El canto de la sirena
Los personajes de Hazbin Hotel utilizados para ésta historia pertenecen a Vivziepop. Personas y hechos históricos que se ocupan en pos de la historia han sufrido cambios, y lo que se describe aquí no debe tomarse como cierto.
Alastor se había convertido en la mano derecha de Hermann Wirth en poco tiempo. Era de esperarse debido a su amplio conocimiento sobre la magia, a diferencia del líder de la Ahnenerbe alemán, no obstante, sus métodos no eran ni por asomo lo que Hermann Wirth se imaginaba.
El joven (no tan joven, luego descubrió Wirth) Albert Maillet poseía un encanto perturbador, un carisma que ocultaba cosas que nunca pudo imaginar; una de ellas, era el ideal maquiavélico al respecto de los resultados sin importar los medios.
No habían pasado ni dos semanas a su lado, proveyéndole consejo, cuando el portal volvió a tener la estabilidad suficiente como para traer a otro nuevo ser de Agartha.
Hermann, maravillado, esperaba otra belleza como Charlotte Magne, quien, a pesar de sus características claramente no humanas, era una agradable compañía para la vista como para el corazón. No obstante, lo que encontraron luego de la sorpresiva explosión, fue un animal humanoide parecido a lo que se describía en las leyendas de los hombres lobo.
Aquel ser, debatiéndose entre la vida y la muerte, parecía del sexo masculino y su pelaje mullido era de color gris.
Alastor sabía el origen de aquel ser, en efecto. Era uno de las (seguramente) decenas de pobres almas que morirían para asegurar el retorno de la princesa al infierno. Llevados con engaños, transportados contra su voluntad, los perros infernales nacidos en el reino de Lucifer eran lo más cercano a lo que un ser podría parecerse biológicamente a Charlie.
Por supuesto, Alastor tuvo que manipular y hacer ciertos cambios a la máquina extraña de Hermann Wirth con ayuda de voluntarios del otro lado que en vida habían sido científicos e inventores, contratados por el mismo Lucifer. Lo que continuaba era un sinfín de prueba y error en ambos lados, primero, enviando imps, almas humanas y otros seres del infierno a la tierra, y luego, en la segunda fase, enviar humanos. Humanos vivos.
Desde que Alastor se había vuelto el tutor oficial de Charlie en la tierra, no tenía mucho tiempo para sus diligencias en pos de buscar un método de retorno, así que pensó en una solución para sacar a Charlie de las garras de los Alemanes y tenerla cerca sin necesidad de preocuparse, y por supuesto, conservar su cargo en la Ahnenerbe.
Entonces, tuvo una idea.
Inspirado en su propia historia, porque ¿quién buscaría a un muerto? Alastor empezó con los preparativos.
Las muñecas vodoo que hizo especialmente para la ocasión brillaban en la mesa de centro donde Lucifer se había personificado. Habían sido muy cuidadosos al respecto de la invocación, drenando energía del corazón aún latiente de un pobre diablo que había estado huyendo de la Gestapo. Su cuerpo, extendido en el piso de una parte desocupada de la sala tras el sillón donde ahora el gobernante del infierno estaba sentado tranquilamente, vagaba entre la vida y la muerte, en un delirio provocado por un coctél de narcóticos que Alastor le había proporcionado, mientras que su corazón danzaba a la vista de cualquiera que se dignara en apreciarlo, como si fuese una flor viviente en la solapa de su traje.
Algunos, como Lucifer mismo, apreciarían el toque artístico de aquella ofrenda humana. Ciertamente, aquel pecador llamado a sí mismo Alastor, le había causado bastantes buenas impresiones. Era un hijo de puta respetable, si es que podía existir algo como eso. Un hombre de negocios con elegancia y un gusto por la música y el humor que rozaba a lo que Lucifer mismo gustaba. Pero aquello también le preocupaba. Conociéndose a sí mismo, y viéndose reflejado hasta cierto punto en el caníbal humano, Lucifer sabía y reconocía que bien podría aprovechar algunas situaciones para beneficiarse. Aquello no le molestaría, si no fuese porque su querida y preciada manzanita estaba involucrada en toda aquella mierda.
