Disclaimer: One Piece es propiedad de Eiichiro Oda. Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling. Yo sólo poseo esta historia llena de clichés.


VI. El sombrero misterioso


1

La estación del tren marino de Hogsmeade consistía en un andén solitario, ubicado en los muelles de la isla, que a esa hora estaba iluminado tenuemente por viejas lámparas de gas, aunque claramente usaban magia en lugar de combustible. La llamada Isla de Hogwarts en realidad no era muy grande: sólo contenía el colegio y sus terrenos, incluyendo un bosque habitado por especies mágicas y el pueblo de Hogsmeade.

—¡Los de primer año, por aquí! —una poderosa voz retumbó por todo el andén. Hagrid se encontraba de pie frente al último vagón, con una vieja lámpara de gas en la mano derecha, mientras agitaba la mano izquierda por si algún despistado no podía notar al enorme semi-gigante que los llamaba—. ¡Vamos, los de primer año, por aquí!

Al mismo tiempo, los prefectos y delegados guiaban a los alumnos de grados superiores hacia la isla. Jinbe tuvo que despedirse del resto de sus nakama para seguir en dirección al castillo con los otros alumnos de tercer grado.

Al final, cuando todos ellos se hubieron marchado, en el andén quedaban solamente Hagrid y los alumnos de primero.

—Muy bien, niños, síganme.

Era una escena surrealista: ver a todas esas pequeñas figuras siguiendo a un hombre tres o cuatro veces más grande que el promedio de sus estaturas, guiándolos a través de un puente de madera húmedo por la brisa marina, el cual conectaba el andén con la isla. Al salir de los muelles, se encontraron con un camino de adoquines dónde los últimos alumnos mayores abordaban viejos carruajes negros los cuales parecían moverse mediante magia. O al menos eso era lo que veía la mayoría. Para el grupo de ex piratas los carruajes eran claramente tirados cada uno por una pareja de lo que parecían ser pegasos esqueléticos con alas como de murciélago.

Luffy se detuvo a mitad del camino y permaneció con la vista fija en uno de esos caballos. A su lado, una niña rubia se acercó al extraño animal, y comenzó a acariciar su cabeza de aspecto reptiliano.

—¡Harry, por aquí! — Hagrid llamó a Luffy.

Ace de inmediato se giró y fue a traer a su hermano de regreso al grupo.

Los últimos chicos que faltaban por ingresar a los carruajes, que resultaron ser dos prefectos de Ravenclaw y los delegados, se acercaron a la niña.

—Los de primer año deben seguir a Hagrid a los botes —dijo el delegado, un muchacho alto y desgarbado con la túnica de Hufflepuff.

La niña acarició una vez más al extraño animal, luego se giró hacia el delegado y lo miró un momento.

—Está bien —dijo con voz tranquila, y luego se marchó dando pequeños saltitos, como si bailara, en dirección al resto del grupo de primero.

La mayoría de los otros alumnos se hicieron a un lado, como si temieran que su «alegría» (o al menos así lo pensó Luffy mientras la veía atentamente) fuera a contagiárseles.

—Ella está muy triste —dijo, y luego siguió a Ace para reunirse con el resto del grupo.

Con los alumnos de nuevo reunidos, Hagrid retomó el camino hacia su destino avanzando en dirección contraria a la seguida por los carruajes. Llegaron a una intersección de tres caminos, en donde había varias indicaciones con flechas de madera. La que apuntaba hacia el camino por donde venían indicaba claramente que iba en dirección a la «Estación de Tren Marino de la Isla Hogwarts» y al mismo colegio, otra que continuaba hacia el frente indicaba «Hogsmeade», y la tercera, que se adentraba por un pequeño bosque, señalaba el camino hacia el «Lago Negro».

Hagrid los guio por esta última.

Tras avanzar cien metros, el bosque quedó atrás dejando ante ellos un espectáculo increíble: había allí un lago de aspecto muy pacífico, en cuya superficie se reflejaban de forma majestuosa las dos lunas que eran visibles esa noche y las estrellas, y a lo lejos se podía ver la enorme mole negra manchada con pequeños cuadros de luz que era el castillo de Hogwarts, contrastando con el cielo estrellado.

