Dos Tipos de Soledad

Capítulo 2: Corazón con alma de metal

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Los colores se juntan y forman un arco iris, así como las personas se juntan y forman un vínculo. De eso se constituye el mundo, que se mueve como la corriente de un río y nosotros navegamos por sus aguas a veces turbulentas, a veces apaciguadas, las cuales nos llevan por un bucle sin fin al que llamamos el ciclo de la vida.

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Feliciano se encontraba esperando a Ludwig en la puerta de su casa, con su motocicleta apagada para no gastar combustible y las manos agarrotadas del frío que los guantes no podrían eliminar del todo mientras manejaba. Intentó calentarlas frotándolas entre sí y escuchó cómo los cachorros de Ludwig y Gilbert se arrimaban a la puerta y la rascaban con sus pequeñas patas, sonrió y tocó el timbre de la entrada para alertar su llegada; seguramente Gilbert abriría y le intentaría persuadir para que no condujera en ese clima, como cada día desde que empezara el invierno. Cuando escuchó los ligeros pasos que provenían dentro del hogar, supo de inmediato que no sería el hermano mayor, sino el menor, quien lo recibiría esa mañana.

—Pasa, Feli —dijo Ludwig abriendo de par en par la puerta, haciéndose a un lado para dejarlo entrar. El morocho intentó alejarse de los cachorros que intentaban subirse por su pierna y como no le molestaba en lo absoluto, es más, lo divertía bastante, les siguió el juego feliz—. ¡Bueno, apártense!

Feliciano entró finalmente a la residencia y acarició a cada uno de los cachorros con su mano enguantada y le dedicó una sonrisa al rubio. Cuando los perros se hubieron calmado un poco, se hizo a un lado y observó cómo Ludwig ordenaba a sus inquietas mascotas que se fueran de ahí, luego le devolvió la sonrisa y le indicó que salieran de la antesala.

—Gilbert acaba de tirarme su chocolate en mi pantalón, el muy imbécil. Iba a mi habitación a cambiarme, así que espérame.

—Oh, vale, no pasa nada —respondió Feliciano viendo la mancha en el pantalón negro del colegio, riendo disimuladamente—. Saludaré a tu mamá.

—Están los dos en la cocina, ya bajo.

Como prometió, Feliciano se dirigió al final de uno de los pasillos –pasando al lado de la escalera imperial por donde subía Ludwig– y llegó a la cocina que vibraba de vida. Gilbert seguía sentado en la mesa auxiliar donde los Beilschmidt tomaban normalmente el desayuno y su madre se encontraba lavando la vajilla con la que habían desayunado, seguramente, mientras charlaban entre sí en alemán. Era una costumbre que no querían perder sus padres.

—Buenos días.

¡Fefe! ¡Hola!, llegaste temprano hoy —le saludó Gilbert volteándose a verlo y cambiando las palabras al español, algo normal cuando estaban en presencia de alguien de Santa Isabel, después movió una silla para que se sentara—. Dime que no llegaste en esa motocicleta tuya, otra vez…

—Pues sí, sí lo hice —contestó Feliciano riéndose un poco mientras se dirigía hacia donde estaba la madre de su novio, apelativo que ella aún no sabía que tenía—. Buenos días, Ann Sophie.

—¿Cómo estás, Feli? —se secó las manos con una toalla que tenía a la mano y lo saludó con un beso en cada mejilla—. ¿Ya desayunaste? Gilbi no me recibió las tostadas hoy así que te las puedes comer con mermelada sí quieres, cariño.

—Ah, vale, muchas gracias —se quitó los guantes, tomó el asiento que le ofreció Gilbert antes y recibió un plato con dos tostadas recién hechas y un tarro de mermelada de fresa que iba ya por la mitad. Luego, la mujer le pasó una pequeña taza con chocolate caliente, asumiendo que ya había desayunado antes—. ¿No tienes hambre, Gigi?

—Odio el frío y hoy está una mierda, eso me quita el hambre, ya lo sabes —tomó una cucharita del porta cubiertos que estaba todavía sobre la mesa y sacó un poco de mermelada con ella del tarro—. Prefiero tomar un poco de chocolate.

—Ludi me dijo que le cayó un poco-

—¡Sí! —carcajeó Gilbert interrumpiéndolo y echándose para atrás de la risa, contra el respaldo de su silla—, quería un poco de mi tasa porque se había acabado el suyo y forcejeando ¡se lo tiré encima!

—Y ya les dije que si los vuelvo a ver pelear así, se harán el desayuno solos de ahora en adelante —dijo Ann Sophie, reprochando a Gilbert con la mirada a la vez que terminaba de lavar—. Envejeceré pronto con estos chicos, deberían de ser como Roderich y calmarse de una buena vez.

Roderich era el hermano mayor de Gilbert y Ludwig, de 26 años, el cual se había casado recientemente y tenía un puesto como profesor de Lengua y Literatura II, en la misma escuela a la que asistían. A Feliciano le agradaba mucho, siempre estuvo pendiente de ellos cuando pequeños y era en extremo respetuoso con todo y con todos, por ello el apelativo de estirado le seguía por la gente que –según él– tenía pocos modales. Además, su esposa era un encanto, era la profesora de inglés en Bachillerato –de ahí que se conocieran– y ella siempre ayudaba a los mellizos en sus clases cuando se atrasaban, lo que la hacía su profesora favorita.

Feliciano al ver a Ann Sophie sentarse a su lado y tomar una taza color verde menta para llevarla a sus labios, hizo lo mismo con la suya para pasar las tostadas que había comido rápidamente, debido a que sabía que Ludwig bajaría en cualquier segundo y les gustaba llegar temprano al colegio juntos –por eso estaba ahí, después de todo. En eso, Gilbert se sentó correctamente y cruzó los brazos disgustado por la reprimenda de su madre.

—Si fuéramos como Rodi, Ludi explotaría por ser el doble de estirado y yo me iría dando cabezazos contra cualquier pared para perder la capacidad del habla.

—¡Respeta a tu hermano, Gilbert! —lo regañó Ann Sophie, con el ceño fruncido, lanzando un manotazo al aire hacia donde estaba su hijo del lado contrario de la mesa—. Anda, vete a asear antes de que me provoques una trombosis.

Gilbert se levantó y dirigió al cuarto de baño del segundo piso dando risotadas por lo dicho, en eso, chocó con Ludwig cuando iba saliendo de la cocina gritando "¡cuidado!", a la vez que empujaba a su hermano a un lado y salía corriendo para que éste no le golpeara.

Mutti, no me culpes el día que lo mate de un arrebato —Ludwig entró de lleno a la cocina y se hizo a un lado de Feli dándole a entender con ese gesto que podían irse ya.

—Mi amor, a veces me pregunto por qué no lo has hecho ya, con esos músculos que te cargas y las peleas que se arman ustedes solitos…

Ludwig se acercó a besarla como despedida y Feliciano recogió el plato con la taza para lavarlos, por cortesía.

—Tengan cuidado en esa motocicleta —aconsejó Ann Sophie aún con la tasa de café caliente en sus manos, sentada en la mesa auxiliar—, no sé cómo Valeria te deja manejar con estas temperaturas, cariño.

Feliciano le sonrió.

—Es que mamá últimamente ha salido más temprano a la clínica. Creo que un conejito anda crítico y está muy atenta hasta que se recupere. Entonces, no se entera.

—Tranquila mamá, es muy responsable manejando y no ha llovido, por lo menos.

—Y las nuevas chaquetas que compré ayudan contra el frío —Feliciano miró a Ludwig y le guiñó el ojo disimuladamente—. Si viera a su hijo, se ve Hardcore cuando se pone la suya.

La madre se echó a reír y los despidió de nuevo al ver que ya se habían pasado de la hora a que normalmente salían para llegar temprano a su colegio. De igual forma, quería descansar un rato antes de salir y sabía que Gilbert no demoraría en pedir un taxi para ir al colegio –como había dicho, odiaba el frío y prefería irse ciertos días en taxi para evitar caminar hasta la parada de bus. Al llegar a la antesala, Ludwig agarró las llaves y despidió a los cachorros que nuevamente llegaban, esta vez para despedirse de su dueño.

—Adiós Blackie, Berlitz, Aster.

—¡Cuídense perritos!

Los chicos salieron entonces de la gran casa a paso tranquilo, Feliciano agarró su motocicleta y le tendió los cascos a Ludwig, quien se abrigaba con la chaqueta que había agarrado de su cuarto antes de bajar. Feliciano se acomodó en el asiento, al igual que el rubio, y éste le pasó las manos por la cintura para acomodarse mejor cuando partieran. Sintió la mano izquierda de Feliciano acariciando la suya sobre los guantes.

—Hola amor mío —saludó como era debido a su novio y éste le contestó apretándole la mano, Feliciano en tanto puso en marcha la máquina y sintió cómo el blondo se acercó a su rostro el cual giró hacia él y se besaron apaciblemente.

—Buenos días, Feli—susurró Ludwig con una sonrisa en sus labios, los cuales aún seguían conectados por meros centímetros. Se pusieron los cascos y el morocho dobló la esquina que daba a la calle principal. Llegaron al primer semáforo que tomaban al salir de casa de Ludwig y se detuvo mientras éste cambiaba—. ¿Dormiste bien?

