Obsesión

No puedo dejar de mirarlos. Son tan grandes, redondos, acolchonados, como un par de almohadas nuevas. ¡Sí! ¡Eso son! Dos mullidas almohadas que crecieron en el pecho de mi mejor amiga.

Lo admito, la primera vez que la vi en la escuela pensé que sus pechos eran falsos. Me parecieron muy grandes para una chica de nuestra edad. No voy a mentir, todas estábamos celosas de su talla de busto, se robaba la atención de todos en el salón incluso de algunos profesores, algo muy desagradable (creo que solo Hiyama-sensei la trataba como una estudiante más). Era la chica de pechos grandes, enigmática por hablar poco, y por si fuera poco, también la "extranjera" que recién había llegado de Inglaterra.

Aunque estábamos en clases diferentes, su fama se hizo grande en un par de días, tanto que llegué a espiarla en un par de descansos. Me interesaba mucho saber más sobre la misteriosa Megurine Luka, que hacia alejada de todos, que comía, a quien conocía en la escuela, pero sobretodo, tenía que saber si esos pechos eran reales. Pensé que eran de esos sostenes que aumentan un par de tallas, o que los rellenaba de papel higiénico u otra cosa para engañarnos a todos. Desde entonces me he sentido… esto… obsesionada por eso. Debe ser porque en ese entonces tenía el pecho casi plano… bueno, ya me creció pero no es la gran cosa.

La forma en que conocí la autenticidad de esos pechos vino después de formar parte del club de canto. Me da mucha, mucha pena admitirlo, pero buena parte del tiempo miraba el busto de Luka, como subía al respirar, bajaba al cantar, se mecía al caminar. ¡Pervertida! Me lo criminé muchas veces cuando estaba sola en mi habitación y bocetaba a mi amiga en mis cuadernos. ¿Estaba obsesionada o le tenía envidia? Aun no estoy segura de que siento. Lo importante es que después de tres meses llenos de dudas y delirios míos, pude saber la verdad de los pechos de Luka.

Fue la segunda o tercera ocasión que dormí en su casa. Estaba acostada en mi futon, mirando el techo y a punto de caer dormida. Habíamos pasado toda la tarde estudiando para un examen de literatura (algo que se me da muy mal), y estaba cansada, ya eran casi las tres de la mañana. De pronto abrió la puerta y entró desnuda al cuarto, solo cubriéndose con la toalla. En ese momento me di cuenta de que todo era natural, ¡sus pechos son reales! No había truco bajo su blusa. Ya no sentí curiosidad, desde entonces tengo una obsesión mayor (que pena decirlo…) que es tocarlos, sentirlos. Aunque también me siento un poco acomplejada.

—Miku…

Salto de inmediato. Su voz me ha sacado de mis recuerdos. ¿Es que pensé en voz alta? ¡Qué vergüenza! Dije todo lo que pensaba, ella me escuchó ¡y ahora debe pensar que soy una pervertida!

—¿S-si?

—Voy a decirlo solo una vez, así que escúchame —¡demonios! Está enojada, puedo sentirlo en su tono de voz tan serio—. Tú crees que no me he dado cuenta, pero estás muy equivocada. Así que de una vez por todas, tócalos.

—¿Eh? —¡¿dijo lo que creo que dijo?!—. ¿Qué los toque?

—Sí. Desde que te conozco los has mirado fijamente, puedo sentir esas miradas. Así que tócalos.

—Lo sabes…

—¿Lo vas a hacer o no? —dice. Estamos en el camerino, ella solo viste su famosa falda negra y un sostén del mismo color. Se acerca a mí con una expresión retadora, cruza sus brazos por debajo de sus pechos; ¡¿en verdad quiere que lo haga?!—. ¿Entonces?

¡Mi cabeza está hirviendo! Creo que estoy echando humo por las orejas. Quiero moverme pero no puedo; mi mano tiembla, estoy sudando y mi respiración se agita, quiero hacerlo, pero a la vez quiero huir en cuanto antes. Pero ella lo ofrece, así que está bien ¿no? ¿Y si es una trampa? Si los toco me verá como una pervertida, tal vez ya no me querrá hablar nunca. ¿Qué hago? ¡¿Qué hago?!

—¿Miku?

Entro en pánico. Mi cara se siente muy caliente. ¡No puedo soportarlo!

Salgo corriendo del camerino. Seré una cobarde, ¡pero no una pervertida!