Disclaimer: One Piece es propiedad de Eiichiro Oda. Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling. Yo sólo poseo esta historia llena de clichés.
VII. Antes de dormir
1
Terminado el banquete fue momento de que cada Casa se dirigiera a sus dormitorios. Nami estaba por ponerse de pie, cuando Sanji la detuvo. Los mayores permanecían sentados, mientras con la mirada indicaban a los de primero que no se precipitaran. La mayoría de los primeros años permanecían con mirada tan neutral como los mayores, aunque unos pocos miraban nerviosamente a su alrededor. Los seis prefectos de Slytherin eran los únicos de pie: recorrían la mesa casi como si fueran los custodios del comedor de una prisión.
Nami centró su atención en las otras tres mesas.
Gryffindor fue el primer grupo en salir. Sus alumnos abandonaron del comedor charlando entre sí de manera ruidosa, de tal forma que Nami apenas si podía escuchar la voz de su hermano, Percy, mientras trataba de reunir a los de primer año. Tarea un poco complicada, con Fred y George riéndose a costa de él. Por fin sólo quedaron los de primer año, los cuales se veían agotados y somnolientos. Bueno, Nami tenía que admitir que ese idiota de Zoro siempre estaba somnoliento, a menos que estuviera luchando o entrenando. Luffy, como era de esperarse, rebotaba por todas partes, aunque Ace y Sabo parecían ser más que capaces de controlarlo… al menos de momento. El asunto no era si el capitán haría algo que lo metería en problemas, sino cuando lo haría.
Hufflepuff fue la siguiente casa en retirarse. Parecían ser tan alegres como los leones, pero el bullicio era mucho menor en comparación. Salvo por Franky, quien no paraba de gritar lo súper que era estar allí y lo bien que esperaba pasarlo con todos. Vivi parecía divertida por su actitud, mientras la mayoría de los otros de primer año lo miraban como si fuera un bicho raro. Los prefectos de Hufflepuff al parecer no sabían cómo lidiar con un tejón cuya actitud era más Gryffindor que otra cosa. Pero al final lograron imponer el orden y salir del comedor, casi al mismo tiempo que los Ravenclaw, más ordenados, aunque igualmente felices de estar allí, también salían del comedor.
Nami se dio cuenta de que quedaban únicamente los Slytherin, ya que incluso los profesores habían salido. Excepto uno.
Los prefectos se movieron al frente de la mesa, en donde ya los esperaba su jefe de casa, el profesor Severus Snape, para dar indicaciones.
—¡Muy bien! Primer grado, permanezcan un poco más —dijo el prefecto de séptimo, mientras su compañera y sus colegas de sexto se apresuraban a guiar al resto de los grados hacia las puertas del comedor.
En un par de minutos, en el comedor sólo quedaban los Skytherin de primero —quienes se pusieron de pie y se acercaron hacia su jefe de casa, formándose en dos filas paralelas delante de él—. Los dos prefectos de quinto permanecieron esperando en la puerta. El profesor Snape dirigió una mirada impávida a los alumnos de primero, uno a uno, como analizando si de verdad eran material para su Casa.
Una vez que examinó a todo el grupo, sacó su varita y la agitó, entregando sus horarios. Nami frunció el ceño, un poco extrañada. Por las cartas de sus hermanos mayores sabía que los horarios no se entregaban hasta el desayuno del primer día de clases.
—Ustedes están en la noble casa de Salazar Slytherin —comenzó a hablar el profesor Snape. Su voz era baja, casi en un susurro duro, pero lo suficientemente clara para que todos lo escucharan y se mantuvieran atentos. Nami no pudo evitar estremecerse. Este era Severus Snape: el profesor más odiado por todos aquellos que no fueran Slytherin—. El resto del colegio los verá como basura, como ya se ha demostrado hoy, por ese simple hecho. Los Slytherin nos mantenemos juntos a causa de esto. Cualquier disputa que tengan con otros compañeros dentro de la Casa se resuelve en la sala común. Fuera de ella, todos somos uno, ¿queda claro?
