Recomendación musical: Avril Lavigne – Nobody's home.


Capítulo 5: Cicatrices.

Cuando Van y April se quedaron a solas, la atmósfera estaba tan cargada que la tensión podía palparse en el aire. A pesar de estar separados por una distancia de varios metros, April sentía la intensa mirada de Van fija en ella. La pelirroja evitó por todos los medios mirar al rey a los ojos, porque estaba segura de que no le iba a gustar lo que vería en las profundidades de sus orbes oscuras.

Aquello fue demasiado para Van. Ella ni siquiera se atrevía a mirarle a la cara pero sí podía mantener una relación de complicidad con el capitán de la guardia, hasta el punto en que éste había desafiado una orden directa del rey para protegerla. Un odio visceral y destructivo despertó dentro de Van, oscuro y con vida propia. Todos los sentimientos que había intentado mantener bajo control durante los últimos minutos, estallaron por los aires.

– ¿Quién cojones te crees que eres para estar aquí?– preguntó Van con fiereza. No le importaba parecer grosero o ser brusco con ella. Ya no le importaba nada, absolutamente nada.

April no contestó, el modo en el que la que la estaba tratando rayaba la agresividad. Hubiera deseado poder gritarle que era un imbécil, pero se contuvo porque no quería decir nada que empeorara el ánimo de Van. Guardó silencio, mordiéndose la lengua hasta el punto de hacerse daño, para evitar responder. Ella siempre había tenido un temperamento intenso, pero era muy consciente de que añadir más gasolina al volátil comportamiento del rey no la ayudaría a aclarar la situación y tranquilizar a Van.

– ¿Ni siquiera piensas contestarme?– demandó él con una mueca cargada de desprecio, ante su persistente mutismo.

April no había tenido mucho contacto con el rey desde que llegó a Fanelia, pero nunca se había imaginado que él pudiera ser tan despiadado. Además, la táctica del silencio no estaba dando resultados porque Van parecía cada vez más enfadado. Tendría que cambiar de estrategia.

Ella alzó el rostro y le miró a los ojos, por fin. Verde contra Negro. El odio que vió en la mirada de Van la dejó sin aliento y le provocó un profundo estremecimiento. April siempre se había considerado una mujer valiente, pero por primera vez en su vida tenía miedo de cómo pudiera reaccionar una persona. Debía calmarle antes de que alguno de los dos hiciera o dijera algo de lo que después podrían arrepentirse. Cogió aire para calmar sus nervios.

– Sólo quería ayudar. Sé que esta tecnología es muy importante…– intentó explicar April pero Van la interrumpió.

– ¡TÚ NO SABES ABSOLUTAMENTE NADA!

April enmudeció por el odio que impregnaba cada palabra que salía de Van. ¿De dónde venía todo ese rencor contra ella? A April se le escapaban muchas costumbres de Fanelia, pero no podía entender por qué aquello era tan grave. Erik y ella sólo estaban intentando hacer realidad el deseo del rey de dar vida a la tecnología de Folken, ¿por qué habría de desatar su trabajo la ira de Van de ese modo?

Entonces, mientras observaba como la furia emanaba en oleadas del cuerpo del rey, lo comprendió. Van no estaba tan enfadado sólo porque ella hubiera entrado sin permiso en el hangar y estuviera trabajando con la tecnología de su hermano. Había algo más, oculto bajo la superficie. Él sólo la estaba utilizando como una válvula de escape para desahogar algo más doloroso que tenía enterrado dentro. Tan profundo que nunca antes había sido expuesto a la luz del sol.

Sin embargo, Van acababa de superar los límites de su paciencia. April no pensaba permitir que la tratara de ese modo. Si realmente necesitaba desahogarse podía descargar su frustración en algo más productivo que gritarle a ella.

– ¿Siempre eres así de grosero con todas las personas que intentan ayudarte o esta actitud la reservas sólo para mí?– quiso saber ella, abandonando la prudencia y dejando salir su temperamento.

Aquella era la pregunta del millón. La que April había deseado hacerle desde hacía semanas. Parecía evidente que ella era la persona contra la que Van dirigía todos sus ataques, a la que ignoraba continuamente, a la única que trataba de un modo despectivo. La pelirroja llevaba en Fanelia el tiempo suficiente para darse cuenta de que el rey no se comportaba de esta forma tan fría con ninguna otra persona. April no podía evitar pensar que había algo mal en ella. Por eso necesitaba respuestas. Y las necesitaba ya. Necesitaba saber qué había hecho para dejar de sentirse culpable cada vez que él se dignaba a mirarla.