—Sí, Nino estuvo hablando por un buen tiempo con Toni por celular, pero cuando vio que se me caía la cara del sueño salió a la sala y me dejó dormir —puso el direccional y dobló a la derecha, ya estando en la vía principal dejaron la conversación para cuando llegaran y pudieran escuchar bien, sin la incomodidad de los cascos, del viento y del motor.

El frío de diciembre se sentía a pesar de lo cubiertos que estaban, pero Feliciano quería aprovechar al máximo su nueva licencia de conducción que había obtenido apenas hubo cumplido sus 16 años –edad mínima para los papeles– y la nueva motocicleta que le había regalado su madre. Además, Ludwig lo complacía haciéndole compañía y usando ese precioso tiempo para llegar temprano al colegio como le gustaba.

Feliciano aparcó en su espacio destinado y se bajaron tiritando un poco por el frío que habían recibido mientras manejaban.

—Feli, es la última vez en este año —sugirió Ludwig, quitándose la chaqueta cuando entraron al cálido ambiente del colegio—. Además, escuché que mañana habrá tormenta.

—Sí, Lulu, también vi el reporte. No te preocupes —siguió al morocho hasta su casillero, el cual quedaba en la primera planta, y le ayudó a meter la chaqueta y los cascos en medio del desorden que llevaba Feliciano dentro

—De verdad me gusta cómo te queda esa chaqueta, cariño, menos mal aún había de tu talla en la tienda —Feliciano cerró el casillero y lo miró coquetamente.

—Si te escuchara tu mamá… —le tomó la mano por los pasillos casi desiertos y se dirigieron a la segunda planta al casillero de Ludwig—, ya piensa que compré todo yo. No sé cómo me das estos regalos sin que se te acabe el dinero que te dan, ya te he dicho que no es necesario.

Ludwig solo se encogió de hombros y abrió su casillero una vez llegaron. Como siempre, se mostraba misterioso frente a ese tipo de acciones que tenía para con su novio.

—Gracias, de nuevo, amore. ¡Para navidad te tendré un súper regalo! —dijo entusiasmado mientras veía como Ludwig metía su chaqueta en el espacio del casillero—. Hablando de eso, ¿cuándo regresa tu papá, Ludi?

—Creo que no llegará a navidad… de nuevo —Feliciano vio cómo el blondo hacía una mueca inconforme y tomaba un libro para meterlo en su mochila—. Mamá ya no lo aguanta más, creo que pedirá el divorcio.

Feliciano se entristeció con esa noticia que le caía como agua fría, porque aunque sabía que los padres de su novio llevaban meses en una complicada situación, no había creído en ningún momento que las cosas fueran a acabar de esa manera para la pareja. Si bien entendía los motivos para que Ann Sophie quisiera separarse de su esposo, intuía que los hermanos Beilschmidt no tomarían bien el momento en el que se hiciera realidad.

Cerraron el casillero y tomados de las manos se encaminaron a la enorme cafetería interna de San Bartolomé de la Asunción. Las puertas que daban a la salida del patio –donde tomaban sus descansos entre clases– se encontraban cerradas de momento, además, era mucho mejor aprovechar la calidez que brindaba el recinto. Tomaron asiento en una pequeña mesa de cuatro puestos y se acomodaron lo más juntos que podían.

—Lo siento mucho… —dijo Feliciano. Escuchó como Ludwig suspiraba pesadamente y le apretó la mano que sostenía la suya debajo de la mesa para brindarle apoyo.

—Desde que se perdió el tercer aniversario, lo veía venir —prosiguió el rubio devolviendo el apretón—. Gilbert me dijo que había visto búsquedas realizadas de abogados de divorcio del computador que está en la biblioteca de la casa.

—Pero cabe la posibilidad de que lo resuelvan cuando vuelva, ¿no crees?

Ludwig se pasó la otra mano por sus hebras platinadas y lo miró dolido— La verdad, es mejor que se separen. Me duele, mucho, pero me dolería más ver a mamá llorando de nuevo por algo que papá hizo. O no hizo —suspiró por segunda vez y bajó la mirada a sus manos entrelazadas—. Cuando Rodi la llamó anoche, se levantó del comedor y comenzó a hablar en susurros. Eso no es normal… y sabemos que a quien le confiaría esto será a él y no a nosotros.

—Ludi, no sé qué decir…

—Tranquilo, no te preocupes por estas cosas —escucharon murmullos fuera de la cafetería y se hicieron una idea de la hora que era—. La culpa es solo de él. Prefirió su estúpido trabajo a su maldita familia.

Acongojado por las palabras hirientes del alemán, Feliciano decidió intentar calmarlo. Era algo que pocas veces pasaba, pero que cuando lo hacía, de inmediato se notaba el estrés o desasosiego por el que Ludwig estaba pasando y eso no le gustaba para nada a Feliciano— Ludwig, sabes que me tienes para lo que sea. No me gusta ver cómo va todo esto, pero estaré a tu lado en todo momento, ¿vale? No te pongas así, que me entristece —tomó la mano que descansaba sobre la mesa y le obligó a verle a los ojos, los cuales tenía un poco aguados—. Apoya a tu mami ahora con todo lo que necesite y lo que sea que ellos decidan, déjalo ser… Acéptalo. A veces, es mejor así.

Ludwig lo observó en silencio por un buen lapso de tiempo, lo que hacía pensar a Feliciano que él se encontraba asimilando lo que le había dicho con la parte analítica de su cerebro. Se alegró cuando vio la pequeña sonrisa ladeada que comenzaba a formarse en el rostro del ario.

—¿No sabías que decir…? Mentiroso —ambos soltaron una risita y sintieron como sus músculos se destensaban—. A veces pienso que no te merezco, eres… vaya, te amo.

—Y yo a ti.

Ludwig bajó la mirada a los labios del morocho y presintieron la perfecta oportunidad para demostrarse ese amor del cual hablaban. Feliciano soltó suavemente una de sus manos y la posó con cariño en la mejilla del otro, mientras éste aprovechaba su solitaria mano y tomaba la cintura de su pareja, ansioso de lo que iba a pasar.

Se acercaron cada uno a su propio ritmo y, dando un último vistazo a los ojos del contrario, unieron sus labios dulcemente, transmitiendo en ese beso cada fibra de su ser que se moría de amor por el otro. Cada vez que se besaban, no importaba cuantas veces ya, la sensación electrizante pero preciosa que sentían sobre sus labios nunca desaparecía, pensaban que era como montarse por primera vez en una nave espacial, rumbo a marte. Estaban perdidos en lo que el otro le provocaba. Cuando Feliciano sintió que el beso cambiaba tomó un mechón de cabello de Ludwig y lo tiró hacia abajo puesto que sabía que las clases empezaban pronto y alguien podía entrar, por lo que disminuyeron los movimientos de su boca hasta detenerse por completo.

Al separarse, se dieron dos pequeños besos de cierre y juntaron sus frentes aún con los ojos cerrados y respirando el aire del otro. Feliciano sonrió y acarició la mejilla del rubio que había sostenido durante el beso, Ludwig hizo lo mismo con sus caderas— Ya sabes que nos merecemos el uno al-

—Ah, mierda. Vamos al otro lado de la cafetería.

—Sí, que fastidio.

Sobresaltados por las voces que tronaron diagonal a ellos, se separaron por instinto y se voltearon hacia quienes hubieran entrado a esa parte del colegio. Vieron a dos chicos y una chica –quizás de un curso inferior– que regresaban sobre sus pasos y los miraban de soslayo un poco irritados. Ludwig y Feliciano estaban acostumbrados a esos pequeños tratos dentro del instituto, pero no por ello los aceptaban. A veces, cuando eran crueles, Feliciano debía detener a su novio para que no entrara en una riña que terminara en puños, así como Ludwig a veces lo retenía para que no se metiera en peleas verbales. Esta vez, más que ofensivos, fueron lo que algunos profesores llamarían pasivo-agresivos, así que los dejaron ir sin más.

—Vamos a clases —dijo Ludwig recogiendo su mochila e hizo un ademán al morocho para que hiciera lo mismo. Era agotador, por ello el que Lovino le insistiera a Antonio menos muestras de cariño dentro del colegio, pero ni Ludwig ni Feliciano concordaban en que eso fuera la solución; si se querían y estaban juntos como pareja, estas cosas sucederían y el resto del cuerpo estudiantil debía entenderlo.

Lo único que agradecían era la política de tolerancia que poseía San Bartolomé –razón por la que decidieron que seguirían tomando los cursos de Bachillerato ahí, una vez comenzaron su relación. Hubo una vez que unos alumnos se quejaron de ellos cuando los vieron agarrados de las manos en el receso, pero la situación tomó un giro inesperado cuando el profesor encargado de Cuarto de Secundaria los apoyó e hizo caso omiso a las quejas.

