Recomendación musical: Birdy — People help the people.
Capítulo 22: Ultimátum.
En cuanto April se quedó dormida, sus sueños se convirtieron en una amalgama de imágenes confusas sin orden ni concierto. Rostros y lugares giraban y desaparecían en su mente hasta que sintió que el torbellino la arrastraba sin que ella pudiera resistirse.
Cuando el remolino se detuvo y las imágenes se hicieron más claras, estaba tan confusa que le costó un buen rato habituarse a las sensaciones que la envolvían. Pero nadie podía culparla por ello pues a su alrededor todo era increíblemente real; más que un simple sueño, parecía un recuerdo olvidado.
Y no estaba segura de quién era el dueño de aquel recuerdo.
April corría, casi volaba, por un amplio corredor de mármol blanco. Estaba cubierta únicamente por una pieza de seda, del azul más intenso, tan liviana y suave que se escurría sobre su piel como si se tratara de agua. La prenda descendía en suaves pliegues desde el corsé que ceñía su figura, magníficamente decorado con decenas de perlas y zafiros, hasta llegar a los pies. Finas cadenas de plata caían desde sus hombros descubiertos hasta sus codos y su pelo rojo como el fuego estaba sujeto por una corona que resplandecía llena de diamantes.
Ignorando su extraño atuendo, pensando que simplemente era un producto de su alocado sueño, April continuó caminando sin detenerse, aunque no sabía bien hacia donde se estaba dirigiendo. Sus pasos reverberaban en el silencio de los marmóreos pasillos que recorría, haciendo eco en sus oídos.
Al final del pasillo, el corredor se abría hacia las alturas creando una antesala decorada con cientos de espejos en la que los sacerdotes de los dioses recibían a los emisarios de los reinos de los hombres. Los altos techos de la cámara estaban sostenidos por grandes columnas de mármol negro que habían sido grabadas en los albores del tiempo con cientos de extraños caracteres que April jamás había contemplado antes. Pero mientras atravesaba la imponente estancia descubrió, para su asombro, que era capaz de leer las inscripciones de las columnas, aunque estaban escritas en una lengua largo tiempo olvidada, el atlante.
Éstas hablaban del origen del mundo, de la creación y de los primeros hombres.
Con los pliegues de su vestido danzando a su alrededor a cada paso, April contempló su reflejo en uno de los gigantescos espejos esparcidos por el lugar. En ese momento, el destello plateado de los ojos que le devolvían la mirada a través del cristal, la hizo ser consciente de que la protagonista del sueño no era ella sino Fortuna. Pero ya no era un simple recuerdo o una visión borrosa y distorsionada.
Era la diosa Fortuna, la más grande de la tríada que regía a los atlantes, en todo su esplendor y gloria. Sus ojos resplandecían como si estuvieran hechos de plata líquida y su porte demostraba que era poseedora de unos dones que no tenían rival en este mundo, ni en ningún otro.
Dejando atrás los espejos, Fortuna atravesó la estancia y se encaminó hacia la majestuosa escalinata de mármol blanco y pasamanos de oro que llevaban al nivel superior. Subió las escaleras con engañosa calma y, con la ayuda de sus poderes, abrió de golpe las pesadas puertas doradas de doble hoja que se interponían en su camino. Ante sus ojos apareció entonces el salón del trono, la sala principal de la morada de los dioses. El salón del trono era un magnífico y gigantesco vestíbulo de mármol blanco cuyos techos estaban decorados con las constelaciones celestes. En él había enormes estatuas de los dioses que regían sobre los atlantes, situadas contra la pared, equidistantes unas de otras. Bajo cada una de aquellas estatuas, se elevaba el trono de su respectivo dios. Diez en total, uno por cada dios. Y al final de la cámara, sobre el estrado dorado, descansaban los tronos de los tres dioses regentes, la Tríada. En el centro, el trono dorado de su esposo presidía la estancia. A su derecha estaba colocado el trono plateado que ocupaba la propia Fortuna. Y a su izquierda… descansaba el trono negro que una vez perteneció al dios que los había traicionado a todos. Azaes. El Destructor.
El panteón atlante se había reunido miles de veces en aquella estancia para discutir intereses públicos y repartir justicia. Pero jamás volverían a hacerlo. La traición más infame y vil de cuantas se pudieran imaginar había truncado sus destinos para siempre, sembrándolos de miseria y muerte.
El panteón atlante había sido aniquilado casi por completo. Y ya no había futuro para ninguno de ellos.
Y a ella el corazón le palpitaba con furia vengadora. April se agitó en la cama al percibir la rabia y la cólera que embargaban a la diosa.
Fortuna caminó a través del grandioso vestíbulo de mármol que se elevaba alto y orgulloso, mientras miraba al mundo desde su privilegiada posición en las alturas. Los recuerdos se arremolinaron en su corazón haciéndole daño. Rememoró en su mente las recepciones, las asambleas y las miles de celebraciones que habían tenido lugar en aquella estancia. Oleadas de música y risas llegaron hasta ella procedentes de sus memorias, perforándole el corazón. Y aunque todos se habían ido y jamás volverían, casi podía oír el eco de sus voces en el más débil de los susurros.
Habían perdido tanto en tan poco tiempo que el dolor era imposible de procesar. El agujero en su interior seguía allí y dolía tanto que lo único que podía hacer era gritar. Fortuna gritó hasta que tuvo la garganta en carne viva. Extendiendo los brazos, hizo explotar el salón hasta que no quedo de él más que escombros.
April tembló ante esa nueva demostración de poder.
Dejando tras de sí sólo ruinas y devastación, Fortuna se encaminó hasta las puertas acristaladas situadas en la pared que daba al exterior y volvió a utilizar sus poderes para abrirlas. Consciente de que sólo existía un lugar en el universo en el que podría calmar su furia, salió al balcón para contemplar el tranquilo mar azul que se extendía ante sus ojos.
De algún modo, April supo que estaban a principios de verano. La brisa, que olía a sal, acarició el pelo de la diosa con delicadeza, ayudándola a olvidarse del mundo por un instante. Y, mientras las olas rompían dulcemente contra la costa, Fortuna recorrió con la vista el paisaje que debería haber pertenecido a sus hijos y que ahora se veían obligados a abandonar para poder sobrevivir.
Una isla rodeada de otras muchas islas. Tan bella que quitaba el aliento, no había lugar en el reino de los humanos que pudiera comparársele.
La Atlántida.
Y allí, en la isla central, estaba el lugar que regía y gobernaba todas las demás islas. En cuyo corazón se había erigido tiempo atrás la residencia de los dioses. Un hermoso palacio de oro y mármol que refulgía bajo la luz del sol y resplandecía a la luz de la luna.
Fortuna jamás creyó que viviría para contemplar el ocaso y la caída de la civilización atlante.
