Los personajes de Hazbin Hotel utilizados para ésta historia pertenecen a Vivziepop. Personas y hechos históricos que se ocupan en pos de la historia han sufrido cambios, y lo que se describe aquí no debe tomarse como cierto.
Lucifer siempre odió a los humanos, desde su creación; seres llenos de nada más que instinto y estupidez, avaricia desmedida desde antes de ser dotados con el único don que les ofreció debido a la venganza más que a la piedad.
Los odió a todos, con su actitud superior, con su sumisión desmedida, con su osadía de declararse la creación perfecta de Dios cuando eran una masa informe de soberbia e imperfecciones.
Él veía lo que nadie más vio, la injusticia, el pecado, el verdadero pecado.
Siendo el ángel más amado, el más cercano a su creador, el más perfecto, él tenía algo que los demás no: criterio propio.
¿Cuándo fue que se dio cuenta de toda la mierda? ¿Quizá cuando la vio por vez primera? ¿Cuándo ella exhaló sus primeros pensamientos propios? ¿Tal vez cuando, con una mirada fiera, reclamó sus derechos como un igual? No sabía a ciencia cierta, pero, él se había enamorado de un humano, del único humano que valía la pena.
Envuelta en injusticia, fue testigo de cómo Adam se aprovechó de su nueva posición de favorito y la obligaron a hacer cosas que no quería. Con una sonrisa en su rostro, Lucifer observó detalladamente cómo Lilith decidió abandonar el paraíso para mantener su orgullo y dignidad.
Vagando en la tierra, vio como ella se desenvolvió con los humanos que el creador no había tocado, los que habían nacido espontáneamente, los humanos inferiores. Ellos la acogieron; ellos le dieron la libertad que ella tanto deseaba.
Y, sin embargo, el creador la maldijo.
Para ese entonces, Lucifer ya se había percatado de la verdad de aquel al que llamaba padre. Aquel que se hacía llamar Justo, Sabio, Único, no era más que una farsa, un dictador, la divinidad que encarnaba la injusticia.
Otros dioses vagaban por la tierra, en contacto con los humanos que cada uno había creado. Formaron lazos, formaron familias y partenones, sin embargo, Lilith había sido maldita por el dios ególatra, y ninguno de aquellos benevolentes y débiles dioses que caminaban entre los mortales pudo ayudarla.
Fue entonces, poco tiempo después, su terrible caída. Los que lo siguieron cayeron con él, expulsados del paraíso, ese jardín artificial donde el creador había puesto todo lo que había hecho como mera decoración. El creador no quería mancha alguna en su ideal, no quería más que obediencia ciega, y todos aquellos que albergaron duda, que se habían quitado las cadenas de la ignorancia, fueron eliminados.
Muchos huyeron a la tierra, en busca de sus hermanos que previamente habían sido expulsados. Otros, desaparecieron en el universo infinito con una palabra del creador.
Lucifer nunca olvidaría el dolor de la caída; el ardor de la corrupción que se apoderó de las alas, marcándolo como un traidor.
Tampoco olvidaría el rostro de la mujer que vio al despertar.
A pesar de ser mortal, ella no había cambiado en absoluto.
Había adquirido las ropas de los humanos de los otros dioses, su lengua, sus costumbres, pero ella seguía siendo ella.
Probablemente, fue en ese momento en el que se dio cuenta de que, realmente, todo lo había hecho por ella.
Sí, en verdad, en aquel momento se dio cuenta de que él amaba a la humana. Amaba a Lilith.
Le había dado la manzana a Eva como un mero acto de justicia de su parte. Él mismo había reído toda una eternidad cuando vio al creador entrar en rabia porque sus criaturas favoritas del momento habían tomado el fruto prohibido.
Y entonces, como una broma del destino, cayó en los brazos de Lilith luego de su acto de rebelión.
Vio crecer, y vio morir, a la humana que amaba.
Vio sufrir la muerte de cada hijo, la maldición que el creador le había impuesto. La vio llorar de ira y rabia. La vio morir.
