Aquella tarde, cuando Tohru regresó del trabajo, sintió mucho alivio al saber que todos se encontraban a salvo, y también le dio mucha risa cuando Shigure le contó la historia del nombramiento de la gatita Chi.
Por otro lado, Kyo estaba harto y cansado, no quería estar cerca de Chi en la noche. Tohru se quedó con Chi aquella noche y se acurrucó con ella para que ambas durmieran tranquilas.
A la mañana siguiente, Tohru sirvió el desayuno de todos y se fue a la escuela. Yuki se encerró en su cuarto, Shigure leía frente a la entrada y Kyo dormitaba bajo un árbol muy cercano a la casa. De repente, un dolor intenso interrumpió la tranquila mañana del gato.
—¡AAAAAAAAAAAAAAAYYYYYYYYY!—se quejó Kyo.
La gatita Chi había mordido juguetonamente la cola de Kyo.
—¡Kyo, juguemos!—le pidió Chi.
—¡No quiero jugar! ¡SUELTA MI COLA!—Kyo abrazó su cola y se liberó de la gatita. De alguna forma, se sentía avergonzado.
Pero Chi era muy persistente. Se montaba en él y mordía divertidamente las orejas naranjas de Kyo, hasta que finalmente hizo que perdiera la paciencia.
—¡¡¡DÉJAME EN PAZ!!! ¡¡¡SAL DE MI VISTA!!!—le espetó Kyo.
Chi se espantó y se erizó hasta la punta de su cola. Sus enormes ojos se llenaron de lágrimas y salió corriendo, dio vuelta a la casa y desapareció.
Kyo se sintió terrible. En realidad no quería gritarle, sólo quería un momento de paz y tranquilidad. Pero era una bebé. No merecía ser tratada de esa manera.
Shigure se acercó a Kyo y se sentó junto a él. Kyo sólo refunfuñó.
—Ya sé, ya sé. Aún soy cinta blanca en relaciones. Es que... agh... ¡No entiendo por qué es tan difícil!
Shigure no le dijo nada. Sólo miraba tranquilamente el paisaje.
—Aún recuerdo la primera vez que viví la semana del cometa. Tendría alrededor de 4 años—comenzó Shigure—. Apenas era consciente de la maldición del zodiaco. Y cuando me transformé en cachorro sin razón alguna, me asusté tanto que huí del estado Soma.
Kyo volteó a verlo asombrado. Sus orejas se irguieron atentas a la historia de Shigure.
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Corrí y corrí hasta que me cansé. Había llegado a un callejón peligroso de la ciudad. Para colmo de males, había empezado a llover. Por fortuna, encontré un refugio cercano.
Pasaron las horas, y yo seguía siendo un cachorro. Tenía miedo de que hubiera hecho algo malo, y los espíritus me hubieran castigado convirtiéndome en perro para siempre. De pronto, una voz me sacó de mis pensamientos.
—¿Qué estás haciendo aquí, pequeño? ¿Dónde están tus padres?
Era una joven perra blanca con manchas beige. Era callejera, y el refugio donde me había protegido de la lluvia, era en realidad su casa.
—¡Lo siento! ¡Lo siento mucho! ¡Huí de casa! ¡Tengo miedo!—traté de disculparme.
Pero ella sólo me sonrió.
—Parece que la lluvia seguirá toda la noche. Si quieres, puedes quedarte conmigo. Mañana buscaremos a tus padres. ¿Está bien?
Y así, conocí a Mai-Lin. La perra con el corazón más grande que haya conocido.
Al día siguiente, Mai-Lin me llevó a recorrer la Ciudad. Me enseñó cómo es que los perros callejeros sobreviven en el medio urbano. Como se habían organizado para que ciertas familias vivieran en distritos, y cómo conseguir comida cuando vives en las calles...
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—¡Espera un minuto! ¿No comiste de la basura, verdad?—preguntó Kyo, asqueado.
—¡La basura de unos, es el tesoro de otros!—se burló Shigure—. Pero no, Mai-Lin me enseñó cómo ganarse la confianza de las personas, para que al final te dieran lo que quisieras.
—Eso explica muchas cosas—murmuró Kyo entre dientes.—Y a todo eso, ¿Por qué me cuentas esto ahora?
—Lo sabrás cuando termine.
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Mai-Lin era muy amable conmigo. Pero, nunca me atreví a decirle que yo era en realidad un niño humano. También era muy desorientado. Le dije que vivía en una casa de la familia Soma, pero ni ella ni yo sabíamos cómo llegar.
Un día, mientras preguntábamos por indicaciones en un parque, ¡Unos bravos perros policías nos corrieron de ahí! Al parecer, Mai-Alonzo era conocida ahí por robar la comida de picnics.
Los perros nos persiguieron hasta un callejón. Mai-Lin trató de calmarlos.
—Por favor, muchachos, juro que no fui por comida.
—¡No mientas, Mai-Lin!—dijo uno de los perros guardianes.—¡No nos vas a engañar hoy!
De pronto, el otro perro se acercó a mí y me gruñó. Yo estaba tan asustado, que me escondí detrás de mi amiga.
—¿Y este qué?—gruñó el perro.
—¡No lo toques!—le gruñó Mai-Lin—¡Es mi hijo!
Yo me quedé asombrado, pero los perros empezaron a reír.
—JAJAJAJAJAJAJAJAJA. ¡¡TÚ NUNCA PUDISTE TENER HIJOS, MAI-LIN!!—ladró uno.
—¡¡YO CREO QUE LO ROBASTE!!—ladró su compañero.
De inmediato, Mai-Lin se lanzó al ataque y mordió ferozmente a los perros. ¡Jamás la había visto pelear así! ¡Era una verdadera guerrera!
