Capítulo 4: Zona de guerra.
La primera vez que April se coló en el hangar que guardaba celosamente la tecnología de Zaibach prometió que sólo sería un rápido vistazo para calmar su gigantesca curiosidad, una única vez y se olvidaría para siempre del asunto. Eso creía ella. Pero, al final, no había podido cumplir su promesa y aquella sólo fue la primera de muchas otras noches.
Cuando April pensaba en ello se sentía culpable por estar defraudando la confianza que Merle había depositado en ella, era consciente de que no tenía ningún derecho a examinar una tecnología que pertenecía, única y exclusivamente, al rey de Fanelia. Sin embargo, cuando la segunda noche fue capaz de montar el panel de control al completo, la información que comenzó a extraer de aquel aparato tan avanzado le impidió recordar las razones por las que no debía estar haciendo aquello, las razones por las que debería estar durmiendo en su cama.
Pero no todo fue bien al principio. Poco después de comenzar a analizar la tecnología del fallecido Folken, April fue consciente de que no llegaría muy lejos si no era capaz de obtener una fuente de alimentación alternativa para sus equipos, ya que sin ellos no podría seguir procesando datos y su esfuerzo sería inútil. Entonces, también descubrió (con asombro) que no tenía ni la más remota idea de cómo poner en marcha los aparatos del hangar. Si no podía utilizar sus equipos y tampoco tenía idea de cómo poner la maquinaria en marcha, ¿cómo demonios iba a conseguir hacer funcionar toda esa tecnología?
Por primera vez en toda su vida se le resistía un aparato electrónico, no podía creerlo. Se sentía completamente frustrada. Aquellos días fueron agotadores y estuvo a punto de rendirse muchas veces, al pensar que no había ningún modo de averiguar el tipo de energía que los ponía en marcha.
Pero ella no era una de las mejores analistas y programadoras de la Tierra por nada. Trabajó durante horas haciendo simulaciones en su ordenador con el único pensamiento de resolver el misterio. Sabía que si era capaz de ponerlos en marcha, lo demás resultaría mucho más sencillo. Pero la amenaza de quedarse sin batería era demasiado seria, debía darse prisa en encontrar una solución porque se le estaba acabando el tiempo.
Y justo cuando empezaba a pensar que le sería imposible lograrlo, llegó la inspiración.
Una mañana especialmente lluviosa de invierno, Merle decidió visitar algo que estuviera bajo techo, antes que pasear a April bajo la tormenta. Así, la llevó a conocer el puerto (o más bien el aeropuerto), donde las naves comerciales y de pasajeros aterrizaban y despegaban continuamente. April, que sólo había visto naves volando en las películas de ciencia ficción, se quedó boquiabierta. Pero el asombro dio paso rápidamente a la fascinación cuando averiguó cómo se movían aquellas naves. Utilizaban el viento para aumentar la estabilidad en el aire y la energía solar, que capturaban a través de paneles, para moverse.
Mientras examinaba una de aquellas maravillas de la ingeniería, se le ocurrió. ¿Y si pudiera utilizar la misma fuente de energía para hacer funcionar la tecnología de Zaibach y recargar la batería de sus dispositivos? Era algo arriesgado y los especialistas de Fanelia ya lo habían intentado sin éxito, pero tenía que probar. Después de analizar minuciosamente los paneles de varias naves, regresó con Merle a la ciudad y durante el día no pudo concentrarse en otra cosa que no fuera su nuevo plan.
Volvió al hangar esa misma noche e hizo cientos de ensayos diferentes, hasta que al amanecer sus esfuerzos dieron fruto y, al fin, encontró el modo de hacer realidad su teoría. Al día siguiente, se coló (estaba empezando a cogerle el tranquillo a eso de entrar y salir de los sitios sin permiso) en la zona del aeropuerto donde se reparaban las naves y se llevó todo el material necesario para fabricar una versión nueva y mejorada de los paneles que había visto con Merle.
Nueve días después de aquello, el nuevo sistema había conseguido cargar completamente sus equipos y poner en marcha el primer aparato de Zaibach. Cuando las luces se encendieron en la consola de mandos sintió la euforia correr por sus venas como la lava de un volcán. Fue uno de los mejores momentos de su vida. Se sentía tan feliz que tardó varios minutos en dejar de dar saltitos por todo el hangar como una niña pequeña.
