Morwenna se lanzó sobre su cama con una sonrisa amplia, aun sosteniendo la flor blanca que Elrond le había dado. Las doncellas se ocuparon de quitarle los zapatos y cepillar su cabello, mientras la joven suspiraba y reía por lo bajo, sin que las muchachas supieran qué ocurría. Unos minutos después, se durmió acariciando los pétalos blancos, suaves como terciopelo.

Cuando la mañana siguiente llegó, Elena corrió las cortinas de la ventana, y el sol irrumpió de golpe en sus ojos como un destello violento. De todas formas, en lugar de quejarse por lo temprano de su despertar, Morwenna dio un salto de la cama y corrió hacia el baúl donde guardaba todos sus vestidos.

—¿Qué debería ponerme hoy? —preguntó a su doncella, revolviendo entre las diferentes telas de colores.

—Buenos días, mi señora. —saludó Elena caminando hacia la rubia y le hizo dar cuenta de lo poco cortés que había sido en no saludar.

—Lo siento. ¡Buenos días, maravillosos días!—Se escuchó como un eco desde el baúl. Morwenna tenía medio cuerpo en el interior, intentando tomar una cinta rosa enredada en el fondo.

—Debería dejarme hacerlo por usted, ¿Qué necesita? —interrogó la elfa, poniéndose de rodillas junto a ella, y ayudándola a salir a la superficie.

—Hay un hermoso cinturón rosado de raso debajo de todos esos vestidos, y se vería magnífico con este atuendo blanco. —señaló, poniéndose de pie y yendo a buscar sus ropas al pie de la cama.

—Veo que quiere lucir sus mejores galas, ¿Desayunará con los nobles, milady? —indagó Elena.

—¡Oh, no! —Se sorprendió Morwenna y vio por la ventana que el sol estaba lo suficientemente alto como para que los elfos hubieran comenzado sus actividades en el reino—. Es que mi hermano comienza su entrenamiento en armas hoy, y quiero ir a alentarlo. —afirmó apresurada—. Elrond Eärendilion lo entrenará especialmente, es el capitán de la guardia de Lindon. —agregó con una felicidad rebosante y sospechosa mientras se colocaba esencia de madreselva detrás de las orejas—. Será todo un espectáculo, y no quiero perdérmelo. —finalizó.

Elena sonrió pícara y se acercó a ella para ayudarle a colocarse el vestido.

—Parece demasiado entusiasta por asistir a tal evento, pero le advertiré que debe apresurarse. Si milord estará allí, tenga por seguro que conseguir un puesto desde donde ver bien el entrenamiento será difícil y me temo que no pueda apreciar lo que le importa tanto... —aconsejó, adivinando que a Morwenna poco le importaba la técnica de su hermano para la lucha, pero si había algo, o mejor dicho alguien, a quien querría visitar y tenía la excusa perfecta.

Morwenna se giró a su doncella y la miró extrañada.

—¿Por qué el entrenamiento de mi hermano convocaría a tantos elfos? Ellos tienen sus actividades. —aseveró y volvió a girar mientras la doncella le ajustaba el cinto.

—Yo no dije que fueran los elfos quienes se pelearan por estar en primera fila para admirar su fina figura, su temple de acero en la lucha, y lo hermoso del brillo de su cabello bajo el sol... —Elena sonrió embobada y pronto se llevó las manos a su boca—. Le ruego me disculpe el atrevimiento. —susurró apenada.

—Oh... —atinó a decir Morwenna con confusión—. ¡Oh! —Se corrigió rápidamente y rió tomándole las manos a Elena—. Ya veo... Entonces debemos apresurarnos.

—¿Debemos? —repitió la doncella, tironeada a la entrada de la habitación por su señora.

—Por años creí que Thranduil era un elfo atípico y solitario, luego descubrí que solo era inmaduro. A mi hermano le gustan las elfas. ¿Puedes creerlo? —comentó divertida—. Cada ochenta o cien años lo descubro mirando a una elfa, pero nunca se acerca a ellas. Eso tiene que cambiar, y tú eres bonita, amable y muy leída. Prácticamente te criaron para ser noble, no por nada eres mi doncella de mayor confianza...

