Lágrimas de sirena, o cómo echar a perder lo imposible.
Alastor aún continuaba ahogándose en su risa desenfrenada cuando su sombra apareció tras él. La imagen de aquel ser incorpóreo de color negro parecía estar hecha de humo, un humo denso que semejaba otro Alastor, sólo que la sombra tenía un par de astas en la cabeza. Por supuesto, aquella sombra no siempre fue así, con el pasar de los años es que empezó a tener características únicas, hasta que ya no parecía la sombra de un humano, si no algo más, una sombra de un ser humanoide desconocido.
Un wendigo tal vez.
Alastor estaba muy consciente de que él, tarde o temprano, terminaría mutando a uno. Ese era el destino de los seres como él, alguien que no era meramente un caníbal, si no que había trasgredido a otros límites, llevando incluso la canibalización hasta en sus propios órganos y cuerpo.
Un alguien que canibalizaba no sólo la carne, también las almas.
La sombra podía comunicarse con él sin palabras, era como si hubiese una conexión mental extraña entre ambos. Alastor podía escuchar, ver, sentir e incluso hasta oler lo que la sombra; era como tener dos cuerpos al mismo tiempo cuando era necesario.
—"Confío en que te encargaste del ave de presa, como lo esperaba." —Alastor se recompuso lo suficiente como para hablar tranquilamente, como si nada hubiese pasado. La sombra asintió sonriente mientras el dueño tomaba asiento en la silla donde anteriormente se había apoyado. —"Hoy es un día bastante atareado… y esto aún no termina. Sólo espero que nuestra princesa no se disguste demasiado con lo que va a pasar."
Alastor alargó la mano hacia la barra de la cocina, donde había una cajetilla de cigarrillos, luego buscó en el bolsillo de su pantalón y sacó un encendedor cuadrado en color plata. El diseño era sencillo, casi completamente liso a excepción de unos símbolos tallados en una de sus caras. Aquel encendedor de plata, pulido y viejo, había pertenecido a su tío, y lo conservaba como un viejo recuerdo de él y su madre.
Encendió un cigarrillo y lo caló, el humo impregnó sus pulmones con una inhalación profunda, y luego de un rato, lo dejó salir. Un ligero escalofrío recorrió su espalda luego, un anuncio de que su doble había regresado a casa.
Se levantó de su asiento tranquilamente y, con cuidado de no interrumpir a Charlie y su padre que hablaban en la sala, se dirigió hacia la puerta trasera de su hogar, que estaba justo al lado de la puerta hacia la sala.
Cuando pasó cerca del lugar donde Lucifer y su hija conversaban, pudo escuchar parte de su conversación por accidente. Por supuesto, Alastor no era una persona mal educada que gustaba de espiar a otros, y aquello ocurrió por mera casualidad, sin poder evitar oírles.
—"Él es muy amable, papá. ¡No tienes idea de qué tan emocionante es el mundo humano! Me ha enseñado algunas cosas interesantes que…"
—"¡Lo sé, manzanita, lo sé! Reconozco que el mundo humano tiene sus virtudes, pero no tomes tanta mierda de los humanos, mucho menos de él. Son humanos, cariño, pecadores que tarde o temprano actúan egoístamente."
Alastor pensó que Lucifer tenía razón, a pesar de la apagada respuesta que obtuvo de su hija. La princesa podía ser la hija del gobernante del infierno, pero era el demonio de ingenua y aquello le causó gracia. Se empezó a preguntar si en realidad aquella chica era la hija de Lucifer o sólo una especie de ángel inocente que había sido robado sin saberlo.
Siguió su camino directo a la puerta trasera, con un andar pausado y el cigarrillo encendido en su mano derecha; tras abrirlo, se encontró con el porche que daba al jardín. La mecedora que estaba cerca de la puerta estaba moviéndose sola, y sobre ella, estaba el Dazzle inanimado que él había elaborado.
Eso significaba que, en cualquier momento, el timbre del teléfono sonaría.
Dio otra bocanada a su cigarrillo, entrecerrando los ojos, para luego, tomar al muñeco de la mecedora.
Contempló por breves instantes el horizonte, buscando más allá un algo invisible que rondaba el bosque alemán. Estaban cerca, sí, pero no podrán pasar, no mientras Alastor mismo no lo quiera.
