La furia del ángel


Disclaimer: Los personajes de Hazbin Hotel utilizados para ésta historia pertenecen a Vivziepop. Personas y hechos históricos que se ocupan en pos de la historia han sufrido cambios, y lo que se describe aquí no debe tomarse como cierto.


Alesteir Crowley miró a la joven que descansaba en la cama de quien se supone era el dueño de la casa en la que estaban; a los ojos del anciano, era increíble que la de apariencia frágil chica frente a sus ojos fuese el anticristo. No era por el magnetismo o la fascinación que provocaba en los humanos, si no por su inocencia e ingenuidad.

Él siempre creyó que la figura del hijo de Lucifer sería… diferente. Un imán de carisma, claro, pero también de corazón negro.

Y entonces la conoció.

Ella, contrario a lo que se esperaba, deseaba salvar el alma de los humanos.

Por supuesto, Alesteir Crowley dudó de sus verdaderas intenciones desde el inicio… para darse cuenta de que Charlotte Magne era sincera al final.

Si él compartiera las vivencias con la aparente joven princesa del infierno a los creyentes del anticristo y su iglesia, probablemente lo tomarían como un hereje.

Sin embargo, a pesar de toda esa buena voluntad de la joven rubia, ella estaba atada a continuar con los designios de su padre, si no quería morir.

La noche anterior lo había sorprendido la llamada telefónica de Alastor, y, sobre todo, el hecho de que él le confesó que tuvo que usar ciertos poderes para tranquilizar a Charlotte debido a que tenía prisa por terminar con el asunto de la embajada de Agartha. Fue algo extraordinario escuchar aquello, no la parte de la embajada, si no lo del uso de su contrato con aquellos seres inefables.

Muy pocos brujos sabían de la existencia de aquellos seres, y mucho menos tenían contacto o culto hacia ellos. Les llamaban primigenios, inefables, dioses exteriores… Seres con los que nadie cuerdo querría un trato.

Seres que podían arrastrarte a la locura con sólo un susurro, con algo menos que una vista de reojo. Por ello, Alastor había pedido a Crowley que vigilara a Charlie.

El caníbal reconocía que, a pesar de que sólo la obligó a dormir, la mente de la princesa pudo haber sido tocada; sabía que un solo susurro, una simple visión, podría destrozar incluso a las mentes más lúcidas, pues él lo había vivido constantemente desde sus primeros años.

No obstante, él no podía encargarse del cuidado de Charlie hasta finiquitar todo lo relacionado con lo que había planeado. Aprovechando el clima que se había desatado aquella noche, instó a Crowley para que fungiese como enfermero de la princesa mientras él arreglaba todo.

Y entonces, allí estaba el anciano Crowley, en una casa que guardaba secretos de rituales que él nunca pudo imaginar o si quiera deseaba conocer, a la espera del despertar de la chica que enarbolaba la bandera del anticristo.

Con un libro de culto en la mano y en la otra una taza de té, el viejo miró de reojo a la durmiente desde la comodidad de la silla mecedora que Alastor tenía en la habitación.

El lugar no rebosaba en lujos, pero tenía clase; la personalidad agradable, estilizada e impecable del dueño de la casa era mucho más fuerte en aquel cuarto, lugar donde el propietario tenía a bien ocupar, y es que, aunque el caníbal había preparado una habitación para la princesa, no tuvo más remedio que llevarla a la suya con el apremio de la salida y la situación extraordinaria, pues había quedado agotado mentalmente.

Un gemido angustioso se escuchó desde los labios de la rubia; el anciano colocó la taza de té suavemente en el buró junto a la cama, y observó cómo es que, confundida y con una cara que sólo se podría describir como aterrada, la princesa se despertó abruptamente y agitada.

Su respiración entrecortada reprimió un grito que no pudo nacer debido a la opresión de su pecho. Una senda lacrimosa bajó por sus sonrosadas mejillas y sus labios se comprimieron en un rictus doloroso y confuso, con el temor de la oscuridad que experimentó la noche anterior.

Aún sumida en la niebla de su experiencia pasada, sintió una presencia acercarse a ella, a lo que reaccionó temerosa; ese sello de miedo que le había colocado esa presencia pegajosa, resbalosa, inexplicable... Y era de esperar aquella reacción en la chica.

Crowley sabía que los primigenios eran exactamente lo opuesto de la clase de seres a la que ella y su padre pertenecían, por mucho que ellos fuesen parias expulsados y maldecidos por su mismo creador. Los celestiales y los hijos de los celestiales serían más sensibles a aquello, ese temor a la oscuridad del vacío del que provenían los inefables.

