Vagatha se encontraba en su habitación, empacando unas cosas para unirse a su nueva posición, cuando escuchó un ruido sordo como de algo que caía, que provenía de la planta baja.

Desde que la seguridad de la casa era estricta y llena de sigilos tanto de parte de ella como de hombre que vivía con ella como dueño de la propiedad, estaba segura de que lo que ocurría no podría ser nada bueno.

Un grito ahogado la sobresaltó un poco cuando iba en camino a las escaleras. Lo que había escuchado era un hombre amagado, estaba segura de ello.

Cautelosamente, ella bajó uno por uno los escalones, escuchando un bump-bump de su corazón latiendo a mil por hora.

Había pasado miles de situaciones como aquella antes, estaba preparada con un cuchillo bajo la falda del uniforme, y confiaba en sus habilidades de pelea, aunque éstas se hubiesen aminorado con la pérdida de uno de sus ojos; cuando al fin bajó, vio una escena que habría esperado, pero que, de todas maneras, le causó conmoción.

Albert estaba de pie en el recibidor, con un hombre atado tirado en el piso. La cara del hombre era una oda al miedo y la desesperación.

—¡Oh! Buenas noches, Vagatha, no quise molestarte con éste pequeño trabajo mío, así que por ello no te llamé. —La cara de Alastor era impasible y cubierta con esa amabilidad falsa que le caracterizaba. Aquel día, él llevaba un traje a rayas en color vino, con su natural y largo bastón cubierto de sangre. Parecía que había tenido una pelea unilateral, viendo cómo es que lo único manchado por sangre era aquel objeto.

—¡¿Qué… qué carajos?! —Vagatha sabía. Albert le había dicho que algunos de sus rituales necesitaban sacrificios, y ella pensó que lo había entendido. Ella misma le había dicho que no tenía problemas con eso mientras no interfiriera con su trabajo, incluso, bromeando, le había dicho que podía usar a uno de esos cerdos nazis degenerados para sus rituales si no encontraba un cerdo de verdad. Nunca pensó que lo tomaría literal.

El hombre, con una mirada suplicante a ella, trató de arrastrarse hacia su dirección. Sus pies y manos estaban atados con una fuerte cuerda, tan apretado y de una manera que lo hacían parecer un gusano.

El desconocido parecía un hombre fuerte, era robusto y su cara cuadrada llena de cicatrices viejas le hizo pensar a Vagatha que probablemente era un viejo luchador; sobre aquellos cardenales viejos, otros nuevos se levantaban, casi desfigurando el rostro que en otros tiempos, seguro era atractivo. Cercano a sus cuarenta años, con algunas canas y sangre seca salpicando su cabeza, movió aquella parte de su cuerpo como si con ello fuese capaz de quitarse la mordaza tan apretada que lo obligaba a hacer una mueca como si tuviese una sonrisa permanente.

Alastor miró satisfecho la cara que Vagatha había puesto al encontrarse en aquella situación; no sólo estaba consternada, también estaba molesta. Seguramente, ella pensó que su trabajo se limitaba a esas burdas imitaciones de rituales como los que hacían los santeros, o esos pseudo brujos católicos tan fuertemente establecidos entre la gente a la que ella pertenecía.

—Creí que estabas acostumbrada a éste tipo de situaciones desde que supe que tenías conocimiento sobre algunos rituales ocultistas y perteneciste al ejército, querida, sin embargo, al ver tu cara, imagino que realmente no lo esperabas.

Vagatha al final despertó de su pequeño shock. ¡Por supuesto que ella no se esperaba un ritual humano!

—¡Éste no es tu patio de juegos! De todos modos, ¿qué carajos con esto? Nunca dijiste que eras satánico o una mierda de esas. —Ella suspiró, llevándose una mano contra su rostro, en un claro ademán de hartazgo. —Ahora entiendo todo. Tú, fuiste a la cárcel por esto, ¿no es así?

—Probablemente.

Alastor rio irónicamente mientras veía a la chica de cabello cano pensar en la situación. Cierto era que él, al inicio, la sentía como una molestia, pero ahora sabía cómo usarla y cómo manipularla, así que su personalidad, lejos de ser una molestia, podría ser entretenida si sabía cómo presionarla a su favor.