—Una vista maravillosa, ¿no lo creen? —comentó Hagrid mientras se detenía un momento para que los alumnos contemplaran tan increíble escena. Algunos de ellos sacaron sus cámaras y comenzaron a hacer fotografías.

Hagrid se veía realmente feliz, sonriendo como un niño ante las exclamaciones de emoción de los más pequeños.

—Si miran a la izquierda, podrán ver unas pequeñas luces que se mueven por el contorno del lago. Son los carruajes que llevan a los alumnos mayores al colegio. A partir del próximo año, ustedes irán en ellos, así que lo mejor es apreciar muy bien este momento: se repite sólo una vez en la vida.

—¿Qué son las luces de la derecha? —preguntó una niña.

Del lado derecho del lago se extendía una mancha luminosa hacia la cual señalaba.

—Ese es Hogsmeade: el único pueblo en esta isla y una de las pocas poblaciones exclusivamente mágicas en East Blue. Por supuesto, está fuera de los límites para los alumnos la mayor parte del tiempo. Podrán visitarlo algunas veces a partir de su tercer año, y siempre y cuando tengan un permiso firmado.

Esto levantó muchas voces de decepción.

—Muy bien, hay que avanzar.

El semi-gigante los llevó a un muelle más pequeño que el principal de la Isla, donde los esperaban una serie de botes de madera, sin remos y con cuatro lámparas encendidas en cada uno de ellos, salvo en el más grande.

—¡Vamos, pisen con cuidado y suban a los botes! Sólo cuatro personas por cada uno.

Hagrid mismo subió a uno, el más grande de los que había allí. Los niños siguieron su ejemplo y subieron a los botes que había a ambos lados del muelle, cada uno de ellos tomando una de las lámparas que había en los asientos.

—Escuché que hay un calamar gigante en este lago —comentó Robin mientras abordaba—. Espero que no vaya a tirarnos para tratar de devorarnos.

Los niños que escucharon esto comenzaron a murmurar con nerviosismo.

—No se preocupen —los tranquilizó Hagrid—. El lago es seguro. Ninguna de las criaturas que habitan en él intentará hacerles daño.

Luffy frunció el ceño cuando vio que la niña rubia estaba sola, ya que todos los que la veían trataban de evitar el bote donde ella estaba sentada tarareando tranquilamente.

—¡Vamos, Lu, no te quedes atrás! —lo llamó Sabo. Él y Ace estaban por abordar otro de los botes.

Luffy, en cambio, se apresuró a subir al bote de la niña rubia y se sentó frente a ella.

Ace y Sabo lo miraron, se encogieron de hombros e hicieron lo mismo.

—Hola, soy Monkey D. Luffy, el Rey de los Piratas.

La niña lo miró un momento, luego sonrió genuinamente.

—Mucho gusto, su alteza. Mi nombre es Luna Lovegood. —Sus ojos pasaron a Ace—. Joven Potter, ¿verdad?

—Sólo llámame Ace.

Luna asintió con la cabeza.

El rubio sentado a su lado sonrió ampliamente mientras se quitaba el sombrero de mago y hacia una pequeña reverencia.

—Soy Sabo.

—¿Solamente Sabo? —preguntó la niña.

—Bueno, técnicamente mi apellido es Wool, pero sólo porque el orfanato tiene la política de dar el apellido de sus fundadores a los niños sin nombre.

Ace miró a Sabo con el ceño fruncido.

—Ey, al menos tengo un techo sobre la cabeza. Es más, de lo que pueden decir algunos.

Ace suspiró. No le gustaba pensar que mientras él disfrutaba de todas las comodidades posibles en la casa Potter, sus hermanos estaban pasando carencias. Luffy viviendo en la selva y Sabo en un orfanato, que si era como lo pintaban en las novelas muggles que leía su madre, entonces tal vez tendría que hacerle una visita para golpear a algunas personas.

Mientras hablaban, el bote comenzó a moverse por sí solo.

Pronto una pequeña procesión de barcas, la cual se podía ver desde todos los puntos del lago gracias a las lámparas, se abrió paso en dirección al castillo. Mientras más se acercaban a la enorme mole de piedra, más impresionante se veía. Ahora se podían ver las torres recortadas contra el inmenso cielo estrellado.

Los botes fueron deteniéndose en un muelle ubicado al final de un canal que se extendía bajo los cimientos mismos del castillo.

