, y uno de los pocos que la conocían, él tenía la carta de invitación destinada a ella, y una nota para el anfitrión del evento al que debía asistir. Allí, su trabajo era empezar a interactuar con Hermann Wirth y hacerse de un lugar en las filas de su organización gracias a su buena amiga, de quien asistía como representante.

Allí, también debía presentarse con la cabeza de la familia Crowley, e interactuar con él como si ya se hubiesen conocido. Ello no sería difícil, además, se suponía que el señor Crowley ya estaba informado de la situación.

La fiesta a la que asistiría había sido toda una sorpresa, y la invitación llegó convenientemente días antes de la salida de Alastor de los puertos de Estados Unidos de América. Fue una apuesta arriesgada, sobre todo por la clara interferencia de Rose en la situación, pero seguramente era mucho más conveniente para Alastor el presentarse de aquella manera a la que se había planeado originalmente.

En realidad, Alastor había detestado la idea de presentarse como alumno en la Universidad en la que Hermann Wirth daba seminarios regularmente, aprovechando el hecho de que se veía mucho más joven de lo que era.

Hacerse pasar por un fan de alguien cuyo conocimiento del mundo oculto era mucho menor que el suyo, se le hacía repugnante, así que le alegró el omitir aquello.

Apenas si tenía un par de semanas para instalarse, así que debía aprovecharlas. Quería olfatear el aire nórdico de Berlín y encontrar posibles compañeros de diversión, aunque aquello tenía que esperar un poco debido a su inquisidora servidumbre.

Vagatha, alegremente para Alastor, había bajado un poco la intensidad de su personalidad poco agradable hacia él, pero aun así su vigilancia era completamente un dolor en el trasero.

Aunque el juguetear un poco por las calles de Berlín y buscar cafeterías y locales con buena música no sería una mala idea para pasar el rato y buscar información. Sobre todo, quizá encuentre a un par de candidatos a compañeros que con gusto se unan a la cacería que tenía planificada hacer tarde o temprano en estas tierras nuevas y emocionantes.

Así que, para desgracia de Vagatha, quien debía arreglar todo lo concerniente a la casa y la vigilancia del nuevo terreno, Alastor salió alegremente a dar un pequeño recorrido de reconocimiento por la ciudad, sin la molesta agente.

Más que nada, pudo zafarse de ella debido a las leyes alemanas con respecto a la eugenesia. Aquellas leyes incomodaban a Alastor, debido a que él mismo era un mestizo que tuvo la suerte, o la desgracia, de haber nacido con el tono de piel de su padre y ser un mestizo de tercera generación, pues su propia madre también era una mestiza.

Alastor era un cabrón bastardo (literalmente lo último), pero el racismo estaba en una de aquellas cosas que nunca cometería y que odiaba lo suficiente como para que le molestara. Por supuesto, podía aprovechar aquellas situaciones que involucraran el racismo para beneficio propio, como lo hacía ahora, pero ello no le quitaba el desagrado que le provocaba, e incluso lo asqueaba un poco el tener que recurrir a esos trucos, pero no le quedaba otra opción.

Así que para los Alemanes, él era un norteamericano blanco de padres acadianos de origen francés. Un cajún blanco, alguien que en la Alemania blanca de Hitler podía tener una vida social normal, lejos de todas aquellas leyes irracionales con respecto al mestizaje y a toda esa palabrería racial. Por tanto, lo usaría a su favor, así no le agradara todo aquel sinsentido.

Lo primero que hizo al quitarse a Vagatha de encima, fue suspirar y olisquear el viento fresco de la ciudad. Le parecía impresionante el hecho de que aquella capital estuviese rodeada de árboles, y que las calles estuviesen llenas de oficiales.

A los alemanes parecían gustarle bastante los uniformes.

