Recomendación musical: Jess Glynne – Don't Be So Hard On Yourself.
Capítulo 12: Godashim.
A la mañana siguiente, April se despertó antes de que amaneciera, tan emocionada e ilusionada que no pudo volver a dormir. La tormenta de la noche anterior había pasado y el sol empezaba a despuntar en el este, sobre las cumbres de las altas montañas. El cielo despejado anunciaba un apacible y tranquilo día primaveral.
Después de un largo baño, April se puso sus vaqueros negros, sus botas de cuero y la camisa más elegante que pudo encontrar en el armario: una blusa escotada de un profundo color azul. Suponía que la delegación de Fanelia llevaría ropas tradicionales para la ocasión, pero a pesar de que ella podía librarse de las formalidades, no quería parecer un vagabundo del Bronx en su primera visita oficial a Freid. Dejó su pelo suelto y eligió su sencilla chaqueta de cuero como equipaje de mano, por si en el trascurso del viaje la blusa azul resultaba demasiado delgada. Utilizó su emblemática mochila negra para hacer el equipaje y tras pensárselo durante unos minutos metió también sus aparatos electrónicos en la improvisada maleta. Aunque aquel era un viaje de placer, no de trabajo, y esperaba no tener que utilizar ninguno de ellos.
Desayunó a solas con Merle, ya que el rey estaba inmerso en los preparativos del viaje. A April aquello le resultó estupendo, después de que Van la hubiera visto en paños menores la noche anterior temía arder por la vergüenza cuando se encontraran de nuevo. La chica gato, ajena al bochorno de su amiga, no podía contener la emoción ante la perspectiva de volver a ver Freid y de reencontrarse con el Duque Chid. La pelirroja, por su parte, también estaba ansiosa por descubrir territorios de los que había oído hablar durante toda su infancia, aunque no podía evitar los nervios ante la idea de conocer a las personas con las que su madre había entablado amistad años atrás. ¿Se alegrarían de conocer a la hija de Hitomi después de tanto tiempo?
Después de comer, fueron juntas al laboratorio. April convocó a todos los ingenieros a una reunión de urgencia y les dio instrucciones precisas para que Pandora pudiera seguir adelante en su ausencia. Cuando terminó, las dos chicas echaron a andar en dirección al aeropuerto de la capital, en el que las naves comerciales y de pasajeros aterrizaban y despegaban sin descanso. Allí, se encaminaron hacia el pabellón real, engalanado para la ocasión. Las primeras luces de la mañana se filtraban por los tragaluces diseminados por el techo del pabellón y hacían resplandecer la bandera roja y dorada de Fanelia desde su lugar en lo más alto del mástil que la sostenía. Los soldados de la guardia del rey, ataviados con su distintivo uniforme, custodiaban el pabellón en el que habían dispuesto una larga alfombra carmesí que desembocaba en la rampa de entrada a la nave más espectacular de cuantas pululaban por el aeropuerto. Construida íntegramente con un metal negro que refulgía a la luz del sol, portaba orgullosamente el emblema de Fanelia en ambos laterales. Era tan alta que April tuvo que estirar el cuello para poder apreciarla en su totalidad. Un monumento a la ingeniería y a la tecnología que le provocó un estremecimiento de placer.
Sólo la chillona voz de Merle pudo conseguir que April apartara los ojos de nave que los llevaría hasta Freid.
– Allí está su majestad– dijo la chica gato mientras señalaba una zona concreta del pabellón– ¡Amo Van! ¡Amo Van!– exclamó mientras lo saludaba enérgicamente, agitando los brazos sobre la cabeza.
El ryujin estaba a los pies de la nave, rodeado de sus hombres de máxima confianza, como Harold, su fiel consejero, o Erik, el capitán de la guardia real. Aunque April no se fijó en nadie más que en él. Vestía un elegante uniforme formado por camisa y pantalón negros, en la cadera reposaba la larga espada que llevaba el día que se conocieron y de sus hombros colgaba una capa azul con el dorado emblema de Fanelia. Al oír la voz de Merle, Van se apartó de sus hombres para mirar a su medio hermana y le sonrió en la distancia. La chica gato seguía tratándole exactamente igual que cuando eran niños, aquellos días en los que él aún no se había convertido en rey y sus vidas no eran tan complicadas. Después de saludar a Merle, sus ojos barrieron el pabellón buscando algo, o a alguien.
A ella. A April. No detuvo su búsqueda hasta que la localizó.
La pelirroja se sonrojó visiblemente cuando la oscura mirada de Van se posó sobre ella. No pudo evitar ponerse nerviosa bajo su intenso escrutinio al recordar que, la noche anterior, aquellos mismos ojos la habían contemplado en paños menores en la intimidad de su habitación. Tampoco el ryujin fue capaz de esquivar el recuerdo que su cerebro conjuró para él cuando, a pesar de la distancia, ella le sostuvo la mirada. Un recuerdo que le torturaba desde la noche anterior: las curvas del cuerpo de April insinuándose descaradamente bajo el vaporoso tejido blanco. Aquella maldita imagen se le había grabado en la cabeza y le había impedido conciliar el sueño en toda la noche, pues cada vez que cerraba los ojos la veía a ella y ardía por dentro como si alguien hubiera prendido una hoguera en su interior.
Intentando aparentar serenidad, Van utilizó sus brazos para pedir a ambas mujeres, mediante gestos, que se acercaran hasta él. Merle echó a correr inmediatamente y el ryujin se preparó para recibir uno de sus potentes abrazos.