Los alumnos se apearon en el muelle de piedra, dejando las lámparas en los botes, los cuales continuaron avanzando por el canal una vez sus tripulantes descendieron.

Los niños siguieron a Hagrid a través de un pasaje y unas escalinatas, las cuales terminaban en el recibidor del castillo y frente a dos enormes puertas. Allí los esperaba una mujer mayor, vestida con una túnica verde esmeralda y un sombrero de bruja a juego.

—Los de primer año, Profesora McGonagall.

—Muy bien, Hagrid, puedes retirarte. Yo me ocupo desde aquí.

La profesora McGonagall dedicó una mirada severa a los alumnos de primero, antes de comenzar a explicar los detalles sobre la selección de Casas y lo que se esperaba del comportamiento de cada uno de ellos.

Una vez que pensó que los alumnos estaban listos, agitó su varita. Las puertas se abrieron dejando ver un enorme salón, iluminado por cientos de velas que flotaban debajo de lo que parecía ser el cielo descubierto. A los lados se veían las cuatro mesas de las casas: Gryffindor y Hufflepuff a la izquierda, y Slytherin y Ravenclaw a la derecha. Al frente la mesa de los profesores, y frente a esta un taburete con un viejo y remendado sombrero de mago.

La profesora McGonagall condujo a los niños por el centro del salón, mientras todas las miradas estaban fijas en ellos. Se detuvieron a unos tres metros del sombrero de mago, el cual de pronto cobró vida, como si se tratase del personaje de un viejo cuento, y comenzó a cantar:

Hace mil años,

cuando la magia despertó,

desde un reino del cielo

descendió el Gran Merlín.

Encontró a un viajero

y a cuatro Dragones que sobrevivieron

a la persecución de los sublevados.

Dio cobijo a esos niños,

les dio nuevos nombres e identidades.

Ellos tenían un sueño:

un colegio donde todos pudieran aprender,

donde la persecución y los prejuicios fueran olvidados.

Encontraron esta isla,

llena de raros animales,

en medio del más pacífico de todos los océanos,

y decidieron hacer de este sitio su hogar.

Cada uno entonces eligió entre los alumnos

a aquellos que representaban las cualidades que más apreciaban.

Para Hufflepuff: la lealtad y el trabajo duro.

Ellos no temen ensuciarse las manos para hacer lo que es correcto.

Para Ravenclaw: la inteligencia y la sed por aprender.

Eruditos son, y nunca desperdiciarán una oportunidad para aprender algo.

Para Gryffindor: el valor y la osadía.

Verdaderos caballeros que no temen hacer lo correcto.

Para Slytherin: la ambición y la astucia.

Podrán parecer fríos, pero te aseguro que entre ellos encontrarás verdaderos amigos.

Durante años eligieron por sí mismos,

Pero, conforme la vida los iba separando,

quedó la duda de cómo seguir a sus estudiantes seleccionando.

Gryffindor, mi dueño, tuvo entonces una idea:

Me apartó de su cabeza

y puso un poco de su mente en mí.

Los otros tres hicieron lo propio,

dotándome de consciencia,

para que a partir de ese día

sobre mis alas cayera la misión de escoger

a quienes habría de recibir cada Casa.

Así que cuando vengas a mí

y me pongas sobre tu cabeza,

no temas que te envíe al lugar incorrecto,

pues he hecho esto durante un milenio,

y me comeré a mí mismo

si encuentras a alguien capaz de hacer mejor lo que yo hago.

Nami sintió nostalgia, como cada vez que escuchaba hablar de Merlín, cuando el Sombrero cantó sobre como tomó a los cuatro «Dragones» sobrevivientes y les dio un hogar en el reino que gobernaba. Ese reino no era otro que Weatheria, el lugar donde entrenó durante esos dos años lejos de la tripulación tras su horrible derrota en Sabaody.

—Muy bien —dijo la profesora McGonagall tomando un pergamino y haciendo que todos los murmullos en la habitación se detuvieran—, cuando escuchen su nombre, caminen hacia el taburete y colóquense el sombrero para ser seleccionados.

Esperó un momento a que los alumnos asintieran, y luego llamó el primer nombre en voz alta:

—¡Bones, Susan…!


