Recomendación musical: Winifred Phillips — Liberation Main Theme.
Capítulo 16: En la oscuridad.
— Me temo que no hay nada divino en mí— aseguró April, dejando escapar una débil tos que pretendía camuflar su escéptica risa—. Yo no soy nadie. Tan sólo alguien que últimamente tiene muchas pesadillas.
Una simple informática que llevaba una vida tranquila y monótona en la ciudad de los rascacielos. Como las otras ocho millones de personas que residían en el área metropolitana de Nueva York. Común y corriente. Su único talento era la tecnología. Pero, ¿qué había de especial en pasarse el día rodeada de ordenadores?
Ciro la miró con aquellos ojos ancianos cargados de intenciones.
— Eso es lo que cree la mayoría de la gente. Pero hay algo divino en todo lo que nos rodea.
April no quería ofender al monje, pues necesitaba su ayuda desesperadamente para comprender lo que le estaba ocurriendo. Así que prefirió guardar silencio mientras contemplaba a Ciro inclinarse sobre sus maltrechas rodillas hasta tocar el suelo con las manos. En ese momento, empezó a orar. April jamás había estado presente en ninguna ceremonia religiosa antes, por eso le sorprendió escuchar a aquel sacerdote. Tuvo la sensación de que estaba contemplando un rito antiguo y sagrado, y se sintió como una intrusa. El monje hablaba en un idioma extraño que April era incapaz de entender y repetía una y otra vez sus cánticos como si se tratase de un mantra.
Ciro permaneció en la misma posición durante unos minutos que a ella se le hicieron eternos. Cuando por fin conseguía apartar la vista de la figura encorvada del monje sus ojos se desviaban, casi sin querer, hacia la estatua de Fortuna. Y aquello le gustaba todavía menos. Había algo espeluznante en la fría mirada de la mujer que descansaba sobre el altar.
Por eso decidió esperar a que el sacerdote terminara sus plegarias con la mirada fija en sus manos entrelazadas que descasaban sobre sus vaqueros oscuros. Durante esos interminables segundos, April deseó con todas sus fuerzas que sus pesadillas fueran sólo eso, meros sueños. Aunque no estaba segura de si habría alguien ahí arriba que pudiera escuchar sus ruegos.
Cuando Ciro completó su rezo, se incorporó lentamente para no maltratar sus cansadas rodillas y dirigió su anciana mirada hacia April.
— Me alegro tanto de que estéis aquí— admitió con un suspiro extenuado.
— Dejaos ya de rodeos— replicó April ansiosamente, cansada de tanto preámbulo—. Sabíais perfectamente que vendría a buscaros.
— Llámame simplemente Ciro, por favor. Estamos solos y creo que podemos prescindir de tanto formalismo. ¿No te parece, April?— preguntó el monje lentamente, tuteándola por vez primera—. Y no, la verdad es que no sabía nada. Pero esperaba que vinieras.
April bufó irritada. Aquel monje empezaba a agotarle la paciencia con sus numerosas evasivas. ¿Era mucho pedir que contestara a una pregunta sin intentar eludir la respuesta?
— Esto es una pérdida de tiempo— dijo molesta mientras se levantaba de la alfombra carmesí sobre la que había pasado arrodillada los últimos minutos—. Ni siquiera sé que hago aquí.
Ciro la imitó, aunque con muchas más dificultades debido a sus problemas de huesos.
— Necesitas respuestas. Por eso has venido— contestó el monje, jadeando por el esfuerzo.
April le lanzó una gélida mirada, cargada de indignación.
— No dejas de repetirme lo mismo una y otra vez, pero nunca me das una respuesta— se quejó ella, tuteándole también—. Sólo preguntas y más preguntas. ¿Qué me está pasando?, ¿cómo sabes tanto de mí?— La pelirroja estaba cansada de acertijos—. Quiero saber la verdad.
El sacerdote se acercó a ella despacio y le sonrió para infundirle ánimo.
— Tengo intención de contestar hoy mismo todas tus preguntas— en ese instante, Ciro se puso mortalmente serio para añadir—. Sin embargo, debo advertirte de que la verdad puede cambiar todo tu mundo en cuestión de segundos. ¿Estás segura de que quieres hacer esto?
— Ya estamos otra vez con las adivinanzas— repuso April irritada—. No te preocupes por mí. Cuéntame la verdad y deja que yo me encargue de las consecuencias… estoy segura de que sobreviviré.
Ciro sonrió de nuevo, mirándola con una admiración renovada. Desde el primer momento en que contempló sus profundos ojos verdes, el anciano monje supo que aquella chica era valiente, tenaz y capaz de hacer frente a cualquier adversidad. Tal vez por eso, los dioses la habían elegido.
— Debes tener cuidado, la verdad puede llegar a ser peligrosa— advirtió Ciro con cautela—. Del mismo modo que algunas cosas parecen reales y no lo son. Puede parecer que ciertas cosas no tienen importancia y de hecho, son inestimables— el sacerdote clavó su intensa mirada en el rostro de April que intentó no inmutarse ante tan penetrante escrutinio—. Como tus sueños— continuó Ciro—. En los sueños hay verdad e ilusión, igual que las imágenes que crean. El problema está en separar unos de otros.
— ¿Intentas decirme que mis sueños son reales?— preguntó April, sintiendo como el miedo le anclaba los pies al suelo y le provocaba un nudo en el estómago.
La voz de Ciro temblaba de emoción cuando continuó.
— Intento decir que las cosas ya están en marcha y que necesitas ayuda para separar la verdad de la ilusión.
Un ramalazo de ira sacudió a April de la cabeza a los pies y no pudo evitar contestar.
— Hablas de verdad, de ilusión, de sueños. No sé qué tiene que ver todo esto conmigo— protestó airada, no entendía absolutamente nada de lo que aquel monje le estaba diciendo—. Es cierto que están ocurriendo cosas. Y si vine hasta aquí es porque tal vez esté lo bastante loca como para creer que… no sé… que puedes ayudarme a encontrar una explicación plausible— El miedo le cerraba la garganta. Ella sólo quería saber si existía alguna posibilidad de que sus sueños se hicieran realidad—. Pero en vez de eso, me cuentas que mis sueños pueden ser reales, que necesito ayuda, que hay cosas en marcha. Pero bueno, ¿de dónde has sacado semejantes tonterías?... cosas en marcha, cosas en marcha.