Las islas que integraban el magnífico y legendario archipiélago destellaban aquel día bajo la perfecta luz del sol que intentaba calentar la fría piel de la diosa. Pero era inútil, Fortuna creía firmemente que nada podría entibiar jamás la frialdad que sentía en su interior.
O tal vez sí había alguien capaz de calmar su ira.
— Sabía que estarías aquí, Mera.
Fortuna giró sobre sí misma para contemplar el rostro de su amado esposo. El dios Aquilae en el idioma de la Atlántida, conocido por los hombres simplemente como Altair. Su poder era tan reverenciado y su figura tan venerada que incluso le habían puesto su nombre a la estrella más brillante de la constelación del águila. El esposo de Fortuna había disfrutado mucho con aquel regalo pues, aunque el dragón era su emblema, el águila era su animal favorito, el único que decoraba los templos en los que los humanos le honraban.
Más alto que su esposa, Altair se había colocado la dorada corona cuajada de diamantes sobre el cabello moreno que en esos momentos bailaba con el viento y sus ojos pálidos y plateados se arremolinaban exactamente igual que los de la diosa. El único al que Fortuna había amado más que a sí misma desde el inicio de los tiempos, llevaba aquel día las alas blancas extendidas tras su espalda y cubría su cuerpo con una pieza de seda azul similar a la de su esposa. Pero, lógicamente, él no llevaba corsé y las piedras que adornaban su vestimenta no eran ni perlas ni zafiros sino diamantes.
— Y yo sabía que vendrías.
La voz de Fortuna estaba impregnada de tanto amor que April se avergonzó de estar contemplando aquel sueño o recuerdo o lo que fuera y se sintió como una intrusa mientras veía como Altair acababa con el espacio que lo separaba de su esposa y la abrazaba con fuerza, queriendo transmitirle parte de su fortaleza para encarar el infierno que se iba a desatar sobre todos ellos. Fortuna aspiró el aroma de su esposo consciente de que se les había acabado el tiempo.
— El destructor ha sido confinado en Kallösis, junto con gran parte de sus hijos— informó Altair de repente, con acritud y dolor.
Fortuna tembló ante la dureza que desprendía la voz de su esposo. Ni siquiera podía imaginar lo duro que debía haber sido para él tener que enfrentarse a su propio hermano para salvar el mundo. Y aun así, todos sus esfuerzos habían sido en vano. Habían conseguido detener a Azaes sí, pero a un precio muy alto. La práctica totalidad del panteón atlante había desaparecido, aniquilada por las ansias de poder de Azaes, ellos eran los únicos supervivientes. Y, por encima de todo, el caos desatado por el Destructor en su afán por conquistar la Tierra había destruido el equilibrio del planeta y alterado las fuerzas de la naturaleza.
Y ni siquiera los dioses podían contener la aniquilación que se avecinaba. Lo habían intentado todo y nada había dado resultado. El mundo se enfrentaría en pocas horas a una destrucción sin precedentes desde la creación. No había ningún lugar seguro, ningún lugar donde buscar refugio. A pesar de ello, aún quedaba una pequeña esperanza. Las visiones de Fortuna les habían ayudado a determinar cuáles serían las zonas que recibirían un daño mayor y, aunque tan poco tiempo no les permitiría salvar a todo el planeta, al menos la especie humana sobreviviría a la extinción total.
La Tierra era su creación más preciada. Tenían que intentarlo. Se lo debían.
— ¿Ha concluido ya la evacuación?— quiso saber la diosa, preocupada por el destino de sus hijos y de los hijos de su esposo. Se separó de él para mirarlo a los ojos.
Altair asintió, mortificado por la culpa de nuevo. Si tan sólo hubiera averiguado los planes de su hermano antes de que fuera demasiado tarde, habría podido evitar la desaparición de su panteón y la destrucción del mundo. El dios se alejó de su esposa para dirigirse a la balaustrada de mármol que marcaba el final de aquel balcón. Antes de contestar a la pregunta de Fortuna, los ojos plateados de Altair se perdieron en el mar en calma que bañaba las islas.
— Ya no queda nadie en el archipiélago— le dijo él. Abandonar la Atlántida y dejar marchar a sus hijos era lo único que podía hacer para ayudar a sobrevivir a aquellos que eran carne de su carne y sangre de su sangre.
— ¿Dónde los has enviado?— preguntó Fortuna. Desplegando también sus alas, se acercó hasta él y le abrazó por la espalda, colocando las manos sobre su fuerte abdomen, en un intento de hacerle saber que ella sentía el mismo dolor lacerándole las entrañas. Sus hijos también estaban ahí afuera. Solos, intentando sobrevivir. Y la diosa no podía ayudarles.
Altair colocó sus manos sobre las de su esposa y suspiró abatido.
— Al continente. Tal vez tengan más posibilidades de sobrevivir tierra adentro.
Fortuna asintió, completamente de acuerdo con su decisión. Cuando todo acabara no quedaría nada de la Atlántida para recordar a la civilización que había vivido allí desde los albores del mundo. Sus visiones se lo habían mostrado. El principio del fin se desataría sobre todos ellos y el mundo que habían construido con tanto esfuerzo durante siglos llegaría a su fin.
— ¿Crees que sobrevivirán?— la voz de Altair se elevó dura en el crepúsculo de aquella fatídica tarde. Necesitaba que su esposa tranquilizara sus miedos. Su don de la providencia jamás había fallado y si ella le decía que, al menos, algunos de sus hijos sobrevivirían podría seguir adelante. Había aprendido a amar a cada uno de sus vástagos a lo largo de los años y no sabía cómo lograría afrontar la pérdida de la práctica totalidad de ellos, sino de todos.
Fortuna quiso contestar la pregunta de su esposo pero no pudo hacerlo pues los temblores comenzaron en cuanto el sol se hundió en el horizonte. El mundo iba a restaurar el equilibrio perdido haciendo lo que mejor se le daba, reconstruirse desde dentro. La diosa cerró los ojos para no escuchar los ecos de miles de voces que gritaban pidiendo auxilio a los dioses. Abrazando fuertemente a su marido, ambos se desvanecieron, dejando atrás su hogar.
Para siempre.
Entonces, el sueño fue engullido por la oscuridad. Y cuando las tinieblas se dispersaron April contempló, a través de los ojos de Fortuna, el fin del mundo en primera persona.
El horror que estaba presenciando era inimaginable.
Destrucción. Dolor. Muerte.
La tierra tembló durante días, las llamas ardieron durante semanas. Y en un sólo día y una noche funestos, la Atlántida, el último reino de las islas, desapareció para siempre bajo las aguas del mar.
Altair y Fortuna, los únicos supervivientes del panteón atlante que había dado forma a la creación, asistieron impotentes a la destrucción del mundo. La agonía de contemplar su más preciada creación arrasada, sucumbiendo en manos del caos, les cambió para siempre y juraron, por cada hombre, mujer y niño perecido, que jamás permitirían que semejante tragedia volviera a repetirse.