—En realidad, querida Vagatha, esto es muy necesario para nuestros planes desde que te hice saber la situación de nuestra pequeña asegurada. Su gente, es especial, así que necesita cosas que no son obtenibles fácilmente aquí.

—Me importa un carajo, sólo no traigas esas mierdas aquí. ¡No puedes arriesgarte a echar a perder todo sólo por esto! Además, ni siquiera sé si realmente es verdad toda esa mierda de mundos alternos o rituales estúpidos.

—Lo son, querida, tan reales como Verónica Ramírez. Como tu padre, tu tío y tus primos siendo lo cerdos que eran contigo. ¡Oh! Vagatha, yo sé muy bien que odias a los hombres, ¿por qué no, pues, ayudarme a matar a esos cerdos que hacen lo mismo que hicieron contigo tus familiares?

—¡Tu! ¿cómo…? —Vagatha entró en shock nuevamente. Aquella historia, su historia, tanto el gobierno tanto como ella habían tenido cuidado en ocultarla.

—De la misma manera en la que va a morir éste pequeño cerdito de aquí, querida. Sé que lo deseas, Vagatha. Y también sé que no sería la primera vez que lo haces. Todos esos hombres que mataste a nombre de otros, todos ellos, tenían las caras de ellos, lo sabes y lo sé.

Vagatha miró a su alrededor, furiosa. Su ira se centró en el hombre libre que le respondía su mirada con esa sonrisa asquerosa. Lo odiaba, lo odiaba porque la conocía. Lo odiaba porque él sabía que tan sucia y maldita estaba.

—Haz lo que quieras, pero no me metas en tus mierdas. Yo haré mi parte por mi cuenta.

—Aceptable. —Respondió tranquilamente; cuando ella se dispuso a salir, él decidió advertirle amablemente por algo que lo había mantenido ocupado pero que fue molesto para él. — Por cierto, querida, gracias por las armas que tan amablemente ocultaste por toda la casa, desde que no estarás cerca, serán muy útiles para mi trabajo.

Vagatha paró en seco, temerosa. Llevó su mano derecha hacia el cuchillo que escondía, sin embargo, la risa estruendosa de Albert vino en lugar del ataque que ella prevenía.

—Yo no me ensucio las manos con la sangre de una dama, querida Vagatha, aunque esa dama sea un poco irrespetuosa, así que puedes estar tranquila.

La espina dorsal de Vagatha fue atravesada por un escalofrío. Aquella noche, a pesar de las palabras de Albert, ella no pudo dormir. No cuando sabía que, tras su puerta, habitaba un asesino como él, no cuando sabía que alguien estaba muriendo en aquella casa. Hipócrita de su parte, diciendo que el hombre que moría en ese momento lo merecía, pero también, asqueada por lo que su compañero hacía. Sí, ella era muy hipócrita, porque en realidad, ella odiaba a los hombres. En realidad, ella quería matar a todos esos cerdos que deambulaban por ahí, lastimando a chicas como ella.

Hacía cerca de diez años que ella no lloraba por su pasado, se había autoimpuesto un silencio, pactando con su fortaleza, pero en realidad, aquel silencio la estaba matando por dentro. Quizá, su cordura se estaba esfumando, así como se había esfumado su resistencia a los recuerdos dolorosos que tenía.


El sótano de la casa de Alastor estaba bien cuidado, prácticamente vacío y el piso era de concreto pulido. Las paredes, de un liso color gris sin pintar, lo hacían parecer amplio, pero en realidad era pequeño. Una de aquellas paredes tenía un armario viejo, aunque presentable, de doble puerta, que ocupaba casi todo lo alto de la misma; tras ese armario, había una puerta oculta que daba a otra sección del sótano, lejos de las cajas ordenadas y los muebles no utilizables que se resguardaban allí.

Aquel sótano oculto era mucho más oscuro que la parte "presentable". No había ni siquiera ventanas pequeñas y apenas había una rendija de ventilación. Un foco colgaba de la parte central de aquel lugar que parecía una celda. El piso era igual que en la habitación anterior, sin embargo, las paredes estaban en obra negra, con los ladrillos oscurecidos por la grasa y el paso del tiempo.