2

Cuando Vivi escuchó su nuevo nombre, asintió con resolución para sí misma, mientras se giraba levemente para ver a Ginny (Nami, se recordó), quien le sonrió para animarla. Caminó en dirección al taburete, se sentó y se colocó el sombrero. Al instante sintió una voz hablando en su cabeza:

Ah, una reina —dijo el sombrero—. Ha pasado tiempo desde que alguien de la nobleza vino a mí.

—No soy…

—¿No lo eres? Bueno, puedes haber muerto y vuelto a la vida, pero eso no cambia quien eres. Dígame, su alteza, Reina de Arabasta, ¿alguna vez ha aceptado completamente quien es ahora?

Vivi se mordió el labio. Llevaba once años tratando de entender quién era realmente.

Eso pensé. Yo no puedo responder esa pregunta. Es un viaje que sólo usted puede hacer, lo que puedo hacer es guiarla a donde creo que podrá lograr su objetivo. Alguien que hasta el último momento se desvivió para ayudar a otros, que estaba dispuesta a morir para que su pueblo viviera, no hay duda que su lugar es… ¡Hufflepuff!

Vivi se levantó del taburete, dejó el sombrero y avanzó hacia su nueva casa, la cual la recibió con vítores y aplausos. Giró la mirada hacia sus nakama, esos que como ella estaban de vuelta a la vida bajo nuevas identidades. Encontró sonrisas alentadoras. Con resolución, miró hacia el frente y comenzó a caminar.

La profesora McGonagall llamó a un par de nombres más, y entonces entonó con voz alta:

—¡Boot, Terry!

El niño casi tropezó mientras se abría paso en dirección al taburete. Tuvo una última mirada del Gran Comedor y los ojos de todos los alumnos sobre él, antes de que el sombrero cayera sobre su cabeza.

Hump, interesante, muy interesante.

—¿Puedes hablar en mi mente?

Por supuesto que puedo. Y también puedo ver todo lo que hay en ella. Pero, no temas, pequeño Reno: nadie más que yo sabré lo que veo en tu cabeza. ¡Y vaya mente que tienes! Inteligente como pocos, Rowena habría estado encantada de conocerte. Oh, y esa amabilidad e inocencia, que a pesar de todo lo que has vivido, no se han tambaleado ni un poco, Helga te habría amado, especialmente por esa lealtad inquebrantable hacia tu capitán y tus nakama. Una decisión difícil, ciertamente. Así que te haré una pregunta que rara vez hago: ¿qué es lo que quieres?

Chopper lo pensó un poco. ¿Qué era lo que quería? Durante toda su vida pasada soñó con encontrar una cura para todas las enfermedades. Claro, con sus viajes se dio cuenta que una panacea universal era un sueño utópico imposible de alcanzar. Como médico, siempre tendría trabajo que hacer. Pero no era sólo su sueño, los sueños de sus nakama se volvieron también los suyos. Todos ellos, los Sombreros de Paja, como una familia, compartían un viaje que siempre los llevaría a nuevas aventuras con tal de cumplir esos sueños. Así que él, como médico, debía tener los conocimientos necesarios para ayudarlos a lograr esos objetivos, sin importar los peligros que hubiera adelante.

Muy bien, si así son las cosas, no hay duda de que tu lugar es… ¡Ravenclaw!

Chopper dejó el sombrero, y caminó hacia la mesa que lo recibía con gran entusiasmo, todavía sintiéndose algo aturdido por la conversación con el sombrero.

La voz de la profesora McGonagall se alzó llamando a otro alumno, y otro más después de ese.

—¡Finnegan, Seamus! —llamó tras algunos nombres más.

El comedor estalló en carcajadas cuando el alumno de primero se acercó al taburete haciendo toda clase de extrañas poses. Finalmente, tras un regaño de la profesora, se sentó y colocó el sombrero sobre su cabeza:

Debo decir que tu sentido de la lealtad es de los más grandes que haya visto. ¿Todos tus nakama son así de sorprendentes?

—Ah, puedes apostar por eso. Somos la tripulación más ¡súper! de todos los mares.