Al cabo de unos días de duro trabajo su rutina había vuelto a cambiar. Cada anochecer se escabullía del palacio y entraba en el hangar, trabajaba hasta bien entrada la madrugada y luego se marchaba de vuelta a su habitación, donde dormía unas cuantas horas antes de que Merle la sacara de la cama. A veces, se sentía cansada por el poco tiempo que dedicaba a dormir esos días. Sin embargo, estaba tan orgullosa de sí misma que era incapaz de dejarlo. En sólo cinco semanas había progresado más que todos los ingenieros de Fanelia durante años. Y si tuviera acceso al potente equipo de su laboratorio podría procesar los datos aún más rápido. Pero no podía quejarse. Al menos, había encontrado un modo de seguir utilizando sus aparatos electrónicos sin tener que preocuparse nunca más por la batería.
Los descubrimientos que estaba realizando le permitieron resolver también una preocupación que venía atormentándola desde tiempo atrás. April creía haber encontrado, por fin, la forma de devolverle a Van el favor de haberla acogido en su castillo, aunque era evidente que no le hacía ninguna gracia. Poner en marcha toda la tecnología de Folken sería un pago magnífico por todo lo que él y Merle habían hecho desde que llegó a Fanelia. Por ello se esforzaba cada día en alcanzar su objetivo, poniendo todos sus conocimientos y su tiempo al servicio de su nuevo "trabajo" como April lo llamaba internamente.
Y aquella noche no iba a ser distinta. Llevaba varias horas en el hangar, trabajando con un dispositivo diferente que le estaba dando bastantes problemas. April creía que se trataba de una especie de sistema de defensa, pero no podía estar completamente segura hasta no haber terminado de montarlo. El problema era que las piezas que lo integraban estaban dispersas entre varias cajas de madera y eran muy pesadas para que ella pudiera moverlas sin ayuda. No tenía idea de cómo iba a ingeniárselas para trasladarlas.
Estaba planteándose las posibles soluciones al nuevo obstáculo que se le presentaba cuando oyó la puerta del hangar abrirse de forma estruendosa tras de sí. En todo el tiempo que llevaba colándose a escondidas, nunca había visto a nadie entrar en el interior del recinto. El corazón se le subió a la garganta mientras se le aceleraba el pulso. Intentó esconderse entre las cajas que la rodeaban, mientras recogía todos sus equipos precipitadamente, aunque sabía de antemano que sería inútil. Estaba segura de que no tendría tiempo suficiente de esconder todas sus cosas antes de que la persona que había entrado en el hangar llegara hasta ella. Así que decidió esperar encogida, casi sin atreverse a respirar, a que la descubrieran junto a los dispositivos que ya había montado.
Estaba aterrada. ¿Qué ocurriría cuando la sorprendieran allí, trabajando con una tecnología de la que se suponía que no debía tener conocimiento? Merle iba a matarla cuando se enterara, pensó.
Unos pasos a su espalda rompieron el silencio de la noche. April deseó con todas sus fuerzas que el desconocido sólo estuviera haciendo una pequeña ronda por el recinto y pasara de largo. Pero no fue así, los pasos se encaminaron directamente hacia donde ella se encontraba.
"Perfecto", pensó April. ¿Qué más podía salir mal aquella noche?
Como respuesta a su retórica pregunta, algo se movió entre las sombras que proyectaban las enormes cajas de madera y ella se encogió, aún más si cabe, sobre sí misma. La luz de una de las pocas lámparas que colgaban del techo del hangar, iluminó la escena durante unos instantes y April pudo ver por fin a su misterioso acompañante. Entonces, el mundo se le vino abajo.
De todas las personas que vivían en Fanelia tenía que entrar en el hangar precisamente el soldado que hacía las veces de guardaespaldas de Van.
"Maldita sea", exclamó April para sí. Aquello tenía que ser una broma, nadie tenía tan mala suerte.
El hombre se movía silenciosamente entre las montañas de cajas apiladas, escudriñando la oscuridad, como si supiera que ella estaba allí. Pero, de repente, desapareció de nuevo en la penumbra. April no podía verle y empezó a ponerse nerviosa. ¿Dónde demonios se había metido?