– ¿Crees que puedes venir aquí y hacer lo que te dé la gana?– Van cortó el curso de sus pensamientos con nuevas dosis de hostilidad hacia ella–. Ordené que nadie entrara en este lugar sin mi permiso. Yo soy el rey de Fanelia y mi palabra es ley.

Pronunció esas palabras de un modo tan arrogante que April se vio obligada a poner los ojos en blanco.

– Puede que seas el rey de Fanelia, pero no eres mi rey– le contestó ella cínicamente.

April alzó el rostro. Altiva, orgullosa. Una provocación a ojos Van. Como rey, nadie en toda su vida se había atrevido a hablarle de ese modo, a cuestionar sus palabras o sus decisiones. Estaba acostumbrado a la obediencia de quienes le rodeaban. Sin embargo, ella era completamente diferente, la sumisión no estaba en su naturaleza. Si se encontraran en circunstancias diferentes habría sido capaz de apreciar la novedad de la situación. Pero estaban en mitad de una discusión y él no podía calmarse.

– Por si no lo habías notado antes, estás en Fanelia.

"Sarcasmo, tu segundo nombre es Van Fanel", pensó April irónicamente.

– Por desgracia majestad– dijo ella, haciendo énfasis en la última palabra. Si él quería ser tratado como un rey, lo haría. Con sarcasmo, pero lo haría–. Tengo tanto control sobre eso como vos mismo.

Empleó la misma frase que él había utilizado la primera mañana que pasaron juntos. Y para Van, su elección de palabras no pasó desapercibida. Tampoco el sarcasmo de su voz. Para su asombro, April no se acobardaba ante él. Al contrario, lo estaba provocando, como si no tuviera miedo de hacerle frente. Aquello sólo consiguió enfurecer aún más a Van.

– Deberías haberte quedado en la Luna Fantasma. Ojalá nunca hubieras venido, porque nadie te quiere aquí ni te echaremos de menos cuando te hayas ido– el rencor, el dolor y la ira nublaron su cerebro y seleccionaron, por él, la frase más nociva que fueron capaces de encontrar en lo más inhóspito de su mente.

April jadeó cuando el significado de aquellas palabras penetró en su cuerpo y la golpeó sin compasión. Estaba atrapada a cientos de kilómetros de casa, sin familia, sin amigos, sin dinero. Viviendo gracias a la caridad de una persona que en estos momentos la estaba haciendo sentir tan mal como nadie en toda su vida. En pocos segundos, pasó de estar a la defensiva a experimentar dolor, soledad y abandono. Se sentía perdida. Las lágrimas acudieron a sus ojos, aunque no supo si por el daño que le habían provocado sus palabras o por la rabia que estaba almacenando contra él. Sin embargo, se negó a llorar porque no tenía intenciones de darle esa satisfacción.

Pero nada de eso le sirvió para que el rey se apiadara de ella.

El aliento se escapaba entre los dientes de Van, mientras la furia se abría paso en sus entrañas, acabando con todo rastro de cordura. Vio en sus enigmáticos ojos verdes que le estaba haciendo daño, el dolor que se reflejaba en ellos detuvo el aire durante un segundo. Pero era incapaz de contener el veneno que infectaba su cerebro.

La impotencia quemaba la garganta del rey. ¿Por qué había tenido que venir April a poner su mundo patas arriba? Él intentaba sobrellevar como podía el peso de la corona de Fanelia, la carga de haber combatido en una guerra cuando era sólo un adolescente, la obligación de reconstruir un país arrasado y el dolor de perder a todos sus seres queridos. ¿Con qué derecho se atrevía ella a añadir más preocupaciones a sus ya sobrecargados hombros? April le recordaba continuamente que la mujer a la que amaba le había abandonado, para siempre. Y ya no podía sobrellevar más su carga, era demasiado pesada. Le aplastaba, le ahogaba.

Incapaz de contestar, April se limitó a sostenerle la mirada, quemándole por dentro. Por un momento, Van se sintió débil, vulnerable, enfermo. Por ella, sólo por ella.

