Harry no podía calcular el tiempo que llevaba en la casa de Severus, siempre había sido muy malo en eso, sus días solían ser todos iguales, malos; y luego estaban los muy malos.

Sin embargo, aunque en comparación con el resto de su vida este tiempo había sido corto y también era el mejor que había pasado nunca.

Tenía una cama, una habitación. Había aprendido a leer, no era rápido pero jamás nadie se había tomado tanto esfuerzo porque él aprendiera algo. Y él hacía sus máximos esfuerzos por mejorar.

Podía comer si tener que hacer lo que su tío le pedía. Y comprendió que estaba mal, siempre lo había imaginado. Aquello no estaba bien, pero Harry nunca tuvo opciones de cambiarlo, ni de quejarse, solo podía obedecer o las consecuencias siempre eran peores. Mucho peores.

En casa de Severus no tenía que estar días sin comer, se había acostumbrado a estar encerrado. Pero aunque no salía podía deambular por la casa y el jardín.

Cuando tía Petunia le echó del único hogar que él conocía, se quedó en blanco.

No conocía nada ni a nadie. No tenía dinero ni ningún lugar al que ir. La primera noche se quedó sentado en un seto de la casa, tenía miedo de que realmente llamara a la policía. No sabía lo que ellos le harían, pero su tío siempre le había dicho que sería mil veces peor que lo que él le hacía.

A la mañana siguiente fue despertado con un balde de agua sobre él, completamente congelado, su tía lo corrió a escobazos.

No, no iba a poder volver. Dejó Privet Drive por primera vez en su vida. Las medidas que habían dominado sus días desaparecieron. Ahora todo era enorme, desconocido y frío, muy frío.

Vagaba los días, intentando que nadie le notara. Eso le había quedado claro todos esos años, si no te ven, no te harán daño.

Nunca había tenido pertenencias, su ropa eran los desechos que su primo ya no usaba, sus zapatos siempre le habían venido grandes, pero en una casa nunca había notado la incomodidad de andar durante horas con ellos. Una mochila vieja, un par de mudas, y los dos soldaditos de plásticos que su primo quemó al saber que Harry los había recogido de la basura.

No sabía por qué los había llevado con él, no valían nada y estaban completamente deformados. Pero lo hacían sentir menos solo.

Los tenía en su mano sentado en un banco de un parque. Había podido conseguir algo de agua, había fuentes, pero hacía días que no comía. Estaba acostumbrado, pasaba días sin comer cuando Harry se quejaba; cuando su tío no obtenía placer; cuando su tía aprovechaba un viaje de su marido para tenerlo completamente encerrado.

El hambre era una constante compañera, pero no recordaba haber estado tanto tiempo sin hacerlo.

En unos bancos más alejados había un tipo, comía un bocadillo. A esa distancia no podía ver de qué era. Harry salivó, ojalá pudiera tener un bocado.

—Eh tú, ven aquí—le llamó el tipo. Y Harry estuvo por irse, nadie le había llamado en la vida, no al menos para no hacerle daño de algún modo. No conocía a ese hombre, pero le había visto y era mejor irse.

—Ven, te daré un poco—insistió.

Harry no sabía qué hacer, tenía tanta hambre.

—¿No quieres un poco?—Sí, la verdad es que sí quería. Vio cómo rompía la mitad y se lo ofrecía.

¿Qué debería de hacer?

Se acercó, y miró al hombre, siempre le había costado enfocar bien, pero la expresión en su cara sí la vio. Y dudó unos segundo, al final extendió la mano para tomar el trozo de bocadillo, pero fue apartado con rapidez.

Ya había visto la mueca en su rostro, la conocía.

—Te lo daré si tú me das algo a cambio—dijo el tipo.

Harry inclinó su cabeza, y solo siguió al hombre que se levantó andando a una zona más frondosa.

No tomó mucho tiempo, el suelo estaba frío bajo sus rodillas, ni siquiera tenía que moverse, porque el hombre agarró su cabeza moviéndose como quiso dentro de su boca. El sabor agrio era demasiado familiar. Harry solo cerró los ojos, como siempre hacía. Cuando todo terminó, el tipo tiró su medio bocadillo al suelo y se fue.

Harry lo tomó, le dolía un poco la mandíbula, y pasó el mal sabor dando un par de bocados al bocadillo. Era de atún.

No lo tomó entero, no sabía cuando podría volver a comer, lo guardó envolviéndolo en una camiseta dentro de su mochila y buscó un lugar donde poder esconderse lo que quedaba de día.

Aquel episodio no fue único, algunos le habían dado comida, otros un par de billetes. Una vez fue a casa de un tipo que le dejó bañarse.