Los minutos pasaron mientras ella se esforzaba por no mover ni un solo músculo y por escuchar atentamente cualquier sonido que le indicara el lugar en el que se encontraba aquel soldado. Pero no se oía nada, absolutamente nada. ¿Se habría marchado o estaría aún dando vueltas por otras zonas del hangar? La oscuridad le impedía ver más allá del círculo de luz que proyectaban las lámparas.
Entonces, April sintió que le retorcían el brazo derecho de forma dolorosa y supo dónde estaba exactamente aquel hombre. Sólo había fingido marcharse para rodear sigilosamente su posición y abordarla desde atrás sin que ella se diera cuenta. ¡Qué tonta había sido!
April intentó liberar su brazo de la dolorosa presa que estaba sufriendo, pero aquel soldado la tenía tan bien sujeta que sólo consiguió hacerse más daño. Como castigo, él aumento la presión sobre su brazo, mientras la cogía por el cuello y la empujaba violentamente sobre una de las miles de cajas enormes que los rodeaban. April intentó detener el golpe con la única mano que le quedaba libre, pero aun así se quedó sin aire por la fuerza del impacto y la madera se astilló a su alrededor, clavándose dolorosamente sobre la piel expuesta de su mano izquierda. El soldado no se detuvo y la giró con violencia mientras la inmovilizaba con su cuerpo. La madera se incrustó tan fuerte en la espalda de April que emitió un quejido de dolor.
Intentó liberarse con todas sus fuerzas, pero aquel hombre era tan grande y tan corpulento que le resultó imposible. Jadeó en busca de aire cuando él volvió a cogerla por el cuello con una mano, mientras que con la otra le inmovilizaba los brazos. April nunca había experimentado un dolor semejante en toda su vida. Luchaba por respirar pero el aire que llegaba a sus pulmones no era suficiente.
Cuando la tuvo bien sujeta, el soldado la arrastró bajo las lámparas. Soltó su dolorido cuello y la agarró tan fuertemente de la mandíbula que April supo que le quedarían marcas. Luego, la obligó a mirar arriba para verle el rostro. La luz la cegó durante unos segundos, mientras intentaba recuperar el aliento.
En aquel momento, el soldado maldijo en voz alta y la liberó tan bruscamente que April perdió el equilibrio. Trató de mantenerse en pie, pero las piernas no la sostenían.
– Mi señora, ¿qué demonios hacéis aquí?– preguntó el hombre, estupefacto al reconocerla–. Podría haberos matado, creí que erais un intruso.
April no podía hablar. De haber podido hacerlo le habría soltado algún que otro calificativo poco cariñoso, pero necesitaba concentrar las energías que le quedaban en respirar y mantenerse en pie. Sentía que se tambaleaba.
Aquel hombre pareció apiadarse de ella porque la sujetó suavemente del brazo ileso para que no diera de bruces en el suelo. Cuando comprobó que April era incapaz de caminar por sí misma, la guio hasta una de las cajas de madera cercanas más pequeñas y la hizo sentarse despacio para no hacerle más daño.
El cuerpo de April agradeció el detalle ya que los temblores no dejaban de recorrerla. Mientras ella trataba de recuperar la normalidad, el soldado se movía de un lado a otro con nerviosismo, presa de la ansiedad, sin dejar de mirarla. Parecía sentirse demasiado culpable para hablar o para estarse quieto. En opinión de April, sentirse culpable era lo mínimo que podía hacer.
Pero tenía problemas más importantes en ese momento que un soldado arrepentido. El dolor de su brazo derecho era insoportable, los pequeños cortes de su mano izquierda no dejaban de sangrar y en la garganta, las marcas enrojecidas le provocaban una intensa quemazón. Intentó mover su brazo derecho para comprobar el alcance de los daños, pero aquello sólo empeoró la situación. Sintió un calambrazo recorriendo su extremidad desde los dedos hasta el hombro y gimió de dolor sin poder contenerse.
El hombre interrumpió su nervioso paseo y se acercó a ella rápidamente con cara de angustia. Si hubiera tenido un mayor control sobre su cuerpo, April se habría apartado. Pero en ese momento se encontraba a merced de la versión sádica y feroz de un samurái.