Inclusive, ese mismo profesor dio una charla a su curso sobre los valores y políticas del colegio, nombrando también las Normas Internacionales de Derechos Humanos y Orientación Sexual e Identidad de Género, así como la Protección de la Identidad Sexual –todo esto sin nombrarlos ni a ellos ni al problema– lo que ocasionó que las discordias disminuyeran poco; todo aquel que tuviera un problema con ellos ya no eran tan directos o los ignoraban. Con excepciones, claro está. Lo único que debían hacer era evitar esos problemas, como les aconsejó el Director de Bachillerato, y una forma de hacerlo era expresar menos formas de cariño en público. Razonable, debido a que a las parejas heterosexuales se les pedía lo mismo, como establecía una de las políticas del colegio.

De igual forma, eran percances que se presentaban muy esporádicamente, muchos los apoyaban y tan solo había tres chicos de sus clases conjuntas que comentaban odiosamente a sus espaldas, pero los ignoraban.

—Por eso quiero que nos vayamos a Inglaterra. Son extraños, pero más tolerantes. Mira la familia de Tutu —mencionó Feliciano, caminaban ya por los pasillos ligeramente tomados de las manos hacia su primera clase, que tomaban con sus otros amigos de Primero—. Estuve averiguando en la Universidad de Glasgow y tiene también tu programa de Diseño, Ludi.

—¿En serio? Eso está muy bien, Feli, muéstrame esta tarde cuando lleguemos a tu casa.

—¡Sí! Vas a ver, creo que te gustará el programa. A mí con lo que me gusta Inglaterra… ¿Sabes lo genial que es el Pride Parade allá?

—Para eso mejora tu inglés primero, que veo cómo Liesl se está rindiendo con ustedes dos y su mala pronunciación. Le pediré que te vuelva a dar clases privadas, vas a ver cómo mejoras —en eso, vieron venir en la lejanía a Arthur junto con Sey conversando de manera tal que parecía que Arthur estuviera quejándose más que otra cosa. Feliciano se tensó de inmediato y Ludwig pasó saliva—. Crees que siga…

—¿Molesto, enojado, furioso…? Sí, lo creo. Hace tres días que no me contesta los mensajes que le dejé —contestó el morocho con preocupación en su voz—. Igual, si no nos habla ni en clases… ¡Ay, Ludi!, todavía no sé qué decirle, ¡que no me vea! —farfulló Feliciano cuando se vio muy cerca de Arthur y Sey quienes venían del otro lado del pasillo, aún enfocados en su conversación. Ludwig resopló cuando sintió a su novio posicionándose por detrás de su cuerpo, aparentemente evitando ser visto por el inglés.

De repente alcanzó a oír –aun con los balbuceos de Feliciano a sus espaldas– cómo Sey le recomendaba hablar con alguien, cuyo nombre Ludwig no reconoció, quien lo ayudaría con su aparente problema. En ese momento, Arthur levantó la mirada al frente y se encontró con los ojos azules del alemán quien lo miraba fijamente. Para su sorpresa, Arthur hizo un ademán de saludo con la cabeza a lo que Sey cayó en la cuenta y lo saludó también, pero con mayor ánimo—. ¡Hola!

—Dile a Feliciano que lo puedo ver, y que parece idiota.

Acortaron la distancia para hablar mejor, pero Feliciano parecía no querer salir de detrás de Ludwig mientras su amigo Arthur estuviera ahí, situación que a Ludwig le parecía ridícula, pero decidió dejarlo ser –ya estaba acostumbrado a esas actitudes después de más de ocho años de conocerlo.

—Estábamos hablando con Archie de la fiesta de cumpleaños —dijo Sey evitando un enfrentamiento innecesario—, ¿qué les parece tener un DJ para no estar preocupados por la música? Tengo un primo que no le importaría hacerlo por un poco de dinero, es muy bueno.

Ludwig había olvidado por un momento de cuál fiesta estaban hablando, hasta que Alfred apareció en sus pensamientos y se sintió un poco mal por eso. Por lo menos ya sabía que su previa conversación no tenía nada que ver con la pelea con Feliciano y Gilbert. O eso esperaba—. Oh, sí, por un momento me perdí. Me parece buena idea, pero más bien hagamos una lista de reproducción y ya, ya saben que Gilbert prestará los parlantes y el equipo…

—Cierto. Archie, ¿podrías crear la lista?, después de todo tienen gustos musicales similares.

—Te podremos pasar una que otra canción para que varíe un poco, ¿no?

Siguieron hablando del tema a un lado del pasillo, hasta que el timbre de comienzo de clases dio su aviso al minuto. Ludwig aprovechó esto para moverse a un lado y agarrar a Feliciano de un brazo para posicionarlo frente a Arthur, quien había permanecido en silencio todo ese tiempo.

—Deja esa tontería, Feliciano. Adelante, discúlpate como querías.

—No tengo nada que hablar con él —interceptó Arthur, cortante.

Feliciano lo miró triste e intentó disculparse, mas Arthur seguía sin dirigirle la mirada y eso no lo alentaba lo suficiente. Sey se hizo a un lado de Arthur, le tomó suavemente de la mano y le pidió que escuchara lo que su amigo quería decirle, pero Arthur solo volteó su cara hacia el morocho para mirarlo de manera decepcionante. Algo dolido, con rastros de enojo.

—Arthur… Eh, yo no quise… —Feliciano no encontraba las palabras correctas, por lo que balbuceaba cualquier frase que se le venía a la cabeza. El problema se empeoró cuando Arthur cambió su postura y ahora solo lo miraba irritado—. ¡Perdón! Pero, Tutu,¡tú sabes que yo siempre he querido que tú y Alfred…!

—¡No! ¿Alfred y yo? ¡I'm done with your shit!Gilbert y tú fueron unos estúpidos, sobre todo él, sin embargo tú empezaste todo como siempre y ahora Alfred no me habla desde hace tres días después de esa mierda, pero aún soy tan buen amigo que sigo organizando su puta fiesta de cumpleaños—Ludwig y Feliciano se asombraron aún más con eso último. Arthur siguió hablando sin parar—. ¡Así que no me vengas con esa estupidez! ¡You two can go fuck yourselves, like I bloody care anymoreJust leave me the hell alone!(*)—estalló y dio media vuelta dirigiéndose a su propia clase de Lengua Extranjera.

Los tres jóvenes quedaron estupefactos ante el arrebato de Arthur, sobre todo Feliciano quien se había perdido un poco –producto del desespero– cuando el inglés empezó a hablar en su idioma nativo, pero había sido muy claro lo que había querido decir incluso para él. Sey, quien se había recuperado antes que la pareja, se adelantó a seguir caminando al salón de clase antes de que quedaran fuera del mismo, instando a los otros dos a seguirla igualmente.

Feliciano aún repasaba las palabras que había dicho su mejor amigo una y otra vez en su cabeza. No supo cuán grave había sido todo con Alfred hasta que Arthur se lo hubo gritado, lógico, debido a que ninguno supo de ellos después de las clases de ese día y las que vinieron. Además, de lo que había entendido de sus groserías en inglés, Arthur se había hartado de su comportamiento –del suyo y del de Gilbert– y le había parecido que no quería que se le acercara, pero prefirió confirmarlo.

—Ludi, ¿qué dijo Arthur en inglés?

Ludwig lo miró preocupado— Feli, sí es lo que estás pensando… —por muy triste que fuera rectificarlo, así había sido. Llegaron al salón y se ubicaron en sus respectivos pupitres. Ludwig sentía el desasosiego que rodeaba a Feliciano, las palabras hirientes de Arthur le habían afectado inclusive a él y no se imaginaba cómo podría haberlas tomado su sensible novio. Dejó su mochila encima de la silla y se volteó de inmediato hacia Feliciano quien, a su pesar, se pasaba el dorso de su mano por los ojos.

—Me mandó a la mierda, ¿verdad?

—No llores —le susurró cariñosamente—, no creo que lo dijera en serio, Feli. Hay que esperar a que se le pase.

—No. Hace mucho no lo escuchaba así de enojado —hizo un repaso mental de quiénes se encontraban en el salón, pero de sus allegados solo estaba Sey y ya se acercaba a ellos de nuevo—. Necesito hablar con Alfred —dijo seriamente, luego de secarse los ojos.

—Feli, no sé si esa sea la mejor forma de arreglar las cosas —dijo Sey, preocupada—. No había visto así a Archie desde que perdieron el torneo de Fútbol debido al árbitro embustero aquel. Y acordamos entre todos que lo dejaríamos en sus propias manos, ¿recuerdas?

—Además —adicionó Ludwig—, ¿no te acaba de decir Arthur que te alejaras? No te metas entre ellos, Feli, que puedes salir lastimado de nuevo.

—Lo sé, lo sé… pero me parece horrible que Ali no le esté hablando. Creí que solo iba a ser con Gigi o conmigo, ¿no piensan lo mismo? —Ludwig y Sey solo pudieron concordar con eso—. Quiero saber por qué.

El timbre de inicio de clases sonó nuevamente y los chicos dirigieron sus miradas al marco de la puerta mientras esperaban a Alfred y a Lovino quienes aún no llegaban. De Lovino siempre se esperaba su tardanza a la primera clase, puesto que acordaba con Antonio llegar en el mismo bus que pasaba por ambas paradas y eso ocasionaba que llegaran sobre la hora de entrada la mayoría del tiempo. A diferencia de Alfred quien tenía horarios desajustados, por hoy llegaría aparentemente tarde.

