Harry entró al lugar que atraía todas sus pesadillas, salvo que desde que las sombras salieron de su cuerpo sentía como si todo lo que había conformado su realidad hubiera cambiado.
Como si su pasado solo fuera una de esas películas que había visto en la televisión.
Su primo, enorme en sus recuerdos, solo temblaba de terror tirado en el suelo donde él le había dejado.
El olor era inconfundible, entre aquellas cuatro paredes, Harry había conocido el más puro terror y soledad.
Ni un solo momento de dicha, antes de conocer a Severus pensaba que aquello, la felicidad, nunca sería para él. Que se la habían arrebatado, como todo, al convertirlo solo en piel y huesos, al no ser un ser humano como el resto.
Acarició el quicio de la puerta de la pequeña alacena donde pasó la mayor parte de su vida, hasta que a su tío le pareció que ser solo un sirviente era darle un escaso uso.
Harry no había descubierto que tenía la misma edad que su primo Dudley hasta que había llegado a casa de Severus. Nunca se lo habían dicho, ni él lo había preguntado, aprendió bien temprano que preguntar sobre él o sus padres era fuertemente castigado.
Sin embargo, preparaba cada una de las fiestas de cumpleaños de su primo para después ser encerrado en aquel pequeño lugar. Escuchando las risas, las canciones y las felicitaciones.
Harry nunca había sido felicitado por nada en su vida, aunque trataba de hacer las cosas lo mejor que podía.
Tras la fiesta de cumpleaños de los 11 años de su primo, su tío lo sacó de su alacena, y lo metió en la habitación que utilizaban para almacenar trastos.
Aquella fue la primera vez que lo violó, fue doloroso, angustiante y le hizo sentir mucho peor que las palizas a las que estaba acostumbrado.
Desde aquel día su tío le buscó por las noches, lo subía a esa habitación y hacía con él lo que quería. Después Harry bajaba arrastrándose hasta su alacena.
Desde aquel día el odio de su tía fue cada vez más asfixiante.
Abrió la pequeña portezuela, el lugar era diminuto, pero Harry siempre había sido muy pequeño.
Se coló dentro y las volutas de humo negro salieron de su interior, inspeccionando cada rincón, cada sombra. Y no les gustó.
Lo odiaban, lo detestaban y se retorcían ante él, hasta que comenzó a arder.
El humo volvió a su cuerpo, acariciándolo buscando consuelo y otorgándoselo de vuelta.
Ojalá hubieran estado todos esos años con él, se hubiera sentido tan acompañado.
Caminó hasta la cocina, desértica, descuidada. Cuando él vivía allí nunca había estado así. Su tía se había encargado de que Harry se ganara cada miga de pan rancio limpiando hasta el último rincón.
Y sin embargo, el aspecto parecía deteriorado. ¿Cuánto tiempo hacía que se había ido? ¿Cuánto desde que le habían echado de la única vida que conocía como a un animal inútil?
Sus queridas llamas lo quemaron todo, lo quemarían todo.
Pero Harry aún no había acabado cuando comenzó a subir las escaleras. Aún había demasiado que hacer.
Lucius había comenzado a tener fiebre a las cuatro horas de volver de casa de Severus.
Phil no estaba y solo recordaba la pelea que habían tenido a costa de Draco, pero como en el fondo no era él. Sino Severus y la vida que Lucius jamás le otorgaría a su nuevo amante.
Lucius creía que Phil era más inteligente, que había comprendido que aquello era todo lo que podía darle.
La vida de un Malfoy jamás había sido fácil, pero podía ser buena, y eso era algo que había querido inculcarle a su hijo.
En cuanto se encontrara mejor debía volver a buscarlo, había consentido aquella pataleta demasiado tiempo.
La boda estaba planeada para finales de mayo y quedaba realmente poco.
Por supuesto él no había cancelado nada. Conocía a su hijo, en cuanto las cosas se pusieran difíciles, volvería. Y él le recibiría como el heredero que iba a ser.
La fiebre cada hora era más alta, y dejó de pensar en Draco para volver a su propio pasado.
La imagen de un Severus mucho más joven era habitual en aquellos rincones de su mente.
Al principio, debía reconocer que su interés no fue desinteresado. Lucius era el encargado de reclutar miembros para la causa de Voldemort. Y vio en Severus un excelente candidato.
Este le había cuestionado mucho tiempo después si alguna vez le había amado, y cuando dijo que sí, lo decía de verdad.
Aún lo hacía, dudaba que volviera a amar a alguien del modo en el que lo hizo con Severus.
Sus sentimientos eran sinceros, cuando fue capaz de retenerlo a su lado, Lucius conoció la plena felicidad. Esa era la que quería brindarle a Draco.
La suya había durado diez años, diez años donde tuvo a Severus en su vida, donde tuvo a su hijo, y un matrimonio decoroso que le daba la posición en la sociedad que un Malfoy debía tener.
Fueron los años más felices de su vida, y Severus le había abandonado.
Él no podía darle lo que el más joven quería, pero eso no significaba que Lucius no hubiera fantaseado con ello. Cómo hubiera sido la vida si hubiera dejado a Narcisa y se hubiera retirado con Severus a un lugar lejano, solo ellos dos.
Draco había tenido 7 años en aquel momento, y había llorado durante días cuando Severus se marchó de la mansión.
Lucius jamás se permitió hacerlo en público, primero porque pensaba que Severus volvería y cuando fue a por él, y no lo hizo, sintió una rabia que pocas veces había sufrido.
—Te quiero, ¿eso no es suficiente para ti?—le había dicho cuando fue a buscarlo a aquella casucha que llamaba hogar.
