Quiero agradecer a RubyLRed y Gaby por sus reviews, y también a todos los que agregaron esta historia a sus follows y favoritos.
Disclaimer: Kimetsu no Yaiba es propiedad de Koyoharu Gotoge. Esta historia me pertenece.
Estrella en implosión
Capítulo 2: La fragilidad de las mariposas
― ¿Qué quieres?―preguntó el hombre frente a ella sin inmutarse por su presencia, y sin saludarla, entreabriendo solo un poco la puerta.
―Vine a matarte.
Él se le quedó viendo fijamente a los ojos y tras unos minutos cerró la puerta sin decir palabra.
Shinobu escuchó cómo quitaba el pestillo de seguridad y abría la puerta de par en par. Podía ver rastros de lágrimas en sus ojos, seguramente ella se veía peor.
― ¿No me vas a invitar a pasar?
―Son las cuatro de la mañana, si vas a matarme hazlo aquí, hay cámaras en el pasillo y será más fácil que te encarcelen.
―Ya cállate, Tomioka―dijo quitando uno de sus brazos de la puerta para adentrarse en el departamento.
Giyuu suspiró cansado, observó a ambos lados en el pasillo por mera paranoia y luego cerró la puerta, quedando sólo ellos dos ahí dentro. Fue directo a su cuarto, no tenía la más mínima intención de ser un buen anfitrión con esa mujer que llegaba sin avisar y lo amenazaba de muerte de buenas a primeras.
Ella no se quejó, conocía muy bien el departamento de Giyuu, lo había frecuentado mucho en su adolescencia y también en sus años como universitaria, aunque sin Sabito ese lugar era un desastre. ¿Cómo podía vivir así? La ropa tirada, los muebles sin lustrar…fue hasta la cocina y ahí estaba lo que imaginaba: una pila de platos sin lavar.
Había ido allí porque Giyuu, por más que nunca lo fuera a admitir, era su amigo, y más importante: jamás tocaría el tema de su hermana. Fue hasta la sala nuevamente, donde encontró una foto pequeña en el mueble de la televisión: en ella se veía a un anciano con una rara máscara enseñando un enorme pez, mientras un pequeño Tomioka trataba de agarrarlo y un pequeño Sabito lo miraba con ganas de comérselo crudo. Giyuu sabía perfectamente lo que era perder a un ser querido.
Miró la hora y recién habían pasado siete minutos desde que estaba ahí. El tiempo parecía estar pasando jodidamente lento, ¿y para qué quería que pasara rápido? Ya nada tenía sentido, ni siquiera su absurda venganza, después de todo no había rastro de Douma en su antigua casa. No podría encontrarlo jamás.
Desde la habitación Tomioka escuchó cómo la muy descarada había puesto música a todo volumen, suponía que era para limpiar, no quería creer que era para que no la escuchara llorar. Cerró los ojos y trató de conciliar el sueño, esa noche –o mejor dicho mañana- sería pesada.
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Su celular sonó a las siete de la mañana y no pudo apagarlo, no porque estuviera dormido aún, sino porque estaba luchando para vestir a su hermano menor que ese día iniciaba el jardín de infantes y no parecía estar muy emocionado al respecto. De todos, Rokuta siempre fue el más desobediente, pero era pequeño y jamás podría enfadarse con él u otro de sus hermanos. Si le ponía una zapatilla, él mandaba a volar la otra, si iba por ella el niño se quitaba la remera y el pantalón para luego cruzarse de brazos y hacer un mohín.
―Vamos, Rokuta. Sé un buen niño, todos tenemos que ir a la escuela―dijo Tanjiro mientras ataba el cordón de su zapatilla y el pequeño hacía un esfuerzo por quitarse la otra.
La alarma se detuvo repentinamente y ambos observaron a Nezuko acercarse y ponerse en cuclillas.
―Deja, yo lo hago―dijo su hermana guiñándole un ojo. El mayor se sintió aliviado, Nezuko tenía un poder de convencimiento especial en sus hermanitos.
―Tienes razón, gracias Nezuko―dijo un tanto aliviado por recibir ayuda. Le alegraba no estar solo en eso, aunque no quería que ella cargara con tantas responsabilidades, era una jovencita y como tal debía salir a cafeterías y enamorarse.