– ¡Majestad!– gritó la chica gato en cuanto llegó a su lado.
– Yo también me alegro de verte, Merle– dijo el ryujin acariciándole con cariño el pelo.
April se acercó a ellos más despacio, sonriendo ante el comportamiento de Merle, ya que cuando los alcanzó su amiga ronroneaba como un gatito aferrada al rey.
– Buenos días– saludó April tratando de comportarse como si nada hubiera ocurrido.
Van dirigió la mirada hacia ella, su piel parecía terciopelo contra el profundo azul de su camisa. El tejido se aferraba al cuerpo femenino con un corte lo suficientemente bajo para dejar al descubierto el cuello, los huesos de la garganta y la extensión de piel bajo sus clavículas. April sonrió con los ojos brillantes y un rastro de sonrojo en las mejillas, mejorando el efecto. El recuerdo de la noche anterior volvió a atacar al ryujin sin piedad y tuvo que concentrarse con todas sus fuerzas para actuar con normalidad.
– Buenos días April– contestó Van con una tranquilidad que no sentía– Espero que lo tengáis todo listo– dijo dirigiéndose a las dos–. Partiremos enseguida.
– Estamos listas– respondieron Merle y April al unísono, estallando en carcajadas por ello segundos después.
La repentina llegada de uno de los soldados las obligó a contener, a duras penas, las risas.
– Todo preparado, majestad– informó con gesto severo mientras saludaba formalmente al ryujin con la mano en la sien y el cuerpo rígido–. Pueden subir a bordo.
Van asintió, permitiendo al soldado marcharse.
– Es hora de irnos– dijo dejando las bromas de lado, mortalmente serio por un momento.
April se dio cuenta de que había vuelto a ponerse la máscara de rey. Sabía que la corona de Fanelia debía pesar mucho pero, en su opinión, Van no tenía por qué ser siempre tan severo. Por ello, decidió aligerar el momento.
– Sí, majestad– replicó con fingida formalidad, mientras levantaba la mano derecha hacia la sien, tratando de imitar el saludo militar del soldado.
Las carcajadas de Merle inundaron el pabellón y Van no pudo evitar sonreír mientras contemplaba a ambas mujeres desternillarse frente a él.
– Será mejor que subamos antes de que se arrepienta de llevarnos con él, Merle– dijo April cuando fue capaz de dejar de reír el tiempo suficiente como para articular palabras.
– Ya me estoy arrepintiendo– respondió el ryujin intentando disimular la sonrisa.
Ambas se alejaron del rey, caminando hacia la rampa de entrada a la nave sobre la alfombra carmesí. Van fue tras ellas recibiendo las reverencias de los soldados que custodiaban el pabellón. Cuando alcanzaron el principio de la rampa, Merle y April se giraron para esperar al ryujin y así, los tres juntos, salvaron el desnivel entre el suelo y el resto de la nave.
Una vez dentro, se despidieron de Harold (que iba a quedarse en la capital) y se encaminaron hacia el puente de mando acompañados de Erik, el capitán de la guardia real ya estaba a bordo y los saludó amablemente al unirse a ellos. El pasillo que recorrían, cruzaba la nave de proa a popa y en él, las paredes eran de metal negro y los suelos estaban cubiertos de moquetas de color gris. Al final del corredor había unas enormes puertas dobles de metal que lo separaban del puente de mando. Cuando los cuatros estuvieron frente a ellas, éstas se abrieron para dejarles pasar.
Nada más cruzar el umbral, se encontraron en una plataforma de metal negro desde la que se podía observar la totalidad de la sala. April tuvo el fugaz pensamiento de que acababa de entrar en el puente de mando de la Enterprise, la nave insignia de Star Trek.
Varios hombres, vestidos completamente de rojo, realizaban los últimos preparativos antes de despegar. El puente de mando estaba lleno de máquinas y aparatos cuyas luces parpadeaban sin cesar en las consolas mientras la tripulación trabajaba. April, que nunca había montado en una nave similar, deseó tener ocho ojos más para poder observarlo todo al mismo tiempo.
– Creo que April quiere que ver el puente más de cerca– dijo Merle con una risilla, interpretando correctamente la mirada resplandeciente que su amiga dirigía a los equipos de la nave.
– Si eso es lo que deseáis, no tenéis más que pedirlo– interrumpió una voz masculina.
April giró sobre sus talones, intentando localizar al dueño de aquella voz, y descubrió que alguien más había entrado en el puente tras ellos. El hombre debía rondar los cuarenta y era alto y moreno. Sobre la pechera de su uniforme rojo reposaban varias insignias y medallas.
– Capitán Ray Muller para servirle– informó al notar los ojos de April fijos en él. A continuación se inclinó ligeramente hacia delante en una pequeña reverencia–. Hemos oído hablar mucho de vos, señorita Ryan.
– Espero que los rumores sean buenos– repuso April, extendiendo una mano para estrechársela al capitán Muller.
– Si la mitad de lo que hemos oído sobre vos es cierto– dijo correspondiendo el saludo de la pelirroja–. Mis hombres se alegrarán de que viajéis con nosotros.
April sonrió incómoda. Odiaba los piropos. Afortunadamente para ella, el capitán Muller decidió en ese momento centrar su atención en Van.
– Majestad, estamos listos para despegar en cuanto lo ordenéis.
Van dio la orden de partir y todo el mundo se puso en marcha.