Los colores caqui, gris y negro, parecían los cotidianos en la ciudad, y extrañamente convergían con la alegría de la gente común; los mercados, las tiendas, no había lugar que careciera de gente uniformada, sin embargo, éstas personas se mezclaban tan bien en el ambiente que parecía incluso natural.

Las damas, con sus vestidos de inicios de otoño, desfilaban junto a aquellos hombres de uniforme, como si ellas se vistieras específicamente para ellos. Algunas incluso sonreían alegremente ante la vista de aquellos hombres advocados a la nación.

En pocas palabras, la Alemania del tercer Reich era nacionalista, tan nacionalista que hizo reír a Alastor.

El boulevard Unter den Linden era famoso por ser un punto neurálgico con respecto a la cultura, el ocio y el encuentro social en Berlín. Adornado con árboles de tilo, lleno de cafeterías, e incluso un teatro de ópera, La ópera imperial; aquel lugar era como un pedazo del romanticismo congelado en el tiempo.

En efecto, era completamente diferente a las coloridas y alegres calles de Nueva Orleans y sus puntos turísticos, pero tenía lo suyo, incluso podía decir que aquel boulevard ya había cautivado su corazón.

Los colores militares allí no tenían efecto alguno, cancelados por la algarabía y el sonido de la música suave en vivo que las cafeterías más modernas ofrecían. También había algunas otras, más clásicas, con un aire elegante y sofisticado como la cafetería Kranzler. O un aire más romántico, antiguo e íntimo como la cafetería König.

Tristemente para Alastor, no pudo encontrar su tan amado jazz en ningún lugar. Y era de esperarse, el jazz en la Alemania del tercer Reich estaba prohibido, calificado como música degenerada e inmoral. Así, tenía que conformarse con las baladas románticas o las fusiones que los alemanes intentaban hacer para derrocar al jazz y que terminaron siendo sus propias versiones de aquella música, pero con letras completamente llenas de propaganda de su partido.

Probablemente, la ausencia del jazz sería el castigo que tendría por haber burlado la muerte.

No obstante, podría disfrutar de aquel sonido que amaba tanto en la comodidad de su hogar, ya que, siendo un extranjero, él tenía ciertos privilegios con respecto a ello.

Por supuesto, tuvo que hacer mucho papeleo para poder ingresar algunos álbumes al país, así como para ingresar a Vagatha. Era gracioso el hecho de que a ella la tratasen como una pieza más del equipaje de Alastor, y se jactó de ello con mucha vehemencia para molestia de la mujer morena.

Debido a la gran afluencia y a la notoria asistencia de gente importante en el círculo social de Berlín, Alastor decidió entrar al café Victoria.

El lugar era amplio, elegante y, por supuesto, para poder entrar tenías que pagar cierta cantidad. El estilo de la cafetería era opulento, telarañas en el techo, metálicas y de florituras decorativas bastante trabajadas, bóvedas decoradas con flores doradas y columnas de mármol pulido, aquello era una postal romántica al antiguo imperio alemán.

El sonido de la música suave de piano en vivo amenizaba el lugar de encuentro por excelencia de la flor de la sociedad berlinesa.

Alastor tomó asiento en una de las mesas cercanas a uno de los grandes ventanales; era el lugar perfecto para no perder de vista los tilos que empezaban a dejar atrás sus flores y mudar las hojas. El cielo límpido y azul, la afluencia de gente, todo se le hacía tan cotidiano y tranquilo, que lo hizo transportarse a su cafetería favorita cuando él todavía era Alesteir Doucet, el presentador de radio.

Un mozo vestido de frac llegó para ofrecer una carta y la bebida de cortesía de la casa. Era un café fuerte, podía adivinarlo sólo con olerlo. La carta, como todo lo que tenía que ver con el local, destilaba elegancia con una caligrafía que se notaba claramente a mano, ricamente decorada y casi de molde.

