Capítulo 3: Cuentos incompletos.
La vida de April en Fanelia adquirió, con el paso de los días, un agradable patrón.
Cuando amanecía, Merle llamaba a la puerta de su habitación y su sonrisa y su comportamiento infantil eran lo primero que April veía cada mañana. Juntas recorrían, charlando y riendo, los pasillos del castillo hasta llegar al comedor. Allí, sobre la larga mesa de madera y bajo la sombra de la inquietante y silenciosa presencia del rey, April aprendió a disfrutar de la gastronomía de Fanelia. Dado que había sido incapaz de preparar nada comestible en su vida, sobrevivía gracias a los restaurantes de Manhattan que servían comida a domicilio, aquello era todo un espectáculo para sus sentidos. De hecho, debía reconocer que apenas había utilizado la cocina de su apartamento y solía conformarse con comida rápida o precocinada. Pero después de vivir sola durante bastante tiempo se terminó acostumbrando.
Sin embargo, en Fanelia todo parecía girar en torno a una buena mesa. Y aquello, pensaba April, no estaba nada mal. Poco a poco descubrió que no había nada mejor que la comida recién preparada por manos expertas y que ningún dulce de la tierra, o de la Luna Fantasma como la llamaban ellos, podía igualar a los que preparaban en Fanelia. Debía recordar pedirles un par de recetas, si es que conseguía volver a casa.
El día comenzaba en el palacio con el desayuno, que seguía la misma rutina cada mañana. Merle y April siempre llegaban las primeras al comedor y, cuando acababan de sentarse a la mesa, el rey y su armado e inseparable acompañante se les unían. Sin embargo, mientras ellas comían, conversaban y se divertían con las caras de April ante los nuevos alimentos que la chica gato trataba de hacerle probar, Van se sentaba en su sitio habitual en la cabecera y se mantenía impasible y en silencio hasta que terminaba de desayunar. Y después, se marchaba tan rápido como había llegado. April imaginaba que las tareas de monarca le mantenían muy ocupado porque no volvían a verle en todo el día, salvo en las horas de las comidas. En realidad, desde la conversación que mantuvieron la primera mañana que April pasó en Fanelia, el rey no había vuelto a dirigirle la palabra. Ni a dar muestras de saber que ella estaba presente cuando se sentaban los tres juntos a la mesa. Sólo Merle parecía capaz de sacarle unas pocas palabras, que siempre giraban en torno a Fanelia o las actividades que Merle había planeado para ellas. April se sentía sumamente incómoda en su presencia y, cuando sus ojos se cruzaban con los de él, se le hacía un nudo en el estómago por la frialdad de su mirada. Ella siempre acababa rompiendo el contacto visual porque no le gustaba la oscuridad que veía en sus pupilas.
A pesar de todo, era evidente que Van lucía más cansado y preocupado cada día. Se abstuvo de preguntarle, porque estaba segura de que no era la típica persona que contaba sus problemas a los demás y mucho menos a ella. Pero cada nuevo amanecer parecía añadir más peso sobre los hombros del rey.
Y luego estaba su actitud fría, que rayaba la indiferencia en muchas ocasiones. Por más que se esforzaba, April no lograba comprenderle. Ella recordaba a la perfección los cuentos que su madre le había contado durante su infancia. Y aunque en ellos Van era un poco desconfiado con los desconocidos y algo terco e impaciente, su madre siempre lo había descrito como alguien valiente, bondadoso y alegre. La imagen que April atesoraba de él chocaba frontalmente con la frialdad que desprendía en la vida real y, a menudo, ella tenía la sensación de que se le había derrumbado un mito de la niñez.
