RITORNO

GRECIA—7:30 AM

¿Qué puede ser mejor que un domingo por la mañana luego de una prolongada fiesta?

Un domingo sin resaca, claro está.

Mientras que la mitad de la sociedad burguesa de Grecia se hallaba postrada en cama con una resaca de los mil diablos, Écarlate iniciaba su rutina diurna con una arrogante sonrisa y una humeante taza de té bajo la luz radiante de un nuevo día.

Su rito mañanero se basaba cien por ciento en la monotonía; se levantaba temprano como cualquier individuo que tuviera que cumplir con un itinerario preestablecido, desayunaba como un rey y se duchaba con agua helada luego de realizar una serie de ejercicios para sacudirse la pereza, posteriormente cogía uno de sus muchos trajes negros y se preparaba para otro día de trabajo, lejos de la paz de su burbuja de invariabilidad, pero… ¿en verdad tenía la obligación de abandonar su mansión ese día? Ciertamente no, pero se montó en su lambo de todos modos.

Le tomó menos de media hora arribar a su destino; a decir verdad, pocas personas se atreverían a conducir una joya sobre ruedas como un Lamborghini negro por un terreno tan inestable y cubierto de baches como el que él había usado, pero eso no era algo de lo que Écarlate fuera a preocuparse ni hoy ni mañana, y es que si algo caracterizaba al muchacho era el hecho de ser tan despreocupado respecto al estado de las cosas materiales, a no ser que se tratara de una pintura o una réplica.

El lugar al que el pelirrojo había llegado no era otra cosa que un depósito de contenedores; procurando no perderse entre los inmensos bloques, el joven de pantalones lisos y corbata reluciente se apresuró a llegar hasta el viejo bloque en donde sabía que encontraría a Cardinale.

—Aquí estas… –dijo el pelirrojo cuando vio al susodicho caminando entre las enormes cajas de metal, lo extraño era que no iba solo, había un hombre caminando con él, bajito y encorvado como el bastón con el que se apoyaba, sin más cabello que las delgadas hebras detrás de sus grandes orejas, casi tan grandes como su nariz aguileña—¿Colonomos? —dijo apenas reconocerlo—¿Qué hace ese viejo aquí?

El señor Colonomos, un hombre de avanzada edad, (no más de ochenta ni menos de setenta) de ascendencia griego polaca, era el restaurador en turno que el mismo Cardinale había contratado dos años atrás; no sólo era el más longevo en cuanto a edad, también había sido el pintor que por más tiempo había trabajado para ellos, pese a la condición ilícita de su exitoso negocio de contrabando de arte.

Así es, tanto Écarlate como Cardinale, además de ser coleccionistas y estudiosos del arte, eran expertos en robar, falsificar y revender pinturas valiosas al mejor postor, claro que al ser más estafadores que artistas, requerían de alguien que hiciera el trabajo de pintura por ellos y el señor Colonomos había dado la talla desde la primera muestra, muy a su pesar claro, ya que no era un trabajo del que se sintiera muy orgulloso.

—Pero miren nada más, parece que no soy el único adicto al trabajo—exclamó Écarlate acercándose con aire brioso—Buenos días, señor Colonomos—un escalofrío mezclado con alivio recorrió la columna deformada del anciano al reconocer la voz del muchacho—Supuse que te encontraría aquí, aunque no pensé que estarías con Colonomos.

La mirada sepulcral de Cardinale y la ausencia de sus signos faciales delataban el disgusto en el rubial y provocaban en el veterano una inquietud que sus arrugadas manos no podían controlar.

—Cuentas a liquidar, eso es todo…—concedió Cardinale con falsa amabilidad mirando de soslayo al frágil anciano—Vino a revisar unas obras y a solicitar un préstamo.

—Es para mi nieta…—dijo el hombre apenado—Usted sabe que yo trabajo para ustedes por ella, ya está por graduarse y… bueno… soy su única familia, joven…

Aun oyendo la voz temblorosa del abuelo, Écarlate parecía incapaz de mostrar empatía e incluso había adoptado la misma expresión fría de Cardinale.