Alastor eligió cualquier cosa no azucarada del menú y unos cigarrillos; dio gracias a los cielos, o al infierno, quien sabe, de que los alemanes no hubiesen prohibido también el tabaco aunque estaban en una campaña ardua para aminorar su consumo, junto a un impuesto añadido, aunque parecía ser que la gente lo ignoraba con mucho gusto.

Dejó libre a su sombra, aquella entidad que lo acompañaba desde que se hizo un maestro hodoo. Y aunque aquella entidad atada a él tenía vida, su uso era muy restrictivo, aunque conveniente.

Su sombra le permitía espiar cómodamente a las personas que deseara siempre y cuando estuviera cerca. Espiar era grosero, pero necesitaba información sobre su nuevo coto de caza y ésta era la manera más fácil de obtenerla.

Había gente hablando de cosas sin importancia, por supuesto. Lindas mujeres y sus novios, esposos y/o amantes conversando alegremente sobre moda, joyas y fiestas, pero una de aquellas conversaciones atrapó la curiosidad de Alastor.

La mujer era una dama que se encontraba en la flor de la juventud, primero, había hablado sobre la moda que mejor le convendría usar en cierto evento al que ella estaba invitada gracias a su esposo, quien parecía ser un alto oficial alemán. En su círculo había otras esposas de oficiales que parecía compartían el mismo estatus social, cotilleando intensamente entre ellas sobre los ridículos sociales del momento, información sobre la estabilidad del país a manos de sus maridos, quienes disfrutaban de la inmunidad del partido.

—"Lo que me ha comentado mi querido Richard, es que el señor Wirth tiene un anuncio especial relacionado a sus investigaciones" —La mujer, como si lo que dijera fuese intrigante, se había apoyado en un gesto de sus manos para enfatizar aquello.

—"¿Tendrá que ver con la señorita de apariencia extraña que dicen tiene en su finca?" —Otra de las señoras respondió; un pequeño silencio nació, cuando una tercera intervino en la conversación.

—"Dicen que ella es una belleza, y no deja que nadie tenga contacto con ella"

—"Mi esposo me comentó que llegó a la universidad de Berlín con un documento en un idioma bastante extraño…" —Una cuarta participante, más joven que las otras, se aventuró a incursionar en la conversación.

—"¿Será verdad que descubrió un nuevo mundo? Mi esposo dijo que le había notificado al señor Himmler que había obtenido un habitante de una tierra desconocida" —La mujer que había iniciado el tema volvió a intervenir.

Aquella conversación, entonces empezó a tener un giro fantasioso que aburrió a Alastor, con cavilaciones de las mujeres con respecto a la apariencia de la tan misteriosa mujer que el señor Wirth mantenía oculta y su posible apariencia, algunas desestimando su belleza y añadiendo características fantásticas como colas de pez o piel de escamas.

Llamó a su sombra, y empezó a disfrutar de su tarde sin la presencia de la amargada y molesta Vagatha mientras leía el libro que ésta vez había llevado consigo: Les miserables. Victor Hugo siempre lo ponía de buen humor.


Vagatha maldecía por lo bajo el haber aceptado el trabajo. No era que no esperaba el trato y las condiciones, si no que pensó que no sería tan difícil.

Por supuesto, no era un trabajo glamoroso como el que tenía antes de perder el ojo en acción, y no lo esperaba, era sólo que el tipo de persona a la que la habían encadenado era justo el tipo que odiaba.

Ser escolta de un "ocultista", para ella según su experiencia en los barrios bajos latinos donde había chamanes y brujas, era estar al lado de una mujer. MUJER.

Lo que había obtenido era un hombre. Y un criminal.

Ella no habría tenido problemas si la criminal hubiese sido una chica, para ser sincera consigo misma. Se aceptaba como una mujer homosexual y masculina, y aunque aquello fuese un pecado y una inmoralidad a los ojos de la sociedad, se sentía bien con ello.