― ¡Tanjiro, pero qué caras raras haces!―dijo mientras reía y terminaba de cambiar a Rokuta.
Los tres bajaron apresurados, con el berrinche que había hecho Rokuta ya estaban tarde, sin embargo su madre les dijo que podían desayunar tranquilos y luego ir al instituto, que ella dejaría a los niños en sus respectivas escuelas de camino al trabajo. Y Rokuta podía desayunar en el jardín.
― ¿Estás segura, mamá? No quiero que te sobreexijas―dijo preocupado Tanjiro, haciendo que su madre le sonriera reconfortantemente.
―Muchas gracias, Tanjiro. Ya estoy bien, por favor, déjenme ayudarlos y tomar mi rol de madre.
Nezuko y Tanjiro aceptaron y se despidieron de sus hermanos, pidiéndoles que se comportaran con su madre, luego se sentaron con la intención de desayunar lo que ésta les había preparado, pero no pudieron tocarlo siquiera.
La chica suspiró acongojada una vez escuchó que salieron y él no sabía cómo consolarla porque se sentía igual. Desde que su padre había muerto hacía unos años, su madre había entrado en una profunda depresión que la mantuvo confinada en su habitación, pues si salía a la calle instantáneamente sufría de ataques de pánico o ansiedad; dentro de la casa parecía ausente en todo momento y de no ser por el esfuerzo de los mayores hasta habría muerto por inanición. Así fue la vida de ambos desde hacía dos años, cuando Tanjiro apenas acababa de cumplir los quince años y Nezuko tenía trece años.
No sólo tuvieron que hacerse cargo de su madre, también estaban sus hermanos menores, quienes también habían perdido a su padre y todos los días se dormían llorando creyendo que su madre también moriría, porque no entendían su enfermedad y los mayores tampoco sabían cómo explicarlo bien.
Ellos dos tomaron responsabilidades que no les correspondían a esas edades. Nezuko vendió todos sus kimonos, con excepción de su favorito, uno rosado que le había regalado su padre; el resto que eran regalo de sus familiares que sólo querían celebrar su belleza: los vendió, todo para pagar el tratamiento médico que su madre recibía. Además tomó el rol de ama de casa y también cuidaba a sus hermanos a la par que Tanjiro, quien no se quedó cruzados de brazos, consiguió cuanto trabajo pudo para poder solventar los gastos. Fueron años muy duros para la familia Kamado, pero extrañamente un día su madre comenzó a verse más normal, empezó a interactuar con los menores, empezó a salir al patio y cuidar de las flores, empezó a preparar las comidas, hasta que hacía unos días les había informado a sus hijos que había recuperado su antiguo trabajo en una tienda del centro.
Los mayores no sabían cómo reaccionar a esa noticia, no podían prohibirle nada a su madre: era su madre, era un adulto. Pero veían muy abrupto el hecho de retomar tan pronto la rutina diaria. Tanjiro trató de persuadirla pero no pudo hacerlo, Nezuko tampoco.
Hoy era el primer día en que ella estaría fuera de casa y trabajando desde hacía más de dos años.
― ¿Tú crees que está fingiendo?―preguntó preocupada Nezuko, no temía que lastimara a sus hermanos ni mucho menos, temía que le diera un ataque en medio de la calle o en el trabajo y nadie supiera cómo ayudarla. Tanjiro tomó la mano de su hermanita para consolarla, ésta lo agradeció y la apretó fuerte. Debían confiar en que todo iría bien.
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Colgó la llamada. Sus padres estaban muy preocupados por haber despertado ese día y no haberla encontrado. Obviamente no podía decirles que salió a buscar al asesino de su hermana, tan sólo mintió diciendo que Giyuu la necesitaba y no podía dejar a un amigo en apuros. El aludido, que había escuchado toda la conversación, algo inevitable ya que estaban viajando en el mismo auto, no tenía buen semblante. Primero porque había dormido fatal y segundo porque odiaba que Shinobu lo pintara como una persona lamentable.
