Poema
—Desde que te conozco siempre has estado leyendo —me dice Miku con cierto reclamo. Estamos en la sala, yo sentada con un libro en la mano y ella acostada, apoyando su cabeza en mis piernas—. Y cada semana lees un libro diferente. ¿Cómo haces para leer tan rápido?
—No siempre, algunos libros me toman dos o tres semanas —respondo sin retirar la vista del libro.
—Aun así, eres muy rápida leyendo. Y te animas a leer de todo, un día es Yukio Mishima y al otro un manual de cocina. Yo apenas y leo mangas de moda —termia con una risita.
—No soy tan rápida como quisiera, parece que voy rápido porque cuando un libro no me gusta simplemente lo cambio por otro.
Es uno de esos extraños días en los que por alguna razón no tenemos nada que hacer. Master lo aprovecha para dormir al menos quince horas y escribir en su diario, Thelma se pone a experimentar en la cocina, los gemelos planean sus bromas, en fin, cada quien pasa el tiempo libre a su manera. Las opciones son limitadas cuando salir de tu casa pone en riesgo tu integridad física.
—¿Qué estás leyendo? —pregunta algo aburrida.
—Un poemario de Rubén Darío. Master me lo prestó porque no tengo nada nuevo para leer. Me sirve para acostumbrarme al español.
—Ya hablas un perfecto inglés, ¿ahora quieres prender español? —habla como una niña fastidiosa, aunque nunca me he sentido fastidiada por Miku—, no sabía que aprender idiomas fuera un pasatiempo.
Sus palabras suenan en mi cabeza, pero no respondo. Apenas y presto atención a Miku aunque esté junto a mí. La lectura me tiene por completo aborta, los versos de Darío tienen toda mi atención, pero más que entender los poemas en sí, me intereso en cómo funciona el español, en sus palabras. Aún hay varias cosas que me sorprenden, palabras que no logro distinguir o comprender. Por suerte, puedo consultar a Thelma o a Master cuando me pierdo en este idioma nuevo para mí.
—Léeme el poema que estás leyendo —me pide Miku con voz dulce.
—¿Estas segura? La última vez que te leí algo terminaste dormida.
—¡Prometo no hacerlo! —me ruega juntando ambas manos en gesto suplicante. No puedo negarme a esta chica.
—Está bien, tu ganas —le despeino sus coletas arronjándoselas a la cara—. Pero mi pronunciación aún no es buena.
—¡No importa! Anda, anda, te escucho.
—Bien… —respiro hondo, no quiero que me falte aire—. Sonatina.
"La princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso olvidada se desmaya una flor.
El jardín puebla el triunfo de los pavos reales;
parlanchina, la dueña dice cosa banales,
y vestido de rojo piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión."
Pero un ruido me interrumpe. Un profundo suspiro se escapa de la boca de fresa de Miku. ¡Se durmió después de dos estrofas! ¿Quién hace eso? Pensé que le llamaría la atención porque se trata de una princesa, pero veo que estaba muy equivocada. Le quito los mechones de cabello que aun bañan su rostro y lo acaricio con delicadeza. Es tan linda cuando duerme. Sin más que hacer, dejo que Miku duerma usando mis piernas como almohada, mientras que mi atención vuelve a los versos de Rubén Darío, acompañados por la relajada respiración de Miku.
