Una sombra oculta en la oscuridad


Disclaimer: Los personajes de Hazbin Hotel utilizados para ésta historia pertenecen a Vivziepop. Personas y hechos históricos que se ocupan en pos de la historia han sufrido cambios, y lo que se describe aquí no debe tomarse como cierto.


Blanco puro, cielo azul, un frío gélido bajo cero. Los humanos no habían llegado aún a esa zona de la tierra, la zona que habían utilizado durante milenios para el tipo de asuntos como el que se debería tratar ahora. Un lugar inhabitable, donde los vestigios del edén que en algún momento había estado en él, desaparecieron.

Miguel extendió sus alas blancas en toda su envergadura; su cabello y ojos dorados, contrastaron con el blanco puro que parecía querer tragarlo en una mimetización casi perfecta. Una ligera nevada empezó a caer, sin embargo, la piel del ángel no se humedeció. Con los copos de nieve, una ola de plumas emanó del cielo, alas extendidas se escucharon, el rugir de un ejército angelical que venía en comitiva junto a su líder.

Los ojos dorados del arcángel se posaron en el horizonte frente a él; había dudado sobre si llevar toda aquella demostración, ya que su hermano, a pesar de su rebeldía, había encontrado su lugar en el plan del creador. No obstante, se trataba de Lucifer, alguien en quien normalmente uno no confiaría, no si no existía un contrato de por medio.

El resonar de la tierra, el eco de algo que parecía estremecerse bajo sus pies, se escuchó en aquel llano de hielo. El único punto de la tierra en el que Lucifer podía aparecerse con su cuerpo real se desquebrajó, haciendo que los ángeles levantaran sus pies del suelo y empezaran a flotar a menos de un metro de altura. La armadura plateada y blanca del escuadrón de ángeles brilló en dorado por el reflejo del fuego que el gobernante del infierno había traído consigo. En pocos segundos, la lava, el fuego, lo rojo que había aparecido como si un volcán hubiese nacido de pronto en aquellas inhóspitas tierras, se desvaneció, dejando tras de sí una figura pequeña acompañada de otras dos, un poco más altas.

Los tres representantes del infierno, con sus rostros de muñeca, sonrieron ante la comitiva que les esperaba. Lucifer en especial; sus labios torcidos en una mueca burlona, sus ojos despectivos, estaban fijos en su hermano menor, Miguel.

Los otros dos eran Satanás y Beelzebub. Ambos, tal y como los recordaba; Satanás con aquella mirada fiera que lo había caracterizado desde antes de la caída y su corpulento cuerpo, vestido lascivamente, negando todo lo que había sido antes, con una de sus alas negras roída hasta los huesos debido a su acto culminante de rebeldía cuando trató de arrancarlas. Se había dejado crecer el cabello dorado con tonos rojizos, tan largo que casi llegaba al piso, su cara de muñeca estaba manchada con una mueca clara de disgusto.

Beelzebub, por otro lado, con su expresión aburrida y su cabello corto y verdoso cubriendo uno de sus ojos, suspiró quedamente. Parecía no interesarle nada más que el cielo azul despejado de la Antártida; Miguel no lo había visto en siglos, pero su aspecto frágil se había conservado, y su carácter perezoso y afeminado continuaban en su lugar como siempre. Sus alas no se podían ver, las había ocultado deliberadamente, como si le avergonzara, aunque en realidad, Miguel estaba seguro que lo hacía por pereza.

Lucifer tampoco había extendido sus alas, vestido elegantemente como le gustaba, simulando la moda de los humanos, su vanidad y el desprecio al creador seguramente le impedían usarlas, o quizá, el reciente desequilibrio en los reinos también había hecho estragos al poder de su hermano rebelde.

Desde hacía algún tiempo, muchas almas se habían perdido antes siquiera de ser juzgadas, y aunque no era extraño que una o dos se perdieran debido a la aún existencia durmiente de ciertos entes no deseados en el universo y sus molestos acólitos, lo de ésta ocasión era realmente grave. Sobre todo, porque la mortandad en la tierra empezaba a crecer exponencialmente.

También, había un rumor, algo que se había extendido entre los ángeles que se encargaban de cosechar las almas humanas, y es que una presencia parecida a la de Lucifer se encontraba en la tierra; no había profundizado mucho en la investigación, cuando aquella presencia desapareció. Miguel había llegado a la conclusión de que, muy probablemente, algún esbirro cercano, o incluso su hermano rebelde mismo, había tenido que hacer algunas cosas no permitidas en el mundo humano, así que no le tomó importancia, hasta que empezó a sentir los estragos de las anormalidades.