Recibió una serie de asentimientos impares.
—¿Están escuchando?
Esto los hizo responder con más firmeza.
—Muy bien. Procuren memorizar los horarios esta misma noche. Y, de ser posible, leer los primeros capítulos de los libros de texto antes de sus clases. Si bien no deseo que sean unos sabelotodo insufribles como la mayoría de los Ravenclaw, sí espero que no avergüencen a esta Casa yendo a sus clases poco preparados. Es por esto que, a diferencia de mis colegas que ven pertinente esperar hasta mañana, les estoy dando ahora mismo sus horarios.
Volvió a recorrer a sus alumnos con la mirada, deteniéndose en Nami, lo que la hizo saltar un poco. Había algo en esos ojos que los hacía parecer pozos vacíos. La navegante apartó la mirada, ya que le recordaban demasiado a sus propios ojos durante esos años de cautiverio en Arlong Park.
—Recuerden, ustedes no son Slytherin porque un estúpido sombrero los envió aquí. Lo son porque poseen la astucia, la ambición y el poder que nuestro fundador, Salazar Slytherin, tanto valoraba. Espero un mínimo de comportamiento que refleje dichas cualidades, sin importar que su linaje no sea precisamente el más… adecuado, para esta Noble Casa.
Nami tuvo que morderse el labio para no responder a un insulto que tan obviamente iba dirigido a ella. A unos dos pasos a su derecha, Pansy Parkinson no tuvo problemas para reírse entre dientes. Sintió la mano de Sanji sobre su hombro, lo cual disipó todo su temor.
¿Honrar las cualidades de Slytherin? Nami no era tonta, su misma madre le decía, a veces como reproche, que era muy Slytherin. No podía evitarlo, le gustaba el dinero… especialmente si con ese dinero podía aligerar la obvia carga que siete bocas que alimentar ponían sobre sus padres; y sí, la astucia que mostraba para conseguirlo superaba incluso a la que los gemelos ponían a cada una de sus bromas. Así que sí, Nami era una Slytherin y demostraría que era la mejor, pero sin renunciar a sus nakama, como Snape había dejado ver de forma implícita: manténganse unidos, porque las otras casas no dudaran en atacarlos, no son sus amigos.
—Pueden retirarse —ordenó el profesor.
Pronto, los diez alumnos de primero estaban siendo guiados por los pasillos en dirección a las mazmorras.
Nami no pudo evitar estremecerse de frío. Estaban en verano, en una isla justo en medio de East Blue, lo que significaba un calor que a veces podía llegar hasta los 35 grados a la sombra, así que no debería hacer tanto frío. Al parecer las mazmorras de Hogwarts tenían más que bien ganada su reputación de ser un lugar frío y húmedo, incluso cuando siempre pensó que sus hermanos decían eso por la típica rivalidad de los leones con las serpientes.
La sala común de Slytherin resultó estar justo bajo el Lago Negro, debido a esto, sus ventanas tenían un encantamiento similar al del techo del Gran Comedor para reflejar el clima del exterior.
Una vez en la sala común, las miradas de los otros Slytherin se volvieron hacia ella. Si pudieran matar, habría caído fulminada al instante. Sanji, como el caballero que era (cuando no estaba en modo pervertido), se puso de pie frente a ella de forma protectora.
—¿En serio, Malfoy? —preguntó un chico de color con una estatura un poco más grande que el promedio—. ¿Defenderás a esta Traidora a la Sangre?
—Con mi vida de ser necesario, Zabini —respondió Sanji desafiante, casi escupiendo el apellido.
Nami miró a su alrededor. Ninguno de los prefectos o los chicos mayores parecía interesado en intervenir. La mayoría miraban la escena con cierto aire de indiferencia, o incluso de asco, cuando sus miradas se topaban con ella. Unos pocos parecían más bien interesados en saber el resultado del enfrentamiento entre los dos de primero. Podía entender el razonamiento detrás de eso. En la situación actual, de las familias «oscuras» que no quedaron degradadas por asociarse con Voldemort durante la guerra, los Malfoy y los Zabini eran los más aventajados. Zabini ganaba en riquezas netas (en especial porque Blaise era el heredero no de una, sino siete fortunas mágicas de gran notoriedad), pero los Malfoy tenían mayor influencia en el gobierno.