Resopló, completamente frustrada. Desde el principio, había sido muy mala idea venir a ver a Ciro. Pero, ¿qué otra cosa podía hacer? Ya ni siquiera estando despierta encontraba alivio a sus pesadillas. Le parecía que no le quedaban más alternativas.
La voz del sacerdote cortó el hilo de los funestos pensamientos de April. Sonaba serena y segura.
— Conozco a alguien que puede interpretar tus sueños y decirte exactamente lo que significan.
April dirigió su mirada hacia los ancianos ojos del monje. Deseaba, con todas sus fuerzas, poder creer que existía una solución a sus problemas. Que había alguien que podía explicarle qué significaban aquellas horribles pesadillas. Un poco más animada, se permitió el lujo de sonreír antes de preguntar:
— ¿Y dónde podemos encontrar a esa persona?— inquirió ella ansiosamente—. Sé que es muy tarde para una visita de cortesía, pero me temo que no puedo esperar a mañana. Es muy urgente.
Ciro asintió, contento de que aquella mujer entendiera la gravedad de la situación y de que dejara por un momento de lado su escepticismo para empezar, por fin, a cooperar.
— Vive a las afueras de Godashim, podemos ir a verle esta misma noche— dijo, esperando que las buenas noticias consiguieran alegrar el ánimo de su interlocutora. Pero se equivocaba.
Al oír aquellas palabras, April maldijo interiormente en todos los idiomas que conocía (las maldiciones fueron tantas y tan variadas que habrían hecho sonrojarse a un marinero) Pero es que la mala suerte se estaba cebando con ella de forma inexplicable. La única persona que podía ayudarla vivía a las afueras de Godashim y ella no podía salir de la Villa Imperial, Van se lo había prohibido expresamente. Si desobedecía aquella orden y el ryujin la descubría (a April no le cabía duda de que lo haría) se metería en graves problemas. Y el rey de Fanelia no era, precisamente, comprensivo cuando le desobedecían.
— No tengo permiso para salir de la Villa Imperial hasta el amanecer— reconoció ella de mala gana—. ¿No podemos enviar a alguien para que traiga hasta aquí a esa persona?— sugirió, en un intento de solventar aquel inconveniente.
Pero Ciro negó vehementemente con la cabeza, echando por tierra sus esperanzas.
— Lo siento mucho, pero esta persona es demasiado mayor para desplazarse— explicó—. Vive prácticamente recluida entre las cuatro paredes de su pequeña casa.
April suspiró, intentando calmarse, pues tenía ganas de gritar por culpa de la frustración. No podía volver a pasarse la noche en vela, las horas de sueño perdidas estaban haciendo mella en su cuerpo y pronto sería incapaz de vencer el deseo de dormir. Entonces, Ciro intervino para sugerirle una alternativa.
— Bueno… saltarse las reglas de vez en cuando no es tan malo como parece— apuntó sin dejar de sonreír—. Además, no estarás sola en ningún momento. Yo te acompañaré.
La tentación era demasiado grande. April se debatía entre obedecer a Van o ir en busca de respuestas. Ojalá el ryujin no le hubiera prohibido salir. Ojalá esas respuestas no fueran tan importantes como para arriesgarse a desatar la ira de una de las pocas personas por las que estaba dispuesta a cometer una locura semejante.
— Sabes perfectamente que irás— la voz del monje volvió a sacarla de sus cavilaciones, parecía haberle leído el pensamiento—. Tu propia curiosidad te empujará a ello. Porque te atrae el misterio y porque, a pesar de tu escepticismo, crees que yo tengo la respuestas a tus preguntas.
April se quedó allí, en mitad del templo, sin saber qué hacer. Ciro le sostuvo la mirada durante unos segundos interminables. Sus ancianos ojos la instaban a tomar una decisión.
— Sólo quiero volver a mi vida normal, sin pesadillas ni alucinaciones— susurró April, suplicante.
— Eso desean quienes viven tiempos aciagos… pero no siempre podemos decidir lo que nos depara el futuro.
Ciro tenía razón, por supuesto. Lamentarse de su mala suerte no iba a solucionar nada. Era la vida del rey de Fanelia lo que estaba en juego. "Merece la pena correr el riesgo, le susurró la voz de la conciencia, "Van es importante".
Sus ojos verdes brillaron durante una fracción de segundo, el instante en que tomó una decisión. Entonces, muy rápidamente, como si obedeciera una orden, April echó a andar en dirección a la salida con Ciro siguiendo de cerca sus pasos.
…
El espléndido salón principal de la Villa Imperial relucía aquella noche bajo la iluminación de miles de velas. El mármol de los suelos y la madera de las paredes y el techo brillaban lanzando suaves destellos mientras la luz de las dos lunas se filtraba por el muro exterior, orientado hacia el oeste, que estaba decorado con enormes vidrieras del más refinado cristal. El duque Chid, el gran anfitrión de la velada, había servido una cena exquisita a todos y cada uno de sus comensales. Y ahora, los cientos de invitados disfrutaban de los mejores licores y bebidas de Freid al ritmo de la música que reverberaba en las paredes de madera. Los hombres llevaban uniforme y las mujeres elegantes vestidos y tocados. Algunos bailaban, otros charlaban animadamente. Todos parecían disfrutar de la celebración.
Todos, excepto el rey de Fanelia.
Los pensamientos de Van estaban en otra parte, concretamente en una de las habitaciones de invitados de la Villa Imperial, varios pisos más arriba. A lo largo de las últimas horas podía jurar que había hecho todo lo posible por distraerse, como entablar conversación con las delegaciones de otros países o aceptar las constantes presentaciones a las que Millerna intentaba someterlo. Pero nada había funcionado.
No podía dejar de pensar en ella. April.