En cuanto se presentó la oportunidad, Mai-Lin me tomó en su hocico y regresamos al refugio. Ya a salvo, noté que ella también estaba lastimada. Por suerte, no muy lejos de ahí crecían unas hierbas curativas. Con lo que me enseñó mi tío, el padre de Hatori, pude sanar las heridas más fuertes de mi amiga. En ése momento, un ferviente deseo de regresar a casa inundó todo mi cuerpo. Sabía que en el estado Soma, habría gente que pudiera ayudar a Mai-Lin.
—Shigure—me llamó con un susurro—Gracias.
Al día siguiente, Mai-Lin me enseñó a entender los mensajes ocultos en los aullidos, a agudizar el olfato, y a tener sentido de la orientación. Justo ése día, pude reconocer el camino de regreso, y ambos llegamos al Estado Soma.
Adentro, mis padres me reconocieron y me recibieron aliviados. Tuve que decirle la verdad a Mai-Lin, aunque tuviera miedo de perderla. Sin embargo, ella aceptó la verdad; y aunque se sorprendió cuando volví a ser un niño humano, aún me quería como a un hijo.
Un veterinario de la familia atendió a Mai-Lin, y por un maravilloso mes, tuve la alegría de tener a mi primera amiga dentro de mi familia.
Pero un día, ella desapareció. La busqué por todo el estado, pero nadie la había visto. Llegué a la casa principal, mis padres sollozaban y el padre de Hatori los consolaba. Se acercaron a mí, me dijeron que el bebé Akito era alérgico a los perros callejeros, por lo que se mandó la orden de poner a dormir a Mai-Lin.
Estaba desconsolado. No pude ni siquiera despedirme de ella, o darle las gracias por todo lo que me había enseñado.
Durante el tiempo que viví con ella, sentí que al aprender del mundo de los perros, también había empezado a entender mi mundo.
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Shigure guardó silencio, al igual que Kyo. El gato notó que una pequeña lágrima se asomaba en el ojo derecho de Shigure.
—Mai-Lin me encontró en mi momento de mayor debilidad, y después de tantos años, aún creo que no fue una coincidencia—Shigure volteó a ver a Kyo con una sonrisa fraterna—Kyo-Kun, tú no encontraste a ésa gatita por casualidad. Ella te necesita más de lo que te puedes imaginar. Así como tú a ella.
Kyo se quedó pensando en las palabras de Shigure. De pronto, un agudo maullido de terror llamó la atención de los primos.
—¡CHI!—gritó Kyo y corrió tras la gatita, con Shigure de cerca.
Ambos corrieron colina abajo, ¡Chi estaba colgando de una rama, en un precipicio!
—¡MAMÁ! ¡TENGO MIEDO!—maullaba Chi por auxilio.
Sin pensarlo dos veces, Kyo se acercó al acantilado con cuidado. Apenas recargándose en la rama, estiró su pata delantera para alcanzar a la gatita. De pronto, Kyo sintió que la tierra bajo él se debilitaba y resbaló. Pero Kyo no cayó, Shigure lo había atrapado de la cola, y se mantenía como un fuerte apoyo.
Nuevamente intentó alcanzar a Chi. La gatita intentó agarrarse de la pata de Kyo. De repente, la rama se rompió. En el último segundo, Kyo logró atrapar a Chi, Shigure los jaló de regreso a tierra firme y los tres regresaron a casa, totalmente fatigados.
—¡¿En qué estabas pensando?!—le regañó Kyo a Chi—¡¿Cómo se te ocurre jugar junto al risco?!
Chi no respondió, ni siquiera volteó a ver a Kyo. Su pequeño cuerpo aún temblaba de miedo.
—Lo... Lo siento—se disculpó Kyo, al darse cuenta de su comportamiento.
Chi se acurrucó junto a él.
—Iré por leche—dijo Shigure, caminando hacia la cocina.
Kyo miró a la pequeña gatita temblar entre sus patas. Cariñosamente, Kyo la abrazó y comenzó a ronronear. Al principio, se sorprendió de lo que estaba haciendo, nunca antes había ronroneado. Pero entonces, ocurrió algo que ni siquiera él se hubiera imaginado que pasaría: Chi ronroneó también.
Poco a poco, la gatita se fue calmando, hasta quedar dormida. Kyo se hizo bolita alrededor de ella, y también se quedó dormido.
Shigure regresó con el cartón de leche en el hocico, arrastrando un pequeño tazón. Dejó la leche sobre la mesa, y miró enternecido la singular escena.
Se asomó al exterior, el Sol se iba ocultando en el horizonte, y una gran luna llena comenzaba a brillar en el cielo.
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—¡Mira Shigure! ¡La Luna está completa!—le dijo Mai-Lin al pequeño Shigure.
Acto seguido, empezó a aullar dulcemente.
—¿Por qué haces eso?—le preguntó Shigure, ladeando su tierna cabeza de cachorro.
Mai-Lin le sonrió.
—Mis padres una vez me dijeron, que todos los perros, al morir, van a la luna. Y cuando está completa, cantamos para que nuestros seres queridos sepan que aún los recordamos y les extrañamos.
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Shigure aulló con todo su corazón a la Luna. El bosque entero se cubrió con aquel tierno y melancólico canto. Kyo abrió ligeramente los ojos y sonrió al ver que era Shigure quien aullaba a la Luna.
Colina abajo, Tohru regresaba cansada del trabajo. Entonces, escuchó el dulce aullido de un perro a lo lejos. Inmediatamente volteó a ver la Luna. Tohru sonrió al recordar una vieja historia que le contó su madre, sobre los espíritus de los perros y la Luna.
—Shigure-San le está cantando a la Luna—sonrió Tohru, y caminó de regreso a casa.
