Recomendación musical: Really Slow Motion — Silver Sharp.

Capítulo 26: Los hijos de las tinieblas.


Dunnet Head, Condado de Caithness, Tierras Altas de Escocia.

Bajo el ancho y oscuro cielo, el mar embravecido se precipitaba sin piedad contra las rocas. Las olas se elevaban azotando enfurecidas la línea de escarpados acantilados que salpicaban la costa, proyectando grandes nubes de espuma blanca hacia el cielo. El aire enrarecido, impregnado de salitre, soplaba alentado por la furia de aquel temporal. Y, mientras el batir de las olas resonaba en la negrura de la noche, los rayos cruzaban el cielo sin cesar.

En medio de aquella tempestuosa y helada noche, dos hombres aparecieron de la nada por el angosto sendero que, paralelo a la costa, recorría la línea de acantilados. Los hombres, envueltos en gruesas capas de viaje de un negro tan profundo como la noche, caminaban bajo la tormenta, uno al lado del otro, sin mirarse ni dirigirse la palabra. El feroz viento y la despiadada lluvia entorpecían su marcha y el oscuro y frío velo de bruma que cubría el camino dificultaba su avance, ya que impedía vislumbrar más que unos cuantos metros de la angosta senda que recorrían, obligándoles a caminar casi a ciegas en aquel mar de tinieblas insondables.

Sin embargo, ambos hombres parecían familiarizados con el accidentado terrero pues avanzaban a paso firme y seguro por el abrupto sendero que ascendía y descendía sobre las lomas para perderse luego en la oscuridad, alejándose lentamente del mar e internándose en tierra firme. El rugido de las olas y el fragor de la tormenta camuflaban el sonido de sus pasos mientras continuaban recorriendo el camino que ascendía ahora hasta la cima de una empinada colina por una senda zigzagueante. En medio de aquel temporal, los hombres alcanzaron trabajosamente la cima y, entonces, las tierras altas de Escocia aparecieron ante ellos, salpicadas con pequeños grupos de árboles que en la distancia se confundían con la bruma, extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista y descendiendo gradualmente hasta los profundos valles y las vastas praderas que dominaban el condado de Caithness.

Bajo la lluvia que continuaba cayendo sin descanso, aquellos hombres contemplaron durante unos segundos el camino que se alargaba ante sus ojos como una cinta hasta perderse en la lejanía; era el camino que, desde Dunnet Head, llevaba al pequeño pueblo de John o' Groats, el punto más septentrional de la isla de Gran Bretaña. Pero aquellos hombres no se molestaron en continuar por esa senda. Dejando de lado el camino, se internaron en la profunda oscuridad de los árboles que poblaban la cima de la colina y que olían intensamente a resina. Instantes después se hundían en una estrecha senda, abierta entre el espeso follaje, donde pudieron al fin resguardarse del feroz temporal.

Continuaron avanzando en silencio hasta que, unos metros más adelante, el camino empezó a descender bruscamente hacia una hondonada y de pronto, desapareció, franqueado por otra cresta de las colinas. El valle de Dunnet Head se abrió entonces ante ellos como una inmensa y oscura garganta excavada por el tiempo en la roca viva, que corría hacia el norte entre dos grandes brazos de las montañas. De lo más alto de la garganta nacía un torrente que, como una cinta plateada, se deslizaba por el escarpado terrero formando magníficas cascadas que llenaban el aire de girones de espuma blanca.

Allá abajo, en lo profundo del valle, el ruido de las aguas burbujeantes subía desde el espumoso lecho del río y, junto a él, se recortaba bajo la tormenta la silueta de una imponente casa solariega, cuyas paredes lucían desgastadas por la humedad, la sal y el paso de los años. Erigida en pleno corazón del valle, muy cerca de un amplio recodo que describía el río en su camino hacia el sur, la desvencijada construcción tenía cegadas con tablas algunas ventanas, al tejado le faltaban tejas y la hiedra se extendía sin control por la fachada. En otro tiempo había sido una mansión hermosa y, con diferencia, el edificio más señorial y de mayor tamaño en un radio de varios kilómetros, pero ahora estaba abandonada y ruinosa, y nadie vivía en ella.

Sin embargo, aquella desapacible noche invernal se elevaban pequeñas cintas de humo de su colosal chimenea y las luces destellaban en las ventanas con forma de diamante del piso inferior.

Los dos hombres intercambiaron una mirada de entendimiento y echaron a andar al mismo tiempo en dirección a la vivienda que se elevaba en lo más profundo del valle, como un faro, iluminando toda la hondonada. Bajaron lentamente por el lado sur de la colina, pues ese camino les pareció mucho más fácil, ya que la ladera descendía hacia el valle de una forma menos abrupta en ese lado. De improviso, uno de aquellos hombres detuvo la marcha y señaló un punto ante ellos con una de sus manos enguantadas.

— ¡Aquí está el sendero!dijo, informando a su acompañante que se limitó a asentir secamente como respuesta.

Cuando ambos hombres llegaron al lugar indicado comprobaron que, efectivamente, allí comenzaba borrosamente un sendero tortuoso que subía desde los bosques y se perdía en la espesura del valle. En algunos sitios era casi invisible y estaba cubierto de malezas y obstruido por piedras y árboles caídos, pero parecía haber sido muy transitado en otro tiempo. Aquellos hombres reanudaron la marcha de nuevo, en el más sepulcral de los silencios, siguiendo la senda pues era el camino más fácil para descender al corazón del valle, pero se adelantaban con precaución y a medida que se internaban en los bosques oscuros y la senda se hacía más angosta y escarpada, la marcha se les hacía más pesada y difícil. Se habían alejado unas millas del inicio de la senda cuando, de pronto, doblando un recodo del camino, vieron que el sendero se dividía en dos. El brazo derecho trepaba por una ladera empinada y corría luego, hacia el norte del valle. Mientras que el brazo izquierdo vadeaba el río para desembocar en un amplio camino de acceso flanqueado por unas colosales verjas de hierro que el tiempo se había encargado de oxidar.

Los hombres giraron a la izquierda y la gravilla crujió bajo sus pies cuando se apresuraron a cruzar las verjas. La imponente casa solariega que habían vislumbrado desde la cima de la ladera minutos antes surgió entonces ante ellos, reluciendo en la oscuridad al final del camino. Ninguno de los dos encapuchados se detuvo a contemplar la magnífica propiedad que rodeaba la vivienda, parecía que la impaciencia les obligaba a apretar el paso. Cuando llegaron a la puerta principal de la mansión, el más adelantado de los dos hombres empujó con fuerza la madera y ésta se abrió hacia dentro con un crujido estridente.

El vestíbulo era amplio, con grandes suelos de piedra cubiertos de inmensas y deslucidas alfombras, pero estaba mal iluminado y una gruesa capa de polvo lo cubría absolutamente todo. Ese mismo polvo amortiguó los pasos de ambos hombres mientras tomaban apresuradamente el corredor de la derecha y recorrían a grandes zancadas el largo pasillo, dejando atrás cuadros maltrechos y muebles ajados.

La travesía de aquellos hombres terminó ante la sólida puerta de madera labrada que les esperaba al final del corredor. Ambos encapuchados intercambiaron una elocuente mirada antes de que uno de ellos girara la gastada manilla de bronce y empujara con fuerza la madera. Los murmullos inundaron la estancia en el acto y todos los rostros se volvieron al unísono hacia los recién llegados.

Al otro lado del umbral, decenas de hombres rubios de ojos negros, ataviados con oscuras capas de viaje, aguardaban sentados alrededor de una larga mesa ornamentada. Por la decoración del lugar, la estancia elegida para aquel encuentro parecía ser la antigua biblioteca de la mansión aunque el mobiliario de la habitación había sido empujado descuidadamente contra las paredes y en las decenas de estanterías que poblaban las paredes hacía mucho tiempo que no reposaba ningún libro.