En la soledad de su dormitorio, cuando Merle se marchaba para dejarla dormir, April contemplaba tristemente la panorámica que la tierra le ofrecía, a través de los amplios ventanales. Cuando miraba el planeta azul, siempre pensaba en su madre. ¿Sabría que su hija estaba atrapada a miles de kilómetros de casa y sin tener idea de cómo regresar? Hubo momentos en los que no supo si estaba más enfadada con su madre, por haberle contado miles de cuentos incompletos (podía haberle dejado indicaciones sobre cómo demonios volver a casa, por ejemplo) o con ella misma por creer que todo aquello eran meras historias para la hora de dormir. O con Van, por hacerla sentir de ese modo. Quizás, pensaba April, el rey había cambiado con el paso de los años o simplemente sentía verdadera aversión hacia los extraños, porque con Merle no se mostraba tan seco y distante. Durante las largas noches en vela llegó a plantearse la posibilidad de que ella fuese la causa de su evidente malestar. La idea parecía ridícula, porque ellos ni se conocían de nada ni se habían visto antes. Pero, tal vez no le hiciera ninguna gracia tener que darle cobijo bajo su techo y, sin embargo, se sentía obligado a hacerlo en honor a su madre.
April se sentía culpable por alterar las vidas de sus anfitriones de ese modo. Si pudiera encontrar alguna forma de compensarles por todas las molestias que les estaba causando, posiblemente el humor del rey mejoraría. O no, pero ella se sentiría mucho mejor consigo misma.
Sin embargo, el comportamiento distante de Van hacia ella contrastaba con la alegría de Merle, que parecía encantada con su presencia y se desvivía para que April no se sintiera una forastera en tierra extraña o, mejor dicho, en planeta extraño. No sólo adiestró su paladar con los manjares típicos de Fanelia, además le enseñó a orientarse en el castillo y a distinguir a los guardias y sirvientes de palacio, a confundirse entre las personas que abarrotaban la ciudadela y a apreciar la cultura y las costumbres de sus gentes.
Cada día, nada más terminar de desayunar, Merle la arrastraba por las calles de Fanelia y le mostraba los rincones más hermosos de la capital. La noche que llegó a Fanelia, April no pudo apreciar con claridad la belleza del paisaje, por eso la primera vez que puso un pie en sus calles empedradas experimentó lo que era el amor a primera vista. April sabía que, tras el horror de la guerra, la ciudad entera había sido reconstruida de sus cenizas. Pero aquello parecía formar ya parte de un pasado remoto, porque nunca había contemplado nada más hermoso que Fanelia. Las altas murallas construidas a base de sólida roca marcaban los límites la ciudad y más allá de ellas, se extendían los campos de cultivo, rodeados de frondosos y espesos bosques que se prolongaban hasta donde alcanzaba la vista y, finalmente, terminaban a los pies de las cadenas montañosas que rodeaban la capital. Los riachuelos serpenteaban en la espesura y sus aguas empujaban a los árboles a crecer altos y vigorosos, mientras que la brisa olía siempre a montañas y nieve, a flores y praderas. Contemplar el espectáculo que los primeros rayos de sol creaban entre las colinas y los árboles bastaba para sentir como el hechizo de Fanelia te seducía y te atrapaba. Resultaba imposible resistirse a la magia que impregnaba el aire.
April dudaba que pudiera existir un lugar como aquel en su mundo o en ningún otro.
Y luego estaba la propia ciudad. La loma sobre la que se levantaba la capital de Fanelia estaba dividida en varios niveles. En el más alto de todos se erigía el imponente castillo real, protegido por su propia muralla, con sus grandes patios y jardines. Y bajo él, se extendía la ciudad en todas direcciones. En los barrios más cercanos al palacio residían los nobles y burgueses más acaudalados de la comarca, que integraban en su mayoría la corte del reino, con sus grandes casas y palacetes. Junto a ellos se asentaban comerciantes y artesanos, formando sus propios y coloridos distritos, hasta llegar a las zonas más modernas de la ciudad. Allí se habían construido recientemente fábricas, industrias y manufacturas de toda clase. Era evidente que Fanelia se había esforzado en los últimos años por basar su economía en algo más que la agricultura. Y lo estaban consiguiendo.
Pero la parte de la ciudad que más le gustaba visitar a April era, sin duda, el mercado. Una enorme plaza donde comerciantes y campesinos instalaban cada día sus puestos. Los colores de los tenderetes recreaban la vista y los aromas de las mercancías se mezclaban en el aire otorgándole un olor característico que a April le encantaba. Podía pasarse horas entre los puestos y no aburrirse nunca, porque siempre descubría nuevos productos que la dejaban boquiabierta, para satisfacción de Merle.