Y no pudo soportarlo más. Olvidó que la mujer que estaba frente a él no era Hitomi, sino su hija. Olvidó que ella no había provocado esta situación ni había pedido venir a Gaia. Olvidó que April no había hecho nada para desencadenar su ira. Y por encima de todo, olvidó que ella no era la persona con la que deseaba desahogarse.

Mientras seguía atrapado por el embrujo de sus ojos verdes, algo se rompió dentro de Van. Los fragmentos afilados se clavaron dolorosamente en su interior, haciéndole daño. Y él necesitaba que ella sintiera al menos una parte del dolor que estaba experimentando. Quería que se marchara para que su presencia dejara de recordarle todo lo que había perdido.

– ¡LÁRGATE! No quiero volver a verte. JAMÁS.

Se arrepintió de haber pronunciado esas palabras en cuanto abandonaron sus labios. Pero era demasiado tarde. Los ojos de April se iluminaron un segundo, antes de apagarse y volverse duros y fríos, como si se hubiera congelado el material del que estaban hechos. Ya no podía ver en ellos dolor, sólo decepción.

April sonrió de un modo extraño. Van la había visto reírse muchas ocasiones desde que llegó a Fanelia, en los escasos momentos que compartían durante las comidas. A veces, Merle le gastaba alguna broma o decía algo gracioso y, entonces, el sonido de su risa se extendía por la habitación como una onda expansiva, cálida y acogedora. Pero en ese instante, ella sonreía de forma ausente. Y la alegría no le llegaba a los ojos.

Sin pronunciar una sola palabra, se alejó de Van y se encaminó hacia la mochila negra que descansaba sobre una de las cientos de cajas de madera que los rodeaban. Recogió todas sus cosas tranquilamente y las metió con cariño en la mochila. Cuando hubo terminado, cerró la cremallera, se la echó al hombro y caminó hacia la salida. Estaba a punto de alcanzar la puerta del hangar cuando se detuvo para mirar a Van, una última vez.

– Lo que no entiendo es como pudo mi madre enamorarse de ti cuando os conocisteis– susurró April en medio del silencio– Eres un monstruo.

Van se congeló al escuchar sus palabras. Notó un pinchazo en alguna zona del cuerpo cercana al pecho. Nunca había sentido un dolor tan agudo, tan intenso.

Ella se giró y abandonó el hangar sin mirar atrás.

April no había pronunciado una sola palabra desde que salió del hangar. A pesar de que Erik la estaba esperando fuera y de que el soldado le preguntó en repetidas ocasiones sobre lo que había ocurrido dentro, ella se negó a hablar y Erik, con un suspiro, admitió la derrota al cabo de unos minutos. Se limitó a escoltarla de vuelta al castillo en medio de un silencio que parecía estirarse entre ellos como un muro, invisible e insalvable.

Desde su posición fuera del recinto, no había podido escuchar ni una sola palabra. Pero estaba completamente seguro, a juzgar por el comportamiento de April, que no había sido una conversación agradable. Erik se sentía culpable por haberla dejado sola. Sabía que desobedecer al rey le habría costado el puesto, pero se arrepentía profundamente de no haberse quedado con ella. Había actuado como un auténtico cobarde y merecía que April le recriminara su comportamiento. Pero ella no lo hizo. En realidad, no hizo absolutamente nada.

Continuó caminando a su lado con la mirada perdida, agarrando fuertemente la mochila negra que siempre la acompañaba y en la que guardaba sus extraños aparatos.

Cuando llegaron ante la puerta principal de palacio, April esbozó una gélida sonrisa, que no le llegó a los ojos, en señal de despedida y lo dejó solo junto a la garita de guardia. Erik se quedó allí, durante varios minutos, mirando fijamente el lugar por el que ella se había marchado y preguntándose qué podía hacer para solucionar el lío en el que se habían metido. Tenía que hacer algo para arreglar todo aquello. Y sólo había una persona en Fanelia a la que el rey escucharía. Giró sobre sus talones y echó a correr. Debía darse prisa.

April, por su parte, siguió recorriendo a solas los pasillos del castillo. Sentía que avanzaba a cámara lenta, como si su cuerpo no tuviera energía suficiente para moverse más rápido. Cada paso parecía costarle un gran esfuerzo. Se dejó guiar a través del interminable laberinto de pasillos por aquella parte de su cerebro que no estaba anestesiada por lo que acababa de suceder. Agradeció enormemente el hecho de que nadie deambulara en los corredores de palacio a esas horas, porque no deseaba ver a nadie.