– ¿Cómo estáis mi señora?, ¿os he causado mucho daño? – cuestionó con ansiedad y preocupación. "Me has atacado como un salvaje, ¿tú cómo crees que estoy?", estuvo a punto de contestarle ella, pero se contuvo. No tenía fuerzas suficientes para pronunciar esas palabras con la indignación necesaria. Así que prefirió guardar silencio.
El hombre se agachó junto a ella y tomó su brazo herido con una delicadeza impropia para alguien que, minutos antes, había intentado arrancárselo sin miramientos. Le subió la manga de la chaqueta de cuero y del jersey y palpó la piel cuidadosamente, intentando encontrar evidencias de alguna lesión o rotura. El contacto de sus fríos dedos alivió un poco el dolor de April.
– Por suerte, no está roto. Pero os dolerá durante unos días– dijo al cabo de unos minutos de silencio–
"Las buenas noticias de una en una, por favor", pensó April con sarcasmo. Aquella no era, desde luego, la mejor experiencia de su vida. Pero podía ver que aquel hombre se sentía realmente culpable por haberla atacado, sus ojos vagaban con pesar desde la mano ensangrentada hasta las marcas que comenzaban a aparecer en el cuello de April. Así que ella suspiró y decidió aligerar el ambiente.
– No pasa nada, estoy bien– articuló como pudo, aunque su brazo y su cuello no opinaban lo mismo.
El hombre sonrió como si supiera que estaba mintiendo, mientras sacaba un pequeño pañuelo blanco del uniforme que llevaba puesto. Empezó a presionar la mano de April con firmeza para detener el sangrado y ella pudo fijarse en él por primera vez. Tenía el pelo del color de la arena y los ojos azules, y a pesar de que estaba agachado seguía siendo increíblemente alto. Su voz era potente y poseía músculos hasta en lugares en los que ella ni siquiera sabía que se podían tener.
– No sabéis como lo siento, no tenía ni idea de que erais vos. – Se disculpó apresuradamente mientras sacaba algunas astillas de su mano–. Los hombres me avisaron de que llevaban varias noches escuchando movimiento dentro del hangar y decidí dar una vuelta para investigar. Ni siquiera podía imaginarme que estabais aquí dentro.
April asintió con la cabeza para hacerle saber que le entendía. Tendría que haber imaginado que su presencia no pasaría desapercibida eternamente. Debió tener más cuidado, reconoció para sí, pero era un poco tarde para arrepentirse. El soldado interrumpió con su voz el curso de sus pensamientos.
– Esto necesitara que un médico le eche un vistazo– dijo mientras envolvía la mano cuidadosamente con el pañuelo– Por cierto, ¿qué hacíais aquí dentro mi señora?– preguntó con curiosidad, mirándola a los ojos–. No sabía que estuvierais al corriente de la existencia de este lugar.
Como respuesta, ella levantó la mano recién vendada y señaló un punto tras la espalda del soldado, que se dio la vuelta para ver lo que ella le indicaba. Se acercó cautelosamente al lugar donde April llevaba varias semanas trabajando y se quedó boquiabierto al comprobar que algunos de los aparatos de Zaibach estaban ya montados y funcionando. Giró el cuello tan deprisa para mirarla, que ella creyó que se lo rompería.
– Mi señora– su voz temblaba de asombro mientras señalaba los dispositivos con una mano– ¿vos habéis hecho todo esto?
April asintió y él abrió los ojos desmesuradamente por la impresión.
– ¡Por el Dios Dragón!– exclamó con admiración – ¿Cómo lo habéis hecho? Creíamos que era imposible, el rey estaba a punto de darse por vencido.
– Se me da bastante bien la tecnología– explicó ella con la voz pastosa por lo seca que sentía la garganta. El soldado la miró y alzó las cejas como si no pudiera creer que ella hubiera sido capaz de hacer todo aquello. April se vió obligada a añadir algo más en su defensa–. A esto me dedicaba en la Luna Fantasma.
El hombre la miró durante unos segundos interminables, evaluándola. Después, debió decidir que ella estaba diciendo la verdad porque se dio la vuelta y comenzó a curiosear entre los dispositivos de April con cara de asombro.