—¿Tú qué opinas, Écarlate? Es por una buena causa—la mirada de trébol del aludido se encontró con la de su interlocutor—Yo opino que deberíamos asegurarnos de que el buen Colonomos se marche y le demos un adelanto mañana… si sabes a lo que me refiero…

Por supuesto que lo sabía.

—Puedo encargarme ahora mismo. –resolvió el pelirrojo.

—¿Estás seguro de esto? —soltó el otro con suspicacia.

—Soy más ordenado que tú con este tipo de asuntos.

—…Bien. En ese caso…Señor Colonomos, por favor, acompañe a mi socio.

El hecho de que Cardinale le hablara sin siquiera verlo no era extraño para el pintor, ya que a veces hacia lo mismo con su socio, por supuesto, este último siempre le hacía saber su descontento. Lo que si le desconcertaba era la repentina amabilidad con la que ambos trataban su caso.

—El auto esta por allá—señaló el pelirrojo y en seguida, el hombre atendió la indicación.

—Creí que estabas contento con él—comentó Écarlate una vez que el anciano se hubo alejado lo suficiente.

—Es demasiado viejo, además, no me interesan sus problemas familiares. Sólo deshazte de él, ya encontraremos a alguien más. –continuó despreocupadamente—No lo sé… tal vez esa chica de la fiesta, ¿Cómo dijiste que se llama?

—Shaina… Shaina Ferla.

AL OTRO LADO DE LA CIUDAD

Ya casi eran las diez en punto y Milo seguía profundamente dormido con la cara enterrada en la almohada, oculta por la selva azul que él llamaba cabello, tenía tantos arañazos en la espalda y respiraba de una forma tan imperceptible que el perro que lo vigilaba desde el suelo creía que estaba muerto.

Ladrido, ladrido, ladrido, Rey no lo hizo despertar.

Ladrido, ladrido, ladrido, Rey con sus patas el suelo empezó a rascar.

Ladrido, ladrido, ladrido, el humano de la cama se empezó a estirar.

El perro volvió a ladrar y entonces Milo se empezó a quejar.

—…Rey… no ladres tanto… me duele la cabeza…—Cuando Milo se removió y detectó la humedad en las sabanas e inmediatamente se sentó y palmeó toda la superficie sólo para descubrir que estaba completamente desnudo debajo de las frías mantas—Pero… ¿Qué demonios?…—dijo por lo bajo con gesto embrollado antes de mirar al perro y decir: — ¿Qué demonios pasó? – por supuesto que el can no pudo hacer más que ladear la cabeza, mientras tanto el griego buscaba indicios alrededor de la alcoba, cualquier cosa que le dijera quién había estado con él durante la noche, aunque sólo se le venía una persona a la mente–No puede ser…

Justo en ese momento, el celular del heleno timbró y cual crio desesperado arrancó las sabanas para encontrarlo.

— ¡Aquí estas! –vitoreó al dar con el dispositivo… debajo de la cama—Ay, mierda…

Aunque Milo se sujetó de los bordes del colchón para intentar alcanzar el móvil sin tener que salirse dela cama, esto no evitó que el peliazul fuera a parar de boca al suelo con todo y la ropa de cama—Jo…der…

Para cuando cogió el teléfono la llamada ya se había perdido. De inmediato llamó a su amigo y al contestarle, esto fue lo primero que le dijo:

—Aio…

¿Tienes idea del montón de estupideces que hiciste ayer?

—¿Qué?

¡Montaste un circo anoche! —vociferó su amigo por el teléfono—Y no conforme con eso fuiste un idiota con Shaina.

—¡¿Qué?!—literalmente Milo se levantó de un salto sin el menor reparo en su desnudez—Por todos los santos, Aioria. ¡No recuerdo nada!

Por supuesto que no, tonto, ¿Cómo ibas a recordar algo? Te estabas ahogando en vodka.

—Ay, no…

Oh, si…

—Escucha… ya, dime… ¿Qué carajos pasó?