…
Aquella mañana, el sol brillaba tenuemente sobre un cielo azul surcado de nubes blancas. Aunque en su hogar en Manhattan el invierno estaba dando sus primeros coletazos, en Fanelia su influencia aún se sentía en el aire. April y Merle salieron juntas de palacio, como cada día, y echaron a andar por las calles de la ciudad. Atravesaron a paso lento el barrio de las sastrerías, disfrutando de los colores de las telas que se exhibían en los escaparates de las tiendas. Mientras charlaban animadamente se cruzaron con hombres y mujeres que se dirigían a sus quehaceres, y con multitud de niños que corrían de un lado a otro entre risas y chillidos. Y, para desgracia de April, también se encontraron con Filippo, el sastre al que la había arrastrado Merle cuando llevaba sólo unos días en Fanelia.
La chica gato había insistido durante horas hasta que logró convencer a April de que no podía vestir todas las mañanas la misma ropa y, dada la aversión que la pelirroja sentía hacia los vestidos, la única opción que les quedaba era enseñarle las prendas de April a alguien capaz de reproducirlas. Entre protestas y empujones, Merle la llevó a visitar al mejor sastre de la ciudad. Filippo sonrió con ganas cuando las vió entrar en su tienda, cuyas paredes estaban cubiertas de cientos de telas de diversas formas y colores, pero se quedó boquiabierto cuando le dijeron el tipo de prendas que necesitaban y para quién las querían. Aunque el momento crítico llegó en el instante en el que Merle tocó el tema de la ropa interior de tamaño reducido que April solía llevar. El pobre hombre estuvo a punto de sufrir un infarto al mirar el diseño del sujetador, mientras April creía que iba a morir de vergüenza y Merle no paraba de reírse.
El sastre las saludó amablemente al pasar junto a ellas y April no pudo evitar ponerse tan colorada como su pelo. Enseñarle su ropa interior a un octogenario no había sido una experiencia agradable para ella, que cada vez que pensaba en ello aún sentía aguijonazos provocados por la vergüenza. Sin embargo, a Merle todo aquello le parecía muy divertido y se estuvo riendo de su cara de circunstancias hasta que dejaron atrás las sastrerías.
Ese día, Merle había planeado visitar el sector más industrial de la ciudad para mostrarle a April las fábricas que proporcionaban la materia prima a los comerciantes de Fanelia. La pelirroja se sorprendió muchísimo ya que, a pesar de que Gaia estaba menos industrializada que la Luna Fantasma, poseían tecnología más avanzada que los terrícolas en muchos aspectos. Aquello le recordó a April su trabajo en Manhattan y anheló, por un momento, volver a tener contacto con las máquinas. Intentando no pensar en ello, siguió a Merle zigzagueando a través del gentío que llenaba las calles.
.
A mediodía, después de una larga caminata entre las grandes y bulliciosas avenidas, se encaminaron de vuelta al palacio. Estaban a punto de dejar atrás la zona industrial cuando April se fijó en un inmenso hangar, hecho íntegramente de metal, que se elevaba por encima de los demás edificios de la calle por la que transitaban. A diferencia de las demás fábricas de la zona, aquella se encontraba cerrado a cal y canto. Cualquiera habría pensado que estaba abandonada, si no fuera porque la custodiaban dos hombres fuertemente armados.
April se detuvo en plena calle y observó la fachada del edificio con curiosidad. ¿Qué estarían guardando tan celosamente en aquel lugar? Deseando conocer la respuesta a su pregunta, comenzó a andar en dirección al hangar. Pero un fuerte tirón en la parte trasera de su chaqueta le impidió seguir avanzando.
– ¡Eh! – exclamó con un sobresalto.
Entonces se dio cuenta de que Merle estaba tirando firmemente de ella hacia atrás para alejarla del edificio.
– ¿Qué estás haciendo?– preguntó April con extrañeza.
Merle la miró durante unos segundos y luego siguió tirando de ella.