Le hubiera gustado no tener que recurrir a eso para poder comer, y buscaba comida en las papeleras, el problema fue que no era el único en la calle. Y pronto supo que había territorios y había reglas.

Pasar desapercibido siempre era lo mejor.

No se quedaba mucho en ningún sitio, por lo que la noche que Severus le encontró no llevaba ni dos horas en la zona.

Se veía tranquila, había encontrado unas cajas, y un buen rincón. Llevaba dos días sin comer, pero estaba agotado de caminar, solo quería dormir.

No tenía dudas de que lo que Severus quería era sexo, pero Harry había aprendido que era mejor no irse con nadie a su casa, era más peligroso y solían hacerle más daño. Iba a nevar, hacía muchísimo frío y cuando entró en el cálido hogar de Severus se sintió bien, pero Harry nunca bajaba la guardia.

Comió y deseó poder guardar algo de ese estofado en su mochila. Estaba muy bueno. El hombre delante de él era muy hosco, pero por algún motivo no le asustó tanto como otros lo habían hecho antes. Los que sonreían y se veían amables le daban mucho más miedo.

Hizo lo que sabía tenía que hacer, le había dado de comer, Harry se puso de rodillas, pero Severus le rechazó. Le rechazó muchas veces, y Harry no entendía nada.

Su tío siempre le había dicho la suerte que había tenido de dar con una familia como la suya, y como existían cosas mucho peores. Personas mucho peores que le harían mucho daño.

Harry de dolor sabía bastante, pero todo solía tener un denominador común, con Severus era diferente y por primera vez se sintió completamente perdido.

Si no quería su cuerpo, ¿qué es lo que quería ese hombre?

Jamás se le pasó por la imaginación que lo quisiera fuera ayudarle. No se cuestionaba que alguien fuera amable, incluso bueno porque sí. No era lo que había vivido, y él solo tenía su experiencia para comparar.

Severus le había pedido que se quedara, y Harry no sabía qué hacer. Pasaba las horas encerrado en la habitación que le había prestado. Tenía una cama, y le había dicho que tenía que dormir en ella. Harry no estaba acostumbrado, nunca había tenido una y las pocas veces que había estado en una todas tenían que ver con sexo.

Pero algo que había sido inculcado a fuego en él era la obediencia, jamás había desobedecido en nada a sus tíos. No lo hizo con Severus.

Pero si no quería su cuerpo, algo tendría que dar, y comenzó a limpiar. A tía Petunia era lo único que le gustaba que hiciera Harry.

A Severus parecía que también.

Y sus días, esos nuevos, pasaron de ese modo. Con un hombre que hablaba poco, que no quería tener sexo con él, y que le daba comida y techo.

A Dudley de niño le traían regalos en Navidad, muchísimos, Harry sabía que él lo único que tendría era a su tío Vernon sobre él esa noche. Pero escuchaba como Dudley abría los juguetes, los regalos año tras año.

Le daban cosas, le hacían comidas copiosas, en su cumpleaños ocurría lo mismo, montones de regalos, dulces que Harry tan solo podía oler desde su alacena.

¿Era ese su regalo después de tantos años? ¿Comida y techo sin tener que dar nada a cambio? ¿El acumulado de años y años de todo lo demás?

Harry solo supo una cosa, él no quería irse de allí jamás. Había tenido miedo en entrar, pero ahora tenía miedo de que Severus un día se cansara de que Harry solo gorroneara y le echara de su casa.

Cuando le dijo que él conocía a sus padres, algo dentro de Harry se rompió. Sus tíos le habían dicho que eran unas personas horribles, delincuentes que habían abandonado a su hijo a su suerte. Harry al principio había soñado con que ellos alguna vez volvieran a por él. Que se lo llevaran de ese horrible lugar. Finalmente, supo que era verdad. Que le habían abandonado y que jamás nadie iría a sacarlo de allí.

Que Severus les hubiera conocido, que le dijeran que eran buenas personas y que le habían querido. A él nunca le había querido nadie, le dolió, porque le hubiera gustado tener al menos eso. Saber que alguien le quiso alguna vez.

Entendió que Severus hacía aquello por sus padres, pero no por él, no le importaba. De alguna manera se sintió especial, aunque no fuera por sí mismo.

Severus se sentaba con él, leía y trataba de que Harry entendiera. No quería defraudarle, pero se le daba muy mal entender nada, siempre había sido un estúpido.

Pero ese tiempo con Severus era especial, nadie, absolutamente nadie había querido pasar tiempo con él en su vida. Y Severus quería, se llevaba los libros a su habitación. Eran de Severus y Harry se quedaba dormido abrazándolos.