― ¿Por qué no te tomas unos días del trabajo?―preguntó para hacer conversación, pero ella tan sólo giró su rostro para ver hacia la calle. Haciéndolo enojar y callarse.
El camino hasta el laboratorio terminó siendo bastante incómodo, ambos tenían un muy mal genio esa mañana. Por suerte, sus oficinas estaban separadas: ella era microbióloga y él farmacéutico. Si bien sus oficios se relacionaban no compartían la misma área de trabajo. Él trabajaba en la planta baja, en la venta al público, ella tenía una oficina en el segundo piso aunque se la pasaba casi todo el día en el laboratorio de pruebas en el último piso del edificio.
―Espero que te contagies de algo―dijo mientras terminaba de estacionar el auto. Como Shinobu no durmió en toda la noche, decidió que lo correcto era no dejarla manejar; cómo se arrepintió de esa decisión durante todo el camino...
―Espero que entre un ladrón y te vuele la cabeza―respondió con una sonrisa, una que a él le enfermaba. ¿Por qué esa manía de querer parecerse a Kanae? ¡Jamás podría! En principio, esa mujer no fingía ni forzaba su sonrisa, pero eso era algo que jamás le diría.
Ella tomó el ascensor y él las escaleras. Ya tendrían más tiempo para atacarse en el camino de regreso.
Una vez en su oficina, se sentó frente a su computadora, mordió la punta de su dedo pulgar mientras buscaba entre todas sus carpetas. Lo había ocultado tan bien que no lo encontraba fácilmente, aunque ése era el punto, ¿no?
Escroleaba entre los archivos de varias carpetas, activando la opción de carpetas ocultas, pero no lo encontraba…había ideado esa fórmula hacía varios años pero nunca la llevó más allá del papel porque empezó a creer que no era necesario, cuando el ADN de Douma apareció en las uñas de Kanae quiso creer que era suficiente para que lo encerraran, pero no…ahí estaban, ocho años después y él gozando de libertad, llevando el título de inocente. Eso la enfurecía tanto, ya no la angustiaba sino que llenaba su ser de ira y odio. La justicia podía irse al demonio, ella haría justicia.
―Kocho―la voz de Himejima le hizo detener su búsqueda, la había tomado desprevenida, pero por suerte su jefe era ciego y no pudo ver su claro susto al ser descubierta―. ¿No quieres tomarte unos días?
―Aprecio mucho su oferta, señor Himejima, pero prefiero venir aquí y trabajar. Mantener mi cabeza ocupada―. Odiaba mentirle, aunque técnicamente eso no fuera una mentira.
El hombre asintió y se retiró, no sin antes asegurarle que siempre tenía su puerta abierta para hablar. Lo sabía, siempre lo supo, pero ella…no podría confiarle su plan a nadie jamás.
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― ¡Rápido, Nezuko, o no lo conseguiremos!―gritaba Tanjiro mientras ambos corrían antes de que cerrasen las rejas del instituto. Al final se tomaron demasiado tiempo para desayunar y estaban llegando para las últimas campanadas.
La suerte demostró no estar del lado de los hermanos Kamado cuando la reja se cerró a tan sólo unos metros de que ellos llegaran, pero en verdad era sólo una broma del presidente estudiantil, quien siempre se quedaba vigilando que todos entraran a tiempo.
― ¡Tanjiro!―dijo a modo de saludo. Dejando salir un grito ahogado cuando vio lo linda que se veía Nezuko cansada por tanto correr―. ¡Nezuko!―gritó aferrándose a los barrotes y apoyando su cara contra éstos―. ¡Buenos días, Nezuko!
―Zenitsu, menos mal que estás aquí. Lamentamos llegar tarde, ¿podemos pasar?
―Tan educado como siempre, Tanjiro. Por supuesto―dijo dejando salir una risilla embobada al oír la respiración agitada de Nezuko por haber corrido, ¡ah, Nezuko era tan perfecta!
―Zenitsu…Zenitsu…―el chico de cabellos castaños miró preocupado a su amigo, quien parecía perdido en alguna fantasía, mientras Nezuko movía una mano por frente de los ojos del rubio, sin obtener respuesta―. Esto tomará tiempo, Nezuko. Adelántate.