Retrocediendo ante el contacto del anciano Crowley, Charlie aún parecía afectada, a pesar de que el mismo Alastor había colocado atrapasueños y algunos hechizos para un buen sueño. Era de esperarse, realmente, no cualquiera puede mantener la calma luego de experimentar un poco el vacío del universo en sus propias carnes.

Suspiró mientras se alejaba para darle espacio a la chica y así ordenara un poco sus pensamientos. Era demasiado viejo como para lidiar con aquel tipo de cosas, y demasiado joven como para entender la mente de una mitad celestial que había vivido más vidas humanas que las que había en su árbol genealógico.

Sirvió un poco de té relajante en otra taza, esperando a que Charlie despertara de su letargo causado por el shock que había vivido. El líquido humeante fue llevado a las inmediaciones de la chica, que cubierta por una frazada invernal, simplemente tomó aquello con cierta precaución, rayando al temor.

Charlie miró la taza humeante que tomó con ambas manos, el olor de la manzanilla y la flor de tila llegó a su pequeña nariz animaloide. Estaba más tranquila, pero aún se sentía tambaleante y con miedo; sus dedos vibraban al ritmo de su corazón asustado y su respiración pesada fue calmándose poco a poco a fuerza de voluntad. No sabía cómo sentirse al respecto de lo que había ocurrido la noche previa, pero estaba agradecida de que quien le dio el recibimiento fuese el señor Crowley y no Alastor.

Alastor.... —Pensó, mientras un escalofrío recorría su columna. Estaba dolida con él, y también, le tenía miedo. Lo ocurrido la noche anterior no podía ser obra de su padre, ni siquiera sabía que existía algo que hiciese que sus sentidos de supervivencia se activaran de alguna manera, y aquello la afectó más de lo que podía pensar. Y no es que ella no estuviera acostumbrada a la exposición de cosas terroríficas, macabras o inexplicables, siendo princesa del infierno, a pesar de la sobreprotección de sus padres, ella había presenciado situaciones horribles desde temprana edad. Había sido amenazada, violentada e incluso atentaron contra su vida de muchas maneras y en diferentes ocasiones, sin embargo, nunca sintió lo que había sentido la noche anterior.

Un terror paralizante, un miedo incontenible. Un algo inenarrable que la amenazaba desde fuera y dentro de sí misma. Un algo desconocido que la había llevado a los límites del horror.

Y lo peor de todo, es que lo había experimentado gracias a quien había considerado su amigo.

Entonces, ¿cómo debía sentirse al respecto? A parte de traicionada y decepcionada, ella sentía miedo, y por el momento, no quería volver a ver a Alastor hasta que su corazón y mente se tranquilizaran y removiera aquel miedo irracional que aún permanecía intoxicando a su persona.

También, estaba enojada.

Estaba enojada tanto con su padre como con Alastor, y también consigo misma. Se sentía como una total estúpida y crédula. Sabía que su padre intervendría como siempre, pero creyó que la tierra no estaba a su alcance completamente… ¡qué equivocada estaba!

Sus ínfulas de libertad la llenaron de arrogancia, algo que le había costado caro, tanto, que ahora no era más que un ave atrapada en una jaula, como lo había sido en el infierno, simplemente la estructura de la jaula había cambiado.

Se había quedado mirando fijamente el fondo de la taza de té mientras vagaba en lo que ocurriría a continuación, mientras que el señor Crowley le daba su espacio en una silenciosa contemplación a su libro, aunque realmente él era incapaz de leer por el momento.

Por un segundo, la idea de que la mente de la princesa había colapsado por la presencia de los inefables cruzó por la calva cabeza de Crowley; sin embargo, aquella posibilidad se desvaneció cuando ella, luego de un largo rato de mirar la bebida que descansaba entre sus manos, al fin le dio un sorbo.

—"Espero que sea de su agrado, princesa." —Charlie hizo oídos sordos a Crowley, con una cara fatigada y una mirada llena de enfado y molestia. Era de esperarse, Crowley también era un agente de su padre y, por ende, él también era culpable de lo que había pasado, aunque en menor medida.

La princesa guardó un silencio sepulcral, clavando sus ojos dorados en la cara serena de su acompañante, al que, desde aquel momento, denominó mentalmente como su carcelero.