– Tenemos prisa, ¿recuerdas?– contestó mientras echaba nerviosas miradas a los hombres que vigilaban el recinto–. Llegaremos tarde a comer.
April frunció el ceño y con una sacudida consiguió liberarse del agarre de Merle. Se plantó junto a la fachada del siguiente edificio y se negó a seguir andando.
– ¿Qué te pasa?– quiso saber–. Casi me arrancas la ropa.
Merle empezó a murmurar cosas sin sentido. April captó palabras como "prisa" y "palacio", pero no podía dejar de fijarse en la forma en la que Merle seguía mirando a los soldados de la entrada. Había algo que su amiga no le estaba contando.
– ¿Qué es lo que hay en ese hangar para que no podamos ni acercarnos?– dijo mientras miraba por encima del hombro aquella enorme nave–. Creía que teníamos permiso para visitar todo el distrito industrial.
Merle abrió la boca para contestar pero cambió de idea y la cerró rápidamente. Luego sacudió la cabeza, dio media vuelta y echó a andar calle arriba. Durante unos segundos April se quedó inmóvil donde estaba, dividida entre la curiosidad y Merle. Al final echó a correr para darle alcance a su escurridiza compañera. Le llevó toda la calle ponerse a su altura, pero cuando estuvo de nuevo a su lado se dio cuenta de que Merle evitaba por todos los medios mirarla. Y no pudo contenerse.
– ¿Qué es lo que me estás ocultando?– preguntó mientras seguían caminando por las calles de Fanelia, de vuelta al castillo.
Merle no contestó y la ignoró completamente. Aquello sólo provocó que la curiosidad de April se saliera de la órbita de Gaia. Guardó silencio mientras se devanaba los sesos intentando encontrar un modo de sonsacarle a su felina amiga algo de información. Pero no entendía su actitud. Desde que llegó a Fanelia, Merle se había ocupado de enseñarle hasta el último rincón de la ciudad. ¿Qué había en ese hangar que la ponía tan nerviosa?
"Tiene que ser algo importante, o peligroso o las dos cosas a la vez", pensó April. Pero no iba a darse por vencida tan fácilmente. Tendría que echar mano de otra estrategia.
Dos calles después, ya tenía un plan. Se aclaró la garganta ruidosamente para atraer la atención de Merle y puso la cara más triste que pudo encontrar en su repertorio.
– Ya veo donde está el problema– dijo en tono trágico– No me lo quieres contar porque no pertenezco a este lugar, ¿verdad? – Merle le lanzó una mirada afligida y April, que sabía que la tenía contra las cuerdas, aprovechó para añadir–. Creía que éramos amigas, pero ahora descubro que no confías en mí.
DING, DING, DING. Bingo. Merle se detuvo de repente cuando estaban a pocos metros del barrio comercial, sin dejar de mirarla. Por sus ojos azules, April vió desfilar la indecisión y supo que lo había conseguido. Sonrió internamente. Aunque se sentía un poco culpable, aparcó el remordimiento cuando Merle habló al fin.
– Oh… No me mires así… ¡Está bien! – exclamó agitando las orejas– Pero no puedes decirle a nadie lo que voy a contarte. Es alto secreto. Si alguien se entera, las dos tendremos problemas.
– No se lo diré a nadie, te lo prometo– añadió April rápidamente.
Merle suspiró mientras empezaba a andar de nuevo, esta vez más despacio.
– ¡Eh! ¡Espera! Has dicho que me lo contarías…
– Baja la voz– la interrumpió Merle–. He dicho que te lo contaría y lo haré. Pero no aquí.
– ¿Entonces cuándo?– preguntó April muerta de curiosidad.
– Cuando estemos las dos solas.
Y esa fueron sus últimas palabras. Porque en cuanto cruzaron las puertas del castillo, una de las doncellas comunicó que el almuerzo estaba servido y April no tuvo ocasión de sacar el tema, al menos no con Van delante. Así que esperó impaciente hasta que Merle terminó el último bocado de su plato y, entonces, ante la atónita mirada del rey, la sacó del comedor y la arrastró hasta la habitación que había ocupado desde que llegó a Fanelia. Abrió la puerta rápidamente y, una vez dentro, hizo que Merle se sentara en la cama junto a ella.
