Advertencia: Un poco de psicología barata y mención de temas religiosos. Y preocupación de la autora por el resultado de este capítulo.
Su sonrisa se desvaneció en el acto, el corazón le latía con fuerza y no pudo evitar situar su teléfono sobre su palpitante pecho para frenar las emociones que, descontroladas, salían por cada poro de su piel canela.
Conocía a la perfección el dilema en el que se estaba metiendo, pero le tranquilizaba un poco el saber que era a su propia sangre, su querido abuelo materno, a quien tendría que destapar sus sentimientos refugiados por tantos años que, por tanto, no tendría por qué estar agitado de esa manera tan pesarosa.
Además, tendría a su madre, a sus hermanos y a su amado Ludwig haciéndole compañía.
Inspiró hondo, con los ojos cerrados, apretando fuertemente el teléfono sobre su pecho y se dejó atrás de sí aquellos malos pensamientos e inquietudes. Seguido, abrió sus brillantes ojos ámbar, espiró por la boca y terminó sonriendo para darse ánimos.
Ya no había vuelta atrás y no podía estar más orgulloso por ello.
Dos Tipos de Soledad
Capítulo 4: No es nada fácil, la verdad
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No hay lazo que se fortalezca más con los años, que el de una familia unida.
No importa si ha crecido o disminuido, esta asociación de sangre y amor solo permanecerá unida por aquel fino hilo conformado de cariño, apego y comprensión que se forja por medio de la ardua, pero hermosa labor, de entender al otro y amarlo tal cual es.
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Feliciano bajó las escaleras y caminó a la cocina con los ánimos en alto y mucha confianza en sí mismo. Se había calmado un poco luego de la llamada a Ludwig, especialmente después de realizar ciertos ejercicios de respiración y convencerse de que lo que iban a hacer esa misma noche era para lo mejor. Él sabía cuánto los quería su abuelo, por lo tanto no debía preocuparse si confiaba lo suficiente en el amor familiar e incondicional que tanto les habían inculcado hasta ese momento.
Llegó a la base de las escaleras y escuchó alboroto en la cocina, al parecer Sebastiano ya se había despertado. Guardó su teléfono en el bolsillo lateral de su pantalón de algodón oscuro, entró y advirtió a sus hermanos quienes se encontraban recostados sobre el blanco mesón de mármol, pasando las hojas de un pequeño cuaderno lentamente, mientras Antonio se hallaba sentado en una silla del comedor auxiliar, con su teléfono LG en sus manos.
―¿Qué dijo mamá? ―preguntó Sebastiano a Lovino, ojeando lo que parecía ser el recetario de su madre el cual Lovino continuaba leyendo superficialmente. Feliciano se alegró de saber que se aventurarían a la cocina italiana que tanto presumía su progenitora y que claramente apreciaría su abuelo, quienes a pesar de ser de San Marino propiamente y haber vivido la mayor parte de su vida en Santa Isabel, no dejaban de lado sus verdaderas raíces italianas.
Lovino volteó a ver a su mellizo, quizá al sentir su presencia en la cocina, y luego volvió al recetario.
―Que hiciéramos cacciucco y postre, me parece que lo mejor sería una receta con limón, y hay que sacar un vino blanco de la bodega ―volvió su mirada hacia donde se encontraba Antonio―. ¿Podrías preparar tu sangría? Con el sol de hoy, me antoja un poco.
―¿Para el almuerzo? ―Lovino asintió―. Claro, como quieras ―se levantó de inmediato y se dirigió a una estantería para retirar un vino corriente, luego abrió la nevera para buscar los demás ingredientes y puso manos a la obra. Feliciano comprendió de inmediato que lo mejor sería pedir comida por teléfono en ese momento y enfocarse en dejar el pescado preparado, junto al postre, para cuando llegara su madre más tarde a cocinar todo.
Sacó su teléfono del bolsillo y preguntó― ¿Qué pido de almuerzo?
―¡Alitas! ―exclamó de inmediato Sebastiano caminando hacia su otro hermano― ¿Sí, Nano, sí? ―Feliciano rio ante la efusividad de su hermano menor, puesto que era la típica respuesta que él daba frente a esa pregunta. Escuchó un gruñido de consentimiento de parte de su otro hermano y se decidió.
―¿Frisbo? ―Sebastiano asintió―. Vale, pediré Jumbo familiar y papitas. ¿No te molesta Toni?
Antonio sonrió, respondiendo que no había problema y continuó cortando la fruta que usaría para la bebida. Feliciano se dedicó entonces a pedir por teléfono a aquel famoso restaurante de Santa Isabel que tanto adoraban. Vendían el mejor pollo de la ciudad. En eso, Lovino lanzó un grito de euforia al haber encontrado la receta del plato principal, comenzando a sacar de uno en uno los pescados y mariscos del congelador con ayuda de Sebastiano.
Una vez realizó su pedido y fue avisado que llegaría entre 45 minutos y una hora, regresó a la cocina y se dedicó a limpiar los pescados junto a Lovino. Le pidió a Sebastiano que buscara el postre que más le apeteciera en el libro para entretenerlo, recomendándole que evitara los de chocolate o muy dulces. Una vez se decidió por bizcocho al limón, se retiró a llamar a su reciente novia para avisar de los planes de esa noche y esperar en su habitación la llegada del almuerzo.
Luego de diez minutos, Antonio guardó en una gran jarra de vidrio la sangría y, con las indicaciones de Lovino, tomó un tazón lleno de gambas y langostinos para proceder a retirar el intestino de cada uno de ellos y limpiarlos de manera adecuada. Otros minutos pasaron, esta vez en silencio. De repente, Lovino se detuvo y miró directamente sus manos completamente llenas de escamas y carne de pescado. Al notar esto, Feliciano se detuvo también y preguntó qué le ocurría.
―Es Sey… La ha cagado ―accionó el grifo del fregadero para limpiarse nuevamente y miró a sus acompañantes con el ceño fruncido―. No vayan a decir nada, ¿vale? Ella me dijo que podía decírtelo, Feli, y sabe que no puedo evitar contarte, Antonio, pero me pidió que nadie más podía saber lo que me ha dicho, ¿entienden? Es complicado, pero dudo que se vayan de bocazas tan fácilmente una vez les cuente.
Ambos asintieron. Feliciano recordaba ciertos altercados que habían tenido con algunas personas –Lovino incluido– por abrir la boca de más en varias ocasiones, así que no podían refutar. Lovino se sostuvo del mesón, no pudiendo evitar hacer una mueca antes de hablar.
―Ya saben que Francis lleva detrás de ella desde el año pasado ―los otros dos asintieron de nuevo―, bueno, pues ella ya me confesó que le gustaba mucho más Gil desde hace un tiempo y que estaba esperando a que él se decidiera qué hacer frente a su declaración.
―¿Gilbert ya sabe? ―preguntó atónito Antonio, interrumpiendo a Lovino y dejando de lado las gambas en otro tazón. Éste afirmó y eso enfureció al español―. El muy cabrón, ¡nunca nos dijo nada!
―Dudo que quisiera decirle a Frani que Sisi iba detrás de él y no de Frani.
―Exacto y no me interrumpas, maldita sea ―agregó Lovino, agarrando el pescado que había dejado a medio limpiar y continuó su tarea mientras relataba lo más que podía―. En fin. Eso hubiera terminado en pelea y tanto Gil como Sey lo tenían muy claro. Quizá evitó decirte para que no abrieras la boca, como pasa cuando no piensas lo que dices ―Antonio soltó un grito de protesta, mas su novio hizo oídos sordos―. El problema radica en que Gilbert estuvo a punto de decirle todo a Francis el viernes en tu apartamento ―Feliciano volteó a verlo estupefacto.
―¡No se atrevería!
Lovino negó con la cabeza― No, Sey estuvo parte de la noche evitando que eso pasara. Me contó que había notado cierta inconformidad de parte de Francis cuando se acercaba a Gilbert para acallarle la boca, así que en cuanto se hubo acabado la fiesta y él se ofreció (ebrio, he de aclarar) a acompañarlas a su casa, ella aprovechó eso para hablar un poco con él.
»Como su prima seguía con ellos, decidieron que llegarían a la casa para que ella descansara y luego se sentaron en la terraza a hablar. Solo Sey podía hacer algo así, aun estando muy pasada de copas y en pleno invierno, a las tres de la mañana… En fin, ella me dijo que habían hablado de los sentimientos de ambos y tal. No me dio muchos detalles, pero que en resumen él se le declaró y le pidió una oportunidad para tener algo serio con ella.
Lovino tomó un poco de aire luego de toda esa retahíla, haciendo tiempo para organizar un poco las ideas y recuerdos de sus anteriores conversaciones. Entre tanto, Feliciano y Antonio esperaban ansiosos a que continuara, estaban pronto a terminar de limpiar y organizar los ingredientes del cacciucco, así que se apresuraron a ello antes de que llegara el pedido y tuvieran que dejar la conversación para después por Sebastiano.
―Está claro que Francis ha querido algo más que amistad de parte de Sey, pero lo que no sabe nadie es que ya ha pasado a insinuarle de acostarse con él en varias ocasiones… Y esa noche no fue la excepción.
―Ay Francho… ―suspiró Antonio, negando con la cabeza―. Así nunca logrará nada con ella. Además, Sechi es… ¡Sechi! demasia'o enfocada en la vida como para aceptarle algún avance, así, como si nada.
―Eso pensaba yo también ―tomó los pescados ya lavados y los juntó en un gran plato hondo de cerámica, con los de Feliciano. Tomó las cabezas cortadas y las reunió en otro más pequeño, ya que servirían para el caldo―. Pero esa noche, al parecer, dijo o hizo algo diferente porque logró lo que quería…
Antonio inhaló fuertemente y soltó una grosería.
―Nino… ¿No te referirás a que…?
―Sí, Sey se acostó con él esa noche y eso no es lo peor.
―¿Qué puede ser peor que eso? Espera. Espera, amor. Explícate mejor.
Lovino se rascó la cabeza, inconsciente del desagradable olor que impregnaba sus manos, y suspiró― Sí, me contó que había sido demasiado extraño, pero que esa noche había tenido muchas ganas de intentarlo con él. Yo pienso que fue el alcohol ―Feliciano y Antonio asintieron, dándole la razón completamente―. Me dijo que no recordaba ciertas partes, que resultó en casa de Francis esa noche y una cosa llevó a la otra… Aunque, como les digo, no es lo peor de todo. Porque es chocante y triste saber que Sey hubiera caído así, más estando borracha. Inclusive, ya hubiera ido yo a partirle la cara a Francis, pero…
Se volteó y recostó su espalda baja en el mesón de mármol, cruzando luego los brazos sobre su pecho. Frunció el ceño y miró el sucio suelo de la cocina.
―Dice que no le disgustó haber pasado la noche con él. Sey hasta había quedado hoy con Francis para hablar mejor las cosas, dándose tiempo para que ella pensara con mayor claridad en el transcurso del día, pues había decidido olvidar definitivamente a Gil… Cuando, de regreso a su casa, recibió un mensaje justamente de él, que le decía que se encontraran para tomar chocolate caliente o una cosa así.