Y la fue a buscar hasta al mundo de los muertos, el megido, limbo, purgatorio, Dahomey… tantos nombres para aquel páramo desolado entre la tierra y el paraíso. Se mantuvo a su lado, amándola hasta el día en que ambos desaparecieran definitivamente.
Hicieron de aquel páramo su hogar, alejados de las almas de otros humanos y de los hijos de los ángeles con ellos, los nephilim.
Sin embargo, la maldición de Lilith no fue removida incluso después de la pérdida de su cuerpo humano.
Lucifer intentó tantas cosas… trató de insuflar vida a los cadáveres de los no nacidos, trató de crear seres parecidos… lo único que logró fue crear vidas precarias como los Imps.
Lilith callaba, pero él sabía que sufría, y su dolor era inimaginable.
Es por eso que se tragó su orgullo.
Volvió a arrodillarse ante el tirano para hacerla feliz.
—"Sólo tendrás un heredero. Y tendrá que cumplir un papel en mi plan."
Las palabras adustas del creador llegaron a sus oídos como dagas, sin embargo, lo hizo.
Aceptó volverse el carcelero de las almas, aceptó encadenarse a sí mismo al infierno por ver la sonrisa de Lilith.
Aceptó convertir su páramo en un reino de castigo para las almas de los pecadores, siendo él mismo el rey de éstos.
Fue así que Charlotte, su preciada y única hija, logró nacer.
Ella, su pequeña manzana, había sido el punto de inflexión en su existencia. De alguna manera, Lucifer se sentía culpable por haber sellado el destino de su hija al darle el título del anticristo, pero confiaba en su sangre. Confiaba en la obstinación que había heredado de Lilith, y en la fuerza que había heredado de él.
Sin embargo, temía. Temía por que el creador la considerara un peligro y fuese tras de ella.
Azrael miró por la ventana de aquel edificio que se había nombrado como embajada de Agartha; Miguel le había advertido que estaban sucediendo cosas extrañas en la tierra, y no tenía idea de qué tan acertado había sido su hermano.
La presencia de un aura símil a Lucifer lo embargó en cuanto pisó las calles de Berlín; era extraño para él, sabiendo que su hermano rebelde había sido obligado a abandonar la tierra desde hacía mucho tiempo.
Invisible para el ojo humano, Azrael entonces se había apostado en frente de aquel edificio, a la espera de poder confirmar la situación. No pasó mucho tiempo, cuando se dio cuenta de lo que estaba pasando.
Había una chica, una niña parecida a Lucifer, caminando hacia la ventana. Otra mujer, humana, estaba a su lado. La niña que parecía ser la hija de Lucifer olía a él, se sentía parecido, sin embargo, no estaba muy seguro de que lo fuese. En verdad, Azrael estaba preocupado de que el anticristo hubiese llegado a la tierra mucho antes de lo que se había planeado.
Preguntándose a sí mismo si debía intervenir en el momento o no, o si debía notificar a Miguel, apenas si se percató de que había otra fuerza presente.
Zinov Vasíliev se había apostado desde hace días en el techo del edificio más alto en la escuadra al frente de la embajada de Agartha; para el trabajo que le habían encomendado, había conseguido difícilmente un rifle británico de buena calidad. Lo único que le incomodaba era llevar aquel objeto que le habían proporcionado, de forma obligatoria.
Era cierto que Zinov era un mercenario a sueldo, y que había trabajado para muchos hijos de puta, pero era la primera vez que un cliente le pedía llevar una mierda rara en el cuello, una especie de amuleto indio o africano. Como sea, la paga había sido más que suficiente, además de que le había otorgado una ruta de escape a Francia, alejándose un poco más de su país de origen, en el que estaba siendo buscado seguramente.
La guerra le había traído beneficios, luchó para algunos escuadrones a sueldo en Manchuria, y aunque las cosas ya se habían calmado un poco, por el lado del mundo en el que se encontraba ahora, el olor a la guerra se podía detectar.
Sobre todo, con lo que estaba a punto de hacer.
Asesinar a una figura política era algo bastante fácil, a decir verdad, sin embargo, Zinov pensaba que era una verdadera lástima.