Nunca había confiado en los hombres, desde sus días en las calles de San Francisco, donde fue tratada como una mera moneda de cambio por sus padres, hasta su llegada al orfanato donde, debido a lo que había vivido, fue recomendada en servir a fuerzas especiales de recién formación que tomaban a niños sin padres para convertirlos en soldados excelentes.

Ella había cumplido con las expectativas, pero perdió una parte importante en una incursión de carácter secreto.

Aquello la hizo jubilarse antes de tiempo; le habían ofrecido convertirse en escolta de mujeres importantes de la nación, como la primera dama, pero ella lo había rechazado.

Luego se enteró de este trabajo.

Sabía sobre las brujas y chamanes, y pensó que sería bueno y gratificante jugar a la casita como mucama de una mujer, ya sea anciana o joven, con la que compartir cosas mientras sacaba información al enemigo.

Y bueno, no siempre se obtiene lo que se quiere.

Había sido enviada con un reo del cual sólo sabía que había sido procesado por asesinato; la estatura mayor a un metro noventa, su apariencia frágil y su sonrisa eterna hicieron saltar todas las alarmas en ella.

Vagatha, o Vaggie, como le decían los pocos amigos que tenía, reconocía al tipo de personas como él. Gente que ocultaba su verdadera personalidad para atacar desde las sombras y en el momento menos esperado.

Había lidiado con tantos hijos de puta como él que no podía contarlos con las manos.

Pero él era más peligroso.

No sólo su estatura y su fuerza descomunal que ocultaba con una apariencia delicada eran focos de alarma. El tipo era astuto e inteligente, sabía cómo obtener ventaja de casi cualquier situación y si de alguna manera lo atraparon, seguramente fue gracias a su gran ego y no por el trabajo policial.

Vagatha sabía que ella estaba en peligro, pero tenía que cumplir con su misión, por ello, colocó armas en todos los rincones de la casa, en lugares que sólo ella sabía.

Estaba sola en un campo minado, y tenía que sobrevivir y culminar con la misión principal que se le había encomendado, fuera de ser la escolta de Albert.

Y su misión era buscar la oportunidad perfecta para matar a Himmler, una de las cabezas del partido nazi y quien comandaba las SS, el brazo más peligroso de las fuerzas alemanas debido a su versatilidad.

Por supuesto, ella sabía que hacerlo significaba la muerte, pero, ¿qué más daba si de todos modos estaba segura que su acompañante la asesinaría tarde o temprano? Ella ya estaba mentalizada desde antes de saber siquiera que Albert sería su compañero.

Simplemente, hubiese deseado que sus días finales fuesen mejores y al lado de una linda chica, no de un psicópata enfermo.


La cacería en la Alemania nazi estaba estrictamente regulada. Y no era para menos, el portar armas era casi un privilegio que muy pocos fuera del mundo marcial alemán podían obtener. Sobre todo, siendo un extranjero.

No obstante, había locales especializados donde rentaban armas y permitían a almas nobles o gente con el suficiente dinero como para pagar por una buena aventura de cacería en lo profundo de los bosques que circulaban la gran urbe.

No le había llevado mucho tiempo investigar sobre aquello gracias a su sombra y a la amabilidad que los locales tenían con los turistas, como si estuvieran deseosos de mostrarle al mundo que en su pequeño país europeo no pasaba nada y todo era felicidad y abrazos.

Y lo habían conseguido. A excepción de los carteles antisemitas que se podían ver por toda la ciudad, no había rastro de detenciones arbitrarias, querellas o abuso de poder. Incluso en Norteamérica, no era extraño ver a policías deteniendo a personas de color sólo porque sí, y los carteles alemanes antisemitas eran incluso menos ofensivos que los carteles y la segregación racial en su país de origen.

Todo lo que tenía que ver con el racismo, lo manejaban por lo bajo, tranquilamente e incluso con amabilidad, eso al menos les sumaba puntos a los ojos de Alastor.