La única fuente de iluminación procedía del fuego que ardía con furia en la chimenea de mármol, ya que las espesas cortinas que cubrían las ventanas estaban corridas, y la luz del fuego rugiente titilaba proyectando las siluetas de los presentes contra las paredes de piedra.

— Hans, Edred— dijo una voz fuerte y clara desde la cabecera de la mesa—. Como siempre, llegáis tarde.

El que hablaba estaba sentado directamente ante el fuego, así que fue difícil, al principio, para los recién llegados divisar algo más que su silueta en la penumbra de la habitación. Cuando se acercaron, sin embargo, su rostro brilló a través de las sombras. Axel rezumaba poder y maldad mientras se acomodaba en la elegante silla de madera con forma de trono que ocupaba. Había dejado de lado sus caras ropas de marca pero hasta la sencilla capa oscura que portaba parecía relucir con la autoridad que ostentaba entre sus hermanos gracias a la pureza de su sangre.

— Tomad asiento, tenemos muchas cosas que discutir— la poderosa voz de Axel volvió a resonar en la estancia con la potencia de un látigo.

El matiz de autoridad que transmitían aquellas palabras no pasó desapercibido para Hans que siempre había odiado la sensación de no tener elección, de estar obligado a obedecer las órdenes de Axel. A pesar de ello, Hans no contestó. Apretó los dientes e hizo todo lo posible por contener su temperamento mientras él y Edred ocupaban sus lugares asignados, a la derecha de Axel y en el mismo centro de la mesa, respectivamente. La mayoría de los ojos alrededor de la estancia siguieron a Hans, y aún estaban posados en su figura cuando Axel habló de nuevo.

— ¿Y bien?— inquirió mirando directamente a Hans.

— Tenías razón. La chica no está muerta.

El interés alrededor de la mesa se agudizó palpablemente. Muchos se inquietaron, algunos se tensaron, otros contuvieron el aliento y todos miraban intensamente a Hans.

— No está… muerta— repitió Axel con voz monocorde. La noticia hizo mella en él con inusitada lentitud, provocando que en su mente resurgiera con fuerza la esperanza. Sus ojos negros se fijaron en los de Hans con tanta intensidad que algunos de los presentes apartaron la mirada, aparentemente temerosos de la vehemencia de su expresión. No así Hans, que le sostuvo la mirada con toda tranquilidad. Tras unos largos segundos de silencio, Axel pareció convencerse de que Hans decía la verdad y su boca se curvó en algo parecido a una sonrisa—. Es una excelente noticia, ¿cómo lo has averiguado? ¿Es fiable tu fuente?

Hans compuso una mueca sarcástica antes de responder.

— Después de nuestro intento frustrado de asesinar al rey de Fanelia, ordené a mis hombres que realizaran una vigilancia intensiva de todos los miembros de la corte que se hospedan en el palacio de los Aston— informó, acomodándose en su butaca—. Mis hombres descubrieron que, tras el ataque, el rey de Fanelia no sólo no había regresado a su hogar sino que, por algún motivo, se negaba a abandonar el hospital más que unas cuantas horas al día para reunirse con la delegación de su país— Hans hizo una pausa en su relato, estaba sonriendo—. Edred y yo decidimos infiltrarnos en el hospital para averiguar qué estaba ocurriendo y descubrimos que la chica sigue viva… aunque sus heridas son muy graves.

— Por lo que escuchamos comentar al personal del hospital lleva diecisiete días en coma— añadió Edred, que se había inclinado hacia delante en su asiento para mirar mesa abajo hacia Hans y Axel. Todos los rostros se giraron repentinamente hacia él —. Y lo que es peor, el dragón se niega a separarse de ella.

El silencio se extendió por la habitación como una nube de tormenta. En ese instante, un trueno estalló en el corazón del valle, haciendo vibrar los cristales, pero ninguno de los presentes pareció inmutarse.

— Una vez más, los dioses favorecen nuestra causa— murmuró Axel con deleite, ganándose varias miradas de aprobación entre quienes ocupaban los asientos más cercanos a él—. El Destructor nos está ofreciendo la oportunidad de enmendar tu error… Hans.

El aludido lanzó una mirada furibunda en dirección a la cabecera de la mesa pero guardó silencio. Aún podía sentir el fuego del látigo sobre su maltrecha espalda y prefería no repetir la experiencia en un futuro cercano. Era cierto que había estado a punto de echarlo todo a perder, si la chica hubiese muerto la semilla habría muerto con ella y jamás habrían tenido la oportunidad de liberar al Destructor de su cautiverio. Sin embargo, él no tenía la culpa de lo que había sucedido en Palas la noche del Baile de la Rosa. Sólo había cumplido las órdenes de Axel de acabar con el dragón para siempre y lo habría conseguido de no ser porque la chica se interpuso entre Hans y su víctima. Pero, al final, había sido castigado como si fuera un simple e incompetente aprendiz y no el soldado más grande de entre todos sus hermanos.

Hans hervía de furia por el trato que estaba recibiendo por parte de Axel pero, lamentablemente, no podía contarle la cabeza como deseaba desde hacía tiempo sin despertar la ira de todos los presentes. Además, le necesitaba para completar el plan que llevaban años urdiendo. Sin embargo, una vez que el Destructor hubiera sido liberado… no tendría que seguir rindiéndole pleitesía a alguien como Axel. Hans sería, por fin, dueño de su propio destino.

Y aquella idea le resultaba sumamente tentadora. Con un estremecimiento de rabia, Hans se tragó la furia y luchó por permanecer callado.

— Lo que continúo sin comprender es por qué seguimos tras los pasos de esa joven humana insignificante— dijo un hombre alto y delgado, sentado a escasa distancia de Edred—. Podríamos utilizar como sacrificio para el Destructor a cualquier miembro de los Vigilantes si es la sangre de la hermandad lo que buscamos, ¿por qué arriesgarlo todo para capturar a alguien que está tan bien protegido?

— Coep tiene razón— continuó a su vez un hombre de rostro duro y facciones marcadas—. Si empleáramos a cualquier otro, todos estos preparativos resultarían mucho más sencillos.

Varios de los presentes asintieron para mostrar su conformidad con aquellas palabras y los susurros inundaron la sala en cuestión de segundos cuando comenzaron a hablar todos al mismo tiempo.

Axel se levantó de su asiento para erguirse en toda su altura, haciendo callar a la multitud con una sola mirada.

— No utilizaremos a ningún otro— rugió y su voz dura como el acero reverberó en la estancia, amenazante y fría—. April Ryan es el sacrificio que ofreceremos para traer al Destructor de vuelta. Sólo su sangre puede abrir la puerta hacia Kallösis. Hemos aguardado tres mil años. Unas cuantas semanas más darán lo mismo— concluyó tajantemente, consiguiendo que la mayoría de los presentes inclinaran la cabeza en señal de obediencia—. Y por lo que respecta a la protección que la rodea, estoy convencido de que mi plan dará resultado. Lo único que se necesita es un poco de valor por tu parte… Hans.

El aludido gruñó furioso e indignado. La luz del fuego iluminaba extrañamente sus ojos negros como la noche. En aquellos pozos oscuros se arremolinaban la ira y la maldad más absoluta.

— Un valor que estoy seguro de que encontraré— respondió Hans, con una marcada nota de resentimiento en la voz.

Aquellas palabras provocaron que Axel se echara a reír socarronamente, con una risa completamente amarga, y tan fría como su propia voz.

— Estoy completamente seguro de que lo harás— dijo Axel, con regocijo cruel mientras volvía a tomar asiento—. A menos que desees recibir una nueva sesión de castigo.