La chica, tan pálida y bonita, tan alta, siempre paraba viendo por el gran ventanal del balcón del cuarto piso. Cada tarde, a las cinco en punto, tomaba el té allí, tranquilamente mientras veía el atardecer.
Zinov pensó que, aunque era algo trágico, ella al menos moriría feliz con una vista, si no bella, al menos relajante, del crepúsculo invernal.
Colocó su mira tranquilamente, a la espera de la hora predestinada. Su respiración pesada creaba una nube visible debido a que la temperatura empezaba a descender. Ella se sentó en la misma silla, a la misma hora, con un abrigo pesado. La criada a su lado, la misma mujer morena de siempre, se retiró un momento para ir, seguramente, por el té.
Zinov levantó la tapa de la mirilla, dio un último respiro pesado, y luego contuvo la respiración.
Una bandada de pájaros ocultó el eco del disparo, o quizá, es que las aves se asustaron con el sonido naciente, de lo único que Zinov estaba seguro, es que había dado en el blanco.
La casa de Alastor era acogedora y bastante normal, según el punto de vista de Charlie; los sillones mullidos en color vino y algunas cabezas de ciervos a modo de trofeo les daban un aire a una típica casa norteamericana, incluso tenía un fonógrafo, para deleite de la rubia.
Alastor le había ayudado a quitarse el maquillaje y la peluca con la que se había disfrazado; en realidad, sabía que, si su padre la viese vestida así, se disgustaría. De alguna manera, aunque Lucifer no odiaba a los humanos, sí repudiaba a la mayoría de ellos. Realmente la rubia no sabía el por qué, sin embargo, era algo que su padre nunca escondió: su odio por el linaje de Adam.
Por supuesto, Charlie también estaba enterada que Lucifer había amado a algunos humanos, muy pocos en realidad, a los que le había otorgado favores. Entre ellos, el linaje de brujas del viejo mundo a las que pertenecía Rose.
Luego de auxiliarla con su cambio de apariencia, Alastor la había guiado a la sala de estar de aquella pintoresca casa antigua; era extraño para Charlie el hecho de que aquel lugar la hacía tener una sensación como de estar en casa. Probablemente, aquello se debía a los objetos y rituales de culto que el propietario de la casa tenía a bien realizar.
Ella estaba un poco nerviosa mientras miraba pasar a su anfitrión con algunos objetos en las manos; uno de ellos, parecía un trozo de metal moldeado como si fuese una daga. Charlie sabía que en los rituales que se usaban para invocaciones en la tierra, a veces se necesitaban de sacrificios, y tuvo un poco de miedo y remordimiento al pensar que sería testigo de la muerte de algún ser inocente.
Alastor, entonces, puso un orbe frente a ella. La mesa de centro en la que lo posó no tenía nada más que aquel extraño orbe de cristal, luego, colocó algunas velas e incienso.
—"Desde que estás en la Tierra, my dear, tu padre trata de ser muy cuidadoso al respecto de mostrarse, ya sabes, para no llamar la atención de quienes no debe. Además, no sabemos si habrá consecuencias en tu estado si él aparece, así como así." —Explicó tranquilamente mientras preparaba lo que había colocado en aquel mueble. —"¿Me permite su mano, princesa?" —Sonrió a la vez que se colocaba a la altura de Charlie, mirándola fijamente frente a frente. Lo único que se interponía entre ellos era la mesa de centro, sin embargo, el tacto de la mano de Alastor en la de Charlie la hizo sentir que estaban demasiado cerca.
—"Uhmmm… ehh… claro."
La mano de Alastor tomó suavemente la de ella; como si acariciara un trozo de seda, el toque del caníbal era suave pero firme. Su pulgar masculino y nudoso danzó entre las líneas de la delicada y blanca mano, como si la estuviese explorando meticulosamente.
—"Me temo, Darling, que voy a solicitarte algo que probablemente no te agrade, espero perdones mi atrevimiento."
—"¿Qué cosa?" —La mirada de Charlie mostraba confusión. Era una mirada que Alastor disfrutaba a su manera. De hecho, el caníbal estaba esperando ansioso por ver el rostro de la joven rubia retorcerse por lo que sucedería a continuación. Incluso pensó en no pedir permiso para llevar a cabo el ritual, pero algo dentro de él lo empujó a no hacerlo.
