Como padre, como hijo
Alastor ya había estado en aquel lugar mucho tiempo atrás; las paredes negras, los pilares corruptos, los estandartes del reino del caos levantándose en las edificaciones pintadas con la sangre de los dioses… todo aquello era tan familiar para él como ahora lo era el rostro de Charlie.
—"Fssh qam ak'agathShi Fssh qam h'iwn..." —Un ser extraño que parecía un hongo lo saludó; sus cincuenta ojos, que observaban para todas las direcciones, se fijaron en él, y sus labios de una boca que parecía la de un pez, se curvaron en una sonrisa que dejó ver unos dientes afilados como los de un tiburón. El hombre-hongo, el cual Alastor reconocía como Norgath, parecía flotar, pues no tenía pies y de su tronco sobresalían cuatro extremidades semejantes a tentáculos, torcidos en varias direcciones.
—"Fssh qam ak'agathShi Fssh qam h'iwn" —Respondió en Aklo solemnemente; el aire y la sensación de pesadez y locura del recinto empezó a afectarle, supo que su símbolo de caos reptante no sólo se había aparecido, su transformación, en aquel lugar, era completa. El caníbal, convertido en un wendigo de pelaje rojo y astas prominentes, se había dado cuenta para entonces que lo habían llevado para un propósito: ver a su padre.
Su altura era mayor a la de un humano común; en aquel estado, Alastor podía usar a su antojo los poderes que su padre le había confiado, como uno de sus avatares. Sus manos humanas se habían transformado en garras afiladas, sus pies cubiertos de pelaje hasta llegar a sus pezuñas, anchas y duras, como las de un minotauro. Ese mundo, el reino oscuro y corrupto de Shath'Yar, su parte humana empezaba a dormitar, arrastrándolo a su más oscura personalidad, la parte intoxicada por la influencia de los primigenios.
—"Gloria, Oscuridad Devoradora del supremo, Alastor, hijo del caos." —Los ojos del hombre-hongo Norgath empezaron a moverse caóticamente y mirar a todos lados, como si esperara algo que nunca iba a llegar; no iba a negar que haberse encontrado en aquel lugar, de esa manera, hacía sentir disgustado a Alastor. Molesto, tomó a Norgath entre sus manos y lo arrojó hacia el camino que lo llevaría a la cámara de oración al supremo.
Norgath chocó contra uno de los tumores rojizos incrustados en el suelo. Una parte semitransparente se manchó con las esporas de aquel que había sido arrojado, empañando la vista que se tenía de lo que había dentro. Allí, en los tumores afilados uno a uno por el corredor que llevaba a la cámara de oración, estaban los hermanos durmientes de Alastor. Seres no nacidos que esperaban el momento en el que humanos, no humanos, animaloides o cosas de otros planetas hicieran lo mismo que su tío había hecho con él.
Uno de esos fetos extraños abrió los ojos, lo miró con detenimiento. Un niño que acababa de ser enviado por una súplica en un mundo distante, para ocupar el alma de un avatar del caos reptante. Alastor estiró la mano, incrustando las garras en la esfera viscosa que contenía al feto.
El líquido semitransparente de color rosado que salió por la abertura que el caníbal creó, se volvió rojo sangre cuando tocó el viento. Alastor, sonriente, introdujo su brazo hasta alcanzar al ser que estaba incubándose en aquella tumoración.
Norgath, al ver aquello, se estremeció, haciendo un ruido extraño que parecía un grito lastimero de un animal herido; no obstante, ningún grito y ningún ser se atrevió a detener al wendigo de pelaje rojo y astas afiladas.
Sacó su brazo, impregnado de la sustancia roja como la sangre, sosteniendo a la criatura no nacida; ignorando la presencia de Norgath y sus temblores nerviosos ante la escena que había presenciado, se dirigió hacia la cámara de oración aún con el ser en sus garras.