Al llegar a su habitación, notó que la chimenea estaba encendida. Pero, ni siquiera el fuego fue capaz de calentar el frío que sentía por dentro. Dejó caer suavemente la mochila junto a la cama, se quitó su inseparable chaqueta de cuero (que colocó con cuidado sobre la cama) y caminó lentamente hacia los grandes ventanales. Abrió con desgana la puerta acristalada y salió al magnífico balcón de su dormitorio.

El viento le dio la bienvenida con una gélida caricia que meció su pelo. Pero April no sintió frío, era incapaz de sentir nada. Nubes oscuras, que presagiaban tormenta, ocultaban las estrellas. El tiempo parecía querer ponerse de acuerdo con su estado de ánimo. Un rayo iluminó el cielo durante un segundo y, poco después, el trueno que lo acompañaba rompió el silencio de la noche. Pronto empezaría a llover.

Era más de medianoche, Fanelia dormía y sólo podían verse las luces que alumbraban las calles y las de las ventanas de algunas casas. Una vista que debería haber sido tranquilizadora. Pero no esta noche, no para ella. April apoyó la espalda contra la barandilla que marcaba el fin de la terraza y se dejó caer lentamente hasta llegar al suelo, dándole la espalda a la ciudad.

No supo cuánto tiempo permaneció en la misma posición, pero tampoco le importaba demasiado. Los minutos se escurrieron lentamente hasta que un sabor salado en sus labios le hizo saber que estaba llorando. Se tocó la mejilla con los dedos y le sorprendió la humedad que encontró en ellos, no era consciente de haber empezado a llorar. Sin embargo, las lágrimas fluían libres por su rostro. Como una inundación, como si se hubiera roto el dique las mantenía a raya.

Hacía años que no lloraba, tanto tiempo que creía haber olvidado como se hacía. Pero, al parecer, llorar nunca se olvida porque es algo instintivo. Recordó las palabras que su padre le había repetido cientos de veces cuando era niña: "cariño, debes guardar tus lágrimas para llorar cuando sea verdaderamente importante". Su mente conjuró la imagen de su padre, tal y como ella lo recordaba. Cabello pelirrojo, ojos azules y su inseparable chaqueta de tweed. La tristeza desbordó su corazón.

– Lo siento mucho papá.

Pero su padre no podía escucharla. Hacía mucho tiempo que se había ido a un lugar al que April no podía seguirle. No pudo estar con ella cuando terminó el instituto, ni al entrar en la universidad, tampoco cuando se marchó de casa para estudiar en el extranjero o consiguió su primer trabajo. Le había perdido para siempre. Nunca más volvería a consolarla, ni a abrazarla. No estaría allí el día de su boda o cuando tuviera hijos.

El vaho de su respiración ascendía como el humo, mientras la temperatura descendía. Una gota cayó del cielo sobre su frente y se escurrió por su cara fundiéndose con las lágrimas que continuaban cayendo sin control. A esa gotita le siguieron otras muchas, hasta el punto en que a April le resultó imposible distinguir entre la lluvia y las lágrimas. El cielo lloraba con ella.

Se abrazó las rodillas con fuerza y lloró desconsoladamente. Como una niña que se hubiese caído y hecho un corte en la rodilla. Deseó que su madre viniera y la levantara, que la llevara en brazos y la sentara en la encimera de la cocina para ponerle una tirita. Para asegurarle que todo iría bien.

Sin embargo, cuanto más deseaba que aquello ocurriera, más lloraba. Porque era consciente de que el día que su padre murió, todo su mundo murió con él. No sólo había perdido a su mejor amigo, sino también su hogar. Desde entonces no hubo más cuentos de hadas, sólo una pesadilla interminable de la que no podía despertar. Porque también había perdido a su madre que, incapaz de hacer frente a la idea de haber perdido al amor de su vida, se sumió en la depresión. Y ella se quedó completamente sola.

Hacía años que April no tenía ningún tipo de relación con Hitomi. El trabajo era su familia, su amigo y su única compañía.

Y ahora, estaba atrapada en un planeta extraño, rodeada de gente extraña. Lejos de todo aquello que le resultaba conocido. Ella quería irse a casa, pero no había nadie en casa, no había nadie esperando su regreso. Ni siquiera sabía dónde demonios estaba su hogar. Lo había perdido todo, no tenía ningún lugar al que ir. Se sentía vacía, perdida. Las palabras de Van se repetían en su cerebro una y otra vez, recordándole que ni siquiera en Fanelia había podido encontrar un lugar en el que fuera bienvenida.

