Recomendación musical: Audiomachine – When it all falls down.
Capítulo 7: A sangre y fuego.
Van llevaba dos días recorriendo sin descanso los caminos de Fanelia. Conocía aquellas tierras como la palma de su mano, pero eso no le había ayudado en su búsqueda.
Nada más abandonar la capital, el rey y sus soldados se dividieron para cubrir más terreno, cada uno de ellos tomó una dirección diferente. Confiando en que April no hubiera tenido tiempo de alejarse demasiado, Van y Erik tomaron el camino del sur y cruzaron el paso de Iso en un tiempo récord. Cabalgaron juntos hasta dejar atrás las montañas y, después, se dividieron para rastrear las planicies que se extendían ante ellos. Van cabalgó sin detenerse durante todo el día, registrando cada camino, cada posada y cada aldea que encontraba a su paso. Pero no había ni rastro de April.
Cuando el sol se puso en el horizonte, el temor se abrió paso en la mente del rey. Era completamente imposible que April pudiera llegar tan lejos a pie. Debía haber tomado otro camino. Y en ese momento estaba completamente sola, en algún lugar de Fanelia. Sola en plena noche. Si algo le sucedía no se lo perdonaría nunca.
Mientras Van seguía avanzando, bajo la luz que proyectaba la Luna Fantasma, la noche desplegó su oscuro manto. Una creciente sensación de alarma invadió el cuerpo del rey y no le permitió detenerse a comer o dormir. Continuó cabalgando hacia el norte, siguiendo la senda de la gran calzada que cruzaba Fanelia de norte a sur. Y cada milla que recorría incrementaba, dentro de su pecho, el presentimiento de que algo malo iba a suceder. Espoleaba las riendas como si un demonio lo hubiera poseído, mientras un solo pensamiento ocupaba su mente: April. April. April. Tenía que encontrarla.
La noche pareció querer extenderse por siempre. Como si el sol hubiera decidido no volver a mostrarse sobre la faz del planeta. El frío se hizo casi insoportable; a Van le helaba los huesos y se le metía en los pulmones al respirar.
Los primeros rayos del sol invernal se colaron entre las nubes de bruma del amanecer y bañaron las tierras de Fanelia con su tenue luz, pero no consiguieron entibiar la frialdad del ambiente. Durante aquella segunda jornada de búsqueda infructuosa, la temperatura descendió drásticamente y las nubes, de un color gris plomizo, cubrieron el cielo por completo. A primera hora de la tarde cayeron los primeros copos y Van supo que debía apresurarse. La nieve caía cada vez con más fuerza y pronto se convertiría en una gran nevada. Si April permanecía a la intemperie bajo la tormenta, moriría congelada. Por eso, a pesar del cansancio y de las horas que llevaba sobre el caballo, a pesar del frío y del hambre que sentía, no se detuvo. Estaba agotado, pero continuó cabalgando sin descanso.
Al atardecer, cruzó el vado del río Adra, cuyas aguas se habían congelado en los márgenes debido a las bajas temperaturas, y penetró en las fértiles llanuras que rodeaban la comarca de la aldea de Vaedran, al este de la capital, cubiertas en ese momento por la nieve que llevaba horas cayendo sin parar.
Pero, a pesar de todos sus esfuerzos, no pudo ir más allá. Después de cabalgar sin descanso durante dos días, su caballo no podía continuar. Bajó de la montura y se acercó al cansado animal.
– Lo has hecho muy bien– dijo Van mientras lo acariciaba con cariño.
Suspirando por la frustración y completamente agotado, empezó a preguntarse cuál sería su siguiente paso. Debía elegir qué camino tomar una vez que su extenuada montura descansara un rato; regresar a la capital de Fanelia (quizás alguno de sus soldados hubiera tenido más suerte que él), continuar hacia el norte o seguir hasta la frontera con Asturia.
Pero Van sabía que era inútil, April no podía haber recorrido la distancia entre Vaedran y la capital de Fanelia a pie. Lo mejor que podía hacer era regresar a palacio, seguramente uno de los soldados la había encontrado hacía horas y él estaba haciendo el imbécil bajo la persistente nevada. Aunque Van seguía teniendo esa sensación extraña, como un presentimiento de que algo malo iba a suceder.
El rey bufó, enfadado consigo mismo, y el vaho de su respiración se elevó como el humo. "Seguramente se trata sólo de culpabilidad", pensó para sí mismo. Tenía que dejar ya de hacer tonterías y volver a la capital antes de que el tiempo empeorara aún más. Merle estaría esperando en palacio, preocupada por su ausencia y porque estuviera a la intemperie bajo aquella nevada.
