Thranduil cayó al suelo de rodillas y cuando intentó levantarse, el filo de la espada de Elrond se detuvo en su cuello.

—Muerto. —dijo el de cabellos oscuros al hijo de Oropher y quitó la espada para que Thranduil pudiera levantarse.

El rubio se incorporó pesado y en un giro sobre su eje blandió su espada en el aire. Elrond esquivó la estocada y tomó con rapidez el brazo de Thranduil, golpeó con el pomo de su espada el codo de su oponente y este soltó su arma. Con el otro brazo volvió a colocar el filo cerca del rostro del Sindar.

—Muerto. —repitió con una sonrisa socarrona.

Thranduil comenzaba a enfadarse, era la cuarta vez que perdía al enfrentarse al hijo de Eärendil. Elrond lo soltó y caminó de regreso a su sitio, dándole la espalda. El hijo de Oropher entonces vio la desventaja del capitán y corrió todo lo sigiloso que pudo hacia él. Tomó una daga y atacó a Elrond por la espalda, colocando el cuchillo en su garganta.

—Muerto. —susurró enojado en su oído. Elrond sonrió nuevamente, posando esta vez sus ojos sobre Morwenna, quien observaba la escena cubriéndose los labios.

—Efectivamente, Thranduil. Estaba usted muerto antes de llegar a sacar esa cuchilla. —aseguró Elrond.

—No es cierto. —acusó el rubio.

—Solo le doy la espalda a mi enemigo cuando estoy seguro de que está muerto. —reconoció el capitán de la guardia, girando levemente su cabeza hacia Thranduil y haciendo contacto visual con él—. Regla número uno de los enfrentamientos, Thranduil: Siempre alberga un punto débil detrás. Y tenga cuidado con no pasar de largo a su oponente.

—¿Disculp...?

Elrond tomó con fuerza los brazos de Thranduil y empujó recargando al elfo sobre su espalda. En un movimiento ágil, el rubio voló sobre su cabeza y se estrelló de espaldas sobre la hierba.

—Mh... —musitó y se acercó a un dolorido Thranduil, aun en el suelo—. Como dije... ¡Muerto!

Las elfas aplaudieron mientras Elrond las reverenciaba divertido. Thranduil entonces se sentó en la hierba y se sacudió las manos llenas de tierra.

—Su padre ha de haber estado orgulloso de que aprendiera tan bien. —mencionó.

Todos los elfos hicieron silencio. Elrond se acercó a él mirándolo muy serio. Thranduil no dio cuenta en el momento de lo que había dicho, que provocara la incomodidad repentina que comenzaba a flotar en el aire.

—Si mi padre hubiera sabido de quién estaba aprendiendo y hubiera visto en lo que eso me iba a convertir en cuestiones de lucha y letalidad, me hubiera temido. —admitió Elrond con un suspiro. Acto seguido le tendió la mano a Thranduil y lo ayudó a levantarse—. Pero no solo aprendí a matar... También me enseñaron a tener compasión, y alguna que otra cosa que aprendí luego de unirme a las filas de su majestad, Gil-Galad. —finalizó sonriente, alejándose.

—Lo siento. —Se disculpó Thranduil, al notar que los elfos aun permanecían en silencio—. No pensé en lo que iba a decir antes de hablar, es evidente que mi comentario estuvo fuera de lugar.

Elrond volteó hacia él y negó amable desentendiéndose del asunto. Los elfos tenían su versión sobre su secuestro y el de su hermano a manos de Maedhros y Maglor, pero Elrond bien sabía en su interior lo que había ocurrido, pues a diferencia de los demás, lo había vivido en carne propia y había sido de Maglor de quien había aprendido todo lo que hoy lo hacía el eficiente capitán de la guardia en Lindon... A pesar del dolor por su sorpresiva y severa infancia, no tenía nada que disculparle a Thranduil.