Su ira silenciosa solo aumentó con el tiempo, y harta, al final habló con un tono en el que Crowley nunca la había escuchado.

—"Puede salir de la habitación, ¿por favor?, quiero cambiarme de ropa, al menos otórguenme la libertad de tener mi propio espacio." —Crowley asintió silenciosamente mientras se levantaba para retirarse, con el libro bajo el brazo. Charlie aún tenía la ropa de la noche anterior, aliviada de que Alastor la respetara al menos hasta aquel punto. Sr sentía sucia tanto física como mentalmente y quería tomar un baño.

—"Su ropa limpia está en el sofá de la esquina, la preparé anticipadamente por si lo necesitaba."

La princesa ni siquiera asintió con la cabeza, sólo miró indignada cómo es que el anciano salía de allí, cerrando la puerta tras de sí.

En cuanto el señor Crowley se marchó, Charlie dio manos a la obra a su última idea.

Abrió las cortinas de la recámara en la que la habían dejado. El lugar era ordenado y limpio, sin embargo, se notaba que era algo que no había sido preparado para ella, entonces, pensó que quizá habría alguna cosa que pudiera hacer para escapar. Que quizá el hechizo sólo era válido en algunos lugares o mientras Alastor permanecía en la casa. O que en algunas zonas era menos efectivo, y si era lo último, ella estaba dispuesta a soportar el dolor mientras recobrara la libertad.

Abrió la ventana completamente, y una ola de aire frío entró a la habitación; para comprobar si su teoría era verdadera, sacó una mano, cerrando los ojos y apretando los labios para soportar la ola de dolor que seguramente vendría.

No pasó nada.

Suspiró aliviada, mientras sacaba la cabeza para ver si había alguien vigilando. El paisaje del bosque nevado tras el patio trasero de la casa fue lo único que pudo observar.

Hacía frío, así que antes de aventurarse a salir, fue a buscar algo que la abrigara. Revisando toda la habitación, encontró la puerta del closet, tras la cual había varios abrigos de hombre colgados, seguramente de uso cotidiano. Ella los reconoció, eran de Alastor.

Tomó uno de ellos decididamente, y se lo colocó a prisa. El olor del caníbal estaba impregnado en él, cosa que hizo sentir incómoda a la princesa. Aún no podía reponerse de lo que había pasado, y, sin embargo, sentir la fragancia cotidiana y tranquilizadora de quien hasta el día de ayer había sido un buen amigo, la hizo sentir contrariada.

Sacudió la cabeza para despejar las dudas latentes en ella, una voz interna que le decía que debía darle el beneficio de la réplica. ¿Y qué pasaría si lo hacía? Dudaba mucho que la liberaran así arreglaran las cosas, si es que tenían arreglo.

Caminó entonces hacia la ventana, y cuidadosamente, descendió por entre la estructura, ayudándose de una guía de enredadera seca y gruesa que cubría parte de la casa. Fue un largo trayecto, temerosa a que la descubrieran más que al hecho de caerse.

Lo único que la separaba ahora de la libertad era la barda perimetral de madera, sonriente y con el abrigo negro que le quedaba largo, corrió hacia la verja, la única cosa que se interponía para alcanzar su objetivo.


Alastor regresó a casa un poco más tarde de lo planeado; luego de su pantomima, y las instrucciones que hizo para que el cuerpo de la princesa Charlotte estuviera en óptimo estado, al fin lo habían enviado de vuelta.

Por supuesto, su estabilidad mental no era la mejor, estaba un poco desgastado y lo único que deseaba era dormir un poco, aunque sabía que aquello probablemente sería imposible, con la princesa furiosa revoloteando por toda su casa.

Lo primero que se encontró al ingresar a su casa fue a Alesteir Crowley bebiendo el té como todo un buen inglés, disfrutando de su lectura con unas gafas de montar que parecía tenían bastante aumento.

Se percató de la presencia del caníbal y mirando de reojo, saludó tranquilamente.

—"Imagino que las cosas han ido con calma al encontrarte así, amigo mío." —Respondió mientras se quitaba el abrigo y el sombrero, para luego colocarlos en un perchero de madera.

—"Al contrario, querido Al, todo ha sido un caos…" —Suspiró el hombre mayor. —"Bueno, en dado caso, lo entenderás en cuanto veas a la princesa. Yo, por lo pronto, me retiro. Soy demasiado viejo como para mantener éste ritmo." —Crowley se levantó y recogió sus cosas mientras decía aquello. El rostro de Alastor, aun con la sonrisa eterna, parecía trastornado.

