Severus sabía que se habían quedado sin opciones para descubrir qué era lo que le había pasado a la magia de Harry.
Si hubiera podido recurrir a otra fuente lo hubiera hecho, pero solo daba con paredes dentro de aquel laberinto de magia.
—Quiero ir contigo—le dijo Remus mientras ocupaba su lado de la cama.
Severus se giró hacia su compañero de cama, estudió su rostro un poco más. Pocas eran las ganas que tenía de ir a Hogwarts, aquel lugar solo desencadenaba una serie de malos recuerdos que no quería enfrentar. Pero ese hombre era otro buen motivo. Reconocía que aquella intimidad, sus manos buscándole, con sus ojos sobre él mirándole con ternura, respeto y ahora preocupación era un extra con el que no había contado.
Podría no haber contado con él, pero no lo rechazaba. No lo empujaba con la barrera no física que había creado toda su vida.
Le dejó pasar, y tomó un buen lugar, uno calmado y cálido. Una tarde de otoño, una taza de té, un buen libro, y una sonrisa que rompía su sentimiento de soledad.
Eso era Remus, y mucho más, pero no podía acompañarle.
—No podemos dejar a Harry solo.
Remus le atrapó en un abrazo, suspirando pero sabiendo que era verdad. Siempre había pensado que sentir algo, como lo que sintió por Lucius, volvía débil a la personas, manipulables. Pero lo que no podía llegar a imaginar, es que también podía hacerte más fuerte.
Severus se sentía más fuerte que nunca con Remus y Harry. No era mucho tiempo el que llevaban todos juntos, pero sí el suficiente para que Severus supiera que habían cambiado su vida.
Trató de luchar con el sentimiento, llevaba luchando contra él toda su vida, era lógico que no lo aceptara fácilmente. Pero una vez lo hizo, le caló hondo.
—Necesitamos respuestas.
—Esas son las que me asustan verdaderamente.—Remus escondió su rostro en su cuello, las pequeñas cosquillas del aire que exhalaba le hicieron estremecerse.
Severus se abrazó más fuerte, le gustaba sentirle encajando.
—También temo que volver a la escuela te traigan recuerdos que te alejen de mí.—Las palabras fueron susurradas contra su cuello. Severus suspiró.
Necesitaba mirarle a los ojos, él temía a los recuerdos, pero solo eran eso.
—No fuiste lo peor de mi experiencia en Hogwarts.
Se separaron a penas, lo justo para ver los ojos ámbar de Remus cargados de vergüenza.
—No hice nada, y podría haberlo hecho.—Remus acarició su pelo, estaba más largo que como él solía llevarlo, sintió las caricias llegar hasta su cuero cabelludo.
—Éramos niños.—Era algo que siempre trataba de pensar, eran niños, niños crueles que maduraron como pudieron.
—Sabes que eso no es una excusa, yo sabía que estaba mal, pero temía perder a mis amigos, los únicos que había tenido en mi vida.
—Fuiste un cobarde—dijo Severus, no había rencor en su voz y le sorprendió, aquella época era una mancha oscura en su vida. Solo Lucius hizo que algunos momentos valieran la pena.
—Fui un cobarde.—Admitió Remus, al parecer ambos necesitaban decirlo en voz alta.
—No podemos cambiar el pasado, si fuera así yo lo hubiera hecho.
Sentía que necesitaba confesar sus propios pecados, su propia condena durante todos esos años. Miró a su amante, aceptaba aquella calmada relación, aceptaba abrirse después de tanto tiempo a alguien.
Quizás él también era un cobarde.
—Yo escuché la profecía.—Sintió como si sus pies estuvieran sumergidos en agua helada, que le reptaba hasta congelarle todo su interior—La oí y se la conté a Voldemort.
Remus se separó, lo sabía, se había equivocado al confesarlo.
—¿Tú?—El dolor en su voz era evidente.
Severus sabía lo que iba a ocurrir, pero por un lado sintió una especie de alivio. Haberlo dicho en voz alta, tuviera las consecuencias que tuviera, había sido liberador.
Tomó los pantalones, no quería tener esa conversación desnudo, Remus le imitó y ambos salieron de la cama.
—Yo estaba en Cabeza de Puerco, no debería de haber estado allí esa noche, no tenía porque haber estado.—Recordaba con detalle cada momento de aquella noche—Trelawney era extraña, pero cuando su voz cambió y las palabras comenzaron a tener sentido, supe que aquello iba a marcar la diferencia.
Remus parecía consternado, no era para menos, sinceramente.