Hans se incorporó en su silla con toda la intención de levantarse e increpar al imbécil que se había autoproclamado dueño y señor de todos ellos. Sin embargo, una mano gentil pero firme le inmovilizó en la butaca de madera. Hans buscó con la mirada hasta encontrarse con los ojos de Nanuel que, sentando a su derecha, le suplicaba en silencio que no se enfrentara a Axel. Hans sabía que Nanuel estaba en lo cierto, no le convenía desafiar a Axel por la supremacía en ese instante, cuando cada uno de ellos estaba inmerso en los preparativos del acontecimiento más importante de sus vidas. Debía mantener la cabeza fría hasta que el hubieran reinstaurado al Destructor en su trono. Entonces podría comenzar la batalla por el poder.

Durante unos largos segundos, todo lo que pudo oírse fue el crepitar de la hoguera mientras Hans intentaba serenarse.

Entonces sin previo aviso, la voz de Axel volvió a llenar la habitación.

— Pero antes de hacernos con la chica debemos localizar el Diario del Pastor— informó, mirando de nuevo a las caras tensas de los presentes, aparentemente divertido por el modo en el que Hans, el más rebelde de sus hermanos, acababa siempre sometiéndose a su voluntad—. El diario es el único que puede ayudarnos a encontrar la puerta y guiarnos para llevar a cabo el ritual de sangre. Y una vez iniciado el ritual, sólo el dragón podría detenerlo. Por eso nos encargaremos de él lo antes posible… pero sin levantar sospechas— lanzó una nueva mirada cargada de intención a Hans, que luchó por ignorar la indirecta—. No podemos permitir que nos descubran ahora que hemos llegado tan lejos. Debemos actuar entre las sombras para que, cuando sepan lo que nos proponemos, sea demasiado tarde.

"Si el dragón lucha, tú no tendrás gloria", Axel se estremeció con el recuerdo de las palabras que le habían marcado desde su nacimiento. Debía enfrentarse al dragón y derrotarle para poder cumplir con su ansiado destino. Ser el elegido para liberar a los hijos de Azaes, el Destructor, del destierro y la deshonra que sufrían desde hacía milenios.

— ¿Y cómo localizaremos el diario?— preguntó Nanuel de pronto, consiguiendo sacar a Axel a la fuerza de sus funestos recuerdos—. Los Vigilantes lo tendrán custodiado bajo grandes medidas de seguridad, estoy seguro.

— Entonces se lo arrebataremos por la fuerza— espetó Axel iracundo, mientras volvía a tomar asiento—. Nada podrá impedir que la profecía se cumpla.

Murmullos de expectación volvieron a recorrer la mesa. La profecía. Tras miles de años de espera, la oportunidad de recuperar la gloria perdida estaba cerca y todos sentían la importancia del momento pendiendo sobre sus cabezas. De pronto, Axel se puso en pie e instó a los demás a alzar sus copas de vino en un brindis trascendental.

— Que el padre de la destrucción nos guíe— murmuró Axel con emoción contenida, y los presentes alzaron sus copas para brindar por el desterrado dios atlante, el padre de todos ellos.

Hospital de Palas, Asturia.

Diecisiete días después del Baile de la Rosa.

Van Fanel llevaba horas incómodamente sentado en la única silla disponible de la habitación de hospital donde April permanecía, en coma profundo, desde hacía diecisiete largos días. El rey de Fanelia era incapaz de recordar una época de su vida en la que se hubiera sentido tan perdido y vacío como aquella. Las horas le parecían días en mitad de la angustia interminable de no saber si, algún día, April volvería a sonreírle como sólo ella sabía hacer, si sus ojos verdes volverían a arder intensamente mientras se clavaban en los suyos.

Cabizbajo y afligido, Van se acomodó sobre su asiento, intentando encontrar una postura en la que no le doliera todo el cuerpo. Resoplando de pura frustración, pronto comprobó que aquella era una tarea imposible y su atención regresó de nuevo a la mujer que descansaba sobre las blancas sábanas de la cama. April Ryan yacía sobre los níveos almohadones, inmóvil, con las manos sobre el abdomen y su pálida piel resplandeciendo bajo el sol de la tarde como cada día de los últimos diecisiete. Su acompasada y tranquila respiración era el único sonido que rompía el pesado silencio que reinaba en la habitación.

El piloto del Guymelef más famoso de toda Gaia se levantó de su asiento, cansado, y se sentó en el borde de la cama, acariciando con la yema de los dedos el rostro femenino. Aunque seguía pálida en extremo y aún eran visibles las manchas oscuras de las ojeras en los párpados y bajo sus ojos, las heridas del cuerpo de April habían comenzado a sanar, incluso su piel había recuperado algo de color, tras diecisiete días de cuidados médicos intensivos.

Sin embargo, la situación no había cambiado nada. April continuaba sin despertar.

Van pasaba prácticamente cada minuto que estaba despierto junto a su cama, velándola. Llegaba cuando aún no había amanecido y se marchaba bien entrada la madrugada, cuando Harold, sus amigos o algún miembro del personal médico le sacaba a empujones de la habitación, obligándole a marcharse a descansar al palacio real las pocas horas que permitía que el sueño le venciera.

Pero cada segundo lejos de April le parecía una tortura. Por eso, desde la noche del fatídico baile de la rosa, apenas se había separado de ella. Y es que, aunque lo hubiera intentado, habría sido completamente incapaz de hacerlo. La culpa le torturaba sin piedad día y noche, como un recordatorio constante de que April se encontraba postrada en una cama porque había arriesgado la vida para protegerle a él. Si hubiera estado más atento al peligro que le rodeaba, si hubiera hecho mejor su trabajo en el combate, ella no se habría visto obligada a intervenir para salvarle. Para Van, cada gota de sangre que April había derramado por él le pesaba en el alma como una losa y, por esa razón, había jurado que nada ni nadie le impediría velarla hasta que despertara.

Ella le necesitaba y Van no pensaba abandonarla. Además, el ryujin creía, fervientemente, que April podía sentir su presencia, que podía escuchar su voz, que sabía, de alguna manera, que él permanecía a su lado. Velándola, esperando que despertara. Por eso, cada hora del día que se lo permitían le hacía compañía.

Siempre estaba allí, sentado en aquel incómodo sillón. A veces se entretenía simplemente acariciándola como en aquel instante, otras disfrutaba contándole anécdotas de su vida en Fanelia. Le hablaba de su familia y de su infancia, de lo mucho que había trabajado en la reconstrucción de su país tras la guerra, de los hermosos paisajes de su patria que aún no había tenido ocasión de enseñarle… Van incluso había pedido prestados a Millerna varios libros de la biblioteca personal de los Aston y le leía a April varias horas todos los días. No importaba el tema, bien podía ser un tratado sobre política, un poema o un largo tomo sobre la historia de Gaia. Sabedor de lo mucho que ella disfrutaba de una buena lectura, Van no quería privarla de aquel placer ni siquiera estando en coma.

De este modo habían transcurrido, tristemente, los últimos diecisiete amaneceres. Una hora tras otra, un día tras otro de interminable y angustiosa espera que parecía no terminar nunca. Y él sólo podía permanecer junto a su cama, esperando noticias y rezando a cualquier dios que pudiera escucharle para que April volviera con él.

— Veo que aún estáis aquí, mi señor— dijo una voz tranquila desde la puerta.

Van, que continuaba sentado sobre la cama de April, dirigió la mirada hacia la entrada de la habitación para descubrir a Harold, su fiel consejero, en el umbral.

— Ya he dicho cientos de veces que no pienso moverme de aquí y que no deseo que nadie me moleste— contestó el ryujin, tajantemente, devolviendo su atención al rostro de April como si considerara aquella conversación una pérdida de tiempo que no podía permitirse.