En la esquina, había una especie de jaula de apenas dos por dos metros, empotrada a las paredes adyacentes; dentro de ella, había gruesas cadenas con grilletes.

La casa que había comprado con el dinero norteamericano tenía historia. Le había costado trabajo localizarla, sin embargo, gracias a la ayuda de sus asistentes sobrenaturales, la había encontrado.

Fue toda una ganga, incluso, el vendedor de bienes raíces parecía aliviado de deshacerse de la propiedad. Era obvio que aquel buen hombre no le había mostrado la habitación principal en la que Alastor estaba interesado, puesto que el mismo ignoraba su existencia. Y en efecto, una persona cualquiera no se daría cuenta de que allí había algo extraño a menos de que removiera por completo el armario empotrado en la pared y descubriera el mecanismo que ocultaba para abrir la puerta.

Una casa maldita, embrujada, con historia sangrienta. Algo que nadie nacional compraría debido al escándalo que se hizo al descubrir al criminal, pero que un tonto extranjero tomaría por ignorancia. Una casa que aún después de haber sido examinada, todavía mantenía cosas ocultas.

Sólo alguien que deseaba ocultar cuerpos, o judíos, podría encontrarle utilidad a aquel lugar. Y ni siquiera alguien con intenciones de ayudar a los perseguidos alojaría a alguien allí si en verdad deseara mantenerlo cuerdo… o con vida.

En la esquina opuesta a donde estaba la jaula, había un gramófono y una caja con vinilos de música prohibida en el país, y al lado, una mesa larga con diversos objetos dedicados a la tortura. En las paredes había cuchillos, sierras, y herramientas de construcción colgadas, en un orden que las organizaba por tipo y tamaño.

Junto a la puerta, un estante con objetos y frascos, imágenes y muñecos extraños, veladoras de colores ominosos y libros forrados en cuero negro contrastaban con la imagen clara de una cámara de tortura.

Aquel era el escondite secreto de Alastor, su lugar de trabajo que ni siquiera Vagatha había encontrado. Y también, su centro de entretenimiento.

Al ingresar a la habitación y presionar el interruptor para encender la única fuente de luz, Alastor suspiró satisfecho y empezó a tararear una tonada. El único habitante vivo de aquel lugar abrió los pesados y amoratados ojos.

Hacía una semana que Vagatha se había retirado a atender a la princesa Charlotte, y por un poco más de tiempo, él salió a cazar casi diariamente por el bien de la rubia, aunque también por disfrute propio.

El hombre que se encontraba en la jaula, con varios huesos rotos y la cabeza llena de sangre seca, provenía de Dusseldörf. Era un hijo de puta que había asesinado a una niña en su propia casa y luego incriminado al padre de ésta, así que decidió darle un trato especial. Peter, como se llamaba, tenía un rostro aterrorizado que complació a su captor; su cuerpo tembloroso hacía sonar las cadenas pesadas con las que lo había atado, haciendo que los grilletes rozaran la muñeca fracturada y sumiéndolo en un dolor agudo. Un grito no se hizo esperar, sin embargo, al norteamericano no le importó. Lo que sea que el hombre gritara, maldijera o pidiera por auxilio, nadie podría escucharlo desde que el lugar estaba completamente aislado del mundo exterior.

¡Por supuesto que Alastor había tenido cuidado en no dañar las partes importantes de aquel ser despreciable! Porque, aunque el tipo mereciera una agonizante muerte, la carne no sabría tan bien si había astillas de hueso dañando las partes suaves y jugosas que amaba degustar.

—"Po… Por favor… ¡perdóname!" —Empezó el invitado con su cantaleta. —"No… no sé a quién de tu… familia lastimé, pero… ¡ten piedad por favor! ¡Juro que no lo volveré a hacer! ¡Por favor!"

Alastor ignoró adrede las súplicas de Peter, dirigiéndose al gramófono y buscando entre la colección de música que poseía, algo acorde a su humor. Eligió uno con una colección especial que él mismo había armado, cuyas canciones incluían: Smile, Darn Ya, Smile, Happy days are here again y una lista selecta de Ben Selvin.