—Milady, ¿Qué insinúa? Milord es un elfo bello, inteligente e interesante, —indicó Elena resaltando las cualidades de Thranduil prendada de la imagen del elfo en su cabeza—, pero es un noble. Jamás pondría su atención en mí y mucho menos despertaría sus sentimientos por una doncella corriente como yo.

Morwenna se detuvo frente a la puerta, antes de salir al pasillo y se giró hacia Elena.

—Mi hermano es un elfo y tú eres una elfa. También sé que le gustan las morenas y a ti te gustan los rubios. A ti te gusta él, y a él... Él no sabe muy bien lo que le gusta, porque jamás despega los ojos de las plantas, los libros, las espadas, los vinos y las túnicas. Y si continúa así, no va a morirse, porque no podemos morir, pero será un elfo antiguo, decrépito y solterón... Aburrido, horrible.

Elena se mordió los labios ante la ocurrencia de la rubia. Esta se giró e intentó abrir la puerta.

—¡Milady! —reclamó la doncella.

—Elena... Iremos a ese entrenamiento. Ya. —amenazó Morwenna.

—No, no es eso... Es que... No se ha peinado.

Morwenna corrió hacia la cómoda y se vio al espejo. Elena creyó que la elfa se horrorizaría al verse con el cabello revoltoso sobre su cabeza, pero se sorprendió cuando la rubia tomó un cepillo y lo colocó en una canasta, junto con dos adornos de plata.

—¡Y tendremos la excusa perfecta! —Se alegró la muchacha—. No irás porque mi hermano te interese, porque aquí entre nos, —Se acercó a Elena susurrando—, cuanto más una elfa demuestra que gusta de mi hermano, más se aleja él de ella; irás porque... ¡Debes peinarme! ¡Ja!—exclamó orgullosa de sus planes—. Ahora, sí, —alegó acomodándose un poco el cabello alborotado en su coronilla—, estamos listas. De camino pediremos que nos alcancen una cesta de frutas para desayunar.

Ambas elfas salieron al pasillo y se dirigieron al claro donde se llevaban a cabo los entrenamientos de Elrond.

—Milady, usted no vino aquí solo a ser celestina, ¿Verdad?

—Claro que sí, me interesa que Thranduil se enamore y deje de molestarme con Elaran. —mintió, pero sin convencer a Elena.

—Estaba usted demasiado feliz cuando fui a despertarla. —advirtió la doncella.

—La felicidad de mi hermano, es mi felicidad. —Volvió a mentir.

—Incluso anoche, cuando regresó de la cena estaba demasiado contenta...

—Es que... —Morwenna llevó sus ojos a un punto fijo a su izquierda—. ¡La comida era tan buena! ¡Tan exquisita, Elena!

—Regresó con una flor en su mano y se durmió acariciándola y cantando, milady. Disculpe mi atrevimiento nuevamente, pero voy a pedirle que me diga la verdad. Está usted enamorada, o al menos fascinada con un elfo. Y ese muchacho estará en el entrenamiento a donde nos dirigimos. Si acaso quiere mantener oculta su identidad, lo comprendo, no tiene porqué decírmelo, pero no me mienta. —finalizó con una reverencia.

Morwenna se le quedó viendo seria un momento, pero en cuestión de segundos suspiró y tomó a Elena de la mano.

—No puedo mentirte, ¡No a ti! ¡Te lo diré todo!

Ambas elfas continuaron su camino, mientras Morwenna no paraba de hablar de la velada de la noche anterior.

En el campo de entrenamiento, Thranduil se sentó sobre un pilar, alejado de los elfos que platicaban animados en el parque. Elrond aun no se había presentado, por lo que sus aprendices estaban a sus anchas, disfrutando sus últimos minutos antes de comenzar a recibir órdenes. Mientras jugaba con una de sus dagas, Thranduil percibió que un elfo se acercaba a él.