La cámara de oración parecía el interior de un animal, con paredes hechas de carne viva; tentáculos y estomas dentadas sobresalían de éstas, y algunos ojos empezaron a aparecer.
En el centro, una masa informe y negra, aberrante, se encontraba. Disforme con miles de ojos, miles de bocas, pareció comprimirse. Era uno de los avatares originales del caos reptante, el ser al que sólo con verle, te hace caer en la locura. Simbología aklana brilló en la cámara en un tono rojizo enfermo.
La masa informe se volvió humo, como la sombra de Alastor lo hacía continuamente. Poco a poco, ese humo se arremolinó en una bola informe, y luego, en una figura reconocible como algo humano.
Mientras observaba la transformación, Alastor acercó al feto del no nacido a sus fauces. Sus labios curvados en una sonrisa insana, adornados por dientes amarillentos y afilados, se acercaron al cuello de la criatura que sostenía entre sus manos.
Una visión saturnina sobre un Alastor devorando a su propio hermano fue dada; la sensación de la sangre primigenia, viscosa, se difundió por sus pupilas gustativas, inundándolo de un poder sobrecogedor que reconocía bastante bien. El trozo de carne suave y viscosa como la de un pescado crudo fue masticado repetidas veces, haciendo que el jugo de la misma manara por las comisuras de las fauces del caníbal; la sangre goteante del ser no nacido se esparció por el piso hecho de carne, cuando el humo humanoide llegó hasta el wendigo, consolidándose en una imagen completamente humana de un hombre de tez morena y aspecto egipcio.
Sus ojos dorados, divertidos ante la imagen de su hijo devorando a uno de sus hermanos, se fijaron en él. Alastor le sonrió de vuelta, con los dientes manchados de sangre, luego de tragar el bocado que había tomado en su presencia.
—"Padre." —Le dijo, con un tono amable y efusivo, eufórico quizá por la carne que acababa de devorar.
El hombre egipcio, el caos reptante personificado, tocó el hombro de Alastor; su cráneo afeitado, decorado con un tocado extraño, sus ropas que recordaban a la dinastía antigua que solía vivir en las orillas del Nilo en la tierra, épocas pasadas donde el caos reptante podía ir y venir entre los humanos, antes de que el dios arcano que había hecho la guerra entre él y los primigenios hiciera dormitar a la mayoría de éstos últimos.
—"Te has adelantado a otros, Alastor." —La voz envolvente y susurrante del dios del caos reptante era seductora, como una brisa marina en un día caluroso, te incitaba a seguirla. —"Escucho susurros de mis hermanos, no están felices…" —El dios, el padre, rodeó a su hijo, dándole una vuelta completa mientras hablaba, observando la hermosa transformación que ahora tenía. Alastor había estado allí cuando no era más que un no nacido, como la criatura que sostenía en sus garras y que había consumido. Desde entonces, en cuando sentía la presencia de otro como él, se presentaba a comer a cada uno de sus hermanos, eliminando los futuros competidores. Un hijo casi perfecto, a excepción por su férreo deseo de conservar una parte, ínfima pero existente, de su humanidad.
—"¿Me llamaste sólo para eso? ¡Ja!" —Una risa empapada de locura, suave pero aterradora, se levantó de los labios del wendigo. El dios del caos reptante negó con la cabeza lenta y delicadamente.
—"Conseguiste a la mitad celestial antes que nadie, es un logro superior que estoy reconociendo. Sin embargo, no se quedará así. Los otros la desean… lo sabes, tú sientes el mismo impulso…" —El padre de Alastor tomó la barbilla de su hijo, como si lo amara de verdad. —"Ellos no son tan benevolentes como yo, sin importar su aversión por la parte celestial de la perra del Megido, mis hermanos la preñarán. La esclavizarán y consumirán su alma y su carne, volviéndose uno con ella. La amarán como sólo nosotros amamos."
—"Ella es mía. La he reclamado como mía." —La mirada de odio del wendigo se fijó en los ojos dorados de su padre; su sonrisa, imperecedera, era idéntica a la del otro, torcida y enferma.