Tranquilamente, en medio de los gritos llenos de lágrimas pidiendo piedad de aquel hombre, al que hasta ahora no había tocado, y del que se burló con la mirada por ser un gran bebé llorón, colocó el vinil y dejó correr la aguja sobre la superficie; la suave y alegre música, mezclada con las súplicas del invitado, convertían el ambiente en algo enfermizo, más de lo que ya era de por sí.

Tarareando la canción, y entonando algunos fragmentos, Alastor se acomodó las mangas de su camisa para evitar mancharse, y tomó una de las tizas de color rojizo oscuro que guardaba en uno de los frascos que había en el estante. Enseguida, empezó a dibujar algo en el piso con mano firme, como si lo que hiciera fuese algo habitual.

El círculo que había dibujado con aquella tiza especial que él mismo había preparado, estaba lleno de sigilos y caracteres antiguos; era un canalizador, una especie de antena que enviaba la energía vital de los seres que él asesinaba tan alegremente al colgante que había preparado para la princesa Charlie. Con su conocimiento sobre la radio, había ideado aquel magnifico hechizo fusionando la magia antigua y algo de ciencia que él comprendía. Por supuesto, aquello era una aberración por sí misma, tal y como lo que había intentado hacer Hermann Wirth, a la que sólo los brujos y practicantes sin talento recurrirían, sin embargo, Alastor había encontrado aquello interesante, al menos lo suficiente como para explorarlo un poco.

Se sabía desde la antigüedad que la música tenía propiedades mágicas y las ondas sonoras podían contener una gran energía, así que pensó que, si la radio era capaz de amplificar y transportar las ondas sonoras, ¿por qué no podría hacer lo mismo con la magia y la energía mágica? Y entonces, tras una pequeña serie de experimentos, pudo logarlo.

Así, cada alma que asesinaba, cada gota de energía que se desprendía de un fresco cadáver en sus manos, iba a parar al amuleto que Charlie poseía.

Por supuesto, podría hacer lo mismo sin tanta ceremonia si tan sólo la princesa acudiera al lugar donde cometía sus crímenes en pos de su entretenimiento, pero parecía que la joven dama era sensible a éste tipo de cosas y, además, lo que ocurría en su pequeño lugar de diversión era algo que gustaba de disfrutar en solitario.

Algunos cirios negros fueron colocados en puntos estratégicos de la habitación, y una vieja radio, pequeña pero funcional, fue colocada sobre el sigilo más grande del círculo de transmutación.

La palabrería sin fin de Peter no había cesado desde que había iniciado, y aunque a Alastor parecía no importarle mucho, empezaba a cansarlo debido a la poca variedad de su vocabulario. El hombre era un simplón estúpido cuya gran suerte fue que la policía fuese aún más estúpida que él.

Luego de terminar los preparativos, el practicante de Hoodoo tomó un mandil que estaba colgado cerca de las herramientas. El mandil era negro y tenía manchas casi invisibles de sangre que no había podido ser removida por completo. El gramófono entonces se silenció un poco mientras empezaba la siguiente canción. La tonada alegre y pegajosa de Make believe se dispersó mientras que el sonido de los pasos de Alastor, los cuales se dirigían hacia la celda, parecían seguir el ritmo de la música.

Aun lloriqueando, el hombre miró a Alastor de reojo, abrazándose a sí mismo con la única mano buena que tenía, y moqueando; estaba arrinconado en posición fetal y temeroso de su futuro inmediato. Ni siquiera podía pensar en huir desde que sus pies también estaban fracturados, haciendo que sólo pudiese moverse arrastrándose como un gusano.

—"Piedad, buen señor. ¡Piedad!" —Los fluidos que salían de su boca y nariz habían empapado el piso, diluyendo la sangre seca que se había acumulado de otras víctimas, y quizá también de Peter.