Apagó lo que quedaba de su cigarrillo contra la suela de su zapato y arrojó los desechos al cenicero de bronce con forma de jarrón que estaba junto a la puerta, dio la media vuelta y entró a la casa para esperar la llamada prometida.
El pequeño y esponjoso Dazzle de tela se meció colgando de una de sus patas, mientras Alastor pasaba de largo la puerta de la sala y se dirigía al cuarto de lavado para tomar el camino largo hacia su estudio. El sol se ocultaba ya y la luz crepuscular tras las nubes de invierno, exigua ya de por sí, entraba a regañadientes por las ventanas, a la espera de morir completamente.
El olor de la tierra nevada llegó hasta la nariz del caníbal; seguramente aquella noche habría una tormenta.
Unos pequeños orbes luminosos en color azul se aglomeraron en el muñeco de tela cuando Alastor llegó a su estudio. Los sigilos de la puerta estaban diseñados para hacer que las ánimas y la energía de quienes habían muerto en aquel lugar se enfocaran en aquella habitación en particular. Para alguien que no prestara atención o un ignorante del tema, la casa en conjunto podría parecer algo extravagante pero común, sin embargo, toda la decoración y el lugar había sido planificado cuidadosamente. Desde la posición de las pinturas hasta las líneas ocultas bajo las alfombras, la casa entera era un círculo de transmutación.
El caníbal había sido muy cuidadoso también con la seguridad de su hogar. No le interesaba si un alma desafortunada de algún ladrón u otro tipo de ser humano entrase, estaba completamente seguro de que nunca saldría… No, la seguridad en la que había enfocado tantas y tantas horas de sueño era contra otro tipo de seres no requeridos. Hadas, espíritus e incluso esos detestables ángeles. No quería ningún ser entrometido en sus dominios.
No esperó mucho tiempo mientras leía el libro en curso que estaba disfrutando desde hacía algunas semanas, cuando el timbre de aquel aparato moderno denominado teléfono, llegó hasta sus oídos.
Esperó a que timbrara un par de veces antes de levantar el auricular. Del otro lado, se podía escuchar la voz nerviosa y llena de angustia de Vagatha, anunciando lo esperado.
—"La princesa sufrió un atentado."
Alastor sonrió alegremente mientras escuchaba sollozar a la mujer latina. Todo estaba tomando el mejor curso posible.
Cuando ella apareció en la tierra, Hermann Wirth tomó muestras de sangre, cabello y piel. Fue difícil, su piel y cabello eran fuertes, tanto que tuvo que utilizar una jeringuilla especial que utilizaban para el cuidado de los caballos simplemente para extraer un poco de su espesa y mágica sangre.
Las muestras que había obtenido, las había enviado a la facultad de ciencias de la universidad de Berlín; allí, habían confirmado que ella no sólo no era humana, era algo superior.
Su sangre, su piel, tenían tanta adaptabilidad que pensaron que era una broma. Las células seguían replicándose y adaptándose pasando días incluso fuera del cuerpo del que las habían extraído.
Los científicos, Hermann Wirth, el mismo Hitler estaban excitados con todo aquello. Creían que la chica semihumana que había aparecido sería el eslabón clave para el desarrollo del Übermensch tan soñado por el tercer Reich.
Al inicio, Hermann Wirth pensó que aquello podría ser dejado en sus manos, así que, con las muestras que seguían multiplicándose por sí solas, pidió que hicieran pruebas de compatibilidad para la posible reproducción de aquel ser excepcional y un humano.
Las pruebas fueron positivas, pero casi al mismo tiempo, sus aspiraciones fueron aplastadas.
Con el rango político en su lugar de origen, Charlotte Magne no podría casarse con nadie que no fuese un príncipe o algo parecido. De pronto, Alesteir Crowley y su compañero habían tomado posesión de la princesa y rechazado toda proposición de cualquier alemán.
De todos, menos de uno.
Si algún alemán podría pedir la mano de la señorita, sería el mejor de todos, el líder.
Pero todo aquello había quedado en meras aspiraciones incluso para el mismo Führer.
La chica que había vivido un tiempo con Hermann Wirth, ahora, no se le podía catalogar como alguien vivo si quiera.