―Cierto ―afirmó Feliciano―, ayer Ludi me contó que Gil había salido de casa a reclamar sus nuevas gafas y que se vería con Sisi en ese mismo centro comercial.
―Pues resulta que estaba siendo una salida muy casual, hasta que Gilbert le robó un beso.
―¡Pero bueno! ¿Qué pasa ahora con todos? ―exclamó Antonio, interrumpiendo de nuevo a Lovino quien lo miraba con los ojos entrecerrados―. Joder, Lovi, te juro que nunca vi que Gilbert tuviera esas intenciones con Sey. Ni cuando, tu sabe', fuman y eso que comienzan a decir chorradas… ¿Cuándo fue que le dijo Sey que gustaba de él?
Haciendo memoria, Lovino se terminó de lavar las manos y secándose con la toalla que su mellizo le tendía, respondió―: Hace dos semanas y media, aproximadamente.
Antonio frunció aún más el ceño y llevó una mano a su barbilla, en esa peculiar pose pensativa de la que tanto se burlaban sus amigos. Feliciano terminó de reunir los ingredientes en varios platos, dirigiéndose al refrigerador para volver a guardarlos hasta que su madre arribara y procedieran a cocinar todo. Mientras el silencio invadía la habitación, retomó el recetario y revisó rápidamente los pasos, tiempos e ingredientes del postre que había seleccionado su hermano menor, aunque el dilema de Sey aún hacía mella en su cabeza.
―Todavía más extraño―declaró súbitamente Antonio―. El fin de semana pasa'o estuvimos en mi piso tomando unas Heineken con él y Francis, y estuvo gritando que ahora se sentía muy bien con su soltería y más gilipolleces así ―se recostó a un lado del refrigerador y sacudió la cabeza―. ¿Pasaría algo el viernes, o en la semana, que lo hizo cambia' de opinión? ¡Además, no tiene sentido!
―¿Qué puede no tener sentido, Toni? Gigi siempre actúa por impulso ―vieron como Lovino asentía a eso y murmuraba algo entre dientes―. Quizá sea otro de esos impulsos… Aunque no me gustaría que así fuera, porque lastimaría a Sey.
―Es que… Gilbert siempre animó a Francho a que se declarara totalmente. Os lo juro, ¡siempre! ¿Por qué ahora, va y hace algo así? ―detuvo su verde mirada en su novio y preguntó―: ¿Sechi te dijo cómo fue?
―Me dijo que se acercó desprevenidamente a abrazarla por la espalda, mientras ella esperaba en la fila de churros… y que cuando se volteó a verlo preocupada, le dio el beso y luego la soltó.
―¿Y ya?
―Y ya… Que ella le preguntó qué había sido eso, si una respuesta o qué, pero él solo la miró nerviosamente y se discul… ―Lovino se interrumpió abriendo los ojos súbitamente y tomó su iPhone de la mesa de la cocina, enviando luego un mensaje―. ¡Ah! creo recordar que Sey alguna vez me dijo que, hace tiempo, el imbécil le había confesado que gustaba de alguien, pero que no podía ser y eso lo carcomía por dentro… ¿será posible que sea así de hijo de puta?
Feliciano inspiró fuertemente― ¿De tratar de olvidar a esa persona, tomando a Sey como reemplazo? ―asintiendo, Lovino recibió un mensaje en su teléfono y continuó mensajeando a través de él. Feliciano se preocupó en demasía ante aquella acusación―. ¡No será capaz! ¡Gil no es así!
Lovino bufó y se sentó en la mesa auxiliar, enfocado en lo que fuera que estuviera escribiendo. En ese momento sonó el timbre de la puerta que logró sobresaltar a los tres jóvenes con su chirrido. Feliciano le dedicó una última mirada a la cabeza agachada de su hermano respondiendo los whatsapps entrantes y se dirigió a la puerta a recibir el pedido. Al salir de la cocina hacia el pasillo, escuchó a Antonio sugerir que dejaran el tema para después. Feliciano le daba la razón.
Era mejor dejar la conversación ahí, sino le estallaría el corazón.
Feliciano almorzó con varios pensamientos rondando por su cabeza. Debido a lo fuerte que se podía tornar la conversación, decidieron no reanudar el tema de Sey hasta que Gilbert o Francis se pronunciaran o que ella personalmente le pidiera consejo alguno frente a lo que podría hacer, muy al contrario de lo que su hermano pudiera decirle luego. Entre tanto, se enfocaría en su dilema familiar que poco a poco llegaba a su hora.
Mientras tomaban su almuerzo recibieron una llamada de Valeria, su madre, para confirmar horarios y detalles que tendrían que cumplir antes de la llegada de su abuelo. Sebastiano les preguntó constantemente cuál era el verdadero motivo de la reunión familiar, mas ninguno abrió la boca –preferían hacerlo solo una vez, aunque siempre habían pensado que Sebastiano tenía alguna idea de lo que Antonio o Ludwig significaban realmente para ellos. Era un chico muy perspicaz, después de todo.
Las alitas se terminaron y la sangría sobró, así que tomaron la jarra y se sentaron los tres en la sala para terminarla antes de que Antonio partiera a su apartamento para vestirse correctamente. El humor estaba un poco bajo, tanto por la pronta cena de confesión, como por la partida del español al día siguiente que no dejaba tranquilo al mayor de los mellizos. Con vasos fríos en sus manos y un poco de vino nublando su raciocinio, tomaron lentamente la bebida sin hacer comentario alguno, hundidos en sus propios pensamientos, divagando en el más profundo silencio.
Feliciano se terminó su bebida en un último buche. Necesitaba hablar nuevamente con su madre para preguntar específicamente cada paso de la preparación del bizcocho cuando, súbitamente, vio a Lovino tomar la mano de Antonio que descansaba en el cojín del sofá en el que se hallaban sentados y, con los ojos cerrados, comenzó a controlar su respiración con largas inhalaciones por la nariz y entrecortadas exhaladas por la boca. Feliciano y Antonio reconocieron el pequeño ataque de pánico en el que había entrado Lovino y se apresuraron a ayudar recostando parcialmente al chico en el mueble. Dejando en buenas manos a su hermano, Feliciano se dirigió a la cocina a calentar agua para un té herbal que podría ayudar a mejorar el pequeño episodio.
Escuchó una canción provenir de la sala –del teléfono de Antonio, seguramente–, seguida de la melodiosa voz de su cuñado que resonaba suavemente por cada espacio del primer piso de la casa, la cual inclusive sosegó el apresurado corazón de Feliciano; aquello se debía a que cantar juntos era la peculiar forma de Antonio de calmar Lovino en cualquier situación en la que éste lo necesitara, como ayuda externa para apaciguar su vibrante personalidad –tanto como por ansiedad, como por alguna reacción adversa.
No obstante, los suaves quejidos que lanzaba Lovino contenían a Feliciano de regresar rápidamente; al menos hasta que sintiera que el té no estaba cerca del punto de ebullición y estuviera más tibio para su deleite.
―Y para tu amor que me ilumina, tengo una luna, un arco iris y un clavel ―escuchaba Feliciano al volver con la taza de té luego de unos pocos minutos. Lovino se encontraba mejor, probablemente pudieron detener el ataque antes de que fuera a peor pues estaba siguiendo susurrante el ritmo de la canción mientras miraba a Antonio con ojos entrecerrados, con un ruidoso rastro de lágrimas en sus mejillas y parte de su cuerpo recostado sobre él―. Y tengo también un corazón que se muere por dar amor…
Dejó la taza sobre la mesita a un lado del sofá –lo más silenciosamente posible– y se marchó a su recamara, pensando en lo bien que le iría a Antonio si se dedicara a ser trabajador social y lo diferente que sería la vida de su hermano de no haber ocurrido aquel incidente hace 6 años que lo cambió drásticamente. Un poco angustiado por lo ocurrido, pero confiado por la compañía que hacía Antonio, tomó su teléfono Sony y marcó el número de su madre mientras abría las livianas puertas de su armario y rebuscaba un buen conjunto de ropa para vestir esa noche.
La llamada duró varios minutos, no tocó el tema de su hermano y sus dudas frente a la receta quedaron resueltas en su mayoría; tanto él como Lovino tenían problemas a la hora de cocinar si no tenían a su madre cerca para asesorarlos, como típicos adolescentes colegiales, pero aprovechaban que Valeria siempre estuviera dispuesta a enseñarles cada día diferentes platos que quisieran comer o perfeccionar. Así que esta vez tampoco tuvo problema en detallar y explicar a cabalidad a su hijo los procedimientos para preparar un buen bizcocho al limón.
Una vez se decidió por una camisa de lino verde menta y pantalones de drill marrón oscuro con zapatos de vestir del color de los puños de la camisa, amarillo claro, bajó las escaleras y se encontró a Sebastiano subiendo las mismas con Monique –su novia, que al parecer acababa de llegar– despidiéndose de alguien a gritos.
―¿Toni ya se va, Tiano? ―éste asintió y tomó la mano de la chica para seguir subiendo las escaleras hacia la segunda planta―. ¡No cierren la puerta, eh!
Terminó de bajar y de soslayo pudo ver que –efectivamente– Antonio se encontraba en la puerta de entrada, siendo atacado por Lovino y sus constantes recomendaciones de vestimenta, etiqueta y porte para la cena. Feliciano vio el rostro decaído de su hermano y la forma en la que su cuerpo se recostaba fatigado sobre el marco de la puerta, lo que le daba a entender que las secuelas del episodio de pánico aún hacían mella en él.
―Por cierto ―le escuchó decir susurrante, cansino, tomando aire para ciertas palabras―, no vengas en jeans desgastados, que mi nonno siempre anda quejándose de lo horrible que se visten mis amigos para que vayas tú y le des más de qué hablar ―tomó entre sus temblorosas manos ambas mejillas del español y lo detalló, moviendo de un lado al otro su cabeza, bajo su escrupulosa mirada avellana―. Y aféitate, ya pareces un oso pardo.
―Que sí, cari, y tú tómate un buen baño de agua caliente, ¿vale? No te preocupes por nada, todo saldrá bien. Es tu querido nonno, después de todo.
―Claro ―Feliciano observó la forma en la que las manos de Lovino se restregaban sobre su pantalón, otra consecuencia de la ansiedad―. Eh, gracias… por lo de hace poco ―Antonio le dedicó una pequeña sonrisa a Lovino y negó en silencio su cabeza, como cada vez―. Siempre te daré las gracias, no importa lo que digas. Anda, vete ya.
―Vale, vale ―se acercó y le dio un suave beso en la boca que Lovino no rechazó. Luego se quedaron unos segundos viéndose a los ojos, en los que Feliciano alcanzó a pensar si era mejor marcharse, hasta que Antonio apretó los labios inquieto a la vez que le movía un mechón de cabello a Lovino y susurraba―. Nos vemos más tarde, amor.
