—Oropher, déjame presentarte a Elrond Eärendilion, heraldo de Lindon. —informó Gil-Galad con seriedad, luego de dar la orden a los elfos de comenzar a servir los platos.

—Dichosos los ojos que te ven creciendo fuerte y sabio, hijo de Eärendil. —saludó el Sindar con elegancia—. Soy Oropher, de la destruida Doriath que ahora solo persiste en el recuerdo de su gente. Tuve la dicha de conocer a tu padre en las bocas del Sirion, y la desgracia de oír de su destino. Afortunadamente, y a pesar de las calamidades, esta noche podemos compartir esta mesa bajo la gracia de su majestad.

Elrond tragó saliva incómodo e inclinó la cabeza llevándose la mano al pecho, devolviendo el saludo de Oropher e intentando disimular que lo único que quería hacer en ese momento era gritar y huir del salón.

—Oropher ha venido con un gran grupo de elfos desde Harlindon, planeando extender nuestro territorio hacia el este. —prosiguió Gil-Galad a su capitán, que se volvió hacia él, sonriendo de lado—. Mientras tratamos estos asuntos, Elrond, te encargaré especialmente el entrenamiento en armas de Thranduil, su hijo mayor. Lo agregarás a tu grupo. —ordenó extendiendo su brazo al rubio.

Mientras el rey de los Noldor y el Señor de los Sindar platicaban sobre la eficacia de Elrond para enseñar a los elfos más jóvenes que Gil-Galad sumaba a su ejército, el capitán de la guardia real hizo contacto visual con Thranduil y lo reconoció en segundos. Era el elfo que le había cedido su túnica en el jardín. Si aquel muchacho que acompañaba a la doncella del parque era el hijo de un noble, entonces la joven era...

—Un placer conocerlo, Elrond, hijo de Eärendil. —saludó Thranduil, pretendiendo que no se conocían. Elrond entrecerró los ojos no comprendiendo su actitud, pero creyó en los repentinos modales del joven Sindar... Aunque eso duró poco—. Mañana mismo al alba me presentaré en su entrenamiento, aunque tengo una duda... ¿Hay algún código de vestimenta que deba seguir? No quiero desentonar con el resto del grupo, ya sabe, por ejemplo ir vestido, —hizo una breve pausa incómoda—, con ropas que no sean las adecuadas. —finalizó echando una mirada divertida sobre su hermana y esta alzó ambas cejas abriendo más los ojos, indicándole a que se comportara. Elrond respondió completamente inocente, haciendo caso omiso a lo que creía Thranduil estaba insinuando.

—Lo que sea que utilice para la lucha estará bien. Mis aprendices entrenan en sus armaduras, puesto que en caso de haber una batalla no pueden prescindir de ellas. Tienen que aprender a ser ágiles con ese peso extra y conocer los puntos fuertes y débiles de las mismas. Traiga su armadura mañana y trabajaremos con eso.

—Thranduil aun no tiene una. —reconoció Oropher, irrumpiendo en la conversación. Su hijo lo miró molesto, luego de que Elrond se acomodara en su silla viéndolo con una sonrisa socarrona.

—Deberías hacerle una a su medida. —aconsejó Gil-Galad—. A pesar de haber vivido unos años de paz, temo que no dure. No me malinterpretes, Oropher, espero equivocarme, pero no estoy seguro de que podamos mantener este estado armónico por mucho tiempo.

—Lamento no poder unirme a sus clases todavía... —Se excusó Thranduil, bebiendo un sorbo de vino de su copa—. Tenía la impresión de que me divertiría mucho. —dijo en un tono particular que alertó a su hermana. La broma flotaba en el aire y Morwenna se sintió impotente al no poder detenerlo.

—Oh, puedo solucionar eso, señor. —respondió Elrond con rapidez—. Puedo prestarle una de mis armaduras. Tengo varias. —agregó orgulloso y haciendo énfasis en la palabra varias, para que Thranduil sintiera molestia. El rubio bajó la vista, con una sonrisa falsa.

