Draco había ingeniado un escudo protector contra las palabras de su padre, era sencillo, lo que le entraba por un oído le salía por el otro. Todo lo que contuviera la palabra compromiso, matrimonio, honor y legado era inmediatamente desechado.
Pero era agotador, porque últimamente su padre no hablaba de otra cosa.
Conocía a Astoria, todos conocían a todos en ese mundo, seguramente serían medio primos. Y la chica le resultaba agradable y bonita, pero debía ser muy estúpida para obviar el hecho de que Draco no iba a tocarla ni con un palo de lejos.
No iba a casarse con ella, no iba a tener un heredero Malfoy, no al menos del modo tradicional sangre pura y arcaico.
—Haz cuanto quieras antes de la boda, pero créeme, habrá boda o me aseguraré de que acabes viviendo debajo de un puente.—Le amenazó su padre irritado.
Cuando le vio irse, supo que por ese día el acoso y derribo había acabado.
Phil, el amante de su padre le estaba esperando.
Por un momento, no vio a Phil, sino a Harry esperando a que Draco le echara la correspondiente charla Malfoy a su hijo.
Le gustaba Harry, le gustaba el inocente y extraño muchacho como pocas personas le habían gustado antes.
Era guapo, sí, pero no era eso. Tampoco era chispeante, ni si quiera tenía una buena conversación. Pero desde que lo vio en casa de Severus se enganchó de él. Draco no creía en esas estupideces del amor a primera vista. Pero algo no cuadraba con lo que sentía por alguien como Harry.
¿Es que se había cansado de sus aventuras de una noche?
Siempre había insistido en que no quería casarse, por poder amar a quien él quisiera libremente. Pero lo cierto es que nunca se había enamorado.
Alguna vez creyó que lo que había sentido por Blaise se le asemejaba, pero pronto lo descartó. ¿Era eso lo que le pasaba con Harry?
Ya imaginaba la cara que pondría su padre si se enterara. Pero, por una vez, no le causó satisfacción perturbar a su padre. Solo el dolor que este podría causarle a Harry.
Severus le había dicho que Harry había sufrido un accidente mágico, que su magia estaba dañada. Si su padre supiera eso, le atacaría con todo.
Sabía que solo lo odiaría y las ganas de protegerlo fueron incluso más grandes que las que sintió en la fiesta de sus amigos.
Se rió de sí mismo, ¿en qué te estás convirtiendo Draco Malfoy?
Sabía que la amenaza de dejarlo bajo un puente era completamente real, y que también era uno de los mayores miedos de Draco, lo cual su padre también sabía.
Su padre le tenía completamente atado de pies y manos, solo entraría a liderar sus múltiples empresas en el momento que se casara.
Quizás fuera hora de buscarse una vía alternativa, pero la comodidad de lo conocido siempre le había retenido.
El apacible salón de té en el que le había dejado su padre, era testigo, por primera vez de la decisión de Draco por no tomar el camino más fácil.
Si un salón podía sentirse orgulloso, aquella habitación estaría muy contenta en ese momento.
oOo
—Es joven, y son otros tiempos, quizás es hora de cambiar.—Phil amaba a Lucius, lo hizo desde el momento en el que le vio en una gala benéfica. Tan apuesto, tan poderoso y asquerosamente rico.
Él sabía cómo funcionaban las reglas de los sangre pura, y entendía a Draco. Alguna vez, él mismo soñó con que Lucius dejara a su mujer y fuera solo para él.
Sabía que eso era solo un sueño. Jamás ocurriría, y solo estarían juntos tras la paredes de ciertas zonas de aquella mansión.
Phil lo había aceptado, le había costado, pero lo había aceptado. Nunca había amado a nadie como lo hacía con Lucius, aunque fuera realmente sacrificado.
Su familia era una de sangre pura venida a menos, él era el tercer hijo, sus hermanos estaban casados y habían cubierto el cupo, lo que él hiciera ya no importaba. A veces soñaba con lo que hubiera ocurrido si él hubiera nacido mujer, si él pudiera ser un Malfoy por casamiento.
Pero también dejo esas fantasías en el pasado, a Lucius no le gustaban las mujeres, y de esas ya tenían una. Su relación estaba bien.
O al menos eso había pensado hasta que vio a aparecer a un hombre todo vestido de negro en la Mansión.
Llevaba dos años con Lucius y solo había un nombre que había escuchado, a pesar de que antes que él hubo otros.
Era un nombre que solo decía Draco, pero conocía a su pareja y sabía cuando algo le afectaba.
Severus Snape le afectaba, lo había visto en su rostro cuando le vio en la Mansión, cuando se fue pasando por su lado y hasta a él le impresionó el aura fuerte y hosca del hombre.
Lo vio en los ojos grises que tan bien conocía. Y sí, se sintió vulnerable, Lucius estaba con él, pero no había olvidado a ese hombre.
—Los tiempos no importan cuando se habla de la familia, es mi único hijo, si él no se casa y tiene hijos el apellido Malfoy morirá.
Lucius le acariciaba, solo en la intimidad de su dormitorio era cariñoso, era atento y compartía sus preocupaciones. Phil amaba esos momentos en los que solo estaba él.
—¿Nunca deseaste poder vivir con la persona que amaras?—Lucius le acarició el cabello, pero estaba lejos, muy lejos. Y sus pensamientos no eran para él.