—"Aún no la has reclamado de verdad. Aún no la has amado como lo hacemos. Ellos te la arrebatarán inmediatamente que encuentren la oportunidad. Lo sabes. Ni su padre, ni su creador, puede evitarlo. Es su destino."
—"No." —Respondió en un susurro. El wendigo, entonces, tomó la muñeca de su padre, alejándola de sí. —"No lo voy a permitir."
—"Es lo mismo que pasó con tu madre, pequeño retoño. No permitiste que la amara, no te permitiste amarla más allá de tu forma humana, y la dejaste a manos del tirano celestial. No tienes más opción que hacerlo a nuestro modo… o en dado caso, aún puedes conservarla, sólo necesitas una simple cosa: un niño, Alastor. Un heraldo para nuestro despertar inminente… Si lo obtienes, me encargaré de que nadie la toque, ni siquiera yo, te liberaré de la locura y te daré el uso pleno de tu poder; tan sólo, entrégame a mi heraldo prometido, al desencadenante para el nuevo despertar, el rey del nuevo mundo…"
Una sacudida cimbró su columna vertebral cuando el dios del caos reptante, luego de sus palabras, tocó su pecho. Sintió como fue arrastrado al mundo humano nuevamente, como la oscuridad del universo se arremolinaba en su visión, sumiéndolo en un viaje interminable que culminó en la suavidad de las sábanas de una cama conocida, con un cuerpo cálido a su lado, una respiración rítmica y suave, el olor claro y profundo de flores sagradas mezclado con el sudor y los fluidos corporales de la noche anterior, dulzón y salado. El sol de la mañana se colaba por las cortinas claras y femeninas de la habitación, y el bulto cálido a su lado se removió un poco.
En la cabeza de Alastor, la última petición de su padre, que era más una orden que lo primero, resonó en su cabeza. Se incorporó lenta y suavemente, tratando de no despertar a la rubia durmiente a su lado; no quería molestarla, y tampoco quería ser interrumpido mientras pensaba en lo que pasaría a continuación. Luego de su aventura con ella la noche anterior, había decidido quedarse allí, mientras Charlie se colocaba sobre su pecho; el calor de ella lo llevó al mundo de los sueños más pronto de lo que había imaginado. Llevó una de sus manos a su cabello, sintiéndolas un poco fuera de lugar. Entonces, se dio cuenta.
Se levantó de la cama, con sólo unos pantaloncillos puestos. Tomó sus gafas, que no sabía en qué momento de la noche anterior había colocado en el buró más cercano, y casi a puntillas, fue hacia el baño. El toque femenino de Charlie ya se había hecho presente en aquella parte de la casa, y encontró el lavabo con varios artículos especialmente hechos para mujeres allí, tales como cosméticos y limpiadores. El amplio espejo que había comprado para ella, mostró la imagen que Alastor menos quería encontrar cuando al fin se vio completamente con los lentes puestos.
Las marcas del caos reptante estaban allí, inminentes debido, pensaba él, a su viaje matutino a Shath'Yar, pero otras partes también permanecieron.
Su cabello, castaño normalmente, había adquirido un tono más rojizo; sus ojos, completamente rojos, y su pupila completamente cambiada, parecida a una felina. Lo más alarmante eran las cosas que salían de su cabeza.
Un par de astas, no tan grandes como lo eran en su transformación completa, pero lo suficientes como para ser muy notorias, se levantaban de entre su cabellera; aquello si era un contratiempo difícil de sortear.
—"Por todo el infierno…" —Susurró para sí mismo. Alastor no era un hombre que perdía la compostura o la educación fácilmente, pero aquello sobrepasaba un poco su capacidad para permanecer tranquilo. Su padre le había prometido ayuda, pero si esto era parte de su ayuda, definitivamente deseaba rechazarla. Era la primera vez que los estragos de su viaje dimensional habían permanecido en su cuerpo mortal de aquella manera, normalmente, sólo el color de sus ojos, o de su cabello, se verían afectados por un tiempo, por lo que él simplemente podría ocultarlos con maquillaje o sus gafas… pero esto, esto estaba completamente jodido.