—Sabe, podría prestarme la que llevaba esta tarde. Parece muy ligera y fina, tanto que daba la impresión de que no llevaba nada. —respondió Thranduil, haciendo contacto visual enarcando una ceja.

Elrond tragó saliva nervioso. Morwenna, a su lado, rápidamente desvió la conversación.

—La comida está deliciosa. —afirmó atrayendo la atención de sus pares. Elrond echó una mirada amable sobre ella y volvió a comer.

—Gracias por mencionarlo, Morwenna. —acotó el rey—. Debo reconocer lo mismo, nuestras doncellas se han esmerado esta noche. Te recomiendo probar la ensalada de pepino, Elrond. Está particularmente bien condimentada. —alabó Gil-Galad, tomando un sorbo de la bebida en su copa, y prosiguió con su plática militar.

Los ojos de Thranduil brillaron ante el comentario del rey y su hermana lo miró con desesperación, pero para cuando pudo reaccionar, ya era muy tarde.

—Sí, y debería esperar al postre, Elrond. De camino hacia aquí vi unos cuencos hasta el tope de bananas. Una fruta a la que usted debe estar acostumbrado.

—Tenga usted cuidado, Thranduil, —respondió el moreno, harto de los comentarios malintencionados—, su interés y gusto por las frutas y hortalizas grandes podría indigestarlo.

—Oh, no se preocupe, haré lo que usted me recomendó esta tarde. Podremos acompañar la comida con un té de berga... mota.

Morwenna dio un puntapie en la pierna de su hermano para hacerlo callar, mientras el elfo moreno, sorprendido, se tragó entero el pequeño tomate que se disponía a masticar y se ahogó. Comenzó a toser sonoramente, mientras los presentes daban cuenta de lo que ocurría y una de las elfas que servía los platos llegó corriendo con una copa de agua en la mano. Elrond bebió el contenido completo y respiró agitado frente a la mirada atónita y el murmullo de los comensales.

—Elrond, ¡Por Eru! Ten más cuidado. —aconsejó el rey, intentando llevar calma a sus súbditos y comprobando que su capitán estuviera a salvo.

—Lo siento, mi señor. —atinó a contestar el joven, secándose las lágrimas que aparecieron en sus ojos producto del esfuerzo por respirar—. No ha sido el mejor de los días, y parece no estar destinado a mejorar en la noche... —masculló, ruborizado.

—Ya, está bien. —finalizó Gil-Galad alzando su mano indicando proseguir el banquete.

Morwenna miró severa a su hermano, desaprobando su actitud y se giró levemente hacia Elrond. Habló por lo bajo, para no interrumpir la charla del rey con su padre.

—Me disculpo por los comentarios completamente inapropiados de mi hermano y le prometo que no volverá a oírlos, al menos no en mi presencia.

Elrond giró su cabeza hacia ella. Morwenna expresaba compasión y ternura a pesar de su seriedad. El elfo suspiró intentando regularizar su respiración y ella, en un acto repentino posó su mano sobre la muñeca de Elrond, quien instantáneamente se calmó.

Nerviosa por el roce de su piel y el encuentro de sus miradas, Morwenna retiró la mano pidiendo disculpas y juntó ambas a la altura de su pecho, lo que a él le dio una impresión de inocencia pura y la imagen se le hizo encantadora. Sonrió levemente, casi sin control de sus expresiones faciales, perdido en el mar de los ojos de Morwenna.

Un segundo después, Thranduil, al otro lado de la mesa notando la actitud sospechosa de ambos, carraspeó obteniendo la atención de Elrond.

—Es su... Hermana. —afirmó el heraldo girando su rostro nuevamente a Morwenna y pestañeando varias veces seguidas, casi obligándose a dejar de mirarla así fuera por microsegundos.