El nombre flotaba en su mente, una y otra vez, junto con el recuerdo de sus brillantes ojos verdes. Frustrado, se había servido una copa bien cargada. Y ahora estaba allí, en un solitario rincón de la estancia, apoyado despreocupadamente contra la pared, tratando de pasar inadvertido y de ignorar los coqueteos incesantes de unas cuantas mujeres de la corte que no parecían notar que, esa noche, el rey de Fanelia no tenía intenciones de flirtear con nadie. Nunca llevaba acompañantes a esa clase de eventos y, tiempo atrás, Van había aprendido que las damas interpretaban eso como un deseo de compañía. Nada más lejos de la realidad. Ninguna de aquellas mujeres, recargadas y artificiales, era capaz de despertar el más mínimo interés en él.
Pero April sí podía. Y no tenía ningún sentido. Sólo pensar en ella le distraía. Le atormentaba la idea de dejarla sola. En ese momento, lo único que deseaba era poder escabullirse del lugar sin ser visto. Y, tal vez, subir a la habitación de April para comprobar cómo se encontraba.
"Cada vez mientes peor", le susurró la conciencia mientras se reía de él. Suspiró mientras le daba un profundo trago a su bebida. El alcohol quemó su garganta, pareció arder devolviéndole súbitamente a la realidad. ¿A quién pretendía engañar? Lo que verdaderamente anhelaba era su compañía, oír de nuevo su risa, ver brillar sus ojos verdes otra vez. Estar con ella le hacía olvidar la soledad, los problemas y la responsabilidad y despertaba en él necesidades largo tiempo olvidadas. Van maldijo internamente el traicionero rumbo de sus pensamientos y decidió poner los pies en la tierra. Era más de medianoche, seguramente April ya estaba durmiendo. ¿Por qué demonios iba a molestarla a esa hora?
"Porque quieres verla de nuevo", le respondió la misma voz, salida desde el rincón más oculto de su mente. Y era cierto, no podía seguir negándolo. ¿Cuántas veces había deseado a lo largo de la noche que April estuviera allí? Tal vez, aquel baile no estaría resultando tan aburrido si ella hubiera querido acompañarle.
"No seas gilipollas", se dijo, "April jamás habría aceptado venir contigo".
— Ella no es mía— susurró, tragándose el nudo que le obstruía la garganta con nuevas dosis de alcohol.
Y por todos los dioses, jamás lo sería, sin importar lo mucho que lo deseara.
…
— Aún no me has dicho a quién vamos a ver— preguntó April, mientras recorrían silenciosamente las callejuelas de Godashim. La Ciudad de Piedra refulgía a la luz de las dos lunas, llena de vida y de gente.
— Se llama Marcus— respondió Ciro. Su voz sonaba estrangulada por el esfuerzo que le suponía caminar con sus cansadas piernas—. Antaño fue un monje del Templo de Fortuna.
April intentó acompasar su ritmo al del monje, era consciente de que tenía dificultades para caminar y no quería avergonzarle. Ciro, por su parte, agradeció que no se quejara en ningún momento de su lento avance. Al contrario, ella le ayudaba a salvar los escollos del camino una y otra vez, sin perder en ningún momento la sonrisa. Aquella parte de su carácter consiguió sorprender al anciano sacerdote. La mayoría de ciudadanos de Freid le respetaban por ser uno de los monjes del Templo de Fortuna. Pero a April no parecía importarle el cargo que ocupaba dentro de la orden de sacerdotes. Entonces, ¿por qué le trataba de ese modo y no como el estorbo que en realidad era?
— ¿Qué le sucedió a ese tal Marcus?
La pregunta de April cogió a Ciro desprevenido. Ella quería saber, tenía curiosidad.
— Acababan de iniciarme como sacerdote el día que todo ocurrió— le dijo, dejando que los recuerdos del pasado llegaran hasta a él. Jamás podría olvidar ese día—. Marcus era ya un monje ordenado, con años de experiencia atendiendo el Templo. Pero llevaba meses teniendo pesadillas y sueños extraños, cada vez más reales— Ciro interrumpió su relato para mirarla a ella que, caminando junto a él, procuraba no perderse una sola palabra—. Hasta que un día, la locura de los dioses se cernió sobre él. Pasó días postrado en una cama, ardiendo en fiebre e incapaz de controlar su cuerpo. Igual que te ocurrió a ti.
Ambos continuaron caminando y el silencio cayó sobre ellos.
— ¿Cómo logró recuperarse? — quiso saber ella.
Ciro clavó la mirada en aquellos ojos verdes que le miraban rebosantes de curiosidad antes de contestar. Pero es que nunca había tenido un espectador tan atento a sus palabras, tan ávido de conocimiento.
— Los monjes del templo cantaron para él una canción tan antigua como el mundo— explicó mientras se adentraban en el distrito sur de la ciudad, el más cercano al río Nayame—. Era un cántico que había pasado de generación en generación entre los sacerdotes de Fortuna, un cántico que procede de los días de Atlantis y que permite equilibrar la mente y el cuerpo.
Dejaron a la derecha la ribera del río y ascendieron una pequeña pendiente que les llevó directamente al barrio más humilde de la ciudad. Allí, la mayoría de las casas eran pequeñas y de una sola planta, los niños serpenteaban descalzos entre el gentío y las callejuelas de piedra eran estrechas y estaban mal iluminadas. El contraste con las zonas ricas de Godashim era más que evidente. Resultaba desalentador pensar que hasta los habitantes de Freid tenían que sufrir la desigualdad y la pobreza.
La voz sabia y anciana de Ciro cortó el hilo de los pensamientos de April y la devolvió súbitamente al presente. El monje continuaba narrando la historia de Marcus.
— Es la misma canción que yo canté para ti... fue entonces cuando la aprendí.
April asintió secamente mientras contemplaba el cielo nocturno, cuajado de estrellas.
"Cuando Van se entere de lo que estás haciendo vas a tener muchos problemas", le avisó con desdén la conciencia. Sus pensamientos se dirigieron de forma inconsciente de nuevo hacia la Villa Imperial. Se preguntó, por enésima vez aquella noche, qué estaría haciendo Van y si estaría disfrutando de la celebración. Un segundo más tarde se rió internamente de sí misma, sin poder evitarlo. Van era un hombre adulto, atractivo y soltero, capaz de provocarle un infarto a cualquier mujer con su sonrisa torcida y su andar arrogante y letal. ¡Por supuesto que se lo estaba pasando bien! ¿Cómo no iba a hacerlo rodeado de mujeres que se morían por complacerlo?