—"Entonces, mi amable señor, estaba esperando que me auxiliara con la invocación de aquellos pequeños ayudantes que había mencionado, en beneficio de nuestro negocio."
Lucifer sonrió de lado mientras invocaba su bastón de mando. Alastor era un humano interesante, de aquellos pocos que no se asustaban de él ni que pedía cosas estúpidas como dinero, el chico era ambicioso, pero en otro sentido. Un sentido que lo hizo cerrar un trato que le beneficiaba tanto al humano que sin duda nadie más que él lo aceptaría, y por aquel trato, Lucifer respetaba a su manera al pecador que se le presentaba con una sonrisa eterna.
Un alma que había vendido incluso lo que no podía poseer de sí mismo, un alguien que había condenado su alma al vacío eterno y vuelto a condenarla en el infierno, simplemente por venganza. Aquello, a Lucifer le llamó la atención, tenía que admitir que le recordaba a sí mismo con respecto a lo que había pasado con Lilith. Alastor se había atado a sí mismo por amor a su madre, así como Lucifer se había atado al infierno por amor a Lilith.
Desde el momento en el que el gobernante del infierno supo que Charlotte estaba en la tierra, había pensado en una manera de enviar sus guardaespaldas que había creado para ella. Reconocía que sería sumamente difícil para su persona desde que tenía restricciones impuestas por aquel ser que se autodenominaba como el único y verdadero dios, así que tuvo que pedir internvención humana. Y la ayuda había venido nada más que de Alastor.
Crowley era un conocido de fiar, sin embargo, carecía de cierta chispa con respecto a lo que Lucifer requería.
Y Alastor, ¡oh!, ese hijo de puta que se había metido con fuerzas que ni siquiera él se había atrevido a convocar, era de los pocos humanos que realmente podían ayudar.
Porque no está muerto lo que duerme eternamente.
Salvarle el culo a Alastor por su trato con los primordiales no era difícil, mientras su alma no muera por completo. Mientras su mente aún tenga algo de lucidez y pueda mantenerla a raya.
Mientras ese humano no enloquezca lo suficiente como para obligar a su mente a bordear los límites de la locura y el vacío, mientras no pierda su alma con la intoxicación de los dioses antiguos, los dioses dormidos que el tirano desterró en un sueño casi eterno.
Lucifer activó el círculo mágico que Alastor había dibujado con sangre en una piel humana tratada y colocó los muñecos sobre aquello con ayuda de su telequinesis. El caníbal observó divertidamente cómo es que aquellos peluches flotaron y absorbieron la sangre seca del círculo convertida en un humo negro y espeso.
—"Estarán dormidos la mayor parte del tiempo para ahorrar energía, y no dudo que sepan aprovecharlos correctamente, por otro lado, ¿cómo va la investigación con respecto a aquella curiosa máquina que los humanos poseen?"
Alastor soltó una pequeña risa de satisfacción mientras torcía la cabeza hacía un lado, siendo honestos, él había gozado mucho el poder experimentar un poco con los nativos del infierno, diseccionarlos y conocer su anatomía única, y a pesar de que no pudo probar el sabor de aquellos seres (aún), debido a la infinidad de miradas presentes y cómplices de sus experimentos, Alastor realmente estaba disfrutando sobremanera de su actual trabajo.
Sobre todo, había descubierto algunas cosas en su vaivén entre la política alemana y las presentaciones científicas que en algunas ocasiones no entendía del todo. Realmente, Alastor no era un hombre de ciencia ni un gran entendido de muchas cosas a menos de que empezaran a interesarle, y últimamente todo aquello le importaba demasiado.
