Akihabara
Recuerdo la primera vez que viajamos a Tokio, unos meses antes de comenzar con el proyecto de VOCALOID. Muy temprano habíamos tomado el tren con rumbo a Tokio y a eso de las 10 de la mañana ya habíamos llegado a nuestro destino. De Nagano a la capital son 3 horas, si queríamos volver sin problemas, debíamos partir a las 6 de la tarde. Así que teníamos 8 horas para conocer un poco de Tokio. Por suerte, Gakupo y Gumi fueron nuestros guías, pues ellos solían visitar la capital por su padre; en cambio para nosotros era la primera vez que pisábamos ese lugar. El ir con dos guías también tenía una ventaja, podíamos dividirnos en dos grupos y conocer partes diferentes. Así, mientras que Gakupo llevó a los Kagamine y Meiko a un museo y luego a una zona comercial llena de restaurantes, Gumi nos llevó a los demás a la parte más friki de todo Tokio. Supongo que Gakupo pensó que preferiría su recorrido, porque le noté cierta molestia cuando dije que iría con su hermana, aunque también podía estar molesto porque los gemelos tiraban de sus brazos cada cinco pasos para llamar su atención y gritarle "mire eso, Kamui-senpai".
A medida que recorríamos los callejones de Akihabara, las llamativas tiendas se robaban mi atención. No es que sea otaku, solo que hay animes y mangas que me gustan mucho, además, tampoco es que vendan muchas cosas "frikis" en Nagano. Por eso, cuando entramos a una tienda Miku y yo estábamos tan distraídas mirando las figuras de Kannazuki no miko que ni siquiera notamos que los chicos a nuestro alrededor nos miraban asombrados. De lo que sí me di cuenta al entrar, fue de las miradas de odio y rencor que Kaito recibía, incluso escuché a uno quejarse por la suerte de "ese maldito de cabello azul". No puedo creer que le tuvieran envidia.
Otra distracción vino cuando pasamos frente a los maid cafés. Uno pensaría que Kaito se detendría para admirar a las chicas que vestidas de sirvientas anunciaban las promociones del día. En verdad, Miku y yo lo hicimos; Kaito pasó de largo, solo tomó el volante que la chica le entregó y siguió caminando. Pero Miku y yo nos quedamos atontadas ante las sirvientas que había en la calle. Los vestidos tan llamativos sin ser ostentosos, alejados de un modelo clásico pero aun así refinados y hermosos. Me da pena decirlo, pero siempre quise comprar uno de esos vestidos.
—¿Te había dicho que en secundaria hice de sirvienta en una obra? —me dijo de pronto, como si fuese cualquier cosa.
La miré de inmediato. Mi corazón se detuvo unos segundos por dos razones. Primero, por imaginar a Miku vestida de maid y, segundo:
—Yo también hice de sirvienta en una obra de la secundaria —dije emocionada—. Quería llevarme el vestido a casa después de la obra.
—Yo sí lo hice —confesó algo apenada y agregó con una voz dolorosa—. Aunque lo devolví a fin de año.
No pude evitar reírme.
—Tal vez para la obra de este año puedas pedir el papel de sirvienta —dije al fin. Si me elegían directora de nuevo, eso es algo que sin duda pasaría. ¡Tenía que ver Miku vestida de sirvienta!
—Aún falta mucho para el festival cultural y quién sabe si la clase quiera hacer una obra.
—Sabes que no pueden decirme que no —dije con una sonrisa. Y es que, en verdad, no podían negarme nada.
—Señoritas… ¿gustan pasar? —intervino la sirvienta con una sonrisa amable y una voz que intentaba sonar dulce para ocultar su frustración al verse ignorada. ¿Cuánto tiempo tendría llamándonos la atención?
—¡Claro! —respondió Miku de inmediato. Me tomó de la mano y me arrastró al interior del café sin que pudiera oponerme. En ese momento olvidé que no veníamos solas.
Pasamos cerca de dos horas en el café, platicando sobre nuestras experiencias en las obras escolares y la posibilidad de trabajar en un lugar así durante las vacaciones, incluso se nos ocurrió organizar un maid café para el festival cultural. Lo que sea para verla vestida de sirvienta.
Cuando al fin salimos del café, nos dimos cuenta de que estábamos solas en un barrio que desconocíamos por completo, rodeadas de tipos extraños y, según el reloj de un negocio cercano, apenas con una hora para volver a una estación de tren a la que no sabíamos llegar. Caminamos por los alrededores con la esperanza de encontrarnos a Gumi o Kaito en algún momento, era obvio que ambos nos buscaban. Sin embargo, el plan fracasó y no pudimos encontrarlos. Volvimos al maid café, mismo que ya estaba cerrado. Si tan solo hubiésemos prestado más atención al camino que tomamos en vez de distraernos con las tiendas. Nos sentamos en el suelo, nerviosas por estar perdidas. Yo estaba dispuesta a preguntar la manera de llegar a la estación, pero Miku no me dejaba porque "había leído que era peligroso". Aun me pregunto dónde leyó eso, ¿en un rumor de internet o un manga hentai?
—¡Los celulares! —gritó Miku de pronto—. Olvidamos encender los celulares.
Por un momento me sentí sumamente tonta. Al entrar al maid café nos pidieron apagar los teléfonos y al salir, con el susto de vernos solas, olvidamos por completo encenderlos. De inmediato los tomamos y prendimos. No hizo falta hacer ninguna llamada, apenas detectaron la señal cuando recibí una llamada de Kaito, mientras que Miku le contestó a Len.
Gracias a ese descuido, perdimos el tren con rumbo a Nagano y debimos esperar otras dos horas. Así, nuestros padres se dieron cuenta de nuestra excursión a Tokio y recibimos el castigo de nuestras vidas. Pero a mí, eso no me importó. Desde aquel día mi meta era vestir a Miku como sirvienta. Y lo logré.