—No la escuché completamente, el riesgo a que alguien me descubriera y no pudiera transmitir la noticia era demasiado alto.—No contó cómo el señor oscuro estaba desesperado, iracundo y se volvía cada vez más cruel con los suyos. No contó que temía por Lucius, que temía por sí mismo, no contó nada de eso—Corrí y se la conté, y señalé sin ser consciente a Lily, a James y a Harry.
Remus dejó caer su cabeza hacia abajo, como si alguien le hubiera golpeado.
—Cuando supe de quién se trataba hice lo único que se me ocurrió.—Remus le miraba espantado—Se lo conté a Dumbledore, le pedí que la protegiera.
Voldemort solo le había dado vagas esperanzas, sabía que no valían nada.
—¿Solo a ella?—Harry estaba en su habitación, Harry había sufrido una vida horrible, marcado por una profecía, arrancado de los brazos de sus padres, tirado y ocultado en el mundo muggle. Y nunca fue una prioridad para Severus, nunca quiso protegerle a él.
Severus asintió sintiéndose la peor persona del mundo, pues sabía que de no haber sido por él, muchas vidas se hubieran salvado, Harry no hubiera sido herido de aquel modo.
—Dumbledore me pidió que espira para él, que era la única manera de mantenerlos a salvo. Fallé, obviamente fallé.
Remus estaba sentado a los pies de la cama, solo con el pantalón puesto, las cicatrices blanquecinas por todo su pecho eran antiguas, pero se agitaban bajo su pesada respiración.
—¿Por qué me cuentas esto?¿Por qué ahora?—le preguntó.
—Porque creo que me estoy enamorando de ti, porque nunca se lo había contado a nadie, porque me pesa cada día de mi vida.
—Severus...
Severus necesitaba apoyarse sobre algo, necesitaba sostenerse, colocó una de sus manos sobre la cómoda de robusta madera del dormitorio y miró a Remus. Lo que viniera después de su nombre solo sería doloroso, pero aún le necesitaba.
—Te arrepientes.—No fue una pregunta, sino una afirmación.
—Cada día.
Remus se levantó y se aproximó a él, Severus se mantuvo firme.
—Siento que todos nos equivocamos, todos. Yo me alejé de Sirius, por mis propios y egoístas motivos, yo no supe verlo. Era mi amigo, tenía que haber visto que nos traicionaría.
—Es el día de las culpas.—Intentó sonar sarcástico, pero no lo consiguió.
—Todos cargamos las nuestras, ¿no es así?—Remus le acarició, sintió la palma cálida contra su mejilla y no pudo evitar cobijarse en ella, no esperaba que le perdonara, pero no quería estar sin él, ya no.
—No le fallaré, no puedo fallarle—confesó.
—¿A Lily?
—A Harry.
Severus le besó, y Remus le correspondió, tenían las heridas abiertas, pero ambos sabían que se necesitaban.
Esa tarde se marchó a Hogwarts.
Tomó un traslador hasta Hogsmeade, no había vuelto allí desde su época escolar, los pelos se le pusieron de punta, pero tenía que hacer un esfuerzo y dejar los recuerdos en aquello que eran, solo recuerdos.
Tenía cita con Minerva McGonagall, la nueva directora. Podría haberse aparecido delante de la puerta que daba a Hogsmeade, pero iba con tiempo y no le vendría mal poner sus ideas claras.
Dumbledore había muerto aquejado de una extraña enfermedad, no había encontrado nada más sobre ello. Y siendo uno de los magos más importantes de su era, cuanto menos resultaba sospechoso que se supiera tan poco.
Otro dato extraño era que el único retrato que existía del hombre estuviera alojado en Hogwarts, eso tampoco era común para un hombre de su altura.
Necesitaba respuestas, y era su última esperanza, varios habían estado en la casa destruida de los Potter en Godric's Hollow, y casi todos se encontraban ahora muertos o casi, la idea de ir hasta Azkaban para hablar con Sirius Black era una con la que no quería ni contar.
La imagen familiar del imponente castillo le dio la bienvenida, con un golpe de varita vio aparecer al viejo Filch saliendo del interior del castillo.
El hombre le miró mal, pero tampoco esperaba una calurosa bienvenida. Le acompañó hasta la entrada donde parecía que jamás pasaría el tiempo. La mujer endurecida que él ya conocía le esperaba en la entrada, el detalle no le pasó por alto. No lo quería en su despacho.
—Buenas tardes, Snape—le saludó Mcgonagall
—Buenas tardes, gracias por atenderme.
El rostro grabado en roca de la mujer no emitió ninguna emoción, sin embargo, estaba molesta, por mucho que Dumbledore hubiera hablado a su favor aún había muchas personas que no sentían ninguna simpatía por él, McGonagall se encontraba entre ellas.