Alastor llevaba consigo un mazo lo suficientemente grande como para aplastar un melón de un solo golpe. Aunque sabía que los pies de su invitado estaban en malas condiciones, tenía en cuenta que no estaban lo suficientemente dañados como para volverlo completamente vulnerable. No sólo eso, una de sus manos aún era funcional, así que debía cerciorarse de su completa sumisión, y también, de que no intentara morir antes de tiempo cortándose la lengua y muriendo al desangrarse.

Del bolsillo del mandil, Alastor sacó un trapo viejo. No estaba sucio, pero su color decía que el trapo había visto tiempos mejores. Con cuidado de no ser mordido, metió el trapo a la boca del hombre mientras éste trataba de resistirse en vano. Era una lástima no poder escuchar a complacencia los gritos de dolor de aquel cerdo humano, pero era necesario.

Luego, tomó cada una de las extremidades de Peter, incluso las lesionadas. El pesado mazo cayó una y otra vez sobre sus manos y pies, provocando que el hombre se arqueara de dolor, y que el trapo que llevaba en la boca se humedeciera con su saliva. Las lágrimas no tardaron en salir mientras las partes que eran aplastadas se convertían en una pulpa informe de huesos y carne, pues su captor no paró hasta que aquellas partes estuviesen tan dañadas que casi se desprendiesen de su cuerpo.

—"Esto bastará…" —Susurró alegremente el perpetrador de aquella barbárica tortura, mientras revisaba que los torniquetes que le había colocado antes del procedimiento siguieran lo suficientemente firmes para evitar hemorragias no deseadas.

Peter se había desmayado en algún momento, cosa que facilitó su transporte. El hombre parecía una muñeca de trapo, y Alastor se entretuvo un poco pensando en qué partes serían los mejores de aquel cuerpo fibroso que poseía su invitado.

La sangre, por supuesto, sería drenada hacia el círculo de transmutación, pues era la fuente del alma, así que por ello debió de ser tan cuidadoso de no derramar más de la necesaria antes del ritual.

Colocó al hombre en una posición parecida al hombre de Vitruvio, haciendo coincidir las venas principales con las líneas de los sigilos de su circuito mágico; en efecto, lo único que necesitaba para que su energía era que el hombre muriera y un poco de su sangre, pero su obra para disfrute personal sería mucho más que eso.

Tomó una caja de madera que estaba sobre la mesa de herramientas, aquella caja estaba llena de agujas. Por supuesto, Alastor era un maestro Hoodoo, sin embargo, ello no le impidió aprender otro tipo de conocimientos mágicos y ancestrales, como la acupuntura.

Aquel arte medico ancestral le daba ciertas ventajas cuando era necesario, como aquella ocasión. El estudio del cuerpo humano no había sido desechado por él desde que descubrió el sabor de la carne, así que fue fácil acceder a otros conocimientos que se complementaran con ello.

Empezó a insertar las agujas una a una en los nervios que necesitaba. Él tenía en claro que el hombre debía ser paralizado por completo, sin embargo, no le iba a quitar la sensación del dolor. Eso era un privilegio que claramente no le iba a otorgar de ninguna manera.

En realidad, Alastor estaba muy consciente de que no era necesario moler sus manos y pies desde que tenía aquel conocimiento, pero, bueno, ¿qué más daba si de todos modos aquellas partes del cuerpo no eran muy de su agrado y de todos modos las iba a desechar? No hacía daño infringirle un poco más de dolor a su invitado… al menos no a él.

Enterró una última aguja, y con ella, su invitado despertó. Alastor, entonces, seguro de que no podría moverse así quisiera, le quitó el trapo que le había puesto. El hombre era incapaz de moverse, o hablar, tan sólo podía emitir gemidos y lo único que tenía la capacidad de movimiento eran sus globos oculares. Peter, asustado, dio un grito ahogado mientras miraba a su victimario sonreír con aquella cara terroríficamente alegre. Si él tuviese el control de su cuerpo, seguramente Peter ya se hubiese hecho encima, pero incluso aquellas muestras de miedo extremo le habían sido denegadas con las artes que su verdugo practicaba.