– Ya lo habéis oído muchachos– gritó el capitán hacia los hombres que trabajaban en el puente–. Iniciad la maniobra de despegue.
– Esperaremos en la sala de reuniones– dijo Van mientras se dirigía de nuevo hacia las puertas de metal.
– Como deseéis majestad– contestó Muller con otra reverencia.
Pero April no quería marcharse a ningún sitio. Nunca había visto despegar una nave de esas características y lo que menos deseaba era perderse el momento. Pero tampoco quería saltarse el protocolo o molestar a las personas que estaban trabajando en el puente. Así que se vio obligada a unirse a la comitiva del rey y encaminarse hacia la salida. Por suerte, el capitán decidió ofrecerle una salida.
– Señorita Ryan– dijo Muller, tratando de llamar su atención. Todos se giraron hacia él para mirarle–. Si deseáis quedaros en el puente, sólo tenéis que pedirlo.
April miró alternativamente a Van y al capitán con una cara que, a todas luces, pedía a gritos permiso para bajar al puente.
– Por mi está bien– contestó el ryujin con gesto divertido–. Si eso es lo que quieres… ve.
Agradecida, April le deslumbró con su sonrisa y murmuró un sincero y silencioso "gracias" dirigido al ryujin.
– En ese caso… acompáñeme señorita Ryan– dijo el capitán y la escoltó hasta el puente.
…
A medida que avanzaban hacia el sur, el paisaje comenzó a cambiar radicalmente. Fanelia era un país montañoso de caudalosos ríos, grandes planicies, fértiles llanuras y profundos valles escavados por el agua a lo largo de los años. Pero Freid, situado en una latitud mucho más meridional, era completamente diferente.
Este antiguo país con profundas raíces espirituales y religiosas estaba ahora regido por el duque Chid Zar Freid, cuyo padre, Mahad Dal Freid, murió durante la guerra contra Zaibach.
– Acabamos de cruzar la frontera del ducado de Freid, majestad– informó el capitán a través de un pequeño interfono situado en el centro de la mesa de madera en la que estaban sentados Merle, Erik, Van y April.
Tras el despegue, los cuatro se habían retirado a una sala especial situada en un costado de la nave, en la que habían podido almorzar con tranquilidad mientras veían el paisaje cambiar poco a poco a sus pies, gracias a la posición privilegiada de la estancia. Los tres fanelianos, que estaban hartos de realizar aquel mismo trayecto no prestaron atención a su alrededor. Pero April, que contemplaba aquellas tierras por primera vez no pudo evitar sentarse delante de las ventanas y contemplar asombrada el paisaje que se extendía ante sus ojos.
El ducado era un país de clima cálido en el que, a menudo, soplaban vientos procedentes del sur que traían la humedad desde el mar que bañaba la costa de Freid. Ello provocaba temperaturas altas todo el año, y abundantes precipitaciones. Por eso, en Freid se extendían los bosques tropicales, las junglas y las zonas pantanosas en el centro del país y los manglares cerca de la costa.
Cuando atravesaron la frontera, April pudo admirar con sus propios ojos las numerosas montañas que salpicaban el verde paisaje de norte a sur y de este a oeste. A medida que se acercaban a Godashim, las espesas selvas y bosques fueron sustituidos por cultivos de arroz en bancales, que permitían salvar los desniveles del terreno. Cientos de agricultores y campesinos se afanaban en las plantaciones o recorrían los caminos que llevaban a la capital del país.
Alrededor de Godashim se extendía una cadena de montañas que protegía la planicie sobre la que descansaba la capital. Cuando cruzaron la protección natural que brindaban las montañas estaba atardeciendo y la rojiza luz del sol teñía el paisaje. April contuvo el aliento y se levantó de su asiento, acercándose a las ventanas para admirar la ciudad. Merle se colocó a su lado y Van y Erik las observaban atentamente desde la mesa. El ryujin estaba decidido a no perderse la reacción de su invitada cuando divisara la ciudad por primera vez.
Y entonces, por fin, la capital de Freid apareció ante los verdes ojos de April. Godashim se elevaba sobre una enorme meseta rectangular, bordeada por un extenso río alimentado por numerosos afluentes. La ciudad estaba rodeada por frondosos bosques en tres de sus flancos, y por bancales de arroz en el extremo oriental. Además la habían construido a dos alturas, separadas por una enorme e interminable escalera de piedra que zigzagueaba para salvar el desnivel entre los dos barrios de la capital: en el nivel más alto se alzaba imponente la Villa Imperial, donde residía el Duque de Freid y su corte. Y bajo él, vivía el pueblo.
April suspiró, aquella vista era preciosa. En ese momento, la nave comenzó a descender en dirección al puerto de Freid, donde se posó en uno de los hangares, extendiendo el tren de aterrizaje con un suave movimiento.
Van los precedió de camino a la rampa de salida, que ya estaba desplegada para ellos. Antes de bajar, los soldados de Fanelia extendieron la alfombra carmesí, desplegaron la bandera de Fanelia y formaron un pasillo a ambos lados de la alfombra para escoltar al rey de un modo protocolario. April escuchó a Van suspirar.
– Merle ya sabe cómo funciona esto. Pero dado que es tu primera vez…– dijo el ryujin de repente, mirando a la pelirroja–… Yo iré delante y vosotras dos me seguiréis a una distancia prudencial– explicó, disculpándose con sus ojos oscuros por las molestias que ocasionaba viajar con un rey.