—"Será un día largo nuevamente, entonces." —Respondió un tanto resignado mientras permitía que su invitado se retirara y él empezaba a caminar hacia su destino.

Habían pasado dos horas desde que Charlie había llegado hasta la verja del jardín trasero, había intentado salir, pero unos centímetros antes de llegar a su meta, ella cayó al frio suelo nevado.

Había algo que le impedía avanzar más. Una especie de cadena invisible que la hacía caerse de bruces en cuanto se acercaba a esa pequeña división de madera que determinaba el fin de la jaula y el inicio del mundo libre.

Desesperada, gritó con todas sus fuerzas maldiciendo a Alastor y a su padre, muchas, demasiadas veces. Se dio cuenta cómo es que el señor Crowley la había estado vigilando desde la ventana, probablemente alarmado con sus exclamaciones de furia, y manteniendo la distancia prudentemente.

Estuvo allí por casi media hora, tratando de hacer algo, cualquier cosa para sacarse aquellas cadenas invisibles de sí, cuando vio a lo lejos a un niño, casi adolescente, acercándose desde un camino que atravesaba el bosque y pasaba por el frente de la casa.

Se levantó rápido, casi resbalándose, apremiada para que el niño de la bicicleta pudiese verla. Al frente de su vehículo había una canasta llena de botellas vacías de leche, aquel jovencito apenas regresaba de su ardua tarea laboral de la mañana.

Esperanzada, Charlie gritó a todo pulmón mientras el chico aún estaba un poco alejado, con medio cuerpo sobresaliendo de la cerca de madera, sin embargo, el chico ni siquiera la volteó a mirar.

Pasó frente a ella, tarareando una canción, mientras caminaba lentamente con su bicicleta llena de botellas de vidrio vacías. Ignorando los gritos de auxilio de Charlie, sus súplicas, incluso cuando dijo que un loco la tenía secuestrada, para el niño, Charlie no era siquiera la sombra del aire, ni el silbido de la brisa.

Al inicio, la princesa creyó que el joven la ignoraba por miedo, por su apariencia, o para evitar meterse en problemas, sin embargo, por más que ella gritó, nunca tuvo contacto visual.

Ni siquiera reaccionaba a ella, como si fuera completamente invisible.

Y entonces, se dio cuenta de que algo estaba mal, jodidamente mal.

Corrió hacia el interior de la casa, gritando como loca. Se encontró con el señor Crowley en la cocina, asustado, al verla tan histérica.

—"¡Qué me hicieron! ¡Qué DEMONIOS ME HICIERON!" —Las lágrimas de Charlie empezaron a salir de nuevo, ésta vez, por desesperación, sin saber cómo lidiar exactamente con lo que estaba sucediendo. Le habían arrebatado sus proyectos, su libertad, y ahora, incluso la capacidad de ser vista o escuchada por alguien más que no sea el anciano que tenía frente a ella.

Devastada, se dejó caer al piso, sosteniendo su cabeza entre sus manos, ahogándose en un llanto que sabía, no arreglaría nada, pero que necesitaba para, al menos, desahogarse.

Ni siquiera le importó que Crowley la viese, o que, lentamente, se acercara a ella para consolarla un poco. En realidad, ella necesitaba de aquello, aunque no le gustase la idea.

Se dejó guiar a la recámara en la que había estado previamente, como un mero vegetal, para al final, terminar acostada de nuevo en aquella cama, llena de suciedad y lágrimas secas.

Simplemente, ella era un desastre que se había rendido por el momento, cayendo de nuevo dormida a fuerza de tantas lágrimas derramadas y tanta energía desperdiciada para nada.

—"Ella se encuentra dormida, es mejor que la dejes descansar, aunque, creo que no te gustará lo que verás en cuanto cruces la puerta de tu habitación" —Le advirtió Crowley a Alastor antes de irse del domicilio.

En realidad, Alastor estaba preparado para encontrarse con cualquier cosa, estaba dispuesto a soportar objetos rotos, gritos, intentos de asesinato también, pero, lo que vio en cuanto cruzó la puerta, lo dejó anonadado.

Allí estaba, la princesa, con los ojos hinchados completamente cerrados, durmiendo completamente agotada. Una vista hermosa si no fuese porque ella estaba cubierta de lodo de pies a cabeza. Su precioso cabello dorado estaba apelmazado y enredado, como si fuese una pordiosera, y su límpida piel de las manos estaba llena de arañazos que apenas estaban curándose, sin saber cómo habían llegado allí. Seguramente, autoinflingidos por alguna circunstancia extraña.