El mismo Adolf Hitler se había enterado de las investigaciones y se había ordenado crear una especie de ayudante sintético para reforzar sus soldados con los resultados de la experimentación con la sangre de los perros infernales. También, para disgusto de Alastor, le habían llamado a la oficina de Goebbels para hablar sobre un posible emparejamiento del Führer con Charlie. Aquello no le pareció ni a él ni a Lucifer, de hecho, Lucifer mismo hubiese ido personalmente a coserle la boca a Goebbels si no fuese porque no debía por el bien de su pequeña.
—"Considero que estaremos listos para la fase dos en poco tiempo. Trataré de buscar voluntarios sanos para ser enviados y analizados. La transportación del infierno a la tierra no parece tener grandes dificultades salvo el impacto en la energía vital cuando un nativo infernal se topa con el ambiente de la tierra tan de golpe, no obstante, no sabemos si la transportación de la tierra al infierno resulte segura y exitosa."
—"El asunto del imbécil humano que trata de comprometerla también es molesto, no disponemos de mucho tiempo si continúa insistiendo, además, me es imposible intervenir directamente. Necesitamos algo que la aleje de ese gusano oportunista lo más rápido posible. Quizá una muerte dolorosamente accidental sea suficiente."
—"Me temo que asesinarlo no funcionaría con los planes que se tienen y la necesidad de que continúe con los campos de concentración. Fue bastante trabajoso convencer a Wirth y Himmler de utilizar a los humanos judíos para alimentarla como para desmoronar todo con la muerte de Hitler. Ellos están ilusionados con una alianza con el mundo de donde proviene la princesa y sus promesas de tecnología nunca antes vista, y el pago por su confianza ciega hacia mi persona fue ya lo bastante potente como para que hasta el mismo Hitler apoyara mis iniciativas. Matarlo ahora sólo por su interés en la princesa nos ataría de manos por un largo tiempo y creo que su majestad no desea más dilación."
—"Lo sé, es por ello que no lo he hecho, todavía. Tengo planes para Hitler en beneficio de mi pequeña. He escuchado ciertos rumores sobre arcángeles rondando cerca, y aquello no me complace. Tenemos que sacar a Charlotte de la visión pública cuanto antes y llamar la atención de los ángeles con cualquier otra cosa mientras la ocultamos, por ello necesito que la guerra explote más rápido de lo planeado."
Alastor en efecto había trabajado muy duro, había solicitado incluso planos militares de algunos de los científicos infernales que trabajaban en conjunto con él para comprar su estadía en la Ahnenerbe y la estima de los altos mandos alemanes. También, había estado bastante ocupado asesorando a su nuevo amigo, el señor Klaus Barbie, con respecto a la red de información de la que él a veces se servía alegremente. Estaba satisfecho de haber expandido su red de influencia tan rápido y efectivamente.
—"Tengo una idea maravillosa, su majestad." — Lucifer lo miró con curiosidad, esperando las palabras que sucederían. —"¿Por qué no aprovechar la muerte de la princesa y con ello iniciar una guerra, además de cubrir el hecho de sacarla de la vista pública de manera inmediata?"
Matar a Charlotte. Por supuesto, no literalmente, simplemente simularlo como lo habían hecho con la muerte de Alesteir Doucet. Lucifer sonrió ante la ironía. Era obvio que aquello no sacaría a su pequeña de la búsqueda inquisitiva de sus ex hermanos, sobre todo conociendo a Miguel, pero serviría para mantenerla en un ambiente seguro y controlado. Un ambiente en el que, si era necesario, podría intervenir rápidamente a pesar de sus limitaciones.
Lucifer soltó una carcajada, saboreando las implicaciones y lo que había sucedido hasta aquel momento para llegar hasta aquel punto.
—"Eres un hijo de puta bastante divertido como para atreverte a decir eso. Me agrada."
Klaus era un individuo un poco egocéntrico pero divertido, según las apreciaciones de Alastor. Un poco serio de más como la mayoría de los alemanes que había conocido, hasta que su sistema se intoxicaba con grandes cantidades de alcohol.