―Ciao, tesoro ―susurró Lovino en respuesta, aún recostado sobre el marco de la puerta―. Um, me envías una foto antes de salir ¿okey?, no confío tanto en ti ―Antonio soltó una pequeña carcajada y contestó afirmativamente antes de caminar hacia la fría calle. Lovino refunfuño, cerrando la puerta al verlo partir. Feliciano se dirigió entonces a la cocina a esperar a que Lovino volviera a su otra forma de ser, aquella que mostraba a todos. Mientras, disfrutaría el intentar cocinar un bizcocho decente para su abuelo.
Valeria llegó anunciándose junto a su padre en la puerta de entrada en voz alta. Su padre, el abuelo Rómulo Piatti(1), entró con su inseparable bastón y una mano dentro del bolsillo lateral de su pantalón de pana grueso, reluciendo una gran sonrisa al ver a Sebastiano que corriendo llegaba a su encuentro abrazando a su abuelo, quien después de dos semanas retornaba a casa de su recuperación por un problema con la pancreatitis crónica que lo aquejaba. Valeria los instó a entrar rápidamente dentro de la casa al observar que comenzaba a llover –típico del clima de Santa Isabel en diciembre– y el chico junto al anciano aún permanecían en el rellano dando saludos.
Obedeciendo, entraron a la antesala y la mujer se dirigió a la cocina a chequear que todo estuviera en orden y listo, como lo había dejado con sus otros hijos antes de salir a recoger al anciano en el geriátrico.
―¿Cómo quedó el bizcocho, Nano? El abuelo está con Tianino en la sala, vayan a saludar.
Feliciano dejó su teléfono en la mesa y prestó atención a lo que su madre le estaba diciendo. Respondió emocionado que el postre estaba en su etapa de enfriamiento y se dispuso –junto a su hermano– a saludar al abuelo. Lo vieron sentado en el gran sillón en forma de L junto a Sebastiano y Monique, y apresuraron el paso.
―¡Hola, nonnino! ―gritó dichoso el moreno abrazando efusivamente, pero con delicadeza, al mayor de la familia y dándole espacio a Lovino de hacerlo también solo que con menor fuerza; aún se sentía un poco agotado por lo sucedido esa tarde―. ¿Cómo sigues?
―Bien, bien. No se preocupen por mí, ¡que yo todavía puedo seguir molestándolos por diez años más! ―soltó luego una carcajada que contagió de alegría a todos los presentes.
―Le estaba contando al abuelito que ustedes andan muy misteriosos con lo de hoy y que por eso es que está aquí.
―Te gusta jodernos la vida, ¿eh? ―soltó Lovino mirándolo con los ojos entrecerrados y la mano en puño, como pocas veces se expresaba frente a su consentido hermano menor―. No le prestes atención, nonno.
Feliciano sintió cómo el corazón comenzaba a latirle más fuerte al notar que la evidente inquietud que lo rodeaba esa tarde lo había transmitido a su hermano menor, quizá tan pronto comenzó a calcular el momento en el que Ludwig llegaría y todo daría comienzo.
―¿Qué pasó, mis niños? ¿Problemas de nuevo en el colegio? Porque voy directamente al despacho del calvo ese y le exijo orden en su institución de una buena vez.
―¡No, nada de eso, nonno! No te preocupes, luego de comer te contamos ―calmó Lovino, tomando la mano del anciano y sonriéndole de manera reconfortante. Rómulo lo miró atentamente sin decir nada. Al sentir su teléfono vibrar en el bolsillo de su pantalón gris, Lovino se alejó un poco y abrió el mensaje entrante que Feliciano supuso vendría de parte del español por la expresión inquieta que su rostro demostró.
―Y dime, mi querido niño ―dijo Rómulo, mirando directamente a Feliciano―, ¿sigues con la idea de estudiar este… arte escénico?
Feliciano rio― No es arte escénico, nonnino, eso es teatro, danza, música… ―el viejo le dedicó una expresión de desgano que indicaba, una vez más, que no le importaba aquella información, o lo que dijera Feliciano, con tal de haberse dado a entender―. He estado pensando últimamente en Historia del arte o dibujo.
―Ya. Yo sigo pensando en que te iría muy bien de arquitecto, como tu papá ―el silencio hizo presencia luego de esas palabras hasta que Sebastiano se levantó junto a Monique y se dirigieron a la sala de televisión, que quedaba contigua a la que estaban―. Sé que no te gusta hablar de esto, Nano, pero no quisiera verte en un trabajo mediocre, teniendo los contactos y negocios de Emilio a tu entera disposición. Tú también, Nino.
―No me metan en esas conversaciones ―refutó Lovino, aún con sus ojos fijos en la pantalla de su iPhone, escribiendo rápidamente sin perderse la conversación de los otros dos―. Ya les dije a ti y a mamá que lo que me gusta es la ingeniería audiovisual y, además, me está yendo bien en química. Nada que ver con la arquitectura.
―Nonno… ―suspiró pesadamente Feliciano―. Ya te he dicho lo que pienso de eso y todo lo referente a papá…
―Nano, algún día tendrán que pasar hoja y comprender que hay que intentar vivir la vida como Dios manda. Emilio sería Feliz si sigues sus pasos, siempre vio potencial en ti. ¿Ya te he dicho que haces unos planos muy bellos en tus clases de dibujo técnico?
De nuevo el silencio reinó y el joven, cabizbajo, resopló entrelazando las manos y descansando las mismas sobre sus muslos― No quiero estar pensando en todo lo que podré o pude haber aprendido con él a mi lado. Ahora no es posible y eso me hundiría―el viejo Piatti hizo el intento de responder, pero fue interrumpido por Feliciano―. No quiero hablar de esto ahora, por favor, nonno.
Rómulo suspiró cansado y tomó su bastón entre sus manos. Al darse por vencido comenzó una amena conversación con sus dos nietos sobre el colegio, sus amigos y otros temas banales que disiparon el amargo ambiente que se había formado anteriormente. Valeria se les unió luego de haber estado en la cocina arreglando los últimos detalles, orgullosa por el sabor que había cogido el pescado y mariscos en la sopa que inclusive adelantó el hambre del anciano por el aroma del cacciucco que salía de la cocina. Invitó a Sebastiano y a Monique a unírseles en el salón, pero él se negó y su madre, comprensiva, lo dejó ser.
En eso, el timbre sonó y Feliciano se puso de pie inmediatamente al sospechar quién podría estar al otro lado de la puerta. El abuelo no pudo evitar preguntar si tendrían más visitas –teniendo en cuenta a Monique– y su hija tan solo le respondió con una sonrisa diciendo que sería una cena en familia, lo que confundió aún más a Rómulo.
Feliciano abrió la puerta apresuradamente y detrás de ella encontró a su novio, pasando una mano enguantada por sus doradas hebras de cabello eliminando un poco la humedad del mismo.
―Hola ―saludó incómoda y tímidamente a Ludwig, dando paso a entrar en su casa. Echó un vistazo detrás de su espalda, mientras cerraba de nuevo la puerta, buscando con la mirada si alguien estaba ahí o venía en esa dirección. Al cerciorarse que no era así, se acercó y besó rápidamente los labios de Ludwig, alarmando un poco al último―. Lo necesitaba ―susurró―, estamos todos en el salón menos Toni, aunque dudo que se retrase más.
Observó a Ludwig tragar saliva y tomó su mano para darse ánimo. Volteó la cabeza de nuevo hacia el pasillo y lo arrastró decidido hacia el salón. Una vez llegaron, lo primero que pudo ver fue a Lovino totalmente girado hacia el pasillo por dónde venían; Feliciano le dedicó una sonrisa para calmar al chico, suponiendo que había quedado a la expectativa de la aparición de Antonio igualmente. Luego vio que su abuelo pasaba su mirada –un poco seria– de Lovino a ellos.
―¡Anda! Si es Ludwig, ¡hace tiempo no te veía, ragazzo! ―exclamó Rómulo tan pronto lo vio, un poco sorprendido― ¿Cómo has estado? ¡Y qué pintas traes!, ¿estabas en algún evento con tu familia?
Por primera vez, Feliciano se percató de lo que Ludwig vestía debajo de aquella abultada chaqueta de invierno, quien a pesar de haberle aconsejado ir más casual, llegó con pantalones negros, una camisa de vestir azul mediterráneo y corbata gris a juego que inclusive lo hacía ver de mayor edad. Le fue inevitable pensar en lo atractivo que se veía su novio, pero pronto deseó que el resoplido burlesco que brotó de sus labios al ver la cara sonrojada de Ludwig no hubiera sucedido, pues puso al rubio aún más nervioso de inmediato.
―N-no señor, me han invitado a cenar con ustedes esta noche. Ah, buenas noches, Valeria.
―Pues bienvenido muchacho, aunque sabes muy bien que para venir a nuestra casa a cenar no hay que cumplir tanto protocolo. No sé qué estamos esperando para comenzar a comer, pero anda, siéntate mientras ―dijo entre suaves risas que pararon con un pequeño ataque de tos. Feliciano guio a Ludwig hasta el sillón de dos plazas en el que había estado sentado anteriormente y resistió la urgente necesidad de tomarle la mano―. ¿Cómo ha estado todo en tu vida, Ludwig? Supongo que aún mantienes esas buenas notas en el colegio, ¿no?
―Sí, señor.
―Pues eso está muy bien, serás un excelente ingeniero, ¡vas a ver! ―tanto Feliciano como Ludwig sonrieron ante eso―. ¿Y qué tal de novia, eh? Tanto ejercicio debe ser por algo, o eso me ha contado Nano. ¿A qué musa tienes en la mira para llegar a ser el nuevo Schwarzenegger? ―volvió a reír ante su propio chiste, ajeno a la verdadera situación.
―Solo me gusta, me distrae un poco en casa ―miró de reojo a Feliciano inconscientemente, pues conocía de sobra el gusto que le daba el verlo ejercitarse.
―¿Pero nada de novia? Esta generación no la entiendo, unos porque se vuelven locos entre las drogas, sexo y alcohol, y los otros, como ustedes, que ni novia, ni nada. ¡Si no es por esta chica Sey, pensaría que son misóginos!
―¡Papá!
―No te alarmes, Valeria, que solo bromeo. ¡Eh! ya tengo hambre, ¿podemos empezar a comer? ―puso el bastón en la posición adecuada para sostenerse al levantarse del sofá y sonrió―. Hasta Ludwig tendrá hambre, pues para mantener esos músculos de marino ¡supongo que debe estar comiendo todo el tiempo!
Se fue riendo hacia el comedor principal de ocho puestos sin esperar a nadie, obligando a la madre de los mellizos a seguirlo luego de brindarles una cálida sonrisa tranquilizadora a los tres jóvenes. Feliciano se acercó a su hermano de inmediato, arrastrando a Ludwig con él, dispuesto a aclarar una última vez la forma en la que se darían las cosas en la pronta cena –inclusive las palabras con las que se expresarían, el tono de voz y el momento adecuado.
―Yo creo que lo mejor será en el postre, como quien no quiere la cosa ―opinó Ludwig―, así disfruta de la comida sin preocupaciones… que no es algo que ustedes quieran a final de cuentas, ¿no?
―Si no se atraganta o se indigesta luego…
―Sé más positivo, Nino, vas a ver que después será una tontería el habernos preocupado por nada.