Cuando todo terminó, a April le bastó una simple ojeada para comprender el alcance de la destrucción. Cientos de miles de vidas perdidas. El mundo entero en ruinas. La Atlántida se había hundido en el fondo del mar. La humanidad había retrocedido a la Edad de Piedra. Habían perdido toda su avanzada tecnología, todos sus conocimientos… los hombres estaban al borde de la extinción y la civilización atlante había desaparecido para siempre. Mientras intentaban salir adelante entre las ruinas de que había dejado el caos tras de sí, los sobrevivientes lloraban y se lamentaban en las calles, pensando que los dioses los habían abandonado, cuando la verdad era que hubiera sido mejor si hubiera sido así.
Todos ellos habían sido desafortunadas víctimas de una guerra que ni siquiera sabían que se había peleado.
La escena se disolvió alrededor de April y, unos segundos después, volvió a rehacerse. Ahora estaba en una especie de playa a la hora del crepúsculo. Podía ver como el mar acariciaba dulcemente la costa mientras el sol desaparecía en el horizonte. Altair y Fortuna estaban abrazados junto al agua, con las alas extendidas, contemplando el punto exacto en el que la Atlántida había desaparecido para siempre.
— No podemos permanecer aquí por más tiempo. El poder de los dioses no puede coexistir con la humanidad— la voz de Altair rompió el silencio, dirigiendo su plateada mirada a su esposa—. Debemos alejarnos de nuestra creación para protegerla, es el único modo— continuó él ante el mutismo de la diosa—. Crearemos un nuevo mundo que no haya sido tocado por la destrucción y el odio… Gaia. Un planeta abrazado por el cielo, amado por el agua y sustentado por la tierra, donde podremos construir un nuevo hogar para nosotros. Borraremos las huellas de nuestro paso por la Tierra y llevaremos a mis hijos y a los tuyos lejos de este hedor a muerte.
Fortuna dejó que su mirada se perdiera en el mar en calma durante unos segundos antes de contestar.
— Es un plan perfecto— le dijo a su esposo, sonriendo con sinceridad—. Crearemos Gaia y daremos forma a un nuevo hogar. Lo llamaremos Atlantis, para honrar todo lo que hemos perdido y tú irás a vivir a ese nuevo planeta con tus hijos. Pero esta vez yo no voy a poder seguirte.
Altair la miró, confuso y alarmado.
— ¿Qué es exactamente lo que me estás pidiendo?
Fortuna suspiró y April pudo sentir el dolor de la diosa lacerando su propio corazón.
— En este momento, la humanidad lo ha perdido todo y está completamente desprotegida— le dijo Fortuna, consciente de que debía hacer lo posible para que su esposo comprendiera el porqué de sus acciones—. Y no sólo eso, la mayoría de los hijos del Destructor han conseguido escapar y hoy vagan libres por el mundo sin oposición. Si nos marchamos ahora, abandonaríamos a los hombres a su suerte pues los hijos de tu hermano jamás permitirán que la humanidad prospere. La someterán y la esclavizarán— la diosa tomó las manos de su amado esposo entre las suyas y susurró—. Los creamos para ser libres y nunca podrán serlo si los abandonamos.
Los rasgos de Altair se endurecieron, parecía comprender el razonamiento de su esposa pero la verdad que encerraban sus palabras resultaba dolorosa e insoportable.
— Entonces me quedaré contigo hasta que consigamos reconstruirlo todo y sanemos las heridas del mundo.
La diosa negó, sintiendo que la agonía le impediría continuar. La brisa del mar acarició sus cabellos, infundiéndole valor.
— Eso no es posible, mi amor. Sabes, tan bien como yo, que el poder de los dioses no debe permanecer más tiempo cerca de la humanidad. Mira lo que ese poder ha hecho— Fortuna extendió los brazos a su alrededor, señalando la tierra y el mar, la destrucción y la muerte que habían consumido el planeta—. Ve a Gaia con tus hijos y asegúrate de que nadie, nunca, vuelve a utilizarlo como Azaes lo hizo.
— Pero eso significa que me alejarás de ti para toda la eternidad— repuso Altair mientras acunaba el rostro de su esposa entre las manos. Aquella posibilidad era inconcebible para él, pues ellos no se habían separado desde los albores del tiempo.
Los ojos de la diosa se contrajeron como si quisieran llorar. Pero se mantuvo fuerte y no lo hizo. Se limitó a corresponder la caricia de su esposo, hundiendo sus dedos entre los cabellos oscuros de Altair.
— Cuando la luna brille en el cielo en todo su esplendor, atravesaré la división para reunirme contigo. En las noches de luna llena, viajaré hasta Gaia y estaremos juntos.
— Prométemelo. Eres la diosa del destino y la providencia, nunca puedes romper tus promesas— exigió él, con la voz rota por el dolor que sentía.
— Te lo prometo.
La escena volvió a disolverse…
Entonces, April contempló asombrada como el poder de los deseos combinados de los hijos de los dioses daba forma a Gaia, un nuevo planeta entre la tierra y el cielo. Su madre le había contado esa historia tiempo atrás, pero poder verlo en persona… quitaba el aliento.
Cuando todo hubo concluido y Gaia fue creada, llegó el momento de la despedida. Fortuna sintió que una parte de ella moría mientras Altair se acercaba hasta ella para estrecharla entre sus brazos y susurrarle al oído:
— Te amo, Mera.
Unieron sus labios en un beso, el último beso que compartirían hasta la próxima luna llena. April deseó despertar en ese momento pues no podía soportar percibir tanto amor y tanto dolor al mismo tiempo. Nunca imaginó que se pudiera sufrir de ese modo por amor.
Altair y Fortuna se separaron y él, solo, caminó lentamente hasta sus hijos para acompañarles en aquel viaje que les alejaría de la tierra para siempre. El dios regente del panteón atlante, no sólo dejó tras él a su esposa, sino también su nombre. Pues desde ese momento, ya no sería conocido nunca más como Altair. En adelante sería venerado por los habitantes de Gaia como el dios dragón, por las blancas alas de su espalda. Y sus hijos, el pueblo del dios dragón, llegarían a convertirse en leyenda en el recién creado planeta.
Lágrimas de cristal se acumularon en los ojos de la diosa cuando vio a su esposo partir. Había sacrificado su felicidad por el bien común y, aunque el dolor le cortaba la respiración, no se arrepentía de la decisión que había tomado. Fortuna y sus hijos tenían una misión que cumplir y, si todo salía bien, podrían ofrecerle a la humanidad una nueva oportunidad.
Y, tal vez un día, pudiera reunirse con su amado esposo para toda la eternidad. Pero antes, sus hijos aún tenían un sacrificio que realizar.