—Lindir, ayuda a nuestro nuevo aprendiz a quitarse la armadura. —ordenó sin dejar de mirarlo y decidió cambiar de tema—. Peleas bien, Thranduil Oropherion y estoy seguro que si me retaras a un duelo sin armadura, no tendría muchas chances, pero aquí has venido para aprender a moverte con un peso extra a cuestas. —declaró, y el Sindar notó el cambio de trato. Ya no se refería a él como señor—. Somos ligeros, y eso nos hace más hábiles, rápidos y eficientes para la lucha. Pero la protección que usamos para nuestros cuerpos no lo es. —evidenció con su mano cuando Lindir dejó caer el peto de la armadura, que se incrustó en la hierba—. Tienes que aprender a mantener el equilibrio con todo eso encima. Anhelo que nunca debamos pasar por algo así otra vez, pero si la guerra toca nuestras puertas, tendrás que salir a pelear protegido y si no sabes moverte como si tú y tu armadura fueran uno, estarás muerto antes del primer parpadeo en batalla.

Thranduil asintió. A pesar de haber sido humillado por el capitán de Lindon al perder reiteradas veces en el duelo, debió reconocer que este tenía razón. Thranduil había sido entrenado especialmente por su padre y los mejores guerreros de Doriath, pero jamás había llevado tanto peso encima. Por esa razón, al intentar aplicar todas las prácticas que dominaba a la perfección, había sido ampliamente superado por Elrond.

—Muy bien, —voceó el capitán, obteniendo la atención de los presentes—, ya se divirtieron viendo la habilidad que tienen los Sindar para barrer la hierba con el trasero. —bromeó y Thranduil rió a la par de los elfos descubriendo que Elrond también tenía un lado divertido—. Tuvieron suficiente descanso, a trabajar. Pónganse en grupos de tres, practicarán con dos espadas hoy.

Mientras los aprendices se organizaban, Elrond se acercó a las elfas que veían el espectáculo.

—Curioso en verdad, —detalló enlazando las manos en su espalda e inclinándose levemente a ellas—, usualmente mis clases no atraen al público. ¿Qué sabes de esto, Thranduil? —preguntó, percibiendo que el rubio estaba cerca de él. Las elfas rieron coquetas.

—Yo no tuve nada que ver, señor. —afirmó el joven y se acercó a su hermana—. Aunque de esto, —dijo señalándola y robando una manzana de su cuenco—, si soy responsable. ¿Qué haces aquí, Morwenna?

Elrond se acercó a ellos y observó a la elfa con una sonrisa tierna que no pudo ocultar. Pronto comenzó a sentir un cosquilleo a la altura del pecho, como si su cuerpo se preparara para darle un escalofrío. Ella bajó la vista sonrojada.

—Desconocía que tuviera interés en la lucha con espada, señorita. —esbozó intentando calmar sus nervios. Morwenna jugó con la tela de su vestido sin atreverse a hacer contacto visual con Elrond. Esa mañana estaba particularmente radiante y su armadura color cobre le daba un aspecto mucho más elegante que la noche anterior.

—Ignora muchas cosas de mí, señor. Pero en esta ocasión solo vinimos a alentar a mi hermano, a pesar del humillante resultado. —mintió abriendo la palma de su mano cerca de Elena, quien trenzaba un mechón del cabello de la elfa—. ¿Recuerdas a Elena, verdad? Me comentó que está orgullosa de tu desempeño a pesar de la derrota. —inquirió posando los ojos sobre su hermano. Thranduil dio un sonoro mordisco a su manzana. Cualquiera hubiera notado que lo hizo de un golpe, descolocado por la pregunta de Morwenna.

Thranduil masticó despacio, como si jamás quisiera tragar el trozo de manzana para tener que responder. Elrond lo miró de reojo saboreando la vergüenza que el sindar sentía en aquel momento.

—Su doncella hace un trabajo exquisito con su cabello. —Se atrevió a decir el hijo de Eärendil, para quebrar el silencio—. Luce muy bien esa hebilla, aunque si me permite el atrevimiento, las gemas que llevaba anoche se le veían mejor. Me parece usted muy hermosa y esas piedras solo resaltaron la belleza de la joya que usted es. —largó de golpe. Cuando reparó en que lo que había pensado, efectivamente lo había puesto en palabras, dio media vuelta y se alejó apresurado y sorprendido por la valentía de atreverse a decir cosa semejante en voz alta.

Solo había pasado un día y aquella elfa había logrado que Elrond perdiera la compostura. ¿Qué rayos estaba sucediendo? Se preguntó de camino al centro del jardín donde sus aprendices chocaban espadas concentrados en sus tareas.