Él había sido contactado como un mero testigo para confirmar la identidad de la víctima, aunque no era ni remotamente necesario. También, porque debido a las circunstancias, el joven Albert Maillet tardaría en presentarse.
Según los testigos, la señorita Magne y Albert Maillet habían regresado a la embajada juntos, sin embargo, el joven Maillet parecía cansado y se retiró temprano. Aquello era entendible debido al ritmo de trabajo que tenía, y del que el mismo Hermann era testigo. Un día antes, Albert había trasnochado con él debido a ciertos experimentos con los nuevos sujetos de pruebas, exigiéndose resultados satisfactorios para lo que, según Albert, se avecinaba.
Entonces, Albert Maillet se retiró a su hogar veinte minutos antes del suceso, despidiéndose como siempre de los guardias de la entrada, aunque con el semblante un poco decaído.
Debido a la distancia entre la embajada y el hogar de Albert, lo pudieron localizar media hora después del atentado.
Aunque para Hermann, aquello no podía llamarse asesinato, creía que el denominarlo atentado le quitaba el peso que tenía.
Y es que, en realidad, no podían declararla muerta, pero tampoco viva. La princesa Charlotte Magne permanecía en un estado de petrificación extraño, como si una gruesa capa de diamante la hubiese recubierto por completo momentos después de que la bala se alojara en su pecho.
Se podía ver a través de aquella especie de mineral a la perfección su herida expuesta, roja, como una orquídea floreciente de primavera.
Nadie sabía qué ocurriría con ella, qué es lo que estaba pasando.
Nadie excepto Albert Maillet, el hombre que fue modificado por la misma raza a la que pertenecía la princesa.
Nervioso, Hermann Wirth se había retirado de la habitación de la embajada donde habían llevado el cuerpo inerte de la señorita Magne, hacia la sala de té donde usualmente ella recibía visitas.
Observó cómo miembros de la Gestapo ingresaban al lugar como si fuesen los dueños, y cómo eran llevadas las criadas y los guardias de turno uno a uno a otra habitación para ser interrogados suavemente.
Una tormenta se había desatado justo al caer la noche. La nieve y el viento, seguramente, harían imposible que Albert Maillet y Alesteir Crowley llegaran a la embajada en las próximas horas, o quizá, hasta la mañana siguiente.
No supo qué hora era cuando al fin llegó Albert, pese las inclemencias del clima.
La cara del pobre hombre estaba pálida, y unas ojeras terribles enmarcaban sus ojos. La noche anterior le había pasado factura, y ahora, él estaba mucho peor de lo que Hermann podría haberse imaginado.
—"¡¿Dónde está la princesa?!" —Casi con lágrimas en los ojos, Albert había preguntado inmediatamente había visto al señor Wirth.
El joven Maillet, quien siempre que podía declaraba que su único gobernante era la princesa Charlotte Magne, parecía roto, desencajado. Su eterna sonrisa se había quebrado en un rostro serio y sus ojos cansados parecían querer derramar lágrimas en cualquier momento.
Alastor estaba completamente seguro de su actuación. Observó entretenido la reacción impregnada de lástima en la cara de Hermann Wirth, la sorpresa de los presentes al verlo tan fuera de sí.
Había dejado sola a la princesa luego de una pequeña discusión al respecto de lo que estaba pasando. Lucifer no había tenido la amabilidad de prepararla, y aquello había consumido su energía. Probablemente, todo aquello lo había hecho enfadar al punto de que su actuación era más que adecuada.
En verdad, Alastor estaba molesto, y no era para menos.
Es por ello que estaba disfrutando de todo aquel teatro en el que se había envuelto voluntariamente.
Hermann Wirth se levantó de su asiento y se ofreció a acompañarlo hasta donde el cuerpo de Charlotte se encontraba. Temblando, Albert se dejó guiar con una cara que Hermann sólo podía describir entre dolida y furiosa. Como el rostro de un amante al que le han arrebatado a su ser querido.
No era extraño aquello. Hermann sospechaba que Albert amaba platónicamente a la princesa como muchos otros en el país. Era incluso algo esperado.
También estaba consciente de que el mismo Albert conocía su posición, así como él mismo lo había hecho.
El joven caníbal miró su obra. El recubrimiento mineral, la excusa perfecta para continuar extrayendo energía de los campos de concentración en pos de la máquina y el despertar de la princesa Charlotte Magne.