April contempló, con horror, el momento en que los hijos de Fortuna renunciaron para siempre a sus bellas alas blancas, para mezclarse con los hombres y pasar desapercibidos entre ellos. Durante los siguientes siglos se dispersaron por el mundo, protegiendo a la humanidad y llevando consigo el recuerdo de la Atlántida allá donde fueron.
La caza había comenzado.
…
April se despertó en cuanto la aurora rompió sobre las montañas del este. Aquella era la mañana más gélida que recordaba desde que llegaron a Freid y la frialdad del ambiente abrazó su cálido cuerpo en cuanto se incorporó hasta quedar sentada sobre el helado lecho del bosque.
Las brasas aún ardían en la hoguera y ella se apresuró a avivarlas para evitar que terminaran por apagarse. Y mientras trabajaba, el recuerdo de su último sueño continuaba atormentándola. No podía dejar de preguntarse hasta qué punto sería real, pues ya no era capaz de distinguir entre los meros sueños y la realidad. ¿Volvería algún día a tener sueños ridículos, insignificantes y sin sentido como antes? Porque si tenía que pasar el resto de su vida analizando cada sueño que tuviera iba a necesitar los servicios de un buen terapeuta.
Pero en el fondo April sabía que era Fortuna o Mera o cómo demonios se llamara en realidad, quien le había enseñado ese recuerdo. Tal vez la diosa sólo intentaba mostrarle el desastre que estaban tratando de evitar. Y, si recordaba correctamente las historias de su madre, el dios Altair que había aparecido en su sueño era, en realidad, un lejano antepasado de Van. Escaflowne, el dios dragón. Si la memoria no le fallaba, el ryujin era algo así como su último descendiente vivo.
En cuanto April consiguió avivar las llamas de la hoguera, volvió a sentarse sobre el helado suelo. A unos metros de ella, Van continuaba durmiendo ajeno al mundo que le rodeaba.
Ella resopló frustrada en cuanto su mirada se detuvo sobre la figura dormida del rey de Fanelia.
Dios, ¿por qué tenía que ser tan guapo?… Estaba tumbado bocarriba sobre la hojarasca y tenía un brazo alzado por encima de la cabeza, provocando que la vieja camiseta de los Knicks que ella le había prestado se alzara, dejando al descubierto parte de su abdomen. April imaginó que, con el frío que hacía aquella mañana, debía estar congelándose tan lejos de la hoguera y sin nada con lo que cubrirse.
Su mirada jade se dirigió hacia la chaqueta de cuero que descansaba, abandonada, a sus pies. No tenía nada de malo que se acercara lo justo para taparle con ella, ¿verdad? Antes de detenerse a pensar detenidamente en lo que estaba haciendo, April se levantó del suelo con la chaqueta en la mano y caminó hacia él, enfadada consigo misma por el poco dominio que tenía de sí misma cuando se trataba de Van. Era completamente ridículo, ¿es que no podía ni acercarse a él sin sufrir un ataque de nervios? Sacudió la cabeza, queriendo deshacerse de aquellos pensamientos, y decidió colocarle la chaqueta de una maldita vez y alejarse de esa peligrosa situación lo más rápido posible.
Cuando llegó junto a Van, le observó (en contra de su buen juicio) durante unos segundos. En esa posición parecía más un niño dormido que el poderoso rey de Fanelia. La luz de la mañana le acariciaba el rostro con delicadeza y a April le habría gustado imitarla. Pero se contuvo. Aquel era un deseo estúpido y ella lo sabía.
"Por lo que más quieras", le suplicó la voz de la razón, "no te humilles otra vez".
En su fuero interno, April supo que su conciencia tenía toda la razón. No podía continuar comportándose como una adolescente hormonal incapaz de controlarse. Sintiéndose completamente ridícula, se arrodillo junto a él para cubrirle con su chaqueta. Necesitaba urgentemente dejar de hacer tonterías.
En ese instante, Van abrió los ojos de golpe. Sobresaltada, ella soltó la chaqueta que cayó sobre la hojarasca con un ruido sordo. Antes de que April tuviera oportunidad de moverse, el ryujin la agarró por los hombros al tiempo que soltaba una maldición. Luego, Van rodó con ella sobre el suelo y la atrapó bajo su cuerpo, sujetándole las muñecas a ambos lados de la cabeza.
April no podía respirar. Cada centímetro del cuerpo masculino estaba íntimamente pegado al suyo. Van tenía las caderas encajadas entre sus piernas y aquel vientre duro se apoyaba sobre ella, provocando que una oleada de rubor cubriera sus mejillas, logrando que se sintiera sensible y acalorada, sin aliento, mientras una oleada deseo la abrasaba.
Sus cautivadores ojos oscuros la estudiaron con suspicacia durante unos segundos hasta que la neblina del sueño se disipó y Van fue consciente de que la persona que estaba debajo de él era April. Y ella no quería hacerle daño. Ahora que estaba seguro de que no representaba una amenaza para él, sabía que debía apartarse de ella, pero… nunca había estado entre los muslos de una mujer.
El cálido y suave cuerpo de April lo llamaba, incitándolo. Y la sensación era tan placentera, tan perfecta, que Van no quería apartarse. Pero tenía que hacerlo, ¿no? Estaba seguro de que había un montón de motivos por los que no podía tocarla ni desearla como lo hacía. Sin embargo, en ese momento era incapaz de recordar ninguno. Lo único en lo que podía pensar era besarla hasta dejarla sin aliento. Perdido en sus ojos verdes, Van se inclinó peligrosamente sobre ella y sonrió cuando comprobó el efecto que su cercanía provocaba en el cuerpo femenino.
Durante un instante se sintió infinitamente poderoso.
Debajo de él, April libraba una lucha consigo misma. Recordaba el modo en el que Van la había rechazado en la laguna y la forma en la que la había tratado desde entonces. Sabía que debía exigirle que la soltara de inmediato pero… no podía. Estando así, atrapada entre el suelo y aquel cuerpo fuerte y masculino, se sentía protegida, a salvo. Aunque fuera una locura de proporciones épicas.
Y mientras el sol se habría paso entre la maleza, ambos luchaban contra la conciencia.
"Apártale"
"Suéltala"
Pero ninguno de los dos sabía que era una lucha perdida de antemano.
Van se acercó a ella un poco más, presionando el cuerpo femenino con el suyo propio y deteniéndose a escasos centímetros de sus labios. Sus alientos se mezclaron en el frío aire de la mañana. A April se le encogió el corazón al imaginar lo que venía ahora. Aunque no debía hacerlo, deseaba desesperadamente que él la besara de nuevo. Van, por su parte, sólo podía pensar en las descontroladas ansias que tenía de sumergirse en aquel cuerpo femenino y tentador, hasta que no quedara nada que se interpusiera entre ellos.
Y entonces lo oyeron. Voces. En la distancia alguien gritaba sus nombres.