―De acuerdo. Saluda apropiadamente a Zenitsu de mi parte―pidió la chica mientras comenzaba a correr nuevamente pero esta vez hacia su salón.
El mayor hermano de los Kamado se quedó viendo cómo ella se alejaba, se veía tan grande…no podía recordar en qué momento dejó de ser esa linda bebé que una vez sostuvo en sus brazos. Nezuko crecía tan bien, ya era toda una señorita, deseaba poder apoyarla lo suficiente como para que hiciera una vida normal pese a las desgracias que habían pasado esos últimos años. Sin embargo, su familia no era de la única que estaba preocupado.
Se volteó hacia su amigo quien seguía soñando despierto con su hermana, torció la boca aunque no era molestia lo que sentía, al principio su instinto de hermano protector quería alejar a Zenitsu a toda costa de Nezuko, pero un día entendió que él era una parte importante y un apoyo significativo en la vida de su hermana, así que decidió hacerse a un lado. Que pasara lo que tuviera que pasar. Pero si llegaba a hacerla llorar algún día…seguramente no respondería por sus acciones.
―Tan-Tanjiro… ¿qué ocurre?―preguntó temeroso el rubio al ver la cara de enfado que iba apareciendo poco a poco en el rostro de su calmado amigo. Su imaginación comenzó a hacer meya en su cabeza: ¿algo había ocurrido en el camino? ¿Acaso había aparecido un acosador? ¿Nezuko estuvo en peligro? ¡No, no podía ser estando con Tanjiro! O tal vez…él corrió muy por delante, un auto estacionó repentinamente entre ambos, separándolos, y entonces un acosador bajó del auto y trató de raptar a su Nezuko―. ¡No! ¡Tanjiro, te confío a Nezuko y así me pagas! ¿¡Por qué no la proteges!?―gritaba mientras lo sacudía tomándolo de su camisa.
― ¿Eh? ¿¡Eh!? ¿Qué pasó con Nezuko?―preguntó confundido mientras continuaba siendo sacudido.
Sus ojos se movieron por sí solos hacia las ventanas de la escuela, encontrando a quien buscaba, creyendo fervientemente de que eso debía ser cosa del destino. Se veía como siempre, no parecía ni triste ni feliz, estaba como siempre, ¿eso sería bueno?
―Así que vino…
― ¿Eh? ¿Quién?―cuestionó Zenitsu pegando su mejilla a la de su amigo, tratando de mirar hacia donde él―. ¿Kanao? Sí, llegó temprano. Hoy es el segundo día del torneo de baloncesto, pero como su equipo jugó ayer hoy puede asistir a clases―. Explicó, sorprendiendo a Tanjiro, quien al cabo de un momento sonrió, Zenitsu podía ser muy eficiente cuando se lo proponía.
―Eres un buen presidente estudiantil, Zentisu―le alagó, haciéndolo sonrojar y dudar de su masculinidad.
―Lo siento, Tanjiro, pero mi corazón le pertenece a Nezuko―dijo seriamente mientras se apartaba de él.
El chico rió ante el comentario de Zenitsu, no lo entendía bien cuando hacía comentarios raros pero los dejaba pasar. Se disculpó y se adelantó, quería hablar con Kanao antes que iniciaran las clases. Estaba preocupado…
Tenía motivos para estarlo, al menos eso era lo que le diría ella si fuera capaz de expresar todo lo que estaba sintiendo. Se sentía fuera de su cuerpo, caminaba por mero impulso, sonreía porque eso era lo que siempre ella les decía: "una sonrisa queda mejor en el rostro". ¿Pero no era mejor llorar si estaba triste? ¿Por qué debía sonreír? ¿Para no preocupar a los demás? Si los demás no se preocupaban por ella, ¿por qué debería ser considerada con ellos? La familia Kocho era demasiado buena y amable.