Milo recogió las mantas y se sentó con ellas en la orilla de la cama listo para escuchar con resignación la historia de Aioria.

¿En orden cronológico?

—¿Eso importa?

También podría hacerlo del menos ridículo al peor…

—Sólo hazlo…— pidió Milo mientras se restregaba la cara con una mano.

Bueno… todo comenzó con esa estúpida bebida rara sueca que te dije que no tomaras, pero como siempre, no me hiciste caso. Luego, dos chicas te abofetearon en la pista de baile, creo que eran… Kara y Sara o Karla y…

—Salma…—corrigió Milo—Kara y Salma; son unas conductoras de televisión con las que me distraje la noche que rompí con Thetis.

Espera… ¿Te acostaste con ellas?

—Aioria…

¿Qué?

—Uso la palabra distracción por algo…—dijo Milo con la sonrisa forzada y una vena hinchada en la sien—Como sea, explícame cómo terminé con Shaina en mi cama, ese no era el plan.

¿Con… Shaina?...

—Sí, ¡¿con quién más?!

—…

—Aioria…

—…

—¿Aioria?

¡JA, JA, JA, JA, JA! De verdad… ¡De verdad no te acuerdas de nada!

La risotada que había soltado Aioria casi le rompía el tímpano a Milo que más que enfadado estaba confundido.

—¡Oye, eso no tiene nada de gracioso! ¿Qué va a pensar de mí?

¡JA, JA, JA, JA, JA! ¡Probablemente lo mismo que debe estar pensando en estos momentos!

Aunque Milo no podía verlo, casi podía apostar que el castaño estaba que se doblaba de risa y él seguía sin entender el porqué.

—¡¿De qué estás hablando esta vez?!

Al otro lado de la línea, el muchacho de ojos verdes recobró la compostura y con toda seriedad declaró:

Hablo de que dejaste a Shaina botada anoche, grandísimo idiota—increpó el heleno haciendo que a Milo casi se le callera el celular—La dejaste y te largaste con otra chica completamente diferente.

—¡¿Qué dices?! No… No, no, no, no. Eso es imposible es completamente…—en ese momento la puerta del baño se abrió y un hermoso rubial de piernas largas y cabello rizado apareció en un entallado vestido negro totalmente desgarrado y con tacones en mano—Absurdo…

—¿Sabes? —decía la mujer al tiempo que se ponía las zapatillas—Eres el mejor amante ocasional que he tenido en mucho tiempo…—la chica se humedeció los labios antes de acercarse con el seductor contonear de sus caderas y sus zafiros lujuriosos hasta el ejemplar que la veía sin tener idea de qué decir o qué hacer.

—Aioria… te llamo luego…

Espera, Mi…

Fin de la llamada.

—Ya tengo que irme—continuó la chica—Pero antes de eso…—antes de que Milo se diera cuenta chica de la cual no sabía ni su nombre ya le estaba sacando las mantas—Quisiera ver en su totalidad lo que me he cenado anoche…

—Oye, yo…

—¡Vaya! Mira nada más… Firme como una estaca, pero qué prometedor. Es una lástima que no pueda quedarme a jugar un rato más contigo, ahora que estamos sobrios, tal vez sería divertido—de un momento a otro, la rubia se sentó con las piernas abiertas sobre el regazo de Milo, quien al sentirla escasamente se le tensaron las mandíbulas.

—No buscaba esto…— dijo con dificultad, tratando de controlar la repentina subida de temperatura que le había sobrevenido.

—No decías eso anoche…—el leve movimiento que hizo para acercarse más avivó el calor en las manos del heleno y lentamente la tentación lo fue embargando—¿Ya mencioné que me debes un vestido nuevo?

De repente, algo pasó, fue como si su antiguo "yo" tratase de emerger de la nada; de un momento a otro sus manos se habían prendido a las caderas de la desconocida, no obstante, su reacción inmediata no fue atraerla sino apartarla de tal manera que ella quedó sentada en la cama.

