Harry llevaba una semana en su casa, y a Severus le estaba costando más adaptarse que al muchacho.

No era porque Harry diera ningún tipo de problema, a veces parecía como si allí con Severus no estuviera nadie.

El chico se movía con sigilo como si no quisiera ser visto. Como si tuviera tanta experiencia en no hacer ruido como él cuando se escondía de su padre.

Tuvo que esforzarse en ponerle atención. Las comidas, aquellas que él siempre se saltaba, eran las horas a las que se veían.

Le suministraba pociones que había elaborado para él, nutritivas casi todas. Pero estaba preocupado por otros aspectos del muchacho, unos que no sabía cómo abordar.

Quizás ambos hubieran tenido infancias difíciles, pero la de Harry era tan horrible que Severus se veía incapaz de ayudarle.

Él no era la mejor opción en ninguno de los casos.

Severus era alguien callado, taciturno, desde hacía años pasaba días, incluso semanas sin hablar con nadie y con Harry era casi imposible hacerlo, ya que el muchacho, en el mejor de los casos, tan solo contestaba con monosílabos.

La más sencilla de las preguntas podía herirlo como ya se había dado cuenta. La valía y autoestima de Harry habían sido destruidas, y Severus no sabía como tratar con alguien tan roto como él.

Pero ¿qué opciones tenía? No podía desentenderse de él, no podía devolverlo a la calle. No tenía corazón para cerrarle la puerta, y olvidarse de él. Aunque no supiera cómo tratarlo sí podía darle un techo, una cama y comida. Además de las pociones que harían que su cuerpo sanase.

Necesitaba un psicomago, pero este no era un simple niño abusado. Sino que además era el salvador del mundo mágico al que todos habían dado por muerto, su magia había desaparecido y no era más que un pobre squib.

Leyó sobre la materia, una a la que nunca de había tenido que enfrentar.

La educación de un niño squib, y vio lo descorazonador que el mundo era para ellos. Conocedores de la magia y exentos de ella. ¿No sería mejor en el caso de Harry que nunca supiera sobre ella?

Pero aquella decisión no le correspondía a él tomarla, no sería justo. Nunca lo sería.

Ese día casi olvidó preparar el almuerzo, y cuando subió Harry estaba ya en la cocina, le sorprendió mientras cocinaba. Estaba concentrado sobre las sartenes y ollas, por lo que no notó su presencia. Severus vio como este tomaba unas viejas gafas rotas y las utilizaba para mirar uno de las cajas de alimentos que Severus tenía.

—Cómo no me di cuenta—se lamentó Severus. Ante aquella frase Harry se puso a temblar, soltó lo que tenía en sus manos y se protegió la cara.

Eran esas cosas las que asustaban a Severus, aquella frase como otras tantas siempre eran malinterpretadas por Harry. Que adquiría una posición de defensa ante algún tipo de reprimenda física.

Severus se lamentó de nuevo.

—No has hecho nada malo, Harry. Soy yo el que debe pedirte disculpas.

Harry en esas semanas se había atrevido a mirarle de vez en cuando pero casi siempre que estaban uno enfrente del otro, el muchacho ocultaba sus ojos.

En ese momento el verde de su mirada le miraba confuso.

—Necesitas gafas, como tu padre—le dijo para tranquilizarle.

—Lo siento.

—¿Por qué, Harry?—No quería exponerlo más, pero a través de sus preguntas era el único modo de llegar a entenderle.

—Sé que soy una molestia para usted.

—No lo eres, Harry.—Porque por mucho que no supiera qué hacer con él, no era ninguna molestia realmente.

—Sé que interrumpe su trabajo para preparar las comidas—dijo el chico tímidamente—. Yo puedo hacerlas, sé hacer algunas cosas—fue incapaz de mirarle a los ojos nuevamente—Puedo aprender.

Severus miraba sorprendido al chico que era tan hermético como una caja fuerte de Gringott. Era la primera vez que valoraba algo de sí mismo, que creía en su capacidad de hacer algo más allá de lo que tristemente le había demostrado las primeras veces.

—Me encantaría, Harry.

Fue breve, muy breve, pero vislumbró la pequeña sonrisa en su rostro. Una que murió tan rápido como se dio cuenta de que la había formado.

Severus miró detrás de él, y vio el pequeño desastre que había formado.

—¿Puedo ayudarte?

Harry asintió y ambos se colocaron juntos frente a los fuegos, y Severus comenzó a interrogarle mientras le mostraba el uso correcto de los ingredientes.

Aquello se asemejaba demasiado a aquello que hacía en su laboratorio, solo que ahora tenía a alguien a quien enseñar.

—¿Desde cuándo están rotas tus gafas, Harry?—preguntó controlando que el chico no se cortara.

—No lo sé, mucho.

—¿Para qué las usas?

—Para ver los dibujos de las cosas, a veces ayudan.

Poco a poco estaban preparando una ensalada, y Severus había optado por unos filetes a la plancha. Algo no muy elaborado que pudiera aprender fácilmente.

—¿Te duele la cabeza cuando tratas de hacerlo?

Harry no contestó, se quedó cortando unos tomates tan pequeños que podrían valer para hacer una salsa.

—Me prometiste decirme si algo te molestaba.

Harry le miró, parecía confuso y algo angustiado.