Agarrando el pañuelo con la mano izquierda e intentando no mover mucho el brazo derecho, April se levantó con cuidado de la caja en la que estaba sentada y lo siguió. A decir verdad le preocupaba más que aquel soldado rompiera algo que el estado de su brazo.
El hombre se paseó con tranquilidad observándolo todo y haciendo preguntas cada vez que se encontraba con un objeto que no podía entender. Finalmente, llegó al dispositivo que April había estado intentando montar cuando se abalanzó sobre ella con la fuerza de un tornado.
– ¿Estabais trabajando en esto antes de que yo llegara?– quiso saber.
"¿Antes de que tú llegaras o antes de que intentaras matarme sin motivo aparente?", pensó April. Sin embargo, se mordió la lengua y decidió ser diplomática. Se limitó a asentir con la cabeza.
– ¿Y sabéis ya de qué tipo de aparato se trata?– inquirió el soldado mientras observaba detenidamente las piezas.
– Bueno… no está completamente montado– explicó April, encogiéndose de hombros. Puso cara de dolor cuando recordó demasiado tarde que no debía mover el brazo derecho–. Pero creo que se trata de alguna especie de escudo defensivo muy potente que permite ocultar lo que sea que esté dentro de él. Aunque todavía no tengo muy claro como lo hace.
El hombre abrió los ojos, estupefacto y luego la miró con renovado interés.
– Uno de los escudos invisibles de Zaibach– dijo con emoción–. Esto es… asombroso.
April se sintió incómoda por la intensidad de su mirada. El rubor hizo arder sus mejillas y deseó que él volviera a interesarse por la tecnología de Zaibach.
– Ahora me siento aún más culpable, si eso es posible– comentó él con aflicción–. Por mi culpa no podréis volver a trabajar en esto durante días.
Ella estuvo a punto de decirle que la próxima vez se asegurara de que la persona a la que pretendía estrangular hasta la muerte era un enemigo de verdad, antes de ponerse violento, eso le ahorraría muchos disgustos. Pero decidió continuar por la senda de la diplomacia.
– No te preocupes. Algunas de las piezas que necesito para montar este dispositivo están en esas cajas de ahí– aclaró April mientras señalaba con la mano vendada una pila de cajas situada a su derecha–. Y son demasiado pesadas para mí, incluso con los dos brazos en perfecto estado.
– Aun así, me gustaría compensaros de algún modo por la forma en la que os he tratado. He sido extremadamente descortés con vos, mi señora– insistió él.
Una de esas ideas descabelladas, que se le ocurrían de vez en cuando, se estaba formando en la cabeza de April, pero debía tener cuidado si quería ponerla en práctica. Decidió comenzar con algo sencillo.
– ¿Cómo me has dicho que te llamas?– preguntó ingenuamente, a sabiendas de que él no le había dicho su nombre.
– Mi nombre es Erik mi señora–contestó el soldado rápidamente.
– De acuerdo, Erik, ¿qué tal están tus músculos?
Él sonrió en respuesta. Parecía que su plan iba a tener éxito.
…
Siete días habían pasado desde que April y Erik comenzaron a trabajar juntos en la tecnología de Zaibach. Al principio, a ella le dolía tanto el brazo que le resultaba doloroso hasta teclear en su ordenador. Pero aquello tenía sus ventajas, porque cada vez que la veía hacer un gesto de dolor, Erik se sentía tan culpable que redoblaba sus esfuerzos para avanzar más rápido. Al final de la primera noche, preocupado por sus heridas (y antes de acompañarla de vuelta al castillo), la arrastró a visitar a un doctor, que le sacó las astillas que quedaban en su mano izquierda y le vendó cuidadosamente la mano y el brazo.
Pasando por alto el hecho de que April debía tener cuidado para que nadie se diera cuenta de las vendas que llevaba bajo la ropa, las cosas mejoraron considerablemente desde entonces.
Juntos se las ingeniaron para localizar las piezas que les faltaban del escudo invisible en el que April había comenzado a trabajar, entre el mar de cajas que siempre los rodeaban. Y, gracias a la colosal fuerza bruta del soldado faneliano, consiguieron sacarlas de sus embalajes y montarlas todas en un tiempo récord. Unos cuantos arañazos en la mano y cuatro días acarreando las vendas parecían un precio a pagar bastante justo por todo aquello.