Ludwig le dedicó una mirada a Feliciano preocupado y se encaminó a su puesto a dos pupitres de distancia, Sey hizo lo mismo aunque seguía mirando hacia la puerta. De momento no hablarían, lo tenían claro, pero tanto Ludwig como Sey se imaginaban múltiples escenarios que se darían una vez acabara la hora de clase y no les gustaban ninguno de ellos: alguno saldría herido u ofendido de todo esto, pensaban ambos.

Cuando Alfred entró corriendo, junto a Lovino agitado y la profesora de Inglés detrás de ellos, la clase dio comienzo.


Okay class, that's all. ¡Have a nice day! Nos vemos el viernes, recuerden la tarea —terminó la clase y todos los estudiantes se levantaron de sus pupitres de inmediato. Feliciano aprovechó el desorden y se acercó al puesto de Alfred, había tenido ganas de hablarle durante toda la clase, pero como Ludwig le había estado enviando señales durante todo el periodo para que prestara atención, lo cual terminó haciendo, decidió que esperaría tan pronto terminara la clase para acercarse a él y eso iba a hacer. Por el rabillo del ojo vio a Ludwig acercándose a la profesora, quizás le pedirá a la señorita Eli el favor de las clases particulares, pensó Feliciano.

—Ali, ¿puedo hablar contigo? —le tocó el hombro a Alfred y se acercó indeciso, con buenas intenciones, pero indeciso.

—Ah, Feli. Dime rápido que debo volar, necesito preguntarle una cosa al profe de Historia antes de la clase.

Viendo que en efecto Alfred se movía rápido en meter sus útiles a su bolsa, Feliciano evitó darle más rodeos a la situación y preguntó directamente—. ¿Qué pasa entre tú y Arthur? y me refiero a que no le diriges la palabra —agregó al ver la mueca que había hecho su amigo frente a aquella pregunta, quizás la había formulado mal, por eso prefirió aclarar—. Nos lo encontramos antes de clase y nos dijo que desde hace unos días no le hablas.

—A ti qué te importa…

—¿Qué? ¡Alfred! —se espantó frente a lo tosco que fue esa respuesta, no esperaba algo así de su parte—. ¡Claro que me importa! Es mi mejor amigo y ahora, de repente, ¡no quiere saber nada de mí! ¿Cómo no me voy a interesar por saber qué está pasando?

—Pues eso debió pensar Gilbert antes de… —pausó y dejó su bolsa sobre la silla, luego miró directamente al suelo—. No sé el porqué se ha peleado contigo, eso es entre ustedes, pero respecto a lo mío con él… No se preocupen, no es nada malo.

—¿Cómo no lo va a ser? Mierda, Al. Arthur está de los nervios, no te imaginas todo lo que me gritó esta mañana… —ante eso Alfred lo miró a los ojos impresionado de lo que le contaba, ¿Arthur gritándole a Feliciano? eso nunca pasaba—. Sí, me gritó cosas muy feas en inglés y en español —respondió Feliciano como si le hubiera leído la mente—. Ludi y Sisi estuvieron ahí, por si no me crees… Cuéntame qué pasó, por favor, Ali.

Alfred siguió con su mirada clavada en los ojos miel de Feliciano intentando encontrar las palabras adecuadas. No le sería fácil responder, pero Feliciano tenía ese efecto en todos ellos, se les era casi imposible negarse a sus exigencias; de ahí que Ludwig le hubiera seguido toda la vida, y seguía haciéndolo, como perro faldero.

—Mira… no quiero que digas nada, pero… —desvió la mirada y se encontró con Sey quien los observaba de lejos, notablemente atenta a lo que hablaban—. Salgamos y te cuento.

—¿Nadie puede saber? —cuando Alfred negó, Feliciano no quiso refutar—. Vale, les diré a Ludi y a Nino que se adelanten a su clase de mate —así hizo y Ludwig no tuvo ningún problema, con Lovino mucho menos puesto que se encontraba peleando con Antonio (¿cuándo llegó?) sobre qué hacía él ahí. Cuando se volteó a buscar a su rubio amigo lo encontró intercambiando unas palabras con Sey y ella angustiada se despidió de él, Feliciano decidió no intervenir ni preguntar nada al respecto, ya se imaginaba que era por Arthur.

Salieron al pasillo y se despidieron de todos. Tan pronto estuvieron solos, Alfred tomó aire suavemente y lo miró entristecido.

—No quiero que empiecen a rumorar que Artie es gay por mi culpa —soltó el rubio y la respiración de Feliciano se detuvo por un momento. ¿Qué?, pensó Feliciano, ¿qué está diciendo…?—. Me he dado cuenta que a todos ustedes les gusta divertirse a nuestra costa, lo sé —agregó cuando Feliciano quiso negarlo—, lo he notado desde hace un tiempo. Pero con ustedes, era pasable… Hasta hace tres días.

Gigi no lo dijo con malas intenciones, Ali. Y yo tampoco quería incomodarlos.

—No me importa, eso me hizo pensar mejor las cosas, sobre todo de lo que la gente piensa de nosotros y no me gusta —hizo una pausa para cruzarse de brazos y mirar al suelo—. Artie no se merece que hablen estupideces de él por mi culpa, así que preferí alejarme un poco… alejarme para que esté más tranquilo.

—¿Estás diciendo que ser gay es malo?

—¡NO! —contestó alarmado, mirando de frente a Feliciano de nuevo—. Feli no, ¿cómo crees que diría algo así? No. Nunca lo pensé ni lo haré. Pero debes entender que no debe ser fácil, no sé… —vio cómo se pasaba las manos por sus pantalones, ansioso, asustado—. Los rumores que corren. Feli, yo… Oh, no sé… No sé cómo decir esto.

—Solo dilo —el morocho le tomó uno de sus fuertes brazos y le obligó a no apartar la mirada de él—. ¿Qué pasa?, ¿por qué de repente estás tan preocupado por estas cosas? Ali, no sé si Tutu es gay o no, o si le importa lo que otros digan o hablen de él, pero lo que importa-

—Me gusta Arthur —interrumpió Alfred de repente, con un torbellino de emociones recorriendo su ser—. Desde hace un tiempo —sus brillantes ojos color cielo se aguaron y Feliciano solo le quedó sonreír y abrazarlo.

Historia del Mundo y Literatura Universal quedaron en el fondo de sus pensamientos.


El fin de semana pasó, llegó la última semana de clases antes de sus vacaciones de invierno y el colegio estaba por estallar en euforia. Feliciano había logrado calmar las fuertes emociones de Alfred luego de su confesión secreta y eso había logrado que el dilema con Arthur se apaciguara día a día, hasta que llegó el momento en el que hablaron de nuevo como si nada de lo ocurrido hubiese pasado alguna vez.

Referente a los sentimientos ocultos de Alfred, los cuales Feliciano pensaba que no iban a permanecer por mucho tiempo en las sombras, le había prometido no decir nada a nadie hasta que Alfred encontrara la perfecta ocasión donde tuviera la valentía de confesarlos a su mejor amigo, una vez tuviera su mente y corazón en sincronía. Por ahora, Arthur había omitido todo el problema, no le había pedido perdón a Feliciano ni había hablado las cosas con Gilbert, pero entendían el estrés por el que había pasado y por eso decidieron no agobiarlo hasta que todo estuviera en paz.

Por ahora, disfrutaban que era jueves –penúltimo día de colegio– y ya las notas del primer trimestre de todas las asignaturas habían sido entregadas. Lovino se había quedado en Lengua y Literatura I, pero gracias a que Antonio y Francis hablaron con la profesora que impartía esa clase –habían sido buenos alumnos en su primera vez como profesora en ese colegio–, le ayudaron a aprobar por los pelos a final de cuentas; Arthur reprobó el examen de Historia del Mundo debido a que fue en el primer día que Alfred pasó de él y no pudo concentrarse, pero al final sus anteriores notas le ayudaron a aprobar el trimestre; y Feliciano tuvo un aceptable en Fundamentos del Arte, la cual casi no logra pasar. Por otra parte, Gilbert, Francis y Antonio reprobaron el primer trimestre de Historia Nacional por utilizar esa clase para cualquier cosa, menos prestar atención, un grave problema para Antonio quien tenía media beca por la cual velar.

Aun así, la emoción por finalizar estaba a tope y todos esperaban ansiosos la fiesta de cumpleaños de Alfred para celebrar. De esa manera, decidieron que se reunirían en el segundo receso de ese día para terminar de acordar los pequeños detalles del festejo yendo a buscar directamente a Arthur, porque desde que se reunió con Alfred, no se despegaban ni en los descansos. Además, como le habían enviado un mensaje para avisarle y nunca contestó, así lo resolvieron.

—¿Alguien sabe dónde se la pasan ahora en el recreo?

—En el patio, o eso me dijo Al el lunes. No debe ser por donde están las mesas, sino los habríamos visto antes —contestó Francis, entretenido en su celular.