Empezó a reír mientras sus ojos lagrimeaban, como si hubiese entrado en estado de shock. Tocando su rostro, mirando hacia el techo de la habitación.
—"¡Sigue con vida!" —Gritó jubilosamente con la voz entrecortada por el llanto falso.
Alastor no tuvo que tocar la puerta de la habitación donde Lucifer y Charlie habían conversado en privado, pues en cuanto se encontró allí, la princesa abrió la puerta, como si supiera de antemano que él iba a entrar.
—"¡Oh! Justo iba a buscarte… Perdona que hayamos tardado tanto, pero creo que tenía mucho que hablar con Papá." —Charlie llevó su cabello rubio tras su oreja, en un ademán coqueto innato.
—"¡No te preocupes, querida! Esta casa, es tu casa." —Respondió el caníbal sonriente.
—"Y bueno… uhm… ¿estamos listos para partir?" —Preguntó mientras señalaba el abrigo que Alastor llevaba colgando en su brazo.
El joven hombre soltó una pequeña carcajada, maldiciendo a Lucifer por lo bajo. Parecía que él tenía que hacer el trabajo sucio y eso lo iba a cobrar al rey del infierno bastante caro.
—"¡Oh! No, no, no, my dear, tu no irás a ninguna parte hoy." —La cara de la princesa se cubrió con signos de interrogación, sin saber qué es lo que estaba tratando de decir Al.
—"¿Perdón?"
—"¿Tu señor padre no te lo dijo, sweetheart? No volverás con los humanos del tercer Reich."
Charlie no supo qué contestar. Ni siquiera sabía cómo reaccionar, luego, caminando decididamente, fue hacia la puerta.
No iba a permitir que su padre arruinara lo que había logrado.
¿Qué pasaría con los niños del orfanato? ¿Con los comedores para los desempleados?
—"Preferiría que no hicieras eso, my dear. Puedes lastimarte." —Charlie trató de abrir la puerta, cuando un choque eléctrico la hizo alejar las manos del picaporte, haciéndola gritar. —"¿Ves? My Darling, por favor, sé una buena chica obediente, simplemente…"
—"¡Como te atreves!" —Lo cortó, con un grito lleno de enojo, de decepción. —"¡Confié en ti! ¡Te conté mis planes! ¿Cómo pudiste prestarte a esto? Mi papá…. ¿es que mi papá te obligó?" —Los ojos de la princesa cambiaron de la ira, la confusión, la desilusión a la vana esperanza. La esperanza de que Alastor, a quien consideraba un amigo, le respondiera afirmativamente.
Pero eso no iba a suceder. Alastor no quería ni tenía por qué mentirle en ésta ocasión.
—"No."
La furia de nuevo impregnó la presencia de la princesa. Ante los ojos del caníbal, ella estaba mucho más hermosa de aquella manera. Sus ojos habían cambiado de color, y los remanentes de unos cuernos empezaban a asomarse.
Y las lágrimas, esa cosa que parecía una especie de diamante líquido que corría por sus sonrosadas mejillas, la hacían parecer una diosa infernal.
Y allí estaban, ellos dos, mirándose de manera diferente a la habitual. Ella, sin creer lo que escuchaba, y él, deseando ver más de aquella parte que Charlotte Magne ocultaba.
—"¿Por qué?"
—"Porque es necesario. Mi trabajo es vigilarte y protegerte, y en donde estabas, me era imposible."
—"Pensé que eras mi amigo…" —Susurró como respuesta, mientras su ira se calmaba un poco gracias a la gran decepción que sentía.
—"Ha ha ha ha ha, ¡Princesa! No me haga reír…. No soy su amigo, ¿entiende? Mi deber es cuidarte así no lo desees."
Charlie sintió un dolor en su corazón, como hacía mucho no lo sentía. Ella no era ingenua, y sabía que entre ella y su padre, Alastor obedecería a Lucifer por sobre todo… sin embargo, ella creyó que él era su amigo. Confió en que no le ocultaría algo como lo que estaba pasando.
Si tan sólo él y su padre le hubiesen consultado, ella no estaría tan dolida. Tan decepcionada.
Llena de furia, volvió a tratar de abrir la puerta. Resistió lo que pudo el dolor que le recorrió todo el cuerpo mientras lo intentaba, cuando las manos de Alastor se posaron en sus hombros y la alejó con una fuerza que nunca pensó que él tendría.