—"Oh, querido, es una verdadera lástima que tus víctimas no sean testigos de esto, ¿no crees? Espero que lo disfrutes tanto como yo…"

El ritual aún no empezaría, primero, quería desollar a ese sucio cerdito y luego desangrarlo hasta la última gota. No le daría el placer de morir por desangramiento, ¡por supuesto que no! Era un final demasiado tranquilo para un sucio pecador como él.

Alastor tomó un bisturí de aquella caja de madera en la que también guardaba las agujas de acupuntura. Su corte era preciso, quirúrgico. Era de esperarse, con más de veinte años de práctica, aquello era como un lindo paseo en bicicleta.

Los gritos mudos de Peter no se hicieron esperar, mientras que la canción La vie en Rose empezó a escucharse de fondo. En poco tiempo, el cuerpo de Peter parecía una flor roja floreciente, expandiéndose en el piso.

Sus músculos estaban a la vista, palpitantes, y su piel estaba delicadamente colocada a los costados, como si Peter fuese un muñeco de anatomía escolar. Ni una gota de sangre había sido derramada aún, pero el rojo abundaba. El verdugo silbó satisfecho y sonriente, al percatarse de que su cena no tenía casi tejido adiposo.

Con cuidado, cortó el abdomen, esperando ver también sus órganos en buen estado. El hígado no parecía muy sano en particular, así que desechó la idea de consumirlo. Por supuesto, su invitado había perdido el conocimiento en incontables ocasiones, así que tuvo que apresurarse. Sabía que no le quedaba mucho tiempo, pues un ser humano también podía morir de dolor, y el que le había causado, ya era lo suficiente como para presionarlo hasta sus límites. Revolvió un poco el estómago, tratando de ver los riñones. Lo logró a poco rato, satisfecho, pues estaban bien, lo suficientemente como para ser consumidos.

Alastor despertó a su víctima nuevamente. Cierto, Peter no había sufrido lo suficiente, no como el mismo Alastor lo deseaba, pero ya era hora. No podía arriesgarse a que su paciente muriera antes de hacer el ritual. La vida tenía que irse con la sangre, eso era un requisito indispensable.

El corazón de Peter latió frenéticamente mientras Alastor chasqueaba sus dedos. Los cirios negros fueron encendidos como por arte de magia, y la música cambió repentinamente.

Happy days are here again empezó; Alastor había configurado su hechizo para que las ondas musicales reaccionaran al ritual. La sangre empezó a derramarse de un corte preciso en el cuello, los muslos y los brazos. En lugar de formar charcos, aquel líquido rojizo viajó por las líneas que habían sido dibujadas en el piso, hasta llegar a la radio, la cual estaba encendida y sólo emitía estática. El sigilo bajo el aparato empezó a brillar, mientras que Alastor, sonriente como siempre, levantó su mano sobre el pecho de su futura cena.

La mirada de terror de Peter, el cerdo humano, fue satisfactoria, y su vida fue finalizada con una puñalada en el corazón, al ritmo de la música alegre.

Un final demasiado feliz para alguien como él. —Pensó Alastor.


Las joyas de la ropa con la que Charlie había llegado a la tierra, según Alastor y el señor Crowley, le darían el dinero suficiente para empezar con sus proyectos y vivir cómodamente sin depender tanto de sus anfitriones y el gobierno alemán, así que ella, sin pensarlo mucho, decidió venderlos. Era de esperarse que muchas personas estuvieran interesadas en aquellos minerales preciosos que no se encontraban en la tierra. Tan raros y exóticos, que la venta de una sola de aquellas gemas le había otorgado una fortuna inmensa.

Había sido un alivio que Hermann Wirth no las tomara para sí mismo, o al menos no todas. Crowley estaba seguro que el joven Wirth se había llevado algunas con él, seguramente las más pequeñas, pensando que ella no lo notaría.

Y en efecto, Charlie no estaba segura de cuántas gemas tenía la ropa que había tomado prestada de su padre, así que, al ver sólo las gemas grandes, nunca pensó en lo que les había pasado a las pequeñas que adornaban los puños y botones.