April asintió tranquilamente, sin darle importancia. Luego, su mirada se detuvo en la capa de Van que se había descolocado por el tiempo que habían permanecido sentados durante el viaje. Se acercó a él con cautela, observando atentamente su ceño fruncido y su mirada cansada.
– Te sientes incómodo con tanta formalidad, ¿no es cierto?– preguntó April mientras le colocaba la capa.
– Sólo en ocasiones como ésta– respondió Van, sorprendido de que ella hubiera adivinado sus pensamientos. Cuando April se acercó para ayudarle a lucir impecable, experimentó una rara sensación de tranquilidad.
– Ya estás perfecto– dijo ella al cabo de unos minutos. Se alejó de él, guiñándole un ojo de forma divertida y el ryujin olvidó, por unas milésimas de segundo, el peso de la responsabilidad que siempre cargaba sobre sus hombros.
Van carraspeó para volver a la realidad y comenzó a descender la rampa, rodeado de su escolta personal. Cuando alcanzó el pie de la nave descubrió que no estaban solos. Millerna Aston y su esposo, Dryden Fassa, y el caballero celeste Allen Schezar estaban allí. Por sus caras de expectación Van supo que no le esperaban a él.
La noche anterior, cuando contestó la misiva de Freid, no pudo evitar desvelarles la identidad de la invitada que le iba a acompañar hasta Godashim. Imaginó que veinticuatro horas serían suficientes para que sus amigos se hicieran a la idea de conocer a la hija de Hitomi. Pero, evidentemente, no había sido allí.
April que caminaba feliz junto a Merle, se encontró de pronto con tres pares de ojos fijos sobre ella. Una mujer y dos hombres que no conocía la miraban como si hubieran visto un fantasma. El hombre más cercano a ella era la viva imagen de un artista bohemio de París. Alto con los ojos verdes escondidos tras las gafas y el pelo castaño, largo y rizado recogido en una coleta desenfadada con una especie de pañuelo azul. Su aspecto y la inteligencia que brillaba en sus ojos permitieron a April reconocerle rápidamente. Sin duda aquel hombre era Dryden Fassa, el gran comerciante de Asturia.
Y si él era Dryden, la mujer que estaba a su lado no podía ser otra que Millerna Aston. Era tan hermosa que dolía mirarla. Tenía el pelo largo y rubio y sus ojos violetas eran los más bonitos que April había visto en su vida. Llevaba un elegante vestido rosa claro, con guantes a juego y un corpiño negro que se ataba por delante y ceñía su figura. Contemplarla era como pasar las páginas de una revista llena de modelos perfectas, un golpe bajo a la autoestima de cualquier mujer.
– ¿Es ella?– April escuchó que Millerna preguntaba a Van con su voz clara y perfecta. Imaginó que el ryujin ya les había contado quien era.
– No hay duda de que es ella– respondió otro hombre rubio que esperaba unos pasos por detrás–. Ha heredado los ojos de Hitomi.
Los ojos de April se posaron por primera vez sobre la alta figura de Allen Schezar. Mientras le sostenía la mirada, su cerebro se vio invadido por las historias de su madre, recuerdos del pasado que Hitomi había compartido con aquel hombre.
– Millerna, Dryden, Allen… me alegro mucho de que volvamos a vernos– dijo Van, interrumpiendo la conexión que se había creado entre April y Allen. Al ryujin no le gustó nada el modo en el que el caballero celeste miraba a la pelirroja–. Permitidme que os presente a April Ryan.
Las miradas de todos los presentes se posaron de nuevo sobre ella, que se sintió incómoda ante tanta atención.
– Es un placer conocerte– Millerna habló primero, dirigiéndose hacia April para agarrarla gentilmente de las manos–. Tu madre era una gran amiga de Asturia. Eres bienvenida entre nosotros todo el tiempo que quieras quedarte.
– Para mí también es un placer conoceros por fin. Me he pasado la vida escuchando hablar de vosotros, es como si ya os conociera– respondió April cortésmente. No podía dejar de pensar en lo difícil que debía haber sido para Hitomi competir contra aquella mujer de belleza deslumbrante por el amor de Allen.
– Pero, ¿qué hacemos todavía aquí?– intervino Dryden de pronto–. Estoy seguro de que Chid estará deseando conocerte también. No le privemos más tiempo de la oportunidad de hacerlo.
…
La Villa Imperial de Godashim era una auténtica obra de arquitectura. Construida íntegramente con sólida roca guardaba, a ojos de April, cierto parecido con los templos budistas de la Tierra, con sus techos altos a dos aguas y sus estatuas y decoraciones de reminiscencias budistas. La sala del trono era igual de espectacular. Los suelos de mármol blanco y las altas columnas rojas sosteniendo los altos techos le daban a la estancia más aspecto de templo si cabe. En el piso de mármol había una larga alfombra con motivos rojos y verdes, a ambos lados de ella se sentaban en perfectas hileras los sacerdotes de Freid, vestidos con un ceremonial traje naranja. En el extremo opuesto de la sala colgaba una enorme bandera de Freid y, justo delante de ella, el dorado trono del Duque Chid descansaba en una plataforma separada del resto de la estancia por unos cuantos escalones.
Todos se arrodillaron sobre la alfombra en señal de respeto. Entonces, la larga cortina dorada que protegía el trono se levantó y April pudo ver, por fin, al Duque de Freid. La pelirroja calculó que no podía tener más de trece o catorce años, aunque parecía mayor con la espada a la cadera, el formal uniforme verde y una especie de corona sobre su pelo rubio.