Consideró la posibilidad de descansar en la aldea de Vaedran hasta que su caballo se repusiera del esfuerzo que había hecho durante los dos últimos días, pero después pensó que no le apetecía tener que explicarle a nadie por qué el rey de Fanelia estaba cabalgando en mitad de una nevada sin escolta. Tuvo un escalofrío al pensar en lo que dirían sus consejeros si se llegaban a enterar que había salido de palacio sin la guardia real. Van estaba convencido de que le repetirían hasta la saciedad aquello de "la seguridad del rey es lo más importante". Así que le dio a su caballo un par de horas de descanso, mientras se sentaba bajo unos árboles que crecían junto al camino.
La nieve continuó cayendo de forma persistente mientras el sol se hundía en el horizonte. Cada vez hacía más frío y Van supo que debía ponerse en marcha. Quería cruzar los Montes del Teleno antes de que aquella nevada se convirtiera en un auténtico temporal y le resultara imposible seguir avanzando. Si se apresuraba podría estar en palacio al amanecer, pensaba Van con optimismo.
Era noche cerrada cuando se encaramó a su montura. Se colocó la capa sobre la ropa para huir del frío que calaba los huesos y comenzó a recorrer a buen ritmo el camino que le llevaría de nuevo hacia la capital de Fanelia. Sólo llevaba unos minutos cabalgando cuando notó un pequeño tirón en el cuello. Al principio creyó que la ropa se le había enredado con la capa o con la silla de montar. Sin embargo, cuando movió la capa para estar más cómodo el tirón se hizo más fuerte. Extrañado, inspeccionó sus ropas. Y se quedó estupefacto.
La incómoda sensación que sentía no procedía de su ropa, sino del colgante atlante que siempre llevaba consigo. El mismo que Hitomi le había regalado antes de regresar a la Luna Fantasma. Muerto de curiosidad, Van apartó los pliegues de la capa y tiró de la cadena que colgaba de su cuello.
Y entonces lo vió. El colgante brillaba intensamente y se movía como si tuviera vida propia. El rey lo contempló asombrado, no entendía absolutamente nada. Hacía años que aquel artefacto atlante no daba señales de vida, concretamente desde que Hitomi se había marchado. Van lo llevaba consigo como una especie de recuerdo de todo lo que habían vivido, de su pasado, de sus orígenes. Pero creía que ya no funcionaba porque la única persona que había podido activarlo estaba a miles de kilómetros de Fanelia. Sin embargo, en ese momento el colgante seguía tirando de Van, como si quisiera escapar.
Perplejo, lo sostuvo entre sus manos enguantadas preguntándose qué significaba todo aquello. Cuanto más avanzaba Van hacia el oeste, hacia la capital de Fanelia, más fuerte se movía el colgante, como si intentara decirle que no podía regresar todavía a palacio.
El rey no sabía qué hacer. Bajo la nieve y el frío, los tirones del colgante eran cada vez más potentes. Si continuaba avanzando, la cadena acabaría haciéndole daño en el cuello. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Trataba de decirle el lugar al que debía dirigirse?
Detuvo su caballo y lo hizo girar. Empezó a avanzar lentamente en sentido contrario, hacia el este. Los movimientos del colgante se redujeron al instante, pero brillaba más intensamente. Pensando que el comportamiento del artefacto atlante y la extraña sensación que había experimentado durante los dos últimos días estaban relacionados, Van decidió comprobar dónde le llevaba el colgante.
Así que volvió sobre sus pasos y desanduvo lo andado, impelido por la necesidad de saber si su presentimiento era correcto. Cabalgó hacia el este, dejando atrás los Montes del Teleno, utilizando el colgante que brillaba entre sus manos como si fuera una brújula. Vadeó de nuevo el río Adra y atravesó la encrucijada junto a la que se levantaba la aldea de Vaedran. Pensando que el colgante dirigía sus pasos hacia el este, dejó de lado el camino que llevaba a la aldea y continuó por la senda hacia las Montañas Floresta.
Entonces el colgante volvió a agitarse, desesperado entre sus manos. Van comprendió que el collar deseaba que se dirigiera a la aldea, aunque no podía entender el motivo. Regresó al camino que daba acceso a Vaedran y cuando estaba a menos de un cuarto de milla de las murallas de piedra que cercaban la aldea, lo oyó.
Un grito. Bajo la nevada, una mujer gritaba. Un grito de dolor que rasgó el aire y llegó hasta Van para congelarle la sangre en las venas.
De repente, el colgante se apagó y dejó de moverse, pero a Van no le importaba. Ya sabía el lugar al que intentaba guiarle el collar. Había reconocido la voz de la mujer.