—Siempre me duele la cabeza.

—Está bien.—Le tranquilizó Severus, no tenía sentido molestarse con él por algo que dudaba pudiera haber identificado como algo nuevo—Esta tarde iremos a por unas gafas nuevas para ti.

—Yo no tengo dinero.

—Yo te las compraré.

—No puede hacer eso, señor.—Esta vez Harry no le miró, pero tampoco cortaba más los tomates—No debe gastar su dinero en mí.

—No solo debo sino que quiero, ¿de otro modo cómo vas a preparar suculentas comidas?

Harry captó el tono ligero, le miró y observó las raras sonrisas que Severus alguna vez formaba en su rostro.

A veces, con Harry era mejor manejarse así.

La lástima y conmiseración no tendía a entenderlas. Sin embargo, que Severus hiciera algo por él para convertirlo en alguien más útil, sí.

Almorzaron y dejó que Harry lavara los platos, el muchacho había asumido labores del hogar para "pagar" su estancia.

Severus permitía esas tareas para que sus días tuvieran algún tipo de actividad pero sin que llegara a sobrepasarse, ya que Harry parecía no tener en cuenta nunca sus capacidades físicas. Si por él fuera caería extenuado hasta acabar cualquier tipo de tarea.

La visita a un oculista muggle resultó una extraña experiencia, tanto para Severus como para Harry.

Allí descubrió que Harry tenía dificultad tanto para ver de lejos como de cerca, además de que su vista estaba realmente dañada por no haberla tratado antes.

La mujer que atendió a Harry le miró con clara lástima, algo que incomodó tanto a Severus como a Harry, pero solo confirmó lo que Severus había vislumbrado.

Las migrañas de Harry tenían que ser una constante en su vida. ¿Cómo había hecho para mantenerse cuerdo todos esos años?

Sabía, por las preguntas que le había ido realizando, que nunca había ido a una consulta médica. Independientemente del dolor, información que Severus empezaba a no querer conocer.

El relato de como había sangrado durante días cuando su tío le había violado por primera vez; cuando había caído por las escaleras al ser empujado por su primo y su brazo se había fracturado. Incendiaron a Severus.

Gripes, resfriados, males de estómago, fiebre, dolor de muelas, la lista era larga.

Cada vez que conocía algo más de Harry todo se incendiaba en su interior. Y le hacía imposible entender cómo había sido capaz de sobrevivir.

Y se prometió algo, esos muggles iban a pagar por sus delitos, pero sería ante él y no ante ningún tribunal muggle o mágico.

La visión de Harry con gafas era como ver a su antiguo compañero de clase ante él. Por ello, había elegido un diseño redondeado en vez de uno rectangular. Hacía años de aquella enemistad juvenil, pero ver el rostro de James Potter a diario tampoco los ayudaría.

Harry miraba todas las cosas que Severus sabía que antes solo serían quebraderos de cabeza para él. Y se sintió algo mejor, no es que pudiera borrar su pasado, pero al menos podía aliviar su presente.

Cuando volvieron a su casa, había alguien en la puerta. Una sombra oscura y encapuchada. Con un sentimiento de alarma que jamás había olvidado, Severus apretó la varita que llevaba en el forro de su abrigo listo para atacar. Con su brazo colocó a Harry protectoramente detrás de su cuerpo.

Y el desconocido que lucía encapuchado se irguió ante ellos. Descorrió su capucha hacia atrás y un rostro tan distinto al que recordaba de su pasado, le saludó.

—Hola, Severus—saludó el hombre—. Creo que tienes algo que no es tuyo.

Remus Lupin había envejecido realmente mal esos 18 años, lucía cansado y enfermo. Sus ropas, una vez Severus se fijó, no eran más que harapos, pero los ojos ambarinos le miraban con toda la fiereza del hombre lobo que habitaba en él. Aquel que casi lo mata en una noche de luna llena.

Tuvo el instinto de seguir protegiendo a Harry detrás de él, pero Lupin estaba allí porque él le había llamado. Dando un paso al lado, descubrió al chico que parecía realmente asustado.

Pero Severus no se fijo en él, sino en la reacción de Lupin, esta no tardó.

—No es posible—balbuceó, y aquel rastro salvaje se esfumó. Solo había un hombre cansado y lleno de dudas.

—Y sin embargo lo es, es Harry, Harry Potter.

Hacía años que Severus no era un espía ni se había visto en la necesidad de leer a sus amigos y enemigos.

Pero la sinceridad de los gestos de Lupin le dejaban claro una cosa, él tampoco conocía de su supervivencia.

El chico se había pegado completamente a Severus, no quería que tuviera miedo pero al menos tenía claro que confiaba completamente en él y buscaba su protección.

—Harry, él es Remus Lupin, uno de los mejores amigos de tu padre.

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Hola Lupin, qué gusto verte, me siento mejor con que él esté. No sé qué concepción tengo de Remus en mi cabeza que lo quiero siempre en todos mis fics.

La vida de Harry no ha sido fácil, pero sí que os prometo que a partir de ahora todo va a ir a mejor para él. Aún así el camino obviamente no será fácil y tendremos que conocer puntos de sus vivencias que no nos gustaran.

¿Qué tal vamos?

Hasta la semana que viene.

Shimi.