Van y April se quedaron congelados, mirándose el uno al otro, lo que dura un latido del corazón y, luego, reaccionaron. El ryujin se apartó de ella tan rápido como pudo. Se levantó precipitadamente, interponiendo entre ambos toda la distancia posible, cruzó los brazos sobre el pecho y esperó, recurriendo a todo su autocontrol para evitar abalanzarse sobre ella y terminar con lo que habían empezado minutos antes. Mientras tanto, April se sonrojó violentamente por lo que acababa de pasar y, mientras se incorporaba, clavó la mirada en el suelo pues se sentía incapaz de mirar al rey de Fanelia a los ojos.
Al cabo de unos cuantos e incómodos minutos, Erik y sus hombres aparecieron entre la maleza que los rodeaba, gritando aliviados. Después de varios días rastreando la selva sin descanso, habían conseguido encontrar a su rey y todos parecían eufóricos. El ryujin se acercó lentamente hasta el capitán de su guardia y ambos hombres se fundieron en un abrazo, bajo la atenta mirada de April y el resto de soldados.
— Nunca me he alegrado tanto de verte, Erik— le dijo Van, sinceramente agradecido. Luego, clavando su oscura mirada en la mujer que lo estaba volviendo loco, añadió—. Gracias a ti, estamos a salvo.
Aunque no sabía si se refería a que sus hombres por fin los habían localizado o a que lo habían hecho antes de que él cometiera otra estupidez.
…
— Informe de la situación capitán.
La voz de Van reverberó cargada de potencia y autoridad cuando traspasó las puertas de metal que daban acceso al puente. Nada más poner un pie en los metalizados pasillos de la nave, el único pensamiento que ocupaba la mente del rey de Fanelia era averiguar qué tan grave era la situación en la que se encontraban. Por eso, en cuanto regresó de la selva, se había detenido lo justo para darse una ducha rápida, cambiarse de ropa y permitir que el médico de a bordo examinara la herida de su brazo y le cambiara el gastado vendaje que April le había colocado días atrás. Pero es que tenía demasiadas preocupaciones en ese momento como para permitirse perder el tiempo.
Van descendió a toda prisa las metálicas escaleras y cruzó el puente sin detenerse hasta alcanzar la mesa de reuniones del capitán. Muller le esperaba allí, junto a sus hombres de mayor confianza. En cuanto el ryujin llegó junto a ellos, el capitán se apresuró a responder su pregunta.
— El ataque nos ha desviado de la ruta que habíamos trazado hasta la capital de Fanelia, majestad. Estamos demasiado lejos de casa, concretamente nos encontramos a menos de dos horas de Fuerte Castelo, en la frontera entre Asturia y Fanelia— informó el capitán Muller con voz firme y semblante serio mientras señalaba un punto en el mapa que descansaba sobre la mesa—. Y la nave necesita reparaciones con urgencia. Hemos hecho lo posible con lo que tenemos pero es imposible que podamos recorrer la distancia hasta la capital si no conseguimos reparar, al menos, los daños más cuantiosos— los ojos del capitán se posaron sobre la cansada figura del rey de Fanelia con un gesto de disculpa—. La nave no lo conseguiría, ya tenemos problemas para mantenernos en el aire en estos momentos.
Van suspiró frustrado. La situación era más delicada de lo que pensaba. El ataque les había alejado de su destino y no tenían posibilidades de llegar a casa sin ayuda.
— De acuerdo, atracaremos en Fuerte Castelo y repararemos la nave antes de continuar hasta la capital— ordenó el ryujin con decisión pues no tenían alternativa—. Comunicaos inmediatamente con ellos, ponedles al tanto de nuestra situación y solicitadles permiso para aterrizar lo antes posible.
El capitán asintió marcialmente y se dispuso a cumplir las peticiones de su rey con celeridad y eficiencia. Van le siguió con la mirada mientras se alejaba velozmente, acompañado de sus hombres, y en cuanto se quedó a solas se dejó caer pesadamente sobre una de las sillas que rodeaban la mesa de reuniones. Apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos mientras se masajeaba las sienes con una mano. Comenzaba a dolerle la cabeza y tenía el horrible presentimiento de que sus problemas no habían hecho más que empezar.
Le habría gustado retirarse a su habitación y relajarse sin que nadie le molestara hasta que llegaran a Fuerte Castelo pero no podía hacerlo. Había algo que necesitaba hacer antes de permitirse descansar.
…
April estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la cama de la habitación que habían preparado para ella, nada más regresar del ambiente sofocante y cálido de las selvas de Freid. Merle se había quedado a su lado desde que pusiera un pie en la nave pero, aunque el hecho de poder darse una ducha y cambiarse de ropa había mejorado considerablemente su estado de ánimo, April no se sentía con fuerzas de ser sociable en ese momento. Así que, Merle había terminado por marcharse a su propia habitación para dejarla descansar.
Sin embargo, April no quería descansar. Lo que en realidad deseaba era apagar su incansable cerebro, borrar de su memoria todo lo que había ocurrido en los últimos días y dejar de pensar, porque sentía que de un momento a otro iba a estallarle la cabeza. Y eso que estaba intentando con todas sus fuerzas mantener alejados de su mente recuerdos y pensamientos peligrosos, todos ellos relacionados con la misma persona.
Con un bufido que expresaba su molestia, April se dejó caer sobre la cama, evitando por todos los medios pensar en él. Su mente tenía clarísimo que no podía fijarse en Van. Para ella, era el hombre más inaccesible del universo. No tenía ninguna posibilidad. Pero su cuerpo parecía discrepar y solía ir por libre cuando estaba junto a él.
Tal vez fuera consecuencia de los acontecimientos de los últimos días pero, en esos momentos, en la soledad de su dormitorio, April podía reconocerse a sí misma que sentía algo por Van Fanel. Aunque ni siquiera era capaz de definir sus sentimientos con claridad. No sabía si estaba encaprichada, atolondrada o completamente loca.
¿Podía llegar la estupidez a ser crónica? April empezaba a pensar que, en su caso, era así, porque no entendía cómo había llegado a ser tan jodidamente imbécil.
Unos golpes en la puerta de su habitación interrumpieron el curso de sus pensamientos y la pusieron repentinamente alerta. Ella no esperaba a nadie, es más, no quería ver a nadie. Pero, ¿y si era Van que regresaba para torturarla de nuevo con su confuso comportamiento? El estómago le dio una sacudida cuando aquella posibilidad pasó por su mente.
Sacudió la cabeza, intentando desterrar esos pensamientos y decidió no hacer esperar más a quien estuviera al otro lado de la puerta.
— Adelante— dijo mientras se incorporaba sobre las sábanas de la cama hasta quedar sentada.
En el umbral apareció Erik con su despeinado pelo del color de la arena y sus ojos azules brillando alegres en la penumbra de la habitación.
