—¡Pero qué piernas, Elrond! —exclamó Narbeth y acompañó el comentario con un silbido sugerente—. Tienes nuestro voto si te postulas para Señorita Lindon.

—Sí, aunque seré sincero, ese color no le va bien a tu piel. —enfatizó Haemir burlándose de la túnica de Thranduil—. Para la próxima pídele prestado el vestido a la extrajera, ella sí se sabe vestir.

—Pero no copies sus gritos, se escuchaban hasta aquí. —agregó Narbeth imitando a Morwenna—: ¡Por todos los alces del bosque, un elfo desnudo!

Ambos estallaron en risas mientras Elrond, algo cabreado, caminaba hacia ellos. Pasó de los elfos sentados en la cornisa rocosa de las ventanas ubicadas en el pasillo de sus cuartos, y con prisa tomó sus pertenencias, que estaban dobladas y apiladas a un lado de Haemir.

—Si yo fuera ustedes, en lugar de reír, me preocuparía por mi destino en las próximas semanas si la muchacha y su hermano acusan al pobre amigo Elrond con el rey. ¡Este pobre amigo Elrond...! —exageró—. ...No evitará hablar de la bromita de sus aprendices y nos castigarán a todos. —amenazó con una sonrisa de lado—. Por cierto, ¿Dónde está Lindir? A ese sí lo mataré, y será hoy. —afirmó desdoblando sus prendas inferiores para ponérselas.

—Oh déjalo... Lindir ya tuvo su castigo. —mencionó Narbeth recargando su espalda contra la roca—. Está ayudando a las elfas a adornar el salón. Su majestad dará un banquete para el Sindar que llegó de Harlidon y todo indica que todas las jóvenes del quehacer no son suficientes para dejar el comedor en condiciones.

—Qué extraño. El rey nunca ofrece banquetes, excepto que sus visitas sean altos mandos. —observó Elrond.

—Esta mañana escuché que planea viajar al este con su gente. Al parecer no están de acuerdo con vivir bajo el mando de Celeborn en Harlindon, y eligieron a ese Sindar como su Señor para que los gobierne en otro lugar. —informó Haemir.

—¿El que chocó con Lindir? —preguntó Narbeth. Su amigo asintió—. Ah si, se veía como un rey. Y mencionó a Eärendil.

—¿A mi padre? —El joven hizo un alto a su acción de vestirse y se quedó viendo a Narbeth. Este se encogió de hombros.

—Lindir dijo que reconoció su capa, bueno, tu capa ahora. Nos descubrió cargando tu ropa cuando regresábamos del río. Como sea, nos contarás más en la mañana, creo. —finalizó extendiéndole una nota con el sello del rey—. Lo trajo uno de los mensajeros de su majestad, es para ti. Ah, y dijo que el informe de los arqueros ya está listo. Los pequeños de la Segunda Edad aprenden mucho más rápido al parecer.

Elrond terminó de colocarse las botas y tomó la misiva en sus manos. Cuando la abrió, asintió serio.

—Efectivamente, mañana les contaré. Y a juzgar por esto, debo darme prisa. —Se limitó a decir. Gil-Galad había ordenado su presencia en la cena, y el evento comenzaría muy pronto.

En el pasillo de los nobles, Oropher corrió hacia sus hijos.

—¡Thranduil! —llamó asombrado a su hijo que caminaba cómodamente a torso desnudo por el reino—. ¡¿Qué haces?! —añadió echando su capa sobre él y sobando sus brazos por encima de la tela, para darle calor.

—Salvó el honor de un joven, padre. —Se apresuró a decir su hermana aun sonrojada. Si Oropher le hubiera puesto atención en ese momento, hubiera notado que su hija, a pesar de estar ruborizada, parecía entusiasmada por contar lo ocurrido—. El pobrecillo había perdido todas sus ropas y Thran se quitó su túnica para ayudarlo.

—¿Eso es verdad? —inquirió Oropher. Sus dos hijos asintieron—. Creo que sé de qué hablan. Hoy crucé a un muchacho que cargaba ropas que no eran suyas.

—Oh, ¡Es como un juego! —sonrió Thranduil a su hermana—. Ese muchacho tomó las ropas del elfo que encontramos, este luego tomó mi túnica, ahora yo tengo la capa de padre... ¡Solo tienes que ir a pedirle algo suyo al elfo que cruzaste y cerraremos el círculo, Adar!

Thranduil rió y su hermana bajó la vista apenada mientras Oropher suspiraba, no sabiendo si reír o llorar ante la falta de seriedad de su hijo.

—Morwenna, las doncellas aguardan en tu habitación. —notificó su padre—. Su alteza dará un banquete en mi honor y ambos están invitados. Ve a prepararte.