"April", pensó el rey al instante. Soltó el colgante, que se quedó inmóvil sobre su ropa, y cogió las riendas. Espoleó la montura y cabalgó a toda velocidad hacia Vaedran. En la distancia, las murallas de la aldea se alzaban ante él, como una sombra en la penumbra de la noche. El viento trajo consigo otro grito, más fuerte que el anterior. A Van le parecía que todo se movía a cámara lenta, que no avanzaba lo suficientemente rápido. El corazón le martilleaba con fuerza en las costillas.
El silencio era insoportable. Necesitaba ir más deprisa. Ni siquiera podía pensar en la posibilidad de no llegar a tiempo.
Dobló un recodo del camino y entonces, los vio. Junto a la muralla de Vaedran, había tres hombres altos, rubios y vestidos de negro de los pies a la cabeza. Pero no fue aquello lo que hizo que la ira inundara el cuerpo de Van. A medida que se acercaba, advirtió que uno de aquellos hombres, sostenía a una mujer de largo cabello pelirrojo por el cuello. Estaba cortando su mejilla utilizando un largo y extraño puñal.
Van no tuvo tiempo suficiente para idear un plan de ataque. Sólo podía pensar en April, en que aquellos hombres le estaban haciendo daño. Así que se aproximó a ellos lo máximo posible, aunque estaban tan absortos en su presa que no se percataron de su presencia. Se lanzó sobre ellos desde atrás, sin desmontar siquiera, directamente desde la silla.
Los empujó, con toda la fuerza que fue capaz de reunir, para alejarlos de April. El tipo que la sostenía la soltó por la violencia del golpe y ella cayó hacia atrás. Y se quedó allí, inmóvil, mientras la sangre que manaba de su mejilla manchaba la nieve. Los cuatro rodaron por el suelo en un confuso montón. Van necesitaba desesperadamente saber cómo estaba April (ella seguía tendida en el suelo, al parecer inconsciente), pero no podía detenerse a comprobar su estado en esos momentos. Primero debía ocuparse de aquellos hombres.
Se puso en pie rápidamente y desenvainó la espada que llevaba colgando del cinturón. Había llegado el momento de darle uso, de nuevo.
Ellos hicieron lo propio con las suyas y, a continuación, atacaron todos al mismo tiempo.
…
Cuando la oscura neblina que envolvía su mente se disipó, April fue consciente de que estaba tumbada sobre la nieve. Dando arcadas, tosiendo y jadeando en busca de aire. El mismo aire que le abrasaba la garganta al pasar. Respirar era una auténtica tortura.
¿Qué había ocurrido? ¿Cuánto tiempo llevaba inconsciente?
April no podía ver nada más allá de los puntitos que oscurecían su campo de visión. La cabeza le daba vueltas y le pitaban los oídos, por lo que sólo escuchaba los latidos acelerados de su corazón. Le sangraba el labio y la mejilla le dolía tanto que habría gritado por el suplicio que estaba sufriendo, si hubiera sido capaz de articular palabra. Pero le resultó imposible, tenía la garganta reseca y la boca pastosa.
Los segundos pasaron mientras continuaba tumbada sobre la nieve y se le destapaban los oídos. Entonces pudo escuchar (además de su respiración irregular) pisadas, gritos y golpes. Metal chocando contra metal. ¿Qué eran esos ruidos? Recordó que antes de perder el conocimiento, tres lunáticos la perseguían. Uno de ellos, de hecho, era el responsable de sus heridas. ¿Se habrían marchado?, se preguntó April en su fuero interno.
Se arrastró por la nieve lentamente, dejando un rastro de gotitas de sangre, hasta alcanzar los restos de una vieja y abandonada verja que había junto al camino, para intentar ponerse en pie. Cuando consiguió levantarse, no sin grandes esfuerzos por su parte, fue como si le hubieran subido el volumen al sonido de ambiente porque los ruidos a su alrededor se hicieron más intensos. ¿Alguien se estaba peleando con los tipos que habían intentado atacarla? De ser así, April esperaba que quien quiera que fuese su salvador, estuviera ganando.
De repente, una sombra oscureció su campo de visión. April, presa del miedo, levantó la mirada y vio unos ojos oscuros que la observaban fijamente. Una voz gritó en su cabeza, suplicándole que corriera. Pero ella no podía moverse. Habían estado a punto de asfixiarla y se sentía débil, mareada.
Aquella sombra sostuvo un puñal ante sus ojos. El metal, que ya estaba manchado con la sangre de April, brilló bajo la luz que proyectaban las casitas de la aldea.