– Sed bienvenidos a Godashim, es un placer teneros de nuevo con nosotros– dijo amablemente, su voz sonaba segura y tranquila a pesar de su juventud.
Los ojos azules del hombre más poderoso de Freid barrieron la estancia y se detuvieron en April, ella mantuvo el contacto visual aunque no estaba segura de si aquello era del todo correcto.
– Veo que los rumores que he oído eran ciertos– comento Chid mirándola fijamente–. Por favor, acércate.
April miró a Van, sin tener ni idea de cómo proceder. Van se limitó a sonreír, luego, sacudió hacia delante la cabeza para instarla a moverse. La pelirroja se levantó con la sensación de que tenía miles de ojos clavados en su espalda. Rezando por no tropezar, se inclinó respetuosamente ante el duque de Freid y luego, ascendió despacio los escalones que la separaban del trono. Cuando llegó junto a Chid, éste se levantó de su asiento.
– No debes inclinarte ante mí, April Ryan– dijo el joven duque–. Soy yo quien debe mostrar respeto porque eres hija de la gran vidente, Hitomi Kanzaki.
Y se inclinó ante April de un modo solemne. Ella quiso detenerle, pero no se atrevió a tocar al duque por si los hombres de Freid lo consideraban una ofensa. Sin embargo, se sentía sumamente incómoda. Cuando April fue incapaz de soportarlo más, se arrodilló a los pies del Duque de Freid que se incorporó sorprendido.
– Os lo ruego, no os inclinéis ante mí– le dijo ella–. Jamás en mi vida he hecho nada que merezca tal honor.
A unos metros de ellos Van sonrió complacido ante la escena. Cualquier otro habría disfrutado de la atención que le estaba brindando el Duque de Freid, pero April no. Ella era distinta. Chid, sin embargo, la cogió amablemente de la mano ayudándola a volver a ponerse de pie.
– Tienes los mismos ojos de tu madre… quiero que me lo cuentes todo sobre ella y sobre ti, por supuesto– pidió con los ojos brillando de emoción–. Quiero saberlo todo.
…
Para una hacker del gobierno de Estados Unidos, ser recibida por el mismísimo Duque de Freid en persona era toda una hazaña. Pero April consideraba que celebrar un banquete en su honor era algo excesivo. ¿Qué pensarían sus anfitriones si se enteraran que adoraba comer sobre la alfombra del salón viendo pelis de acción en su enorme televisor?
Sin embargo, no podía negarse a recibir tales honores sin parecer descortés. Por lo que se vió arrastrada al comedor principal de la Villa Imperial, decorado magníficamente y sentó en la misma mesa que el Duque de Freid, Millerna, Dryden, Van y el caballero celeste, Allen Schezar. Merle se había librado de acudir al banquete y, en aquel momento, April habría dado todo lo que poseía por escabullirse de allí cuanto antes. Se sentía fuera de lugar entre tanto lujo con sus sencillos vaqueros y su blusa azul. Y no paraba de notar como las miradas de todos se clavaban, de vez en cuando, sobre ella. ¡Si ni siquiera sabía en qué orden tenía que utilizar el sin fin de cubiertos que se extendían ante ella! Necesitaba urgentemente clases de protocolo si sus nuevos "amigos" pensaban arrastrarla a más cenas como aquella.
Sus miedos se disiparon un poco cuando los criados del duque entraron en el comedor, sirviendo los exquisitos alimentos a los seis comensales. Teniendo en cuenta que la comida india era de sus favoritas, se sintió como en casa cuando degustó los platos que pusieron delante de ella. El olor de las especias era exquisito, una mezcla deliciosa entre pimienta, curry y cayena.
– Estoy sorprendido, April– dijo Chid de repente–. Los extranjeros suelen tener problemas a la hora de acostumbrarse a la gastronomía de Freid, pero me alegra comprobar que a ti parece gustarte.
April sonrió desde su silla. Todos la miraban de nuevo.
– En la Luna Fantasma apreciamos mucho las especias– fue su sencilla respuesta.
Cuando la cena terminó, los criados sirvieron una especie de té fuerte para ayudar a la digestión de la comida. Sabía exactamente igual que el té chai y estaba delicioso.
– Ahora que hemos honrado a nuestros ilustres huéspedes con lo mejor de nuestra cocina– la voz de Chid volvió a elevarse sobre el murmullo de las conversaciones y todos centraron su atención en él–. Creo que es hora de satisfacer nuestra curiosidad, por favor.
Posó sus ojos en April que suspiró internamente. Sabía que no podía retrasar el momento y aunque odiaba con todas sus fuerzas recordar el pasado, entendía que los presentes tuvieran curiosidad.
– ¿Qué es lo que deseáis saber?– preguntó a sus atentos espectadores.
Todos se miraron entre sí, sopesando la respuesta. Finalmente, Millerna fue la encargada de contestar.
– Me gustaría saber que fue de Hitomi cuando regresó a su hogar.
Una pregunta concisa y sencilla de responder, en opinión de April. Sintiendo como el agujero que tenía en su pecho comenzaba a retorcerse en su interior, la pelirroja comenzó a hablar.
– Bueno… sólo puedo contaros de aquella época lo que mi madre me ha contado a mí– advirtió April. Todos guardaban escrupuloso silencio, ella decidió continuar– Cuando regresó a la Luna Fantasma, mi madre se graduó en el instituto y fue admitida en la universidad de Tokio… quería ser médico– April se detuvo y mirando a Millerna añadió–. Creo que tuvisteis algo que ver en eso.