De repente, el iPhone de Lovino comenzó a emitir una tonada que Feliciano reconoció de inmediato como Lovers on the Sun de David Guetta y se preparó a la llamada que, al igual que su hermano, no esperaban pues ya habían pasado 10 minutos de retraso para el español.
―¿Qué pasa, Antonio? No me digas que te arrepientes porque te mato, ¿me escuchas?, te mato ―se silenció para oír lo que el otro tendría por responder y las cejas se juntaron en acto reflejo a lo que sea que hubiera escuchado―. ¿Serás cabrón? ¡Mueve ya tu puto culo a mi casa! O no, ¿sabes qué? mejor ni aparezcas, imbécil. Ya sabía yo que me harías esto, ¡así eres tú, hijo de puta! ¡No sé por qué me sigo convenciendo de lo contrario! ¿Cómo me vas a hacer est…?
El ruidoso chirrido característico del timbre de la casa detuvo la verborrea de palabras malsonantes de Lovino, el cual terminó por sobresaltar a los tres. Luego del silencio que le siguió, una risotada inundó la estancia proveniente de Feliciano quien no había podido impedir su estallido al caer en la cuenta de la realidad, mas tuvo que detenerse de inmediato al preocuparse por la expresión de angustia que el rostro de su mellizo demostraba. Era claro que había sido todo una jugarreta de Antonio, no obstante, era claro también que no se había esperado que Lovino reaccionara de esa forma tan negativa ante la broma o excusa que había formado el español. Lovino, por su parte, lanzó al instante el teléfono al sofá sin ni siquiera finalizar la llamada y salió a correr hacia la puerta principal con la cara completamente pálida.
Ludwig se volteó a verlo agitado y Feliciano decidió que la noche no había comenzado de la mejor manera.
Antonio apareció súbitamente en la sala en la que se encontraban, seguido de un avergonzado y cabizbajo Lovino, saludando sonriente a Feliciano y a Ludwig aunque fuera muy obvio el descontento interno que lo aquejaba ante lo que tuvo que pasar hacía unos segundos.
―Perdón por llegar tarde. ¡Uf! Me muero de hambre ―dijo tan relajado como podía―. ¿Están ya en el comedor?
―Espera, Antonio… ―susurró Lovino, llevando un mechón de cabello detrás de su oreja izquierda y mirándole fijamente con la otra mano agarrando inquieto una parte de su pantalón―. Yo…
Antonio suspiró y acto seguido tomó ambos antebrazos de su novio indicándole la seriedad de sus palabras― Hablaremo' después ¿vale?, ahora enfoquémonos en lo que toca pues no soy tan… cabrón como piensas como para echar a perde' tus planes. Así que, como prometimos, aquí estamos y todo va a salir bien, ¿vale? Ya habrá tiempo luego para otros asuntos…
Feliciano se entristeció al ver cómo su hermano observaba temeroso a Antonio, con los ojos brillantes por las lágrimas que no deseaba derramar, asintiendo luego a su petición y recogiendo inmediatamente su teléfono del sofá. Una situación que poco o nada era común en Lovino, lo que confirmaba las dudas de Feliciano sobre una posible recaída de su ansiedad.
Así, se dirigieron los cuatro al comedor principal donde los esperaba el resto de la familia, quienes a penas se acomodaban en las sillas en las que se iban a sentar. Valeria saludó a Antonio, seguido del abuelo Rómulo quien volvía a mostrar extrañeza ante la cantidad de invitados que iban a tener esa noche; después de todo había pasado una buena temporada sin verlos a todos en la misma casa, al mismo tiempo.
El comedor tenía todos los puestos con sus respectivos utensilios, platos con la cantidad adecuada de cacciucco y verduras de acompañamiento. En el centro, el platinado cubo para enfriar el Tenuta Rapitalà Grand Cru con el centro de frutas de vidrio que tanto le gustaba a Valeria a un lado y dos velas para decorar sin encender, todo sobre un mantel blanco y centro dorado. La comida olía deliciosa y la ambientación los invitaba a sentarse de inmediato.
Quedaron repartidos por parejas a ambos lados del comedor y en las cabezas del mismo se sentaron Valeria en un extremo y Rómulo en el otro. Feliciano y Lovino quedaron a los lados de su abuelo seguidos de sus novios, Sebastiano por la fila de Feliciano al lado de Ludwig, teniendo en frente a Monique quien estaba al lado de Antonio. No supieron si era la mejor ubicación o no, pero no había podido ser de otra forma pues les habían dejado así los cuatro puestos al llegar al recinto.
Comenzaron la cena entre amenas anécdotas del viejo en el geriátrico con sus conocidos y amigos, comentarios de las notas sacadas en el colegio, críticas positivas a la comida ingerida, viajes planeados y demás temas que apaciguaban la noche y los sentimientos huidizos de los mellizos.
―Entonces entré a la tina totalmente distraído y muy dormi'o… vamos, lo normal… cuando iba a abrí' la llave de la ducha sentí de repente que algo me rozaba las piernas. Al pensar que fuera una tarántula o algo, lancé una patada al aire para espantar lo que fuera que fuese y es en eso que veo a Ninín volar fuera de la tina, maullando de sorpresa ―Antonio soltó una risa que contagió a los demás. Habían pasado aproximadamente 40 minutos desde que se sentaran a cenar, habían terminado la ensalada y la sopa iba casi acabándose para todos, todos menos Lovino quien jugaba con su cuchara un poco distraído, con la mirada perdida en el centro de mesa.
Esto lo percibió Feliciano una vez la risa hubo mermado un poco, sentía en el pecho la angustia de su hermano pensando que a lo mejor no deberían decir nada esa noche pues se le veía muy alicaído. Varias situaciones negativas le habían sucedido ese día como para aumentar su tensión: problemas en la iglesia, el retorno de sus ataques de pánico y ahora su inconveniente con Antonio, los cuales preocupaban a Feliciano pues no deseaba por nada en el mundo que la psique de Lovino volviera a tambalearse luego de casi año y medio sin problemas.
Extendió una mano al frente para tomar la temblorosa del joven, pero dada la distancia que los separaba por la gran mesa no pudo siquiera rozarlo, aunque eso sirvió para que tanto Antonio como Rómulo vieran su acción en seguida y voltearan sus respectivas cabezas a Lovino, ahora totalmente preocupados.
―Nino ―llamó urgente Rómulo al ver a su nieto como hacía tiempo no lo veía. Su respiración se notaba irregular, las manos temblaban ligeramente y sus ojos estaban vidriosos―. ¿Te pasa algo, chico? Desde que llegué te siento diferente.
En eso Antonio posó una mano sobre su hombro y lo sacudió un poco, ocasionando que Lovino finalmente saliera de su estupor, volteando a ver al español con la duda en sus ojos― Estabas ido ―contestó mirando ahora a Rómulo, evitando alguna escena que echara a perder los planes. Luego lo miró de nuevo―, tu abuelo te preguntaba si te pasaba algo.
―Ah, n-no, estoy bien. No se preocupen ―seguido se repasó las palmas de las manos por su pantalón y Rómulo no pudo evitar volver a verlo con seriedad. Desvió su mirada hacia su hija al otro lado de la mesa y pudo darse cuenta que ni ella reconocía la causa de los actos de su nieto―. Creo que ya es hora del… postre… e-eh… ―levantó una mano y la llevó directamente a su copa de vino que parecía casi intacta, pero en el camino tiró a la mesa el salero que descansaba a un lado del plato de Antonio lo cual ocasionó que, de la impresión, se levantara un poco de su asiento para arreglar el desorden que había provocado, volcando en el proceso su copa de vino blanco.
Antonio actuó inmediatamente evitando que se derramara todo y Feliciano decidió ayudarlo tomando una servilleta y posándola sobre el líquido derramado. El resto de los Vargas Piatti junto a Ludwig y Monique quedaron estupefactos ante lo que pasaba. Valeria se levantó una vez se hubo percatado de la situación y se dirigió a la cocina por una toalla para ayudar a Feliciano cuando, de repente, lo escuchó gritar totalmente asustado:
―¡¿Otro ataque!? ¡Lovino!
La mujer se dirigió de un salto hacia su otro hijo y lo vio restregándose los ojos para evitar llorar.
―¿Cómo que otro ataque, Feliciano? ¡¿Por qué no me habían contado?! ―grita Valeria, totalmente angustiada, repasando mentalmente el procedimiento a seguir para calmar a su hijo. En cuanto fue a tomar la silla para arrastrarla y mover a Lovino a una mejor ubicación, Antonio se le adelantó pasando un brazo de Lovino sobre sus hombros y tomando su cintura para estabilizarse y de esa manera poder llevarlo fácilmente fuera del comedor, pero fue detenido súbitamente cuando Lovino se hubo separado de él y comenzaba a decir que estaba bien.
―No es un ataque, maldición ―dijo, sorbiendo un poco su nariz―. Déjame sentarme, Antonio.
―¿¡Cómo que no!? ¡Déjame ayudarte! ―comenzaron a forcejear alarmando aún más a los demás presentes. Lovino gritó que pararan y Antonio, asustado, se alejó un poco quedando de pie uno frente al otro con las respiraciones agitadas y las manos agarradas―. Lovi, me preocupas, nos preocupas a todos.
―Si quieres no decimos nada, Nino, ya habrá otra ocasión ―saltó Feliciano, con la mano en el pecho, totalmente mortificado.
―Yo estaré para lo que quieras cuando quieras, ¿vale? Solo relájate, no te angusties, por favor.
Rómulo se levantó sosteniéndose de la robusta mesa de madera y se acercó a su nieto, viendo preocupado a aquel amigo de él que lo sentaba de nuevo en su asiento, como le había pedido hacer antes, para luego hacerlo él en su silla sin dejar de sostener la mano de Lovino con la que lo había ayudado a sentarse. Estaba completamente mudo ante los acontecimientos y la conversación secreta que llevaban no ayudaba en nada a su confusión.
Lovino miró a Feliciano por unos segundos y éste último inhaló fuertemente, como si se hubieran comunicado mentalmente lo que pasaría a continuación.
―No fue un ataque ―repitió, cerrando los ojos y apretando aún más la mano que Antonio tenía entre las suyas. Feliciano no pudo volver a tomar asiento, pues lo invadía una sensación de intranquilidad indeseable, y solo pudo concentrar la mirada en su hermano―. Es decir, no ahora. Tuve el ataque esta tarde, pero Antonio me ayudó mamá, lo pude… lo pudimos controlar a tiempo, solo estoy un poco fatigado, es todo ―abrió los ojos y miró atentamente a su abuelo, quien le prestaba su total atención a dos pasos de distancia―. Él está muy atento de mí siempre y yo confío mucho en él, nonno.
―Eh, pues qué bueno Nino ―respondió cautelosamente luego de unos segundos en silencio―, pero bien sabes que debes avisarnos a tu mamá y a mí, así no estemos cerca…
―Yo sé ―le interrumpió el morocho, presa del desasosiego de saberse un cobarde por evitar escuchar cualquier palabra de reproche de parte de su abuelo en esos momentos, mas Rómulo no lo dejó así.