Durante su infancia había conocido sólo dolor y sufrimiento, nunca entendió por qué sus padres la odiaban tanto, tampoco preguntó porque cada palabra que salía de su boca era castigada con un golpe. Dolía…hablar dolía. Con el tiempo aprendió a callar, a guardarse sus pensamientos para sí y en cierto punto hasta olvidó su nombre, ¿cuál de todas esas palabras que sus padres repetían era? ¿Basura? ¿Desgracia? ¿Inútil? ¿Inservible? ¿Muere? Cualquiera podía ser ya que siempre las usaban para dirigirse a ella. Pero de algo sí estaba segura: su apellido era Tsuyuri, estaba escrito en el cartel de entrada de esa casa.
Un día todo cambió, un día llegaron unas personas a esa casa, comenzaron a discutir y señalarla. No recordaba esa discusión, sólo que la veía de lejos y de repente unos lindos ojos color rosa se posaron frente suyo. Quedó hipnotizada, eran preciosos. Esa chica tomó su mano, mientras que su otra mano fue tomada por otra chica, menor que la primera, y con ojos color violeta. Se parecían y a la vez no, la chica de ojos rosas tenía una hermosa sonrisa en su rostro mientras que la chica de ojos violeta fruncía el ceño pronunciadamente. La llevaron hasta una camioneta donde había una mujer igual de hermosa que esas chicas, se veía angustiada, ¿por qué? Tocó su cabello y vio cómo esa mano blanca terminaba sucia, con tierra, al igual que las manos de las chicas. ¿Era por ella? ¿Estaba sucia?
Un hombre no tardó en entrar a la camioneta, claramente molesto, y arrancó pese a las preguntas de la mujer que se sentaba adelante. Ella tan solo se quedó ahí sentada, sin mirar hacia atrás, sin preguntarse qué pasó, nada.
Tiempo después se enteró que esas chicas eran sus primas y esos adultos eran sus tíos. Una persona que se decía a sí mismo "psicólogo" siempre repetía una palabra para describir a sus padres: abusivos. Y una señora que siempre parecía estar apurada iba cada tanto a la casa de sus tíos para preguntarle cómo la trataban, asegurándole que no volvería con sus padres. Eso en vez de ponerla triste le daba un gran alivio, le quitaba un poco el miedo, sin embargo nadie podía hacer que hablase porque todavía recordaba el dolor que ello significaba.
― ¡No la entiendo!―exclamó con frustración la menor de las Kocho―. Hermana, ¿qué hacemos? No habla, tiene nueve años y no dice ni una palabra. No es muda, no es sorda, sabe escribir y leer, así que debe saber hablar.
―No te preocupes, Shinobu―dijo Kanae dejando sus deberes de lado para acercarse a la pequeña y abrazarla―. Lo importante es que es linda―comentó, haciendo que su hermana exhalara exasperada―. Cuando ella decida que quiera hablar, hablará. ¿No es así, Kanao?
Recordaba esa conversación, también recordaba que no podía dejar de ver el collar con una moneda que Kanae tenía en el cuello, uno que ahora le pertenecía. El cual en esos momentos agarraba con fuerza con su mano libre, a raíz de esos recuerdos de su niñez.
Se detuvo antes de entrar al salón, un amargo sabor llegó a su boca, uno que no podía tragar por el nudo en su garganta. Sin embargo, sus ojos seguían secos. No lo entendía, ¿por qué no podía llorar? ¿Qué había de malo en ella?
―Kanao.
La voz de Tanjiro la dejó congelada en su lugar, sabía lo perceptivo que él era y en verdad no quería que notara cómo se encontraba, no quería preocuparlo, él ya tenía demasiado con cinco hermanos y su madre a cargo.
―Kanao―repitió tocando suavemente su brazo, pero ella no respondió, un extraño escozor en sus ojos la empezó a molestar. Pestañó varias veces y sintió que el ardor aumentaba, contagiando a su nariz. De repente Tanjiro la abrazó, intentó pedirle que la soltara pero las palabras no salían, intentó zafarse pero él tenía mucha fuerza, y de repente unas gruesas gotas comenzaron a salir de sus ojos―. Puedes llorar, Kanao. Yo siempre estaré aquí para ti.
Por segunda vez Kamado Tanjiro había sacado a flote algo nuevo de ella.