La extraña simbiosis entre ambos permitió a April avanzar más rápido en su investigación de la tecnología de Zaibach. Erik decía a menudo que en su peculiar asociación, cada uno aportaba los dones que la naturaleza les había entregado. Ella ponía el cerebro y él los músculos. Una combinación infalible, según Erik.
April se reía mucho cada vez que él repetía aquel discurso.
Cada noche, ella salía silenciosamente de palacio, se encontraba con él en los jardines de la fortaleza y juntos recorrían la distancia entre el castillo y el distrito industrial. La principal ventaja de ir acompañada de un soldado es que tenía vía libre para ir y venir del hangar sin tener que esconderse entre las sombras. Además, como April averiguó más tarde, Erik no era un simple soldado. Era el capitán de la guardia del rey. Y aquello significaba que los demás hombres obedecían sus órdenes sin oponerse. Así que nadie le hacía preguntas y ya no tenía que arriesgar el pellejo para colarse en los sitios sin ser vista. Todo un alivio.
Pero trabajar con Erik tenía más ventajas. Él le dejaba a April todo el aspecto técnico, respetaba sus decisiones y cumplía rápidamente cada orden que ella le daba. Y lo hacía siempre con buen humor, sin importar las horas que llevaran trabajando o las guardias que tuviera que hacer al día siguiente.
Infatigable e incansable, así era él. April pensaba, a menudo, que no podría haber encontrado a una persona más dispuesta para el trabajo en toda Fanelia. Aunque hubiera intentado estrangularla (las marcas del cuello aún le escocían un poco), era agradable compartir con alguien las largas noches en el hangar.
Aquella noche Erik la esperaba, como siempre, junto al muro sur de la fortaleza. Apoyado en la muralla de forma despreocupada, levantó la vista en cuando la escuchó acercarse. April le sonrió y ambos echaron a andar, conversando animadamente sobre el aparato en el que ella tenía pensado trabajar esa noche.
Tan absortos estaban en la conversación que no fueron conscientes de que alguien más les había visto.
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Van llevaba varias semanas sin dormir más que unas cuantas horas. No es que antes durmiera mucho más, pero desde que encontraron a April en los bosques de Fanelia había noches en las que le resultaba del todo imposible conciliar el sueño.
Y la causa de su insomnio tenía nombre, apellido y el pelo pelirrojo. April Ryan. Cada vez que cerraba los ojos la veía a ella, como un recordatorio constante de la persona a la que intentaba olvidar. Hitomi. Y es que, se parecía tanto a su madre que cada vez que veía a April o pensaba en ella, notaba una punzada dolorosa en una zona del cuerpo cercana al pecho.
Se odiaba a sí mismo por ser tan débil, pero no podía evitarlo. Se sentía traicionado, abandonado y, sobre todo, engañado. Durante ocho largos años había esperado pacientemente el regreso de Hitomi. Se había esforzado en reconstruir Fanelia para que cuando volviera a su lado, el país estuviera tal y como ella lo había visto la primera vez. Sin embargo, todo su trabajo y su sacrificio habían sido en vano porque Hitomi no sólo no pensaba regresar, sino que había rehecho su vida en la Luna Fantasma. Se había casado, había tenido una hija. Una hija que le recordaba continuamente que la espera era inútil. Ella no iba a volver jamás y él había sido un imbécil.
Sentía un odio corrosivo hacia Hitomi por abandonarle. Porque, tras la guerra contra Zaibach, la dejó marchar pensando que sería algo temporal. Siempre creyó que volverían a estar juntos. Por eso se había negado a elegir esposa, pese a las exigencias de algunos de sus consejeros para que sentara la cabeza.
¿Había dicho ya que era un imbécil?
Y, para colmo, tenía que enfrentarse cada día a la prueba viviente del amor entre la mujer que amaba y otro hombre. April.
Van sabía que se estaba comportando como un auténtico gilipollas porque ella no tenía la culpa de la situación en la que se encontraba ni había pedido venir a Fanelia como la encarnación de sus peores demonios para atormentarlo. Aun así, él se comportaba como un cobarde y se pasaba el día entero trabajando para evitarla lo máximo posible. Y los pocos minutos al día que pasaba en su compañía (las comidas), fingía ignorarla completamente.