Sentados en una mesa de póker en el Romanische de Charlotteburg en Berlín, Alastor había acordado reunirse con él y algunos otros amigos pertenecientes a su división. Como único civil, Alastor se había dado la libertad de vestirse un poco informalmente, sólo con un sencillo traje color gris rata que acentuaba sus ojos de color ámbar, con la corbata suelta y con el botón superior de su camisa color negro desabotonada. Para todo aquel que lo conociera, era una imagen extraña, puesto que a él le gustaba demasiado vestir pulcramente, sin embargo, dada la ocasión, Alastor consideró que aquel aspecto iría mejor debido a su pantomima de haber bebido un poco de más.
Era conocido por la inmensa mayoría que las conversaciones de borrachos siempre se iban de palabras y salían a la luz cosas que no debería decirse. Cosas incluso de calidad confidencial, sobre todo si estaban en un círculo con cierto nivel de confianza.
Al miró sus cartas con su eterna sonrisa de labios; los militares presentes, muchos con un aspecto lamentable ya debido a su ingesta alcohólica y su necesidad de quitarse el calor que les proveía el emborrachamiento, tenían las caras enrojecidas.
—"Creo que hoy es mi día de suerte, señores." —Alastor miró sin quitar su sonrisa a quien había declarado su victoria prematuramente. Las cartas que había bajado aquel hombre tosco de brazos fuertes, el prospecto me macho ario alemán, era un straight flush, algo difícilmente superable.
—"Me temo, querido amigo, que no es así." —El caníbal bajó sus cartas ante la mirada atónita de los presentes. Había tenido una suerte horrible (a propósito) previamente, pero ésta vez, su mano era una Royal flush, lo que lo coronaba como indiscutible ganador de la partida.
La risotada de Klaus rompió el silencio que se había apoderado del círculo de amigos cuando Alastor presentó sus cartas.
—"Eres un hijo de puta bastante suertudo, amigo mío." —La fuerte mano de Klaus Barbie golpeó el hombro de Alastor, quien frunció el ceño por unos segundos debido a aquella grosera intrusión.
—"No voy a negar eso." —Respondió y luego tomó el vaso de whisky del que había estado bebiendo, tragando todo el líquido ambarino de un solo golpe.
Alastor se sentía fuera de sí actuando tan gamberramente; siendo honesto consigo mismo, odiaba esa clase de hombres como Klaus Barbie que alardeaban de su masculinidad.
—"Por cierto, buen Albert, muchas gracias por el favor de aquella vez. Sin tus consejos, no me habrían ascendido tan rápido. ¡Es por eso que brindo por ti, mi amigo más importante!"
Alastor rio alegremente, llevando una de sus manos a su pecho.
—"¡Oh! ¡Me alagas, Klaus, pero sin tu guía también estaría perdido en ésta maravillosa ciudad! Además, es un placer tener un grupo de caballeros con los que comparto mi gusto por la cacería, y la admiración por el tercer Reich."
—"Hablando de eso, querido amigo, ésta celebración de agradecimiento no sería una sin los debidos obsequios. Sé que tienes amigos más importantes, como el señor Goebbels o el mismísimo Himmler, pero espero que éste presente sea de tu agrado." —Klaus chasqueó los dedos, y uno de los chicos que lo acompañaba como su secretario personal llegó con una caja alargada. Los otros presentes, como caracteres secundarios, aplaudieron en reconocimiento a la amistad de aquellos dos hombres que protagonizaban la velada.
Alastor recibió la caja mientras el hombre robusto al que le había ganado en la anterior partida hacía a un lado algunos objetos de la mesa de juego. Entonces, el caníbal colocó la caja para abrirla. Dentro había un rifle nuevo de uso militar.
Cierto era que desde que empezó con su amistad con Klaus, Alastor había conseguido el permiso de portación de arma de manera casi inmediata; para celebrarlo, el norteamericano había comprado algunos pequeños souvenirs alemanes. Luego, el mismo Goebbels le había regalado una Walter-p38 personalizada, un modelo que apenas estaba terminado, con la excusa de que un tutor como él debía poseer al menos un arma de bolsillo para proteger a la princesa de cualquier eventualidad.