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Luego del almuerzo se encaminó hacia el laboratorio, con la fórmula de aquel veneno que había desarrollado minuciosamente, guardado en un pendrive que llevaba dentro del bolsillo superior de su bata. Se sentía nerviosa, observada, como si todos supieran su plan, pero trataba de calmarse ya que eso era imposible. Nadie sabía lo que tramaba.
Se adentró al pequeño cuarto de desinfección en el que debía pasar diez minutos antes de entrar y otros diez para salir del laboratorio. Escuchaba el sonido de ese vapor agridulce invadir sus oídos, al igual que golpeaba con fuerza todo su cuerpo. Si se ponía a pensar toda su vida giraba en torno a Douma…eso le desagradaba tanto…pero incluso había elegido esa complicada carrera para poder vengarse de él. Después de todo, ni se había graduado cuando todo pasó.
Estaba encerrada en el cuarto que toda su vida había compartido con su hermana, las persianas estaban bajas para que la oscuridad fuera lo único en la habitación, no quería mirar hacia su lado y encontrar un lugar vacío.
Odiaba a Douma.
Hacía unas semanas, luego de la graduación de preparatoria, su hermana se casó y se fue a vivir con su mejor amigo. Aunque si se ponía a pensar debía dejar de llamarlo así, hacía años Douma había dejado de ser eso, justo cuando obtuvo toda la información que quiso de Kanae. Pero ella no fue capaz de reclamarle nada, era su cuñado y su madre decía que sería extraño pese a que Kanae no le reclamaría. ¿Y por qué debería? No le estaría haciendo un desplante porque lo quería a él, era porque la quería a ella.
Abrazó fuerte la almohada contra su pecho, si ella era feliz debía dejarlo ser. Sin embargo, un mal presentimiento que le hacía doler el corazón se hacía cada vez más grande sin que pudiera reprimirlo. ¿Qué era eso? ¿Por qué se sentía así?
La alarma de la puerta abriéndose la trajo de nuevo a la realidad y se adentró al laboratorio, como supuso no había nadie, pues el horario de trabajo allí era a la mañana. Más allá de proyectos asignados, no había personal en la tarde, ¿por qué lo habría? No eran más que un laboratorio farmacéutico.
Se acercó a una de las computadoras y conectó su pendrive. La hora había llegado, durante esos días averiguaría si su fórmula era correcta o había desperdiciado años en ese trabajo, el cómo lo aplicaría en ese malnacido lo dejaría para después, junto a la tarea de encontrarlo.
¿Dónde estaría? Podría ser en cualquier parte…incluso podría haberse ido del país. Apretó fuerte el mouse y juró en medio de ese silencio que lo encontraría incluso si para eso debía bajar al infierno. Por su hermana, juraba que lo haría pagar.
Las lágrimas se acumularon en sus ojos y maldijo todo. Odiaba llorar, odiaba no poder sonreír, odiaba que ella ya no estuviera viva. ¡Y todo por su culpa! Respiró hondo. Si tan culpable se sentía, debía apresurar su plan. Nada ganaba llorando. Frotó sus ojos con su antebrazo y se puso manos a la obra.
La mayoría de las cosas que necesitaba estaban allí, otras entrarían en los próximos días al laboratorio, sólo debía tener paciencia. Mezclaba líquidos y sustancias viscosas, debía utilizar una máscara para algunos por el potente olor, pero si todo funcionaba crearía un veneno que no lo mataría al instante. Porque ella quería que sufriera. Su idea era desarrollar un veneno capaz de paralizar su corazón y luego de tres días reanimarlo, dejar todo su sistema como en un estado de criogenia para que la reanimación fuera un éxito y despertara enterrado bajo tierra. Moriría por asfixia, desesperado, gritando por ayuda. Solo, como merecía.
Tan concentrada estaba pensando en ese momento que sin querer el tubo de pruebas cayó al suelo, se apartó lo más que pudo antes que impactara pero aun así el contenido salpicó en su pantalón, comenzando a desintegrar la tela.
―Qué demonios…―susurró al observarlo, suspirando derrotada. Eso no se acercaba ni un poco a su idea original. Mas era la primera prueba, podía fallar. Fue por algo para limpiar aquel desastre, no podía dejar ni un rastro.