La mujer de ojos violetas sonrió con sinceridad.
– Cuéntanos más– pidió cariñosamente.
– El primer día de universidad conoció a mi padre– April sintió que el agujero de su pecho se hacía más grande, haciéndole daño– Él era estadounidense– ante el desconcierto de los demás aclaró– De un país diferente al de mi madre… tenía dos años más que ella y estaba estudiando arqueología. Le fascinaban las culturas del mundo antiguo…– April hizo una pausa cuando la imagen de su padre invadió su cerebro, dolía tanto pensar en él–. Mi madre siempre decía que se enamoró perdidamente de él por la pasión que le ponía a cada pequeña cosa que hacía, por su modo de amar la vida de una forma tan intensa.
April sonrió recordando los buenos momentos que había pasado junto a ellos durante dieciocho años. Deseó, como cientos de veces antes, haber tenido más tiempo para disfrutar a su lado. Pero el dolor de sus recuerdos se vio eclipsado de repente por el dolor que percibió en la mirada de Van. Con horror, April comprendió que para el ryujin debía resultar muy duro escuchar cómo la mujer que amaba se había enamorado de otro hombre.
– Continúa por favor, April– volvió a pedir Millerna, distrayendo a la pelirroja momentáneamente.
– Sí, queremos saber más– corroboró Chid, muy contento.
La pelirroja miró a Van intentando encontrar sus ojos de nuevo, pero el ryujin miraba fijamente la pared frente a él. El cuerpo del rey de Fanelia estaba sumamente tenso y sus manos apretaban con fuerza los reposabrazos de la silla en la que estaba sentado. April sintió su dolor como propio, a pesar de estar separados por varios metros de distancia, y quiso detenerse. Pero los demás estaban ansiosos por escuchar más y ella no sabía qué hacer.
De repente, Van la miró. Sus ojos negros ardían consumidos por un tipo de pena que no se puede expresar con palabras.
– No te detengas, por favor– dijo simplemente.
Así que April hizo lo que le pedían. Continuó donde lo había dejado.
– Se casaron tres años después de que mi madre terminara la universidad, cuando mi padre se convirtió en catedrático de arqueología de la Universidad de Tokio, y poco después me tuvieron a mí– contó, sufriendo al mismo por el dolor que trasmitían sus recuerdos y por el dolor de Van–. Mi madre trabaja desde entonces en el hospital infantil de Edogawa, en Tokio. Yo viví allí hasta que me marche a Estados Unidos a terminar mis estudios… – hizo una pausa–. Ella me ha contado todo lo que vivió junto a vosotros a lo largo de los años. Aunque yo siempre creí que eran fantasías… hasta ahora.
Tras aquellas palabras, guardó silencio. No se le ocurría nada más que decir.
– Así que, Hitomi aún se acuerda de nosotros a pesar del tiempo que ha debido transcurrir en la Luna Fantasma. Dado que April parece rondar la veintena, deduzco que habrán pasado más de treinta años– expuso Dryden sabiamente–. Me alegra saber que disfruta de una vida tranquila y feliz rodeada de la gente que la ama.
El ruido de una silla golpeando el suelo de mármol rompió el ambiente relajado que flotaba en el comedor. Van se había levantado de su asiento con tanto ímpetu que su silla había caído estrepitosamente hacia atrás. Todos miraron confusos al rey de Fanelia.
– Si me disculpáis– dijo y se apresuró a abandonar el comedor como alma que lleva el diablo.
Los presentes intercambiaron miradas de desconcierto. April estaba realmente preocupada por él. Se sentía culpable de que sus recuerdos hubieran reabierto una herida que, al parecer, Van aún no había podido cerrar completamente.
– No te preocupes por él… se le pasará– al notar la preocupación de April, Millerna se había acercado hasta ella para tomarla de la mano y palmeársela afectuosamente–. Sólo necesita estar a solas consigo mismo.
– A veces, resulta muy duro dejar ir el pasado– dijo Dryden misteriosamente mientras daba un sorbo a su bebida.
…
April estaba sentada sobre las blancas sábanas de su cama, con los abrazos alrededor de sus rodillas. El Duque Chid había preparado una habitación con dos camas para ella y Merle en el área de invitados de la Villa Imperial. La chica gato dormía cómodamente en su cama desde hacía horas pero April era incapaz de conciliar el sueño. El horrible sentimiento de culpabilidad que tenía dentro le impedía cerrar los ojos. Sus recuerdos le habían hecho daño a Van y ella se sentía responsable del dolor que había visto en la mirada del ryujin. Por enésima vez en aquella larga noche se reprochó el no haber tenido más cuidado. Pero el pasado no puede cambiarse, por mucho que duela. Y ahora tenía que enfrentarse a la culpabilidad que laceraba sus entrañas.
En el exterior, una suave y cálida brisa mecía las copas de los árboles a la luz de las dos lunas. Sin embargo, en la habitación hacía demasiado calor a pesar de que la pelirroja sólo llevaba puesta la blusa y su ropa interior. April necesitaba aire, necesitaba respirar.
Se arrastró por el colchón y salió de la cama lo más silenciosamente que pudo. Recogió sus vaqueros y sus botas y terminó de vestirse rápidamente. Abrió la puerta y salió al pasillo sigilosamente, para no despertar a Merle. Quería ir al jardín que se veía desde la ventana de su habitación, pero en la oscuridad de la noche todos los largos pasillos de piedra parecían iguales. Aun así, tomó con decisión el corredor de la derecha mientras sus pasos resonaban en las paredes de piedra.