Sobre todo, no podía ocultar la presencia de unos colmillos afilados, parecidos a los que los vampiros poseían en la literatura. Resignado y menos contrariado, suspiró. Tenía la opción de usar algo de magia para evitar que las personas se percataran de su cambio, pero desgastaría mucha de su energía para algo que no valía mucho la pena, además de que había personas inmunes de manera natural a los hechizos de engaño.
—"Nada que un par de días de aislamiento no arreglen, supongo." —Decidido, salió del baño lo más silencioso que pudo, y se dirigió a su habitación. El reloj marcaba las nueve en punto de la mañana, dándose cuenta de que había dormido un poco más de lo usual.
No tardó mucho tiempo en bañarse y dirigirse a su estudio para notificar a la ahnenerbe que se encontraba enfermo. Probablemente, Wirth pensaría que era algo natural debido a la carga de trabajo que habían tenido últimamente y a las cosas que él había solicitado para trabajar desde casa.
Sin problemas, empezó con su rutina matutina, pensando en lo hambrienta que Charlie despertaría; también se puso a sopesar las opciones que tenía con respecto a ella. El megido, o el infierno, era un lugar donde Charlie podría ser protegida, sin embargo, el alcance de los primigenios también llegaba hasta allí. No podía estar seguro si enviarla lo más pronto posible con su padre podría salvarla; ella no estaría segura incluso si los ángeles la tomaban, cosa que estaba seguro que no harían debido a su importancia y peligrosidad, luego, pensó que tal vez podrían matarla o encerrarla hasta que su Dios lo considerara necesario para su plan, y la ansiedad por que pasara algo así se arremolinó en su estómago.
—"¡Oh! Charlie, sweethearth, me has puesto en una encrucijada."
OoooooOoooooO
Unos ojos rojos se encontraron con ella cuando abrió los propios; una cara familiar, tan cerca que podía sentir su aliento contra la suya, una sonrisa conocida y confortante, aunque molesta a veces, la recibió.
—"Uhmm… ¿Al?" —Ella estiró su mano hacia la cabeza del hombre con el que había dormido la noche anterior. Algo estaba un poco, no, quizá, más que un poco, fuera de lugar. Ella, la noche anterior, había visto a Alastor transformarse en algo definitivamente no humano mientras, bueno, eso, pero ahora, a la luz del día y vestido como una persona normal, con aquellas protuberancias en su cabeza, sus ojos rojos y sus colmillos afilados, se sentía completamente extraño. Como un Alastor nuevo que ella reconocía como familiar pero también desconocido.
—"¿Si, my dear?" —Ella se incorporó, alejando su mano de sus astas, pensando que estaba siendo grosera. Ahora, más que nunca, ella tenía preguntas y era obvio que ambos ya no podían alargar más aquello, así que trató de tomarlo con calma. Además, siendo honesta consigo misma, las imágenes de la noche anterior la avergonzaban lo suficiente como para evitar un poco tocar ese tema en específico. Al recordar lo que había sucedido, su cara, de por sí sonrojada naturalmente, se incendió.
—"Bu… ¿buenos días?" —Charlie, a esas alturas, no podía ver a Alastor a la cara sin tener ciertos pensamientos extraños, y, honestamente, ella no sabía ahora cómo afrontarlo. La princesa del infierno no había tenido amoríos con nadie más que con su ex prometido, así que no sabía exactamente cómo reaccionar a ésta situación nueva.
No era como si ella se hubiera acostado con Seviathan en cuanto le conoció, ellos habían estado juntos desde niños y su afecto mutuo inició mucho antes del despertar de la parte súcubo de Charlie. Por desgracia, ambos habían sido criados de maneras completamente diferentes y con el pasar de los años, sus ideales fueron tan incompatibles como el agua y el aceite.