—"¡Un gusto verte, hermano!" —Con su irónica sonrisa, Lucifer saludó a Miguel, ladeando la cabeza y extendiendo las manos; Beelzebub simplemente los observó con ese rostro lleno de desinterés que lo caracterizaba. Incluso soltó un bostezo. Por otro lado, la actitud hostil de Satanás no cambió, manteniendo su mano derecha en su arma enfundada, listo para atacar en cualquier momento.

—"Desgraciadamente, no puedo decir lo mismo…" —Respondió el arcángel; bajó lentamente al piso, con sus alas blancas contrayéndose en cuanto lo hizo. Los ángeles tras de él, guardando distancia, se dignaron a observar simplemente, a la espera de lo que debía determinarse en ésta reunión excepcional de parte de ambos bandos. —"No has cambiado nada desde la última vez que te vi."

—"Tampoco tú, hermanito." —Satanás bufó una risa poco discreta ante el tono condescendiente de Lucifer, como si recordara cosas que a Miguel no le agradarían, y en efecto, algunos viejos momentos de convivencia entre hermanos habían llegado hasta él. Miguel lo observó severamente, como si pidiera que se callara, aunque no le hizo caso. No estaban obligados a obedecerlos, y aquella reunión había sido simplemente porque las cosas en todos los reinos se estaban descontrolando y necesitaban la información que todas las partes involucradas tenían a la mano. —"Debo decir que me fue sorpresiva tu solicitud de audiencia…"

—"Juraría que estabas enterado del por qué, querido Luci, desde que nos enteramos que había un rastro tuyo paseándose por el mundo humano." —El aludido caminó hacia Miguel, quien se quedó plantado en su lugar, observando fijamente. Las lanzas de los ángeles en el cielo se apuntaron, aunque no serían arrojadas, no sin la señal de Miguel; siendo Lucifer el carcelero del infierno, se le habían otorgado libertades sobre su poder, cosa que, aunque no era conveniente para los otros celestiales, era necesario para controlar el lugar de eterno castigo y mantener el orden entre su séquito de caídos. Así pues, Lucifer tenía el poder para aplastar a Miguel en solitario, y quizá incluso a un escuadrón entero de ángeles exterminadores, no obstante, había maneras de reducirlo como las lanzas especiales que llevaban consigo si es que la reunión se salía de control.

—"Oh… Por supuesto, estoy enterado de todo el desorden que hay últimamente; las almas, sus preciadas almas se están esfumando sin rastro alguno. Quién lo diría, ¿no? Mientras nosotros nos pudrimos en la bandada de pecadores que llegan por miles y apenas teniendo un respiro en éstos milenios, ustedes, pequeñas basuras, se alarman por unas pocas que se desvanecieron." —El bastón de la gran traición apareció, dando vueltas en la mano de su dueño; Miguel observó como aquel aditamento maldito giró hasta que cayó al piso, sirviendo de apoyo a quien lo manejaba.

—"Esto es serio."

—"Y hablo en serio. ¿Qué importa a dónde se fueron? Sabes muy bien, hermano, que esas almas sólo pudieron irse a un lado, y que su despertar es inminente. ¿Tienes miedo, Miguel? Los durmientes siempre han estado ahí, al acecho, sin importarles si su precioso plan se ha llevado a cabo o no, a la espera de volver. ¿Qué más da si se apoderan de la tierra? El creador de todos modos la va a desechar tarde o temprano, como su bonito jardín artificial."

Miguel entrecerró los ojos, sintiendo ira por lo que acababa de decir su hermano mayor.

—"No voy a permitir que…"

—"¿Que insulte a tu creador? Ja." —El bastón de la traición fue llevado hacia el rostro de Miguel, apuntándole acusadoramente; los ángeles presentes se prepararon para el ataque, no obstante, el líder los contuvo con un gesto de su mano. Lucifer estaba un poco molesto, en parte porque ellos se estaban entrometiendo en algo que no les importaba, en segundo lugar, por su hipocresía. —"Me vas a hacer reír, hermano, pues no entiendo el por qué tu preocupación, si de todas maneras tu escuadrón de exterminadores se encarga activamente de enviar almas al vacío cada año." —Los señaló, como si de un presentador se tratara.