—Lo siento, mucho, pero me tengo que ir—sentenció firmemente antes de soltar a la mujer e ir hacia el guardarropa.

La chica había quedado estupefacta. ¿En donde estaba la fiera de anoche? Y ¿Qué era eso de "Lo siento"?

—Por cierto, ¿Cuál era tu nombre? — soltó el sujeto sin dejar de sacar ropa del armario. Ella, irritada le respondió:

—Eri, me llamo Eri. Te lo repetí cientos de veces, pero insistían en llamarme Shaina.

Milo dejó de correr ganchos por un momento.

—…¿En serio te dije así?— inquirió con un amago de sonrisa oculta bajo su expresión incrédula.

—Hasta que te cansaste.

—Vaya… parece que mi conciencia no se olvidó de ella del todo.

—Da igual, lo mejor será que me vaya. No me gusta conversar después de un polvo.

—Si, a mí tampoco…—adujó el hombre mirándola por encima del hombro—Ve con cuidado.

Habiendo dejado en claro que ya no tenía nada que hacer ahí, la chica se levantó y salió por la puerta escoltada por el perro hasta la puerta principal.

Mientras tanto, Milo se preparaba para un baño de agua fría.

Y como si nada hubiese pasado, el muchacho entró al baño en el que antes había estado la mujer, ni siquiera se molestó en inspeccionar, no había nada que saltara a la vista por estar fuera de su lugar y tampoco había espacios vacíos por los que se tuviera que preocupar. Loa azulejos blancos permanecían limpios y el espejo no tenía pintura de labios, además de que en el lavabo no había cabellos y tampoco números de teléfono en el papel higiénico.

Como quiera que fuera, Milo sólo quería abrir el grifo y pararse bajo el chorro de agua fría, tenía demasiadas cosas en la cabeza para procesar y un cumulo de más que él mismo no se podía explicar, pero principalmente, no dejaba de pensar en una cosa…

—… ¿Qué le voy a decir a Shaina?...

ROMA—ITALIA

¿Miel? ¿Cajeta? ¿Mantequilla? ¿Qué era ese aroma tan dulce que cosquilleaba en su nariz? Y ¿Por qué de repente el sillón se sentía tan espacioso y suave?

Cuando Hilda se despertó y se vio metida en un nido de sabanas, colchas y almohadas de inmediato se enderezó y se talló los ojos.

—Buenos días—dijo Camus desde la entrada.

—Camus…—instintivamente, Hilda tomó un extremo del cobertor y lo llevó hasta su pecho. –Camus, yo…

—Traje crepas—le atajó—No son para nada como las de Francia, pero los chicos dicen que no están mal.

El galo señaló con la cabeza hacia el sofá en donde había dejado la bolsa con las crepas calientes. Hilda estaba por agradecerle cuando el músico se le volvió a adelantar.

—Shaka me llamó, gracias por traer mi billetera, espero que todo salga bien en tu audición.

—¿Audición?

—Sí, la audición que tienes para hoy. Shaka me dijo que fuiste a despedirte a la disquera porque ibas a adicionar en Roma y que te ofreciste a traer mis cosas.

De momento no hizo más que pestañear extrañada, vaya que Shaka sabia inventarse excusas. Por supuesto que ella debía sonar igual de convincente para no exponer sus verdaderas intenciones tan pronto. Era hora de actuar.

—¡Ah, si! Perdón, aún estoy adormilada. La audición es por la tarde, no te preocupes.

—Bien.

—Y Camus…

—¿Si?

—Lamento las molestias…—dijo con timidez y las mejillas rosadas, Camus sonrió y abrió la puerta.

—Nunca eres una molestia, Hilda. –ver ese gesto en él era tan lindo que hacía que sus comisuras se alzaran sin remedio—Te dejaré para que te cambies. El hermano de Saga encontró un hotel decente donde quedarnos, sería bueno que fueras con nosotros, así no estarás sola en la ciudad. – veintinueve palabras, cuatro pausas y Camus no se había puesto serio.