—No, Lucius, no es suficiente.
—Si fuera al revés, si fueras tú el que tuvieras todo que perder, si sobre tus hombros tuvieras mi responsabilidad, harías lo mismo.
—Eso nunca lo sabremos, porque nuestra vida y nuestras circunstancias son estas. Márchate, por favor.
El Lucius febril recordó a aquel otro Lucius, era tan joven entonces, doce años de diferencia donde empezó a envejecer rápidamente.
—¿Qué voy a hacer yo sin ti?—preguntó a nadie en su recuerdo, Severus se mantenía retirado de él, no quería que volviera a tocarlo.
Al menos, tuvo la delicadeza de no ser hiriente, de no hacer leña del árbol caído.
Se mantuvo mudo, y una imagen reciente, de aquella misma noche, con un Severus de 39 besándole le hizo arder en su sangre.
Lucius sentía que los pensamientos se le nublaban, no sabía si era por la fiebre, pero era incapaz de entender cómo habían llegado a eso.
No es que no deseara volver con Severus, siempre lo había querido y lo seguía haciendo. Pero doce años, y su última visita a Malfoy Manor le dejaban claro que él ya no lo hacía.
El cuello le ardía, y cuando lo tocaba sentía un fuerte dolor.
Junto a su cama estaba uno de sus elfos, y sintió que era así como acabaría, si sobrevivía a aquella noche, moriría viejo y solo, con la única compañía de un elfo doméstico.
Y por primera vez se planteó si su apellido había merecido siempre tanto la pena.
Cayó en la inconsciencia de madrugada, y Narcisa se personó en el dormitorio de su marido en una planta y ala completamente diferente a la suya.
El hombre fuerte y duro con el que se había casado, al principio la había atraído considerablemente. Lucius Malfoy era todo un hombre, salvo que su mujer nunca le gustó, eso también lo supo Narcisa su noche de bodas.
Haciéndola dudar de su belleza, de su idoneidad, ella era la más hermosa de sus hermanas, todos lo habían dicho.
Era una Black, y la joven más solicitada en todos los bailes de sociedad, su compromiso con Malfoy fue firmado cuando ella solo era una niña. Y siempre idealizó a su futuro marido.
Ahora viéndolo sufrir inconsciente en la cama no le provocaba nada.
—Llama al medimago—le dijo al elfo que velaba a su marido—, y avisa también a Phil.
El amante de su marido, al que por lo visto este había despachado era lo que él necesitaba. Ella allí no pintaba nada, no era hora de jugar, intramuros, el papel de la perfecta esposa.
Aquello era todo lo que podía hacer por él, buscarle ayuda médica, y una mano gentil que le sostuviera en esos momentos.
Cerró la puerta, hacía años que ella vivía en su ala, en su planta, con sus propios amantes.
Debía reconocer que no podía culpar a Draco por marcharse, ¿era aquello a lo que uno tenía que acceder por pertenecer a su familia?
El precio era demasiado elevado.
Tras la puerta de su propio dormitorio estaba su joven amante, con el pelo rojo y largo suelto. Era tan atractivo, era tan joven.
Tenía que pensar en ir deshaciéndose de él, pero cuando la abrazó al ver su cara de preocupación, sintió que no podía aún.
Draco llegó al día siguiente cuando ya era de noche.
Esperó que su padre apareciera delante de él, el hijo pródigo había vuelto.
Pero no lo hizo, Draco estaba tan cansado que no supo hasta el día siguiente que su padre sufría unas fiebres horribles.
Seguía aturdido por todo lo que había pasado, por lo que le había pasado a Harry, a él mismo. Por los muggles muertos en el parque.
Parecía solo una mala pesadilla, pero cuando entró en la habitación de su padre, ese mismo que le había atacado, que había atacado a Harry hasta matarlo. No sintió que fuera real.
Phil estaba al lado de la cama de su padre, su semblante era mortalmente serio.
Y Draco no entendía nada, tampoco sentía nada. Como si las emociones de los últimos días le hubieran dejado seco.
—Le han mordido—dijo Phil—. Un hombre lobo.
Draco comprendió rápidamente lo que su familia no llegaba a hacer. Sabía quién había sido, y cuánto se lo había merecido su padre.
—¿Vivirá?
—Creo que tu padre preferiría morir a sufrir lo que ocurrirá si vive.
Si su padre sobrevivía perdería todos sus privilegios, todo por lo que había luchado. Todo por lo se había sacrificado, a él y a los suyos.
Lucius Malfoy, un hombre lobo.
Draco emitió una leve carcajada, pero esta fue escalando hasta un verdadero ataque de risa.
Estaba fuera de lugar, era irreverente, ese hombre seguía siendo su padre, y de un modo retorcido le quería.
Pero aquello era una especie de venganza poética.
Phil le echó, y custodió a su amante, uno que ahora no sería más que carne muerta o defenestrada.
La última mirada que ese hombre, solo unos años más mayor que él mismo, le echó fue clara.
Ahora era suyo, Lucius Malfoy por fin era solo suyo.
—Enhorabuena—dijo aún entre risas nerviosas Draco, Phil le cerró la puerta sin responder.
Todo, todo, absolutamente todo se había ido a la mierda, y a Draco solo le quedaba la risa.
¡He vuelto!
Bueno, ya no recuerdo cuantos meses la había dejado pausada, pero los traigo a todos de vuelta, me ha encantado releer la historia y reencontrarme con todos ellos.
Así que ahora veremos de qué es capaz Harry. ¡Se hacen apuestas!
Gracias por la paciencia.
¿Nos vemos el viernes que viene?
Besitos
Shimi.