―¿Entonces? Debes entender, Lovino, que Antonio no es psiquiatra o médico, ni hace parte de la familia… No tiene información de primera mano, ¿y si hubiera salido de control? Solo Valeria debe estar al tanto de todo lo que te pase, ¡ni él, ni tus hermanos, ni nadie más que nosotros dos!, pues no es fáci…
―¡Yo sé! ―gritó Lovino sin poderlo evitar, interrumpiendo de nuevo. Feliciano tomó por acto reflejo la muñeca de Ludwig comenzando a rezar mentalmente para que nada se saliera de control―. Yo sé, pero él lo hace porque, pues, se ha informado y eso… Sabe cómo tranquilizarme, cómo tratar mi forma de ser y muchas cosas más. Siempre está conmigo porque... es, ah, mi n-novio y... pues eso, que nos cuidamos el uno al otro. Siento que, al estar a mi lado, todo es mucho mejor... mucho mejor que el maldito Lorazepam(2), o volver a esas estúpidas terapias, pienso yo ―intentó soltar un sonido lo más parecido a una risa forzada, mas esta quedó ahogada en lo más profundo de su garganta sin poder salir―. Es más, desde que, em, salimos no había vuelto a recaer. ¿No crees que significa algo? ―inspiró por la nariz, agotado física y mentalmente, pero su corazón y la mano sobre la suya le indicaban que siguiera. Luego de soltar el aire de sus pulmones muy lentamente, siguió―. Llevamos 22 meses, l-lo siento por no contarte antes, pero… Yo no sé qué más decirte… Tan solo que…
Lovino hizo una pausa por unos breves segundos, luego soltó:
―Yo le q-quiero, nonno, mucho. Como alguna vez la nonna te quiso.
Las últimas palabras hicieron eco en el comedor y nadie se movió un centímetro ni al respirar. Se notó que Lovino estaba lejos de haber sido perspicuo con sus palabras, pues no hubo mucha claridad ni coherencia en las mismas, pero el punto al que había llegado al finalizar había sido lo único conciso. A pesar de haber tocado un tema un tanto tabú en la familia, como lo era su abuela. Ahora bien, Feliciano sabía que era su turno de apoyar y continuar la declaración de su hermano –aunque no fuera así la forma en la que habían planeado todo–, pero solo el universo sabía por qué no lo hacía. Su mirada era lo único que sentía que podía mover sin llamar la atención. Siendo así, la dispuso a vagar por el recinto en búsqueda de aquella chispa de coraje que le serviría como estímulo para atreverse a continuar sus propósitos para la noche, pero el panorama no era el más alentador.
Antonio y Lovino seguían agarrados de manos, el primero mirando al suelo y el segundo en una batalla continua entre posar su mirada en la cara de su abuelo o en el sucio mantel del comedor. Su madre se había acercado al abuelo, seguramente para estar totalmente atenta a sus movimientos o palabras. Por otra parte, Sebastiano y Monique se habían retirado un poco de ellos luego del grito de Lovino, observando inquietos lo que pasaría a continuación. Ludwig –oh, su Ludwig– tenía las manos en puño, apretando tan fuertemente sus palmas que éstas temblaban bajo su agarre; él, por su parte, no había dejado de sujetar su muñeca pues era el único canal a la realidad que lo mantenía con los pies en la tierra.
Como si la valentía inesperada de Lovino no hubiese sido suficiente.
Sin embargo, cuando se había decidido a dejar de ser un cobarde y pensó en dar el segundo paso para apoyar a su mellizo con su propia confesión, el fuerte sonido del pesado cuerpo de su abuelo colisionando con la silla del comedor lo despertó de su estupor y sobresaltó a más de uno quienes, distraídos, se habían enfrascado en sus pensamientos hasta ese momento.
Su madre se apresuró a chequear que el anciano se encontrara bien luego de sentarse de aquella forma tan tosca y gritó a Sebastiano que sirviera un poco de agua para él. Lovino levantó de inmediato la cabeza hacia su abuelo y Feliciano se precipitó a tomar una de las manos de Rómulo para calmar el posible disturbio en sus pensamientos.
Después vio a Lovino abrir la boca y esto impulsó a que sus propias palabras salieran apresuradas de sus temblorosos labios, en una letanía de ideas atropelladas.
―¡Yo también, nonno! ¡Le quiero mucho! Me refiero a Ludw...
―Lo que faltaba, más problemas para esta familia.
El silencio se instaló una vez más. Los corazones de todos allí presentes palpitaban dolorosamente en sus pechos a medida que Rómulo se pasaba una y otra vez las manos por su rostro afligido. De todas las posibles respuestas que esperaron esa noche, aquella se había escapado de sus pensamientos más negativos.
Feliciano no entendía a qué se refería su abuelo con esa contestación, anonadado repasaba mentalmente los problemas que tenía su familia actualmente y lo que supondría ahora el adicionar su sexualidad a alguna de ellas, pero no daba con la comparación o semejanza entre ellos como el viejo daba a entender.
―Papá, no quisiste decir eso ―señaló Valeria con el ceño fruncido―. ¿De qué problemas estás hablando, por Dios? Son situaciones totalmente ajenas la una de la otra. Tus nietos quieren…
―Esto ya parece moda. Lovino, ¿estás seguro de lo que acabas de decir? ―interrumpió el viejo, a sabiendas de que lo que posiblemente estuviera diciendo Feliciano anteriormente tuviera mucho que ver con la situación presente, mas decidió enfocarse en un caso a la vez―. Con todo eso en las noticias, que el matrimonio y que la adopción y ¡Bah!
―Sí, nonno… estoy seguro.
Vieron al viejo rascarse la cabeza desesperado― No, no lo creo. Bien sabes que tu mente… bueno, que tu cerebro funciona de manera diferente al resto, tú me entiendes…
Valeria y Feliciano no pudieron suprimir el sonido de sorpresa que escapó por sus labios ante las inadecuadas palabras que se dirigían injustamente sobre la mesa; era increíble pensar que sus preferencias sexuales las atribuyera a una patología que nada tenía que ver con el verdadero, aunque manejable, problema de Lovino. Feliciano vio a su mellizo voltear completamente su cuerpo hacia Rómulo, deshaciendo la unión de sus manos con Antonio en el acto; podía sentirse, hasta casi palparse, el desasosiego y disgusto que sentía Lovino por el hilo al que se encaminaría la conversación –o posible discusión.
―¿Q-qué quieres decir con eso? ―la pregunta había salido sin fuerza, sin aliento, sin la característica voz prepotente de Lovino que predominaba en cada palabra que soltaba. Feliciano no detenía sus rezos mentales.
―Estas confundido, hijo, ¡eso no es normal! ―voceó y, con la mano en puño, dio un ligero golpe a la mesa. Todos sobresaltaron ante aquello―. Esto ha de ser otros de tus delirios, Lovino. Andas ansioso todo el tiempo, ¡ya no sabes ni que pensar! ¡Dios santo!
―¿Delirios? ¡Yo no estoy loco, abuelo! ¡Y no tiene nada que ver una cosa con la otra!
Rómulo resopló fuertemente, como si aquel diálogo ya lo hubiera experimentado antes y de solo repetirlo le fatigara. Comunicó a media voz su decisión de levantarse e irse a recostar para pasar la amargura del momento –y pensar mejor cómo abordaría aquel tema tan penado por Dios– a la vez que tomaba su bastón y se levantaba de la silla, cuando, de repente, se sintió aturdido por una nueva voz que a gritos detuvo sus acciones.
―¡¿Cómo puede decir semejante grosería e irse así!? ―de inmediato todos voltearon hacia el encolerizado español, quien a sabiendas de lo rudo que podía estar siendo no permitiría que esa situación (cual sea que fuese) quedara impune. Sus ojos brillaban de coraje nada reprimido, sosteniéndose de la orilla de la mesa con una mano y poniendo la otra, notablemente temblorosa, sobre el hombro de Lovino―. ¿Acaso no quiere usted a su nieto, lo suficiente como para sentarse y escucharlo? Mire todo lo que le dijo ¿y usted solo responde así? ¡Qué morro tiene señor Piatti!
―Toni… ―susurró Feliciano, sintiendo cómo cada vez más se alejaba de la escena que frente a sus ambarinos ojos se desarrollaba. Se sentía ajeno a todo, a todos y a sí mismo. Su abuelo tenía el rostro crispado de indignación por los gritos de Antonio y éste no se quedaba atrás en expresar el mismo descontento, habían comenzado a gritarse palabras que la mente de Feliciano tardaba en comprender o asimilar y aquello lo estaba desesperando; era un caos por donde lo viera y todo por su culpa, por creer que todo saldría bien, que iba a ser igual que aquella vez cuando su madre los sentó a hablar en aquella mesita auxiliar de la cocina, con un dulce café entre sus manos y rayos de sol por doquier.
Aquello era mil veces peor. Casi sentía que no podía respirar.
Escuchó a su madre –su querida, comprensiva madre– hacer esfuerzos para detener la batalla campal que se había desarrollado en medio de la mesa del comedor, sin embargo, al igual que el resto de gritos y palabras que saltaban de un lado a otro, Feliciano no comprendía nada de lo que sus oídos intentaban atrapar. Quiso sentarse para tomar aliento y dejar de experimentar aquella sensación de desrealización, necesitaba buscar la forma de enfocar sus sentidos nuevamente a la realidad e intervenir como era debido, pero sintió cómo era envuelto en una tibieza –que se le hacía muy familiar y anhelante– que de un tirón lo sacó como salvavidas del turbulento mar.
Se encontró entonces con su rostro suavemente posicionado sobre el cálido pecho de Ludwig, quien sostenía con poca fuerza una mano detrás de su cabeza y otra en su cintura, distrayendo tanto su mirada como su cuerpo entero de lo que acontecía a centímetros de ellos. Había sido una acción nada esperada de parte del rubio, él se caracterizaba por mostrarse políticamente correcto ante cualquier eventualidad, por lo que en esa situación tan grave que se presentaba lo último que hubiera hecho Feliciano hubiese sido añadir más leña al fuego y demostrar su cariño frente a todos.
Sin embargo, la serena voz de Ludwig cumplió como motivo y causa de sus acciones.
―Tranquilo. No llores. Tranquilo.
Sorprendido ante aquella revelación, Feliciano enjuagó el rastro de sus traviesas lágrimas contra la camisa del otro en un desesperado intento de evitar agregar mayor drama al que ya había. Las voces que antes llegaban a él como la ventisca de un huracán se volvieron súbitamente hojas marchitas de otoño que se arrastraban hacia él, buscando comprensión.
―¡No peleen más, por favor! ¡Siéntate y cálmate, papá!
―¡Es usted muy terco! ¿Qué le cuesta aceptarlo tal y como…?
―Muchachito grosero e impertinente, debiste de ser tú quien le metió esas ideas en…
―¡Antonio no hizo nada, abuelo!
―Sebastiano, lleva a Monique arriba que ya subo después a llevarla a casa.
―¿Por qué no eres como tu hermano y dejas de dar proble…?