—SÍ, Thranduil es mi hermano y aunque por su comportamiento parezca un niñito malcriado de solo cincuenta años, es mayor que yo por cinco. Y tenemos más que eso. —aclaró la rubia en un instante, dando a entender que tenía edad suficiente para... ¿Coquetear con él? pensó y se asombró por sus nuevas sensaciones al respecto—. Mi nombre es Morwenna Oropheriel y venimos de las tierras del sur, en Harlindon, aunque como bien aclaró mi padre anteriormente, somos elfos Sindar de Doriath.

El nombre de su ciudad natal sonó casi en un susurro de sus labios. Habían pasado largos años, sin embargo aun no podía hablar con seguridad sobre la caída de Doriath, a pesar de que los hechos hubieran ocurrido cuando ella tan solo era un bebé, y no guardara memorias del lugar, pero si recordaba en los años posteriores, el pesar y la oscuridad que había descendido sobre los corazones de su padre y su hermano por la muerte de su madre. Elrond dio cuenta de su pena e intentando devolver la cortesía del momento que habían compartido antes, tomó una flor de los adornos de la mesa y la extendió hacia Morwenna.

—Ha de haber conocido a mi madre entonces. —dijo entregándole la flor blanca y radiante como la luz que destilaba el cuerpo de la joven—. Déjeme presentarme, esta vez formalmente y volver a pedir disculpas sobre el horrendo episodio de esta tarde, el cual juro solemnemente no se volverá a repetir. Soy Elrond, hijo de Eärendil y Elwing, capitán de la guardia real aquí en Lindon, aunque la tierra que me vio nacer usted ha de conocerla a la perfección, pues mi madre dio a luz a gemelos en Arvenien, refugio del Sirion. Tal vez incluso nuestros caminos se hayan cruzado antes, pero no podamos recordarlo. —finalizó con una sonrisa franca.

Morwenna tomó la flor con un brillo especial en sus ojos y un cosquilleo curioso a la altura del estómago. Cuando sus dedos volvieron a rozar la piel de Elrond, un choque eléctrico y mágico le dio una comezón placentera que pronto le recorrió el cuerpo entero.

—Recuerdo a su madre, y un poco a su padre. Ambos eran almas formidables. Pero créame, señor, —llamó formal y se sonrojó de solo pensar lo que diría a continuación—, que si nuestro primer encuentro hubiera sido anterior al de esta tarde, no lo hubiera olvidado.

Elrond abrió un poco su boca, pero de ella no salió ningún sonido. El muchacho se descubrió con la mente en blanco, sin saber qué responder ante el sutil cortejo de la joven. Por suerte, Gil-Galad reclamó su atención al hacerle una pregunta directa sobre las tropas que estaba entrenando, por las cuales Oropher había declarado sentir profunda curiosidad.

En realidad, el señor de los Sindar sabía lo suficiente sobre luchas y entrenamientos y no necesitaba que ningún muchachito le hablara de técnicas de batalla para aprender nada nuevo, pero mientras el rey hablaba de las maravillas de Forlindon, Oropher había podido divisar el comportamiento de ambos jóvenes, y había decidido que su hija ya había llegado demasiado lejos en la conversación con el capitán de la guardia.

Gil-Galad estaba encaminado a aceptar la salida de los Sindar de las tierras de Lindon y Oropher no permitiría que su hija sufriera alejada del amor de alguien que no estaba seguro pudiera ser para ella, al mismo tiempo que tenía la certeza que el rey de los Noldor no prescindiría de sus servicios para poder llevarlo al bosque con él. Decidió entonces fingir interés en las prácticas militares del hijo de Eärendil, cortando de raíz cualquier sentimiento que comenzara a crecer en el corazón de Morwenna.

Thranduil advirtió la jugada de su padre, sabiendo que, excelente militar como era, poco le importaba lo que Elrond tuviera para decir sobre sus tácticas, y con el afán de ayudarlo, se propuso entretener a su hermana hasta el fin de la velada con información académica sobre las flores que adornaban la mesa, las cuales sabía, serían de interés de la muchacha.