La lluvia empapó su ropa y permitió que el frío calara sus huesos, pero April no fue consciente de ello. Purgar la herida que se había producido en su interior le llevó más tiempo y más lágrimas de las que pensaba.

El amanecer alejó la tormenta de la capital de Fanelia. Los primeros rayos del sol de aquella fría mañana se colaron desde el este, entre las pocas nubes que aún adornaban el cielo. Como si esa fuera la señal que necesitaba para dejar de llorar, April alzó el rostro hacia la luz de un nuevo día. La senda que las lágrimas habían recorrido por sus mejillas contrastaba con la blancura de su piel.

Se secó las lágrimas con el dorso de la mano y se puso en pie. Sus músculos, tras haberse pasado gran parte de la noche en la misma posición, gimieron con desaprobación. Contempló el espectáculo que ofrecían las dos lunas, recortadas contra el cielo infinito. La voz de su padre volvió a invadir sus pensamientos. "Eres tan fuerte como tu próximo movimiento", repetía continuamente mientras la enseñaba a jugar al ajedrez. Él siempre decía que la vida, como el ajedrez, consiste en tomar decisiones.

Y durante aquella larga noche, April había tomado una de las decisiones más difíciles de su vida. No iba a quedarse en un lugar donde no era bien recibida, en un lugar en el que su sola presencia molestaba.

Tal vez no tuviera donde ir, ni dinero, ni idea de qué hacer con su vida o de cómo volver a la Tierra. Puede que no hubiera un sitio al que pudiera llamar hogar ni nadie que la esperara en casa. Sin embargo, su padre le había enseñado que el destino reparte las cartas pero somos nosotros quienes jugamos la partida. Y ella no pensaba rendirse.

Completamente empapada, regresó a la habitación. Se metió en el baño y dejó que el agua caliente relajara sus músculos y fortaleciera su determinación. Cuando terminó, se vistió con la ropa que llevaba puesta el día que llegó a Fanelia y vació rápidamente el contenido de los armarios y cajones sobre la cama. Metió todo lo que consideró indispensable en su mochila negra y dejó lo demás de lado. Cerró, como pudo, la atestada bolsa y se la echó al hombro.

Era un poco triste comprobar que toda su vida cabía en la mochila que usaba para ir al trabajo. Aunque pensándolo detenidamente, aquello era una ventaja. No tenía ni idea de dónde iba o de cuántos kilómetros tendría que recorrer, mejor no llevar demasiado peso.

Debía darse prisa, Merle no tardaría en ir a buscarla, como cada mañana. Y April no tenía interés de explicarle a nadie las razones que la habían llevado a tomar una decisión tan difícil. Cuando estaba a punto de marcharse recordó todas las cosas que Merle había hecho por ella, sus esfuerzos porque April se sintiera como en casa en una tierra extraña. No podía marcharse sin darle las gracias.

La pelirroja maldijo en voz baja a su conciencia por elegir un momento tan delicado para hacer acto de presencia. A toda velocidad se dirigió al tocador, abrió el primer cajón y sacó un trozo de papel, un tarro de tinta y una pluma. Garabateó unas palabras con la esperanza de que pudieran expresar, al menos en parte, la gratitud que sentía. Dobló la carta cuidadosamente y la dejó sobre el tocador, visible, para que Merle la encontrara.

Eso era todo lo que podía hacer, no tenía fuerzas para decirle adiós en persona. Su amiga nunca la dejaría marcharse, y April lo sabía. Pero ella no podía quedarse. Merle tendría que entenderlo.

Con una tranquilidad que no sentía, abandonó la habitación cerrando suavemente la puerta tras de sí.

Van Fanel estaba pasando una de las peores noches de toda su vida. Si antes de sorprender a Erik y April en el hangar estaba teniendo problemas para dormir, en esos momentos le resultaba completamente imposible.

Aún seguía en el lugar donde se custodiaba la tecnología de Folken, pero no tenía intenciones de irse a ninguna parte. Pensar en su hermano le provocó una punzada de culpabilidad. Van estaba seguro de que si Folken hubiera presenciado la discusión que había tenido con la chica de la Luna Fantasma se habría avergonzado de su comportamiento. Y su padre, su madre, Merle o Vargas habrían pensado lo mismo de él. Imaginando sus reacciones se sintió aún más culpable, si es que eso era posible.