—Usted ha de ser el elfo Sindar... Mi nombre es Lindir, buenos días. El capitán me pidió que lo ayude a colocarse esta armadura. —aclaró el muchacho con una reverencia, soltando el peto en el suelo. Thranduil levantó la vista y asintió.

—Elrond dijo que me prestaría una de las suyas, pero no he tardado en notar que nuestras contexturas físicas son diferentes. —mencionó poniéndose de pie—. No veo cómo un elfo tan alto y de espalda ancha como yo podría caber en sus armaduras.

Lindir rió por lo bajo.

—Elrond es un Peredhil, por eso es algo más pequeño que el resto. De hecho, tomó su decisión de permanecer como elfo hace años, luego de que su gemelo Elros decidiera morar entre los humanos como uno más de los suyos. pero no se preocupe, encontraremos la forma de que esté cómodo. —dijo desajustando las correas a los costados de la armadura.

Lindir ayudó a Thranduil a colocarse una armadura dorada. Al mirarse, el rubio descubrió que si bien ese color no le quedaba mal, el día que hicieran una a su medida, pediría que fuera plateada, puesto que el dorado se vería demasiado brillante y llamaría mucho la atención.

—Gracias, Lindir... —Thranduil entrecerró los ojos esperando una respuesta.

—Hijo de nadie importante, señor. —sonrió el elfo. Thranduil asintió riendo.

—Thranduil Oropherion. —resonó en todo el campo. Elrond había llegado al campo de buen humor y decidió que el entrenamiento comenzaría con un duelo entre ambos—. Bienvenido a mi campamento de lucha, ¿Listo para mostrar sus habilidades a sus compañeros?

Todos los elfos se formaron serios en una hilera. Lindir imitó la postura de sus pares y Thranduil se acercó de mala gana a Elrond. Mirando por encima de su hombro descubrió un gran grupo de elfas atestadas en una esquina.

—¿Aquí también hace una demostración de sus dotes, señor? —preguntó Thranduil desenfundando su espada.

—Aquí venimos a aprender, señor. No a hacer bromas. —Elrond se puso en guardia y aguardó el ataque del Sindar.

—Me refiero a que contamos con la presencia de las elfas de la corte. —dijo señalándolas con la punta de su arma—. Solo quiero saber si es recurrente por sus prácticas nudistas u ocasional por la suma a sus filas de mi escultural figura. —bromeó.

Elrond se giró y a sus espaldas descubrió a las elfas, atentas a lo que estaba por suceder para no perderse ningún detalle. Su orgullo se vio un poco herido cuando reparó en que la mayoría de ellas tenía los ojos puestos en Thranduil, admirándolo como si el rubio fuera un Silmaril devuelto a la tierra. Aunque entre todas ellas, una joven rubia se abría camino buscando la mejor ubicación para ver el entrenamiento. Al encontrar su espacio, Elrond reparó en que esta fijó automáticamente su mirada en él y no en su hermano. El capitán devolvió una sonrisa alegre a Morwenna, ladeando su cabeza y esta levantó su mano, devolviendo un tímido saludo. Elrond entonces se giró y prosiguió con su actividad.

—Primero pruebe que puede defenderse, y luego responderé sus dudas.

Los elfos de la clase rieron por lo bajo. Elrond hizo una mueca socarrona echando una mirada sobre Narbeth y Haemir. Ambos elfos se cruzaron de brazos, divertidísimos con su nuevo compañero.

—El cinturón que vimos en el mercado a que el nuevo gana el duelo. —susurró Narbeth a Lindir. Este lo miró serio.

—El prendedor de hoja del mismo puesto a que Elrond lo destroza. —respondió el joven.

—Hecho. Prepara la bolsa de monedas.

—Mejor tú comienza a contar... Pregunté lo que valía y no es nada barato.

Thranduil atacó con su espada en alto...