Habían pasado ya cinco días desde que empezó la semana del cometa. Y en ése lapso, la vida de uno de los Soma había tomado un giro inesperado.

Kyo jamás pensó que podría llegar a encariñarse con la gatita Chi, pero cada momento que pasaba con ella, era como un aliento de vida y felicidad. Verla sonreír, hacía que su corazón latiera con mayor intensidad. Es cierto que su comportamiento le recordaba en cierta forma a Tohru. Ambas eran bastante distraídas, y tenían una sonrisa bastante inocente.

Sin embargo, Kyo sabía que Chi necesitaba del amor de una verdadera madre. Una gata que pudiera adoptarla como suya, y le enseñara todo sobre el mundo de los gatos. Chi necesitaba de una figura a quien seguir, como alguna vez le comentó Shigure. Chi nunca podría aspirar a ser... alguien como... él.

Chi sabía que Kyo era un humano. Pero no conocía su otra cara. Su verdadera forma. Su verdadera maldición.

Por esa razón, después de que Tohru se fuera a la escuela, Kyo decidió llevar a Chi al parque, para buscar una familia para ella.

—¿Estás completamente seguro de esto?—le preguntó Shigure después de que Kyo le dijo su decisión—Chi parece haberse encariñado mucho contigo. Y aquí en casa, prácticamente ya es parte de la familia.

—Créeme. Será lo mejor para ella—dijo Kyo, seriamente—. No sabemos si es huérfana, puede que su verdadera madre la esté buscando. Y si no es así, siempre podrá ser feliz en un hogar donde... jamás esté en peligro.

Shigure no dijo nada, sabía de lo que estaba hablando Kyo. El gato del zodiaco salió al jardín, donde estaba Chi, jugando con una mariposa. Kyo suspiró y se acercó a ella.

—Oye Chi. ¿Quieres ir al parque hoy?

—¡Siii!—saltó Chi hacia Kyo.

—Bien, no te apartes de mí entonces—le dijo Kyo, trotando hacia las escaleras que llevaban a la calle.

—Ok. ¡Espérame!—dijo Chi, corriendo tras el gato naranja.

En la casa, Shigure leía su periódico, justo cuando Yuki se asomó a la sala.

—Buenos días—dijo saludando a Shigure—. ¿No has visto a Chi?

—Kyo se la acaba de llevar al parque—contestó Shigure, sin despegar la vista de su periódico.

Yuki se entristeció, sabía lo que haría Kyo allá.

—¿No pudo haberse esperado al menos hasta que terminara la semana?—preguntó Yuki, cruzando sus patas delanteras.

—Tú eras quien decía que dos gatos en la casa eran demasiados. ¿No es así?—sonrió Shigure divertido—¡Ah, bueno! Tal parece que el encanto de Chi también llegó a tu corazón.

Yuki se acercó a Shigure, quien le ayudó a subir a la mesa.

—Al menos me hubiera gustado despedirme de ella.

—Eso la hubiera puesto triste—respondió Shigure—. Además, Kyo sólo está haciendo lo que cree que es correcto para su cría.

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Ya en el parque, Kyo vigilaba en todo momento a Chi, quien, a penas con una patita dentro de aquel lugar, empezó a correr por todas partes, a brincar y a jugar con todo gatito que se le acercara.

Fue un alivio para Kyo que hubiera gatitos, eso significaba que había gatos adultos por la zona. Y efectivamente, a la sombra de una banca, dos gatas mayores vigilaban a sus cachorros, quienes estaban jugando con Chi en aquel momento.

—Buenos días, señoras—saludó Kyo, amablemente.

—Buenos días, joven muchacho—saludó sonriente una gata de edad muy avanzada, su pelaje blanco era suave y abundante, y sus ojos reflejaban sabiduría.

—Buenos días—saludó la otra gata, igual de edad vanzada, aunque no tanto como su compañera. Su pelaje cobrizo con manchas negras lucía opaco, pero su dulce sonrisa demostraba que era una gata gentil y amable.—¿Acaso es tuya aquella pequeña atigrada?

—Si. ¡Bueno NO! Que diga ¡SI!... Pero—Kyo estaba tartamudeando. Tomó aire y narró a las señoras sobre cómo había encontrado a Chi, y de cómo la había cuidado desde entonces.

Las gatas, entonces, se miraron sorprendidas entre sí.

—Amiga—comenzó la gata cobriza—¿No te recuerda a la cachorrita perdida de aquella gata joven y gris?

—¡Es verdad!—recordó la gata blanca—Aquella cachorra se había perdido hacía más de una semana. Recuerdo como la gata gris recorrió todo el vecindario buscándola.

—¿Así que su verdadera mamá la está buscando?—Preguntó Kyo, esperanzado.—¡Fantástico! ¿Saben donde puedo encontrarla?

Las gatas se miraron tristemente.

—Ay muchacho, ¡Cómo lo siento!—se afligió la gata blanca—Una noche escuchamos un terrible ruido en la calle. Al día siguiente, nos enteramos que la gata gris fue arrollada por un vehículo. ¡Fue espantoso!

—La pobre—continuó la gata cobriza—, era una buena gata. Era callejera, muy valiente y amable. Pero ni siquiera los gatos callejeros pueden salvarse de esos monstruos que montan los humanos.