Era normal que ella no supiera ahora qué decir o cómo actuar ante un nuevo amante, o lo que sea que fuesen. No era como si pensara que con lo que había ocurrido la noche anterior, Alastor consideraría su relación como algo serio. Él era un hombre que se había portado lindo y amable con ella, y era su amigo, además, tenía tratos con su padre, cosa que haría mucho más difícil algo entre ellos. Seguramente, él consideraría que su trato fue algo de una noche, sí, eso era. No tenía por qué cambiar todo con lo que había pasado, al fin y al cabo, como decía su madre "los hombres son un bocado que comúnmente se disfruta en una noche, muy pocos merecen la pena de permanecer en el menú diario"
Sin embargo, para Alastor, lo que había pasado entre ellos era algo memorable, único que no repetiría con nadie más. En su vida había puesto atención a las necesidades o anhelos de su parte baja, y la única que logró que su instinto básico con respecto a ello despertara, era ella. Alastor, en ese momento, estaba planeando una manera de quedarse a su lado, de ir al infierno con ella.
Por supuesto, al inicio, sus intenciones no eran esas. Él estaba seguro de que, gracias a sus tratos con Lucifer y su fuerza, en el infierno se toparía con el anticristo y se volvería su mano derecha para el día del juicio final, donde se vengaría de la humanidad misma, y luego, usaría al mismo para despertar a los dioses antiguos y liberar el caos por todo el universo, divirtiéndose como un simple espectador.
Incluso estuvo dispuesto a dejarse matar por los humanos, meses atrás, aceptando que era su hora de dejar su patio de juegos que era la tierra.
Sin embargo, el destino impredecible le había revuelto sus planes una y otra vez.
Lo había llevado hasta el extremo de conocer a Charlie antes de tiempo, de sorprenderse porque ella no era lo que él esperaba.
De obsesionarse con ella, de desearla.
De querer protegerla, de amarla.
De derrumbar todos sus planes tan sólo para quedarse con ella.
Inesperado, tonto, increíble, y, sin embargo, Alastor ya lo había aceptado.
—"Buenos días, moun amour. El desayuno casi está listo, deberías apresurarte." —La sacó de la cama, en su desnudez adusta como si fuese una muñeca, sorprendiéndola mientras ella trataba de cubrir su propio cuerpo desnudo, y luego, tras colocarle una bata delgada sobre los hombros la empujó al baño. La tina ya estaba preparada con agua caliente, a la espera. Antes de dejarla a solas, él besó su frente, despidiéndose alegremente mientras ella no sabía cómo responder. No sólo era más amable de lo común, Charlie se dio cuenta de que Alastor, aquella mañana, parecía completamente alegre, algo que hizo que el estómago de ella diera un vuelco.
Media hora más tarde, y con el aroma dulzón del pan inundando la casa, Charlie bajó para encontrarse con el caníbal. Se había puesto un vestido cómodo color lila que rememoraba los años veinte, un poco holgado de tela suave y delgada, remarcando su cintura con un lazo de la misma tela, anudado por el frente. La falda, de caída agraciada, llegaba hasta sus pantorrillas y dejaba ver parte de sus piernas desnudas.
Al llegar a la cocina, Alastor la recibió alegre, dejando la jarra de jugo recién hecho en la mesa, para ir a su encuentro. La escoltó hasta su lugar, ayudándole a sentarse. Fue toda una demostración de caballería y modales cuando sirvió el desayuno para ella, y luego, tomó asiento a su lado, en aquella mesa hecha para cuatro personas.
Frente a ella, queso, mermeladas de frutas, verduras salteadas, salchichas, huevos cocidos, algunos beignets, la jarra de jugo y café se colocaron en un ambiente multicolor.
Empezaron a desayunar en un silencio cómodo, y cuando Charlie tomó el primer bocado de un beignet, no pudo evitar emocionarse como la última vez que ella y Alastor había visitado una cafetería en el centro de la ciudad.