Además, a ella no debía importarle lo que el ryujin hiciera con su tiempo libre. Punto.
— ¿Qué hizo cuando recuperó la normalidad?— preguntó para alejar aquellos funestos pensamientos de su mente.
Subían ahora una nueva pendiente y Ciro jadeaba intentando mantener el ritmo.
— Abandonó el templo al día siguiente— respondió con voz entrecortada—. Ahora vive aquí, en una pequeña casita de piedra a las afueras de Godashim— se lo pensó durante unos segundos y finalmente añadió—. La gente acude a él en busca de guía y consejo. Le llaman "El Oráculo".
La pelirroja resopló incrédula.
— ¡Estupendo!— repuso sarcásticamente. Aquello le parecía completamente ridículo, prácticamente una broma pesada—. Vamos a ver a un adivino.
Ciro le lanzó una dura mirada, como si aquellas palabras le hubieran ofendido gravemente.
— Marcus no es un adivino— contradijo el anciano monje—. Es el intérprete de los dioses y la única persona en toda Gaia que puede decirte cuál es el significado de tus sueños. Sólo él puede dar respuesta a todas tus preguntas.
…
Van Fanel estaba cansado de fingir que disfrutaba de la velada. Apuró los restos de alcohol del fondo de su copa de un solo trago y la dejó cuidadosamente sobre la dorada bandeja de uno de los camareros. Mientras lo hacía sintió la penetrante mirada de una mujer morena desde el otro lado de la habitación. El deseo estallaba en los ojos femeninos, grandes y oscuros, como una nube de tormenta. Su postura y sus acciones le concedían al rey de Fanelia permiso para acercarse hasta ella. Tal vez para acompañarla hasta su habitación e ir más allá.
Pero el ryujin no estaba interesado. Aquella mujer era morena y no pelirroja, tenía los ojos oscuros y no verdes, iba demasiado maquillada y su sonrisa lasciva y calculadora no se parecía en nada a la sonrisa sincera y natural que tanto le gustaba contemplar en el rostro de April. Van nunca se dejaba engañar por las apariencias, sabía la verdad. Esa mujer era la ambición hecha carne y sólo encontraba atractivo su título, la posibilidad de acabar en la cama con el rey de Fanelia. Con el tiempo, el ryujin había terminado acostumbrándose a esas frivolidades, entre otras cosas porque la mayoría de la gente se acercaba a él sólo por ser un héroe de guerra, el famoso piloto de Escaflowne.
Sin embargo, Van no era la clase de hombre que se aprovecha de ese tipo de situaciones y que disfruta olvidando sus problemas con el cuerpo de una mujer. Y mucho menos esa noche. ¿De qué le iba a servir si no podía sacarse a April de la cabeza?
Ignoró cortésmente a la mujer para hacerle saber que declinaba la invitación. Seguramente, ella encontraría pronto otro candidato, en pocos minutos tendría un nuevo bolsillo lleno con el que perderse entre los oscuros corredores de la Villa Imperial. Aunque a Van eso no le importaba lo más mínimo. Tan sólo deseaba retirarse a su habitación, quitarse aquel incómodo uniforme de gala y tumbarse sobre las frescas sábanas de su cama. No se le ocurría un plan mejor para dar por terminada aquella noche que estaba resultando insufriblemente larga.
O quizás sí.
— ¿Pensando en retirarte tan pronto?
La princesa Millerna se acercaba lentamente hacia él en compañía de su esposo, que vestía el uniforme real con el emblema de Asturia, y de Allen, ataviado con el uniforme de los Caballeros Caeli. Sin embargo, Millerna llevaba puesto un precioso vestido de tul de un profundo color verde mientras el pelo rubio, largo y suelto, le caía libremente por la espalda. Todos los hombres del salón estaban pendientes de su atrayente y exótica belleza.
— Me temo que sí— respondió Van con una sonrisa torcida—. Sabes que odio este tipo de celebraciones.
— Es una pena que April no haya podido asistir— comentó Dryden como quien habla del tiempo, clavando su penetrante mirada en los ojos del ryujin.
Van intentó sostenerle la mirada, pero le resultó muy difícil. Aquel hombre parecía capaz de leerle el pensamiento. No era la primera vez que la capacidad intuitiva de Dryden sorprendía al ryujin, pero en aquella ocasión era distinto. ¿Habría notado lo mucho que miraba a April cuando estaban juntos en la misma habitación?, ¿se habría percatado de lo mucho que le gustaba estar con ella?
Afortunadamente, Millerna acudió en su ayuda.
— Lo cierto es que sí— opinó la princesa de Asturia con mirada triste—. Sé que le habría gustado compartir esta noche con nosotros.
— Habrá más ocasiones, no te preocupes— dijo Van para intentar consolarla.
Millerna sonrió y, a continuación, intercambió una mirada cómplice con su marido antes de añadir.
— Por cierto, si dices que April se sentía mal después del paseo de esta tarde…— empezó casi sin querer—… ¿no crees que deberías ir a verla? Ya sabes, para comprobar que esté bien. Iría yo misma pero aún tenemos que atender a muchos invitados y dado que tú te retiras ya…
Dejó la frase sin acabar. Pero Van no necesitaba que lo hiciera. Acababan de brindarle la excusa perfecta para pasar un rato con ella sin que le remordiera la conciencia después.
— Pensaba ir directo a mi habitación— repuso, tratando de parecer indiferente—. Pero iré a ver qué tal está de todas formas.
Millerna sonrió tanto que hasta sus ojos participaron de su alegría. A pesar de todo, no podía evitar estar contenta. Durante ocho largos años había visto sufrir a Van sin saber muy bien qué hacer para ayudarle. Cada vez que se reunían, su amigo parecía más triste y apagado, hundido bajo el peso del pasado y las responsabilidades. Millerna había tratado ese tema muchas veces con Dryden y Allen. Pero todos estaban de acuerdo en que no había nada que pudiera currarle hasta que Van decidiera dejar atrás el pasado y empezar a vivir. Sin embargo, nunca había parecido estar dispuesto a hacerlo.