Morwenna levantó la vista hacia Elrond con los ojos brillando de alegría y lo vio alejarse. Respiró nerviosa, intentando gritarle algo... Aunque creía que ninguna palabra podría expresar correctamente lo que estaba sintiendo sin acabar desbordándose en un monólogo de sentimientos profundos que tal vez asustarían al muchacho.

—Una joya... —susurró y rió por lo bajo girándose a su doncella.

Thranduil finalmente tragó el trozo de manzana y se dirigió al centro del campamento sin mediar palabra. Instantáneamente observó la fruta en su mano y sintió deseos de hacérsela tragar entera a Elrond. Se acercó severo y abrió ligeramente la boca como si de ella fuese a echar fuego. El capitán de la guardia levantó ambas manos a la altura del pecho y lo observó en una mezcla de extrañeza y temor.

—No sé lo que me ocurrió. —Se excusó—. O quizás sí... —murmuró ladeando la cabeza, intentando comprender su acción. La expresión de su rostro mutó a perplejidad—. Quizás sí...

—No tienes idea de lo que haces, hijo de Eärendil. —amenazó Thranduil.

—¿Y tú sí? —preguntó Elrond mirando a los ojos azules del Sindar.

—Si le vuelves a dirigir la palabra a mi hermana para decir otra cosa que no pertenezca a una plática formal, te lo demostraré. —advirtió molesto.

—¿Algún problema, Elrond? —Narbeth se acercó espada en mano a ambos elfos. Había visto la rabia en los ojos de Thranduil y no dejaría solo a su capitán y amigo en aquella afrenta. Pronto, Haemir y Lindir se unieron al grupo.

—Su capitán está metiendo sus narices donde no debe. —explicó Thranduil. Elrond negó confundido.

—Solo hice un comentario inocente. No sabía que los Sindar fueran tan reservados... O celosos. —masculló.

—¡¿A quién le dices celoso?! —recriminó.

—Thran... —llamó su hermana.

Al ver la aparente discusión a la distancia, decidió cruzar el campo de lucha y plantarse a sus espaldas. El sindar se giró a Morwenna y la vio apenado, realmente no deseaba coartar el crecimiento de sus sentimientos, pero su deber y el pedido de su padre al finalizar la cena habían hecho que el muchacho se convirtiera en un pequeño monstruo. Morwenna no comprendía del todo su actitud... ¿Por qué se permitía bromear sobre Elaran y había sido su confidente cuando la elfa había reconocido estar siendo cortejada por el caballero, pero ahora armaba un escándalo por un comentario inocente de un elfo por el que ella comenzaba a despertar sentimientos profundos? Echó una última mirada de desaprobación sobre él y se adelantó.

—Disculpe la actitud de mi hermano, señor. No sé qué ha podido ocurrir, jamás reacciona así. —justificó, quedando entre medio de Elrond y Thranduil. Al ver a la muchacha, Narbeth, Lindir y Haemir enfundaron sus espadas.

—Le ruego me disculpe usted a mí, señorita. Mi comentario ha estado fuera de lugar... Como todo lo que me ha ocurrido desde que usted llegó a este reino. —Se excusó Elrond bajando la vista. Últimamente lo único que podía sentir era vergüenza.

Morwenna no quería irse. Sintió unas repentinas ganas de contradecirlo, de tomar sus manos y hacerle saber que no había hecho nada malo, que ella estaba realmente feliz de escuchar aquellas hermosas palabras de su boca. Pero esa acción hubiera revuelto más las aguas, por lo que tomó a su hermano del brazo y se lo llevó de allí. No obstante, antes de abandonar el campo, Thranduil se volvió hacia Elrond y dijo:

—Espero que considere seguir dictándome clases. Al parecer tengo mucho que aprender. —reconoció. El heraldo de Lindon levantó la vista y asintió serio.

—Consideraré también que ambos tomemos clases de buenos modales. —ironizó.

Thranduil quiso reír, pero las palabras de su padre retumbaron en su cabeza: «Con cualquier otro elfo, menos con el hijo de Eärendil.» Por lo que asintió y se alejó. Aun así, Elrond percibió la buena voluntad del joven Sindar.