Merle bufó con indignación. Pero April ya no podía esperar más.
– Por favor, por favor, por favor– suplicó juntando las palmas de las manos delante del pecho.
– De acuerdo, de acuerdo. Pero deja de dar saltitos en la cama, por favor– avisó Merle antes de continuar–. El amo Van me matará si se entera de esto, ¿lo sabías?
April puso cara de "no exageres" y la animó a continuar.
– A ver– empezó Merle–. ¿Cuánto sabes de la guerra contra el Imperio Zaibach?
La pelirroja se lo pensó bien antes de contestar. Decidió resumir al máximo sus conocimientos sobre el asunto.
– Sólo lo que mi madre me ha contado al respecto.
– ¿Te contó que el hermano de Van trabajaba para Zaibach? – April asintió con la cabeza– ¿Y te contó que antes de la última batalla Folken traicionó al Emperador Dornkirk y se alió con las demás naciones de Gaia para derrotarle?– April volvió a asentir–. De acuerdo, entonces todo será más sencillo.
Merle se levantó de la cama y empezó a pasearse por la habitación. April deseaba pedirle que acelerara el ritmo, pero decidió no forzar la situación. Al cabo de unos segundos, Merle comenzó a hablar.
– Cuando Folken abandonó el Imperio Zaibach se dio cuenta de que los soldados de Dornkirk nos aplastarían a todos aunque consiguiéramos unir nuestras fuerzas. Su tecnología era muy superior a la nuestra, no puedes hacerte una idea de cuánto– hizo una pausa–. El caso es que el hermano del rey, entregó a las naciones de Gaia parte de la tecnología militar que poseía Zaibach con la esperanza de que nos ayudara a ganar la guerra.
April no entendía que tenía que ver todo aquello con lo que se escondía tras las paredes del hangar, pero guardó silencio. La escena le resultaba tremendamente familiar. Su mente la transportó a las noches en las que su madre se sentaba a los pies de su cama y le contaba cómo la alianza de todas las naciones de Gaia puso fin a la guerra. Se le hizo un nudo en la garganta. La voz de Merle consiguió traerla de vuelta al presente.
– Sin embargo, y esto es lo más importante, no le entregó toda la tecnología a los otros países– continuó Merle sin dejar de pasear–. Guardó para Fanelia lo más valioso de la tecnología que Zaibach había desarrollado y la dejó aquí para que el amo Van la encontrara en cuanto terminase la guerra.
Sentada en la cama, April se quedó boquiabierta. Ahora entendía a qué venía tanto secretismo. Ella había trabajado durante mucho tiempo en proyectos confidenciales y comprendía lo importante que era la discreción en estos asuntos para evitar filtraciones. Era completamente lógico que el rey quisiera proteger su legado para que sólo los fanelianos pudieran aprovecharse de él. Entonces la asaltó un pensamiento.
– Merle – dijo para llamar su atención–. Si el rey está utilizando la tecnología que heredó de su hermano, ¿por qué estaba ese almacén cerrado a cal y canto?, ¿no debería haber ingenieros y operarios trabajando?
Su amiga dejó de pasear y negó suavemente con la cabeza.
– Ese es el gran problema April– explicó Merle–. Folken murió antes de que acabara la guerra y no tuvo ocasión de explicarle a nadie cómo ponerla en marcha. Lo han intentado todo, los mejores ingenieros del país han trabajado en ello durante años. Por desgracia, parece que el método para hacer funcionar toda esa tecnología murió con Folken.
April se quedó callada. Una idea, tan irrealizable como absurda, se estaba formando en su cabeza. Pero no la compartió con Merle, estaba segura de que de haber podido leer el pensamiento, su amiga habría puesto el grito en el cielo.
…
En Fanelia era noche cerrada y todos dormían. Todos menos ella. Cualquier persona normal se habría quedado en el calor del castillo y no se habría arriesgado a que alguien la pillara vagabundeando por la ciudad. Pero cuando April tenía una idea, nada ni nadie podían convencerla de que la dejara de lado. Y la posibilidad de contemplar con sus propios ojos una tecnología tan avanzada como la de Zaibach era una oportunidad que la gran fanática que vivía en su interior no pensaba dejar escapar.