Mientras limpiaba se preguntó qué hora sería, el laboratorio no poseía ventanas sólo aire acondicionado, por seguridad y porque el dueño del lugar era ciego así que las ventanas no eran muy de su interés; así que no podía saber en qué momento del día se encontraba.
Terminó de limpiar, algo que le tomó bastante tiempo pues todo tipo de tela que acercaba a esa sustancia era consumido, como si se tratara de lava; por lo que tuvo que usar contenedores de vidrio y un cepillo de acero para levantarlo, algo realmente complicado. Lo selló dentro de una caja con la insignia "desecho peligroso" y se deshizo de él, luchando contra la curiosidad de qué ocurriría si eso tocara la piel humana.
Observó la hora: ya estaban por pasar de las ocho de la noche. Era imposible saber si alguien le había escrito o llamado pues no había señal allí dentro. Seguramente Tomioka ya se había ido a casa, su turno acababa a las cinco y no era posible que la esperara hasta esa hora, los trenes disminuirían su recorrido pronto así que decidió que lo mejor era irse a casa. Tenía mucho tiempo para desarrollar el veneno.
Se tomó su tiempo para guardar todo cuidadosamente. Luego se metió con tranquilidad en el cuarto desinfectante, pero ésta se desvaneció ni bien puso un pie afuera. Su celular vibraba y sonaba como si estuviera poseído por alguna fuerza sobrenatural: sus padres, su hermana, Kanroji, Tomioka…
―Cambia esa cara al menos―dijo con fastidio una voz masculina. Y si, su cara cambió pero no porque se lo hubiera ordenado sino porque de verdad la sorprendió.
―Tomioka, ¿qué haces todavía aquí? ¿No terminabas a las cinco?―El hombre frente a ella la miró con disgusto.
―Lo hace peor el hecho de que lo supieras―dijo sin cambiar su tono de voz―, vamos.
Shinobu obedeció sin rechistar porque todavía no salía de su asombro: él esperó por ella tres horas en ese pasillo, sin nada más que su celular como distracción. En el ascensor revisó sus mensajes: Kanroji le informaba que su hermana se había ido de la escuela porque no se sentía bien, pero le pedía que se quedara tranquila porque Kamado Tanjiro la acompañaba. En verdad no sabía cómo sentirse, que un hombre se acercara a su otra hermana le daba todo menos confianza, pero no quería cerrarse a la idea de que todos los hombres eran unos asesinos psicópatas, menos ese chico que era más bueno que el pan, los Kamado eran vecinos suyos y conocía a ese chico desde que nació. No era nada parecido a Douma, su bondad era genuina. Otro mensaje era de su hermana contándole lo mismo prácticamente. Tenía algunos mensajes de Tomioka así como llamadas, y luego llamadas de sus padres. No había mensajes de ellos así que decidió llamarlos.
― ¿A quién llamas?―preguntó su acompañante, pero ella le hizo un desprecio―. ¿Así le respondes a alguien que te esperó por tres horas?
―Nadie te pidió que lo hagas.
Tomioka rechistó sonoramente, esa era una típica respuesta de Shinobu. De la real. Sonrió, haciendo que su amiga pensase que estaba loco. Sonreír de la nada, Tomioka sí que es raro, pensó.
―Hola, mamá. Sí, lo siento, se me fue la hora… ¿a casa? Ah, claro…―antes de poder seguir hablando el teléfono le fue arrebatado, reclamó enfadada pero Giyuu no le hizo caso, no necesitando más que un brazo para detenerla y además cubrir su boca.
―Hola, Sra. Kocho, soy Tomioka Giyuu. Sí, tanto tiempo…lo siento, hoy su hija se quedará en mi departamento, soy su único transporte y ya es muy tarde para llevarla…sí, yo la cuido, gracias por entender. Adiós.
En cuanto colgó soltó a Shinobu, quien a penas y podía respirar. Se alejó hasta el otro extremo del ascensor y lo observó completamente enfadada, ¿¡cómo se atrevía!? ¿¡Y por qué su madre había aceptado así como así!? Estaba tan enojada que no le habló sino hasta que él quitó el seguro a su auto.