—Sí, Ada. —La muchacha hizo una reverencia rápida y se retiró, dejando solos a padre e hijo.

—¿Tu hermana estaba ahí cuando ocurrió? —indagó el mayor y posó una mano sobre la espalda de Thranduil, indicándole caminar con él. El joven carraspeó y asintió—. Dijo que había perdido todas sus ropas. —mencionó haciendo énfasis en la palabra: todas. Thranduil volvió a asentir—. ¿Ella lo vio?

—Sí, aunque todo pasó muy rápido. La puse a resguardo inmediatamente y ella se volteó para no verlo, pero ambos estaban muy apenados por lo que acababa de ocurrir.

—Mhh... —gimió Oropher preocupado. Thranduil reflexionó la acción por un momento.

—¿Sí sabes que algún día se enamorará y querrá tener esa clase de conocimientos, no? —Se atrevió a decir. Ante la falta de respuesta de su progenitor, prosiguió—: Y seré completamente honesto, ada, tuviste que yacer con madre para tenernos; fue una elfa joven en el pasado, igual a Morwenna, y a ti no te molestó que te viera sin ropas, mucho menos te molestó verla a ella.

—Eso es distinto, Thranduil. Yo desposé a tu madre y ya teníamos edad suficiente para tener esa clase de intimidad. Además, no se presentó por primera vez ante mí sin prenda alguna. —contestó Oropher juntando sus manos a sus espaldas. El mayor sintió repentina incomodidad por tratar asuntos maritales con su hijo.

—Que Morwe sea tu hija y la veas por siempre como una pequeña niña, no invalida a la mujer en la que se está convirtiendo. De todas maneras, este es un reino grande, adar, no creo que volvamos a verlo.

—No estoy seguro de eso... —masculló Oropher, adivinando, casi seguro de que aquel muchacho desnudo ante sus hijos había sido Elrond.

—Bien, entonces más a mi favor... Tarde o temprano sucederá: Se enamorará de alguien y no habrá nada que puedas hacer al respecto. Así que no hagas un escándalo de esto, ada, y mejor habla con ella sobre esas cosas, o pídele ayuda a una de sus doncellas. Sé que algunas ya tienen experiencia.

—¿Y tú cómo sabes eso? —Oropher intentó cambiar de tema, echando una mirada de reojo sobre su hijo. Una leve sonrisa asomó en su rostro.

—No por experiencia propia. —expresó Thranduil con rapidez—. Lamento desilusionarte, padre, pero no me he enamorado... Siquiera he sentido curiosidad por otras criaturas.

—Tendrás que desposar una elfa algún día. —suspiró el Sindar—. Si algo me ocurre, tomarás mi lugar al mando de nuestro pueblo y necesitaremos herederos.

—Aun estás aquí, y Morwenna puede tener hijos, así que de momento no hay prisa.

—No dije que lo hicieras hoy, ni mañana, pero... Sería prudente que comenzaras a desviar tu atención de la tierra hacia... el pueblo. De preferencia, a la población que pueda darte hijos. —habló por lo bajo, con un tono amable. Thranduil sonrió divertido.

—No es por mi falta de atención, simplemente no ha sucedido. Algunas cosas tardan más que otras, adar. —resaltó y se detuvo en la puerta de su habitación—. Ahora, si me disculpas, iré a prepararme para la cena. Gracias por la capa, las noches son más frías ahora. —finalizó.

Tras cerrar la puerta de su cuarto, Thranduil bufó cansado de que su padre insistiera en que se enamorara pronto. No renegaba del amor, pero definitivamente no estaba listo para vivirlo en carne propia. Prefería contentarse molestando a su hermana con Elaran, el elfo que estaba embobado con ella, el que ignoraba que nunca sería correspondido en su amor.

Cerca de allí, Morwenna se miraba en el cristal que le devolvía su imagen teñida en dorado por la luz de las velas en su cuarto. Las elfas iban de un lado a otro preparando sus ropas, zapatos y joyas, mientras Elena, su doncella de mayor confianza, adornaba su cabello haciendo pequeñas trenzas que cruzaban su cabeza de lado a lado como una corona.

—¿Desea estrenar las gemas que Elaran le regaló, mi señora? —preguntó Elena, echando un vistazo a las joyas que resplandecían en un alhajero a su derecha.

—No. —respondió Morwenna casi automática—. Es decir... No creo que esta sea una ocasión como para llevarlas...

—Disculpe mi atrevimiento, pero irá a ver al rey. Creo que es el evento ideal para llevar unas piedras tan hermosas adornando su cabello. —sugirió.