Hasta ahora. El ryujin estaba tan cambiado que no parecía la misma persona. Era más sociable, sonreía mucho más… parecía feliz. Millerna se moría de satisfacción cada vez que pillaba a Van mirando a hurtadillas a April, cada vez que él la buscaba ansiosamente entre la gente cuando la perdía de vista. Y es que, por muy discreto que fuera Van, no podía ocultar el brillo que aparecía en sus ojos cuando contemplaba a la persona que provocaba el caos en su mente. Millerna sabía, por experiencia, lo mucho que puede llegar a costar seguir adelante cuando te han partido el corazón, lo duro que es volver a empezar, confiar de nuevo. Y deseaba que algún día Van pudiera disfrutar de la misma felicidad que ella experimentaba cada día junto a Dryden.
Pero Van era muy cabezota y reacio a admitir sus sentimientos. Iba a costarle un mundo acostumbrarse a la idea de que una mujer pudiera despertar su interés. Así que Millerna creía que no había nada de malo en darle un empujoncito.
En ese instante, Erik, el capitán de la guardia real de Fanelia, pasó junto a ella a toda velocidad. Mortalmente serio, pidió cortésmente disculpas por la interrupción, se dirigió hacia Van y le susurró algo al oído. Millerna supo, por lo rápido que se transformó el rostro de Van, que había ocurrido algo grave.
Van sintió que se le congelaban las entrañas cuando escuchó las palabras de Erik.
— La señorita Ryan ha salido de la Villa Imperial en compañía de un anciano monje y ninguno de mis hombres sabe dónde está.
…
Después de recorrer el barrio humilde de Godashim, Ciro y April llegaron a la última casa de una callejuela empinada que serpenteaba por la ladera que se elevaba junto a la ribera del río. Era una casa pequeña y de una sola planta, con las luces titulando en las ventanas que daban al exterior. Exactamente igual que todas las demás casas de aquella zona. Sin embargo, había algo extraño, April podía percibirlo. Era como si una energía poderosa estuviera aguardando pacientemente su llegada. De repente, tuvo miedo y quiso echarse atrás. El pánico inundó su mente y sintió deseos de correr en dirección contraria sin mirar atrás. Pero ella no era ninguna cobarde. No había salido sin permiso de la Villa Imperial, arriesgándose a desatar la ira de Van, y recorrido media ciudad para rendirse cuando estaba a unos cuantos pasos de encontrar respuestas a sus preguntas.
Respiró hondo varias veces con la intención de calmarse y miró a Ciro, que había permanecido en absoluto silencio junto a ella.
— ¿Y ahora qué hacemos?— quiso saber April, dubitativa. Nadie le había explicado cuál era el protocolo a seguir para visitar al "Oráculo".
Ciro clavó sus ancianos ojos en ella y le sonrió para infundirle ánimo.
— Debemos entrar— se limitó a decir, aparentemente tranquilo—. Estoy seguro de que ya sabe que hemos venido a verle. No le hagamos esperar más.
"Puedes hacerlo", se dijo April internamente para armarse de valor. Echó a andar con decisión hacia la desvencijada puerta de madera, que no tenía pomo, sólo una serie de incrustaciones que a la pelirroja le recordaron las runas celtas que tantas horas había pasado estudiando su padre. Intentando no pensar en la locura que estaba cometiendo, cogió aire fuertemente y llamó tres veces, utilizando los nudillos.
Unos segundos después, desde el otro lado de la puerta, llegó el eco de una voz grave y profunda que les permitía el paso. April intercambió una mirada con Ciro, insegura acerca de cómo debía proceder. El sacerdote asintió secamente para darle a entender que podía entrar. En una fracción de segundo April empujo la puerta con las manos, sintiendo como se le aceleraba el corazón bajo las costillas. El crujido de la madera al abrirse reverberó en la noche estrellada que cubría Godashim.
No se veía nada más allá del umbral. Así que April, nerviosa como no recordaba haber estado en ningún otro momento de su vida, se internó entre las sombras del interior seguida de Ciro.
Cuando sus ojos verdes se acostumbraron a la ausencia de luz, April pudo ver que la habitación en la que se encontraban era la estancia principal de aquella pequeña vivienda. Una gran sala de piedra en cuyas paredes se amontonaba las estanterías, repletas de plumas polvorientas, velas de mil tamaños y colores, bolas de cristal y un sinfín de utensilios rituales que ella no podía identificar. Todo estaba iluminado con una luz tenue, mortecina y, sobre todo, carmesí. Había cortinas en todas las ventanas y las numerosas lámparas estaban tapadas con pañuelos tan rojos como la sangre. Dentro de la estancia hacía un calor agobiante, y el fuego que ardía en la chimenea, frente a la puerta y bajo una repisa abarrotada de trastos, calentaba una tetera grande de cobre. Del fuego emanaba un perfume denso, que la pelirroja no pudo identificar. ¿Era salvia lo que ardía en las llamas o tal vez madreselva? No estaba segura. En una de las paredes laterales había una puerta, April supuso que llevaba a las demás estancias de la casa, mientras que en el centro de la sala grandes alfombras de oscuros colores cubrían la mayor parte del suelo de piedra y, sobre ellas, había una gran mesa de madera rodeada de altas sillas.
Vestido con un enorme manto negro, Marcus los esperaba sentado a la mesa, sobre la que había esparcidos infinidad de mapas e instrumentos de cartografía. Su pelo y su larga barba, ambos tan blancos como la nieve, contrastaban con la oscura tela del manto y sus ojos poseían el color gris del mar justo antes de una tormenta. Tenía la piel surcada de arrugas pero su anciana figura irradiaba fuerza y energía, que emanaban en oleadas desde su cuerpo y se extendían por toda la habitación. Parecía un druida celta a punto de realizar un sacrificio a la diosa Morrigan. Daba la sensación de haber descendido al mismísimo infierno para regresar siendo mucho más sabio. Marcus resultaba amedrentador incluso sentado y April sintió que un escalofrío de miedo le recorría la espalda. Había algo en ese hombre que resultaba aterrador, aunque no era capaz de averiguar qué era exactamente.
Sólo sabía que la hacía sentirse muy incómoda.
— Sentaos por favor— dijo, y su poderosa voz estalló en la sala como un trueno en plena tormenta—. Os estaba esperando.