De negro, como los ojos con los que le perforó, sintió que aquel hombre, Snape, se lo llevaba de nuevo.
Phil amaba a Lucius, con toda su alma, pero siempre había sabido que él solo tenía una pequeña parte de su corazón. Eso había sido suficiente, ¿pero cuánto tiempo podría seguir valiéndole?
Lucius se lo dijo desde el primer día, fue mortalmente sincero.
"—Mi vida privada solo sucede de esta puerta para adentro. Aquí te amaré, te respetaré, y viviremos juntos, allá afuera—movió su cabeza expresando todo lo que no se podía ver fuera de la cama—allí fuera no puedo ser otra cosa, no podré darte nada. No habrá cenas, ni fiestas, ni paseos de la mano. No conoceré a tus amigos, ni tú a los míos."
Phil estaba loco de amor, de pasión, no le importaba sellar aquel acuerdo con su propia magia si era necesario. Necesitaba todo lo que Lucius quisiera darle.
Y después del tiempo se dio cuenta de que era una pequeña, pequeñísima parte.
En ese día le gustaría que Lucius se pareciera un poco más a Draco, y que luchara por algo más que aquello que tenían.
Lucius le besó, tan bien como Phil le conocía, Lucius le conocía a él. Le besó y comenzó a hacerle olvidar las limitaciones de su relación, los silencios, las ausencias. Lucius lo borró con caricias y con besos. Y Phil le necesitó como siempre acababa ocurriendo.
oOo
Narcisa estaba en su habitación, aquel palacio lleno de objetos que bañaban su soledad.
Un palacio de mentiras, solo que ya también eran las suyas.
Se había soltado el cabello rubio, aún sin una sola cana. Seguía siendo hermosa, aunque ella ya era incapaz de verse de una manera objetiva.
Tenía 44 años, un marido que nunca la había amado, un hijo que sabía no seguiría sus pasos y un vacío en el corazón.
No podía culpar a Lucius por aquella farsa, era la realidad en la que todos ellos habían vivido. Siempre supo que su matrimonio sería concertado, que el amor, en el mundo en el que ella vivía no era una prioridad.
Tenía 15 años cuando sus padres habían firmado el acuerdo, ni Lucius ni ella habían tenido voz ni voto.
La boda, la misma que su hijo quería eludir, era una fecha fijada desde hacía años. Cuando su hermana Andromeda se escapó con aquel sangre sucia, una parte de ella la envidió.
Ella, estúpidamente había imaginado que una vez casados, el amor podría surgir. La realidad era que su marido ya amaba a alguien más y no había renunciado a él.
Narcisa se sintió muy sola los primeros años de su matrimonio. Tenía fiestas, tenía amigas, pero su casa, aquella mansión de mentiras, era muy fría.
Las visitas escasas de su marido a su lecho hicieron el milagro de poder tener a Draco, desde aquel día, Lucius jamás la visitó. Quizás ella debería haber insistido y haber tratado de tener otro hijo. Así, hoy en día, Draco no tendría que cargar con ese peso sobre sus hombros.
Volvió a cepillarse el cabello. Aún podía, pero hacer que Lucius compartiera cama con ella le resultaba repugnante, ilícito y equivocado. No lo odiaba, ya no tenía sentimientos negativos por él, pero tampoco encontraba los positivos.
Cada uno tenía su propia vida privada, en la pública cada vez era más complicado verlos juntos. Pero aún así, eran considerados un matrimonio fuerte. Y eso era lo que los ataba realmente.
La chimenea crepitó, dejando aparecer a un hombre joven y pelirrojo.
Narcisa también tenía sus propios amantes, y Bill Weasley era el último de ellos. Lo conoció el verano anterior cuando tuvo que contratarlo para acceder a la bóveda de su hermana Bellatrix, esta había muerto en Azkaban hacía solo unos meses.
El joven apuesto y lleno de brío rápidamente se encandiló de ella, jamás había buscado a un igual, necesitaba hombres jóvenes y desechables. Nadie que la hiciera dudar, que la obligara a salir de la jaula de su vida.
Marido y mujer, al fin de cuentas, buscaban el mismo tipo de amante, temporales.
Bill besó su cuello, echaría de menos a este, era realmente encantador y más pobre que las ratas, pero jamás aceptó ninguno de sus regalos.
Él sabía lo que aquello era, pero acababa haciendo las cosas a su modo en las cuatro paredes de su vida.
A veces deseaba que encontrara una buena chica de su edad, que formara una familia que le amara. Acabaría haciéndolo, pero ahora era solo suyo. Él desató la liviana bata de seda que la vestía.
Ambos sabían en qué se basaba su relación, y cumplían a la perfección con cada requisito.
Él amasó sus pechos generosos haciendo que se humedeciera en el lugar indicado.
Consiguió que se olvidara de su soledad, de sus mentiras e incluso del apellido de ambos.
ooooooooooooooooo
La desaparecida me llamaban, pero traigo nuevo capítulo.
Lo que no hayan visto esas paredes de la Mansión Malfoy, quién fuera pared!
Siempre, oídme, siempre hay que meter a un Weasley en la ecuación, dan suerte y están buenos XD
Nos vemos uno de estos días.
Besos, Shimi.