Harold suspiró tristemente mirando al ryujin antes de internarse en la habitación, cerrando la puerta tras de sí, y acabando con la distancia que le separaba de su rey en un par de zancadas.

— Majestad, sabéis que no os molestaría si no se tratara de un asunto sumamente urgente— dijo Harold con calma, clavando sus ojos en la inmóvil figura que yacía sobre la cama mientras extraía un sobre de aspecto oficial del interior de su túnica de consejero—. Pero acaba de llegar esto desde Fanelia. El Consejo insiste… no podemos retrasar más tiempo nuestro regreso.

Aquella era la noticia que Van más había temido pues, aunque se negaba a alejarse de April, el Consejo reclamaba su presencia desde hacía días y él sabía perfectamente que no podría aparcar sus responsabilidades como rey durante mucho más tiempo.

— No voy a regresar a Fanelia sin April— concluyó secamente sin molestarse en mirar a su fiel consejero. Se había jurado a sí mismo que la velaría hasta que despertara. Y pensaba cumplir su promesa. Costara lo que costara.

— Los médicos dicen que es imposible trasladarla en su estado… han pasado diecisiete días, majestad, y no se han producido signos de mejoría— continuó Harold, como si no hubiera escuchado las últimas palabras del ryujin—. Hay asuntos urgentes en Fanelia que requieren vuestra presencia.

— Lo sé… — respondió Van con tristeza.

El silencio cayó sobre la habitación, pesado y tenso. Harold lanzó una mirada apesadumbrada hacia el ryujin. Nada le dolía más que tener que devolver a su rey a la realidad de forma tan abrupta pero, desgraciadamente, aquel joven que sufría por la mujer que yacía sobre la cama era mucho más que un hombre. Era el rey de Fanelia y debía regresar a su hogar y cumplir con su deber, aunque su corazón se quedara en Palas.

— ¿Creéis realmente que la señorita April estaría conforme si supiera que habéis dejado vuestras obligaciones de lado por velarla a ella?— insistió el consejero nuevamente, escogiendo cuidadosamente sus palabras con la intención de hacer reaccionar al ryujin para que abandonara el largo letargo en el que se había sumido desde hacía días.

— ¡No te atrevas a usar a April para atacar mi sentido del deber!— rugió Van furioso, despegando la mirada del rostro femenino para clavarla, colérico, en la figura de su fiel consejero.

— Sabéis que tengo razón— dijo Harold, sin inmutarse ante la explosiva reacción de su rey.

El ryujin resopló enfadado. Se levantó de la cama de April y se pasó las manos por el rostro, en señal de frustración.

— Ese no es el punto— se excusó finalmente, caminando como una fiera enjaulada por la habitación. Odiaba el hecho de que las palabras de su consejero fueran totalmente ciertas. Pero odiaba aún más no tener alternativa. Se sentía atrapado y asfixiado bajo el peso de las responsabilidades y el deber.

— Sé lo que sentís, majestad. Sé por qué hacéis esto— reconoció Harold, apenado mientras palmeaba la espalda del ryujin en señal de apoyo—. Pero sois el rey de Fanelia y Fanelia os necesita. Sólo serán unos días y, mientras estáis ausente, os prometo que la princesa Millerna se encargará de que la señorita April no esté sola en ningún momento.

Sin pronunciar palabra, Van se acercó hasta la ventana para contemplar cómo el sol se hundía a lo lejos, en el corazón del mar. Sabía que Harold estaba en lo cierto pero le resultaba muy duro separarse de April. Intuyendo, quizás, los pensamientos del rey, el viejo consejero se acercó hasta el ryujin y le abrazó con afecto, como haría un padre con su hijo, intentando ayudarle a tomar aquella decisión tan difícil. Y, en aquel momento, Van supo que ya no podía esconderse por más tiempo. Había llegado el momento de afrontar sus responsabilidades. Separándose de Harold, regresó junto a la cama donde yacía la mujer que había cambiado su mundo. Y mientras entrelazaba sus dedos con los de April, sabiéndose vencido, cedió.

Los siguientes dos días fueron un auténtico caos para la delegación de Fanelia, enfrascada completamente en organizar la vuelta a casa lo más rápido posible. Para fortuna de Van, Harold se había hecho cargo de la mayoría de preparativos lo que le permitía pasar sus últimas horas en Palas junto a April.

Aquella calurosa noche de primavera, la última que pasaría en la capital de Asturia, Van Fanel la empleó en prepararse para separarse de aquella testaruda chica de la Luna Fantasma que le había robado la cordura.

— Tengo que regresar a Fanelia, April… pero serán sólo unos días— le dijo cuando las dos lunas brillaban ya en el firmamento, deseando que ella pudiera escucharle y supiera que había sido sincero pues marcharse era lo último que quería hacer—. Te prometo que volveré tan pronto como pueda.

Serían solo unos cuantos días, pero el ryujin sentía que estaba rompiendo su promesa y sabía que cada minuto lejos de ella se le haría largo como una eternidad.

Van se inclinó sobre April y besó su frente con ternura, deseando con todo su corazón poder quedarse allí para siempre. Permaneció junto a ella, memorizando cada rasgo de su rostro, todas las horas que restaban hasta el amanecer. Y cuando el sol comenzó a despuntar en el este, salió del cuarto sin mirar atrás. Porque sabía que si lanzaba una última mirada al cuerpo de April, tendido en la cama, no podría irse. Sabía que no podría dejarla sola porque no podía soportar verla así.

Por ello, cerró la puerta y se marchó, dejando su corazón anclado entre las cuatro paredes de aquella habitación.

April gritaba. Gritaba con todas sus fuerzas pero nadie parecía oírla. Las tinieblas la rodeaban, asfixiándola bajo su peso. Aplastándola. Sujetándola firmemente en un abrazo estrangulador. Y ella sabía muy bien lo que significaba aquella negrura. Su cuerpo no había podido resistir el empuje del poder de Fortuna.

Había perdido la batalla. Finalmente, no había cumplido su promesa de sobrevivir. Jamás volvería a ver a sus amigos o a su madre, a Merle o Millerna, a Dryden o Allen… a Van. El testarudo rey de Fanelia nunca sabría lo que sentía por él.

Ya era demasiado tarde. Había llegado el final.

Aunque jamás en su vida había sido creyente, April no pudo evitar preguntarse qué sería de ella ahora que todo había terminado. Esperaba perder la conciencia en algún momento del proceso, esperaba la oscuridad inescrutable de la inexistencia. Esperaba la muerte. Pero la muerte nunca llegó. April permaneció flotando, en un vacío insondable.

No veía nada, no oía nada, no sentía nada. Sólo su conciencia. Y entonces, April supo que estaba en el infierno pues no podía haber peor castigo que aquel. Como también supo que le esperaba toda una eternidad en aquel vacío absoluto con su mente como única compañía.

Sin embargo, de repente, alguna conexión rota en su cuerpo debió de haberse reparado porque April comenzó a escuchar voces. En la lejanía, alguien hablaba y podía oírle. Al principio eran voces desconocidas pronunciando palabras sin sentido para ella. No entendía lo que decían, pero las oía. Estaban ahí. Lo que significaba que no podía estar muerta, ¿verdad?

Y eso era una buena noticia. Aunque no era capaz de entender dónde demonios se encontraba si no había muerto. Aquello no se parecía al limbo ni a ningún otro lugar en el que hubiera puesto un pie antes. Así que, ¿dónde estaba? ¿Dónde se había metido Fortuna? ¿Y Van? ¿Y los demás? ¿Qué había sucedido? Y lo que era aún más desconcertante, ¿por qué no podía ver nada? ¿Por qué no podía moverse? ¿Por qué no podía hablar? ¿Por qué no sentía su cuerpo?