En verdad, la walter se había vuelto una de sus favoritas a pesar de que no le agradaba la persona de la que había provenido. En esos días, también la princesa Charlotte había empezado a recibir regalos de Goebbels a nombre del Führer, solicitando encuentros para entablar amistad.
Klaus, por su lado, más allá de que realmente admiraba y apreciaba a quien él conocía como Albert, estaba embelesado por los contactos que Alastor poseía. Sentía que era el hombre con más suerte de toda Alemania al haber entablado una relación amistosa con un hombre tan ilustre en el partido a pesar de que no pertenecía a tal y que ni siquiera era alemán.
Era por eso que se había esmerado demasiado en las atenciones y los regalos que le había dado, y que escuchaba atentamente sus consejos. Para Klaus, Albert Maillet era el hombre más cabal y honesto que había conocido.
Miró con inmensa alegría y quizá un poco de servilismo el rostro alegre de Albert, esperando como un perro por un gesto o una caricia de su dueño. Y la obtuvo.
Alastor sabía cómo jugar el set de tira y afloja de las relaciones interpersonales, de todo tipo de ellas, incluso las amorosas, a pesar de que éstas últimas no le interesaban en lo más mínimo. Era un requisito en su vida previa para mantener las apariencias, además, era el epítome de su entretenimiento jugar con aquellos ilusos encerrados en sus burbujas de normalidad.
Con una mirada brillante, una cara estúpida de sorpresa completamente fingida, Alastor agradeció su regalo. Le dio gracia ver la reacción canina de Klaus, como si se tratase de un retriever. Pudo imaginar unas orejas y una cola en su amigo, y pensó que aquella imagen era más que adecuada, porque Klaus Barbie no era más que un perro estúpido que sólo sabía menear la cola a sus dueños.
—"¡Es justamente lo que estaba pensando en adquirir, mi amigo! He tenido unas terribles ganas de ir de cacería, ya sabes, el olor del bosque, la adrenalina… últimamente, las diversas actividades de la princesa y mi deber para la Ahnenerbe me han dejado agotado. ¡Terriblemente!"
Klaus sonrió mientras escuchaba y miraba a su amigo examinar el arma como todo un experto, como si Albert hubiese nacido para sostener un arma. Era gracioso, porque era bien sabido por él y el círculo que frecuentaba a Albert, que éste no tenía fuerza física a pesar de su altura tan peculiar.
Si tan sólo el hombre fuese hábil también con el cuerpo como lo era con las armas, Klaus estaba seguro que hubiese sido el mejor militar de la zona.
—"Ni que lo digas, ¡nosotros últimamente también hemos estado hasta el cuello de trabajo!" —Se acercó un poco a Alastor, quien no retrocedió, aunque tuvo un impulso demasiado grande de hacerlo debido a su asco por ser invadido en su espacio personal. —"Estamos en otra especie de cacería, si sabes a lo que me refiero…"
—"Oh, lo entiendo… Es imposible no encontrar ratones en la casa cuando las cosas están tan animadas como en los últimos tiempos." —Contestó también con una voz más moderada a la que usualmente tenía, escandalosa y jovial. —"Yo mismo, me temo, puede que esté infestado de algunas ratas, y precisamente, quería hablar contigo, amigo mío, al respecto."
El rostro de incredulidad de Klaus se hizo presente de nuevo. Desde que Alastor frecuentaba los altos mandos del tercer Reich, Klaus nunca pensó que pediría favores de aquel tipo a alguien como él, cuyo único mérito había sido en gran parte gracias al hombre que tenía en frente y al que llamaba amigo.
—"¿Ratas? Imposible…" —Susurró.
—"Quizá estoy un poco paranoico, pero… mi ama de llaves que cuida tan diligentemente a la princesa ha encontrado conductas sospechosas en un par de miembros del personal, y hace unos días, encontró una nota en ruso." —Respondió también entre susurros. Klaus entonces, pidió a Albert que tomaran asiento, alejados del bullicio de los otros miembros de la Gestapo presentes, para poder charlar tranquilamente.