A pesar de que le había dado razones suficientes para pensar que era un amargado, frío y grosero, April jamás comentó nada al respecto. Pero la indiferencia con la que Van la trataba provocó que, tras la primera mañana que ella pasó en Fanelia, April no intentara hablarle de nuevo. Como él la ignoraba, ella le ignoraba también.
Lo único que Van sabía de la vida de April en Fanelia, es que Merle y ella se pasaban el día recorriendo la ciudad y que se habían hecho buenas amigas.
Sin embargo, en algunas ocasiones, Van sentía la intensa mirada de sus ojos verdes posada sobre él. Sucedía a veces, en los escasos momentos que pasaban juntos y sólo duraba unos segundos. A él, evitar el contacto visual con ella le exigía todo su autocontrol. Pero lo hacía porque si la miraba, sus ojos lo atormentarían en el momento en que bajaba la guardia: cuando se quedaba solo, cuando intentaba dormir y cuando soñaba.
Siempre había guardado la angustia en su interior. Tal y como le habían enseñado. Sólo durante las horas de sueño los recuerdos podían traspasar sus defensas. Y eran esos recuerdos dolorosos, que intentaba enterrar, los que no lo dejaban dormir.
Exactamente igual que aquella noche. A pesar del duro día de trabajo que había tenido y de que se encontraba físicamente agotado, Van no conseguía conciliar el sueño. Harto de dar vueltas en la cama sin éxito, se vistió y decidió dar una vuelta por los amplios jardines del palacio. Pasear bajo la brisa que traía consigo la noche le ayudaba a dejar de pensar.
Pero esa vez, ni siquiera pasear le permitió relajarse. Descubrió con asombro que la causante de su insomnio también se encontraba allí. Y no estaba sola. El capitán de su guardia la esperaba apoyado junto al muro sur del castillo. Cuando ella llegó hasta él, le sonrió y juntos echaron a andar en dirección a la ciudad mientras conversaban animadamente.
"¿Qué demonios está pasando?", pensó Van totalmente desconcertado. Hasta donde él sabía, April y Erik no se conocían. Entonces, ¿por qué estaban juntos en una actitud tan familiar? Y ¿adónde se dirigían en plena noche completamente solos?
Decidido a encontrar la respuesta a sus preguntas los siguió silenciosamente a una distancia prudente para no ser descubierto. Ellos no se percataron de su presencia porque estaban inmersos en su conversación, aunque Van no podía escuchar sus palabras estando tan lejos. Erik y April caminaron durante bastante tiempo, atravesando la ciudad. Parecía que aquella no era la primera vez que hacían ese recorrido. La familiaridad con la que ambos se trataban le provocó a Van una punzada en la parte baja del estómago. No entendía absolutamente nada.
Van estaba empezando a preguntarse cuánto tiempo más continuarían paseando cuando se detuvieron ante una de las naves del sector industrial de Fanelia. La sangre se le heló en las venas cuando comprobó que Erik estaba ayudando a April a entrar en el lugar que custodiaba la tecnología de Zaibach.
Aquello estaba totalmente prohibido, sólo el rey y los ingenieros podían acceder al recinto. Él mismo lo había ordenado así para proteger lo único que le quedaba de su hermano.
La ira y el resentimiento que había estado acumulando durante las últimas semanas, se extendieron por su cuerpo. Como un maremoto, intoxicaron cada milímetro de su mente haciéndole olvidar la prudencia y la cordura. Ya no le importaba ser descubierto. April y Erik habían traicionado su confianza, y él necesitaba descargar en alguien todo lo que llevaba dentro.
Entró tras ellos en el hangar y los oyó hablar a unas cuantas hileras de cajas de distancia. Pero Van no prestaba atención a sus palabras. Sólo podía concentrarse en intentar mantener el control.
Se acercó desde atrás, para que no le vieran llegar, aunque estaban tan absortos que no se percataron de su presencia, y se detuvo a unos pasos de ellos. Entonces, pudo observar cómo April, ayudada por Erik, revolvía las cajas que envolvían el tesoro más preciado de su pueblo, desordenándolo todo.