—Quizás cerca al pasto. ¿Y quién va a distraer a Alfred? —preguntó Ludwig mirando a todos desde atrás, caminando junto a Sey y Feliciano—. Lovino podría preguntarle que lo acompañe a comprar dulces, después de todo, ambos son adictos a ellos.

—No creo Ludi, lo normal es que Toni lo acompañe.

—Total no se distraer a nadie, doy asco, —replicó Lovino—, ya saben que cuando yo lo hago es obvio que algo pasa. Tan obvio que hasta el inepto, distraído de Alfred se daría cuenta, vamos.

Caminaron por los pasillos, con el patio como destino, pensando en un buen plan de escape hasta que Antonio saltó para ponerse en frente de todos, con una idea en mente—: ¡Le diré que ahora venden Burger King en la cafetería cerrada! Lo arrastro del suéter y me lo llevo con la excusa de ver si es verdad, ¿a qué mola?

—Es lo más estúpido que he escuchado y estoy siempre contigo, vaya mierda Antonio.

—¡Pues a mí me parece buena idea! Aunque podríamos cambiarlo por McDonald's que le gustan más —replicó Gilbert mientras se acercaba al español y le pasaba un brazo por sus hombros, riéndose—. Así que lo apoyo. Nadie cuestiona nunca lo idiota que Tonio puede llegar a ser.

—Eso es verdad —coincidió Lovino.

—No tengo cómo negar ese argumento —agregó Francis con una pequeña sonrisa socarrona, Antonio ya comenzaba a verlos irritado—. Ya uno se acostumbra tanto a sus rarezas, que no hay cómo Al pueda pensar que algo extraño pasó mientras no estaba.

—¡Hey! Que estoy aquí, cabronazos —se quitó de encima a Gilbert quien no dejaba de reír y cruzó los brazos, ofendido—. Hay que ver… Ahora busquen a otro que conmigo ya no cuentan —luego miró de reojo a Lovino y resopló hastiado—. Ya podrías haberme defendi'o, vaya novio que tengo…

—Me vale, así te gusto.

—¡Pues nada! Jódete, porque es lo único que tenemos por ahora y ya estoy viendo a los tortolos —dijo Gilbert señalando y de inmediato todos comenzaron a buscarlos con la mirada, hasta que dieron con ellos. Estaban en una banca de madera que daba hacia la zona arborizada del patio, sentados uno al lado del otro en diagonal al grupo, aunque ninguno alcanzaba a ver lo que hacían—. Ya sabes, saludamos, nos sentamos y te lo llevas. Si hasta yo lo haría, pero soy demasiado genial para que se lo crea y recuerda: McDonald's.

—Vete a tomar por culo, Gilbert.

—¡Antonio! —protestó Sey, alarmada por su grosería—. Ya sabes que odio que se traten así y no digas vulgaridades. ¡Tú y Lovi me van a sacar canas!

—¡Hola Ali! !Tutu! —saludó Feliciano enérgicamente cuando se hubieron acercado más, pero los nombrados solo levantaron la cabeza un poco confundidos y debido a que no se encontraban de frente al grupo, no los vieron y volvieron a lo suyo—. ¿Ah?, que ignorado me he sentido.

—Tienen los audífonos puestos —señaló Ludwig.

En efecto, los dos jóvenes se encontraban compartiendo audífonos los cuales se conectaban a un iPod que sostenía Arthur en una mano, con los brazos cruzados sobre el pecho. Alfred miraba hacia el cielo distraído con lo que escuchaba, posiblemente.

Estaban muy juntos y desde donde los observaban, sus cabezas se veían levemente inclinadas el uno hacia el otro. Feliciano se alegró de que volvieran a la normalidad y el hecho de compartir música lo confirmaba, era uno de sus pasatiempos favoritos desde pequeños. Nadie más compartía su gusto musical, por lo que siempre se encerraban en su mundo cuando escuchaban sus bandas favoritas juntos y eso a Feliciano le parecía muy romántico, aunque ellos lo desconocieran.

Gilbert salió corriendo y se les plantó de frente, asustando un poco al par por lo repentino de su llegada.

—¡Oigan! ¡Quítense eso y saluden! —rio Gilbert y se sentó a un lado de ellos mientras el resto del grupo arribaba y los saludaban brevemente—. ¿Qué tal están?, ¿qué hacen?, ¿puedo escuchar?

—Cállate Gilbert, que fastidioso eres —replicó molesto Arthur mientras se acomodaba más cerca de Alfred, quien hacía lo mismo al ver cómo Feliciano se sentaba a su lado y Gilbert junto a Francis, al lado de Arthur—. ¿Qué vas a escuchar si nada en mi iPod te gusta? Hey, muévanse que nos aprietan.

—Ya me levanto yo, Artie —contestó Alfred, quitándose el audífono de su oreja y levantándose en el acto. Arthur le reprochó con la mirada y los otros que estaban en la banca torcieron los ojos por su pequeño plan fallido—. Hola chicos, ¿qué hacen aquí? Pensé que les gustaba más la cafetería por el calor.

—Ya —dijo Antonio luego del pequeño empujón que le propinó Lovino a su lado—, eh, pero… ¿¡a que no adivinas!?

—¿Qué?

—¡Ya venden Burger King en la cafetería! —Ludwig tosió y rectificó—: ¡McDonald's! ¿¡A que es flipante!? Vamos, quiero ver qué tal están.

—Que va —respondió Arthur con una mueca, totalmente incrédulo—, ya éste gordo se hubiera enterado.

—No estoy gordo, aunque tiene razón, no me llegó ningún mensaje al correo del nuevo menú de la cafetería. ¡Hubiera corrido a comprar! —todos se miraron entre ellos al caer en la cuenta del pequeño fallo de información en el que había caído su plan. El colegio enviaba siempre correos informativos sobre eventos, cambios y ofertas que se fueran a realizar o abrir dentro del recinto educativo, por ende, si hubiera un cambio o adición en el menú de la cafetería, todos hubieran sido avisados.

—No, no, que va, si ya lo he visto y todo. Anda, ¡acompáñame a compra'!

—¿Eres tonto o qué? Esta mañana compré en la cafetería y no vi nada.

Antonio se quedó callado sin saber qué más decir y el resto se reprochaban internamente por lo idiotas que habían sido; hasta Alfred se había olido algo extraño en la actuación, poco convincente, de Antonio. Sey, por el contrario, encontró una solución rápida que los ayudaría mejor.

—Ah, que tontico eres Toni. ¿A quién le escuchaste decir semejante disparate? —le hizo una mueca de disculpa, que Antonio ignoró por completo para mirarla mal, y se volteó a ver a Arthur— Archie, necesito que veas una cosa en mi teléfono.

Arthur se levantó y la siguió confundido apartándose un poco del resto que ahora se peleaban por un puesto en la banca. Cuando iba a preguntar qué pasaba, Sey le mostró un chat de Whatsapp donde aparentemente estaban todos en un grupo y, aún más confundido, leyó.

«'Sey, faltan la oruga y anton por entrar'
'Tutu ya sta'

Toni ha sido agregado al chat

'Listo chicos!'
'Arthur, necesitamos chequear las últimas cosas de la fiesta, responde para ver cómo lo hablamos'
'Tutu?'
'Porque no responde?'
'ARCHIEEEE CONTESTA! NO ES MUY GENIAL DEJARNOS EN VISTO'
'Ni siquiera creo que nos deja en visto... dice que su última conexión... fue hace 3 hrs'
'LOVI ES UN STALKERRR!'
'Que es eso?'
'Acosador será tu culo!… capullo!'
'Gilbert por Dios deja de escribir en mayúsculas, pareces imbécil'
'NO ME DETENDRAS HERMANITO! Y IMBECIL SERAS TU!'
'Joder bert… q se note q reprobaste gramatik, q bestia!'
'Archie, contesta por fa, sino iremos a buscarlos para hablarlo en este receso vale? Inventa una excusa para Al'
'Tutu otra vez me ignorasss?'
'Nos ignora a todos… idiota!'
[…]»

—Oh —sacó su propio celular y se sintió mal al ver que, efectivamente, había sido avisado de su reunión—, lo siento Sey. Okay, ya sé que decirle.

Se devolvieron a la banca y se encontraron con todos riendo por algo— ¿Qué pasa? —preguntó Sey a Lovino una vez se unieron a ellos. Éste intentó contestarles lo mejor que pudo, entre carcajadas y tomadas de aire.

—¡Francis se cayó de la banca por ponerse a hacer un inútil intento de parkour con el imbécil de Gil! —se agarró el estómago y siguió riendo. Francis seguía en el suelo y Gilbert lo acompañaba, pero por la fuerza de sus carcajadas. Arthur aprovechó el bullicio y se le acercó a Alfred, le susurró algo al oído que hizo que Alfred detuviera sus risotadas y saliera corriendo hacia el pasillo de los salones de clase sin decir nada a nadie— Guau, eso fue rápido, ¿qué mierda le dijiste?

—Que se le había quedado su gorra de béisbol en el salón de Economía —lo miraron asombrado y él sonrió—. La tiene en el casillero, ya se dará cuenta cuando llegue al salón… queda en el tercer piso, se demorará.