—"Ruso… esto es grave… la nota…"
—"La envié a un camarada de la Ahnenerbe para ser traducida, pues me temo que no conozco la lengua ni su escritura." —Lo cortó. Alastor estaba empezando a sembrar las semillas de lo que sería el plan que le otorgaría el pase al favor de Lucifer. Un favor que nunca podría pagar por completo.
Todo había empezado, seguramente, con aquella visita fatídica.
Era de esperarse; Alastor sabía que con la promesa de un mundo nuevo lleno de maravillas y tecnología aplastante, el gobierno alemán querría asegurar el tener todo aquello al alcance de sus manos.
Y era por eso que peligrosamente se acercaron a Charlotte Magne, la princesa de Agartha, o, mejor dicho, del infierno mismo.
Ella era un ente extraño, en muchos sentidos. Una delicia para la vista y el corazón con sus ojos grandes con largas pestañas y su nariz extraña de forma animal que misteriosamente la hacía mucho más atractiva de lo que podría parecer.
Y su altura, un poco más de un metro ochenta, era realmente imponente pero también era dulce.
Todos aquellos puntos de por si hermosos en ella, pasaban a ser secundarios debido a su linaje real, y a la promesa de riquezas y poder sin igual si alguien se desposaba con ella, tanto en la línea real de su existencia como en la farsa que Alastor y Crowley habían creado para ella.
Y era tanta su importancia en la política interna del tercer Reich, que el mismo Führer había pedido reuniones con ella para entablar amistad entre ambas naciones, alegando el deseo de conocer las tradiciones, costumbres y formas de los agarthianos.
Por supuesto, Charlie aún no podía hablar por completo en alemán, además de que Alastor como su tutor, tenía que estar presente en aquellas reuniones.
Y allí estaba.
Alastor tenía que aceptar que, a pesar de su aspecto ridículo, Adolf Hitler tenía un carisma abrumador. Era un caballero en toda la extensión de la palabra.
Incluso podrían haber sido agradables compañeros de charlas, puesto que sus discusiones eran francamente interesantes, excepto por una cosa: el tipo estaba completamente obsesionado con su país.
Por supuesto, la cara que le había mostrado a Charlie era la amable, la que estaba llena de buenas intenciones. Su apoyo a los planes que ella tenía para con su capital, su deseo de agradarle, hastiaron a Alastor.
Sin embargo, debía mantenerse callado.
—"Entonces, señorita Charlotte, estaré encantado de ayudarla con su orfanato. Desde que el deber del Führer es velar por sus ciudadanos, ¿cómo podría negarme a tan grandiosa obra humanitaria para con mi pueblo?" —Por supuesto, había palabras que Charlie no entendía y preguntaba a Alastor, pero el mensaje había sido claro. Ella, alegre por lo que había entendido, juntó sus manos y agradeció efusivamente al mandatario, mientras Alastor la miraba tan radiante con una sonrisa completamente nueva a las anteriores.
—"Me temo que ella está demasiado efusiva, disculpe su falta de modales. En su tierra, es normal responder naturalmente a los estímulos positivos, como ahora." —Explicó el caníbal el actuar de la joven rubia. En efecto, Charlie, a pesar de pertenecer a una especie de realeza, era bastante natural con respecto a sus emociones, bastante radiante y honesta. Tanto, que realmente parecía una niña completamente ingenua.
—"Oh, me encantaría saber más de aquel mítico lugar, como su música, porque la música es la representación de toda una cultura, ¿no lo creen?" —Charlie asintió mientras que Alastor no pudo evitar pensar que en verdad tenía cierta razón aquel hombre bajo de bigote ridículo.
—"No puedo estar más de acuerdo con su afirmación, mi Führer."