Puedo creerlo. La historia los recuerda como una tripulación infame capaz de hacer temblar al mundo. Y, puedo ver que si no fuera por ustedes tal vez yo jamás habría existido. Veamos, la lealtad que tienes a tu capitán y a tus nakama; la lealtad que tenías hacia la familia que construiste, dando hogar y una razón para existir a aquellos que la sociedad olvidó. Y la lealtad que demostraste hacia Tom, tu maestro, al grado de que incluso ahora es a través de sus enseñanzas que todavía riges tu vida. No hay duda para mí, tu lugar es en… ¡Hufflepuff!

Con un baile que sacó más carcajadas a todos, Franky se dirigió hacia la mesa de su casa. Su recibimiento no fue tan entusiasta como los anteriores, dado que no sabían cómo reaccionar ante tan extravagante niño. Los gemelos Weasley, por otro lado, parecían decepcionados de no tenerlo en su Casa.

—¡Granger, Hermione! —llamó la profesora McGonagall.

Con un paso tranquilo, Robin caminó hacia el taburete para ponerse el Sombrero Seleccionador.

—¡Ravenclaw! —gritó el sombrero casi al instante.

Robin dejó el sombrero y caminó con el mismo paso tranquilo hacia la mesa de su nueva casa.

Varios niños más fueron seleccionados, antes de que la profesora llamara a otro de los ex piratas:

—¡Longbotton, Neville!

—¡Gryffindor! —gritó el Sombrero dos segundos después de que Usopp lo hubiera puesto sobre su cabeza.

Usopp casi se tropieza mientras caminaba haciendo reverencias ante los aplausos emocionados de sus nuevos compañeros de casa.

—¡Lovegood, Luna!

Se escucharon murmullos que no agradaron mucho a Luffy. Luna, al parecer no notando estos, avanzó hacia el sombrero dando saltitos. Se sentó, colocándose el Sombrero Seleccionador y, tras un par de minutos, este gritó: Ravenclaw.

—¡Malfoy, Draco!

Sanji avanzó con tanta tranquilidad como Robin, se colocó el Sombrero y esperó.

—¿Estás seguro? —preguntó el Sombrero—. Ciertamente tienes la astucia para la Casa de las Serpientes, pero no creo que tu corazón esté realmente allí.

—El bastardo ya culpa a mi madre porque no sea lo que él esperaba.

—El valor y la lealtad que has demostrado durante toda tu vida, tanto la pasada como esta, son dignas de Gryffindor.

—Mira, Sombrero de mierda, si me mandas a otra Casa, ese bastardo es capaz de matar a MI madre. No importa si se vuelve una mierda, soportaré cualquier cosa para protegerla, al menos hasta que tenga el valor de darle una patada en las bolas a ese imbécil y dejarlo.

Muy bien, si realmente estás seguro, entonces ve a… ¡Slytherin!

Sanji caminó con toda la dignidad que pudo, mientras la mesa de su casa aplaudía con poco entusiasmo, y los Gryffindor abucheaban en su dirección.

Luffy apretó los puños ante eso.

—¡Basta! —gritó.

El comedor quedó en silencio, mientras Sanji sonreía alegre. Siempre podía contar con su capitán. Mientras se sentaba en su nueva mesa, un poco apartado del resto, los Sombrero de Paja aplaudieron a su nakama.

La clasificación continuó, hasta que llegó el momento que al parecer todos en Hogwarts esperaban ese año:

—¡Potter, Ace!

Ace no estaba de humor para entrar en su modo de «relaciones públicas», así que simplemente caminó hasta el taburete pretendiendo ignorar los murmullos a su alrededor.

No esperaba esto —comenzó el Sombrero—. Pero debí suponer que pasaría. Clasifiqué al mismo Gol D. Roger y a su esposa Rogue hace varios años. Y ahora viene a mí su hijo, también reencarnado.

—No me interesa —espetó Ace.

Son tus padres…

—Y dejaron a Luffy a su suerte. Pensé que ella era diferente. Luchó por mantenerme veinte meses en su vientre, ¿no pudo luchar de la misma forma por Luffy?

No me corresponde a mí juzgar sus acciones. Es tu mente la que debo clasificar, y para mí no hay duda de que debes ir a… ¡Gryffindor!

El comedor, en especial la mesa de los leones, estalló en vítores. Ace dejó el sombrero en el taburete y caminó hacia sus nuevos compañeros, no pudo evitar girarse hacia Luffy y Sabo para sonreírles un momento.