Pero no hubo respuestas.

El tiempo, que no pasaba jamás en aquellas tinieblas perpetúas, pareció querer extenderse por siempre. Pero, de pronto, mientras flotaba en ese desquiciante y enloquecedor vacío, las voces se volvieron conexas y April fue capaz de entender frases, aunque el contenido de las mismas no era nada alentador. "Puede que no despierte nunca", "sus heridas son demasiado graves", "deben prepararse para lo peor"… decía una voz que April no conocía, pero sonaba a médico a kilómetros de distancia. Y si lo que decía era cierto, su cuerpo había conseguido sobrevivir al poder de Fortuna pero ella era incapaz de despertar. Y ni siquiera los médicos sabían cómo ayudarla.

Maravilloso. Estupendo. Fabuloso.

¿Qué había sucedido? Si el poder de los dioses había conseguido salvarle la vida sin matarla en el proceso, ¿por qué estaba atrapada dentro de su propio cuerpo? Eso no formaba parte de ninguna leyenda. ¿Qué iba a hacer?, ¿qué era lo que le esperaba ahora? ¿Toda una vida atrapada en esa perturbadora oscuridad, sola, con su conciencia intacta mientras su cuerpo se consumía lentamente sobre una cama de hospital?

Aquella posibilidad era terrible.

El miedo se hizo momentáneamente con el control y April fue consumida por la desesperación más absoluta. Gritó y suplicó que le llegara la muerte para no tener que vivir ni un segundo más de agónico aislamiento.

Pero nadie, ni siquiera Fortuna, acudió en su ayuda.

Y durante un espacio de tiempo que pareció eterno, no hubo nada más. Ni siquiera el pasar del tiempo, que de este modo se hizo infinito, sin principio ni final. Un inacabable momento de soledad y oscuridad. Y, de pronto, las voces regresaron. Más nítidas que antes.

"Pero tiene que haber algo que puedan hacer", aquella era la voz de Dryden, intentando encontrar una solución lógica a los problemas, tal y como hacía siempre. Luego, llegó el turno de Millerna. "April lo siento… todo esto es culpa mía… si te hubiera detenido, si te hubiera protegido como debía no estarías aquí… lo siento tanto". Y también el de Merle. "April es fuerte, estoy segura de que se recuperará".

Pero en aquella confusa e inacabable oscuridad era la voz de Van la que más oía. Todos los días. O lo que April consideraba que debían ser días. La noción del tiempo era lo primero que había perdido en esa absoluta entropía sensorial en la que estaba sumida. Van contándole anécdotas sobre su vida en Fanelia, sobre su trabajo como rey. Van leyendo libros para ella. Novelas, historias de Gaia, tratados sobre política, poesía… Van nunca la dejaba en silencio. Nunca la dejaba sola. Era su voz lo único que la ayudaba a mantener la cordura mientras flotaba en aquellas frías tinieblas.

Bendito fuera por alejar el miedo y la oscuridad con el suave sonido de su voz.

Constantemente, April escuchaba al ryujin junto a ella, suplicándole que regresara a su lado. Una y otra vez. La agonía que transmitían sus palabras llegaba hasta ella. Y April gritaba en el vacío. Desesperada por el dolor que su ausencia provocaba en Van, por el daño que estaba causándole. Pero no sabía cómo despertar. No podía despertar. Era como estar encerrada en una prisión y que los barrotes fueran sus propios parpados.

La angustia y la desesperanza se adueñaron de ella y así, fueron pasando los días. Diecisiete en total, según había comentado una de las enfermeras mientras la revisaba. Diecisiete días de oscuridad y privación sensorial. Y a saber cuántos más debería soportar.

Sin embargo, después de aquella aberrante eternidad, cuando pensaba que su situación no podía ir peor, lo peor se hizo presente.

El silencio.

April gritaba. Aullaba. Suplicaba. Se estaba volviendo loca. La voz de Van había desaparecido. Y todos sus pensamientos se desbocaron desquiciados, arrojándola a la locura.

¿Le habría sucedido algo a Van?

¿Y si aquellos hombres habían vuelto a por él?

¿Y si esta vez habían conseguido hacerle daño?

¿Y si Van se había cansado de esperar a que ella encontrara el modo de despertar y se había marchado para siempre?

Las dudas la corroían por dentro, devorando su cordura como un virus que no dejaba tejido intacto a su paso. Y el silencio continuó implacable. Torturándola. El silencio era su carcelero. Su condena y su castigo. Y April perdió la esperanza. Dejó de creer que algún día podría salir de aquella prisión que era su propio cuerpo.

En aquel vació ya no había nada para ella. Sólo la tristeza de su desesperación que llenaba cada ápice de espacio disponible.

Y el suplicio continuó, impasible ante el paso del tiempo y el dolor de April.

Fue entonces cuando unos turbulentos ojos plateados aparecieron de pronto flotando contra la inmensa negrura que la rodeaba. Y aquellos ojos la arrastraron, impidiéndole respirar, encerrándola en el lugar más recóndito de su propia conciencia mientras las tinieblas, aún más siniestras, se cernían sobre ella. Antes de perderse para siempre en el fondo de su mente, April escuchó una potente voz masculina que sonaba de forma estridente y arrancaba ecos en las partes más primitivas y ancestrales de su cerebro.

"April Ryan, tu vida ha cambiado mucho en poco tiempo. Hace un par de meses estabas en Manhattan, enganchada a tu trabajo y luchando diariamente contra la insípida rutina. Y mírate ahora… eres toda una faneliana.

¿No te parece curioso formar parte de un mundo que hasta hace poco creías que no existía?"

— ¿Quién está ahí?— preguntó April a la nada que la envolvía.

Y las tinieblas respondieron con voz potente y masculina.

"Yo soy el que soy, el principio y el final. Tú ya me has visto, sabes bien quién soy."

La oscuridad brilló intensamente, estallando alrededor de April como una bomba nuclear. Las tinieblas se disiparon momentáneamente y el resplandor dorado pareció tomar forma ante ella primero como una sombra, luego como un hombre.

Alto, moreno y de turbulentos ojos plateados, el dios Dragón, el amado esposo de Fortuna, apareció ante ella llenando el espacio con su sola presencia, alejando la oscuridad y el vacío.

— ¿Dónde estoy?— preguntó April, confusa y perdida.

— Este es tu subconsciente. No creas que has despertado, ni mucho menos— contestó Altair altivamente—. Tu cuerpo yace aún en una cama de hospital. Pero tu mente está aquí, conmigo.

April quiso contestar pero no pudo. La imponente figura del dios y el poder que desprendía llenaron su corazón de temor y prefirió guardar silencio antes de decir algo que empeorara aún más su ya de por sí delicada situación

— A lo largo de los siglos he oído hablar mucho de ti, April Ryan— dijo Altair con voz inexpresiva—. ¿Sabes? Mi esposa se ha tomado muchas molestias por ti— continuó, mirándola con reproche—. Y mientras tú vivías felizmente, era nuestra sangre la que se derramaba. La sangre de cientos de hombres y mujeres dedicados a preservar la vida y la libertad que se han sacrificado a sí mismos para mantener la paz en el mundo y nunca han olvidado su tarea de proteger a la humanidad. No como los hijos del Destructor— la ira del dios hizo centellear el vacío y April tembló de miedo—. Autócratas fríos y despiadados, ebrios de poder, obsesos del control. Durante miles de años los hijos de mi esposa han hecho lo posible por detenerlos, aún hacen lo posible pero quedan tan pocos…

Altair suspiró a fin de calmarse, a la humana no le convenía que continuara aquella conversación enfadado y Fortuna jamás le perdonaría si la dañaba.