No sabía lo que había pasado, pero la imagen que se levantó frente a él, lo llenó de horror.

La pintura lastimera de la princesa, cubierta de barro, lo hizo estremecer de una manera extraña, pero el hecho de que aquello estuviese en su cama, lo hizo temblar, pensando en cómo limpiar lo antes posible.

No iba a negar que aquello tenía cierta belleza, la ironía de lo hermoso de Charlie manchado con la corrupción terrenal, decadente y frívola, no se le pudo presentar tan bien construida ni por el mejor pintor de la década o del siglo mismo.

Se acercó lentamente a la ninfa caída que dormía plácidamente en su lecho; el silencio cálido de la recámara y el conocimiento de que el lugar le pertenecía lo reconfortó, orillándolo a acercarse más. Una mano, su mano masculina de dedos largos semejantes a garras, se posó en la mejilla sucia y profana de la sirena que, de alguna manera, lo había hechizado. Aún guardaba fresco el recuerdo de la sangre cálida en su boca, del aroma del líquido rojizo que lo tentó como nada nunca lo había hecho antes.

Alastor se había resignado al hecho de que aquella sirena lo había obsesionado, deseando lamer las heridas de la joven, se agachó lentamente mientras su mano limpiaba un poco la suciedad del rostro de la durmiente. ¡Oh! Charlie, la princesa atada a un destino inexpugnable, inalcanzable y por ello más tentadora aún.

La sensación de un algo frío recorriendo su mejilla la despertó; el olor de algo conocido, la sensación de alguien querido, que luego fue suplida por el miedo y la desconfianza cuando al fin abrió sus ojos.

Los ojos de la ninfa que hasta hacía unos segundos dormía en su lecho cambiaron de color a un rojizo sangriento. Aquel color le quedaba mucho mejor, a opinión de Alastor; sin embargo, algo dentro de él se cimbró cuando la princesa se alejó temerosa de su tacto. Luego, aquel miedo se transformó en otra cosa… pena, conflicto… enojo.

La mirada de la princesa se había transformado maravillosamente en ira pura, aun estando en un semi estado de transformación.

Charlie se había guardado todo el miedo que la había embargado la noche anterior, lo que ahora le quemaba el cuerpo y el alma era saber lo que Alastor le había hecho.

Alastor la miró fijamente, con su sonrisa tranquila, como si nada hubiese pasado. Aquello chocó a Charlie mucho más, se sintió como si él se estuviese burlando de ella.

—"¿Por qué, Al?" —Dijo al fin la princesa, con un tono de voz bajo e impregnado de tristeza y furia.

—"Tenía que protegerte…" —Respondió como si estuvieran hablando del clima, con esa sonrisa que no se borraba. Antes, a ella le gustaba mucho aquello, pero en éste momento, ella odiaba que él sonriera. Odiaba que, gracias a aquella sonrisa, su conversación no parecía seria, ni siquiera parecía una conversación en realidad.

—"NO. ¿Qué me hiciste, Alastor? ¿Por qué la gente común no puede verme? ¿Por qué? ¡¿No te bastaba con tenerme aquí como en una maldita cárcel?!" —Alastor suspiró; sabía que ella se daría cuenta, pero nunca creyó que lo haría tan rápido.

En efecto, al ver que ella era tan obstinada, cambió un poco la configuración de la zona en la que ella podría moverse en la casa, pero también la hizo invisible para los ojos de la gente sin talento para ver cosas sobrenaturales. Era un seguro para que ella pudiese disfrutar del jardín sin temor a ser descubiertos, y quizá, incluso, permitirse dar un paseo juntos fuera de las paredes de su domicilio.

Lo había hecho, prácticamente, para complacerla al menos un poco en medio de su reclusión, y aunque entendía que aquello no le agradaría en el inicio, algo dentro de él se sintió ofendido cuando ella no supo ver que lo había hecho para su beneficio.

—"Es sólo un seguro." —Respondió secamente, acercándose a ella como un depredador a su presa, subiendo gran parte de su cuerpo al lecho. Orillada entre la cama y la pared, Charlie fue obligada por la mano de Alastor a mirarlo a la cara. Sus dedos apresaban el mentón de la joven, estando frente a frente y a escasos centímetros de distancia; Charlie, furiosa, no se había dado cuenta, pero el caníbal se percató de que ambos podían sentir las respiraciones uno del otro. El aliento suave y dulce de Charlie le hizo recordar a Alastor su deslíz, y la situación, no hizo más que acrecentar su deseo de probarla. Beber aquella sangre, pensó, valdría la pena.