—"Almas de pecadores, de monstruos que no merecen otra cosa más que ser eliminados." —Miguel estaba llegando a su límite de paciencia, si no iba a ser escuchado, pensó que lo mejor era dejar el asunto.

—"¿Pecadores?" —Escupió Satanás. Él, como el primer rebelde al enamorarse de los humanos que vivían fuera del edén, antes de la caída de Lucifer, quien llevó a otros de sus hermanos a cohabitar con hombres y mujeres y les enseñó el arte del maquillaje, la ciencia y la orfebrería, estaba inundado en ira. Los que deseaban ser libres de amar a los humanos que su creador no había hecho. —"El único pecado aquí es obligarlos a seguir unas reglas estúpidas aún si su vida es una mierda completa. Los castigas en la tierra si no tienen fe en tu creador, incluso si la tienen; los castigas luego de morir simplemente porque no creen en las palabras tiránicas de nuestro padre. ¿Quién es más pecador entonces?"

Miguel, furioso, sacó su espada divina; su cabello rizado y dorado resplandeció en color naranja debido al resplandor de su espada. Satanás también habría hecho lo mismo, excepto que Lucifer intervino. El bastón de la discordia se interpuso entre los hermanos, quienes lo miraron hirvientes en su propio enojo uno contra el otro.

—"No hay que entrar en discordia, hermanos, aunque no negaré que me resulta divertido. Terminemos este aburrido asunto de una vez, antes de que inicie el nuevo siglo." —Lucifer empujó un poco a Satanás a un lado, mientras que Miguel enfundó su arma. Luego, Satanás hizo lo propio; por más que odiara el hecho de tener que retractarse o si quiera ser pacificado, Satanás respetaba a Lucifer, no sólo por su rango y poder, si no por su historia en general. De los nobles del inframundo, él y Beelzebub eran los únicos que habían conocido un poco del desarrollo de los acontecimientos.

—"Como decía, hay una alarmante pérdida de almas humanas y necesitamos comprobar que los durmientes no tengan nada que ver…"

—"Hice alguna investigación, si es a lo que quieres llegar, pero no encontré nada. ¿Ustedes tuvieron más suerte?" —Lucifer preguntó a Beelzebub y Satanás. Ambos negaron con la cabeza.

—"Si esto continúa, el universo puede colapsar poco a poco. Necesitamos recabar información. Si saben de algo, por favor, háganoslo saber." —Los ángeles empezaron a desvanecerse mientras Lucifer sonreía para sí. Por supuesto, él lo sabía, sabía muy bien lo que sucedería si Charlie no regresaba al infierno pronto.

Y no le podía importar menos lo que sucediera con la tierra, el cielo y todo eso, por supuesto que quería a su manzanita de vuelta, pero de manera segura.

—"Tarde o temprano se darán cuenta." —Habló por fin Beelzebub; sus manos temblorosas debido a la inestabilidad de su propio poder lo hacían parecer más nervioso de lo común.

—"¿Qué importa?" —Respondió Satanás, aún molesto. —"Esto es asunto entre los humanos y nosotros, si ellos intervienen, los mataré."

—"Entiendo que ellos tengan miedo, Satanás, y ese miedo es nuestra mejor arma. Ellos no quieren a los durmientes de vuelta, en lo personal, yo tampoco, pero unos cuantos millones de almas no los liberarán tan fácil como lo quieren hacer ver." —Lucifer miró su bastón, rasgando la realidad con él, abrió un portal hacia su reino. —"No mientras mi preciada hija no lo decida. Como el anticristo, ella es la llave, y es por eso que debemos traerla de regreso a casa."

El trio de ángeles caídos asintieron. Antes de irse, Lucifer miró el páramo blanco y desolado, justo en el centro de la Antártida. Allí, hace milenios, se había enamorado de Lilith; el lugar le trajo recuerdos amargos, pero también bellos, aquella zona que era la única que podía pisar en la tierra con su cuerpo real, sin afectar el mundo humano, tal y como se lo había permitido el tirano al que alguna vez llamó Padre.


Klaus Barbie miró el cuerpo inerte del sujeto sospechoso con asco; lo único reconocible que había quedado de aquel ser humano era su cabeza, la parte que el procesador industrial de madera no había tocado.