El pulso de Feliciano se aceleró de inmediato al reconocer aquella sensación de ser observado por el universo entero, en ese instante sintió que el agarre de Ludwig hacía más fuerza para luego ser completamente alejado en segundos, dejándolo como un recién nacido saliendo por primera vez ante el horrible mundo que le espera. Desprotegido, desnudo y aturdido en llanto.
Volteó su vista hacia aquel hombre que desconocía completamente, jamás en su vida había visto semejante acto de cólera por parte de su abuelo y desafortunadamente lo había presenciado de la peor forma. Balbuceó palabras que no le encontró significado alguno, pues la bruma de pensamientos se atoraba en sus labios sin saber en qué forma actuar, las manos le sudaban y le parecía casi neurótica la manera en la que sus ojos evitaban mantenerse en un mismo lugar por más de un segundo.
Rómulo se sentó bruscamente en la silla de nuevo y resopló― Oh, también… Ay, Feliciano.
―No se desquite tamb…
―Antonio te pido no te metas más. Vete a tu casa y, de paso, llévate a Ludwig contigo.
Aquello hizo clic en la cabeza de Feliciano como el sonido de un gatillo al ser accionado. Recibió gustoso el disparo de adrenalina que súbitamente comenzaba a danzar por sus venas, aun cuando había sido su adorable madre la última en hablar. Ya nada tenía sentido, ¿por qué lo iba a ser su reacción?
―¿¡Por qué!? Ellos nos vienen a apoyar, mamá, ¡no es justo! ―tomó aire rápidamente y volvió a disparar―. Abuelo, ¿es que acaso no entiendes nada de lo que está pasando? Esto es lo que somos, ¡no lo puedes cambiar a base de gritos y pataletas!
Se sintió sumamente extraño el haberle levantado la voz a su abuelo y madre, jamás en su vida había tenido la necesidad o sentido la capacidad de hacerlo pues en no se les fue enseñados y criados a base de semejantes actos; no sabía si sentirse miserable ahora o luego de que el fuego en sus entrañas desapareciera por completo. Nada lo amedrentaba en ese momento. Nada detendría su desbocado corazón.
―¡Ni él, ni Antonio, ni nadie nos obligaron a nada! ¡Son sentimientos verdaderos!
No sabía ni que decía, las palabras salían solas. A pesar de sus alaridos Rómulo no se movió de su sitio y seguía en su posición de manos cubriendo su cabeza gacha, no pronunciaba palabra alguna que expresara lo que fuera que estuviera pensando en ese preciso momento y eso estaba desestabilizando a Feliciano como no creyó posible.
―¿Por qué no me contestas a mí? ¡Abuelo, te estoy hablando!
De reojo observó a Lovino acercándose a su madre, lo que le distrajo de la mirada fulminante que le dirigía a su abuelo.
―No me siento bien, así que no me voy a quedar a ver como se matan entre todos ―miró directamente a Valeria, totalmente acongojada y pesarosa, para luego dirigirse a Antonio a empujarlo en dirección a la salida del comedor―. Nos vamos.
―¿Cómo que se van? Te quedas donde estás, Lovino ―refutó impredecible el viejo, reaccionando de inmediato a las palabras que sí decidió escuchar―. ¿No te cansas de estar causando problemas todo el tiempo?
―¡Papá, no te voy a permitir que trates a tu nieto de esta manera! ―voceó finalmente Valeria al escuchar el leve quejido que había emitido Lovino luego de escuchar la repelente pregunta―. Esta discusión se acabó, los quiero a todos en sus habitaciones y a ustedes dos en sus casas. Ésta no es forma de tratar las cosas, por Dios, que somos familia ―Valeria caminó hasta su padre y le tomó de un brazo, incitando a levantarse sin dar cabida a protestas―. Necesito hablar contigo, pero primero tendrás que tomar tu medicina. Levántate ya.
―Valeria suéltame, quiero hablar con Feliciano.
―¿Ahora sí? Pues no. Nos vamos todos a la cama ya y así nos calmamos de una buena vez.
Rómulo se soltó del agarre con gran fuerza y miró a su hija a los ojos para darle a entender la seriedad de sus palabras― Que me dejes, necesito hablar con el niño ya que con el otro no se pudo, claramente.
―¿Cómo puedes decir eso sin mirarme siquiera a la cara? ―aulló Lovino completamente aquejado por toda la situación. Feliciano se sentía aún peor con su hermano pues todo el problema se desenvolvió de la forma más incorrecta posible, lo que iba a ser una conversación compartida se convirtió en un sinsabor dirigido en su totalidad a su mellizo, indudablemente injusto y funesto como quiera que se viera―. Nonno, deja de acusarme injustamente por algo que, aunque no has querido escuchar, comparto con Feliciano y que a final de cuentas, no es nada del otro mundo. ¡Ser gay no quiere decir que estemos matando a alguien o algo así!
El sentimiento de ser desplazado a la nada y quedarse de observador nació nuevamente en la cabeza de Feliciano. Era la segunda vez que Lovino tomaba la iniciativa como debía ser, tanto así que una vez terminó de hablar se agarró de manos con Antonio quien a su vez se veía orgulloso del chico a su lado.
Se sintió tan solo y desprotegido que no pudo evitar mirar de reojo a Ludwig, a su caballero de brillante armadura, el chico que lo salvaba de los horrores del mundo, su adonis en la tierra, por quien se lanzaría de nuevo para pasar por todo lo que sucedía en esos instantes con tal de seguir a su lado. Se sorprendió al ver que ese mismo ángel se encontraba gastando su brillante y claro mirar en dirigir sus ojos a su persona, infundiendo la última cantidad de valor que le faltaba esa noche.
Habla con él.
Gritaban sus ojos y Feliciano no pudo más que quedarse viéndole con temor hacia el futuro incierto, mas Ludwig solo le repetía aquellas palabras con su mirada, como una letanía.
Es tu abuelo. Te quiere. Habla con él.
―Además de no ser normal, es un pecado y lo sabes, Lovino ―escuchó en un suspiro, en la lejanía, totalmente ajeno de su escena personal. Ludwig se acercó a él y besó inesperadamente su coronilla tras decirle en un murmullo lo mucho que le quería, luego dio media vuelta y salió del salón instando a los otros dos chicos rezagados en una esquina sin ser advertido por nadie más que el mismo Feliciano. No había vuelta atrás y comprendía lo que tenía que hacer en ese momento.
―Dios nos ama a todos por igual, señor Piatti, Él no discrimina.
Al ver el rumbo que ahora estaba tomando la conversación entre Antonio y Rómulo –nuevamente– se apresuró a acallar la posible respuesta de Antonio, o de su hermano, tomando otra vez la mano de su abuelo que descansaba sobre la mesa y se sentó en la silla que aún seguía libre a su lado. Valeria notó de inmediato sus intenciones y le miró, sensata a la situación, a la vez que asentía y tomaba de los hombros a su otro hijo, pero cuando iba a obligar al joven a moverse, Rómulo se adelantó.
―¿Quién te crees que eres para hablarme a mí de las cosas de Dios? ―preguntó displicente, haciendo caso omiso a la mano firme que sujetaba la suya temblorosa por sobre la mesa―. ¡Ja! Ya entiendo cómo le metiste esas ideas absurdas en la cabeza.
―¡Nada de eso tiene sentido! ―soltó Lovino airado―. ¿Qué mierda piensas que soy? ¿Un borrego que se deja…?
―¡A callar, Lovino! Ya te he dicho que no funcionas igual que el resto, no ves el mundo como realmente es, ¡tú no eres normal! ―el sonido que hizo Lovino luego de recibir ese golpe sentimental de nuevo caló en lo más profundo de los otros presentes en la habitación. Fue un gimoteo que resonó por las cuatro paredes blancas y pulcras del comedor. Feliciano pudo sentir el dolor interno que emitía su hermano destrozando su pecho, como una flecha en llamas, aún más cuando había comenzado a sollozar tan fuerte que tanto Valeria como Antonio, quienes no se habían movido de su lado todo ese tiempo, se apresuraron a sostenerlo en caso de que algo dentro de él le hiciera derrumbarse por completo.
La cara de Rómulo se mostró de inmediato afligida, se veía claramente que acababa de percatarse de la gravedad de sus nefastas palabras y de eso se encontraba arrepintiéndose como nunca; los problemas de ansiedad que su nieto poseía lo hacían más vulnerable frente al resto, aquello no dejó de pensarlo ni una vez, pero jamás se le había pasado por la cabeza que por ello fuera un chico anormal. Quiso levantarse, mas fue dentro de sus cavilaciones que sintió, al fin, la mano extra sobre la suya que comenzaba a alejarse producto de la conmoción en la que habían entrado todos.
―Nonno, ¿qué…?
―¡Deja de decirme eso! ―chilló Lovino súbitamente, atragantándose un poco en medio de las palabras―. ¡Me lastimas, abuelo! ¡Yo no soy así!
―¡PAPÁ, YA TUVE SUFICIENTE!
El grave grito de su madre logró sobresaltar a Feliciano de su silla pues no había esperado que ella perdiera de esa manera el estoicismo que la caracterizaba en cualquier situación. Le daba a entender al joven que habían llegado todos a su punto de quiebre y ya no había más que hacer que recoger los pedazos y pensar en si dar media vuelta e irse o intentar volverlos a unir.
Feliciano se hallaba pensando si su abuelo nunca hubiera estado preparado para estas declaraciones aunque esperaran otros mil años y aquello le entristecía sobremanera, pues no era una situación que fuera a cambiar alguna vez en su caso. No podía meter la mano al fuego por Lovino, pero asumía que era igual para él. Amaba a Ludwig y –aunque no le gustaba pensarlo– sabía que si algún día su relación con él terminaba, se encontraría buscando otros hombres, varones, para llenar su vacío o quizá más adelante hallar alguien parecido a él con quien seguir su vida aunque le doliera; no tenía nada más claro en su vida en ese momento, que su gusto por los hombres, más aún a Ludwig, y el arte.
A Feliciano le encantaba ver a Ludwig en sus múltiples etapas, le parecía un hombre maravilloso y sabía que él pensaba lo mismo de Feliciano. Le alegraba cada día y no se cansaba de verlo y detallarlo cada vez que podía, sea avergonzado, feliz, hablando, riendo, leyendo, ejercitándose, besándolo, abrazándolo, amándolo y cuántas cosas más que le llenaban como persona, como su pareja, y lo hacía enteramente feliz. Inclusive planeaban pasar el resto de sus días juntos, como futura pareja casada que se amaba y respetaba lo suficiente como para aceptar al otro tal cual era. Sentía que todo aquello era imposible encontrarlo en una mujer, pero ¿cómo hacerle entender todo esto a su amado y pertinaz abuelo? Lovino lo intentó –oh, cuánto lo intentó–, sin embargo, no habían sido las palabras adecuadas. Entre todo lo discutido –o gritado– Lovino solo le impuso que aceptara la forma en la que él veía su situación y Feliciano sospechaba que la manera en la que su abuelo pudiera entender tan siquiera un porcentaje de todo lo que ellos creían era bueno, sería recalcando lo que se llama el amor incondicional.