Un par de días antes del evento tan ansiado donde se afianzaría a su nuevo patrocinador, Alastor decidió probar uno de esos servicios de renta y guía en un coto de caza cercano.

Los ciervos de los bosques europeos eran un poco más oscuros que los de Norteamérica, pero eran majestuosos a su manera. Apenas si había visto la sombra de aquel animal a lo lejos, unos trescientos metros de distancia, pero lo había reconocido. Las astas eran tan grandes que podría jurar que él era un macho alfa entre los alfas; oculto en el arbusto que había tenido a bien de elegir luego de rociar el atrayente natural al señuelo, esperó a visualizar nuevamente a su presa.

Luego de un rato, pudo verlo por completo. Su uniforme piel rojo oscuro brillaba, como si el animal fuese más un espíritu del bosque que una presa natural para él. Los ojos completamente oscuros parecían mirarlo, por un rato, Alastor pudo jurar que habían cruzado miradas. Esperó pacientemente a su oportunidad. Las astas descomunales se levantaban imponentes, y entonces, el animal volteó la cabeza hacia la derecha.

Fue sólo una fracción de segundo después cuando el sonido del rifle hizo eco en el bosque y el animal majestuoso que había estado vivo hasta hacía un momento, yacía con el cráneo atravesado de oreja a oreja.

Alastor sonrió, había tenido cuidado de no dañar la piel ni las partes bellas del animal, haciendo un disparo limpio justo en el tímpano, sin siquiera rasgar la oreja, atravesando el cerebro.

Aquello era una hazaña que sólo él se jactaba de poder realizar, con años de práctica y cientos de tiros fallidos.

Cuando se acercó al cadáver, un hombre de mediana estatura, cerca de unos quince centímetros más bajo que él, se presentó a reclamar el botín como suyo también.

—"Eso no puede ser posible" —Le respondió Alastor de manera contundente. —"Fue mi disparo el que terminó con la vida del animal"

—"Señor, yo tenía a esta preciosidad en la vista, y estoy seguro de haberle dado en el pecho." —Ante la declaración terrible del cazador, Alastor tembló. Era inaceptable para él que dañaran tal parte del animal de manera tan desagradable.

—"Y yo le respondo que no hay ningún rastro de ese disparo. Si es tan amable de revisar al animal, se dará cuenta de que murió por un impacto en el cerebro, estoy completamente seguro que su disparo falló."

El hombre, de cara hosca y actitud ruda, se acercó más al ciervo, para constatar las palabras de Alastor. Éste, triunfante, sonrió cuando el hombre soltó un suspiro de admiración.

—"Esto no puede ser…" —Susurró impactado.

Klaus Barbie no podía creer lo que veían sus ojos. En efecto, el desconocido extranjero tenía la razón, y el ciervo había muerto por un impacto en el cerebro, lo que era más impactante era que la bala había atravesado limpiamente entre las orejas, y sólo un rastro de sangre que salía por ambos orificios era la prueba de aquella hazaña.

Impactado, maravillado y casi enamorado del desconocido, rectificó su actitud poco amigable y quiso empezar de nuevo con el desconocido de gran talento.

—"Usted es… no tengo palabras para describirlo" —Dijo al fin, cuando su asombro inicial mermó un poco. Algo estaba naciendo en Klaus, quien más tarde sería conocido como el carnicero de Lyon, y quien ahora era un miembro fundador de la Gestapo. Aquello que empezó a nacer en su pecho era admiración, sincera y completa.

—"¡Oh! ¡Tan sólo un golpe de suerte!" —Desestimó Alastor, tratando de verse modesto. El hombre que estaba frente a sus ojos empezó a parecerle un cachorrito mirando a su amo, y eso empezó a gustarle lo suficiente como para considerar enseñarle un par de cosas si el desconocido se mantenía con aquella actitud amable.