Kyo, cabizbajo, lamentó la muerte de aquella gata. Pensó, que ésa noche en que fue arrollada, seguramente estaba buscando a su cría. Después de un minuto de silencio, Kyo preguntó amablemente, si alguna de las gatas quisiera adoptar a Chi.

—No nos mal entienda, joven—dijo la gata blanca—. A leguas se ve que Chi es una gatita adorable. Pero, necesita de una madre que viva mucho tiempo con ella, y a mí, en cuanto mis cachorros tengan una familia que los cuide, siento que habrá acabado también mi tiempo en esta vida.

—Y yo—continuó la gata cobriza—, vivo en una casa, donde somos cerca de 100 gatos que viven con una amable familia humana. Pero ninguno puede llevar a más gatos, o podríamos meterlos en problemas con las autoridades.

Kyo asintió con la cabeza, entendiendo la situación de cada gata.

—¿Saben de alguna familia, que viva cerca, donde Chi pueda ser feliz?—les preguntó Kyo.

Ambas gatas negaron con la cabeza.

—Escuche, joven—dijo la gata Blanca—. He vivido lo suficiente como para saber, que las coincidencias no existen. Ésa gatita llegó a su vida por una razón. ¿Por qué no la adopta usted?

—No puedo—murmuró Kyo.

—¿Qué lo detiene?—preguntó la gata cobriza.

—Yo... no sería un buen padre—mencionó Kyo.

De pronto, varias risas atrajeron la atención de los gatos adultos. Los gatitos habían brincado sobre la fuente, y se burlaban de Chi, que no podía brincar tan alto, a pesar de sus esfuerzos.

Kyo erizó su pelaje y siseó. Valientemente, fue a defender a Chi de las burlas de los demás gatitos.

—¡No sabe brincar!—dijo uno.

—¿Segura que eres un gato?—dijo otro.

—¡Oigan!—Kyo se interpuso entre Chi y los gatitos en la fuente—¡Déjenla en paz!

—¡Un gato que no sabe brincar, no es un gato!—gritó otro gatito.

—¡Chi no es un gato! ¡Chi es igual a Kyo!—se defendió Chi.

Los gatitos la miraron confundidos, pero Kyo quedó impactado ante las palabras de Chi. Ella le sonrió y ronroneó en su costado. Kyo tenía ganas de llorar, pero resistió.

—Es hora de irnos, Chi—le dijo Kyo.

—¡Aw! ¡Yo quería seguir jugando!—se quejó Chi.

—¿No quieres ir a cenar?—le preguntó Kyo.

—¡Si! ¡Cenar!—maulló Chi, felizmente.

Entonces, Kyo se inclinó para que Chi pudiera subir a su lomo. Agradeciendo la amabilidad de las gatas, Kyo corrió lejos del parque y subió a un árbol.

—Vamos Chi—le dijo Kyo—¡Es hora de que alcancemos nuevas alturas! ¡Juntos!

Kyo saltó tan alto, que aterrizó sobre el tejado de una casa cercana. De techo en techo, Kyo fue brincando cada vez más alto.

—¡WOOOOW! ¡QUÉ DIVERTIDO!—decía Chi, maravillada por el asombroso paisaje citadino que se abría ante ellos.

Finalmente, juntos llegaron hasta lo más alto de un edificio, donde había un hermoso mirador. Desde allí, la ciudad se veía hermosa, en todo su esplendor. Kyo volteó a ver a Chi, quien seguía sobre su lomo.

—¿Chi?

—¿Eh?—preguntó Chi.

—¿Eres... feliz viviendo con Tohru, Shigure, Yuki... y yo?—preguntó Kyo, temiendo la respuesta.

Chi saltó a su lado y ronroneó a su alrededor.

—¡¡¡SÍ!!! ¡Chi quiere mucho a Tohru, tío Shigure, Soma-kun! ¡Y a mamá también!

Kyo la detuvo en su ronroneo.

—Sabes que yo no soy tu mamá, ¿Verdad?

Chi lo volteó a ver. Confundida.

—Hace varios días, te perdiste, y ella te estuvo buscando por todas partes. Pero, tuvo un accidente.—Le explicó Kyo.

Chi, escuchando atentamente las palabras de Kyo, miró a la imponente ciudad.

—Mamá...—dijo Chi, recordando la noche en que se separó de ella.

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Estaba oscuro y hacía mucho frío. Se había desatado una enorme tormenta. Las calles se inundaban velozmente. Su madre la cargaba en su hocico, resguardándola de la lluvia. De pronto, una luz cegadora la separó de su madre y fue arrastrada por una corriente.

—¡¡¡¡Mi bebé!!!!—maulló su madre.

—¡¡¡MAMÁ!!!—lloró Chi.

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Kyo notó su cambio de actitud, y trató de animarla.

—Pero, aunque ya no puedas estar con ella, siempre tendrás un hogar con nosotros. Siempre podrás contar conmigo.—Le dijo Kyo.

Chi, con lágrimas en los ojos, abrazó a Kyo y hundió su carita en su pecho. Kyo le correspondió el abrazo.

—Ven Chi. Vamos a casa.

¡Uff! Creí que podría terminar esta historia más pronto, pero han pasado tantas cosas... En fin. Lo que empieza debe terminar, y esta historia está por llegar a su gran final.

Gracias querido lector, por tu paciencia y por seguir al pendiente.