Entonces, con el dinero, Charlie había abierto un comedor para desempleados y una casa hogar. Obviamente, tuvo que pedir permisos al gobierno, y éste, le dio una serie de términos extraños pero que ella decidió cumplir. Entre ellos, uno de los términos era que el mismo gobierno enviaría a los niños al orfanato a cargo de ella. Esto no preocupó a Charlie, en realidad, ella creyó que lo hacían para ahorrarle trabajo, pero Alastor sabía la verdad.

En realidad, el gobierno alemán quería que sólo niños arios, y ciudadanos de raza pura, recibieran la caridad del ángel de Agartha. Por supuesto, tanto Alastor como Crowley callaron la verdad, no les correspondía a ellos revelarla, además, gracias a sus actos caritativos, Charlie recibía visitas de muchos altos rangos del partido Nazi y ello significaba que él podría establecer lazos con ellos.

Alastor era como el apicultor, Charlie la miel, y los políticos de Alemania eran las abejas que pronto estarían en sus manos.

Por otro lado, Vagatha estaba haciendo su trabajo lo suficientemente bien como para no levantar sospechas. Cierto era que, aunque no se notaba, los otros trabajadores la discriminaban e incluso le hacían trabajar de más, sin embargo, ella no había claudicado.

Además, desde su conversación con Alastor la última vez que estuvo en su casa, la agresión hacia él había mermado. En efecto, ella todavía lo odiaba, sin embargo, el hombre, a pesar de ser un psicópata retorcido, tenía una moral un poco superior a otros de su tipo.

Una moral que la hizo recordar su odio por los hombres, y su rabia. Que la hizo recordar su sed de venganza.

Sin embargo, ella ya estaba en el barco de la autodestrucción, se había alistado para morir por su patria, pero… ¿si encontraba la manera de cumplir su misión sin morir y regresar para clamar su venganza?

Mientras cepillaba el largo cabello de la princesa Charlotte, se sumió en aquella charla interna consigo misma… ¿cómo podría cumplir con su deber y volver a casa? Dio un largo suspiro mientras empujaba aquellos pensamientos lejos de ella, observando su trabajo. Estaba satisfecha con lo que había logrado.

La joven rubia de piel pálida se veía hermosa; una sensación cálida inundó su pecho mientras la admiraba. Vagatha no podía creer que la joven amable, ingenua y alegre que estaba frente a ella necesitara matar para vivir.

En efecto, Charlotte era como un ángel, y tan ignorante de su situación, que sintió remordimiento por ella, pues, era obvio que aquella rubia amaba a los humanos, entonces, ¿cómo podría decirle que ella vivía a costa de ellos? A pesar de que la princesa no podía hablar bien el alemán o alguna otra lengua humana, ella había tratado de comunicarse, la había cuidado amablemente, e incluso en alguna ocasión le había pedido ser su amiga. Esa pureza que contrastaba con su necesidad de muerte, lejos de repugnarle, la hizo sentir compasión, y luego, algo más.

Vagatha se sentía como en casa cuando cuidaba de ella, como si su trabajo desde siempre fuese cuidar de aquella criatura inocente. Y era verdad, Charlie era tan inocente que dolía. Tan ingenua que despertaba en otros la necesidad de protegerla.

La mujer latina no había sido la única que había caído en los encantos de la princesa infernal. Un inimaginable número de soldados y políticos conformaban su club de admiradores, e incluso mujeres se habían sumado a él.

No tardó mucho en llamar incluso la atención de las asociaciones religiosas.

Aquel día, Alastor no había podido ir a visitarla debido a ciertos asuntos urgentes que debía atender en el laboratorio de la Ahnenerbe a cargo de Wirth, pues se había vuelto un consultor debido a su conocimiento sobre "Agartha". Charlie, por otro lado, aquellos días en los que Alastor no podía estar con ella, los tomaba libres. No era de extrañar, pues su traductor era su representante oficial, además de que ella apenas si podía tener una conversación decente en el idioma humano.

También, era natural que los visitantes y solicitantes para reuniones le dejaran regalos, como si con ello pudiesen obtener una cita o favores. Realmente, a Charlie la agobiaban aquellas cosas, pero no podía rechazarlas de todas maneras. Muchos de aquellos regalos eran cosas que podrían servirle para recaudar fondos si en algún momento se quedaba sin dinero o sin apoyo del gobierno alemán.