—"No me gusta repetir las cosas, princesa. Por favor, aléjate de la puerta antes de que salgas lastimada de verdad." —Charlie ni siquiera miró a Alastor, simplemente le soltó una bofetada. Si las cosas iban a ser así, ella intentaría con toda su alma escapar.
La mano sobrenatural de Charlie fue detenida de alguna manera. No sabía cómo, pero Alastor de alguna loca forma se había transportado a sus espaldas y la había logrado contener.
Era verdad que ella en la tierra no tenía ni siquiera la sombra del poder que tenía como princesa del infierno, pero sabía que un humano normal no podría hacerle frente. Sin embargo, Alastor la tenía sostenida con un brazo rodeándole el cuello y otro en su cintura.
Sintió como algo recorría sus piernas, pegajoso, peligroso…. Cómo un escalofrío que nunca había sentido le recorría su columna vertebral.
Bajó la mirada un poco, notó como es que en el brazo de Alastor empezaban a aparecer unas marcas negras como serpientes que se apoderaban de su piel poco a poco, cómo ésta empezaba a sangrar por aquellas partes negras mientras que aquellas cosas resbalosas y pegajosas continuaban recorriendo sus piernas, empujándola hacia abajo.
—"¡Ak'agthshi ma uhnish, ak'uq shg'cul vwahuhn! H'iwn iggksh Phquathi gag OOU KAAXTH SHUUL!" —La voz de Alastor sonaba como si saliera de una radio con mucha interferencia. La princesa se dio cuenta de que la realidad a su alrededor se doblaba de una manera aterradora y sonidos extraños, susurros provenientes de lo más profundo de la oscuridad, empezaban a levantarse. —"No ME HaGaS vOLveR A uSaR eSTo En COnTrA TuYA, CHArliE." —Unas sombras danzaron frente a ella, cuando la oscuridad la envolvió a ella, obligándola a escuchar aquellas voces.
Al'ksh syq iir awan? Iilth sythn aqev ... aqev ... aqev ..
Charlie no sabía qué significaba aquello, pero tenía miedo. La oscuridad la rodeaba ahora por completo, lo único reconocible era la voz de Alastor susurrando aquellas líneas en un idioma que ella nunca había escuchado.
La sensación de ser arrastrada hacia abajo se hizo cada vez mayor, su corazón temeroso parecía querer salir de su pecho, hasta que, en un grito de terror, su voz se ahogó en la vastedad infinita de la oscuridad del universo.
—"Gag vwah gag yyqzz ez hoz shAth'yar plahf" — Susurró Alastor mientras sostenía a la ahora desmayada princesa contra su pecho, colocando su cabeza sobre la de ella. Sus ojos se habían vuelto rojos y su aspecto había cambiado tanto… que era idéntico a la sombra que controlaba. Tentáculos salían de su cuerpo, con una aparente corrupción en forma de moretones sangrantes en toda su piel.
"No vuelvas a obligarme a hacerte esto, my dear." —Pensó.
Notas de autor:
Me emocioné escribiendo esto.
Alastor usando sus poderes contra una Charlie enojada y débil, demuestra qué tanto poder tiene el anticristo como para orillar a nuestro bambi a usar su trato con los dioses lovecraftianos para contenerla.
O más bien, para que ella no se lastimara a sí misma con su "terquedad".
Ya saben, por algo a Al no le gusta usar mucho esos poderes, como para tener un trato con Lucifer para que lo mantenga a raya.
Y bueno, les dejo la traducción de lo que nuestro lindo y enfermo Alastor le dijo a Charlie.
¡Ak'agthshi ma uhnish, ak'uq shg'cul vwahuhn! H'iwn iggksh Phquathi gag OOU KAAXTH SHUUL! = ¡Nuestros números son infinitos, nuestro poder más allá del cálculo! ¡Todos los que se opongan al Destructor MORIRÁN MIL MUERTES
Al'ksh syq iir awan? Iilth sythn aqev ... aqev ... aqev ... = ¿Es esto real o una ilusión? Te estás volviendo loco ... loco ... loco.
Gag vwah gag yyqzz ez hoz shAth'yar plahf = Todos se ahogarán en el abismo sin luz.