April no se movió, comprendiendo que era inútil huir. Él era más rápido y ella no tenía fuerzas para salir corriendo. Sin embargo, esperó el final con la cabeza alta. Si iba a morir, no pensaba hacerlo como una cobarde. Intentaría defenderse aunque no hubiera defensa posible.
Aquel hombre atacó. Y cuando April se preparaba para sentir el frío metal adentrándose de nuevo en su piel, otra sombra embistió a su agresor y lo alejó de ella.
Cuando reconoció a su salvador, el mundo se detuvo a su alrededor.
El peligro que se cernía sobre ella dejó de importar durante un momento porque Van Fanel, la última persona a la que esperaba ver, estaba allí. Portando la capa que le distinguía como rey de Fanelia y con una espada enorme en la mano. Sus ojos oscuros recorrían con avidez el rostro April, intentando averiguar si estaba gravemente herida. Y por un instante, April se quedó atrapada en la intensidad de su mirada, incapaz de romper el contacto visual.
La nieve caía con fuerza sobre ellos, mientras el viento que soplaba desde el norte hacía ondear la capa de Van y zarandeaba el pelo de April en todas direcciones. Para el rey, ella parecía una lengua de fuego que bailaba en mitad de la tormenta.
April, por su parte, olvidó que él era el responsable de que se hubiera marchado de palacio. Olvidó que él la había herido con sus horribles palabras. Era tan grande el alivio que sentía que sólo pudo alegrarse de que él estuviera allí, como nunca antes se había alegrado de ver a alguien en toda su vida. Aunque tampoco había estado antes en una situación tan peligrosa.
Van se acercó a ella tan rápido que a April le costó trabajo seguir sus movimientos. Pero por primera vez en toda la noche, ella no sintió miedo. Con delicadeza, él le apartó el pelo de la cara con la intención de examinar su herida. Pero no tuvo tiempo de hacerlo.
De improviso, aquellos hombres los atacaron de nuevo.
– Joder– exclamó el rey de Fanelia mientras la soltaba suavemente, para no hacerle más daño.
Con una calma que dejó pasmada a April, Van se giró para enfrentarse a ellos.
Cuando los atacantes se abalanzaron sobre él (haciendo gala de una habilidad sorprendente, a ojos de April) el rey golpeó al primero con la empuñadura de la espada y lo envió volando de espaldas al suelo. Con el segundo y el tercero se enfrascó en una lucha de espadas, digna de una película de Hollywood.
El sonido del acero reverberaba en el silencio de la noche cada vez que las espadas entrechocaban.
April contuvo el aliento mientras los veía luchar. No quería que Van saliera herido por su culpa. De repente, la voz del rey interrumpió sus pensamientos.
– ¡Márchate!– ordenó Van sin mirarla, ocupado como estaba en medio de la pelea.
– No pienso irme a ninguna parte– contestó ella enfadada–. Por si no te has dado cuenta, te superan en número.
Pero a Van no le preocupaba la inferioridad numérica. April estaba viva y eso era lo único que le importaba. Saltó hacia atrás para esquivar el golpe de uno de sus atacantes. Descargó un golpe rápido, hábil y mortal. Cuando la espada cortó el aire se encontró en su trayectoria con el cuerpo del enemigo, atravesó el cuero de la armadura y se hundió en él. La sangre saltó a borbotones de la herida y el agresor se desplomó hacia atrás con un gruñido de dolor, para no volver a levantarse.
Van se centró entonces en el otro hombre. El más alto de los tres, aquel que se había atrevido a cortar la piel de April de un modo cruel y horrible. El rey iba a hacerle pagar por ello.
Se acercó hacia él y las espadas chocaron en el aire. El viento del norte arreció mientras la nieve seguía cayendo. Pero ninguno de los dos pareció notarlo mientras continuaban intercambiando golpes.
El tercer atacante que había permanecido sobre la nieve desde que Van lo golpeara surgió, jadeando, de entre las sombras del camino y se dirigió hacia Van con la espada en alto. En ese instante, April supo que el rey no tendría tiempo de apartarse de la trayectoria, concentrado como estaba en su pelea. ¡Ni quiera se había dado cuenta de que estaba en peligro!
Se sentía cansada y le dolía todo el cuerpo; pero, dejándose guiar por el instinto, April corrió hacia aquel tipo. Esquivó como pudo, la estocada de su espada, le asestó una patada en la ingle y lo envió al suelo entre gemidos.
Al oír el ruido, Van la miró de reojo y al ver a aquel hombre retorciéndose de dolor en el suelo, se echó a reír como si no pudiera creérselo; para después devolver su atención al combate que estaba librando. Sin embargo, April se quedó alucinada porque era la primera vez que escuchaba reír al frío monarca de Fanelia. Para su sorpresa se encontró sonriendo a su vez (aunque el labio le dolía muchísimo), a pesar de lo delicado de la situación.