—Vale, solo queríamos saber unas cositas. ¿Ya hiciste la lista de reproducción?

—Oh, lo había olvidado, toma mi iPod, ya agregué las que me han recomendado todos. Hay una lista que dice 'fiesta', es esa.

Se llevaron el resto del receso acordando otros temas de la fiesta hasta que Alfred llegó, sin aire y un poco enojado con Arthur por la broma que le había hecho –según él–, lo cual no importaba puesto que ya habían aclarado los últimos detalles para cuando hubo regresado. Al sonar el timbre de regreso a clases, cada quien pensaba en lo bien que la pasarían en el festejo y en cómo se las arreglarían para tener todo listo antes de que Alfred llegara con Arthur sorpresivamente.


Llegó viernes, las clases terminaron y salieron embriagados de felicidad hacia sus respectivas casas para pasar la tarde antes de la fiesta, que tendría lugar esa noche en el apartamento de Antonio –como casi todas las reuniones o fiestas que hacían. El verdadero cumpleaños sería al día siguiente, sábado, pero debido a que sus padres habían planeado un pequeño viaje al pueblo de sus abuelos para celebrar en familia ese fin de semana, habían concordado en hacerlo antes, para que Alfred se sintiera bien antes de partir. Según Arthur, su hermano mayor había llegado desde Francia para el pequeño viaje, así que era un hecho que iba a estar en la fiesta e iba a llevar el pastel, por lo que se le avisó a Antonio del hecho.

Lovino y Feliciano se encontraban en su habitación decidiendo qué vestir, ya habían apilado en una bolsa plástica el confeti, la serpentina y los cubiertos desechables que se les encargó llevar. Tenían una hora más para salir hacia el apartamento de Antonio, que les quedaba a 18 minutos en bus, por lo que aún se tomaban su buen tiempo en vestirse; ya habían cenado algo rápido y tomado su ducha antes, así que se encontraban por ahora perdiendo un poco el tiempo.

—Toni me dijo que te obligara a ponerte la camisa roja que te pusiste en la navidad del año pasado —dijo Feliciano y le pasó dicha prenda a su hermano, quien se veía en el espejo de cuerpo completo que ambos tenían en su habitación—. A mí también me gusta cómo se te ve, Nino.

—Ya va Antonio de nuevo con sus mierdas, te lo dijo porque el idiota se quiere poner una negra parecida a la que quiero llevar— tomó de las manos de Feliciano la camisa roja y se vistió con ella, resoplando—. Es un egoísta.

—¡Pero así lo quieres! —canturreó el menor esquivando un pantalón que iba directo a su cara, mientras bailaba por todo el lugar—. Si hasta se pusiste la camisa sin rechistar, ¡grítalo al aire, Nino, que te escuchen! ¡Estás tan enamorado como Romeo y Julieta!

—¿Pero de qué mierda estás hablando? ¡Ven que te voy a golpear hasta que dejes de decir idioteces!

—¿Cuándo es la boda? Nos tienen que invitar a todos, ¡no los dejaré casar a escondidas, oíste!

—¡Cállate! Pareces una cabra, ¡quédate quieto! —se le lanzó encima y forcejearon hasta caer en la cama, una vez calmados echaron a reír y Lovino lo empujó para que cayera al suelo, como venganza. Estaba de buen humor, pero no dejaría que su hermano mellizo lo vacilara de esa manera, igual así se querían.

Por otra parte, en casa de los Beilschmidt se respiraba un ambiente tenso por las noticias las cuales su madre y hermano mayor habían compartido esa tarde. Tan pronto Gilbert y Ludwig hubieron llegado a su hogar, felices por sus vacaciones y la pronta fiesta que se llevaría a cabo, Ann Sophie los recibió junto a Roderich en el gran salón con graves noticias por una decisión que ella y su padre habían tomado, ese mismo día, y que quería compartirles.

La decisión de divorcio había sido aceptada por ambos padres luego de que Hans, su padre, hubiera llamado a su esposa esa mañana a confirmarle que no pasaría las fiestas de diciembre en casa y luego se desatara una pelea descomunal que finalizó en la decisión de separación, que tendría lugar tan pronto el hombre llegara a Santa Isabel en enero. Los ánimos de los chicos se bajaron, aun cuando Roderich los intentó apaciguar al Gilbert haber intentado convencer a su madre de lo contrario a punta de gritos y rabietas.

No iba a ser la increíble noche que habían preparado, pero ya no podían echarse atrás. De igual forma, Gilbert se predispuso a embriagarse hasta caer y Ludwig a cuidarlo cuando eso pasara.

En casa de Antonio, éste se encontraba ultimando con su tía los cuidados que tendrían, mientras recibía a Francis y a Sey junto a una prima de ella, en la puerta de su apartamento.

—Sí tita, no pasa nada. Adelante chicos —cerró la puerta y los guio hasta la mesa del comedor donde pondrían los artículos de la fiesta—. Tita, ya van a llega' mis otros amigos, no te preocupes por la vajilla, usaremos solo de plástico desechable que ya trae Lovino.

—¿Tu noviecito? Ese chico me da desconfianza, Toñito. Cómo te has echado a perder… Bueno, cuida el piso, ¡eh!, que bastante tengo ya con cuidarte yo a ti.

—Que sí. Anda, que tengas buena noche. Mañana paso a almorza', ¿vale? —la mujer se despidió de él con un beso en la mejilla y se marchó por la puerta, Antonio cerró de nuevo y se acercó a sus amigos—. ¡Que pesa'! la quiero mucho, pero ¿tiene siempre que ponerse así cuando monto una fiesta? Joder.

—¿Y qué fue eso de echarte a perder? Eso sonó totalmente horrible —dijo Sey, mientras dejaba su bolso y el de su prima sobre uno de los sillones—, ¿acaso sigue molesta con tu relación con Lovi?

—Tranquila, siempre ha sido así de fastidiosa. Mis papás no dicen mucho, así que con tal de que siga siendo su hijo y no me deshereden, todo estará bien.

—¡Toni! —voceó Sey—, ¡eso sonó peor!

—Ayúdame mejor a mover la mesa y las sillas, en vez de estar quejándote Antón —eso hicieron, dejando la conversación en el pasado, desplazando todo hacia la pared y dejando un buen espacio entre el comedor y la sala para moverse a gusto. Por su parte, la prima de Sey la ayudaba a mover los muebles de la sala para hacer mejor sitio. Sey fue presentando a su prima, quien se llamaba Belén e iba a pasar las fechas en Santa Isabel, a medida que llegaban los otros y el resto de los muchachos se encantaron de ver a otra fémina entre ellos, además que era bueno para amenizar la fiesta para Sey.

Luego de media hora de organización, un chico de tez blanca, cabello rubio y gafas rojas llegó con un pastel de cumpleaños, tocando la puerta del apartamento. Era el hermano de Alfred, el cual Arthur les había avisado que llegaría y por tal estaban contentos de recibir a alguien más para la fiesta.

—Así que tú eres Mathieu, ¡bienvenido a mi humilde hogar! —recibió el paquete con el pastel y lo presentó a todos. Era un buen muchacho, intentaba amenizar con todos y estaba feliz de conocer a los dichosos amigos de su hermano menor, de los que tanto hablaba.

Luego de las presentaciones, siguieron organizando el resto de cosas, recibiendo a los demás y acomodándose como quisieran por todo el apartamento. Pronto estuvieron todos reunidos y ya se les apetecía comenzar a comer las pizzas que pidieron y la cerveza que se enfriaba en la nevera, así que se comunicaron con Arthur quien les avisó que iban en camino y que comenzaran a prepararse para ello. La música la bajaron a un nivel normal y se acomodaron cerca de la puerta; Antonio, por su parte, se quedó cerca del portero automático para abrirles la entrada principal del edificio.

—¡Ojalá hoy pase algo interesante entre ellos! —gritó Feliciano dando risitas al aire—. Tengo mi teléfono listo para tomarles fotos.

En eso el interfono sonó y Arthur se anunció, a lo que Antonio los saludó con encanto y les permitió inmediatamente su entrada. Se prepararon de nuevo, juntándose frente a la puerta de entrada y el timbre sonó, Francis abrió y el festejo empezó una vez Alfred hubo entrado y todos hubieron gritado Feliz cumpleaños. Todos se le lanzaron a felicitarlo personalmente, entre besos y abrazos, y Alfred no cabía de la felicidad, les reclamó a todos el haberle escondido los planes para hacer una fiesta entre todos, pero nadie le prestó atención. Incluso se sorprendió de encontrar a su hermano ahí, pero encantado lo recibió.

El ambiente festivo se elevó por los aires, la pizza se acabó rápidamente y todos estaban de buen humor, la cerveza circulaba más que el agua, y Alfred no dejaba acabar una botella cuando ya abría otra, aunque Francis y Feliciano lo ayudaban para que así fuera. Todos se relacionaban entre sí, todos menos los Beilschmidt quienes luego de 3 cervezas se sentaron en la sala a hablar por su cuenta, hasta que Feliciano se unió a ellos y no pudieron más con la carga de sus pensamientos.