—"Oh, por mi padre, ¡ésto es genuinamente delicioso!" —Soltó la rubia, y luego, mordió nuevamente el beignet recién hecho.
—"Es un postre típico de mi ciudad natal. Pensé que te gustaría."
—"¡Me encanta!" —Alastor observó detenidamente el rostro de la princesa del infierno, alegre, despreocupado, y pensó que eso le quedaba bien. Era una lástima que su charla no podía esperar un poco más.
—"Charlie, my dear, creo que es momento de hablar, ¿no crees?" —El rostro feliz de la princesa se desvaneció lentamente, adquiriendo un tono serio; Alastor, por su parte, mantuvo firme su expresión sonriente, su vista posada en la chica que estaba ahora a si lado.
—"Sí, creo que sí." —Susurró ella, a la espera de lo que vendría a continuación.
—"Pienso que es mejor responder tus preguntas, a darte una idea general que quizá no entiendas del todo…" —Alastor levantó su taza de café, el líquido humeante y amargo cruzó por su garganta, dándole el tiempo a Charlie para pensar cómo iniciar.
—"Yo… primero, quisiera saber qué son esas cosas, eso que vi. Los primigenios, como les llamas tú."
—"Los primigenios, my dear, son seres divinos. Dioses del caos y la oscuridad que nacieron al mismo tiempo que los dioses arcanos, sus contrapartes. En realidad, ambos son primigenios. Tú conoces muy bien a los segundos, siendo una descendiente de ellos. Tu padre es un celestial, un hijo directo del dios arcano que ahora rige en todo el universo."
La ola de información llegó a Charlie como un balde de agua fría. Ella pensó que el universo sólo tenía a un dios, un creador; en su ignorante mente, creyó fervientemente que el universo mismo había sido hecho por un solo ser al que todo mundo reconocía como único dios. Pero entonces, ahora, descubría que había más dioses, de muchos tipos, en el universo. Dioses del caos y la oscuridad, no sonaban completamente benignos, en realidad, sonaban como algo afín al infierno.
—"¿Por qué no había escuchado hasta ahora de ellos? ¿Por qué, cuando tengo contacto con algo que ver con ellos, tengo tanto miedo? ¡¿Por qué yo no sabía nada?!" —Las preguntas de Charlie, empañadas de reproche, reverberaron en la cocina. Ahora, se daba cuenta de que su padre le ocultaba tantas cosas como siempre; pensó que tal vez, era porque él creía que ella no merecía conocer todo lo que pasaba en el universo. También, un poco de esperanza llenó su corazón, pues, si había más de un dios, ¿es que podría haber una manera de que otro dios ayudara a su idea de salvar a las almas?
—"No es tan fácil hablar de los inefables, sweetheart, como los hermanos de tu padre les llaman. Tú posees sangre celestial, Charlie, así tu padre o tú hayan sido marcados como parias entre los suyos. Los celestiales son, esencialmente, luz. Luz pura y clara que reacciona a la presencia del vacío y su corrupción. Los dioses arcanos, entre ellos, los dioses de luz a los que pertenece tu creador, son enemigos naturales de los dioses del vacío. Es por eso que les temes, Charlie, son enemigos naturales, y estoy seguro, ellos pueden llegar a temerte." —Alastor tomó una pausa, mientras observaba el rostro de la princesa del infierno. Por supuesto, él sabía que lo que le había contado era algo nuevo para ella, y tardaría en digerirlo. —"También, antes de que yo, o tú, o algún humano pudiese dejar vestigios de lo ocurrido, hubo una guerra. Los celestiales y los acólitos del vacío se hundieron en una lucha que parecía interminable, sembrando caos, muerte y desolación por todo el universo. Innumerables mundos fueron purgados. La tierra era uno de los bastiones de los celestiales, y como era natural, la pelea llegó a las cercanías. Los humanos no eran más que prototipos inconclusos de otros dioses arcanos menores que jugaban con ellos, pero eran amados. Tan parecidos a ellos, los dioses decidieron proteger éste y otros mundos que apenas nacían entre las tinieblas, peleando ellos personalmente y relegando a sus emisarios. Uno a uno, los dioses del vacío cayeron, enjaulados en un sueño eterno gracias a sus contrapartes, pero hubo en precio a pagar: los dioses de luz que lucharon contra ellos se debilitaron al borde de la muerte. El único que no se debilitó fue al que ahora le llaman el creador. Él usó la energía de sus propios hijos para sellar a uno de los dioses del vacío, con la excusa de que era el único que quedaba para proteger el universo, así que no debía caer en vano. Sus hijos le creyeron, sacrificándose gustosamente por él; no obstante, el sello que crearon con su sacrificio era frágil y fue roto milenios después."
