Capítulo 14: Lágrimas de dolor

–¡Gracias por comprar en la pastelería Ylova!... –dijo alegremente una chica con ojos de color miel, guardados muy celosamente por sus gafas–…¡Que tenga un buen día!...

Si había algo que Georgia Ylova adorara hacer en su tiempo libre era el hornear pasteles y atender la pastelería de sus padres. El primero lo hacía por amor y el segundo lo aprendió a amar con el tiempo, ya que cada día las tareas de atenderlo se repartían entre sus dos hermanos mayores y ella.

A pesar de que el local no era muy grande y que no era tan tarde, el establecimiento estaba lleno de clientes. Era un lugar muy alegre, cuyos panes y pasteles expedían exquisitos olores, y aparte de todo, su apariencia era tentadora para cualquier persona que entrara al lugar, además, su ubicación era perfecta, pues al estar al centro del pueblo, le hacía un lugar donde por lo menos 10 personas compraban al mismo tiempo.

Las paredes eran amarillo pálido, las baldosas del piso se alternaban entre los colores blanco y rojo. Fotografías de todos los dueños anteriores y sus reconocimientos a diferentes niveles estaban repartidas por todo el establecimiento, haciéndole lucir más hogareño. Las puertas principales eran de cristal y las enormes ventanas dejaban ver lo que sucedía tanto dentro como fuera del establecimiento.

No había más empleados, solo ella en la caja registradora. Esto se debía a que era su día de atender la tienda de sus padres, ¿Pero porque solo ella?, lo desconocía y no iba a investigar .Sin embargo, a veces, deseaba tener compañeros del trabajo con los cuales platicar a la hora del descanso.

Llevaba en su cabeza una gorra roja con una "Y" blanca en ella. Su overol lucía igual, solo que encima de la "Y" unas blancas letras decían "Pastelería Ylova", detrás de dicha letra estaba una imagen del palacio imperial de Rusia y debajo una leyenda reclamaba "Le traemos lo mejor de Rusia".

Aunque ella no dudaba de ser de ascendencia Rusa, dudaba que algunas recetas como las de los croissants y panes italianos fueran de ahí. Por lo demás, le solía dar el beneficio de la duda.

Suspiró pesadamente. Tenía mucha tarea de su profesor Young como para estar trabajando. Pero su padre estaba de viaje, por lo que no podía hablar con él. Además, dudaba que tanto Merlon como Terry quisieran tomar su lugar para que la de ojos miel hiciera sus responsabilidades escolares.

Sobre todo Terry…–se talló los ojos por debajo de sus lentes–…pues va a querer excusarse de que es su último año de preparatoria y que "está ocupado"…

Tuvo que cambiar su cansada actitud al ver como el capitán Gabriel se estacionaba frente al negocio, acompañada de su subordinada.

Ambos entraron y se dirigieron directamente con ella. No pudo evitar sentir miedo al verlos a ambos así…Imponían…realmente imponían…

–C-Capitán McGordon, señorita Rumen…–les saludó sonriéndoles un poco–…¿Qué va a querer el día de hoy?...

Ambos oficiales se vieron por unos instantes. Después vieron a la chica.

–Me temo que no hemos venido como clientes Georgia…–le dijo Tania con severidad.

Esa oración y la severidad de la misma hicieron que la de cabellos de ocre quitara su sonrisa de su cara.

–E-Entonces…

Gabriel la interrumpió.

–Necesitamos hacerte unas cuantas preguntas…

Eso le preocupó más, no entendía que estaba pasando, pero se oía muy grave.

El castaño sacó su placa y se la mostró a la vendedora.

–Mi hijo desapareció…–Tuvo que aferrarse al mostrador para no caer, no creía lo que estaba diciendo. Pero sabía que el capitán siempre hablaba en serio sobre su familia–…y se que fuiste la última persona que habló con el…


Los pacíficos cantos de los pájaros inundaban la esa impotente, elegante y antigua casona, haciéndole parecer un castillo en medio de verdes praderas y cercano a un bosque.