— ¿Puedo pasar, mi señora?— cuestionó inseguro, dejando la puerta abierta y sin atreverse aún a adentrarse en la estancia.
Ella le sonrió en respuesta y le invitó a entrar con un ademán de la mano. Consideraba ridícula tanta formalidad cuando ambos se conocían desde hace meses e, incluso, habían trabajado juntos varias veces.
— ¿Qué puedo hacer por ti, Erik?— preguntó April en cuanto el soldado terminó de arrastrar la silla que descansaba junto al escritorio para colocarla junto a la cama, tomando asiento cerca de ella.
— Pues veréis, mi señora…— empezó él, dubitativo, revolviéndose en la silla como si se sintiera incómodo—… su majestad se encuentra en el puente, discutiendo con el capitán Muller cuál será nuestro siguiente movimiento, así que he decidido venir a comprobar como os encontráis.
Erik le dirigió una mirada vacilante, esperando su respuesta.
— Cansada— respondió ella, omitiendo el resto de sensaciones que asolaban su mente. Aunque no le había mentido, había sido sincera si se tenía en cuenta lo que Erik parecía querer preguntar—. Estos últimos días no han sido precisamente un paseo por el campo.
Mientras contestaba la pregunta de Erik, April se pasó las manos por el cabello, desenredando los mechones aún húmedos por el agua de la ducha. Al retirar la mano, se sorprendió al notar que un poco de sangre manchaba sus dedos.
— Mi señora, ¿estáis herida?— preocupado, el soldado se levantó de su asiento rápidamente y se sentó junto a ella, en la cama, para examinar su mano. Pero, casi de inmediato, comprobó que la sangre procedía de una herida abierta en otro lugar.
April negó, intentando tranquilizarle.
— No te preocupes, seguramente sólo es un corte superficial que se ha reabierto después de la ducha. Ni siquiera lo había notado hasta ahora.
El soldado faneliano la miró como si se hubiera vuelto loca de repente. ¿Qué clase de mujer era para no asustarse al contemplar su propia sangre? Cabeceó para alejar aquellos pensamientos de su mente.
— Aun así, la humedad y el calor no ayudan a sanar las heridas— repuso Erik sabiamente, acercándose más a ella para inspeccionar la zona—. Dejadme que le eche un vistazo, sólo por si acaso.
Ante la insistencia de Erik, April terminó cediendo.
— Está bien.
Erik sonrió, complacido. Después, se apresuró a apartar los mechones pelirrojos de su pelo hasta encontrar la pequeña herida que resaltaba en la sien izquierda de April.
— Teníais razón, mi señora, sólo es un corte superficial— reconoció él, al cabo de unos minutos de concienzudo análisis—. Y no parece estar infectada.
— Eso es porque soy una chica fuerte— bromeó ella mientras Erik continuaba inspeccionando su cuero cabelludo, en busca de otras heridas o cortes.
Los dos se echaron a reír al unísono y todavía se estaban riendo cuando una voz tan fría como el hielo resonó en la habitación, apagando sus risas al instante.
— ¿Interrumpo algo?
Ambos se volvieron a la vez hacia la puerta y descubrieron a Van en el umbral. El rey de Fanelia miraba alternativamente a April y al capitán de su guardia con el rencor y el desprecio derramándose desde sus ojos oscuros. Aquella mirada feroz provocó que Erik la soltara como si quemara y se alejara de ella tan rápido como le fue posible.
— Por supuesto que no majestad— masculló el soldado, avergonzado e incapaz de sostener la mirada de su rey—. Es más, yo ya me iba.
Erik se apresuró a abandonar la habitación, agachando la cabeza al pasar junto al ryujin que continuó clavando sus ojos oscuros en el soldado hasta que éste cerró la puerta tras de sí con un ruido sordo. En cuanto se quedaron a solas, Van centró su atención en April que le devolvía la mirada interrogante, sin saber por qué parecía tan enfadado de repente.
La ira emanaba en oleadas del cuerpo masculino de tal modo que hasta April podía percibirlo. Apretaba los labios y los puños como si estuviera luchando duramente para contenerse.
— ¿Puedo saber qué demonios estabas haciendo?— preguntó Van, al cabo de unos segundos, destilando rabia con cada sílaba que pronunciaba.
Ella parpadeó confundida. Hubiera querido decir algo inmediatamente pero estaba demasiado desconcertada, así que le tomó unos segundos aclarar sus ideas y colocarlas coherentemente en una oración.
— ¿De qué estás hablando? No estaba haciendo nada— repuso ella finalmente.
— No es eso lo que parecía— la contradijo él, con un tono tan letal que April se estremeció. Pero no se dejó intimidar. Se levantó de la cama, cada vez más enfadada, y se enfrentó a él.
— ¿Y qué es lo que parecía?
April clavó sus ojos verdes en Van, quemándole con la intensidad de su mirada.
— No lo sé, dímelo tú— contestó el ryujin, mientras se acercaba lentamente hacia ella más de lo que a April le habría gustado. Quería que Van estuviera lo más lejos posible porque no estaba segura de poder mantener la compostura con él tan cerca. Su cuerpo y su cerebro tenían la absurda costumbre de ponerse en desacuerdo y hacerla quedar en ridículo cada vez que Van la tocaba.
— Si vienes a descargar tus frustraciones conmigo, te aviso que no estoy de humor en este momento.
Mientras hablaba, ella extendió el brazo hacia el ryujin, en un intento por impedir su avance, por mantenerle alejado y conservar el dominio sobre sí misma. Para su sorpresa, funcionó. Van se detuvo, dolido por su rechazo, a un metro del cuerpo de April.
— Sólo venía a ver como estabas pero ya veo que te encuentras perfectamente— le reprochó, mirándola desdeñosamente con el cuerpo rígido— ¿Sabes? No es correcto que una mujer esté sola con un hombre de ese modo.
April guardó silencio unos segundos. Muda de asombro e incapaz de pronunciar palabra. No podía creer lo que estaba oyendo. Van parecía celoso pero eso ¡no era posible! Aquello que evidenciaban sus sentidos no podía ser real. Van la había rechazado cuando estaban en la selva, la había tratado con frialdad… así que, ¿de dónde salía toda esa repentina hostilidad?
— ¿Y tú qué demonios eres? ¿Un arbusto?— repuso April sarcásticamente, mirándolo furiosa, en cuanto consiguió recuperar la capacidad de hablar. En realidad, no importaba la razón de su comportamiento sólo el hecho de que no tenía intenciones de permitir que Van la tratara de ese modo.
— Eso es diferente. Yo no te estoy tocando— siseó él con un brillo peligroso en los ojos.
— No, Van, tú has hecho mucho más que tocarme, ¿no es verdad?— soltó April a bocajarro y, a pesar de la situación, su voz sonó tan serena como la calma que precede a la tempestad. Estaba harta de fingir que no había pasado nada entre ellos. Sin embargo, fue consciente, demasiado tarde, de que acababa de traspasar una línea roja infranqueable.