—"Luego de eso, el equilibrio del universo fue delicado. Los dioses moribundos que habían creado a los protohumanos se quedaron con ellos, viéndolos crecer y morir mientras se apagaban lentamente, y cuando se dieron cuenta de que las almas humanas habían adquirido por sí solas la inmortalidad, les cedieron el Megido como un lugar de descanso. Los espíritus de los muertos llenaron el Megido poco a poco, mientras el creador hacía su propia versión de los humanos, pues se había dado cuenta de que la energía de las almas inmortales humanas era preciosa. Mientras el sello de los dioses del vacío se debilitaba, él tomó la decisión de usar las almas humanas para reforzarlo. A los primeros que usó fueron a los dioses arcanos moribundos; ¡Ja! los exprimió como a una naranja, enviando a sus ángeles para hacer el trabajo, entre ellos, a tu padre. Luego, empezó a purgar el Megido cada cierto tiempo, ya sin nadie que protegiera las almas del lugar. Fue ahí que Lucifer empezó a cuestionarlo… Lo demás, ya es una historia conocida para ti, imagino."
El rostro de Charlie parecía horrorizado. Ella, en verdad, nunca pensó que lo que su padre le decía sobre el creador como un dictador fuese real. Charlie creía fervientemente que su madre y padre, expulsados del paraíso, tenían parte de la razón, pero que seguramente algo había ocurrido que los hiciera merecer aquel castigo y no sólo los habían expulsado por cuestiones ideológicas, como había escuchado. Reconocía que los métodos de limpieza que tenían los ángeles para con el infierno eran extremos y terribles, pero siempre pensó que, si intentaba hablar con ellos, podría llegar a un acuerdo. Había escuchado tantas cosas buenas del cielo, que se había imaginado un lugar feliz y flexible.
Nunca pensó que aquel al que conocía como el creador, era capaz de hacer eso. Fue impactante, doloroso y horrible el pensar que usaba las almas de los "pecadores" para beneficio. No importaba si era para algo bueno, muchos de esos pecadores ni siquiera habían cometido crímenes aberrantes, algunos sólo estaban ahí porque se habían suicidado, o porque su vida había sido mala desde el inicio.
Sin saber qué decir, de sus ojos se derramaron lágrimas, y su rostro se comprimió en una mueca de disgusto y tristeza. Realmente, ahora se preguntaba si en verdad valía la pena la redención.
OoooooOoooooO
Notas de autor:
Y bueno, aquí está éste capítulo fresquecito, con algunas respuestas a las interrogantes que todos teníamos al respecto de los dioses (todos los dioses). Charlie al fin se da cuenta de que "dios" realmente no es el ser más benevolente del universo, y la plática de Alastor con su papi fue bastante divertida.
Imaginar al Dios del caos reptante fue un reto, pensé en alguien parecido a un faraón, pero con una personalidad un poco burlona e irónica. Alguien que disfruta del caos pero que no tiene ni bondad ni malicia, sólo sigue su naturaleza.
¡Gracias por sus comentarios y lecturas! Espero que disfrutaran del capítulo tanto como yo disfruté de escribirlo.