Alastor deseaba que lo que venía a continuación fuese algo en lo que ella estuviese de acuerdo.
Y no es que ella tuviese opción, pero en su retorcida mente, a Alastor le excitaba la idea de que Charlie se sintiera libre a pesar de que, en realidad, no lo era.
—"Verás, este ritual no necesita sacrificios animales o de otro origen, Charlie, my dear… sin embargo, me temo que deberé dañar tu piel un poco en búsqueda de sangre. Tu sangre."
La rubia tragó saliva, ¡por supuesto que prefería esto a sacrificar algún ser vivo! Sin embargo, ella era un poco miedosa con respecto a la sangre. Charlie sabía el poder de la sangre que portaba, y sabía que había demonios en el infierno que darían lo que fuese por un poco de su líquido vital o el de su padre. "La sangre de la realeza infernal" Sonaba más grandioso de lo que en realidad significaba, pero no era un juego cuando se trataba de poder.
En su sangre residía el poder de crear vida y de otorgar la muerte.
Charlie no estaba muy segura de su caso, pero la sangre de su padre, por muy repudiado que fuese, era de un celestial. Los celestiales eran los únicos seres que podían matar demonios y crear cosas de la nada; incluso ella tenía un poco de aquellos genes poderosos, y en su infancia, sufrió atentados para poder robar la panacea que fluía por sus venas, a pesar de que ésta estaba diluida con la de un pecador.
Charlie asintió con la cabeza para indicar que Alastor podía dar inicio a lo que planeaba; éste, disfrutó mirar como los hombros de la chica se tensaban ante la presencia de la daga que ella había visto fugazmente antes. Era una daga bendita.
La chica sintió como, el metal que debía ser frío, quemaba su palma con el contacto. Por supuesto, Alastor sabía que las armas humanas normales no podían hacerle daño a la princesa del infierno, así que tuvo que buscar una verdadera arma bendita a manos de un santo. Fue difícil, pero lo consiguió con ayuda del señor Crowley.
A pesar de que su piel ardía, en realidad la herida era como una común en un corte. Charlie había cerrado los ojos, mojando sus largas y oscuras pestañas con las lágrimas sobrenaturales que emanaban. Aquellas gotas saladas parecían cristal líquido, si ello existiera.
La mirada de Alastor se embriagó en los labios oscuros y brillantes a causa del dolor; seductores con aquella carga de pena que armonizaba aquel rostro ruborizado en un cuadro sublime que parecía pintado por Goya, en un claroscuro entre lo hermoso, lo divino y lo profano.
Y entonces, el olor de aquel líquido rojizo resbalando por la palma de Charlie, impregnando su mano misma en el camino hacia el orbe de cristal, le hizo perder por unos segundos los sentidos. El perfume ferroso, la sensación cálida, aquel color rebosante y atrayente…
Alastor se sentía corrompido y salvado, atraído por el calor y el ansia de la ingesta de aquella sustancia. Como un cachorro hambriento, como una mosca, la necesidad de pegarse a la extremidad de la princesa del infierno le apremió.
Y soñó. Se sumergió en fantasías absurdas donde bebía ávidamente aquella panacea mitad celestial y mitad demoniaca. Se imaginó a si mismo tiñendo de rojo y haciendo florecer la sangre de Charlie, en una pequeña habitación, sumidos en la intimidad de un beso mortal, una danza de la muerte que transgredía incluso sus impulsos más bajos. Deseaba bañarse en ella, cubrir a su persona como un bálsamo sagrado. Como el regalo que sólo una diosa podría darle.
El sonido de la primera gota del tortuoso líquido rojizo y fragante cayendo en el orbe lo sacó de sus ensoñaciones; otra, y otra más, y el objeto de cristal empezó a brillar. Alastor retiró su mano de la de Charlie poco a poco, mientras que el sonido de estática empezó a oírse desde el orbe manchado de sangre.