Sus pasos quebraron el silencio de la noche, mientras la oscuridad se hacía más densa conforme pasaban los minutos. Pero nada de eso iba a asustarla. Sólo había un pensamiento en su cabeza, llegar al hangar que había visto por la mañana. Y eso que escapar a hurtadillas del castillo no había sido tarea fácil. Tuvo que esperar durante horas, hasta que Merle anunció que se iba a la cama, para quedarse sola. Y, después, aguardó el abrigo de la oscuridad para salir de su habitación. Con la mochila al hombro, atravesó los pasillos del palacio tan silenciosamente como pudo. Se cobijó entre las sombras, temiendo encontrarse con alguien a cada paso. Pero nadie vagaba por el castillo en plena madrugada. Nadie, excepto ella.
El primer obstáculo de su plan eran los soldados que guardaban las puertas. April sabía que le resultaría imposible atravesarlas sin ser vista, así que decidió descender hasta la planta baja y salir por una de las ventanas del ala sur, que daban al jardín. En teoría, su plan era perfecto. Pero cuando llegó abajo, descubrió que en toda la fachada meridional del castillo algún genio había decidido plantar decenas de arriates de flores.
Su misión era entrar y salir sin ser vista, y a poder ser sin dejar pruebas incriminatorias. ¿Cómo demonios iba a saltar desde la ventana sin destrozarlo todo y sin matarse en el intento?
Decidió comenzar por algo sencillo. Abrir la ventana. El traqueteo de la madera mientras subía, le aceleró el pulso. Menos mal que en ese planeta no conocían las alarmas para ventanas, pensó April con alivio. Cuando terminó de abrirla, se encaramó al alféizar y sacó primero las piernas y luego el resto del cuerpo al exterior. Casi se da de bruces contra el suelo cuando su mochila se enganchó en la cerradura de la ventana y tuvo que empezar una lucha sin cuartel (silenciosa) contra el cerrojo hasta conseguir soltarse. Jadeando por los nervios y el esfuerzo, echó un rápido vistazo al arriate que se extendía a sus pies y se preparó mentalmente para saltar. Contó hasta tres, se impulsó contra la ventana y, rezando para no abrirse la cabeza y desangrarse hasta la muerte sobre las rosas (lo cual habría sido cuanto menos incómodo, aunque muy poético), saltó. Al principio todo fue bien y sobrepasó sin problemas las flores, luego sus botas se escurrieron en la hierba mojada y aterrizó de un modo poco elegante y doloroso sobre el trasero.
– ¡Ay, maldita sea!– exclamó. Luego recordó que no podía hacer ruido y empezó a soltar palabrotas internamente. Eso estaba mucho mejor, al menos había podido desahogarse.
Se levantó despacio, intentando evitar otra caída. Y echó a andar por la hierba silenciosamente. Salir del recinto amurallado del castillo le costó bastante menos, porque a medianoche sólo había un par de guardias en la garita de la entrada y le resultó sencillo esquivarlos. Recordar el camino desde el palacio hasta el distrito industrial fue fácil y tampoco tuvo dificultades para encontrar el hangar, porque era el edificio más alto de todo cuantos le rodeaban.
Los problemas empezaron cuando notó que los guardias seguían en la puerta. Mientras ideaba su plan, no pensó que podría entrar por la entrada como si tal cosa pero tampoco imaginó que seguiría habiendo seguridad en el recinto a esas horas. Aunque aquello no la intimidó, sólo la puso aún más ansiosa. Necesitaba desesperadamente echarle un ojo a esos aparatos.
Respiró hondo y decidió rodear el edificio en busca de algún otro punto de acceso. Entonces descubrió que la parte trasera no estaba vigilada, pero inmediatamente se dio cuenta de que las ventanas estaban demasiado altas para que ella pudiera alcanzarlas por sí misma. Sin embargo, había por allí varias cajas que podía usar para trepar. Su dolorido trasero protestó imaginando la que se le venía encima. Pero April lo ignoró y comenzó a apilar cajas sin detenerse a pensar mucho en lo que tendría que hacer después. Cuando hubo terminado, la estructura estaba tan inclinada como la famosa Torre de Pisa.