— Azaes era mi hermano y nos traicionó. Usó nuestro poder para someter el mundo y acabó destruyendo nuestra más preciada creación— reconoció avergonzado, más tranquilo ahora—. Cuando supimos sus intenciones, pusimos fin a su conspiración y le encerramos en Kallösis, la prisión de los dioses. Sin embargo, ya era tarde… no pudimos evitar el final— continuó el dios Dragón, afligido por la culpa que se había acrecentado con el paso de los siglos—. Fortuna se quedó en la Luna Fantasma con sus hijos para proteger a los supervivientes y restaurar la civilización y yo vine a Gaia con los míos— los plateados ojos de Altair brillaron intensamente durante un instante—. Pero tú ya lo has visto, ¿verdad? Sé que ella te lo ha mostrado. Quería que vieras cómo lo intentamos y fallamos.

— Sí, lo he visto. Aunque creí que era un sueño— dijo April, asustada hasta del sonido de su propia voz en medio de aquella basta inmensidad.

El dios sonrió para sorpresa de April.

— Intenté advertirle que nuestros métodos no funcionarían con una humana no iniciada pero no quiso escucharme. Como habrás podido comprobar mi esposa no se rinde fácilmente— la sonrisa del dios murió poco a poco antes de que hablara de nuevo—. Un día yo también fui como ella pero hace mucho tiempo que dejé de creer en nuestra misión… cuando mis hijos volvieron a repetir los errores del pasado, una vez que estuvieron establecidos en Gaia…

Altair apretó la mandíbula para contener la furia que manaba de su corazón.

— La destrucción de Atlantis— murmuró April, recordando una vez más las historias de su madre.

El dios asintió secamente en respuesta.

— Fue tan duro que no pude soportarlo— admitió al cabo de unos segundos, mortificado—. Y, aunque mi esposa continuó luchando, yome alejé de la humanidad durante siglos, hastiado. Hasta ahora… hasta que te interpusiste entre la muerte y el último de mis hijos.

La energía chispeó en el vacío, cálida esta vez, manando del dios en oleadas y llegando hasta April que se sintió pequeña e insignificante ante ella.

— Creí que mi descendencia moriría con él, el último de la estirpe que lleva mi sangre. Pero tú le salvaste aún a riesgo de tu propia vida y empecé a creer entonces que Fortuna había estado en lo cierto todo este tiempo— los ojos de Altair brillaron intensamente como un faro que disipaba la oscuridad—. Y ahora estás aquí. Nuestro poder ha sanado tus heridas, te ha mantenido con vida. Hay más fuerza en ti de la que creía— reconoció, asombrado a su pesar—. Sin embargo, tu mente se fragmenta, se hace añicos poco a poco. Ya no distingues la realidad de la ilusión. La verdad de la mentira. Los sueños de las profecías.

— ¿Qué quieres decir?— inquirió April ansiosa. No le gustaba nada el significado que encerraban aquellas palabras.

— Si no descubres un modo de despertar, podrías acabar perdiéndote… para siempre.

— ¿Perdiéndome?— preguntó asustada.

La oscuridad se cernió sobre April sin previo aviso con tanta fuerza que, por un momento, llegó a creer que moriría bajo su peso, incapaz de hacer frente a aquella fuerza avasalladora. Sin embargo, en mitad de las tinieblas resonó la voz de Altair.

"¿Qué es una persona si no la suma de todos sus recuerdos? Eres lo que has vivido. Los libros que has leído, las películas que te han emocionado, los cuentos que te contaron antes de dormir… pero si no despiertas, tu mente colapsará y la bruma del olvido lo borrará todo. Y no importa que tu cuerpo permanezca intacto porque si pierdes eso, dejarás de ser quien eres."

La oscuridad brilló intensamente, estallando a su alrededor como una bomba nuclear. April se sumergió en sus memorias y los recuerdos de toda una vida desfilaron ante ella, ahogándola, hundiéndola, amordazando su cordura.

"Para escapar de la cárcel de tu mente, debes recordar quién eres. Recuerda quién eres, April Ryan. Recuerda quién eres."

En la capital de Fanelia, el sol se había puesto sobre las cumbres nevadas que rodeaban el Valle del Dragón, y la tarde moría, inusualmente fría y pálida para esa época del año. Van Fanel acababa de salir de una reunión del Consejo excepcionalmente larga y aburrida, y ahora recorría los desiertos pasillos del palacio real en dirección a sus aposentos.

En aquel preciso momento habría dado todo cuanto poseía por regresar a Palas para estar con April. Pero era el rey de Fanelia y no podía hacerlo. Debía encargarse de miles de asuntos antes de ser libre para volver junto a ella. En ocasiones como esa, maldecía al destino por el peso de la responsabilidad que cargaba sobre sus hombros. Deseaba ser sólo un hombre, sin títulos ni obligaciones que le impidieran permanecer junto a la mujer que se había convertido en todo su mundo. Por primera vez en toda su existencia no le importaba el pasado, lleno de dolor y pérdidas, ni el futuro, incierto y lejano. Sólo le importaba April. Y se había jurado a sí mismo que si ella conseguía recuperarse lucharía hasta el final por mantenerla a su lado. Construiría un lugar en Fanelia al que April pudiera llamar hogar para que se quedara junto a él. Era todo cuanto podía desear. Y mucho más de lo que merecía. Pero pensaba luchar para ganárselo.

Con paso firme, el ryujin se adentró en el dormitorio principal del palacio real casi sin hacer ruido. A tirones, se deshizo de la ropa que le había acompañado todo el día, arrojándola descuidadamente sobre el diván, y se dejó caer sobre las sábanas de la cama con un suspiro cansado. Después de haberse pasado desde el amanecer batallando con el consejo y detrás de una enorme montaña de papeles le dolía cada músculo del cuerpo y se sentía extenuado hasta el extremo. Sin fuerzas para nada más, Van se metió bajo las sábanas y se quedó dormido casi inmediatamente.

En la noche profunda, el rey de Fanelia tuvo un sueño. Un sueño sin luz. Una luna nueva sobre el bosque de los dioses, la última morada de su familia. Van escuchaba murmullos que procedían del corazón del bosque sagrado y, en la lejanía, distantes puntos de luz que se acercaban lentamente entre los árboles.

"Los espíritus de los reyes de Fanelia", pensó mientras se inclinaba para mostrar respeto a sus antepasados.

Las pálidas luces llegaron hasta él, poco a poco, y le envolvieron con su calidez. Fue en ese instante cuando lo oyó.

¿Van?

El ryujin quedó paralizado por el sonido de aquella voz que conocía tan bien.

— ¿April?

De pronto, sus sueños cambiaron hasta que se vio envuelto por unas tinieblas tan densas que le cegaron, aplastándole bajo su peso, impidiéndole respirar. Pero ni siquiera el miedo de verse atrapado en aquella oscuridad insondable pudo compararse con el pánico que despertó en su corazón el agónico grito de dolor que escuchó a continuación.

¡Van, ayúdame!

— ¡APRIL!— le gritó a la nada, desesperado, intentando que sus ojos enfocaran algo en mitad de aquella basta oscuridad— ¿Dónde estás, April?

Movido por la angustia, Van se debatió con fuerza contra aquel muro oscuro que le apresaba hasta que la niebla que le envolvía comenzó a disiparse. Entonces la vio. April permanecía de pie, a unos metros de su posición. Parecía pálida y cansada pero estaba ilesa.

Aliviado, corrió hacia ella tratando de alcanzarla pero cada vez que intentaba acercarse a April sólo conseguía alejarla.

— ¡April!— la llamó atormentado.

Ella le miraba intensamente mientras las lágrimas cristalinas surcaban sus mejillas.

— Ayúdame, no me dejes aquí.