El caníbal había abierto un camino hacia el infierno, usando las ondas de radio, lo que mejor conocía. El orbe funcionaba como una especie de micrófono, y la sangre había ayudado a abrir las puertas. La antena que había colocado cuidadosamente oculta en su hogar simplemente captaba las señales. Había cometido un pequeño pecado entre los brujos, sin embargo, se sentía triunfante.
No sólo se sentía triunfante, se sentía embriagado. No podía ocultar el temblor de sus manos al sentir la sangre de Charlie todavía fluyendo en ellas, cálida aún, espesa…
Extendió un pañuelo que había mantenido cerca a Charlie con la mano que hasta aquel momento había sostenido la daga bendita y lo colocó sobre la herida de la joven, la cual ya había empezado a curarse desde el momento en que el arma se había retirado.
Alastor, entonces, sostuvo su mano impregnada de la sangre de la princesa infernal con cuidado, teniendo un especial esmero en evitar que el poco líquido vital de la princesa cayera al piso, no por temor a manchar la alfombra, si no porque quería conservarla. La ansiedad del apremio por retirarse un momento y disfrutar de su pequeño incentivo obtenido de manera poco ortodoxa para él empezó a inundarlo.
—"Al, ¿estás bien?" —Charlie se había dado cuenta de que el propietario de la casa se encontraba un poco nervioso. Ante sus ojos, parecía que él necesitaba limpiar sus manos. Se sintió un poco apenada, creyendo que, a él, probablemente, no le gustaba ensuciarse.
—"¡Por supuesto, my dear, completa y positivamente bien! Sólo necesito retirarme un momento para limpiarme un poco, además, ¡creo que necesitas un poco de privacidad con tu señor padre, ¿o me equivoco?!" —La sonrisa de Alastor aún mostraba un poco de apremio, sin embargo, Charlie fue convencida fácilmente, sobre todo cuando la voz de Lucifer empezó a oírse por la sala.
—"Si me disculpan, los dejo a solas para que puedan conversar a gusto. Si la señorita Charlotte me necesita, simplemente con un llamado estaré aquí inmediatamente. ¡Siéntanse como en casa!" —Remató el caníbal mientras salía de la instancia con un paso digno pero apresurado.
El sonido de la conversación que había iniciado a sus espaldas se había ahogado con la sed de sangre que lo había poseído en cuanto tuvo contacto con el líquido vital de Charlie; era la primera vez que Alastor sentía que había perdido sus sentidos, que se sentía ebrio y necesitado de ingerir aquello lo más pronto posible.
Un hueco en su estómago y la sensación de algo que caía se apoderaron de él cuando acercó su mano manchada de sangre hacia su nariz. Suspiró, inhalando luego fuertemente para captar hasta la más mínima nota del perfume sanguíneo que le había otorgado la princesa rubia que ahora estaba sentada en su sala. Un impuro deseo, una tentación impensable empezó a surgir en él cuando los tonos dulces y salados en el contraste metálico predominante viajaron desde su experta nariz hasta su cerebro.
Temblando, y apenas conteniéndose, Alastor acercó sus labios a su mano, frotando su labio inferior sobre la sangre y saboreándola lentamente, como si aquello fuese un dulce exclusivo, un vino único. Tan único como ella.
Un shock eléctrico recorrió su médula espinal cuando sus papilas gustativas cataron lo que ahora sería su alimento favorito. Una sensación indescriptible se apoderó de él, una euforia que nunca había sentido, algo innombrable que recorrió cada rincón, cada célula, cada pensamiento de su persona, y que lo infundió de vida, de energía… de pasión.
—"¡Oh! Charlie, Charlie, my dear… ¡Charlie! —Sumido en su excitación, empezó a susurrar su nombre como un rezo hacia los cielos.
Notas de autor:
Bueno, he estado un poco sosa e inactiva últimamente, así que en éste capítulo decidí explorar un poco más de mi versión de Lucifer.
No sé, a Alastor la sangre de Charlie lo vuelve loco, siento que este detalle tiene mucho que ver en cómo seguirá la historia. Además, el atentado contra Charlie, o más bien, contra la doble mágica de Charlie, y la vigilancia de los ángeles, abren el nuevo arco.
¡Gracias por leer!