—Me gusta verte feliz…—dijo dulce e inocente, sin ánimos de contenerse.

—Sólo me siento mejor que ayer… —antes de marcharse, el galo asomó la cabeza y profirió: — A mí también me gusta cuando estas alegre.

No hace falta aclarar que a Hilda se le chispearon los ojos y se le expandió la sonrisa como a una caricatura de los años cuarenta. Y es que el que Camus utilizara la palabra "gustar" en una oración para ella le disparaba las ilusiones hasta las nubes.

"Le gusta cuando estoy feliz… ¡Voy a sonreír tanto como pueda!"

Se dijo mirándose al espejo con toda la asertividad del mundo—Hoy empieza la misión.

Mientras tanto, un grupo de cinco varones se había apoderado de las escaleras del complejo habitacional en la planta baja.

—Déjame ver si entendí—habló Shura mientras encendía el cigarrillo en su boca—De todos los aquí presentes, Shaka, el señor "piensa antes de actuar" ¿te llamó a ti para ir a recoger a una actriz refinada? ¡¿A ti?!

—¿Qué me estas tratando de decir? —juzgó Saga cruzándose de brazos.

—No empiecen, chicos—terció Aioros tranquilamente—Además ¿Por qué Shaka no habría de llamar a Saga? Es un tipo de fiar.

—Ay… Aioros…—negaba Kanon mientras el castaño palmeaba a Saga amistosamente en la espalda—Pareciera que no conoces a mi hermano.

—Lo conozco—aseguró—Es un cabrón, pero es de los buenos.

—Oye, no me ayudes tanto.

Todos rieron ante el comentario, todos menos uno.

—¡Oye, Houston, aquí tierra! ¿quieres bajar de la luna ya? Te pierdes de la diversión—exclamó Shura haciendo que Camus volviera en si—Relájate un poco, viejo, no puede irse más lejos de lo que ya está.

—Ah… De hecho, Shura…—interrumpió Aioros—Si puede.

—Aioros.

—¿Si, Kanon?

—No le ayudes.

—De todos modos, si no las cosas no salen como quieres…—soltó Saga mirando al galo—Siempre puedes quedarte con la mocosa de arriba.

—Saga…—reprochó Aioros.

—¿Qué?

—Estoy muy en deuda contigo, pero no dejaré que te expreses así de Hilda. –respondió Camus con molestia—Es una dama y es mi amiga, así que respétala.

—¡Ya estoy lista!— inmediatamente todos llevaron la mirada hacia arriba desde donde provenía la voz de Hilda—Lamento la tardanza, en seguida estoy abajo— Shura, Aioros y Kanon quedaron boquiabierto cuando la vieron, era mucho más bonita de lo que imaginaban, era preciosa, tal como había pensado Shaka en su momento; mientras Shura y Aioros creían estar viendo a una muñeca de porcelana, Kanon… bueno, Kanon había dejado de pensar, la niña sin gracia que había descrito su hermano parecía un ángel radiante…

—Es un placer conocerlos a todos…

GRECIA—ATENAS

Luego de permanecer casi toda la mañana encuartelada en el ático pintando, Shaina, finalmente decidió salir de su encierro al escuchar por cuarta vez el timbre de su casa.

—¡Ya voy! ¡Ya voy!

Timbrazo.

—¡Ya voy! Cielos, pero qué impaciente.

Timbrazo.

—¡Milo, si vuelves a timbrar no te voy a abrir! —advirtió impaciente y el ruido cesó en el acto—Ja… Sabía que eras tú— dijo para sí cruzándose de brazos detrás de la puerta—Aleja tu dedo del maldito timbre— ordenó segura de que el griego estaba listo para oprimir el botón.

—¿Cómo sabes lo que hago si no me ves?

—Porque eres como un niño, por eso—respondió bruscamente antes de abrir la puerta. —¿Qué quieres? —escupió Shaina con hosquedad sin imaginarse con lo que se encontraría en su portal.

—Quiero disculparme contigo...

Continuara…