¿Cómo demonios podía haber metido tanto la pata con April? ¿Cómo podía haberla tratado de un modo tan horrible? Había pagado con ella todas sus frustraciones y sólo consiguió hacerle daño en el proceso. Lo sabía, lo vio en sus ojos antes de que abandonara el hangar.

Se pasó la mano por el pelo varias veces en señal de frustración. ¿Qué clase de persona se comportaba de ese modo con un invitado? Ella estaba bajo su responsabilidad y era su deber protegerla hasta que pudiera volver a su hogar. Sólo él podía ser tan imbécil de herir a la persona que debía proteger.

Ella se había colado en un recinto privado, cierto. Pero no se merecía las crueles palabras que él le había dedicado. Si se hubiese comportado como el rey que se suponía que era podría haberle explicado que aquel lugar estaba reservado a personal autorizado. Y ella lo hubiera comprendido.

Se acercó lentamente a la única ventana del hangar que estaba al nivel del suelo. Fuera había estado lloviendo con fuerza durante horas. El amanecer, sin embargo, trajo la calma después de la tormenta. Apoyó la frente contra el frío cristal mientras cerraba los ojos.

Entonces recordó el dolor que había visto en el rostro de April y la ira invadió de nuevo su cuerpo. Golpeó la ventana con el puño derecho. El cristal se hizo añicos y los fragmentos hirieron su piel haciéndole sangrar. Su sangre manchó los pedazos y se escurrió hasta llegar al suelo. Tuvo que detener a los dos soldados que hacían guardia en la puerta y que habían entrado precipitadamente en el hangar, sobresaltados por el ruido.

Cuando se quedó solo de nuevo, maldiciendo en voz alta y soltando improperios, agarró con la mano ilesa uno de los pañuelos que siempre llevaba consigo y lo enrolló alrededor de la herida.

¿Cuántas estupideces más podría cometer en menos de veinticuatro horas? Porque ya llevaba unas cuantas y parecía incapaz de detenerse.

El dolor de la mano consiguió despejar su mente y ayudarle a controlar la ira. Necesitaba pensar en qué hacer para arreglar el enorme error que había cometido. No podía permitir que el pasado siguiera condicionando sus acciones en el presente o todo el esfuerzo que había invertido en los últimos años sería en vano.

De repente, el sonido que producía la puerta del hangar al abrirse lo sacó de sus cavilaciones y Van se dio la vuelta a toda velocidad. Esperaba que April hubiera regresado, eso le daría la oportunidad que necesitaba para solucionar lo que había hecho.

Pero no era ella, sino Erik. Y además, el capitán de la guardia real no estaba solo, Harold le acompañaba. Su fiel consejero parecía haber salido precipitadamente de la cama porque todavía se estaba poniendo la capa que lo distinguía como miembro del consejo sobre la túnica.

Jadeando como si hubieran recorrido una gran distancia a toda velocidad, ambos cruzaron el umbral con calma, sin dejar de mirar al rey, evaluando su estado. Van deseaba pedirles que se marcharan, quería estar solo porque necesitaba calmarse y pensar. Pero se contuvo. Aquellas eran las personas en las que más confiaba y Harold no habría salido de la cama tan tarde sin ninguna razón.

– Si venís a decirme que soy un imbécil podéis ahorraos el esfuerzo. Lo sé perfectamente– Van intuía el motivo por el que Harold y Erik habían venido hasta allí.

Ambos se detuvieron frente a él, Harold unos metros por delante. Los ojos de su consejero se entretuvieron unos segundos en el pañuelo ensangrentado que Van sostenía. Pero no hizo ningún comentario.

– El primer paso es reconocerlo, majestad– dijo Harold amablemente– Pero no estamos aquí sólo porque seáis incapaz de controlar vuestro genio, mi señor, sino porque Erik tiene algo muy importante que enseñarnos, ¿no es cierto Erik?

El aludido asintió brevemente y se encaminó a la zona en la que había estado trabajando con April durante la última semana. Movió las cajas que habían utilizado para ocultar sus progresos de miradas indiscretas y descubrió ante los ojos de Van y Harold los frutos del trabajo de April.

El rey abrió los ojos como si no pudiera creer lo que veía. Tenía ante él la tecnología de su hermano, montada y funcionando. Después de tantos años, el sueño se había hecho realidad. Aquello era imposible.