Porque la situación era delicada. Van había neutralizado a un atacante pero los otros dos aún tenían ganas de pelea; como April pudo comprobar cuando descubrió que el tipo al que había golpeado unos segundos antes se levantaba del suelo bastante cabreado con toda la intención de ensartar a alguien con la espada.
– Oye… sé que estás ocupado– dijo April para llamar su atención–. Pero tenemos problemas aquí detrás.
El rey bufó, desarmó a su oponente con un movimiento ascendente de la espalda y empujó a April para colocarla a su espalda, lejos de aquellos tipos que parecían empeñados en hacerle daño.
April permaneció tras él, con el miedo burbujeando en su estómago. Esos hombres no parecían tener intención de rendirse nunca. Van peleaba solo contra dos enemigos y ella no podía ayudarle mucho.
Atacaron al mismo tiempo, Van los repelió con un golpe seco de su espada. Pero ellos volvieron a lanzarse sobre él. April estaba asustada. Con el cuerpo rígido, a pesar de que nunca se había considerado una persona creyente, empezó a rezar. Una oración detrás de otra. A cualquier cosa que estuviera ahí fuera y que pudiera ayudarles.
Van continuaba peleando, pero no podía hacer frente a sus ataques combinados eternamente. Cargó todo el peso de su cuerpo para propinarle un golpe brutal al atacante que estaba a su derecha, pero éste lo esquivó y el rey quedó desprotegido, a merced de su espada; aquel hombre levantó su arma para asestar el golpe definitivo.
El otro asaltante, al ver que el rey estaba indefenso, se dirigió hacia April con la potencia de un ciclón. Cuando April se dio cuenta de lo que ocurría, el miedo la impulsó a acercarse a Van desde atrás. Perdida ya toda esperanza, él se giró hacia ella y la empujó dentro de la prisión que formaban sus brazos, en un desesperado intento de ofrecerle alguna protección ante lo que se les venía encima. En la fracción de segundo que tardaron ambas espadas en rasgar el aire, Van y April se miraron. Él se perdió en el verde de sus ojos y pensó que tampoco era una forma tan horrible de morir. Como si pudiera saber lo que él estaba pensando, ella le sonrió. Se aferraron el uno al otro a la espera del golpe.
Un golpe que nunca llegó…
Porque en ese instante, el colgante que reposaba sobre el pecho de Van se elevó en el aire, como si fuera un péndulo y comenzó a brillar. Y lo hizo de una forma intensa, cegándolos a todos. También a sus atacantes, que deslumbrados por la potente luz erraron sus golpes. Las espadas se clavaron en la nieve recién caída con un ruido sordo, lejos de ellos dos.
La luz, que no dañaba ni a Van ni a April, parecía suponer un tormento para aquellos hombres tan horrible. Se alejaron rápidamente mientras gritaban de dolor, cegados por el brillo del colgante, como si no pudieran soportar que la luz les tocara. Agarrando entre los dos el cadáver de su compañero caído, se internaron en medio de los árboles que rodeaban el camino y desaparecieron entre las sombras.
La luz del colgante comenzó a extinguirse lentamente, casi con pereza. Pero Van y April permanecieron inmóviles, aun cuando la oscuridad volvió a adueñarse del ambiente. Él se mostraba tranquilo y sereno, mientras que ella jadeaba por culpa de los nervios y el miedo.
Los minutos transcurrieron lentamente, hasta que April se atrevió a romper el silencio que reinaba entre ellos.
– ¿Se han ido?– preguntó con un susurro bajo, desde los brazos del rey.
Van la soltó lentamente mientras examinaba atentamente los alrededores.
– Eso creo– contestó al fin.
April suspiró de alivio y se recolocó la ropa y la mochila que llevaba colgada, pues se le habían revuelto durante la persecución y la posterior pelea. Sus movimientos atrajeron la atención de Van, que se puso súbitamente muy serio.
– ¿Estás bien?– cuestionó con inquietud.
Ella inspeccionó su cuerpo. Le dolían la cabeza, la garganta y, sobre todo, la mejilla. Se sentía como si le hubiera pasado por encima una apisonadora. Pero no estaba gravemente herida y experimentaba una sensación de euforia por haber escapado de aquellos hombres con tan pocos daños.
– Sobreviviré– dijo simplemente.
Van la miró como si no pudiera creer lo que decía. Se estaba haciendo la valiente innecesariamente.
– Esa herida necesita que la vea un médico, estás sangrando mucho– la contradijo con cautela, señalando su mejilla.