Entre aquellos regalos, Charlie se encontró con un grueso libro de tapas doradas, adornado de manera bonita pero no lujosa. Había una carta adjunta, así que se dispuso a leerla. La carta provenía de un cardenal llamado Cesare Orsenigo; en aquella misiva, pedía una reunión con ella para hablar sobre la palabra de dios, esperando que ella la aceptara por su naturaleza buena que había presentado. También, le describía que se había tomado la libertad de regalarle un tomo de la santa biblia, bendecida por el mismo Papa.

Por supuesto, Charlie conocía la biblia, un libro prohibido en el infierno. Sabía de su existencia, pero no sabía lo que contenía. Además, aquel libro, según la carta, estaba en un idioma que ella no conocía: el italiano. Claro, ella sabía algunas frases a fuerza de hablar con el pintor real, así que pidió a su nueva amiga, Vagatha, que la leyera por ella.

Cabe destacar que, hasta ese momento, Charlie no había tenido contacto con el libro bajo ninguna circunstancia. Ella estaba consciente de que no podía tocar objetos sagrados, y pensaba que aquel tomo lo era.

Lo que no sabía es que, lo bendecido por sacerdotes que no cumplían con los mínimos requisitos para entrar al cielo, no significaba amenaza alguna para ella.

Por otro lado, las palabras de aquel libro no podían lastimarla, ni a ningún demonio en realidad. La biblia estaba prohibida en el infierno porque Lucifer consideraba a dios como un ser tiránico, y su libro, propaganda horrible en contra de ellos.

Pero Charlie quería saber sobre la otra cara de la moneda, así que por ello pidió a Vagatha que le ayudara a comprender el libro que le habían regalado.

—"Lo siento, yo tampoco sé hablar italiano." —Le había respondido con una cara llena de angustia, pensando que seguramente la había decepcionado, y temiendo que se enfadara con ella. Charlie simplemente hizo un mohín con los labios.

—"Qué pena" —Respondió suavemente en alemán, y luego suspiró, pensando en qué es lo que estaba haciendo Alastor y por qué se tardaba tanto en regresar.

Hasta aquel momento, el contacto más cercano que había tenido con un humano era él. Éste le había enseñado costumbres, y le había ayudado a mejorar su alemán. Además, le traía libros para que ella aprendiera, y los leían juntos.

Uno de esos días, él le había obsequiado un aparato que reproducía música, e incluso le había enseñado a bailar como lo hacían los humanos modernos.

Así que, ella pensaba, que ellos ya eran amigos. Y en verdad, ella estaba feliz con ello.

También, él le había prometido que la llevaría a conocer el orfanato que estaban patrocinando, además de que la llevaría por la ciudad.

Sin embargo, también estaba nerviosa, porque, le había dicho que aprovecharían para escaparse y hacer que ella se comunicara con su padre.

Desde que los guardias alemanes la vigilaban, ella no podía contactarse con el infierno de ninguna manera, fue entonces que Alastor pensó en una manera de escaparse. Y eso significaba usar artes demoniacas.

No sabía qué tipos de animales él usaría para el ritual, pero aquello le afligía. Era verdad que, sin aquellos animales, la gente del infierno no tendría mucho que comer, en realidad, recurrían al canibalismo debido a la escases, pero sentía que matar algo en pos de su bienestar, y a la vez luchar porque las almas se redimieran, era algo hipócrita de su parte. Sin embargo, no tenía opción.

Estaba consciente de que, seguramente, para volver a casa también tendría que haber un ritual de por medio que involucrara algún sacrificio. Pensar en ello la deprimió por un rato, no obstante, no se dejó oscurecer.

No importa si logro salvar al menos a unas cuantas almas. —Se dijo.


Notas de autor:

¡Hola de nuevo!

Este capítulo fue complicado. Además, tuve algunos problemas personales que me impidieron actualizar ayer. De hecho, no pensaba actualizar hasta la semana entrante, pero… logré sacar fuerzas para sacarlo hoy al menos.

¡Los leo en la próxima! Amo a quienes leen este delirio mío, en serio.