La estancia en donde vivía era simplemente majestuosa. Paredes altas y doradas, candelabros siendo acariciados gentilmente por los rayos solares que pasaban esas pequeñas ventanas que estaban cercanas al lejano techo que parecía inalcanzable.

Los muebles parecían estar hechos de los materiales más finos y las maderas más excéntricas. Las sillas lucían cómodas y de telas importadas decoraban la mesa que parecía tan antigua como el resto de la casa.

Unas escaleras en forma de caracol a ambos lados del majestuoso comedor llevaban a los otros lados de esa hermosa y antigua mansión. Los pisos eran tan blancos que parecían hechos de mármol, como algunas columnas que sostenían la estructura del edificio.

Bajó descalzo esas majestuosas y blancas escaleras hacia el comedor, donde se encontraba un hombre leyendo el periódico que le esperaba.

Respiró profundo y se talló los ojos después de sentarse frente a él en esa fina mesa.

–Buenos días padre…–le habló cansado.

Este hombre retiró el periódico para contemplar su cansado y joven rostro. Sus ojos del color de la miel le analizaron a la par que sus gruesas y fuertes manos cepillaban su sedosa cabellera negra.

–¿No dormiste o qué Maximilian? –Fue lo que le respondió.

El rubio suspiró pesadamente. Era obvio que esa no era la respuesta que esperaba.

–No padre…–respondió jugando con su elegante desayuno–…no pude.

–¿Por qué? –respondió fríamente comiendo de su plato.

–Porqué…

–¿Le pasó algo a Sonia? –dijo con indiferencia y sin dejar de comer.

–No, pero…

–¿Ocurrió algo con ella?

–Eh…no…

–¿Con su padre?

–No…

–¿Con mi campaña?

–No que yo sepa…

–¿Entonces?

–Es que…

–¿Cuál es el problema?

–Si me dejaras explicarte…

–¿Qué es mucho más importante que todo lo anterior?...

–¡Isaac desapareció!... –le contestó ya sin soportar que su padre no le pusiera ni la más mínima atención–…¡Mi mejor amigo no aparece y estoy muy, muy, muy, MUY preocupado por él!, ¡¿Te quedó claro?!

Esa última oración junto con su reacción le hizo merecedor de una bofetada de parte de su progenitor.

–¡Que insolente eres! –le gritó.

Max solo se llevó la mano a la mejilla herida.

–¿Porqué?... –sus ojos normalmente tranquilos le miraron con odio a la par que fruncía el ceño–…¿Por preocuparme por lo que realmente importa y no ser como tú?

Recibió otra bofetada en la mejilla sana.

–¡Por hablarme de esa manera!... –contestó aún más furioso–…¡Te doy la vida!, ¡Te cuido!, ¡Te educo!, ¡Te doy todo lo que necesitas!, ¡Me parto la espalda para darte todos estos lujos y la vida de rey que mereces!, ¿¡Y así me lo agradeces!?...

El herido solo se dedicó a mimar su cara roja de tanto heridas como de ira, resistiendo el llanto. No quería más bofetadas.

–¡No me vuelvas a hablar así en tu vida Maximilian Campbell! –espetó.

Un incómodo silencio les invadió, el cual era roto de vez en cuando era roto por las aves que los llegaban a rodear.

Entendía que no debía de hablarle en ese tono al hombre que le dio la vida, pero no entendía que tenía que ver todo lo demás con eso, ¿Qué tenía que ver el tono con el que habló con que se preocupara con su amigo?, ¿Qué daño le hacía a su padre esto?

–Sobre tu amigo…–Continuó con esa frialdad que caracterizaba tanto a Charles Campbell que solo Max conocía–…su "padre"… –hizo una ligera pausa para hacer unas comillas en la palabra padre–…es el capitán de la policía, ya aparecerá…

Sabía que el capitán Gabriel no descansaría hasta encontrar al pelinegro, pero no podía evitar preocuparse por él. Sabía que no era el mismo Isaac rubio que conoció cuando aún era muy pequeño, y con el que se llevaba tan bien, pero, aquel pelinegro tenía algo especial que le hacía recordarle al anterior…

Perderlo sería como volver a perder a ese pequeño de ojos esmeraldas.