Morwenna echó una mirada rápida sobre el alhajero. Si seguía dilatando el momento de usarlas, todos los elfos a su alrededor seguirían insistiendo o mencionando su existencia. Además, lo bueno de llevarlas ante el rey, sería que no se vería obligada a utilizar esas gemas más veces, puesto que serían vistas por muchos miembros de la corte y ya no serían una novedad. La muchacha cerró los ojos, tomó una bocanada de aire intentando tranquilizarse y asintió.

—Tienes razón. —declaró con una sonrisa poco convincente—. Creo que se verán bonitas con mi vestido. —agregó admirando la seda celeste en manos de una de sus doncellas a sus espaldas.

Unos minutos después, Oropher tocó la puerta y Morwenna abrió lista para asistir al banquete. Su padre llevaba un sobrio atuendo verde oliva hasta los pies, y sobre sus hombros caía una capa gris oscuro con revés color cobre. El elfo extendió la palma abierta hacia su hija y ella se arremangó su abrigo azul para tomar su mano. Oropher sonrió cuando sus manos se entrelazaron.

—Ni el firmamento estrellado puede competir con tu belleza esta noche. —afirmó. Morwenna emitió una risita tímida.

Ambos caminaron hacia la habitación de Thranduil. Oropher no alcanzó a tocar la puerta cuando su hijo mayor emergió del interior completamente aseado y prolijo, listo para cenar. Con una amplia sonrisa, Thranduil se unió a su padre y su hermana y mencionó el hecho de que ninguno de los tres llevaba el mismo color de ropa. Oropher entonces comentó que a pesar de no combinar entre ellos, probablemente no encontrarían elfos mejores vestidos en el reino que ellos.

Una vez que arribaron al gran salón donde se celebraría el banquete, dos elfos los escoltaron a sus lugares. Por los asuntos que Oropher había venido a tratar, lo sentaron en el primer asiento de la derecha, justo a un lado de la cabecera de la gigantesca mesa rectangular, atiborrada de comida y adornos florales. Thranduil se sentó a su lado y a Morwenna la ubicaron frente a su hermano, quedando el primer asiento de la izquierda vacío. La elfa no tardó en sentir incomodidad por desconocer quién se sentaría junto a ella, pero la reconfortó un poco levantar la vista para encontrarse la mirada tierna de su hermano justo enfrente.

Algunos nobles ya habían llegado al salón y charlaban animados esperando al rey para dar inicio a la cena, sin embargo, Oropher y sus hijos permanecieron juiciosos por largos minutos hasta que Gil-Galad apareció, escoltado por sus guardias.

Todos los presentes se pusieron de pie y reverenciaron al rey de los Noldor. Cuando Gil-Galad tomó asiento a la cabecera de la mesa, los demás se sentaron y Thranduil intercambió miradas con su hermana, para saber si habían tenido la misma impresión.

No necesitaban comunicarse con palabras para entenderse; al momento en que sus miradas se encontraron, lo supieron: Ambos habían pensado que se encontrarían con un rey más viejo, y este, como mucho sería mayor que Thranduil por aproximadamente cincuenta años, asunto que los sorprendió sobremanera. Si bien la apariencia de los elfos podía engañar en cuanto a su edad, puesto que con el correr del tiempo se volvían más y más hermosos, no era difícil vislumbrar entre los elfos más antiguos y aquellos nacidos durante la Primera Edad del Sol.

Gil-Galad se preparó para iniciar el banquete, pero pronto reparó en el asiento vacío a su izquierda.

—Líbrame Eru de la impuntualidad de este elfo. —susurró y luego levantó la voz a los guardias apostados en la entrada—. ¿Dónde está Elrond?

Thranduil y Morwenna intercambiaron miradas confundidos. Al mayor de los hermanos aquel nombre le parecía familiar, pero no lograba recordar de dónde. Oropher, a su lado, juntó sus manos sobre el borde de la mesa y suplicó que Elrond apareciera en ese mismo instante con alguna excusa convincente y pacífica para el rey. Segundos después, unos pasos apresurados retumbaron en el silencio sepulcral del salón, y de reojo vio volar la capa de Eärendil junto a él. Oropher suspiró más tranquilo, la ausencia del capitán de la guardia se había debido a un asunto que al menos no había sido causa de un asedio o enfrentamiento en las afueras del reino.

Elrond reverenció a Gil-Galad y caminó avergonzado hacia su lugar. Definitivamente, ese no era un día de suerte y para rematar la velada, luego de sentarse y disculparse por el retraso, giró su cabeza a un lado y se encontró con Morwenna, quien lo vio con los ojos muy abiertos, con expresión de terror y sorpresa. Elrond no pudo evitar sonrojarse recordando el episodio de aquella tarde y pronto todo su rostro tomó el color de los tomates en la ensaladera frente a él.