Su hermano había sacrificado la vida para hacer de Fanelia un lugar mejor, para entregarle una tecnología que podía hacer avanzar a todo el país. Y ellos estaban allí, manoseando algo que no les pertenecía. La furia corrió por sus venas como si fuera veneno y no pudo contenerse más tiempo.
– ¿Quién coño os ha dado permiso para entrar aquí?– preguntó casi gritando. Ambos se sobresaltaron porque ni siquiera sabían que ya no estaban solos. Intercambiaron una mirada de incredulidad. Pero él no tenía paciencia para ser condescendiente– Os he hecho una pregunta– añadió–. ¿Qué cojones hacéis aquí?
April y Erik fueron conscientes de que el rey estaba muy enfadado. No parecía feliz de haber descubierto que estaban trabajando en la tecnología de Zaibach, pero si pudieran explicarle que habían conseguido ponerla en marcha, quizás se le pasaría el disgusto.
– No es lo que pensáis majestad– dijo Erik intentando aligerar el ambiente.
Van se echó a reír con resentimiento, mientras taladraba a April con la mirada. Su risa fría y cruel, heló la sangre de ella que se removió incómoda bajo su escrutinio. Erik se dio cuenta de que el rey estaba concentrando su ira contra April y se desplazó sutilmente, para servirle de escudo.
Aquello fue más de lo que Van pudo soportar. Ahora, hasta el capitán de la guardia lo consideraba una amenaza.
– Erik, lárgate de aquí inmediatamente– exigió Van. Su soldado no era la persona con la que deseaba aclarar un par de cuestiones.
Erik era el capitán de la guardia real y debía obedecer cada orden que el rey diera. Pero se reveló contra la idea de dejar sola a April en compañía de Van, tenían que explicarle antes por qué estaban allí. Tenían que calmarle primero.
– Majestad, permitidme que…
– Si no te marchas ahora mismo te acusaré de desobediencia– le interrumpió el rey.
En ese momento, April dio un paso al frente, saliendo de la protección que Erik le brindaba. No pensaba permitir que éste saliera perjudicado por algo que ella había provocado. No era Erik quien debía cargar con la responsabilidad de todo aquello.
Miró al imponente soldado a los ojos y tocó su brazo suavemente para que se relajara. Van no perdió de vista ninguno de los movimientos de ella.
– Vete– le dijo April.
Erik abrió la boca para oponerse, pero ella negó con la cabeza. Ya tenían bastantes problemas como para añadirle la posibilidad de que acusaran a Erik de desacato al rey. April no entendía mucho de ese tipo de cosas, pero estaba segura de que le castigarían si se empeñaba en desobedecer.
El soldado entendió lo que ella trataba de explicarle sin palabras y asintió de forma brusca. Dejar que April se enfrentara sola a esa situación iba en contra de todo aquello en lo que creía, pero no tenían otra salida. Miró al rey, luego a ella y se retiró lentamente. No sin antes asegurar que la esperaría fuera.
April suspiró mientras veía a Erik marcharse del hangar. Cuando los pasos del soldado dejaron de oírse, se dio la vuelta para encarar al mismísimo rey de Fanelia.
Iba a ser una noche muy larga.
Hola de nuevo!
Aquí estoy con el siguiente capítulo de esta historia. Es un poco más largo que los anteriores, así que espero que merezca la pena.
Es una especie de compensación por no haber actualizado la semana pasada. Perdonadme queridas pero los exámenes de la universidad me atraparon y me resultó imposible sacar tiempo para terminar el capítulo y actualizar.
Quiero enviar millones de besos a mis queridas Annima90, MacrossLive, 7, Alice Cullen y a todos y cada uno de los comentarios anónimos.
Gracias por invertir vuestro tiempo en dejarme un review, me hacéis muy feliz. Este capítulo os lo dedico.
También quiero agradecer a todas y cada uno de los 85 visitantes (la mayoría de México, os quiero) que han leído el capítulo anterior.
Quería comentar que una lectora (Anette) me escribió un mensaje privado para pedirme si podía incluir recomendaciones musicales al principio del capítulo, para leer la historia con la música con la que yo la he escrito.
No sé si a los demás os gustará la idea, pero a partir del próximo capítulo habrá recomendación musical =)
Eso es todo lo que quería decir, gracias por leer.
Nos vemos en el siguiente.
Love, Ela.