Van intentó con todas sus fuerzas llegar hasta ella pero la oscuridad se cernió sobre él, envolviéndole, dejándole a ciegas. Y la figura de April fue engullida por las tinieblas.

— ¡APRIL!

El ryujin despertó tembloroso en la soledad de su dormitorio. Se incorporó abruptamente en la cama, frotándose el puente de la nariz con fastidio, los ojos le escocían de cansancio. Desorientado, miró alrededor de la habitación para ver la luz de las dos lunas mucho más alta en el cielo. Era plena madrugada.

"Sólo fue un sueño", se dijo para intentar tranquilizar el acelerado ritmo de su corazón. Pero entonces, ¿por qué había parecido tan real?, ¿por qué no podía sacudirse de encima la sensación de que April estaba en peligro?

— April está en cama en este momento, idiota— se regañó a sí mismo con dureza—. Vuelve a dormir

Van volvió a tumbarse y cerró los ojos, esperando quedarse dormido de nuevo. Sin embargo, no podía sacarse el sonido desesperado de la voz de April de la cabeza por mucho que lo intentara. Enfadado por el curso de sus pensamientos, el rey de Fanelia se incorporó otra vez entre las sábanas sólo para descubrir que no era el único ocupante de la habitación.

— No ha sido un sueño, hijo de Atlantis.

La misma mujer que se le había aparecido cuando él y April vagaban por los bosques de Freid permanecía inmóvil a los pies de su cama, contemplándole fijamente.

— ¿Qué quieres decir?— quiso saber Van, parpadeando para enfocar la figura femenina en la penumbra de la estancia.

En un abrir y cerrar de ojos, aquella extraña mujer de orbes plateados desapareció para volver a aparecer tan cerca del ryujin que el corazón del rey se saltó un latido.

— April corre un enorme peligro en este momento— respondió ella fervientemente, clavando sus singulares ojos en él—. Te necesita ahora más que nunca.

— ¿De qué peligro me hablas? April está protegida las veinticuatro horas del día por la guardia real, nadie puede tocarla en Palas— la contradijo Van, confundido por sus palabras e impresionado por la velocidad de sus movimientos—. Además, ¿cómo podría yo ayudarla desde Fanelia? Estoy a cientos de millas de distancia.

Los ojos de aquella mujer se clavaron en el rey con furia, como si le molestara enormemente que no entendiera la magnitud del problema. Su irritación hizo ondear el aire.

— No es un peligro físico al que se enfrenta— susurró la mujer.

— No… lo… comprendo…

Los labios del rey formaron cada una de esas tres palabras, pero le faltó aliento para pronunciarlas con la firmeza necesaria. No entendía absolutamente nada. Para él, April yacía en una cama de hospital de Palas, inconsciente desde hacía días. Protegida por la guardia real asturiana y velada día y noche por Merle y Millerna. Era completamente imposible que nada ni nadie la dañara. Entonces, ¿por qué tenía aquella mujer tanto pavor? ¿Por qué su bello rostro se había crispado de pena y horror?

— Yo la salvé, le di mi esencia para que sobreviviera a sus graves heridas. Debes entenderlo, la he protegido desde el instante en que vino al mundo y no podía dejar que muriera de ese modo— aclaró la mujer al contemplar el semblante aturdido y alarmado del ryujin—. Pero el poder de los dioses es demasiado fuerte y, aunque ha sanado sus heridas, ha destrozado su mente. Ahora, April está atrapada en el interior de su propia conciencia— desesperada, la mujer se arrodilló junto a la cama y tomó las manos del rey entre las suyas. La piel femenina era cálida al tacto y sus plateados ojos lanzaron destellos mientras añadía—: Y si no la ayudas, jamás despertará… permanecerá atrapada para siempre en un lugar que es mucho peor que el infierno. Sn vida, sin alma…

Van tardó todo un largo minuto en comprender aquellas palabras. Pero cuando el significado que escondían consiguió alcanzar su cerebro, el horror más absoluto se apoderó de él, abriéndole el pecho, hundiéndole en la desesperación.

— ¡NO!— el rechazo expresado en un grito restalló con fuerza en la habitación del rey—. ¡No permitiré que eso ocurra!

La mujer tomó asiento sobre la cama y puso las manos sobre los hombros del ryujin, aferrándole con fuerza.

— Sabía que lo entenderías— musitó con vehemencia, enfatizando sus palabras con un apretón cariñoso y clavando su fiera mirada en los ojos de Van que le sostuvo la mirada—. Aún no es demasiado tarde pero nos queda poco tiempo.

— ¿Qué tengo que hacer? ¿Cómo voy a ayudarla estando tan lejos de ella?

— Sólo tú puedes hacerlo, hijo de Atlantis— respondió ella, alentándole con su voz profunda—. Entre vosotros dos hay un vínculo muy poderoso, estáis unidos a un nivel mucho más profundo que el mero plano físico. Ahora, incluso tu sangre corre por sus venas— le recordó ella—. Utiliza esa conexión para abrirte paso hasta lo más profundo de la mente de April. Haz que te muestre quién es. Ayúdala a encontrarse a sí misma dentro de sus propios recuerdos… tráela de vuelta, haz que despierte.

— ¿Cómo voy a llegar hasta April?

Van la contempló con sus facciones llenas de duda. No imaginaba qué método iban a emplear para acabar con la distancia que le separaba de la testaruda chica de la Luna Fantasma pero estaba dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de salvarla.

— Es tan sencillo como quedarse dormido. Yo me encargaré de llevarte hasta ella— le tranquilizó ella—. Una vez allí, yo te entregaré la gracia para entender el idioma de los habitantes de la Luna Fantasma y tú te abrirás paso por sus recuerdos— la mujer le soltó antes de que su rostro se volviera mortalmente serio—. Pero te lo advierto… cuando April ya no tenga nada que mostrarte, tuya será la tarea de traerla de vuelta.

El rey de Fanelia asintió con fervor mientras dejaba caer su cuerpo pesadamente sobre los suaves almohadones de plumas que decoraban su cama, dándole permiso a aquella mujer para que hiciera lo que fuera necesario.

— Cierra los ojos— le dijo ella en un susurro que agitó el aire—. Ve a dormir.

El ryujin la obedeció y cuando lo hizo sintió que el sueño le vencía. Antes de que todo se apagara a su alrededor escuchó de nuevo aquella voz de mujer.

"Ella te hizo despertar una vez, hijo de Atlantis… te toca devolverle el favor".

Cuando Van abrió de nuevo los ojos, la luz le cegó por un instante hasta que pudo acostumbrarse a la claridad del ambiente. Pronto notó que estaba tumbado sobre la suave arena de una cálida playa mientras las olas del mar rompían tranquilamente contra la costa a un ritmo paciente y acompasado.

Parecía ser verano a juzgar por el modo en que los rayos del sol le acariciaban el rostro.

El ryujin se puso en pie rápidamente y al enderezarse pudo ver que la playa estaba prácticamente desierta. A excepción de una pequeña niña de largo cabello pelirrojo que, ataviada con un ligero vestido blanco, jugaba junto a la orilla a esquivar las olas. Y cada vez que una ola la atrapaba, mojándole los pies, la niña reía y sus carcajadas llegaban hasta él. Más cálidas que el sol que relucía sobre sus cabezas.

Durante unos eternos segundos, Van fue incapaz de dejar de mirarla.

— April… — la llamó con un nudo en la garganta, a pesar de que sabía que aquello era un recuerdo y que ella no podía escucharle.

Sin embargo, la niña levantó la mirada y clavó sus grandes ojos verdes en la figura del ryujin, como si de verdad pudiera verle. Y aquello destrozó la entereza del poderoso rey de Fanelia que se perdió en aquellas profundidades verdes que tan bien conocía. Nunca supo cuando tiempo transcurrió mientras la miraba. Bien pudieron ser segundos o minutos, horas o días.