Era muy fácil, si Rómulo decía amar a Feliciano incondicionalmente, como familia que eran, y Feliciano le decía que él lo amaba así como amaba también a Ludwig, Rómulo tendría que asimilarlo y entender que el amor no es algo que se impone, sino que se acoge y se respeta. Amar sin pedir nada a cambio. Amar sin expectativas. Amar y confiar.
Cerró por dos segundos los ojos y al abrirlos el mundo se abría paso ante él.
Pudo percatarse entonces que Rómulo comenzó a hablar, susurrante, entristecido― Yo… Nino… No…
―Nonno ―le interrumpió afectado Feliciano. En el instante en que pensó que ya no había marcha atrás en algún momento de la noche, sintió también que habían tenido una puerta esperándoles para huir en cualquier momento en que todo se saliera de control, pero había estado equivocado. Nunca la hubo y nunca la habría. Solo tenían que llegar a la meta y ésta había aparecido ahora―, iré por agua para ambos y hablaremos, ¿vale?
Vio la cara entristecida de su abuelo y no dudó un segundo más, se levantó y –sin mirar a nadie– se dirigió hacia la cocina por aquellos vasos con agua para el próximo acto, refugiándose en el interludio. En eso, vio el molde donde descansaba el postre que con tanto ahínco había preparado, para ser relegado al olvido. Debía ser fuerte, no lloraría por algo tan simple como el amoroso postre de limón. No retrasaría más el asunto y solo pedía al infinito cielo que le diera fuerzas para explicarse lo mejor posible y poder llevar así la anhelada conversación abuelo-nieto que hubo pensado aquella mañana, durante el desayuno.
―Ven, cariño, te voy a hacer un té para que te calmes ―escuchó a su madre decir a media voz en el comedor, seguramente a Lovino―. Mira cómo estás llorando, además estás temblando como una hoja y luego de tu momento de ansiedad no es muy bueno exponerte más a este ambiente.
―Pero mamá…
Sin dejar paso a nada más, Valeria arrastró a Lovino hacia la cocina siendo seguidos por Antonio, quien caminaba detrás de ellos angustiado por la condición previamente olvidada del morocho. Se encontraron con Feliciano saliendo de la cocina y éste no pudo evitar abrazar a su hermano por un instante, no sabía si para infundirse valor o buscar apoyo o calmar sus sollozos, pero supo que funcionó para cualquiera de los tres casos pues su corazón logró controlarse y su mente dejó de emitir aquel zumbido en sus oídos que le avisaba de una inminente tragedia.
Le dio un beso en la mejilla húmeda para reconfortarlo y miró severamente a Antonio al seguir su camino, aunque sabía que había querido defender a Lovino, su curso de acción había volcado todo y esto Feliciano tendría que arreglarlo de inmediato. Sin esperar más, regresó nuevamente al comedor. Se mordió el labio al encontrar a su abuelo balbuceando frases una tras de otra, completamente solo en su silla.
―Ay no, Lovino… Ay, mi niño… ¿Qué he dicho?... ¿Qué haré?
Tomó asiento a su lado y le dejó frente a él uno de los vasos de cristal con agua para que lo tomara, Rómulo le vio de reojo y detuvo sus lamentaciones.
―Feliciano…
―Nonno, ¿qué fue todo eso?
No pudo evitar la pregunta que se había atorado en su pecho desde el principio de la discusión y que apresurada salió por su boca sin ningún filtro. Las cartas estaban echadas sobre la mesa. Observó a su abuelo tomar con una mano temblorosa el vaso de agua, contestando antes de tomar un buche del mismo.
―Fue ese chico Antonio. Me sacó de casillas, no pensaba lo que decía.
―¿Seguro fue solo eso? ―algo de aquello tendría razón, pues inclusive él llegó a pensar lo mismo, sin embargo, estaba de más decir que no fue el único culpable de todo lo que hubo pasado esa noche y lo que vendría―. Lo que dijiste fue horrible, me ofendiste a mí también. Además, lo que le has dicho a Nino estuvo muy, muy, mal.
Rómulo no pronunció palabra alguna, ambas manos reposaban sobre el orillo circular del vaso y sus ojos no dejaban de mirarle atentamente. Quizá era porque aún se escuchaban los sollozos de Lovino en la habitación continúa y balbuceos tanto de su madre como de Antonio, que le contenían de decir algo más. Feliciano pensó que debía seguir.
―Mira, hoy queríamos confesarte algo que hace parte de nosotros y con lo que tendremos que convivir el resto de nuestras vidas, porque eres nuestro abuelo y nosotros tus nietos ―continuó Feliciano mirándole a los ojos, perdido en las memorias de una escena en la romántica cocina de su cuñado, con Ludwig como protagonista y una amorosa petición―. Amo a Ludwig, abuelo ―las manos del anciano se crisparon un momento y desvió la mirada a un punto en concreto detrás de Feliciano―. Así como Lovino ama a Antonio, pero también te amamos a ti y a mamá, a Tiano y al recuerdo de papá y la nonna. Solo queremos, quiero, que entiendas eso y puedas aceptarnos tal como somos, pues de eso se trata todo, ¿no?
La mirada de su abuelo volvió a dirigirse a la suya, confundido.
―Del amor que hay entre nosotros como familia, un amor incondicional. Ese cariño que encontramos el uno al otro, nonnino, que nos une y nos unirá siempre, ¿no lo crees así? Yo soy fiel creyente de eso ―tomó un poco de aire, agotado―. La nonna también lo creía, a pesar de todo lo que le hiciste amó la familia que juntos formaron…
―Por favor, no nombres más a tu abuela…
Feliciano quiso detenerse por respeto a su abuelo y al recuerdo de ella, pero sabía que, desde donde ella estuviera, lo perdonaría y le apoyaría hasta el final de los tiempos.
―Lo siento, pero es verdad. Ella me enseñó esto que te estoy diciendo. Mamá nos lo recordó también el día que habló con nosotros de lo que sabía sobre nuestra sexualidad y también en muchas otras ocasiones.
―¿Valeria ya lo sabía? Debió advertirme…
―Estas cosas no se advierten, nonno, solo se aceptan o por lo menos se respetan ―tomó el vaso de cristal y comenzó a darle vueltas, buscando un polo a tierra que lo sostuviera donde estaba―. ¿Es que acaso nos ves diferente ahora que lo sabes? ¿Cambiamos en algo?
Su abuelo no se inmutaba, pero tampoco le despreciaba la mirada. Seguía atento a sus palabras.
―¿Ya no nos quieres como antes? ―no pudo evitar que la voz se le entrecortara al pensar en aquella posibilidad―. ¿Nos odias, me odias, abuelo? ―de inmediato los ojos ambarinos y brillantes de su abuelo se movieron alarmados por toda su cara, respondiendo súbitamente.
―¡No! Por Dios que no, Nano, ¡nunca lo haría! ―dentro de su arrebato de angustia tomó una de las manos del chico que aún descansaban en el vaso, Feliciano sintió un calor en su pecho que le avivó el alma y le hizo esfumar varias dudas―. Los quiero igual, como nunca. Es solo…
Feliciano sintió un picor conocido en sus ojos, que por más de pestañeaba no se iba; estaba claro que no todas sus dudas se irían de inmediato, pero había anhelado por un momento que la respuesta de su abuelo hubiera continuado como él quería y se sentía estúpido de pensarlo. En unos segundos no podría cambiar el mundo.
―Es solo que me ha tomado de sorpresa ―la mano de su viejo abuelo le acarició la suya, quizá por la indecisión que bailaba por sus ojos. Quiso tomarle esa misma mano con la otra suya, mas la sorpresa de lo que vino a continuación le interrumpió―. Bueno, ya sabía que eran un poco… afeminados, pero supuse que era solo esas cosas de jóvenes que no entiendo aún ―Feliciano soltó el aire que no sabía había contenido en sus pulmones. ¿Qué estás diciendo ahora? pensó alarmado―. Eso que sale en la televisión y en las noticias… Ahora todo el mundo piensa que eso es tan normal y no es así, ¡en mis tiempos no habían ni gays, ni lesbianas, ni nada!
―¿Cómo puedes decir eso…? Abuelo, está comprobado que los griegos y romanos tenían preferencias por los mismos hombres, relegando a la mujer al papel de engendrar… También en la Antigua China y en Japón antes de su occidentalización había…
―Que va ―le interrumpió incrédulo y, aunque Feliciano no quiso reconocerlo muy dentro suyo, hubo algo de repulsión en su respuesta―, yo nunca viví nada como tal cuando joven. Eso no se veía bien.
Tenía ganas de llorar de nuevo, pero ya no se encontraba Ludwig con él para calmarlo entre sus varoniles y cálidos brazos.
―Ah… ―Feliciano volvió la vista a su abuelo aunque no recordaba cuándo la había movido―. Creo entender por qué citaban tanto a tu mamá al despacho del director… Siempre pensé que era por problemáticos, pero ya veo que sería… para corregirlos.
―¡No! ¡Esto no se corrige, abuelo! ―se echó para atrás en su silla, totalmente hastiado de todo lo que escuchaba; ese no podía ser su abuelo, no lo era―. ¡En el colegio nos ayudan para evitar el matoneo que a veces se sale de control! El director del colegio y el de Bachillerato son buenas personas, también nos reprenden, pero por no ser cuidadosos y olvidar acatar las reglas del colegio. También está Rode, ¡él nos cuida mucho! ―sintió sus mejillas calientes y supuso que había comenzado a llorar, aunque aquello le importaba menos en esos momentos―. Tú eres el único que no entiende nada.
―¿Rode?
Feliciano sorbió su nariz y contestó lo más calmado que podía― El profesor Roderich, enseña Lengua de Segundo de Bachiller y es el hermano mayor de Ludwig.
Después de eso hubo silencio. No se escuchaba nada en la casa a parte de sus respiraciones, que en el caso de Feliciano se encontraba muy alterada. Pensó de inmediato en Ludwig y en la posibilidad de que se hallara escuchando de alguna forma todo lo que estaban hablando. Era probable que todos lo hicieran, pues con la inesperada calma que reinaba en la casa y sus anteriores gritos, aquel que no lo hiciera estaría sordo; no que se lamentara de eso, pues era lo último en lo que se preocuparía actualmente, no obstante, le entristecía un poco el haber inducido a Ludwig a aquel drama innecesario que se había formado en su hogar. No lo había invitado para pasar una mala noche y, para mayor mortificación, lejos de él, pero ninguno se había imaginado el resultado que había conllevado sus acciones. No deseaba conocer lo que tendría por decir luego de que todo acabara, aunque no es que desconfiara del amor que le profetizaba, pero eso descolocaba a cualquiera; nada más había que ver la reacción que tuvo Antonio.
Se acomodó inquieto e inseguro en su asiento, evitando la mirada que su abuelo pudiera tener. Luego, el sonido de un suspiro largo y pesado llegó a sus oídos y le obligó a levantar la vista.
―Hijo, yo los quiero y es por eso que me preocupo como lo hago ―su mirada de aguó de nuevo ante los ojos tristes de su abuelo―. Pues pienso que sólo se meterán en problemas al elegir esta vida.