—¿Qué es lo que te pasa, Draco? —intervino Pansy Parkinson—. Primero desapareces a mitad del viaje en el tren, y reapareces con Potter y su séquito de anormales. En la cena apenas si hablaste con nadie, y ahora defiendes a esta… rata de campo.
Sanji apretó si mano alrededor de seu varita. Podía ver a Crabble y Goyle, sus «guardaespaldas» (más bien los espías de su mal llamado padre), detrás de Parkinson expectantes ante que es lo que haría, seguramente para informar. Aun así, no haría nada contra Pansy, era una dama, por más desagradables que fueran sus palabras. Su atención volvió a centrarse en Zabini.
—¿Rata de campo? —preguntó Nami de pronto enarcando una ceja—. ¿Ese es el mejor insulto que tienes?
Siendo pirata, había escuchado insultos mejor pensados y aplicados que ese.
—¡Tú…! ¡Eres una campesina! Tu familia vive de la caridad, mezclándose con muggles. Deberían romperles las varitas y exiliarlos con la basura. ¡Son un insulto para los magos…!
Nami sonrió con malicia. Levantó su varita y, antes de que Parkinson supiera que pasaba, una luz roja la golpeó en la cara. Al instante, de su nariz comenzaron a salir enormes murciélagos de color verde.
Los prefectos tuvieron que intervenir entonces, mandando llamar al profesor Snape.
Nami notó que las miradas de muchos de sus ahora compañeros de clases pasaron del desdén abierto a la sorpresa, o incluso a la intriga. Tal parece que ser capaz de lanzar el maleficio mocomurciélago antes de siquiera tener su primera clase formal de magia le había sumado algunos puntos a su reputación dentro de la Casa Slytherin. Tendría que agradecer a Charlie por haberle enseñado el maleficio «por si lo necesitas para quitarte de encima a un acosador, o a los gemelos». Tal vez le hornearía algo. Si bien no le había gustado que su madre insistiera en que tenía que aprender a hornear, ya que era una niña, debía admitir que era una buena forma de agradecer a sus hermanos sin gastar mucho de sus ahorros.
—Buen trabajo —susurró una de sus compañeras de primer año, mientras pasaba a su lado camino al dormitorio.
Mientras todos los de primero se marchaban, ella tendría que quedarse en la sala común a la espera de que Snape se presentara. «Una noche divertida», pensó con sarcasmo, «para ser la primera».
2
Robin se mantuvo calmada mientras recorrían los pasillos y subían las escaleras. Vigilaba de cerca a Chopper, quien se distraía fácilmente cada vez que encontraban algún cuadro que se movía, o una armadura que claramente patrullaba los pasillos. Y, por supuesto, tenía que asegurarse de que no fuera a salir corriendo cada vez que alguno de los fantasmas residentes del Colegio decidía salir a su paso, ya sea para saludar o simplemente porque estaban en su zona del castillo.
A su lado, la alegre niña rubia, Luna, parecía ir metida en su propio mundo. No pudo evitar notar que el resto de sus compañeros querían estar lo más lejos posible de ella, como si tuviera una enfermedad que quisieran evitar contraer. Reconocía el sentimiento de su primera infancia en Ohara. Decidió que valía la pena vigilar que no fueran a tomarla contra Luna de la misma forma que los niños de su isla natal lo hicieron contra ella.
En esta vida no es que Robin hubiera tenido una infancia mejor. Amaba a sus padres, y no podía negar que fue agradable poder vivir tranquila sin el riesgo de ser traicionada en cualquier momento. Un temor que, aunque irracional, no la abandonó del todo. Cuando más joven, solía tener horribles pesadillas en las que veía como sus nuevos padres la entregaban a los marines para cobrar su recompensa. Despertaba agitada, y tenía que recordarse que ya no era la Niña Demonio. Ya no existía un Gobierno Mundial, y aunque lo hubiera, ella ahora era una nueva persona.