El hombre le compró cosas, cosas que solo eran de él, con dinero. ¿Qué podía hacer Harry para compensarlo? No se le ocurría nada.

Pero las cosas cambiaron cuando llegó Remus. Harry al verlo tembló, era diferente, había algo en él distinto a Severus, a cualquier persona que hubiera conocido antes y no sabía lo que era.

No le gustó, pero era un invitado de Severus. Decía que también era amigo de sus padres.

Tenía un rostro amable, pero Harry no confió en él. Se había acostumbrado a estar a solas con Severus, y este dejó de pasar tiempo con él. Su lugar lo ocupó Remus, y poco a poco tuvo que hacerse al hombre, aunque no le gustara y mirase constantemente a Severus.

Cuando le tocó, supo que con él no sería como con Severus. Había estado teniendo sexo con hombres toda su vida, pero por una vez, por una maldita vez no quería tener que hacerlo. ¿Severus se enfadaría con él si no accedía?

Hacía años que Harry no desobedecía a alguien, y cuando salió corriendo hacia Severus sintió que había cometido un error.

Le echaría, Remus le diría que Harry no había querido estar con él, y Severus se enfadaría.

Sabía que tenía que bajar, pedirle perdón a Remus y hacer lo que él quisiera.

No se atrevió a entrar e interrumpir a Severus, tampoco a irse. Congelado y pensando en que había destrozado su futuro, se sentó en el suelo.

Nunca esperó que Severus le pusiera por delante de otra persona, que amenazara a cualquiera con hacerle daño si tocaban a Harry. Nunca pensó que él fuera importante para Severus de ese modo.

Harry quería a Severus, y él nunca había querido a nadie. Tampoco nunca había sentido celos de ese modo. Quizás alguna vez envidió la vida de Dudley, pero no eran celos. Harry tenía celos de Remus, podía no saber de muchas cosas, pero era evidente el interés que Remus tenía en Severus.

Pero todo cambió el día que Draco entró por la chimenea. Supo varias cosas ese día, que la magia existía, que él no podría jamás soñar con tener algo así, y que podría gustarle alguien del modo que le gustaba Draco.

Desde que el rubio había aparecido supo que era alguien especial. Nunca había conocido a alguien así. Era cierto que la única persona de su edad que él había conocido era su primo, y que este le odiaba.

Harry había quedado mucho más impresionado por conocer a Draco, como hablaba, como se movía, que porque hubiera estado viviendo entre magos y él no lo hubiera sabido.

Draco le miró, le sonrió y le llamó guapo.

Draco volvió, y le volvió a hablar y a mirar. A él, a Harry. Hablaba mucho y la verdad es que no entendía casi nada. Pero eso era normal, Harry casi nunca entendía mucho de lo que los demás veían cosas normales.

Pero Draco era diferente, le hablaba como si Harry fuera como él. Le gastaba bromas que él no entendía, pero no le importaba, porque le miraba, le sonreía, y seguía contando cosas increíbles.

A veces le pillaba mirándole, mirando sus labios, incluso su cuerpo. Draco quería tener sexo con él, y Harry se sentía raro con eso. Nunca había asociado algo bueno con el sexo. Era algo doloroso o incómodo, algo que él daba para tener comida o que le dejaran vivir.

Él había visto a Remus y a Severus, Draco había hablado sobre que su padre y Severus habían tenido una relación amorosa.

Todo era demasiado desconocido para Harry, él quería a Severus, pero no tenía nada que ver con el sexo. Y sin embargo cuando Draco le miraba sentía algunas cosas que nunca había sentido antes, pero de igual modo no creía que tuvieran nada que ver con el sexo.

La conversación que Severus tuvo con él le resultó muy extraña, le gustaba que el hombre siguiera preocupándose por él. Que los besos que le vio dándose con Remus no significara que Harry ya no fuera importante para él.

¿La atracción de la que hablaba era lo que había sentido cuando vio a Draco?

Para Harry todo eso era muy complicado de entender, entendía que Severus le decía que no tenía que ver con lo que él había tenido que hacer anteriormente. Pero ¿cuál era la diferencia?

La única duda real que a Harry le surgía era por qué Draco era así con él. Harry entendía la fascinación que sentía por el rubio, era impresionante. Pero él, ¿Harry?

Cuando Draco hablaba de las cosas que había visto, que había vivido Harry no tenía nada que comentar. Él tardaba veinte minutos en leer correctamente un pequeño párrafo, no tenía ni idea de nada de la vida, ni tenía amigos, ni aficiones. Nunca había ido a una fiesta, ni había salido a comer a los sitios de los que hablaba Draco. Si este supiera cómo había sido su vida hasta que Severus le encontró probablemente le dejaría de hablar.