Pero de pronto, algo interrumpió su concentración.

— Deberías ir a buscarla, Adrian, antes de que acabe completamente empapada— dijo una voz, femenina y risueña, a sus espaldas y Van estuvo a punto de sufrir un infarto pues no sabía que ya no estaba solo.

Giró sobre sí mismo con rapidez y agilidad para averiguar a quién pertenecía aquella voz y, entonces, el mundo se detuvo durante un instante.

— ¿Hitomi?


Hola Escafans!

En primer lugar, quiero pedir MIL MILLONES DE DISCULPAS por mi enorme y descomunal ausencia pero tengo una buena excusa. En septiembre comencé mi último año en la universidad y no he tenido un segundo de descanso para sentarme a escribir. Así que, aunque este capítulo llevaba semanas casi listo, hasta ahora no he tenido una tarde de descanso para terminar y subirlo. Pero ya lo tenéis aquí, si no me habéis abandonado por el camino. Y espero que lo disfrutéis.

En segundo lugar, como siempre, me gustaría agradecer cada visita, cada lectura, cada mensaje y cada review que me dejásteis en el capítulo anterior. Aunque no haya podido subir capítulo, he intentado por todos los medios contestar a todos vuestros mensajes y reviews. Excepto, por supuesto, los anónimos que tienen su respuesta justo aquí abajo:

Alice Cullen: Hola Alice, gracias por tu puntual review como siempre. Gracias por estar ahí en cada capítulo y no sabes como me alegra leer que te ha gustado. Sé que os he hecho sufrir con April y Van y, ahora también, con Hitomi pero todo tiene una explicación. Espero que este capítulo te encante tanto como el anterior y mil disculpas por abandonarte tanto tiempo. Mil besos.

7: menudo review que me dejaste en el último capítulo. No tengo palabras, sólo puedo darte las gracias una y otra vez y alegrarme inmensamente de que te guste mi forma de escribir. Espero que este capítulo también consiga hacerte sentir todas esas cosas y, sobre todo, que te guste y lo disfrutes. Y mil disculpas por el tiempo que he tardado en ponerme al día. Gracias y mil besos.

Dianeli: gracias a ti por tu review y por tus palabras. Me encanta saber vuestra opinión y si el capítulo te gustó yo me doy por satisfecha. El último capítulo tiene muchas pinceladas de cosas distintas y tenía miedo no saber contarlo bien y que no se entendiera lo que quería decir pero veo que lo he conseguido y soy muy feliz. No sabes cuánto. Y sí tienes razón, Van es el hombre que todas soñamos. Soñamos porque aquí no hay ninguno :) Espero que este nuevo capítulo también consiga fascinarte y mil disculpas por haber tardado tanto en traerlo. Besos y gracias por estar ahí.

Araceli: madre mía que palabras tan bonitas me dejaste en tu último review. Maravilloso. Muchísimas, muchísimas gracias. Tienes razón, para la descripción del limbo he buscado inspiración en libros como el Infierno de Dante, la Biblia, el Zoar y un largo etc... así que me alegra haber conseguido describir lo que yo me imagino que es el limbo de una forma que te haya gustado. Y sí, sé que tengo mil dudas y preguntas que aclarar y prometo que lo haré en cada capítulo. Aunque a veces deje más preguntas que respuestas pero es que me gusta mantenerte intrigada (sonrisa traviesa) Muchas gracias por estar ahí y perdón por tardar tanto en seguir despejando tus dudas.

Erin Benz: Hola Erin, welcome a mi fic. Sí, habrá seguimiento porque ya tengo pensado y atado el final de esta historia, si no me matan antes en la universidad (es broma)

Pablo: mi querido Pablo, no sabes cómo me alegró el día tu review. Me alegra mucho saber que durante el ratito que lees cada capítulo te olvidas del mundo. Para eso escribo yo también, no sólo para evadiros a vosotros con esta historia, sino también para evadirme yo de la rutina y los problemas. Y soy muy feliz al saber que tú te evades conmigo, muy feliz... con respecto al capítulo, me alegro que te haya gustado el capítulo y ver a Hitomi de nuevo. Ya dije que saldría y saldrá más veces. Ya veréis ;) Espero que este nuevo capítulo te guste tanto como el anterior y que te sirva para desconectar igualmente. Mil besos, mil gracias por estar ahí y mil perdones por la demora.

Nadia: Hola cariño, gracias y mil gracias más por tus palabras. Me alegro que te gustara el hecho de que April siga viva aunque ya habrás podido leer que no sin algunas dificultades. Sé que te dejo intrigada con la aparición de Hitomi pero todo, todo, todo tiene un por qué y prometo que cada vez estamos más cerca de que mi diabólica cabeza os deje verlo. El final de esta historia lo tengo claro, aunque aún falta cortar mucha tela antes de eso. Prometo no decepcionarte. Millones de besos virtuales y gracias por estar ahí. Ah, y disculpa mi enorme y descomunal retraso. Prometo no abandonaros tanto tiempo.

Adeline: Adeline que palabras tan bonitas me dedicas en tu review. Muchas gracias por dejarlo para mí, fue genial leerlo. Siento haberte hecho sufrir tanto con April y Van pero todo tiene un por qué. Sé que la aparición de Hitomi te ha dejado descolocada y más estando tan depresiva y triste pero Hitomi tiene muy buenas razones para estar así. Pronto lo sabrás. Siento haber tardado tanto en actualizar, prometo que el siguiente estará listo mucho antes. Disfruta del capítulo y desde el otro lado de la red te mando un super beso virtual.

Ral: bienvenido a esta locura que yo llamo fic, Ral. Es un placer tenerte por aquí. Sé que esta historia es una locura pero es cosa de mi cerebro travieso que le gusta inventarse cosas así para pasar el rato :) y no te preocupes porque no voy a dejar de escribir. Me he retrasado por causas de fuerza mayor pero aquí voy a seguir hasta el final porque tengo tantas ganas de escribirlo como de que lo leáis. Espero que te quedes conmigo hasta la última página. Mil gracias por estar ahí y te envío un super abrazo virtual cargado de cariño.

Manolo: Hola Manolo. Qué nombre tan de mi tierra.. aunque seas mexicano. Estuve allí hace un mes y me enamoré de todo lo que tenéis allí. Aunque la comida me gustó tanto que casi me tienen que facturar en la bodega de carga del avión de los kilos que subí :):):) me alegra mucho tenerte por aquí. Gracias por dejarme el review y por tus palabras. Ha sido increíble abrir la página y encontrarlo. Me alegró el día y no sabes cuánto. Así que, mil gracias por dejarlo para mí y por estar ahí. Y espero que este nuevo capítulo te guste tanto como todo lo anterior. Abrazos cariñosos desde el otro lado del Atlántico.

Homero: Ay cuánto lo siento pero me ha sido imposible totalmente subir el capítulo antes. Espero que el contenido haga que, al menos, la espera haya merecido la pena. Y no, te prometo que no pienso dejar la historia a la mitad por nada del mundo. Hasta el final voy a estar aquí dando guerra con mis locas historias. Eso sí, siento haberme retrasado porque han sido muchos meses de espera, no volverá a ocurrir :) Mil millones de besos y gracias por estar ahí mi secret fanawen. Muaks.

En fin, esto era todo lo que quería decir.

Para consejos, sugerencias, opiniones, charlas amenas, ayudas, peticiones o tartazos (si pueden ser de chocolate mejor)... ya sabéis qué hacer. Os responderé tan rápido como me sea posible.

Sin más que añadir, me despido.

Nos vemos en el siguiente.

Love, Ela.