El trabajo había sido hecho con cautela, durante la noche del mismo día en el que el atentado se había gestado; la fábrica de muebles en quiebra que se había utilizado para el acto pertenecía a Hector Sazkard, un judío al que se le habían incautado los bienes un año atrás. Nada más que arrojara la luz sobre la verdad y quién había contratado al sospechoso.

Por supuesto, se encontraron cosas interesantes en los restos de su cuerpo y el domicilio que ocupaba; armas ilegales, cartas que lo ligaban a figuras públicas socialistas de otros países, un contacto en su red de documentación falsificada… Había mucha mierda tras de él, no obstante, cualquier cosa que lo ligara al atentado de la princesa de Agartha había desaparecido salvo el arma y una ficha de objetivo.

El hombre que había encontrado el cadáver, asustado, temblaba en el fondo de la fábrica, en una zona que había fungido de oficina en algún momento del pasado. Las manchas de vómito cercanas al cadáver decían bastante ya de su estado; uno de sus subordinados le había ofrecido un trago para calmarlo. La licorera fue levantada con avidez, como si con ello, el mal recuerdo pudiese esfumarse. Klaus entonces se acercó al grupo.

El testigo, Erwin Althaus, sentado en un pedazo viejo de madera, despegó sus labios de la licorera al fin y bajó la cabeza, devolviendo el contenedor; su cabeza salpicada de blanco y con alopecia sudaba a pesar de hacer frío. El sombrero de estambre se paseaba entre sus manos, cuyos guantes sin puntas en los dedos parecían mucho más viejos que él.

Estaba sollozando; la figura del hombre triturado lo había llevado de nuevo a sus recuerdos de la guerra, le trajo el sinsabor de sus memorias donde sus compañeros, molidos por el mortero, exhalaban su último aliento. Klaus lo entendía un poco, su padre había sido uno de aquellos miembros del ejército en la Gran Guerra, la pesadez de su mano hosca se posó en el hombro del viejo. Erwin, entonces, subió la cabeza.

Su rostro arrugado lleno de lágrimas le dijo más de lo que podía preguntar, una cara así no sería el culpable, no en ésta ocasión. El asesinato se había hecho con tal sadismo y tal crueldad, que costaba trabajo creer que un humano normal lo había hecho.

—"¿Se encuentra mejor?" —La voz de Klaus, áspera, trató de sonar amable. El anciano simplemente asintió; Erwin sabía que la Gestapo no se ocuparía de aquel tipo de cosas si no fuese algo importante, y no quería nada que ver con ellos. Ya tenía suficiente con el horror que había presenciado, trató de poner en orden sus ideas antes de que empezara el interrogatorio.

El inspector Emile Böhm sacó su libreta de notas, listo para hacer su trabajo. Klaus simplemente se quedó a escuchar. Era la primera vez que como jefe de área visitaba una escena del crimen, debido a que lo había tomado como un favor personal. Albert Maillet le había pedido encarecidamente que lo ayudara a resolver el asunto. No fue fácil, los testigos y los involucrados fueron duros en el interrogatorio, incluso se tuvieron que usar medidas extremas para sacar la verdad de sus bocas.

—"¿A qué hora encontró el cuerpo, señor Althaus?" —Emile preguntó cordialmente. Por supuesto, esto era un interrogatorio oficial, pero el hombre que tenía frente a él era un veterano, y le debía respeto.

—"Salí de casa cerca de las ocho de la mañana, y es cerca de una hora de camino."

—"¿Qué asuntos lo trajeron hasta aquí?"

—"Como sabe, los veteranos no tenemos una pensión lo bastante buena. La fábrica, aún abandonada, tiene madera cortada y fácil de transportar, y el invierno es crudo y frío. El vigilante es un viejo amigo mío que éstos últimos meses se encuentra enfermo, así que me ha dado permiso de venir por la madera con la condición de revisar que todo se encuentre bien."

El vigilante de la fábrica, de quien hablaba el señor Althaus, era otro veterano de guerra que había perdido una pierna. Debido al invierno él había solicitado al departamento de incautaciones que enviaran a un ayudante, sin embargo, aquello no había tenido respuesta, así que lo solucionó como pudo.

Klaus decidió que había escuchado suficiente, volviendo hacia los encargados de levantar los restos. La máquina, aún funcional, tuvo que ser desmantelada con cuidado, para sacar de entre las cuchillas las partes del cuerpo y la ropa que se habían atorado en ellas.

Curioso, Klaus Barbie miró la escena. Había algo allí que hacía que su sexto sentido se encendiera; entre la sangre, los pedazos de carne molida sanguinolenta y la tela retorcida, había algo brillante.