Harry no era mago, y lo que Severus había descubierto dentro de él era malo, lo sabía. ¿Por qué Draco le hablaba? Él no había conocido a sus padres, y Harry no era interesante.

Pero se sentía bien cuando Draco iba a casa de Severus, esa tarde iría. Todos los jueves estaba allí.

Había estado hablando con Remus en sus clases, quería aprender cosas para poder hablar con Draco.

Pero cuando el chico llegaba y se sentaban en el salón a Harry se le olvidaba todo, tan solo le miraba, le sonreía y no quería que se fuera.

—¿Has pensado en lo que te dije de salir una noche de fiesta?—le preguntó cuando Severus y Remus se fueron.

Sí, lo había pensado, claro. Pero no tenía claro qué era salir de fiesta, y por el tono y el momento en el que lo decía Draco, era algo que no quería que los otros dos supieran.

—Este fin de semana, Blaise va a organizar una fiesta en su casa. No seremos mucho, pero podrías venir.

El tal Blaise era un amigo de Draco que siempre nombraba, la única experiencia que había tenido con amigos de otros no había sido muy buena. Con los amigos de Dudley siempre salía herido.

—Creo que te tienen demasiado sobreprotegido, los chicos de nuestra edad tienen derecho a salir y pasarlo bien, ¿verdad?

Harry asintió.

—¿Crees que podrás escaparte de aquí?

—¿Escaparme?

—Sí, la fiesta es a las 10, pero puedo venir más tarde a por ti. Lo importante es que Severus y tu padre no se enteren.

A Harry le hubiera gustado decirle a Draco que Remus no era su padre, pero Severus le había dicho que así era mejor.

Alguien había matado a sus padres, y era alguien que también le había querido matar a él.

Irse de la casa de Severus era lo último que quería, no quería mentirle, pero también quería estar con Draco.

—Te acompañaré de vuelta aquí cuando la fiesta termine, ¿Qué me dices? Será divertido.

Draco acarició su hombro y a Harry le hormigueó el estómago.

—Sí.

—Estupendo, te esperaré fuera a las 11, creo que lo mejor es que salgas por la ventana. No puedes decir nada o Severus no me dejará volver en la vida.

Harry asintió, solo eran un par de días los que tendría que pasar pero estaba muy nervioso.

Esa noche, en la cena, Severus anunció que al día siguiente iría a Hogwarts. Harry sabía que era una escuela por las clases de Remus, la antigua escuela a la que habían ido ellos y sus padres.

Severus se iría por un par de días, y Harry sintió una especie de alivio. Si no estaba no sería como si le estuviera mintiendo por salir con Draco, aún así no se sentía bien.

—Tengo que ir a hablar con alguien, sé que no te gusta mucho quedarte con Remus, pero sabes que puedes confiar en él, ¿verdad?

Harry asintió, y aunque había comenzado a confiar en Remus, no era lo mismo que con él. Cuando al día siguiente le vio partir sintió un nudo en su estómago.

Habían sido pocos meses en los que se habían conocido y estaba viviendo con el hombre, pero saber que él estaba cerca siempre le hacía sentirse bien, seguro.

Remus le besó antes de irse, y Harry se sintió un poco incómodo. No había visto a sus tíos hacer eso nunca, era un gesto muy íntimo, pero a Severus se le veía feliz.

¿Draco le daría un beso alguna vez a él? ¿Cómo se sentiría?

Sus mejillas se sonrojaron cuando Severus le miró antes de irse por la chimenea.

Fueron dos días extraños, la ausencia de Severus la sentían los dos, pero el sábado por la noche llegó. Se despidió de Remus que parecía preocupado mirando las llamas de la chimenea.

—Buenas noches, Harry, que descanses.

Harry se sintió mal, nunca había mentido a personas que le importaran.

Cuando llegó la hora, abrió la ventana. Se había puesto la ropa que Severus le había comprado y había tratado de peinarse.

En la calle estaba Draco sonriéndole.

Cuando saltó por la ventana, Draco le tomó en un abrazo para que no cayera.

Estaban muy cerca, y Draco olía realmente bien.

—¿Estás listo?

Harry asintió, estaba con Draco, estaba listo.

—Agárrate fuerte a mí—le dijo al oído haciéndole cosquillas sobre la piel.

Draco sacó su varita, Harry sintió un tirón desde su ombligo hacia adentró, y todo se volvió negro a su alrededor.

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Me he pensado mucho si publicar este capítulo, mi idea no era sacar el punto de vista de Harry. Pero bueno, aquí está.

Hogwarts, fiestas juveniles, un Harry enamoriscado sin saber lo que significa el amor, malas combinaciones todas ellas.

Hasta la próxima.

Besitos.

Shimi.