—"¡Claro!" —Contestó también Charlie, mientras pensaba en alguna canción que su madre había compuesto alguna vez. Recordaba una canción infantil, en sus recuerdos de antaño, que su padre le cantaba. —"Aunque, no soy tan buena cantando, pero me gusta hacerlo." —Charlie intentó responder con el vocabulario que apenas había aprendido. Realmente, ella sabía que su punto fuerte era el canto, para la princesa, el canto era como respirar, sin embargo, no tenía tanta confianza en ella misma al respecto. Usualmente ella cantaba para un público pequeño, como algo normal de su día a día. No supo hasta que su ex prometido le dijo, que las personas comúnmente no cantaban para comunicar sus emociones.
Ella había sido criada de manera tan diferente a lo que se esperaba de alguien de la realeza del infierno, y no es que lo odiase, pero aquello le había causado estragos más tarde que temprano. No culpaba a sus padres, al contrario, los amaba incluso más por haberla criado con un amor que era inusual en el infierno, pero eso no quitaba su problemática para relacionarse con otros miembros de la realeza.
Y aunque su padre siempre le decía que actuara conforme lo deseara porque simplemente ella era una Magne, Charlie siempre supo que no podría.
Por miedo a desatar todo su poder, por una parte.
Por otra, debido a la inseguridad que había crecido en ella a partir del accidente que la marcó de por vida.
Expectantes, los dos varones que la acompañaban en la sala de visitas de la embajada de Agartha, vieron como la belleza rubia suspiró largamente, como si aquello fuese un prerrequisito para entrar en su trance musical. Y, de hecho, lo era.
De pronto, una voz suave, bien educada, sobrenatural, inundó el ambiente. Como el canto de una sirena, aquella voz envolvió los oídos de los presentes, hechizándolos con su dulzura y tono.
La canción parecía triste, pero también llevaba notas de alegría infantil. Alastor entendía la letra, la devastadora letra ominosa en aquella voz transparente que incitaba al sueño eterno.
Halta de manna, cinca de manna, horahoraho
Horto prier, blos d'ita,
Omna magni
Crietros, strientropo, horahoraho
Altinique, ortono, floen d'ermanita
(Aiho dertameno hiha)
Miha trava lafladitu
(Aiho dertameno hiha)
Plient, plient, plientu hora
(Halta de manna, cinca de manna) Horahoraho
Horto prier, blos d'ita,
Omna magni
(Halta de manna, cinca de manna)
Cripar intari
Aquarion, Aquarion…
Fue entonces, aquella voz, el canto de una sirena, que había llevado a Alastor hasta el momento en el que se encontraba ahora.
La sangre en su palma, la ansiedad de poseerla… No sabía si aquello era una reacción natural por su contrato con los dioses antiguos, o su mera obsesión por la sirena que lo había hechizado con una canción aquel día donde conoció a Hitler.
Se sentía desencajado al pensar en su persona actuando tan descortésmente, mientras saboreaba hasta la última gota de sangre que pudo obtener de Charlie. Charlie, aquella chica sobrenatural que debía encerrar en una jaula por el bien de sí misma y de él.
Se había percatado Alastor de algo, que todo lo que estaba por suceder, en realidad, lo complacía.
Le complacía saber que de alguna manera tendría el total monopolio de aquella ave exótica que era Charlie. De la encantadora demon belle que había cautivado sus oídos y su persona con pequeños gestos que sólo alguien loco o enfermo como él podría notar.
Y entonces, Alastor estalló en una carcajada.
Sosteniéndose de una silla cercana, las risotadas de Alastor no pararon hasta que se dobló por completo, falto de oxígeno.
Una risa que rozaba el ahogo, nacida por el ridículo que le había cruzado por su mente.
¿Acaso, él estaba interesado en ella de alguna otra manera?
Alastor continuó riéndose de sí mismo, saboreando la sangre y la posibilidad de aquello.
Notas de autor:
Dios, otro capítulo más. Las fichas se mueven y todo empieza a tener sentido, pero esto ni siquiera ha empezado.
Tengo planes para todos, en especial para nuestro venado loquillo.