Sin previo aviso, el ryujin acabó con la distancia que los separaba y la sujetó con fuerza por los hombros. No era considerado, era rudo. No pretendía acariciarla, sólo sujetarla para evitar que se alejara.
— Y tú respondiste— escupió las palabras como si le dolieran pues aún podía recordar el modo en que April correspondió a sus besos y caricias. El recuerdo aún le atormentaba y no podía concebir que aquello no hubiera significado nada para ella—. ¡Tú me respondiste, maldita sea! ¿Cómo puedes dejar que Erik te toque después de… de la otra noche?
La furia, intensa e inesperada, inundó los pensamientos masculinos. Van podía imaginarse a sí mismo teniendo una pequeña charla con el capitán de su guardia hasta hacerle entender que NADIE podía tocar a aquella mujer. Nadie excepto él.
Y, definitivamente, ese era un pensamiento estúpido e impropio de él.
Era vergonzoso cómo todo su mundo parecía girar repentinamente alrededor de April, vacío de todo menos de ella. Era aterrador el modo en el que reaccionaba sólo porque otro hombre se hubiera atrevido a tocarla. Jamás había sido tan posesivo con nadie, ni siquiera con Hitomi. Cuando creyó que la tarotista estaba enamorada de Allen, se hizo a un lado y permitió que el caballero Caeli ganara terreno y la conquistara. Ni siquiera reaccionó cuando los descubrió besándose bajo la lluvia. Aquel día creyó que Allen era el dueño del corazón de Hitomi y se limitó a alejarse de ellos, resignado.
Entonces, ¿por qué la mera posibilidad de que otro hombre se acercara a April le enfermaba?
Fue la conciencia quien le ofreció la respuesta a su desesperada pregunta.
Celos. Estaba celoso de Erik. Van se estremeció cuando las consecuencias de aquel hecho se abrieron paso en su mente. Afortunadamente para él, April eligió ese instante para devolverle a la realidad.
— ¡ERIK NO ME ESTABA TOCANDO! ¡SÓLO ESTABA ECHÁNDOLE UN VISTAZO A LA HERIDA DE MI CABEZA!— le espetó ella. A cada palabra, su voz iba cobrando fuerza e intensidad, destilando indignación y enfado—. Y aunque me estuviera tocando, ¿a ti qué te importa? No tienes ningún derecho a reclamarme nada.
El semblante del rey de Fanelia se endureció hasta convertirse en piedra y con voz dura e inexpresiva murmuró:
— Tienes toda la razón, no tengo ningún derecho sobre ti.
Van la soltó y retrocedió un par de pasos, tan dolido como si April le hubiera golpeado físicamente. La verdad que escondían aquellas palabras le traspasó como un cuchillo helado, haciéndole apretar la mandíbula para aliviar el dolor. Sintiendo el corazón pesado, el ryujin echó a andar hacia la puerta, abriéndola con decisión, y luego abandonó la habitación sin mirar atrás.
Cuando la puerta se cerró y supo que estaba sola, a April se le escapó un sollozo estrangulado. Antes de poder recuperar el control de sí misma, las lágrimas se deslizaron por sus mejillas pero ella no hizo ningún esfuerzo por contenerlas. Sabía que era inútil. Derrotada, se sentó pesadamente sobre la cama, tapándose la cara con las manos. Su fachada imperturbable se derrumbó como un castillo de naipes mientras las fuerzas la abandonaban. Sentía que los últimos días habían consumido cada ápice de energía que almacenaba en su interior y ya no le quedaba nada que la ayudara a seguir luchando. Las largas caminatas, el calor, la mala alimentación, la falta de sueño, las pesadillas y, sobre todo, él…
No podía más. Jamás en la vida había estado tan confusa, tan perdida…
— Otra vez te he hecho daño, ¿verdad?
April se sobresaltó tanto que se le olvidó seguir llorando. Apartó las manos y levantó el rostro para enfocar su mirada en la figura del rey de Fanelia que, al parecer, no tenía intenciones de dejar de torturarla nunca.
— Creía que te habías marchado— masculló April con toda la frialdad que fue capaz de reunir.
En realidad, Van sí que había tenido intenciones de alejarse todo lo posible de aquella habitación y, tal vez, buscar al capitán de su guardia para tener un pequeño entrenamiento que le ayudara a descargar sus frustraciones. Pero nada más cerrar la puerta tras de sí, había escuchado llorar a April a través de la madera y… no había podido marcharse. Regresó a la habitación sólo para descubrirla inmóvil, sentada sobre la cama. El único movimiento que podía percibir en ella era el de sus sollozos. Y cuando April escuchó su voz y alzó el rostro hacia él, Van se quedó paralizado por el sufrimiento que transmitían su ojos verdes.
Como si quisiera atormentarle aún más, la voz de la conciencia le recordó que cada una de aquellas lágrimas era culpa suya y entonces el dolor le resultó insoportable. No sabía que decir, ni que hacer… tan sólo quería que April le sonriera de nuevo, como sólo ella sabía hacer.
Pero aquello era lo último que April pensaba hacer en ese momento. Dolida por el inestable comportamiento del rey de Fanelia, sólo quería que la dejara sola para llorar con tranquilidad hasta que no le quedaran fuerzas. Además, odiaba el modo en que Van la estaba mirando, como si se compadeciera de ella. Y April no necesitaba su lástima.
Se levantó de la cama, irguiéndose orgullosa en mitad de la habitación. Sus ojos parecían lanzar llamaradas cuando los dirigió hacia el culpable de su sufrimiento. Las lágrimas inundaron de nuevo sus mejillas antes de que ella pudiera reunir el coraje suficiente como para preguntar:
— ¿Por qué disfrutas haciéndome sentir miserable, tan… insignificante?
— Si fueras insignificante, yo no estaría aquí.
Van no estaba muy seguro de a quién de los dos había sorprendido más aquella inesperada confesión. Pero, aunque sus palabras sonaron frías, eran las más sinceras que había pronunciado en toda su existencia. Y no se arrepentía.
April, por su parte, le miró incrédula. No quería aceptar aquello. No podía permitirse creer que ella era importante para el imperturbable rey de Fanelia. Dolía demasiado.
— ¿Por qué no te decides de una vez? O me tratas bien o me tratas mal, pero no cambies de opinión cada cinco minutos porque… ya no puedo soportarlo más.
Ella se hundió bajo el peso de la confusión y de las lágrimas que amenazaban con ahogarla. Por eso, no fue consciente del momento en que Van acabó con la distancia que los separaba hasta que él estuvo demasiado cerca y el olor masculino inundó sus sentidos, alertándola de su proximidad.
— No… por favor— imploró, pero su súplica sonó vacía y débil.