—Me asustan chicos, todos están allá embriagando a Ali y a Tutu, y ustedes dos aquí. ¿Qué pasa? —se sentó a un lado de su novio y le tomó la mano en señal de apoyo. Gilbert bajó la cabeza y Ludwig solo pudo mirar a Feliciano con los ojos brillantes y el rostro en una mueca de malestar—. En serio, me asustan… ¿Qué pasó, fue algo grave?

—Algo que pasó esta tarde, Fefe. Con mamá y papá.

—Oh, no —Feliciano se lanzó a abrazar a Ludwig en un acto repentino de tristeza y sintió cómo él le devolvía el cariño un poco más fuerte, posando su cabeza en el espacio entre su cuello y hombro. Esto destrozó por completo a Feliciano, quien solo podía brindarle esa pequeña caricia desde su corazón—. ¿Se van a separar? ¿Lo confirmaron?

Gilbert volteó la mirada a otro lado, al sentirse un poco desplazado por la pareja y el peso de su aflicción— Sí. Ella y Rodi nos contaron tan pronto llegamos del cole.

—Lo siento mucho —contestó Feliciano alzando la mirada a su cuñado y se sintió mal por él también, por lo que desplazó una mano suya hacia la de él que descansaba sobre el sofá y la tomó—. No sé cómo se deben sentir, pero comparto su dolor porque sí sé que debe ser muy triste que sus papás pasen por esto. Pero como le dije a Ludi, apoyen a Ann Sophie en estos tiempos e intenten aceptar su decisión —sintió la mano de Gilbert apretar la suya y un suspiro en su cuello—. Su papá no hizo bien en abandonarlos tantas veces por sus viajes, eso lo sabemos, pero sigan queriéndolo como padre que es y siempre será, así como su mamá lo es para ustedes, y recuerden que nunca deben alejarse de sus seres queridos, ¿vale? Los quiero, chicos, no se pongan tristes que hay cosas que al final acaban bien, después de pasarlo mal.

Ludwig se separó de él despacio y lo besó en los labios cariñosamente antes de dirigirse al baño, seguramente para despejarse un poco. Gilbert solo se quedó mirando a Feliciano con una pequeña sonrisa bailando en su cara.

—Ludi tiene mucha suerte de tenerte, Fel —su sonrisa se apagó y quedó mirando un momento al vacío. Luego recobró la compostura con un suspiro fuerte y le volvió a sonreír tristemente a Feliciano, quien se había preocupado un poco al ver lo que hizo—. Gracias, es duro por ahora, pero gracias por intentar animarnos —el morocho le sonrió y se puso de pie con la intención de hacer lo mismo con Gilbert, quien soltó una pequeña risa para alentarse un poco—. Sí, vamos, que no queremos perdernos la fiesta.

—¡Ya faltan quince minutos para que envejezcas, Al! —escucharon gritar a Francis, encima de una silla del comedor y con una botella de cerveza en la mano izquierda—. ¡Vayan trayendo el pastel!

Feliciano y Gilbert se miraron entre sí y rieron ante el espectáculo que daba Francis para que alguien fuera por dicho pastel, Arthur solo le gritaba que se bajara de ahí y que fuera él mismo, pero nadie hacía caso a nadie y solo se reían. Caminaron hacia el lado del comedor y dejaron sus cervezas vacías sobre la mesa, en eso Arthur vio a Feliciano cuando se volteó para evitar una riña con el rubio oxigenado –apodo exclusivo para Francis– y le llamó para que hablaran por aparte.

Fueron a la cocina y se recostaron sobre el mesón, Feliciano le sonreía amablemente, pero Arthur solo le dedicaba una mirada dubitativa que inquietaba al moreno.

—Feli, quería pedirte perdón por lo que pasó la semana pasada —dijo de súbito el blondo, aun mirándolo a los ojos—. No me había dado cuenta de lo tonto y cruel que había sido, hasta que Ludwig habló conmigo… así que te pido perdón si te ofendí —cerró los ojos y sacudió la cabeza al caer en su error—. Claro que te ofendí, lo siento.

—¿Ludi habló contigo?

—Sí, eh… el martes —le regresó la mirada y sonrió de lado—. Iba saliendo de mi clase de música y me enfrentó. Me dijo que había sido muy maldito al haberte dicho todo eso y que aún no me hubiera disculpado contigo, luego de que Al me hubiera vuelto a hablar y me hubiera aclarado que tú no habías tenido nada que ver… —en eso soltó una pequeña risa hacia sí mismo, como recordando o pensando algo de lo cual Feliciano no tenía idea—. Me asustó, en serio, estaba furioso. Eres muy afortunado, Feli, de tener a alguien como él de novio, espero que lo suyo dure por mucho tiempo.

Feliciano se sorprendió por lo dicho por su mejor amigo, nunca le había comentado algo así de Ludwig o de su relación, por lo que era una situación por la que nunca pensó pasar. Feliz por ello, le sonrió ampliamente y se acercó a Arthur para abrazarle afectuosamente—. Gracias, Tutu, no sabía que pensabas eso de nosotros, y no te preocupes… yo te perdoné hace rato —se separaron y Arthur le sonrió satisfecho—. Además, algún día tendrás a alguien a tu lado que te trate igual o mejor, así que no te desanimes. Ya verás.

El rubio soltó una risa y se fue a abrir el refrigerador—. No creo que pase muy pronto, Feli. Ven, mejor ayúdame a llevar esto.

Buscaron entre todo el desorden de la cocina una vela para que Alfred la soplara, al encontrarla la prendieron de inmediato y cargaron el pastel y la bolsa de utensilios hacia donde todos se encontraban. Al verlos llegar con todo preparado, verificaron la hora y empezaron a cantar la canción de cumpleaños al ver que ya daban las doce del sábado. Ahora sí era el cumpleaños de Alfred.

Todos gritaron de dicha al ver a Alfred agacharse a pedir su deseo y cuando hubo apagado la vela, Mathieu, Gilbert y Lovino se lanzaron a agacharle la cabeza, haciendo que se untara la cara, con gafas incluidas, contra el pastel por completo. Todos rieron, pero Alfred no se quedó atrás y comenzó a lanzarles partes de masa y crema glaseada a quien estuviera cerca de él. La fiesta se tornó rápidamente en un campo de batalla con pastel y crema, y una que otra cerveza regada en el suelo; estaban un poco tomados, así que les dio igual lo que le pasara al apartamento de su amigo. Ni siquiera al mismo Antonio le importaba, por lo que el problema se lo llevaría él cuando amaneciera.

Entre todo el barullo, Arthur se resbaló con un poco de crema blanca que había en el suelo y se dio de lleno contra el mismo, haciendo que Lovino se largara a reír y terminara tumbándose contra Antonio, para luego dar los dos contra el piso igualmente.

—¡¿Estás bien, Artie?! —preguntó alarmado Alfred mientras llegaba hasta él e intentaba levantarlo, acción que les quedaba un poco difícil al tener las manos resbalosas y la cabeza alcoholizada.

—Sí, sí, estoy bien —contestó Arthur riendo frente a su odisea, lo que provocó que Alfred le sonriera, pero siguiera intentando levantarlo del duro suelo de la sala—. ¡Deja de estirar mi brazo que duele…!

Cuando quiso tirar hacia sí su brazo, Alfred no detuvo su avance y terminó arrastrado hacia abajo por la fuerza que había aplicado Arthur para recuperar su adolorido miembro, resultando ahora los dos en el suelo, cubiertos de crema y masa y con sonrisas bobaliconas en la cara.

—Ay que ver lo torpe que eres —dijo Arthur mientras se sentaba de nuevo y veía al otro hacer lo mismo. Le sonrió—. Feliz cumpleaños, Al.

—Gracias, Artie. Por todo —se quedaron viendo a los ojos y Alfred no pudo evitar resoplar por la risa que deseaba salir de sus labios—. Te ves muy chistoso así. Casi no puedo ver bien sin las gafas, pero desde mi punto de vista te digo que… ¡pareces un payaso! —se rieron y continuó—: ¿Qué tal me veo yo?

—Perfecto —respondió rápidamente Arthur, con una pequeña sonrisa en los labios—. Perfecto, como siempre.

Alfred no se esperó esa respuesta, ni la menuda mano que sobre la suya se posaba acelerando su corazón. ¿He escuchado bien? se preguntó, mas no obtuvo respuesta pues solo pudo quedarse viendo los grandes ojos verdes que lo observaban con cariño y dedicación, mientras una mano acariciaba lentamente la suya sobre el suelo. Luego de lo que le pareció una eternidad, vio como la sonrisa de Arthur iba desapareciendo y a su paso quedaba una fina línea en sus labios, cuando Arthur abrió la boca para decirle algo, no pudo retener más sus sentimientos y juntó sus labios en un acto reflejo de sus agitadas emociones.

Había deseado hacer eso desde hace mucho tiempo, Arthur había calado hasta lo más profundo de su ser, dejando a su paso un camino de mariposas que se habían instalado en su abdomen y nublado su mente y corazón. Lo que sentía por él no podía ser descrito de ninguna forma, por más que hubiera querido explicarle a Feliciano aquella tarde; pero ahora se encontraba ahí, sobre un duro piso laminado de madera, con el cabello empelotado de azúcar, la cara sonrojada y su débil corazón hecho una bolita, besando a su mejor amigo en su propia fiesta de cumpleaños.