Una voz susurrante llegó a sus oídos, incitándolo a hacerlo, pidiéndole que la tomara ahora, que la profanara, que un mero celestial caído no era nada comparado a un primigenio. Entonces se dio cuenta de que su intoxicación aunada al cansancio físico de no haber dormido por poco más de dos días le estaba pasando factura.

Los susurros siempre estaban ahí, suaves e insistentes, dispuestos a tomar un momento cualquiera donde tuviese la guardia baja para levantarse en el mar de sus pensamientos propios, y ahora, los susurros se hacían más fuertes con cada hora y minuto que su estabilidad mental mermaba.

Empujó aquellas voces a lo más profundo de sí mismo, obligándose a retroceder un poco en cuanto al contacto con la princesa.

—"Estás atrapada conmigo, my dear. Ni siquiera un tipo mediocre como el señor Wirth podría verte. Es mejor que lo tomes con calma, ¿de acuerdo?"

La princesa no respondió. Se negaba a hacerlo. Estaba completamente consciente de que su situación no era la mejor, de hecho, la desventaja que tenía era abrumadora, pero quería al menos conservar su dignidad. Además, aunque su claro enojo no resolvería nada, necesitaba desahogarse.

Por el momento, optó por ignorarlo. Cansada de pelear, resignada hasta cierto punto por la batalla perdida. Con la cabeza un poco más fría que cuando despertó por primera vez, pensó que quizá podría llegar a un acuerdo. O quizá, con un poco de paciencia, ella podría descubrir cómo arreglar todo y escapar.

Paciencia y esperanza era lo único que le quedaba por el momento.

Molesta, se cubrió de nuevo con las sábanas sucias que ella misma había manchado, dando la espalda a su anfitrión.

—"Déjame sola."

Alastor sabía que ella no lo estaba observado, pero, aun así, se inclinó ante Charlie como un mayordomo lo haría. Era una costumbre que había adquirido en el poco tiempo que habían convivido juntos, y que le parecía natural.

—"Hay mantas limpias en el clóset, si te apetece. Si necesitas algo, no dudes en llamar."

—"Vete." —Fue lo único que ella respondió; en verdad, Alastor creyó que la situación podría haber sido peor, aunque parecía ser que lo crítico lo había experimentado el señor Crowley. Más tarde, luego de descansar un poco, llamaría por teléfono a su socio para preguntar lo que había pasado en su ausencia.

Ahora, lo único que Alastor deseaba era dormir para amainar un poco las molestas voces que empezaban a zumbar cada vez más fuerte en su cabeza. Agradecía que la casa tuviese más de una recámara extra para huéspedes y así no tener que preocuparse en dormir en la sala o en algún otro incómodo lugar.

Antes de irse a descansar, su sombra llegó hacia él.

—"Vigílala mientras duermo, si es necesario, despiértame." —La sombra asintió con su cabeza de rasgos animales mientras Alastor se desvestía; debido a que toda su ropa se encontraba en su recámara, que ahora ocupaba la princesa de manera provisional, tuvo que usar una bata destinada al uso de invitados, sin un pijama bajo ésta.

Se recostó en la cama, reprimiendo las voces que le pedían culminar con el deseo sangriento que tenía por la princesa del infierno. Esperaba que aquella locura naciente se desvaneciera por completo, aunque lo dudaba. Alastor sabía que su necesidad no había nacido desde los susurros, ni desde su conexión al vacío, si no con certeza, reconocía que había algo más.

El canto de su madre inundó sus pensamientos, con recuerdos dulces para calmar los susurros. Sí, pensó, quizá eran esas similitudes que lo habían atrapado un poco. Simplemente, tenía que empujar esas voces lejos, y terminar el trato.


Notas de autor:

Dios, esto fue tremendamente complicado. Desde la reacción de Charlie, el diálogo con Alastor, los pequeños guiños a Lovecraft y ese amor obsesivo de Al hacia su madre que hizo que Charlie le llamara la atención.

No sé, estoy escribiendo cosas raras y me gusta.

¡Gracias por leer! Sus comentarios son muy apreciados y también, es un honor que me acompañen en este viaje del AU que escribo.