—Me sorprendió tu carta—dijo la mujer—. Pensé que habías dejado claro que jamás volverías a este colegio.
—Con gusto lo hubiera seguido cumpliendo.—¿Para qué iban a andar tratando ser agradables? Ninguno de los dos lo eran—Necesito hablar con el retrato de Dumbledore.
—Ya, lo dejaste claro en tu carta.—Ella no se movió ni un ápice del lugar donde estaba, no se lo iba a poner fácil, contaba con ello.
—Es importante.
—Eso lo valoraré yo.—La bruja calló cuando un grupo de estudiantes de Gryffindor cruzó un pasillo cercano. Severus sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal al volver a ver aquellas túnicas. Tenía que centrarse.
—Es importante, no hubiera venido jamás aquí si no lo fuera.
—No hablaremos de esto aquí.—Por fin decía algo con sentido. McGonagall seguía vistiendo los colores típicos de su clan escocés, dudaba que alguna vez la hubiera visto con algo diferente.
Reconocía el trayecto hasta el despacho del director, en este caso directora, pero cuando entraron no era para nada como en sus recuerdos. No estaba sobrecargado de los chisme que acumulaba Dumbledore. Desgraciadamente, Severus había visitado demasiadas veces aquella estancia.
Rápidamente intentó ubicar el retrato que había ido a buscar, había tantos cuadros de viejos directores, algunos dormidos y otros mirándole inquisitivamente, que le hizo sentir el niño que ya no era.
La mujer se sentó tras su mesa, haciendo que Severus tomara uno de los asiento al otro lado del escritorio, desde su posición de adulto el lugar seguía siendo apabullante.
—¿Y bien?—preguntó ella.
—No es un tema que quiera hablar en público.—Se ganó varios resoplidos de varios retratos.
—Este es el único lugar donde vas a contarme qué es lo que vienes a buscar, Snape.—La mujer, la antigua profesora que lo amonestaba en los pasillos cuando sin cuestionarse nada le restaba puntos y nunca lo hacía con sus adorados Gryffindor no se lo quería poner fácil.
Severus volvió a barajar sus posibilidades, le quedaba tan solo una carta, solo una, así que la lanzó.
—Encontré algo de los Potter.—La sucesión de ojos abiertos y giro de varita protegiéndolos a ambos en una burbuja ocultadora fue rápido, muy rápido para una bruja que parecía estar construida en roca.
—¿Tú?—Inquirió la mujer. Si la sola mención del apellido que todo el mundo conocía y alababa ponía a la mujer así, es que había ido al lugar correcto.
—No diré nada más, necesito hablar con él—Sentenció Severus—. Es urgente.
La directora golpeteó la mesa de robusto roble con sus dedos, parecía estar dialogando con ella misma.
—Acompáñame.—Pensó que tendría que lidiar más con ella, pero sinceramente, se alegraba de no tener que decir nada más allí, por mucha protección que creyeran tener.
Abandonaron la sala principal, nunca había pasado de aquella estancia, pero como todo en aquel castillo era mucho más de lo que se podía ver a simple vista. Varias habitaciones después llegaron a una pequeña, casi vacía. Severus tenía su mano sobre su varita en su túnica, si alguien no confiaba en un Gryffindor era él mismo.
—Buenas tardes, Severus. Es una sorpresa y un placer volverte a ver.—La voz la reconocería en cualquier lugar, cargada de un tono afable, incluso cariñoso que nada tenía que ver con la realidad maquiavélica de su dueño.
Lo único que había en aquella pequeña estancia estaba resguardado con un fuerte hechizo que le golpeaba cada vez que respiraba, tras él, el retrato de Albus Dumbledore.
Salvo que la imagen no fue pintada sobre el hombre que él alguna vez conoció, esta era una que le mostraba completamente marchito, con trozos oscurecidos hasta parecer estar hechos de madera seca, solo sus ojos claros parecían ser los del hombre que una vez le mintió diciendo que él protegería a Lily.
Sus ojos y su voz encerrados como una criatura peligrosa en un rincón oscuro de Hogwarts.
Severus se aferró a su varita, la iba a necesitar.
¡Buenos días a todas!
En realidad este era el capítulo que debería haber escrito la semana pasada, pero Harry se puso pesado y me hizo escribir su capítulo.
La relación entre Severus y Remus la imagino así, tranquila, aunque pueda ponerse caliente como el infierno, siempre cálida como la de dos compañeros de vida.
¡Nos metemos de lleno en la trama!
Espero que os esté gustando.
Hasta la semana que viene.
Besito.
Shimi.