—"No, en serio, ¡nunca había visto algo así en mi vida!" —Respondió, emocionado, Klaus, para luego darse cuenta de que en realidad le estaba hablando como si fuese su amigo cercano y ni siquiera se había presentado. —"Perdone mi rudeza, acabo de caer en cuenta de que no me he presentado, ¡qué grosería de mi parte!"

—"Yo tampoco lo he hecho, ¡total descuido! Seguramente la emoción de la cacería nubló nuestro sentido del decoro, amable señor. Un gusto conocerlo, mi nombre es Albert Maillet."

—"Klaus Barbie, subteniente de la Gestapo" —Las manos se entrelazaron con una fuerte sacudida, dando por oficial aquella presentación tan extraña entre ambas partes. —"Habría jurado que es usted un norteamericano, pero tiene nombre francés"

—"En efecto, soy norteamericano. Ya sabe, Norteamérica siempre fue hogar de inmigrantes."

—"Perdone mi intrusión, no quise ser grosero" —Respondió cuando se dio cuenta de lo que había dicho en el calor del momento.

—"No tiene por qué disculparse, en realidad, también puede llamarme por mi nombre, se siente algo extraño llamar tan formalmente a un compañero de cacería"

Klaus se sintió aliviado, y feliz. Algo en él lo incitaba a hacerse amigo de este hombre de casi dos metros de altura que tenía tal talento que podía eclipsar a los mejores francotiradores alemanes, y él quería estar a su lado para aprender de él. Además, se notaba que tenía una gran personalidad, amable y alegre, algo que le llamaba la atención normalmente.

—"¿Le parece bien si lo invito a tomar algo por la celebración de este encuentro fortuito? Realmente, me ha cautivado su talento, Albert."

—"¡Oh! ¿Cómo podría negarme? Ha sido tan amable a pesar de nuestra primera impresión tan acalorada. Sería todo un gusto compartir con alguien con gustos afines una conversación placentera lejos de este lugar rústico, aunque cautivador"

—"¿Le parece bien el Romanische en Charlottenburg?"

—"Me temo que soy bastante nuevo en la ciudad, así que no conozco el lugar, pero si es tan amable de proporcionarme la dirección, asistiré gustoso"

Klaus buscó entre su ropa de caza el tarjetero que siempre llevaba consigo, y una pluma. Rasgó rápidamente tras la tarjeta la dirección del lugar y la entregó a Alastor, quien alegremente sostuvo la tarjeta el momento suficiente para leerla.

Éste incauto, sería su primera conexión para obtener lo que quería, y en ese momento, lo único que deseaba eran armas de fuego, y el hombre parado frente a él podría proporcionárselas.

Todo había sido cuidadosamente planeado, aunque fue una agradable sorpresa para él el haber encontrado una presa tan maravillosa como el ciervo alfa que ahora se pudría lentamente tras Klaus Barbie.

Por supuesto, aquello no pudo haber sido posible sin la habilidad de su sombra, y la propia capacidad visual sobrehumana de Alastor.

Sonriendo e intercambiando cortesías, ambos hombres de despidieron, dejando a Alastor a solas para disponer del trofeo que había ganado limpiamente.


Notas de autor:

Este episodio fue un boom para mí. Tuve que asistirme muchas veces con google y fotografías viejas para describir algunas locaciones, y espero no haber cometido tantos errores.

Siempre pensé que Alastor, siendo mestizo, seguramente no era tan moreno o heredó los rasgos de su padre, ya que por la época en la que vivió, la segregación racial en Norteamérica aún era palpable y muy pocas personas de color, si no es que ninguna, podía aspirar a ser un locutor reconocido, incluso los grandes cantantes de la época sufrieron ese tipo de situaciones vergonzosas.

Espero no haber ofendido a nadie al meterme en los pensamientos de los personajes, recuerden que la mayoría de la narración son puntos de vista de los participantes narrado desde una tercera persona, así que en realidad nada de lo que hay allí son opiniones personales ni mucho menos.

¡Gracias por leer!