Charles tomó su saco que estaba en el respaldo de la silla y el maletín al lado de la misma.

–Hoy tenemos conferencia de prensa…–dijo colocándoselo para después acomodarlo–…llega una hora antes…

Sin decir más tomó sus cosas y salió por esa enorme puerta, dejando al rubio en silencio. En cuanto salió, soltó las lágrimas que tanto deseaban salir por sus lagrimales y empapar sus aun ardidas mejillas, deseando con firmeza que su padre algún día se dignara a escucharlo.


–¡Camila!

Despertó de golpe al escuchar la voz de su abuelo, haciendo caer algunos papeles al suelo. Vio como el desorden invadía descaradamente su cuarto. Pedazos de papel y muchos tipos de prendas cubrían el tocador, piso, banco, espejo, e inclusive su armario.

El color azul pálido de las paredes estaba oculto detrás de muchos pósters de diversos grupos y fotografías de sus amigos y ella, algunos de los cuales empezaban a caerse. Ese mismo color que se extendía por la alfombra que cubría todo el piso estaba cubierto por papeles, viejos trabajos y revistas. Inclusive el color había conquistado las cortinas de la ventana que llevaba al balcón. Estaba abierta, lo que explicaría el porqué hacía frío en esos momentos.

Su cabeza no estaba en la cabecera, si no que al otro extremo, algunas de sus prendas le habían acompañado en la noche.

Tal vez deba ordenar mi cuarto…–pensó la castaña mientras bostezaba.

Escuchó de nuevo que tocaban la puerta.

–¡Ya voy! –Se levantó pesadamente y se dirigió a abrir.

Ante ella se encontraba un hombre alto, de complexión musculosa y un par de esmeraldas resaltaban en su tostada piel llena de cicatrices.

Sus blancos cabellos y arrugas bajo sus ojos revelaban que ya era un hombre mayor.

–Cam, ya es casi la una de la tarde…–le vio y habló con dulzura combinada con preocupación–…¿te sientes bien?...

La chica se quejó un poco.

–Si abuelo…–se talló sus ojos, haciendo que se vieran más rojos de lo que ya estaban–…solo estoy cansada…

–¿Por ayudar al capitán, no?

La castaña bajó la mirada, la cual después dirigió a una de esas muchas fotografías con Max e Isaac. No entendía porque alguien le haría daño al pelinegro. Era buena persona…amable…buen estudiante, ¿Por qué le harían eso?

Ni siquiera frenó las silenciosas lágrimas que le brotaron de sus ojos. Al ver esto, su abuelo la abrazó con mucha fuerza. En esos momentos era lo que más necesitaba. No le importaba que sus ropas apestaran a cigarro, solo necesitaba sentir amor. Ese mismo amor que le fue arrebatado de niña con la muerte de sus padres.

Había pasado tanto que ya no recordaba sus rostros.

Primero ellos…después Isaac rubio…ahora el pelinegro…

Si se llevaban a Max o a su abuelo ella moriría de soledad.

Soltó un par de sollozos al imaginarse lo último, como consecuencia su abuelo le abrazó con más fuerza.

–Ya nena…–le habló acariciando sus cabellos–…todo estará bien…

Pero, ¿Cómo lo sabía?, ¿Cómo no sabía que Isaac estaba desangrándose, desangrado por ahí o siendo agredido o abusado de diferentes maneras?

Ya no puedo… –correspondió con mucha fuerza–…ya no puedo perder a nadie más…


:´( me dolió

En fin, me alegra que haya podido encontrar tiempo para transcribirlo uwu

Pues lo de siempre :v les invito a dejar review y a leer mis otras historias uwu

Nos leemos :D