Sacó el pañuelo de su bolsillo, y acercándose con cuidado, sacó de entre la carne aquel objeto. Parecía una especie de amuleto extraño, lleno de sangre y restos, no se podía ver a detalle. Lo limpió un poco, esperando a que así se notara mejor el diseño; aquello parecía algo no nacional, hecho de cuero tratado. Era una bolsita con algunas inscripciones, y algo dentro, parecía que tenía que ver con el área en el que Albert Maillet estaba profundamente empapado.

Lo guardó, a la espera de un análisis por el experto que él conocía. Sabía que, debido a la naturaleza de la princesa de Agartha, quizá aquello tenía que ver. No estaba muy versado en el ocultismo, ni en ese tipo de cosas sobrenaturales, incluso hubo un tiempo en el que no creía en esas cosas, no obstante, los últimos tiempos lo habían hecho cambiar de opinión.


Las mecedoras parecían ser uno de los objetos de descanso favoritos del dueño de la casa. Había varias de ellas en casi todas las zonas, incluso en las recámaras; por supuesto, eran cómodas y te invitaban a cerrar los ojos y hundirte en la relajación.

Charlie personalmente las encontraba encantadoras, sobre todo la que se encontraba en la terraza techada de la segunda planta. Aquel lugar, ella lo había hecho su lugar favorito. Era una manera de poder salir al exterior y ver lo que sucedía en el mundo, o al menos, en un pedazo de él. Aquella mañana, el cielo estaba limpio y el bosque silencioso parecía más frío y misterioso que de costumbre.

Dazzle se encontraba reposando sobre el regazo de su ama, como un gatito. El chal tejido que reposaba en los hombros de Charlie la hizo adormilarse un poco; el sonido lejano de las aves parecía arrullarla, todo estaba tan silencioso y tranquilo…

De pronto, su corazón dio un vuelco. Abrió los ojos, como si sintiera que algo la estaba observando a la lejanía; Dazzle se removió, mientras que Charlie buscó con la mirada, un tanto alarmada. La sensación de ser espiada continuó, era extraña y caótica, y la hacía sentir de una manera extraña, como cuando la pelea que tuvo con Alastor. Entonces, más allá de la vereda que iba hacia el bosque, entre los árboles, pudo ver una figura, algo sombrío que le hizo tener escalofríos.

Unos ojos la observaban fijamente, un cuerpo extraño que parecía alargado y extraño, sin una forma determinada, pero tenía manos y ojos, sin otra cosa visible más.

Charlie sintió como algo indeterminado caía en su estómago, y nerviosa, tomó a Dazzle y entró a la casa rápidamente. Ella aún sentía la mirada de aquella sombra en la espalda, y abrazando a Dazzle, se encerró en la habitación de Alastor que anteriormente había ocupado. Se sentía más segura allí, no sabía el por qué.

Otra sombra, una reconocible, se apareció frente a ella. La sombra de Alastor la había visto entrar a la casa apresuradamente, asustada, y entrar a la habitación de su amo; la encontró recostada en la cama, boca abajo, con Dazzle a su lado, tratando de reconfortarla. La sombra no sabía exactamente qué es lo que había ocurrido, sin embargo, sabía que había sido lo suficientemente grave como para que ella se viera tan agitada.

Charlie, aun afectada, no podía quitarse la imagen de la cabeza. Lo que le había aterrado no era la sombra en realidad, ni la sensación de pesadez al verla, era ese mensaje silencioso que le transmitía. Un mensaje ominoso sin palabras.

Sintió una presencia cotidiana, así que levantó su cara; la sombra de Alastor, sonriente y con sus rasgos animaloides, estaba frente a ella, inclinada lo suficiente como para que su rostro oscuro estuviese a la altura del de ella. Charlie extendió su mano, tratando de tocar aquella cosa parecida al humo, aunque no lo logró, pues la sombra era incorpórea.

—"¿Puedes traer a Al, por favor?"


Notas de Autor:

Y aquí, señores, empieza el nuevo arco. Tristemente, no apareció Alastor en éste capítulo, pero en el siguiente, tendremos mucho de la OTP.

3 Amo sus comentarios, y por este medio, quiero agradecer a los que apoyan tanto éste como otros proyectos. Los amo. Y gracias también a quien me ha enviado fanarts tanto de éste fic como del de Beautiful consequences.