Por otro lado, en el colegio tampoco es que hubiera hecho muchos amigos. Su gran madurez con respecto a los otros niños, sumada a su inteligencia, su gusto por la lectura y su sentido del humor mórbido le ganó el ser llamada «bicho raro»… Justo como en su primera infancia. Por supuesto, ahora no le molestaba tanto como antaño, en especial porque la bibliotecaria de su colegio era una anciana muy culta, quien se había retirado de su puesto como curadora de un museo y ahora trabajaba en la biblioteca como un pasatiempo, así que podía pasar los descansos hablando con ella. La mujer francamente estaba sorprendida por los conocimientos de Robin, y la alentó a no dejar nunca de aprender.
Volviendo al presente, los prefectos daban toda clase de información sobre tal o cual cuadro, y en general detalles sobre el colegio que Robin ya había leído en Hogwarts, una historia. Al menos debía admitir que la chica tenía el don para hacer de guía, hablando con la suficiente espontaneidad como para no aburrir. Contrario a su compañero, que claramente memorizó pasajes del libro y ahora los repetía como un dial de sonido.
Por fin, tras atravesar el colegio de punta a punta, subieron por la escalera de caracol de una de las torres. Al llegar a la cima, encontraron una puerta sin pomo. En el centro de la puerta había una aldaba de bronce con la forma de un águila.
—Esta es la entrada de la Torre de Ravenclaw —anunció Penélope Clearwater, la prefecta de quinto—. Para entrar, deben resolver la adivinanza que les dé la aldaba de la puerta. Sólo tienen una oportunidad, así que si fallan deberán esperar a que alguien salga o llegué alguien que pueda responder la pregunta.
Dicho eso, la aldaba procedió a dar una adivinanza, la cual los prefectos animaron a uno de ellos a responderla.
No era realmente complicada, al menos para cualquiera que prestara un mínimo de atención al juego de palabras. Y, considerando que todos allí estaban en esa casa por ser los que más valoraban el conocimiento, no tardaron en responder.
Entraron a una cómoda estancia con una decoración agradable, en la cual resaltaban los tonos azules y dorados. Había cuatro chimeneas, varias mesas de estudio, y algunos sillones que se veían realmente cómodos. La mayoría de las paredes estaban recubiertas por altos libreros, lo cual convertía la habitación en una biblioteca decente.
Al fondo había dos escaleras que, como es obvio, conducían a los dormitorios.
Los prefectos dieron algunas indicaciones más, principalmente sobre el cuidado de los libros y las reglas de convivencia de la sala común. Haciendo especial énfasis en asegurarse de cerrar la Sala Común al entrar o salir. Al parecer, era muy común que los alumnos la dejaran abierta debido a su tendencia de estar muy concentrados en sus lecturas o estudios para darse cuenta.
Robin se despidió de Chopper y siguió a Penélope junto con sus compañeras escaleras arriba hacia su habitación.
Por supuesto, se dieron las presentaciones de rigor de manera más formal que en el comedor. Una vez más, Luna fue dejada de lado por el resto de las chicas, cuando mencionó unas extrañas criaturas que parecían existir solamente en su cabeza.
—Mucho gusto, Luna, soy Hermione Granger.
—Oh, eres amiga de Luffy —comentó Luna—. Es un placer. Lo conocí en el carruaje.
Robin frunció el ceño.
—¿Luffy te habló sobre mí? —Por supuesto, sabía que no era así. ¿Qué motivo podría tener el capitán para hablarle a Luna sobre ella?
—Oh, no. Tienes un aura igual a la suya. Todos ustedes la tienen. Puedo decir que son almas viejas.
Y tras esas enigmáticas palabras, Luna le deseó buenas noches y se retiró a dormir.
Robin permaneció un rato más pensando en eso. Luna resultó ser más especial de lo que pensó en un primer momento.