—¡Potter, Harry!

Los murmullos de sorpresa regresaron. Todos estaban deseosos de saber sobre el Potter Perdido. Los Gryffindor no estaban muy contentos, siendo el mismo niño que evitó que continuaran abucheando al Malfoy.

—¡Potter, Harry! —volvió a llamar la profesora, visiblemente molesta cuando el niño permaneció en su lugar hurgándose la nariz.

Fue Nami quien finalmente lo hizo avanzar, tras golpearlo en la cabeza.

Luffy se colocó el Sombrero Seleccionador, recibiendo una mirada más intensa de lo normal de parte de la profesora McGonagall.

Pensé que lo vería pronto, Rey Pirata. Y vaya sorpresa, ese destino de los D realmente es impredecible. ¿Quién diría que haría del segundo Rey Pirata el hijo de su predecesor en esta vida?

—¿Eh? ¿Quién?

El sombrero rio en su mente.

No creo que me corresponda a mi decirlo, mejor vaya ocupando su lugar en… ¡Gryffindor!

El gran comedor estaba en silencio, salvo por los Sombreros de Paja, Ace y Sabo que apoyaban a su capitán y hermano. Los Gryffindor no parecían dispuestos a aplaudir al niño que defendió a un Slytherin, peor aún, defendió a un Malfoy. ¿Cómo el sombrero lo había enviado a su casa? Fue Ace Potter quien comenzó a aplaudir en su mesa. Muchos lo miraron con el ceño fruncido. Los gemelos Weasley, por su parte, entendieron: era su hermano, así que ellos también aplaudieron. Su amigo Lee Jordan se unió. Y pronto toda la mesa aplaudía, aunque no de la forma tan entusiasta habitual en ellos.

La clasificación continuó. Pasaron varios niños más, y entonces llegaron los últimos tres nombres de la lista:

—¡Weasley, Ginevra!

Nami caminó hasta el taburete, tomó el Sombrero y lo dejó caer sobre su cabeza.

—¡Slytherin! —gritó el sombrero apenas si la hubo tocado.

El comedor quedó en silencio.

—¿Qué? —fue un Slytherin quien habló.

Nami se mordió el labio mientras caminaba hacia su nueva mesa con todas las miradas puestas sobre ella. Podía sentir especialmente la mirada de Severus Snape, su nuevo jefe de casa, quemando su espalda. Sus nakama de nuevo rompieron el hielo, junto con el resto de los Weasley. En la mesa Slytherin, solamente Sanji aplaudía. Nami se sentó junto a él, sonriendo nerviosamente.

—No te preocupes, voy a protegerte —declaró Sanji sin entrar a su habitual modo romántico. Esto era algo serio.

En la mesa de Gryffindor, los gemelos Weasley y Luffy competían por ver quién podía aplaudir más fuerte.

—¡Weasley, Ronald!

Zoro avanzó con desgana hacia el taburete. Se colocó el Sombrero y al instante la voz habló en su cabeza:

Una gran astucia y ambición para lograr tus objetivos. Esa sed de poder habría encantado a Salazar. Puedo ver eso, pero también la lealtad inquebrantable a tu capitán. No tengo más opción, tu lugar es en… ¡Gryffindor!

Zoro se quitó el Sombrero y caminó hacia su mesa. El ánimo habitual en el comedor parecía haberse reanudado.

—¡Wool, Sabo!

Sabo miró hacia la mesa de Gryffindor mientras se ponía el Sombrero sobre la cabeza.

Te iría bien en Ravenclaw, pero claramente nunca dejarás a tus hermanos, menos ahora que se reúnen después de tanto tiempo, no tengo más opción que enviarte a… ¡Gryffindor!

La mesa de los Leones estalló de nuevo en vítores, mientras Sabo se reunía con sus hermanos.

Terminada la selección, el director Dumbledore se puso de pie.

—¡Bienvenidos! —dijo sobre el estruendo de voces, las cuales poco a poco volvieron a callar—- ¡Bienvenidos a otro año en Hogwarts! Sé que están cansados y hambrientos por el viaje, así que no los entretengo más. ¡Que comience el banquete!

Y las mesas se llenaron de tanta comida, que Luffy se sintió en el paraíso.