Miró a Erik y le pidió una explicación con la mirada. Pero fue Harold quien se la ofreció.

– Erik ha venido a verme esta noche. Aunque reconozco que no esperaba su visita- dijo desviando la mirada durante unos segundos hacia el soldado–. Quería contarme que hace una semana sorprendió a la chica de la Luna Fantasma en el hangar. Al principio no supo lo que estaba haciendo aquí, hasta que ella le enseñó algunos aparatos de Zaibach que había conseguido poner en marcha. Al parecer, la señorita April es una experta en tecnología y ha logrado hacer realidad lo que nos parecía imposible. Desde entonces, Erik la ha estado ayudando, sobre todo a transportar las piezas más pesadas.

Harold guardó silencio, esperando la reacción del rey. Pero Van ya no le escuchaba ni le prestaba atención. En lo único en lo que podía pensar era en April. Ella había intentado explicarle que lo había conseguido. Y él no se lo permitió. Le había pagado con desprecio todo su esfuerzo. Era un auténtico gilipollas. Un gilipollas integral.

– Joder– exclamó. Ya no podía sentirse más culpable. O eso creía él.

Los minutos siguieron corriendo mientras amanecía. Ante la negativa del rey a continuar hablando del tema, Harold volvió a tomar la palabra.

– Si ya hemos aclarado este tema majestad– dijo–… ¿me permitís sugerir que tengamos una charla con la señorita April? Y esta vez, intentad controlar vuestro temperamento, mi señor.

Van le miró con mala cara pero no dijo nada. Por fin se le presentaba la oportunidad de arreglar el lío que había armado y se sentía un poco más aliviado. Sonriendo de lado, precedió la comitiva para salir del hangar.

Atravesaron la ciudad en un tiempo récord, con el pobre Harold tratando de mantener el ritmo de los dos hombres más jóvenes que le acompañaban, y cuando llegaron al castillo, se encerraron en el despacho del rey. Antes de hablar con April, debían analizar cuidadosamente todas las opciones que se les planteaban en ese nuevo horizonte.

Van estaba a punto de sugerir que April continuara con el trabajo que había empezado, cuando la puerta del despacho se abrió tan bruscamente que pegó contra la pared y rebotó. Los 3 hombres se giraron hacia el sonido de un modo automático. Allí estaba Merle, que sostenía entre las manos un trozo de papel como si fuera la cosa más valiosa del mundo.

– Me he pasado más de una hora buscándote. Hasta que los guardias de palacio me han dicho que estabas aquí reunido– Las lágrimas se escapaban de sus ojos azules.

– Merle, no es buen momento…– intentó explicar Van pero ella no le dejó terminar, lo que tenía que decirle al rey no podía esperar.

– April se ha ido– informó extendiendo hacia Van la carta que sujetaba. Lloraba como si la pena que sentía fuera mayor de la que se podía expresar con palabras.

Van cogió la carta, ante la atónita mirada de Erik y Harold, sintiendo que su corazón latía demasiado deprisa. Sobre el papel, unas cuantas palabras escritas apresuradamente con tinta negra.

Nunca digo adiós a nadie porque no dejo que las personas más cercanas a mí se vayan. Me las llevo conmigo donde esté.

Te digo hasta pronto, porque sé que volveremos a vernos.

Y cuando nos encontremos de nuevo, te sonreiré como hacen los buenos amigos que llevan mucho tiempo sin verse.

Gracias, por todo.

April.


Hola de nuevo!

Aquí estoy con una nueva entrega de esta historia. Es uno de los capítulos que más me ha gustado escribir, porque jugar de este modo con los sentimientos de los protagonistas me ha encantado. Espero que vosotras también lo hayáis disfrutado tanto como yo.

Quiero agradecer, como siempre, a mis incondicionales: Annima90, MacrossLive, Alice Cullen y 7. Sois mi dosis de alegría en cada capítulo y sin vosotras esto no sería lo mismo. Os quiero guapas y muchas gracias por los ánimos

También millones de besos a las que me leéis en las sombras y a las que me escribís por privado, especialmente a Anette. Como puedes ver el capítulo incluye la recomendación musical que me pediste, la canción con la que lo he escrito. Espero que te guste bonita.

Eso es todo. Gracias por leer.

Nos vemos en el siguiente.

Love, Ela.