– Tú también– informó ella mientras apuntaba a la mano del rey.
– ¡Maldita sea!– exclamó Van. La herida que se había provocado la noche que April se marchó de palacio (y que ya estaba empezando a cicatrizar) se había abierto de nuevo debido a la pelea que acababa de mantener. La sangre empapaba el guante y se escurría hasta el suelo, pero la sobrecarga de adrenalina durante el combate le había impedido ser consciente de ello antes.
– ¿Qué tal si lo dejamos en que ambos necesitamos que nos vea un médico y vamos a un sitio más cálido?– preguntó April señalando Vaedran con la cabeza–. No sé tú, pero yo me estoy congelando.
Van se limitó a asentir con la cabeza para hacerle saber que aquel plan le parecía una buena idea y la precedió todo el camino hacia la aldea.
…
En el momento en que Van y April cruzaron la puerta del Gato Negro se hizo el silencio en la taberna. Todos los presentes, incluso McMardigan el posadero, giraron la cabeza hacia ellos y se quedaron mirándolos con la boca abierta. Pero April no podía culparles. ¿Cuántas veces habrían visto las buenas gentes de Vaedran al rey de Fanelia entrando en la posada de la aldea en plena noche y durante una nevada? Además, ella tenía un feo corte en la mejilla y a él le sangraba mucho la mano.
Mientras April luchaba por no echarse a reír, Van sólo podía pensar que sus planes de discreción se habían esfumado. Pronto todo el reino sabría que su rey había aparecido en la posada de Vaedran herido, sin escolta, en mitad de la noche y con una tormenta en ciernes.
Cuando McMardigan fue capaz de sobreponerse a la sorpresa inicial, se acercó a atenderles con una sonrisa de oreja a oreja.
– ¡Majestad!– exclamó extasiado mientras se deshacía en reverencias hacia Van–. Es un gran honor. ¿En qué puedo serviros?
Van se lo pensó bien antes de contestar.
– Necesitamos ver al gobernador de Vaedran. Tenemos que tratar un asunto muy urgente con él. Y si hubiera en la aldea algún médico nos sería de gran ayuda.
Sin dejar de sonreír, como si no pudiera creer su suerte, McMardigan envió rápidamente a dos de sus sirvientes a buscar al médico y al gobernador de la aldea.
– Mientras esperan, majestad, ¿por qué no se ponen cómodos en una de las habitaciones del primer piso?– sugirió el posadero.
– Os lo agradeceríamos enormemente– dijo Van–. Ha sido una noche muy larga.
– Por supuesto majestad. Si sois tan amables de seguirme.
McMardigan, sin dejar de dar órdenes a sus sirvientes, abrió una puerta junto a la barra y los precedió por las escaleras que había al otro lado, hasta llegar al piso superior. Allí los llevó un trecho a lo largo del pasillo y abrió otra puerta.
– Espero que se sientan cómodos– dijo el posadero antes de abandonar la estancia.
Seguramente, pensó April mientras se quitaba la mochila y la capa y las dejaba suavemente sobre una silla, aquella era la habitación más lujosa de la que disponía el Gato Negro. Los muebles eran antiguos y robustos, las cortinas de color verde botella cubrían por completo las ventanas y el fuego ardía alegremente en la chimenea.
El médico, un hombre mayor de pelo blanco y ojos cansados llegó cuando Van y April acababan de tomar asiento en los mullidos sillones situados frente a la chimenea. Como es lógico, insistió en atender al rey en primer lugar. Pero éste se negó.
– A ella primero, si sois tan amable.
Señaló a la pelirroja con la mano sana. Ella se revolvió incómoda bajo su intensa mirada.
– Pero majestad, su mano…– insistió el médico.
– A ella primero– repitió Van con tranquilidad. El tono de su voz, cargado de autoridad, fue suficiente para que el médico desistiera.
Aquel hombre miró a April con una sonrisa amable en los labios. Apoyó el maletín que traía sobre la enorme mesa de la habitación y lo abrió. Se puso las gafas y se acercó a ella. Cuando le retiró suavemente el pelo de la cara, Van ahogó un jadeo. A la luz de las velas y del fuego de la chimenea, las heridas de April resaltaban como estelas oscuras sobre la piel blanca.
– No os preocupéis majestad– tranquilizó el médico–. No son heridas profundas. Si actuamos rápido ni siquiera le quedarán marcas.
Van asintió y se alejó para dejarle trabajar. El hombre empezó a sacar instrumentos de su maletín. Anestesió a April y, en sólo unos minutos, le cosió el labio y la mejilla.
– Ya está– informó al acabar– Ahora os toca a vos majestad.