"¡Qué tortazo me voy a dar!", pensó para sus adentros. Pero no había llegado tan lejos para rendirse cuando estaba tan cerca de conseguirlo. Cogió aire para armarse de valor y empezó a trepar. Las cajas se movían tanto que casi se cae un par de veces, pero finalmente consiguió aferrarse al borde de la ventana con manos temblorosas. Apoyó una rodilla sobre el alféizar y, mientras se sujetaba fuertemente con una mano, con la otra abrió lentamente la ventana. Suspiró de alivio al comprobar que podía entrar perfectamente por el hueco y se coló con cuidado de no caerse. Cuando estuvo al otro lado vió con alegría que la ventana que había elegido para entrar estaba rodeada de cajas de madera que le permitieron bajar en unos cuantos segundos.
Con el pulso acelerado por el ejercicio de escalada que acababa de hacer, echó a andar por el hangar sin hacer ruido. Ante sus ojos se desplegaba un auténtico laberinto de cajas de madera y piezas de metal. Eligió el camino que llevaba al centro del edificio y tras un par de minutos caminando, lo vió. Y se quedó sin aliento.
Ni la NASA tenía herramientas como aquellas, pensó con entusiasmo.
Frente a ella se encontraba lo que parecía ser un cuadro de mandos, aunque no estaba completamente montado. Su color negro refulgía pese a la escasa iluminación del hangar. April sonrió y pensó que todo el esfuerzo de los últimos minutos había merecido la pena. Por fin había llegado la hora de ponerse a trabajar. Abrió su mochila cuidadosamente y sacó el portátil y el resto de aparatos electrónicos con los que solía trabajar. En Fanelia no había querido utilizarlos hasta ahora porque al no haber enchufes en ninguna parte, no tenía manera de cargarlos cuando se quedaran sin batería. Pero merecía la pena agotarlas todas esa noche. Al fin y al cabo, ¿cuántas oportunidades como aquella se le iban a presentar en la vida?
Movió un par de cajas hasta formar una especie de mesa en la que apoyó todas sus cosas. No contaba con todo el equipo que solía utilizar en el laboratorio, pero aquello bastaría para echar un vistazo inicial. Sólo un vistazo inicial, se recordó mentalmente, no podía permitirse olvidarse de la hora, como siempre hacía cuando trabajaba. Tenía que estar de vuelta antes del amanecer para que nadie notara su ausencia. Ni siquiera era medianoche, tenía unas seis horas por delante. Manos a la obra, pensó.
Encendió su portátil y acarició con cariño las teclas. Ahora sí que estaba en su elemento, por fin se sentía en casa. Sonriendo como un niño la mañana de navidad, empezó a teclear con entusiasmo.
Hola de nuevo Escafans!
Os prometí que no tardaría mucho en actualizar y aquí estoy, con el siguiente capítulo recién salido del horno.
Tengo que decir que me ha encantado escribirlo, sé que no pasa gran cosa (pero es necesario), aun así me divertí mucho escribiéndolo (imaginando a April cayéndose en mitad del jardín, por ejemplo). Espero que vosotras también os divirtáis leyendo y que no se os haga aburrido. Prometo que las cosas interesantes de verdad no tardarán en llegar, pero quiero ir despacio con esta historia para estar segura de que se comprende lo que yo quiero contar.
Quiero mandarle, vía online, millones de besos a mis queridísimas Annima, MacrossLive, 7, Alice Cullen (porque lleváis conmigo desde el minuto uno, dándome vuestro apoyo y me hacéis muy feliz) y a todos y cada uno de los comentarios anónimos.
También mando un beso enorme a todas las personas que os acercáis a leer. De verdad, gracias. Este fandom es muy pequeñito y cuando decidí subir la historia creía que no la leería nadie, estoy muy feliz.
Nos vemos en el siguiente.
Love, Ela.