Ciro y April hicieron lo que el anciano les pedía y se sentaron frente a Marcus en el más absoluto silencio. Sólo podía oírse el chisporroteo de la leña en el fuego. Cuando ambos terminaron de acomodarse, Marcus dirigió aquellos penetrantes ojos grises hacia April, estudiando con sus misteriosos orbes el rostro de la mujer que se sentaba frente a él. En ese instante, aunque Marcus no pronunció una sola palabra, una voz estalló en la cabeza de April.
— "Arduo es el destino que te aguarda para ser alguien tan joven".
April parpadeó confundida cuando la voz se desvaneció de su cabeza. Creía haber oído la voz de Marcus, pero aquello era completamente imposible. Nadie podía comunicarse con otra persona mentalmente. ¿Estaría sufriendo alucinaciones de nuevo? April notó que le costaba hilar dos pensamientos, pues el humo fuertemente perfumado de la habitación la adormecía y atontaba. Por eso, agradeció enormemente que los dos hombres que la acompañaban se sumergieran en una conversación entre ellos.
— Me alegro de que volvamos a vernos Ciro— dijo Marcus sonriendo con sinceridad—. Ha pasado mucho tiempo.
Ciro también sonrió mientras asentía brevemente, dándole la razón a Marcus.
— Es cierto, ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos.
Ambos intercambiaron una mirada cómplice. April imaginó que estaban recordando vivencias que habían compartido en el pasado y no quiso interrumpirles.
— Pero esta vez has traído compañía— comentó Marcus de repente, volviendo a clavar sus ojos grises en el rostro de la pelirroja—. Por lo que intuyo que no es una visita de cortesía.
Ciro también dirigió su mirada hacia April y sonrió. Había llegado el momento de la verdad. Marcus era quien tenía la última palabra, quien decidía si actuaba como mediador con los dioses o no.
— Lo cierto es que no— corroboró Ciro contento por el modo en que se estaba desarrollando la conversación—. Te presento a…
— Sé quién es. Me han hablado tanto de ella que es como si ya la conociera— interrumpió Marcus y sin despegar la vista de April, se dirigió a ella directamente—. Llevo esperándote mucho tiempo, April Ryan.
April sintió que se le escapaba el aire de los pulmones, casi sin querer. ¿Cómo sabía aquel hombre quién era?
— De hecho… te he estado esperando cada día de mi vida. Todo este tiempo me he estado preparando para ti— continuó Marcus como si tal cosa—. Supe que vendrías incluso antes de tu nacimiento.
Ciro sonrió con suficiencia. No podía evitarlo, por fin comprendía que había acertado. Desde el principio tuvo el presentimiento de que aquella mujer era importante, que los dioses la habían elegido. Y ahora veía confirmadas sus sospechas. April, sin embargo, sintió que el miedo le provocaba un nudo en el estómago. A pesar de ello intentó recobrarse.
— ¿Cómo sabéis tanto de mí?— preguntó perpleja. Su mente analítica y racional luchaba contra los últimos acontecimientos con todas sus fuerzas. Aquello definitivamente no era real. No podía serlo.
— Ya te lo he dicho. Los dioses me hablaron de ti— contestó Marcus con esa voz profunda y serena, entrelazando las manos sobre la mesa—. Hace mucho tiempo que me dijeron que vendrías y que yo debía estar aquí, en Godashim, esperando por ti. Me he limitado a cumplir los deseos de los dioses.
Las preguntas estallaban en la cabeza de April como fuegos artificiales, y no sabía cuál era la primera. Después de unos minutos de absoluto silencio, tartamudeó:
— ¿Qué es lo que quieren de mí?
— Será mejor que sean los dioses quienes respondan a esa pregunta— contestó Marcus.
Antes de que April pudiera hablar de nuevo, Marcus se levantó lentamente de la mesa, irguiéndose en toda su estatura consiguiendo que a ella se le erizara el vello de la nuca pues parecía llenar la estancia con su mera presencia. Bajo la atenta mirada de la pelirroja, retiró la tetera del fuego y la colocó sobre la mesa. Ciro acudió a su rescate, retirando los cientos de mapas e instrumentos que cubrían la mesa, para dejarle sitio a la tetera y evitar así un estropicio. Luego, Marcus se dirigió hacia una de las estanterías que adornaban las paredes y cogió un pequeño tazón de madera, tallado hasta el borde con el mismo tipo de runas que habían visto en la puerta de la casita. Para sorpresa de April, el hombre colocó el extraño tazón delante de ella, sin pronunciar una sola palabra, antes de tomar asiento de nuevo.
April se preguntó, estúpidamente, si aquel extraño de ojos grises planeaba invitarla a tomar el té.
— Veo que ya habías tomado la decisión de ayudarnos antes incluso de que llegáramos— comentó Ciro, señalando la tetera—. Pero, ¿por qué sólo un tazón? ¿Es que no vas a ir con ella?
— Ya te he dicho que sólo cumplo órdenes— repuso Marcus con tranquilidad, ambos hombres se comportaban como si April no estuviera presente y eso comenzaba a irritarla—. Ésta ocasión es completamente diferente, sólo ella pasará. Yo tengo que limitarme a guiarla.
— Pero, ¡podría ser peligroso!— protestó Ciro con vehemencia. El anciano monje tenía miedo de que algo pudiera salir mal. Estaba completamente seguro de que la princesa de Asturia y el rey de Fanelia le matarían si se atrevía a poner en peligro a la mujer que se sentaba junto a él.
— Te garantizo que no lo será— le contradijo Marcus, clavando sus ojos grises en April—. ¿Acaso no lo sientes, Ciro?
Y Ciro debía reconocer que lo sentía, lo había percibido desde el momento en que la conoció. Pero antes de que pudiera volver a hablar, April le interrumpió.
— ¿Os importaría dejar de comportaros como si yo no estuviera aquí? Empiezo a estar harta— dijo enfadada—. Y por lo que más queráis, dejad ya de hablar con tanto misterio. Yo sólo quiero saber qué me está pasando.