Suspiró de alivio cuando alcanzó el jardín unos minutos después. El aire olía a tierra mojada y soplaba lentamente, acariciando su piel y aliviando el calor que sentía. Había muchos árboles y grandes setos diseminados por el lugar y varias estatuas talladas en roca viva que representaban alguna especie de felino de gran tamaño.
April echó a andar hacia los largos bancos de piedra mientras admiraba el paisaje. En el último momento decidió que lo que realmente le apetecía era tumbarse sobre la verde hierba que crecía por todas partes en aquel oasis en el corazón de la Villa Imperial. Y así lo hizo, estirando los brazos por encima de la cabeza y extendiendo su larga cabellera pelirroja hacia atrás.
Por un momento, se sintió en paz consigo misma. En el cielo, tan cerca y a la vez tan lejos, la Luna Fantasma se recortaba contra la inmensidad del espacio. April pensó, por primera vez desde hacía mucho tiempo en su mundo. ¿Cuántos días habría transcurrido desde que se vio transportada a Gaia?, ¿habría notado alguien su ausencia? Recordó su vida en Manhattan, su trabajo para el FBI, su apartamento junto a Central Park… si alguna vez conseguía regresar a casa, ¿sería capaz de retomar su vida en el punto donde la había dejado?
Un ruido de pisadas sobre la hierba devolvió a April súbitamente al presente. Se incorporó para buscar la fuente de aquel sonido. Y entonces le vio.
Van estaba a unos metros de ella, contemplándola en silencio.
– No pretendía asustarte– se disculpó él, sosteniéndole la mirada.
April no contestó, quería decirle tantas cosas que no sabía por dónde empezar.
– ¿Puedo sentarme?– preguntó Van, acercándose con cautela. Parecía tranquilo y sereno pero sus ojos se veían tristes–. Aunque te advierto que esta noche no soy la mejor compañía.
– Tampoco yo lo soy– contestó April.
Van se sentó a su lado, sobre la hierba, con las piernas cruzadas. El viento le alborotaba el pelo sobre la cara.
– Siento mucho lo de antes– se apresuró a decir ella ante el silencio de Van, necesitaba quitarse de encima aquel sentimiento de culpa–. No pretendía que mis recuerdos te hicieran daño.
El ryujin la miró confuso durante unos segundos. Luego, fue el turno de Van de sentirse culpable. April creía que era la responsable del dolor que sentía cuando, en realidad, el responsable era él. Vivir anclado en el pasado le había costado ocho años de su vida.
– No ha sido culpa tuya, sino mía por no aprender a dejar atrás el pasado– dijo con sinceridad mirando hacia el firmamento–. Lo perdí todo, ¿sabes? Mi familia, mi hogar, mi patria… todo. Me convertí en rey de un país arrasado por la guerra. La corona, la responsabilidad… pesaban tanto. Y yo era tan joven…
April sintió como se le encogía el estómago ante sus palabras.
– Me aferré al recuerdo de tu madre para mantener conmigo el pasado, para no olvidar todo aquello que había perdido. En el fondo, siempre supe que este no era su mundo, que ella debía regresar a su hogar. Pero nunca perdí la esperanza, por absurdo que fuera ¿Puedes entenderme?
Van continuó mirando el firmamento. En ese instante April comprendió por qué siempre era tan duro y severo, por qué tenía aquella coraza a su alrededor, por qué la había tratado de un modo tan frío cuando se conocieron. Ella había destruido, sin pretenderlo, los recuerdos que el ryujin había estado atesorando durante años.
– ¿Por eso te caía tan mal al principio?– preguntó April al cabo de unos minutos–. ¿Porque era un recordatorio constante de que mi madre había rehecho su vida con otra persona que no eras tú?
El rey de Fanelia se giró para mirarla sintiéndose inmensamente culpable por haberla tratado tan mal.
– No era mi intención– seguía teniendo problemas con eso de disculparse.
A pesar de su pobre disculpa, April sonrió. Pero la alegría no le llegó a los ojos. No sabía si se sentía mal porque había dañado a una de las pocas personas que la había ayudado en aquel mundo tan extraño o porque Van acababa de reconocer que, a pesar del tiempo y de la distancia, seguía enamorado de Hitomi.
– Tampoco era mi intención hacerte daño… ni antes ni ahora– dijo ella, luego dirigió su mirada hacia la Luna Fantasma–. Ojalá pudiera encontrar una forma de volver a casa para dejar de recordarte a mi madre. Para ti debo ser una tortura constante… Lo siento… ojalá esa luz nunca me hubiera traído hasta Gaia.
April hizo un esfuerzo por contener las lágrimas mordiéndose los labios fuertemente. Se sentía culpable de haber alterado la vida de Van de un modo tan horrible, pero ella no tenía ningún control sobre su destino en aquel momento, sólo había una solución.
– Intentaré pasar el mayor tiempo posible lejos de ti, tal vez eso te ayude.
Las lágrimas comenzaban a escapar de sus ojos sin control. Se sentía perdida y vulnerable, y no le gustaba esa sensación. Se odiaba a sí misma por ser tan débil, por no poder mantener sus emociones bajo control. En aquel extraño mundo ella siempre sería el fantasma de un pasado que nadie desea recordar. April no quería que el rey de Fanelia la viera llorar, por eso se levantó rápidamente de la hierba y echó a andar para volver a su habitación, necesitaba estar sola.