―¿De veras piensas eso? ―sintió nuevamente sus lágrimas traviesas derramarse por sus pómulos, estaba harto de llorar, pero no podía parar. Deténganse, no salgan, deténganse―. ¿Realmente piensas que es algo que se elige? ¿Que es como una etapa de la vida que se puede cambiar?
―Es que no es normal ―Feliciano cerró los ojos al recordar aquellas palabras ser expresadas reiterativamente, pensó en su hermano y pensó en Ludwig, pensó en sus tristezas y en sus preocupaciones, pensó en sí mismo viéndose desde la lejanía, totalmente decepcionado de sí y de la escena que se desarrollaba, pensó en las palabras de Antonio y en su decepción y en su protección. No se sentía parte, no se sentía él y quería correr―. No lo es, pequeño, no lo dicta las reglas de Dios.
―Tampoco el matar a la abuela de la decepción, pero eso no te detuvo ―mantuvo sus ojos cerrados, pues no deseaba ver la expresión seguramente dolida de la persona en frente suyo. Las palabras salían por sí solas y él las dejaba correr, divertirse, jugar―. Falta que mates a Lovino también, pues salió como ella y no te apetece la idea.
―Feliciano… ¿qué…?
Abrió los ojos, secos ya, omitiendo el rostro difuminado de su abuelo― Pero te advierto que Antonio no lo permitirá, pues él sí cree en un Dios mejor que el tuyo y eso ayuda a Lovino a sobrellevar toda esta carga.
―¡Feliciano! ¡Detente!
―¡Tú no lo hiciste! ―¿qué estoy diciendo?, pensaba afligido, como nunca lo hubiese estado, detente, detente―. ¡Tú seguiste tu vida sin importarte poco lo que la abuela pensaba! La depresión la agarró y la llevó lejos de nosotros, ¡por tu culpa! ¡Y ahora vas a hacer lo mismo con nosotros!
―¡No! ¡No es así, lo siento! ―lágrimas comenzaron a aflorar de sus ojos, cual ríos nacientes de las montañas más altas. Fue entonces que Feliciano volvió en sí y deseó no haberse ido nunca; lo que había hecho, lo que había dicho era imperdonable y ni siquiera su abuelo con sus antiguos problemas de alcoholismo, con el juego e infidelidad se merecía aquel trato, ni nadie más, nunca. Quiso retractarse de todo, pero sabía que iba a ser en vano pues algo así no se perdona jamás―. Perdón, no quise, perdón.
―Abuelo… No llores, abuelito, no llores… ―se levantó de inmediato, azotado por sentimientos de total culpa, amargura y desolación que le obligaron a tirarse al suelo, presa de la conmoción interna que lo oprimía, y a abrazarse fuertemente a su abuelo de rodillas como Judas arrepentido. No se conocía, no lo hacía. De ningún modo haría llorar a su abuelo en lo que le quedaba de vida―. ¡Perdóname, abuelito! ¡Perdóname!
Sintió al viejo hombre retorcerse en sus brazos, para luego sentir todo su cálido cuerpo arropando el suyo convulsionado en llanto que no se detenía, mientras repetía una y otra vez que le perdonara las viles palabras que había pronunciado. Se apretó con toda su fuerza al abrazo que le devolvía Rómulo, mudo.
Dentro de toda esa conmoción comenzó a escuchar a su abuelo murmurar cosas de las que no se enteraba, pero que su inconsciente agradecía. Se relajaba de a poco en poco, sin saber realmente cómo, y su abrazo se iba aflojando igualmente hasta que Rómulo se detuvo unos segundos de su verborrea sentimental. Feliciano aprovechó esos momentos para deshacerse por completo del apretón en el que se encontraban y secar sus pesarosas lágrimas mientras se levantaba del suelo para respirar mejor; fue así que vio a su madre debajo del dintel de la puerta, con la mano en el pecho y otra recargada en el marco respirando afanosamente.
Esto lo alertó, pues detrás de ella y en el pasillo vio a Ludwig mirándole preocupado igualmente, y decidió entonces poner fin a la tormentosa noche con el pesar en su corazón por lo poco que pudo hacer para mejorar la situación.
Aunque lo último que esperó fueron las palabras de su abuelo, aún sentado a centímetros de él.
―No diré nada más, pues tienes razón. Debo ser coherente y darme cuenta que los errores que cometí no fueron solo míos, sino que afectaron a todos ustedes. Debo intentar comprender… ―Feliciano bajó la vista a su abuelo y se agachó a su altura, olvidando por completo las dos personas que les observaban fuera de la instancia―. No tengo la moral o la integridad de decirles cómo vivir sus vidas y lo que eligen de ella, porque como he vivido la mía, llena de vicios y pecados, no puedo pedirles que vivan como buenos cristianos a mi ejemplo.
»No puedo ser hipócrita y pedirles sensatez, pues yo nunca la pude encontrar en mi vida. No los debo juzgar, si es lo que quieren ser, pero es difícil, muy difícil para mí esto…
No entendía ni la mitad del discurso de su abuelo, sin embargo, el corazón le latía indicándole que todo aquello había acabado por fin y ya podía relajarse ante eso. Había algo de las palabras que seguía pronunciando su abuelo que no le agradaba, todavía escuchaba la palabra elección y entendimiento brotar por doquier, pero le bastaba saber que, por ahora, su abuelo tenía conocimiento de sus verdaderos sentimientos y estaba decidido a hacer de lado sus quejas, por lo que aquello lo reconfortaba.
Sin embargo, faltaba un pequeño detalle.
―Te amo, abuelito ―le interrumpió abatido, pero sincero. Sus lágrimas solo indicaban el poder intenso de sus sentimientos―. Nada importa ya.
Rómulo le vio con ojos aguados y sonrió, aunque el pesar capturaba sus labios.
―Yo también, mi niño, te amo demasiado. Perdón por todo.
Le pasó las arrugadas manos por sus mejillas, limpiando por última vez en ese día la tristeza de su corazón. Feliciano sonrió y le atrapó ambas manos con las suyas― ¿Está todo bien ahora?
Rómulo entristeció su mirar, aunque no dejaba de demostrar amor a través de sus ojos.
―Deben darme tiempo, pero sí, todo estará bien.
―Habla con Nino ―sugirió, levantándose del suelo nuevamente, sintiéndose un poco cansado físicamente por la posición―. A él le gustaría escuchar lo mismo que me has dicho ―el anciano agachó la cabeza y suspiró, Feliciano lo entendió pues después de semejante despliegue de emociones negativas, lo último que quisiera hacer su abuelo ha de ser volver a reencontrarse con él, pero era necesario y casi que obligatorio que así fuera.
―No sé qué decirle.
Feliciano alzó la mirada y se encontró con el pasillo fuera del comedor vacío, a lo mejor su madre y novio habían decidido que sus presencias ya no eran necesarias una vez se calmaron las aguas. Se alegró ante ello.
―Le avisaré a mamá para que te ayude, él realmente se preocupaba por tu reacción, nonno, estará completamente devastado y no puedes retrasar esa conversación, no está bien ―el viejo Piatti asintió y con ayuda de su nieto se levantó de la silla. Ambos estaban agotados como si hubieran corrido una maratón, además de que el más joven no dejaba de sentir aquel extraño presentimiento en su pecho que se esparcía por todo su cuerpo, ocasionando una mueca en sus labios que se juntaba con las ganas de gritarle al mundo lo injusta que podía ser la vida, a pesar del júbilo que pretendía tener al haber arreglado, de alguna forma, las cosas con su abuelo―. Voy a ir por Sebastiano y Monique primero, que están con Ludwig en la biblioteca, muy seguramente.
―Ah, ¿pensé que se había ido…? ―dijo dubitativo mientras caminaban por el pasillo hacia la sala de estar, donde Feliciano dejaría a su abuelo antes de hablar con su madre.
―¿Ludi? Oh, no, se preocupó por ellos y los sacó del comedor para calmarlos.
―… Es un buen chico.
Feliciano consiguió, por fin, sonreír― Lo es, nonnino. Lo es.
―Y ustedes dos, ¿cuánto llevan, eh, juntos?
―En navidad cumpliremos un año y tres meses.
―Ah, veo… Menos que Nino y ese chico…
―Sí ―respondió nuevamente sonriente―. Y han sido unos meses maravillosos, nonnino.
No había verdad más absoluta.
.:.
Es imposible dividir así
la vida de los dos,
por eso, espérame, cariño mío…
conserva la ilusión.
(1) Debido a que Rómulo (Roma) es el padre de Valeria y ella su madre, tuve que cambiarle el apellido pues no podía ser Vargas por obvias razones. Piatti solo fue uno que encontré y me gustó.
(2) El Lorazepam es un fármaco que "está indicado para el manejo del trastorno de ansiedad y para el alivio a corto o largo plazo de los síntomas de esta enfermedad". (Wikipedia) No es recomendado para niños y adolescentes, pero luego tocaré ese tema.
(*)Por si no vieron venir los problemas de ansiedad de Lovino, Feliciano hace referencia a estos durante su conversación telefónica con Ludwig al finalizar el capítulo anterior. Si hay alguna irregularidad con este caso, por favor díganme; no estoy familiarizada con la ansiedad u otros casos clínicos, aunque intento instruirme lo más que puedo.
Notas de Autor:
Vaya. Estoy amando esta historia de una manera que no creí posible. Por cierto, una parte de la conversación entre Rómulo y Feliciano (lo de la televisión y los griegos) la extraje de una que tuve con mi mamá en un café… Y tiene un hermano gay, vamos, que esas cosas sí las dicen y no me las invento.
Siento el retraso por este capítulo, tuve que viajar dos veces entre ciudades por mudanza y ―cuando ya casi terminaba el capítulo― me opere para mejorar mi maltrecha visión, lo cual se complicó un poco y duré muchísimas semanas en recuperación. Pero ya estoy bien y he dejado de llorar como Magdalena al escribir o leer en el computador/celular jeje.
Ya después me enloquecí escribiendo y corrigiendo lo que ya había escrito como 30 veces xD
Bueno, ¿qué les pareció todo? A las que me preguntaron del dilema de Sey, ya tuvieron la primicia :) y a todo/as lo/as que morían por la conversación con el abuelo ¿pensaron que así pasaría? ¡Cuénteme en sus bellos reviews que tanto alimentan mis pensamientos, mi alma y corazón de escritora~!
¡Gracias por leer, lo/as quiero mucho!
¡Hasta el siguiente capítulo!
Datos curiosos:
1- Canción de Antonio y Lovino: Para Tu Amor de Juanes.
2- Un ataque de pánico es una condición en la cual un exceso de adrenalina entra a tu torrente sanguíneo. Un mensaje de miedo le indica a las glándulas suprarrenales que hay una emergencia. En el trastorno de pánico, una persona sufre ataques breves de intenso miedo y terror, a menudo acompañado de síntomas como temblores, agitación, confusión, mareos, desvanecimiento, náuseas y dificultad para respirar. Estos ataques de pánico, que se define por la APA como el miedo o malestar que se presenta repentinamente, y con picos en menos de diez minutos, puede durar varias horas y puede ser desencadenada por el estrés, el miedo, o incluso el ejercicio. La causa específica no siempre es evidente. (Wikipedia)