Marcus la miró fijamente durante lo que a April le pareció una eternidad. El aire de la habitación parecía restallar con la energía mística y el poder que exudaba aquel hombre. Y cuando volvió a hablar, destrozó las esperanzas de April con un único y certero golpe.
— Sé que has venido aquí para que te diga que todo lo que has visto es un producto de tu imaginación, un sueño o una alucinación… lo que sea con tal de tranquilizarte— hizo una pausa antes de continuar, como si le costara dejar salir las palabras, como si sintiera el sufrimiento que iban a acarrearle a ella—. Siento ser portador de tan malas noticias, April Ryan, pero tus sueños se harán realidad, tarde o temprano, y no hay nada que puedas hacer para evitarlo.
April jadeó al sentir que la angustia y el miedo infectaban su cerebro. Se agarró a la mesa para controlar el pánico que le devoraba las entrañas. Ciro apoyó una mano en su hombro para infundirle ánimo con cara de pena.
— Tu única posibilidad ahora es averiguar por qué los dioses te están mostrando esas imágenes— continuó Marcus. Luego, extendió los brazos por encima de la mesa hasta tocar las manos femeninas y estrecharlas entre las suyas—. Los dioses han depositado una ardua tarea sobre tus hombros, ante ti se abre un futuro oscuro. Puedo percibir la pureza de tu corazón… siento que tengas que pasar por esto— sus ojos grises brillaron a la luz de las llamas, pidiéndole silenciosas disculpas por el estado en la que la dejaba—. Pero ninguno de nosotros puede escoger su destino. Como tampoco podemos escapar de él.
April sintió como si algo se cerniera sobre ella y de nuevo le costaba respirar. Apretó fuertemente la mandíbula en un intento de contener el grito que se le había atascado en mitad de la garganta. Las imágenes de dos meses de pesadillas desfilaron en su mente y se vio obligada a cerrar los ojos para mantener el control. Sintió que se hundía en un pozo de oscura desesperación y luchó por no vomitar. Pero en mitad de aquella marea recordó que aún había esperanza. Tal vez pudiera averiguar qué querían los dioses de ella, tal vez existiera un modo de detener esta locura o, al menos, de impedir que cierto sueño en concreto acabara convirtiéndose en realidad. Al pensar en aquel horrible sueño, su mente la traicionó conjurando para ella el rostro de Van. April rememoró su sonrisa torcida, el sonido de sus risas, lo hermosos que eran sus ojos… Y ella se aferró desesperadamente a la idea de mantenerle con vida. Sin importar el precio que tuviera que pagar.
"No seas cobarde", se dijo a sí misma para infundirse valor. Al abrir los ojos se encontró con las miradas de Marcus y Ciro, que la observaban atentamente. Ambos parecían realmente preocupados por ella.
— ¿Estás bien?— quiso saber Ciro, sin dejar de mirarla.
April asintió secamente, intentando sonreír.
— Prefiero la verdad, por mucho que duela— dijo, cuando fue capaz de recobrar la compostura—. Sólo tengo una pregunta, ¿por qué yo?
Marcus soltó las manos femeninas y la miró con renovado interés mientras se acariciaba la larga barba. Aquella mujer pelirroja era valiente. A lo largo de los años, había tenido que desempeñar el papel de intérprete de los dioses muchas veces y no siempre el mensaje que recibía contenía buenas noticias. Pero esa mujer, demasiado noble, demasiado joven; había aceptado su sino con una entereza que casi no parecía humana. Sin lágrimas, ni lamentaciones.
"Los dioses siempre escogen bien", pensó Marcus esperanzado, "tal vez ella tenga éxito".
— Hay algo poderoso en ti, puedo sentirlo. Por eso te han elegido— le contestó con una sonrisa que pretendía transmitir confianza—. La luz de los dioses brilla en tus ojos.
— ¿La luz de los dioses?— preguntó April curiosa, pues era la primera vez que escuchaba esa expresión.
Pero no fue Marcus quien respondió, sino Ciro.
— Es así como los monjes del Templo de Fortuna describen a aquellos que, a través de la meditación o por haber sido elegidos, están en contacto con los propios dioses— explicó el anciano monje como si ya tuviera la respuesta preparada de antemano—. Estar en contacto con los dioses siempre deja huella. Esa luz en tus ojos es inconfundible.
— Pero yo no estoy en contacto con ningún dios— replicó April, sin poder evitar preguntarse qué tenían de raros sus ojos. Ella nunca había notado nada extraño cuando se miraba al espejo.
— Eso lo sabremos ahora mismo— dijo Marcus. Luego, se levantó de la mesa y sirvió el té, que ya se había enfriado lo suficiente, en el tazón que antes había colocado frente a April.
La pelirroja no pronunció una sola palabra mientras seguía atentamente los movimientos de aquel hombre.
— Adelante— la invitó Marcus en cuanto regresó a su silla, señalando el contenido del tazón.
April miró, alternativamente, a los dos hombres que estaban junto a ella sin saber qué demonios tenía que hacer o cómo tenía que reaccionar ante tan extraña petición. Así que recurrió al sarcasmo que la había acompañado en los momentos más oscuros de su vida.
— Sabes, esperaba algo más espectacular que un poco de té.
A Ciro se le escapó una carcajada, casi sin querer, mientras Marcus no dejaba de preguntarse de qué tipo de pasta estaría hecha aquella mujer para permitirse bromear en un momento como ese.
— No es un simple té— contestó Marcus finalmente—. Te ayudará a llamar a tus sueños y pasar al otro lado.
— ¿Qué otro lado?— preguntó inquieta.
— El único lugar donde podrás responder tus preguntas: el limbo. Donde no hay ni vivos ni muertos— respondió Marcus—. Pero no puedes ir allí con tu cuerpo físico, sólo tu alma viajará esta noche. Y yo voy a guiarte, con eso será suficiente.
— Sé qué crees que te explicas muy bien, pero lo cierto es que no estoy entendiendo absolutamente nada.
Marcus rio, por primera vez. Aquella mujer era divertida hasta cuando debería estar llorando asustada como una histérica, así que quiso ponérselo fácil para que pudiera comprender cuanto antes.