Pero no pudo hacerlo. Van se incorporó antes de que lograra alejarse y la sujetó del brazo para detenerla. La piel de April era suave al tacto y desprendía un calor exquisito que calentó las siempre frías manos del rey. La electricidad circuló entre ellos en cuanto se tocaron, como dos cables que por fin hacen contacto. El ryujin la hizo girar para enfrentar su verde mirada y descubrió, horrorizado, que las lágrimas surcaban sus mejillas. April estaba llorando y él era responsable de ello.
– No llores– pidió el ryujin con un nudo en la garganta–. Nada de esto es culpa tuya.
April no estaba de acuerdo.
– Si nunca me hubieras conocido…– empezó ella pero Van la interrumpió.
– Si nunca te hubiese conocido habría seguido engañándome a mí mismo– dijo, porque era cierto. April había marcado un antes y un después en su mundo monótono y aburrido–. Me has dado la oportunidad de cerrar un capítulo de mi vida.
Ella luchaba por detener el torrente de lágrimas que recorría su rostro. Se sentía frágil y era incapaz de dejar de llorar.
– No quería ponerte las cosas más difíciles… lo siento tanto.
Algo se rompió dentro del rey de Fanelia cuando contempló como las lágrimas abrían senderos en la piel de April. Se acercó a ella más de lo que era políticamente correcto, invadiendo deliberadamente su espacio personal por primera vez desde que la conoció. Utilizó las yemas de los dedos para apartar sus lágrimas.
– Por favor… no llores– repitió Van mientras limpiaba sus mejillas con delicadeza–. Además, sin ti habría tenido que matar a Aro para evitar que vendiera la tecnología de Zaibach. Creo que he salido ganando desde que estás aquí.
April no pudo evitar reírse ante aquellas palabras. El sonido de su risa se extendió entre ambos y el calor de su aliento llegó hasta Van que también sonrió.
– En eso tienes razón– concedió ella–. Formamos un gran equipo.
Ambos guardaron silencio, sosteniéndose la mirada. Van aún no la había soltado. Los verdes ojos de April reflejaban las estrellas y de sus pestañas pendían lágrimas que parecían plata fundida a la luz de las dos lunas. Pero el rey de Fanelia sólo pudo fijarse en la sonrisa sincera que adornaba el rostro femenino.
Entonces, el ryujin sintió que algo ardía en su pecho. Soltó el brazo de April para apartar los pliegues de su camisa y descubrió que el collar atlante volvía a brillar intensamente, como aquella noche en Vaedran, dos meses atrás. Al principio tuvo miedo de que alguien quisiera atacarles de nuevo, pero su instinto le dijo que no había nada que temer.
April dirigió asombrada sus ojos hacia la joya de la que tanto había oído hablar. No recordaba que ahora Van era su dueño.
– Es muy hermosa– reconoció ella mientras sus ojos reflejaban la luz del colgante–. Pero, ¿por qué esta brillando?
Van se encogió de hombros. Estupefacto. Asombrado.
– A veces brilla cuando quiere avisarme de algún peligro o de algo importante.
April volvió a mirar el collar que el ryujin sostenía.
– ¿De qué crees que quiere avisarte ahora?
Aquella era una excelente pregunta, pensó Van para sí. ¿Qué podía querer decirle el colgante de Hitomi en aquel momento? Nadie quería hacerles daño, estaba con April. Entonces, el rey de Fanelia posó sus ojos en ella y supo lo que el colgante intentaba decirle.
– ¿Qué estás haciendo?– preguntó la pelirroja, totalmente confundida cuando Van se sacó el colgante por la cabeza y lo extendió hacia ella con decisión.
– Creo que desea estar contigo– contestó sereno, sabiendo que estaba en lo cierto. April era su legítima dueña. Tenía que estar junto a ella.
April negó con la cabeza, agarró la mano de Van y la empujó lejos de ella. El colgante seguía brillando con intensidad entre ambos.
– Este collar es un regalo que te hizo mi madre– repuso–. No puedo aceptarlo.
Van tomó las manos de la mujer frente a él, la piel de April calentó la suya, y dejó caer la joya con suavidad en ellas.
– Y ahora yo te lo estoy regalando a ti. No se hable más– concluyó tajante.
April contempló el colgante durante unos segundos, seguía brillando, proyectando luces y sombras entre los dos. Ella miró al rey unos segundos. Van sonreía. La confianza y la seguridad que vio en sus ojos la ayudaron a decidirse. Entonces asintió, aceptando el regalo que él le ofrecía.
Van la miró atentamente mientras la pelirroja se colocaba la joya. Con un movimiento casi hipnótico ella se lo pasó por la cabeza, luego se apartó el pelo hacia atrás para poder contemplar el resultado final. En cuanto el colgante descansó sobre el pecho de April, su brillo se extinguió.
Hola de nuevo!
Aquí está el siguiente capítulo, recién salido del horno. Me estoy acercando a lo realmente bueno del fic y tengo muchas ganas de que lo leáis. Espero que os guste el capítulo de esta semana y que lo disfrutéis tanto como yo.
Agradezco cada lectura, cada visita y cada review, especialmente a: MacrossLive, 7, Alice Cullen, Annima90, Luin Fanel y Arsénico. Gracias por vuestras palabras de ánimo, las recibo con mucha ilusión y me empujan a escribir cada capítulo con más ganas que el anterior. Mil gracias y millones de besos.
Nos vemos en el siguiente.
Love, Ela.