Van la rodeó con sus brazos y la estrechó contra él, aspirando su aroma, sintiendo el calor del cuerpo femenino. Los sollozos de April aumentaron, encogiendo el corazón del rey de Fanelia.
— No estábamos haciendo nada, lo prometo— murmuró ella entrecortadamente desde la prisión que formaban los brazos del ryujin, en un inútil intento de justificarse.
— Lo sé— fue todo lo que él dijo. Y April se sintió aún más confundida.
— Entonces, ¿por qué…?
— Porque soy un imbécil— la interrumpió Van sin dejar de abrazarla con fuerza.
Ella asintió quedamente, apoyando la mejilla contra el duro pecho masculino. Sus lágrimas mojaron la tela del uniforme que él vestía pero al ryujin no pareció importarle. El silencio cayó sobre ellos y, mientras April luchaba por recuperar el control de sí misma, Van pronunció una sencilla oración que consiguió poner su mundo patas arriba, haciéndole olvidar todo lo demás.
— Perdóname, lo siento tanto… — masculló, sumamente incómodo por la culpabilidad y el dolor que, hasta él, podía escuchar en su propia voz. Definitivamente, disculparse no se le daba nada bien. Era capaz de enfrentarse a cientos de enemigos en un campo de batalla y salir victorioso, pero jamás había aprendido a expresar sus sentimientos.
Sorprendida por sus palabras, April se separó de él para mirarle a la cara. La expresión del rostro masculino se había suavizado. Incluso, parecía ¿avergonzado?
— Es la primera disculpa verdadera que te oigo pronunciar— observó ella, consciente de lo mucho que le debía costar a alguien como él reconocer sus errores.
— Y conociéndome no será la última…— bromeó Van, con una de sus típicas sonrisas torcidas—… ya sabes que soy un imbécil.
April se echó a reír sin poder evitarlo. Y es que, debajo de aquella coraza de hielo y acero que él utilizaba, vivía un hombre que a ella le encantaba. Demasiado para su propio bien.
— Ahora eres tú la que no se decide— le reprochó Van, riendo también, mientras utilizaba sus dedos para limpiar las lágrimas de las mejillas femeninas—. O ríes o lloras, no puedes hacer las dos cosas a la vez.
Ninguno de los dos supo quién inició el beso que siguió a aquellas palabras pero tampoco importó demasiado. Van tomó posesión de los labios femeninos como un hombre muerto de sed, sintiéndose poderoso cuando la sintió temblar entre sus brazos. ¿Podía algún hombre ser más feliz que él en ese momento? El ryujin lo dudaba mucho. Acunó el rostro femenino con las manos para mantenerla cerca y ella no opuso resistencia pues, en ese instante, fue consciente de que no tenía escapatoria. Estaba completamente ligada a aquel hombre por un sentimiento que jamás había experimentado, tan grande que no podía controlarlo.
Unos golpes en la puerta les devolvieron súbitamente al presente. Se separaron lentamente, intentando normalizar sus respiraciones. Van, que no podía borrar la estúpida sonrisa que le adornaba la cara, le robó un rápido beso y sin soltarla respondió.
— Adelante.
Un soldado apareció en el umbral, ataviado con el característico uniforme negro y carmesí de la guardia real de Fanelia. April intentó apartarse pero el ryujin no se lo permitió, la mantuvo junto a él mientras el recién llegado se adentraba en la habitación.
— Majestad, nos estamos aproximando a Fuerte Castelo y le necesitan en el puente— informó con formalidad. Si al soldado le sorprendió encontrar a su rey abrazando a una mujer, no lo demostró en absoluto. Se limitó a esperar por una respuesta.
— Enseguida voy— dijo Van, cuya atención estaba aún centrada en April.
El soldado saludó marcialmente a su rey antes de marcharse de la habitación. Cuando volvieron a quedarse solos, Van suspiró, ganándose una mirada confundida de parte de April. El ryujin deseaba, con todas sus fuerzas, retomar las cosas donde las habían dejado antes de ser interrumpidos, pero no podía. Sus hombres le necesitaban y él tenía un deber con ellos que no podía rehuir.
Pero eso no significaba que tuviera que hacerlo solo, ¿verdad? La oscura mirada del rey de Fanelia se clavó en la figura femenina como si la estuviera evaluando. ¿Querría April acompañarle?
Sólo había una forma de comprobarlo. Se separó de ella, soltándola completamente, y le tendió la mano con suavidad.
— ¿Vienes… conmigo?
Cuando los dedos de April se entrelazaron finalmente con los suyos, Van supo que había vivido toda la vida con las manos vacías.
Y sintió miedo, pero también paz. Una sorprendente e inesperada paz.
Hola a todos!
Aquí estoy de nuevo con el siguiente episodio de esta historia. No tengo mucho que decir de él, salvo que es un capítulo de transición y por eso, espero que no os aburráis demasiado. Ya sabéis que odio ser pesada con los detalles pero algunas cosas son necesarias.
Quiero dar las gracias a mucha gente en este capítulo. Gracias por cada visita, cada lectura, cada review y cada PM que he recibido, especialmente a: Annima90, MacrossLive, 7, Alice Cullen, Luin Fanel y Mara. Y sobre todo, quiero agradecer todas vuestras muestras de apoyo y vuestra buena vibra que estoy segura que es la culpable de que me haya repuesto tan bien de mi enfermedad. Gracias por preocuparos tanto por mí, sois los mejores.
Me gustaría también, responder los comentarios anónimos que recibió el capítulo anterior porque, ya sabéis, sin una cuenta en FF este es el único modo que se me ocurre para contestar.
7: De nada cariño, escribir siempre me ayuda aunque estas semanas han sido duras, la verdad. Me alegro de que el capítulo anterior te haya gustado. Era una especie de castigo a Van, aunque ya ves que le resulta difícil seguir sus propios consejos y mantenerse alejado, ¿verdad? jajaja Gracias por tus palabras y por tus ánimos. Miles de besos virtuales.
Alice Cullen: Estoy totalmente de acuerdo contigo, Van debe dejar de intentar adivinar lo que hará April y dejar que sea ella quien decida. A ver si se atreve a dar el paso y lanzarse a la piscina que (a lo mejor) la encuentra llena de agua jajaja Gracias por preocuparte tanto por mí, ya estoy mucho mejor. Disfruta del nuevo capítulo guapa. Besos y abrazos.
Mara: Ay Mara, muchas gracias por tus palabras. Te agradezco que pienses esas cosas, eres muy buena conmigo. Espero que el capítulo de esta semana compense la larga espera. Sé lo frustrante que es engancharse a un fic y que el autor no actualice nunca jajaja yo no os dejaré colgados, palabra de honor jajaja miles de gracias =)
Bien, eso es todo lo que quería decir. Disfrutad del capítulo y nos vemos en el siguiente.
Love, Ela.