— El único modo de responder tus preguntas es hablar con el dios que intenta ponerse en contacto contigo. Y sólo hay un lugar en el que es posible hacer eso: el limbo— explicó Marcus pacientemente—. El problema es que el limbo no es un lugar físico sino espiritual, un plano entre el mundo de los vivos y los muertos. El modo más rápido de llegar hasta allí es a través de los sueños, el momento en que la división entre ambos mundos es más débil. Por eso a veces, cuando duermes abres esa puerta sin darte cuenta de ello y entonces tienes esas pesadillas tan horribles. Pero si esperamos a que estés dormida no podrás controlarlo y nuestro esfuerzo no servirá de nada. Por eso vamos a utilizar este brebaje, para llamar a tus sueños mientras estás despierta.
— Y… ¿no podemos hacerlo de otro modo?
— Por el momento no— dijo Marcus, rechazando la posibilidad—. Dentro de ti reside el poder de abrir salidas entre los mundos. De lo contrario, jamás habrías tenido esos sueños. Pero, por ahora, necesitas que te guíen para pasar al otro lado. Ese es mi trabajo, guiarte en tu primera salida. Tú sólo tendrás que seguirme.
April enmudeció ante aquellas palabras. Pero es que tenía demasiadas cosas que asimilar y muy poco tiempo. ¿Cuánto tardaría Van en notar que había desaparecido de la Villa Imperial?
— ¿Y si no quiero hacerlo?— preguntó ella, no podía negar que estaba asustada—. ¿Y si me marcho de aquí y finjo que esto no ha ocurrido nunca?
Marcus la miró fijamente, como si quisiera ver a través de sus ojos verdes.
— Es el momento de la gran decisión, April Ryan— le dijo el hombre—. Todo el tiempo, pasado y futuro, gira entorno a este momento. Y no es una decisión fácil, yo estuve una vez en tu lugar. Sé que hagas lo que hagas, tu vida cambiará para siempre— advirtió Marcus, tal y como había hecho Ciro unas horas atrás—. Pero, antes de tomar una decisión, pregúntate esto: ¿serías capaz de salir de aquí y vivir con las consecuencias de ignorar tus sueños?
Automáticamente, April pensó en Van. Si se marchaba de la casa de Marcus sin llegar hasta el final no habría nada que pudiera hacer para salvarle. Van moriría, tarde o temprano. Había llegado hasta allí impulsada por el deseo de mantenerle con vida, y no podía marcharse hasta que agotara todas las posibilidades que le quedaran. El corazón se le aceleró bajo las costillas cuando tomó una decisión y fue consciente de las implicaciones de la misma. La vida de Van le importaba tanto que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para salvarle. Quiso creer que sólo lo hacía en agradecimiento por todas las cosas que el ryujin había hecho por ella, pero sabía de antemano que mentía, que se estaba engañando a sí misma.
Aunque aquel no era el mejor momento para pensar en ello. Cogió aire sonoramente y se las arregló para articular:
— Sólo dime qué es lo que va a pasar.
Marcus y Ciro sonrieron al mismo tiempo cuando comprendieron que April se había decidido a hacerlo.
— Vas a dar el primer paso de un largo viaje— susurró Marcus y sus palabras llegaron hasta April como el trueno que precede a una tormenta—. Del viaje más largo de tu vida.
Hola a todos de nuevo.
Aquí llega el siguiente capítulo. Que nadie me mate por favor, prometo que voy a responder a todas las preguntas que tenéis en los siguientes capítulos. Sé que me he tardado pero me ha sido imposible. Espero que podáis perdonarme con este capítulo =)
Me gustaría, antes de nada, agradecer a esas personitas maravillosas que siguen este fic, que gastan su tiempo leyendo esta historia o que sacan un hueco para dejarme un review. Vuestras palabras me hacen muy feliz. Gracias a: MacrossLive, Annima90, 7, Alice Cullen, Luin Fanel, Pablo, Nadia y Paulina.
Además quisiera contestar a los reviews anónimos que recibió el anterior capítulo:
7: Gracias por los ánimos 7. Ya me desocupé un poco y por eso estoy aquí. Sé que te tengo en ascuas, perdóname. Espero que este capítulo te guste tanto como los anteriores. Miles de besos.
Alice Cullen: Gracias por los ánimos cariño. Sé que os vais a morir de la tensión y me siento fatal de no haber subido antes pero me era imposible. Gracias por todas las bonitas palabras que siempre me dedicas. A ver qué te parece este capítulo. Besos y gracias de nuevo.
Pablo: Hola lector en las sombras. Ya sabes, bienvenido a esta locura a la que me gusta llamar fic. Me encanta que leáis mi historia y si ya me dejas review soy la mujer más feliz del universo porque valoro mucho vuestra opinión, saber si os ha gustado el capítulo o si queréis que ocurra algo en especial. Cada opinión en bienvenida y no sabes la ilusión que me hizo recibir la tuya. Espero que te quedes a hacerme compañía. Miles de besos virtuales.
Nadia: Hola! Bienvenida Nadia a esta historia. Creo que sí hay muchos interrogantes, te prometo que a lo largo de la historia sabrás qué o quién es April y por qué es tan importante para Gaia. Por otro lado, estoy de acuerdo contigo. Van podría haber luchado más por Hitomi, cuando se enteró que Allen iba detrás de ella se rindió y permitió que el Caballero Caeli hiciera y deshiciera a sus anchas, no peleó por ella. Y cuando Hitomi se marchó a casa, pasaron 8 largos años y no se dignó a ir a buscarla. Creo que sí, que quiere negar a toda costa que le gusta April, veremos que pasa. Y, por cierto, siempre he creído que una mujer es mucho más que su físico. Tenemos mucho más que ofrecer que eso, este fic es sólo la confirmación de lo anterior. Gracias por tus maravillosas palabras y por tus ánimos. Miles de besos y de gracias.
Paulina: Y yo quiero que lo leeeeeeeeas jajajaj. Perdóname por dejarte así, he sido mala pero tenía mil exámenes. Espero que este te guste tanto. Miles de besos guapa.
En fin, eso es todo lo que quería decir.
Para tartazos, tomatazos, besos virtuales, recomendaciones, comentarios del lector, abrazos cariñosos... ya sabéis qué hacer. Os estoy esperando.
Nos vemos en el siguiente.
Love, Ela.