Cuando terminó de coser las heridas del rey, le vendó la mano y le aconsejó no moverla mucho en un par de días. Mientras Van y April le daban las gracias, recogió el instrumental y se encaminó hacia la puerta. Antes de que tocara el pomo, ésta se abrió. Allí estaba McMardigan, que regresaba acompañado del gobernador de Vaedran.
Mientras el médico abandonaba la sala, Van y el gobernador se sentaron en las robustas sillas que rodeaban la mesa. April permaneció en el sillón junto a la chimenea, mientras el rey ponía al día a su acompañante acerca de los hombres que les habían atacado en las afueras de la aldea. También le informó de que aquellos hombres eran los responsables de la muerte del guardia que custodiaba las puertas.
– Mi señora– McMardigan se había acercado a April silenciosamente–. Tal vez desearíais tomar un baño mientras el rey y el gobernador conversan.
– Eso sería estupendo– contestó ella. A continuación se levantó del sillón y recogió su mochila de la silla en la que la había dejado.
El posadero señaló la primera de las dos puertas que había en la pared junto a la entrada.
– Esa es la puerta del baño, la otra es la de la habitación– explicó. Luego, sin dejar de frotarse las manos nerviosamente, añadió en voz baja– Si antes me hubierais dicho que acompañabais al rey, os habría tratado de un modo más adecuado, mi señora.
– Muchas gracias, pero estoy encantada con el trato que he recibido; no os preocupéis por eso– contestó ella amablemente.
McMardigan suspiró de alivio y April lo interpretó como una señal para meterse en el baño. Las heridas recién cosidas le escocían un poco, pero la sensación del agua caliente sobre su helado cuerpo fue maravillosa. Antes de vestirse, entre las nubes de vaho provocadas por el agua, pudo contemplar su cuerpo desnudo en el espejo del baño.
"Estoy horrible", pensó April. Y no sólo por las heridas de la cara que resaltaban sobre la palidez de su piel como si fueran un cartel luminoso. Sino por los moratones del cuello y las contusiones que le había producido la caída en todo el cuerpo. Decidida a ignorar aquello por completo, abrió la mochila y sacó ropa interior, unos vaqueros limpios y un grueso jersey de lana. Le pareció que las mangas largas y el tejido grueso ocultarían sus heridas y la protegerían mejor del frío. Se secó y se vistió a toda prisa, dándole la espalda al espejo porque no quería volver a ver su reflejo, dejando que el pelo mojado cayera desordenadamente.
Sólo Van estaba en la sala cuando salió. April se sintió tan incómoda bajo el escrutinio de sus ojos oscuros que estuvo a punto de volver a meterse en el baño. Afortunadamente McMardigan eligió ese momento para regresar, aliviando así la tensión del ambiente. En un abrir y cerrar de ojos, tendió la mesa. Había sopa, carne, pan, verdura y vino. Un montón de vino.
El posadero volvió a marcharse haciendo reverencias y los dejó solos. Pero ambos tenían tanta hambre que no pronunciaron palabra mientras comían. Sólo cuando estuvieron saciados, Van se atrevió a romper el incómodo silencio que reinaba en la estancia.
– ¿Cómo te encuentras? – quiso saber. Era una pregunta sencilla, pero April no sabía si el rey se refería a sus heridas o a su estado de ánimo.
– Me siento mucho mejor– se limitó a contestar. Porque era cierto. Las cosas se ven de otro modo después de un baño caliente y con el estómago lleno.
– Estoy impresionado– comentó Van como quien habla del tiempo–. Cualquier otro en tu lugar estaría sufriendo un ataque de pánico. Han intentado matarte.
– Bueno… siempre se me ha dado bien hacer frente a cosas desagradables– respondió April de forma cortante.
El silencio se posó de nuevo entre ellos. Ella estaba enfadada, Van no podía reprochárselo después de lo que había hecho. Se removió incómodo en su silla, durante dos días había rastreado los caminos de Fanelia consumido por la culpa, deseando dar con April. Y ahora que la tenía frente a frente era incapaz de encontrar las palabras correctas para expresar lo que tenía en la cabeza. ¿Por qué le resultaba tan difícil?
– Yo…– volvió a intentarlo. Quería pedirle perdón, decirle que lo sentía; pero no sabía cómo hacerlo–. Verás yo…
April se mordió los labios para no echarse a reír. Aquella situación le resultaba cómica. Van Fanel, el gran rey de Fanelia era incapaz de disculparse. Tras unos minutos de confuso balbuceo, decidió apiadarse de él. Al fin y al cabo, le había salvado la vida.
– Disculparte no es lo tuyo, ¿verdad?– preguntó ella. Van dejó de intentarlo y sonrió apesadumbrado.