―Por estas cosas es que todos te odian―dijo antes de entrar al auto y cerrar la puerta fuertemente.
Tomioka se la quedó mirando inexpresivamente para luego soltar el celular, que no le había devuelto ni ella pedido de regreso; y éste se estrelló contra el suelo, observando cómo el enfado de la chica iba en aumento. Entró al auto sin más, cerró la puerta calmadamente y se colocó el cinturón. Puso la llave en el arranque, encendió el auto y cuando estaba por dar marcha atrás, Shinobu salió hecha una furia a recoger su celular para luego entrar y cerrar la puerta con más cuidado, haciendo que una pequeña sonrisa se formara en los labios de él.
Esa sería una noche interesante.
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Su abogado le había aconsejado no acercarse a la escena del crimen otra vez, pero necesitaba ir en búsqueda de ese broche, lo obsesionaba la idea de tenerlo en sus manos porque era la forma simbólica de Kanae Kocho. Su tan amada primera esposa…amada…amor, qué palabra curiosa. En verdad creyó que podría sentir eso que llamaban amor con ella, pero al no poder hacerlo enloqueció y sin darse cuenta el broche estaba en su mano y en la otra un cuchillo ensangrentado. En el suelo el cuerpo frío y sin vida de su mujer. El sólo recordarlo lo llenaba de una emoción profunda, tal vez él amaba a la muerte…sí, ese sentimiento de matar que experimentó que combinó felicidad, emoción e hinchó su pecho debía ser amor.
―Ojalá algún día pueda agradecerte, Kanae―susurró al viento mientras se adentraba en la casa. La cerradura no había sido cambiada y él había escondido una llave bajo uno de los lirios de Kanae. Se sorprendió al ver ese jardín tan maltrecho, creyó que Shinobu iría a cuidarlo.
¡Shinobu! Su amiguita, su querida y pequeña amiguita. A ella también debía agradecerle, por haberle presentado a tan hermoso ser que le trajo con su muerte el descubrimiento de su verdadero amor. Quería verla…a la muerte…sentir cómo hacía que su pulso se acelerara. ¿Sería Shinobu tan amable de ayudarlo otra vez?
― ¡Ahh!―un grito a sus espaldas lo sacó de sus pensamientos y cuando volteó vio a una hermosa jovencita, aterrada, con un bebé en brazos y golpes por todo su cuerpo―. ¿¡Quién eres!? ¡Nadie entra aquí!
―Tranquila―dijo tratando de sonar amable―. Tranquila, soy el antiguo dueño de esta casa. Sólo quería venir a buscar alguna pista…tantos años persiguiéndome para descubrir lo que yo siempre les dije: soy inocente. El asesino de mi amada esposa sigue suelto.
Se dejó caer de rodillas y comenzó a llorar, pero pese a lo que esa joven creía sus lágrimas no eran de tristeza, eran de regocijo. Ahí frente a él tenía a su futura ofrenda, su amor, la muerte, seguramente se encantaría por tan hermoso ejemplar. Tal como lo hizo con Kanae.
El bebé comenzó a llorar y eso lo hizo detenerse, la mujer seguía a una distancia prudente de él, intercalando su mirada entre él y la salida más cercana. Se secó las lágrimas con la manga de su sweater y le tendió la mano.
―Qué milagro. Un bebé es un hermoso milagro. Uno que jamás pude tener la dicha de concebir con mi difunta esposa. ¿Cómo se llama?
―I-Inosuke…―respondió con desconfianza la chica.
― ¡Qué maravilloso nombre! ¿Y el tuyo?
―Kotoha.
―Mucho gusto, Kotoha. Yo soy Douma…veo que no tienen dónde quedarse.
Continuará…
La verdad estaba en duda de cómo manejar la relación de Douma y Kotoha, porque leí un doujinshi entre ellos dos que me encantó pero Douma es y siempre será un psicópata XD así que así se quedará. Espero que les esté gustando :3 subiré un capítulo por semana, es decir, que todos los jueves, hasta que acabe este fic, habrá un cap.
Ja-ne!