Y estaba feliz, porque mientras su cabeza daba vueltas y vueltas evitando pensar sobre lo que le estaba pasando en ese instante, Arthur le había correspondido el sentimiento y se encontraba abrazándolo con todas sus fuerzas, como obligándolo a vivir junto a él ese momento.

Se separaron, aún con los latidos resonando en sus oídos, y los recibieron entre vítores que provenían de sus amigos, a unos pasos de ellos.

—Parece que tenemos audiencia —bromeó Alfred, entre sonrojos, viendo como Arthur se reía con un sentimiento esperanzador danzando en su rostro—. Te quiero, Arthur, muchísimo.

—Yo también, Al. No sabes cuánto… —lo volvió a besar, sin importarle las exclamaciones que soltaban los otros chicos y se sintió dichoso al ver que Alfred volvía a corresponderle—. Quiero estar un momento a solas contigo.

—Sí —le contestó Alfred y esta vez se levantaron con menor esfuerzo, ayudados por Antonio quien le decía a Alfred que no se preocuparan por la privacidad y que se fueran a su habitación sin problema. Así hicieron, y la fiesta continuó.

Cuando se dieron cuenta que los dos no iban a salir por un buen tiempo de la habitación, se dedicaron a seguir celebrando por el cumpleañero y subieron la música para comenzar a bailar al ritmo de la electrónica. En el edificio de Antonio vivían gran cantidad de estudiantes universitarios, por lo que las fiestas eran algo común en esa comunidad, así que siendo un viernes por la noche no había problema de ser interrumpidos por adultos o ancianos quejicosos que aburrirían sus reuniones.

Lovino agarró a Antonio cuando una de sus canciones preferidas comenzó a sonar y, entre tragos de cerveza, lo obligó a separarse de su grupo de amigos para que se enfocara a él; era una mala costumbre que tenía cuando bebía y Antonio agradecía esos cortos momentos de apego para disfrutar a su novio frente a quien se le diera la gana. Por otra parte, Sey y su prima Belén los dejaron ser y comenzaron a bailar con Mathieu, Gilbert y Francis al sentirse bien con el ambiente y la música que sonaba a su alrededor. En la sala, Feliciano y Ludwig conversaban –un poco a gritos– sobre los padres de éste último y lo que pasaría ahora que vivieran separados, no era un buen tema de conversación para una fiesta tan animada como en la que se encontraban, pero Feliciano estaba con Ludwig tanto en las buenas como en las malas, y eso lo hacía un buen novio –o eso decía él.

—¡Se acabó la cerveza! —gritó Lovino en la lejanía de la cocina, mientras se le lanzaba a Antonio para que trajera más, interrumpiendo la conversación que llevaban y el baile de los otros—. ¡Antonio, saca a esos dos de tu cuarto que… que sino yo lo hago y… vamos ya a la cama!

Entre gritos y risas los chicos evitaron que Lovino arrastrara a su novio español a la única parte del apartamento donde tendrían su deseada privacidad, reclamando que era el turno de los nuevos tórtolos de aclarar su relación. En eso, Ludwig volvió a su tema de conversación con Feliciano, quien veía la escena de su borracho hermano con una sonrisa enorme en los labios.

—Espero que ahora no se pongan en eso de "dividirse a los hijos", sería el colmo… —dijo Ludwig dejando así su conversación para luego y se levantó del sofá en el que habían estado sentados por una hora, tomando de la mano a Feliciano de paso—. Bueno, esperar a ver qué pasa. Mientras, vamos a la cocina, quiero abrir el Vodka.

—¡No me hagas arrastrarte borracho a casa, Ludi! —rio Feliciano y Gilbert llegó por detrás abrazándolos a los dos, con una botella de cerveza vacía en cada mano, gritando cuánto los quería—. ¡Ni a ti, ni a Gigi!

—¡Nos arrastrarás de vuelta a casa toda la vida, Fefe! —gritó Gilbert, tambaleándose un poco y haciendo que ellos hicieran lo mismo— ¡Yo lo sé! Ustedes terminarán cuidando de mí y de sus hijos, vamos a ser una… una… ¡extraña, pero bonita familia! ¡Lo digo yo!

Feliciano lo observó divertido cuando se fue hacia adelante y tropezó contra una silla, mientras cantaba la letra de una canción que sonaba, a gritos—. ¿Tú lo crees, Ludi?

—¿Qué? —entraron a la cocina y buscaron entre los cajones y estantes la botella de Vodka que había traído su hermano—. ¿De cuidar a Gili? Espero que no, solo quiero estar contigo a solas y en paz en nuestra futura casa. Gilbert solo trae problemas…

—¿Lo dices en serio? —sorprendido por la respuesta, tomó las manos de Ludwig entre las suyas y lo obligó a verlo a los ojos, olvidando el Vodka que ponía sobre el mesón—. ¿Quieres terminar viviendo conmigo, Ludwig? ¿Piensas que llegaremos a tener hijos y una casa para nosotros…? —el rubio se le quedó viendo por unos segundos y luego, sorpresivamente, se acercó a sus labios y lo besó de manera descuidada por el alcohol en su sangre, pero tierna por el amor que le profesaba.

—Cásate conmigo, Feliciano —dijo una vez se separaron. Los ojos del morocho solo pudieron demostrar sorpresa—. En cuanto tengamos la edad y la solvencia económica, claro, pero me gustaría pasar toda la vida a tu lado —le acarició una mejilla y continuó su pequeño discurso improvisado, aunque las manos le temblaban y podía sentir que las de él también—. Yo sé más que nadie lo mal que puede terminar una relación de muchos años y de eso he aprendido para mi futuro, por eso quiero hacer las cosas bien contigo, Feli. Quiero que tengamos todo lo que soñemos y que lo alcancemos juntos, que luchemos codo a codo por nuestras cosas y seamos felices al final —suspiró y Feliciano lo imitó al no saber qué más hacer—. ¿Te gustaría también? ¿Hacer las cosas bien, juntos? —tomó aire y lo soltó en una sola pregunta—: ¿te casarías conmigo en un futuro hipotéticamente hermoso?

Feliciano había quedado sin habla, sentía el corazón acelerado y le faltaba el aire. Había quedado sumamente sorprendido por aquella repentina pregunta y los ojos le bailaban por la cara de su querido Ludwig, del hombre que acababa de pedirle que se casara con él en un futuro y a quien no podía siquiera darle una buena respuesta sin echarse a llorar ahí mismo.

Pero reunió todo el valor que logró conseguir en tan poco tiempo y pronunció la palabra que deseaba salir de su garganta a gritos, directamente desde su corazón.

—Sí.

Nunca había pensado lo romántica que podía llegar a ser una cocina.

.:.

Quizás si tú piensas en mí,
si a nadie tú quieres hablar,
si tú te escondes como yo,
si huyes de todo y si te vas.


(*) ¡Ya me harté sus mierdas! [...] ¡Ustedes dos se pueden ir a la mismísima mierda, como si me importara! ¡Déjenme en paz!


Notas de Autor:

Capítulo largo, ¿eh? Jaja, ¡espero que les haya gustado! Me he demorado un mes, pero aquí me tienen con este capítulo que he de aclarar que, quizás, es un poco más de transición entre el prólogo y lo que será la historia de aquí en adelante. He dejado pequeñas pistas que después serán puntos claves del plot, así que espero hayan leído con atención, aunque no creo que las pierdan más adelante.

¿Qué les ha parecido hasta ahora la historia? y ¿qué piensan sobre la forma en la que junté a Alfred y a Arthur? Ains… chicos, ¡ya era hora!, pero tendrán su espacio en otro capítulo para quienes quedaron con ganas de más xD

Aunque la pregunta más importante viene ahora: ¿Qué les ha parecido el final?

No se despeguen de la historia, que en el siguiente capítulo se concentrará enteramente en la relación entre Feli y Lud, con toques de los groseros más queridos Lovi y Toño, por sucesos que vendrán gracias a lo acontecido en la fiesta.

Por cierto, a quienes les gusta el Spamano los invito a pasarse por mi otro fic, llamado De Roma con Amor el cual escribí como referencia a los sucesos del primer capítulo respecto al regalo de Lovino a Antonio (el guardapelo). Así que si quieren saber cómo sucedió todo, ¡pueden ir a leerlo! :)

¡Espero sus comentarios! Me hacen muy, pero muy feliz. Gracias a ustedes chicas —ya saben quiénes son— por sus hermosos reviews y los favoritos y follows que he recibido de todos ustedes. ¡GRACIAS!


Datos curiosos:

Ah, por cierto, ¿sabían que en alemán cuando acortan los nombres usan el sufijo -i, por eso el porqué del Rodi, Gili y Ludi? A pesar del conocido -chen o -lein, que no se veía bien con sus nombres. Y que en el italiano, ¿es común acortarlos por el final del nombre, y que es normal adornarlos también con -ino, -ano, -lino, -nino, -imo, por eso Tiano y Nino?