– No, lo cierto es que se me da fatal.
– Ya lo he notado– dijo April sonriendo tímidamente, permitiendo que Van se relajara. Si ya no estaba enfadada con él, todo sería más sencillo.
– Sólo quería decir que… ya sabes… no pretendía…
April miró al rey alzando las cejas, se estaba divirtiendo al ver a Van en ese estado. Seguro que no estaba acostumbrado a pedir disculpas.
– Deja ya de balbucear, ¿quieres?– cortó April–. He captado el mensaje. Has venido hasta aquí y me has salvado de esos cerdos. Creo que podemos considerar eso como una disculpa.
Van la miró, sorprendido de que le hubiera perdonado tan pronto por todas las cosas que le había dicho.
– Me alegra que todo haya sido tan rápido.
– Agradece que no soy una mujer rencorosa– dijo April mientras se reía.
– Lo tendré en cuenta– comentó Van sonriendo también–. De acuerdo, eso simplifica las cosas. Podemos regresar a la capital en cuanto deje de nevar.
La risa de April se desvaneció al instante.
– Yo no quiero volver a la capital.
– ¿Por qué no?– preguntó Van confundido. April le había perdonado, no entendía su cambio de opinión. Como ella guardaba silencio, añadió–. Es por mí, ¿verdad? Por todas las cosas que dije.
El humor de ambos decayó bastante. April siguió sin contestar, se levantó del asiento en el que había permanecido los últimos minutos y se acercó lentamente a la chimenea. La leña chisporroteaba lentamente y las llamas se reflejaban en sus ojos verdes. Van intentó romper el silencio que se extendía entre ellos, como una nube de tormenta.
– Tú sólo intentabas ayudar… He pagado contigo mis frustraciones y he dicho cosas que no quería decir.
– Lo sé– fue todo lo que dijo April.
El ryujin no sabía que más podía hacer para convencerla. Estaba comenzando a desesperarse.
– Entonces regresa conmigo– aguijoneó Van. No pensaba rendirse tan fácilmente–. Si aparezco en el palacio sin ti, Merle me matará. Y no estoy bromeando.
Aquello consiguió atraer por fin la atención de April. Se giró para mirar al rey con sus ojos verdes poblados de secretos.
– ¿Por qué iba a querer matarte Merle? Es la única con la que pareces llevarte bien– preguntó ella, curiosa.
– Porque me ha hecho prometer que no regresaría sin ti.
April guardó de nuevo silencio, sopesando sus opciones mientras volvía a contemplar el vaivén de las llamas. Van sabía que tenía una única oportunidad de persuadirla. Y no iba a desperdiciarla.
– Si no quieres hacerlo por mí, hazlo por ella. Te echa de menos y está muy preocupada por ti.
Van supo que la había convencido en cuanto ella volvió a mirarle a los ojos. En sus profundidades verdes vio que se sentía culpable de estar haciéndole daño a Merle. Los minutos pasaban, el rey esperó su respuesta en silencio, cada vez más ansioso.
– De acuerdo. Regresaré contigo– dijo April finalmente.
Van suspiró de alivio interiormente. Lo había conseguido.
– Entonces, te haré una promesa a cambio. Cuando regresemos a palacio, encontraremos el modo de que vuelvas a la Luna Fantasma– aseguró–. Te devolveré sana y salva a tu hogar. Lo prometo.
Here I go again!
Me he retrasado, lo sé. Perdonadme chicas, lo he intentado pero no he podido. Este capítulo tiene una escena que me ha costado horrores sacar adelante. Tenía una idea en mi cabeza muy clara, pero era incapaz de plasmarla y hacer que quedara bien. No estaba nada contenta y la volvía a escribir una y otra vez. Hasta que, al fin, he conseguido acercarme a lo que tenía en mente.
Siento mucho el retraso pero ya lo tenéis aquí. Espero que el esfuerzo valga la pena y os guste como ha quedado.
Este capítulo se lo dedico a todos los que me leen, a los que siguen este fic y a quienes me dejan un review: MacrossLive, Annima90, Alice Cullen, 7, Isabella y todos los anónimos. Vuestros mensajes han hecho que, a pesar del bloqueo, lo intentara una y otra vez hasta que lo he conseguido (más o menos). Gracias por los ánimos chicas, sois las mejores.
En otros capítulos he puesto recomendación musical, pero en este, si queréis entrar de verdad en la historia; dadle al play. Que la canción es increíble. Os lo aconsejo.
Creo que ya he dicho todo lo que quería decir. Excepto,
Gracias por leer.
Nos vemos en el siguiente.
Love, Ela.
